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Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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La II Cruzada (el sitio de Damasco)

Posted by Guilhem en julio 31, 2009

La liebre mató al halcón.

Al tercer día de sitio los cristianos recién consiguen armar un par de máquinas de asedio: dos colosales trabucos que accionados mediante un contrapeso disparan enormes piedras a partir de una vara que mide casi doce metros de largo. En ocasiones, frustrados por la falta de progreso en el asedio, cargan el soporte de la vara con cadáveres putrefactos de guerrilleros y los arrojan hacia el interior de la ciudad buscando intimidar a los defensores. Otras veces los proyectiles son cabezas rebanadas o extremidades y hasta caballos o perros muertos; en cualquier caso el objetivo es desatar una epidemia entre los damascenos con tanta inmundicia que se lanza dentro del recinto amurallado. Y por cierto, sentarse a esperar a que el tiempo haga lo suyo.

El problema, sin embargo, es que el tiempo se está agotando. En el campamento cruzado han empezado a esparcirse rumores acerca de refuerzos paganos que descienden por las márgenes del Orontes. Los escuchas de Balduino aseguran que se trata de los aliados de Unur, Nur ed-Din y su hermano, Saif ed-Din, con los ejércitos combinados de Alepo y Mosul. Algunos barones locales comienzan a darse cuenta del terrible error que han cometido volviéndose contra Damasco. Atacando a Unur han roto la premisa fundamental según la cual los enemigos de Nur ed-Din son sus amigos, de forma tal que la sensación que tienen es la de estar contribuyendo a la reunificación del Islam desde Armenia hasta Arabia.

Segunda Cruzada

Guillaume, por su parte, no puede dejar de pensar en aquella extraña visión que tuviera Eudes a la salida de Nimes. Halcones incapaces de acertar con sus garras y liebres tan evasivas como misteriosas. Entonces la narración le había resultado tan fantasiosa e incoherente que por poco había tomado a su amigo como a uno de esos lunáticos amantes de la fiesta de Nuestra Señora de los Locos[1]. Ahora, atando cabos, el asunto empieza a cobrar sentido. Unur, la libre; sus majestades, los halcones y los pulanos, su nidada. ¿No será que acaso la pesadilla se está volviendo realidad?

Beltrán, mientras tanto, ha adoptado una decisión. Está ordenando sus petates y reuniendo a los tolosanos que le han acompañado durante la expedición. Los hombres de Alfonso Jordán tampoco se quedan atrás y le juran fidelidad, resueltos a vengar la misteriosa muerte de su caudillo. Para la hueste occitana esta Cruzada ya no tiene nada de atractivo; se está extinguiendo como una candela que ha agotado su cebo. ¿Adónde irá a acabar todo?, se preguntan los más escépticos.

Poco importa de todos modos. Con el amanecer del nuevo día cada rumor parece revelar una única e inquietante verdad. Que los cruzados están perdiendo esa condenada guerra producto de su propia necedad e inoperancia. Para colmo de males, las habladurías de una supuesta traición en el propio corazón del campamento se ven reforzadas por la aparición de monedas de oro con motivos paganos. Alguien está negociando con los defensores a espaldas de la chusma.

Unur entretanto se ha visto tan favorecido con el desplazamiento del campamento cristiano que, salvo por el Este, no deja de recibir soldados procedentes del Jezireh y de Siria septentrional. La ayuda le devuelve la confianza que los embates de Conrado le habían hecho perder el día anterior. El emir organiza nuevos regimientos y los despacha a través de las marismas que antes ocuparan los cristianos. Los ataques son incesantes y bien coordinados. Pronto los sitiadores son a su vez sitiados. Unur no puede menos que postrarse para agradecerle a su Dios. Está derrotando él solo a la Cruzada y ya empieza a considerar las tratativas con Nur ed-Din y Saif ed-Din como papel mojado. ¿Quién le asegura que después de la derrota cristiana sus aliados le respetarán al frente del gobierno de la ciudad? Claro que no; se las va a jugar como lo ha venido haciendo hasta ahora: sin rendirle pleito homenaje a nadie. Él es el atabek de Damasco y por la gloria de Ala lo seguirá siendo hasta que la gracia del Altísimo disponga lo contrario.

Castillo de Beaufort

Beufort, sobre la ruta de Damasco.

Cuarto día de campaña. Los barones cristianos se enfrentan unos contra otros impulsados por sus apetencias personales. La Cruzada, junto con sus grandilocuentes objetivos, ha pasado a esas alturas a ser una simple anécdota. En la asamblea que se celebra para definir cómo se habrá de lidiar ahora con dos frentes abiertos al mismo tiempo, nadie atina a poner los pies sobre la tierra. De un lado, los pulanos apoyan la candidatura de Guido Brisebarre, señor de Beirut, dispuestos a hacer de Damasco la capital de un feudo dependiente de la corona. Son favorecidos en el intento por la reina Melisenda y el condestable del reino, Manases de Hierges. Su pretensión no es descabellada dado que la existencia de un estado tapón en el flanco oriental del reino permitiría absorber cualquier embestida contra Jerusalén lanzada por los emires de Alepo y Mosul. Oponiéndose a sus aspiraciones se ha formado el partido de los cruzados liderado por Thierry de Flandes, que cuenta con las simpatías de sus majestades de Occidente e inclusive del rey Balduino. Thierry está casado con una hermanastra de éste último y desea convertirse en conde de Damasco con un estatus legal parecido al que detenta Raimundo de Trípoli. No se ponen de acuerdo.

Las desavenencias entre los cristianos son recogidas por los espías que Unur ha infiltrado entre los turcópolos. El atabek de Damasco decide aprovechar la cuña para partir el tronco. Y la cuña es la codicia de los barones nativos, que reciben su soborno complacidos con la promesa que Unur les hace con alivio para ambas partes: que si los pulanos logran disuadir a los cruzados de levantar el sitio y retirarse, los damascenos cancelarán sus tratos con Nur ed-Din. En ese caso todo volvería al punto de partida, siendo los occidentales los únicos perjudicados por el arreglo.

Beaufort

Fortaleza de Beaufort.

–Es hora de partir amigo.

Beltrán se siente frustrado. Después de todo no ha atravesado medio mundo para exaltar a un franco del Norte, como es Thierry de Flandes, ni venido a colaborar con Balduino, uno de los posibles instigadores del asesinato de su padre. Con Zengi muerto y Edesa cambiada por la más apetecible Damasco, ya no tiene sentido seguir arrastrándose por esas marismas, viendo como toda la expedición se desmorona a su alrededor. No, van a abandonar el campamento durante el crepúsculo del atardecer. En su mente se ha propuesto cumplir con el sueño de Alfonso Jordán: echar a los usurpadores de Trípoli y hacerse cargo de la herencia de su abuelo. Se lo jugará todo en una sola partida.

–En marcha –dice Beltrán con el brazo en alto.

–He, aguardad. ¡Qué hacéis! –les grita Enrique de Champagne poniéndose delante de las caballerías–. ¿No sabéis que la orden de marchar se ha dado para mañana al amanecer?

– ¿Marchar adónde? –pregunta el tolosano intrigado.

–Volvemos a Jerusalén. Nos retiramos –responde Enrique.

Beltrán, medio aturdido por la sorpresiva noticia, cierra los ojos y permanece en silencio sin poder dar crédito a las palabras del señor de Champagne. No consigue asimilar la idea de un sufrimiento tan grande y, a la vez, tan inocuo. Hasta que por fin, meneando la cabeza, disipa la incertidumbre reinante repitiendo la orden con más fuerza.

–En marcha –grita.

Guillaume, montado sobre Kopiasté, se detiene por última vez para contemplar la silueta de la gran piedra que hiciera tropezar a la Cruzada. Damasco, la madriguera de la liebre, yace apretujada en el horizonte, enmarcada por blancas torres e intimidantes murallas. Las palabras de Eudes vuelven a resonar con claridad en su mente.

Fortaleza de Beufort

Fortaleza de Beaufort.

–La libre finalmente mató al halcón –reflexiona el occitano picando espuelas para ponerse a la par de Beltrán.

Detrás los restos de la gran expedición se contorsionan como un escorpión pisoteado. Tentados por el dinero de Unur y alarmados por la posibilidad de quedar atrapados entre la guarnición damascena y el ejército de Nur ed-Din, los barones nativos están levantando sus tiendas para regresar a Jerusalén. Conrado y Luis no pueden entender los argumentos del condestable Manases de Hierges y por unos instantes dudan entre permanecer allí o imitar a los pulanos. En el otro extremo, los señores de la guerra no terminan de resignarse. Su líder, el inefable Godofredo de la Roche Faillée está que arde de la ira. En su corazón todavía guarda la esperanza de una victoria decisiva que le permita retornar dónde su mentor, Bernardo de Clairvaux, con los laureles de la Cristiandad intactos e invictos. Pero por más que lo intenta evitar, el sueño se desvanece sin remedio. Los reyes, inclusive Balduino, deciden poner punto final a esa descarriada aventura plagada de cinismo y deslealtad. Nadie lo sabe aún, pero la Cruzada ha muerto.


[1] Durante la Edad Media gran parte de las festividades que solían celebrarse eran una extraña combinación de ritos cristianos y reminiscencias paganas de la Antigüedad. La Fiesta de Nuestra Señoras de los Locos probablemente hundía sus raíces en las Saturnales de los romanos, donde amos y esclavos se sentaban a la misma mesa para evocar los tiempos perdidos de igualdad y libertad. Además de ser la más escandalosa para la religión, la Fiesta de los Locos era muy popular en toda Francia, si bien el nombre solía variar de región en región (Fiesta de los Bobos, Fiesta del Abate de los Tontos, Fiesta del Abate de los Estúpidos, Fiesta de los Inocentes, Fiesta del Asno, Fiesta del Abate de los Graciosos, etc.).

Las imágenes (excepto los mapas) son propiedad de: http://www.orient-latin.com

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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