IMPERIO BIZANTINO

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La II Cruzada (Araima bajo ataque)

Posted by Guilhem en marzo 18, 2009

Hijos de la indiferencia, huérfanos del tiempo:

La caída de Araima (Qalat al-Arima).

Sobre la explanada y más, entre los parapetos que unen las almenas de las torres, el viento arrastra no solo el polvo del Buqaia sino también las ilusiones truncadas de los tolosanos de Araima. Desde la toma de la fortaleza los hombres no han hecho otra cosa que esperar sentados de espalda al muro; esperar por la llegada de refuerzos, esperar por el levantamiento de los tripolitanos, esperar por el apoyo del clero nativo, esperar por la caída del usurpador, esperar por una señal del Cielo, esperar… Lo que ahora se ve colina abajo es un indicio de que la espera por fin ha terminado. Pero cuanta desazón hay en sus corazones a la vista de lo que está sucediendo en el abertal.

–No ha salido todo lo bien que hubiésemos deseado –reflexiona Beltrán con la mirada clavada en el horizonte.

Su voz apenas se escucha entre los gritos que suben desde el valle y los llamados a la oración que lanzan los almuecines.

–Al menos sabemos que ni los cruzados ni el rey Balduino apoyan a Raimundo. Nadie acudió a socorrerle cuando intentó desalojarnos con su ejército de forajidos y mercenarios. Obtuvisteis una brillante victoria frente a sus acólitos y le pusisteis en retirada. ¿Qué más podéis pedir? –dice Guillaume.

–Tampoco nos apoyaron a nosotros –se lamenta el tolosano–. En ocasiones, un gesto vale más que mil palabras. ¿Deseáis que os lo exprese sin tanta metáfora?

–No hace falta –se sincera Guillaume tragando saliva.

En Araima la situación es delicada. El agua de la cisterna se está acabando y las mulas ya no pueden descender a las fuentes para llenar las ánforas que cargan sobre sus lomos. Los arqueros paganos les disparan tanto a ellas como a los guías que las conducen, sin el menor remordimiento. A decir verdad, a las pocas bestias que aún quedan se las está reservando por si el racionamiento que Beltrán ha impuesto llegase a fallar. El cerco es asfixiante y los sitiadores lo hacen notar estrellando contra las murallas de la fortaleza enormes piedras que arrojan con sus intimidantes almajaneques.

Qalat al-Arima

Qalaat al-Arima

A los asediados no les duele tanto la actitud de Raimundo que, incapaz de quebrar por sus propios medios la resistencia del castillo, optó por acudir a Unur y a Nur ed-Din traicionando sus propias convicciones religiosas. De él podía esperarse cualquier cosa. Están dolidos en cambio por la indiferencia de sus hermanos de fe, de ese vecindario cristiano tan oportunista como ingrato que parece dispuesto a sacrificarles con tal de hacer las paces con sus antiguos aliados damascenos.

Mirar para otro lado para decirlo rápido.

Vergüenza si hubiese que emitir un juicio.

Beltrán y Guillaume aún no pueden entender cómo Luis y Conrado han seguido de largo sin mostrar ningún interés por la causa de los tolosanos. Hasta hace poco estuvieron combatiendo espalda contra espalda como cruzados, enfrentando a aquéllos que ahora sitian Araima. Paradojas del destino que la fe haya guiado hasta allí a sus majestades y que ahora éstas no quieran mover un solo dedo en su nombre. Tampoco es comprensible la actitud de Balduino, el rey de Jerusalén, aunque en este caso su apatía está más relacionada con Melisenda, su mujer, que con cualquier rencilla que se pudiese haber suscitado entre Beltrán y el monarca oriental.

Qalaat al-Arima

Qalaat al-Arima

– ¿Porqué pensáis que la reina ha tenido que ver con la ausencia de las tropas reales? –pregunta Guillaume abrumado por tanta maraña política.

–Vayamos por parte –razona Beltrán–. ¿Cómo se llama la esposa de Raimundo?

–Yo que sé. Decídmelo tu –contesta el occitano rascándose el entrecejo.

–Hodierna. ¿Sabéis quién es ella además de condesa de Trípoli?

–No.

–Hermana de Melisenda y tía de Balduino. ¿Vais siguiendo la trama?

–Claro.

–Pues bien, si como dicen algunos Melisenda estuvo implicada en el complot contra mi padre entonces Balduino también es conspirador por acción u omisión.

– ¿Qué queréis decir con ello? –inquiere Guillaume desconcertado.

–Que no debemos esperar nada de él. Estamos solos en la lucha –contesta resignado Beltrán–. Ni Balduino y mucho menos Raymond se arrimarán a echarnos una mano.

–Trescientos caballeros contra cuantos, ¿cinco mil paganos? –pregunta el occitano meneando la cabeza con los ojos cerrados.

En eso vuelve a escucharse un espantoso silbido trepando por la ladera que obliga a los tolosanos a resguardarse tras los parapetos.

– ¡Viene! –alcanza a decir uno de los centinelas antes de que el imponente proyectil lo tome de lleno en el rostro degollándole en el acto.

–No se cuanto más podremos seguir resistiendo en estas condiciones –confiesa Beltrán persignándose ante el cuerpo descabezado del soldado–. Pero es una manera inmejorable de concluir la Cruzada.

–No se si será tan así –le interrumpe Guillaume–. De lo que estoy seguro es que la Cristiandad estará pendiente de nuestra lucha como no lo estuvo antes con nuestros timoratos soberanos. Si alguien habrá de recordar a la Cruzada no será precisamente por el sitio de Damasco.

–Es una pena terminar así de todos modos –dice Beltrán–. ¿No os hubiera convenido quedaros junto a vuestra amada?

–Posiblemente –responde el occitano–. Pero soy de los que piensan que la vida fluye acorde con el propósito de Dios, el mismo que nos ha asignado en el Libro de la Vida desde el principio de los tiempos. El estar sentado aquí, en medio de la nada, tanto como haber conocido a una espléndida mujer se lo debo a la infinita sabiduría de nuestro Señor.

–Viene.

La gran roca que llega ahora golpea de lleno contra el atalaya de una de las torres arrancándolo de cuajo desde sus cimientos. En medio de las ruinas algunos soldados se lamentan contorsionándose de dolor. Beltrán, escuchando sus gemidos, se incorpora con rapidez y, cubriéndose la cabeza por precaución, sale corriendo para asistirles. Llega junto con Elvira, pero es poco lo que ambos pueden hacer ante tan desoladora visión. Aquéllos que todavía se mueven, tienen las piernas y los brazos rotos o fracturados, aunque las heridas son apenas perceptibles entre el polvo y los fragmentos de piedra que cubren el lugar. Deberán contentarse con vendarles utilizando los guiñapos de sus vestimentas.

Al cuarto día de sitio, Nur ed-Din y Unur deciden cambiar de estrategia. Han estado machacando las paredes de Araima con la esperanza de socavar la resistencia de los tolosanos, pero en respuesta han recibido los insultos y las provocaciones de una guarnición orgullosa que se niega a capitular. El ejército musulmán es numeroso y no debería preocuparse por el resultado de la batalla. Sin embargo, la presión para los dos emires es demasiado grande y no quieren siquiera permitirse la idea de pensar en un asedio prolongado. Sería un deshonor para ellos considerando el escaso número de defensores. En consecuencia mandan a silenciar los almajaneques para dejar vía libre a sus experimentados zapadores. Van a minar los cimientos del castillo.

Qalaat al-Arima

Qalaat al-Arima

–No –ruge Nur ed-Din haciendo recular a Unur hacia la salida de la tienda– Que los almajaneques continúen con su faena durante el día. Aprovecharemos la noche para llevar a nuestros hombres junto a la base de las murallas. La oscuridad les protegerá de los cuadrillos y las flechas del enemigo. Y por supuesto, nuestros arqueros. Así podrán trabajar en paz.

El Kaifa Jáluka[1] y la Ana Bijair[2], como los infieles han denominado a sus dos colosales almajaneques, no cesan de escupir proyectiles hacia Araima hasta bien entrado el crepúsculo del atardecer. Adentro de la fortaleza, los tolosanos caen en la cuenta de que están asistiendo al espectáculo de su propio final. Extraña experiencia que solo los sitiados tienen la oportunidad de contemplar. Algunos, emulando a Rogelio, el capellán de la tropa, se han arrodillado en silencio uniéndosele en la oración. En sus corazones recurren una vez más a Dios, esperando a que el Altísimo no les abandone ahora que están al cabo del camino.

– ¿Estáis dispuestos a entregaros a Cristo, ofreciéndole vuestros ideales, amores, sueños y luchas y vuestras vidas sin pedir nada a cambio? –dice Rogelio recitando una letanía.

–Si, estamos dispuestos –contestan los soldados a coro.

– ¿Estáis dispuestos a arrepentiros de vuestros pecados con total humildad y a perdonar a vuestros hermanos por cualquier ofensa de la que hayáis sido objeto?

–Si, estamos dispuestos.

– ¿Estáis dispuestos a consagraros sin medida a la causa de Cristo para la Gloria de Nuestro Señor, rechazando la apostasía a la que os pudiese conminar el infiel para salvaros del martirio?

–Si, estamos dispuestos.

– ¿Estáis dispuestos a emular el sacrificio de nuestro Salvador que murió por nuestra causa para el perdón de nuestros pecados?

–Si, estamos dispuestos.

–Entonces Señor os suplicamos por vuestro cuidado, para que en el fragor de la lucha iluminéis nuestros corazones de manera que ni la debilidad ni la desesperanza atenten contra nuestra salvación.

–Amén.

Qalaat al-Arima

Qalaat al-Arima

Pan duro y guisado de mulo. Se ha matado a la última bestia de carga con la certeza de que se está al límite de esa miserable existencia que les ha impuesto la apatía y el concienzudo olvido de sus hermanos de fe. No tiene sentido seguir racionando el alimento. Durante la noche anterior se ha visto cómo los zapadores paganos han cavado los últimos tramos de túnel bajo las murallas e introducido tanta leña como para incendiar dos Romas juntas. Ni un solo cuadrillo se pudo arrojar entonces. No quedaba ya uno a mano luego de que el último fuera disparado en un inútil intento por impedir que los paganos alcanzaran los cimientos de las paredes. Y eso fue hace tres noches.

–Alimentaos bien que mañana estaremos cabalgando por las dunas que rodean a Trípoli.

Guillaume apenas escucha la voz de Beltrán. Se ha alejado hacia una de las poternas del castillo arrastrando tras de sí a Kopiasté. Cuando llega a la pequeña puerta, libera al caballo de la silla de montar y de todos sus arreos. En la densa oscuridad apenas se alcanza a ver el ligero vaho de vapor que forma la respiración del animal saliendo de su boca. Al occitano le toma un instante quitar la traba y otear más allá de la madera. Todo parece tranquilo afuera.

–Marchaos de una buena vez –le dice al caballo propinándole una nalgada.

Kopiasté atraviesa la puerta a todo galope y se pierde en la negrura de la noche sin detenerse siquiera a escarcear. Es como si supiera que detrás la muerte está rondando presta a recoger su siguiente cosecha y que hay que alejarse de allí sin pérdida de tiempo para evitar la trayectoria de su hoz. Esa extraña habilidad que tienen los animales para anticiparse al desastre inminente.

De vuelta junto al calor del fuego, Guillaume observa el entorno poblado de miradas inquisitivas y ceños fruncidos que le rodea. Los hombres están raspando las escudillas y algunos ya extienden el brazo mostrando el recipiente vacío para pedir más. Elvira les sirve sin reparar en las medidas del racionamiento al que se había ceñido durante los días previos por expresa indicación de Beltrán. Es una decisión que los soldados saludan con alegría, aunque se trate de carne equina y de un pan más duro que el piso donde dormirán esa noche. En la necesidad un bocado hace rey. Nadie se queja pese a lo extenso de la vigilia.

Qalaat al-Arima

Qalaat al-Arima

¿Qué decir acerca del sufrimiento que depara el nuevo día? Esa mañana, Kaifa Jáluka y Ana Bijair ya no rugen como lo han venido haciendo hasta ese momento. Los almajaneques están en silencio, con las rondas de proyectiles apiladas en prolijos montículos de la altura de un hombre. En cambio, sale humo desde la base de Araima. Una partida de zapadores paganos ha conseguido llegar hasta la cima y, eludiendo la mirada de los vigías, ha prendido fuego a la madera depositada dentro de las minas que recorren los cimientos de los muros. El intenso calor pronto socava la resistencia de la piedra y una porción de la muralla se desploma arrastrando a algunos defensores. Es el turno de la infantería sarracena que trepa las laderas de la montaña siguiendo a sus avezados capitanes de mil guerras. Las palabras de los imanes, prometiendo el Cielo a los mártires de la fe, hace la jornada más llevadera. Muchos ya se ven cabalgando de cara al sol junto al Profeta.

– ¡Es el final! –sentencia Beltrán, que se apresura a despedirse de los suyos. Abraza a uno, a dos, a todos los que puede, hasta que se encuentra con la mirada de Guillaume. –Caballero digno y justo, occitano teníais que ser. A vos mi eterna gratitud –le dice apretándole bien fuerte contra su pecho.

Ya no hay tiempo para más. Los paganos entran a raudales a través de los escombros y hay que salirles al cruce. Ha llegado la hora de implorar por el perdón de los pecados o de mirar al Cristo a los ojos; ha llegado la hora de matar o morir.

–El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo; tome su cruz y sígame. Si el mundo nos aborrece, sabemos que antes aborreció al Verbo.

La voz de Beltrán pronto se pierde entre la arenga de los sargentos, los estertores de los moribundos y el sonido de los aceros. Guillaume intenta seguir la estela de su eco pero cientos de brazos le sujetan inmovilizándole contra el suelo. Lo último que nota antes de perder el conocimiento es que la loza cuando no huele a tierra sabe a sudor, a sangre y a mierda.

Segunda Cruzada (1147-1149)


[1] Cómo estáis” en árabe.

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2 comentarios to “La II Cruzada (Araima bajo ataque)”

  1. erjudas said

    muchas gracias x el gran trabajo que estás haciendo.1abrazo

  2. zafreth said

    Hola Guillem te mando una abrazo chequea mi blog

    http://www.zafreth.wordpress.com

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