IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia. Parte III.

Posted by Guilhem en mayo 22, 2007

Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia.

Extracto: La dominación bizantina, primero, y la irrupción selyúcida, después, determinaron la migración de muchos elementos armenios desde el núcleo central ubicado en el valle del Araxes hacia una vasta zona comprendida entre las ciudades de Sebastea y Cesarea Mazacha, al Norte, y Antioquía y Edesa, al Sur. “Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia” recoge con pormenorizado detalle la estrecha relación existente entre Constantinopla y Cilicia en tiempos de los emperadores de la dinastía Comneno, Alejo I (1081-1118), Juan II (1118-1143) y Manuel I Megas (1143-1180).

III parte: cambian las tornas.

Las pretensiones de Raimundo de Antioquía.

En su lecho de muerte, Juan II debió evaluar detenidamente los atributos y defectos de sus presuntos herederos varones. La elección no era una cuestión menor para el emperador ya que de la misma dependía por un lado, el hecho de asegurarse una sucesión pacífica y, por el otro, el mantenimiento de la exitosa política de restauración imperial implementada por su padre. Alejo y Andrónico, sus hijos mayores, habían muerto al inicio de la campaña y solo quedaban Isaac y Manuel. Quizá con la ayuda del turco Juan Axuch, su amigo de la infancia, y seguramente analizando el comportamiento demostrado por ambos en los asuntos de estado, el moribundo basileo prefirió a su hijo menor. Hizo jurar a sus generales que respetarían la decisión tomada y, delante de ellos, colocó la corona imperial en la cabeza de Manuel. Murió poco después con la tranquilidad de haber evitado al Imperio una sucesión traumática.

La resolución de Juan al cabo demostraría sus frutos. En Manuel confluían algunos de los valores que habían caracterizado a su padre y a su abuelo; tal vez el más importante era su sentido de responsabilidad seguido allí nomás por una concepción de liderazgo que, habiéndola heredado, reforzaría con el correr del tiempo merced a su personalidad belicosa y a su fogoso temperamento. No era poca cosa, pues se avecinaban tiempos difíciles para el Imperio.

Así, pues, mientras Manuel volvía grupas hacia Constantinopla encabezando en solemne procesión la caravana que conducía al cuerpo exánime de su padre, en Cilicia y el norte de Siria los acontecimientos empezaban a dar un abrupto e inesperado vuelco. A la muerte de Juan, acaecida en abril de 1143 siguió la de Fulko, el rey de Jerusalén, en el otoño de ese año. La situación para los cristianos de Oriente comenzó a deteriorarse con rapidez, tanto más por cuanto los armenios tampoco las tenían todas consigo, con su linaje real preso en Constantinopla. Zengi, que observaba atentamente cómo sus enemigos se sumían en la confusión entregándose a ácidas rencillas, empezó a preparar el acto que tanto le reclamaban sus correligionarios y el mismo califa de Bagdad.

Al otro lado del Eufrates, mientras tanto, el príncipe de Antioquía, envalentonado por la ausencia de una figura de peso como había sido la de Fulko, reunió a su ejército y salió a probar suerte en Cilicia. Tarso, Adana, Mamistra y Anazarbo estaban controladas por las guarniciones bizantinas desde los tiempos de la primera expedición de Juan. A Raimundo no lo amilanaron las poderosas fortificaciones de los castillos de la provincia. Tampoco lo hicieron las amenazas proferidas por los delegados de Manuel. Sin problemas traspuso las Puertas Sirias, rebasó los peligrosos picos de la cordillera Amánica e invadió por fin los valles del Pyramus y del Sarus. Meros espectadores de las luchas entre antioqueños y bizantinos, los armenios roupénidas mantuvieron una prudente neutralidad.

Contando con el apoyo logístico de sus aliados hethoumianos de Lamprón, las guarniciones griegas se aprestaron a resistir el ataque de Raimundo. Enviaron no obstante emisarios para pedir refuerzos urgentes a Constantinopla. Manuel, para quien Cilicia tenía una importancia radical como nexo con el norte de Siria, decidió de inmediato preparar una expedición contra Raimundo. Los problemas que afrontaba en su capital no le dejaron otra opción que comisionar a sus mejores generales para dirigirla: los hermanos Andrónico y Juan Contostéfano, el turco converso Bursuk y el almirante Demetrio Branas. Así, pues, arañando de aquí y de allí, logró reunir en un lapso relativamente corto de tiempo una fuerza de varios miles de hombres y una pequeña escuadra para transportarla lo más rápido posible a destino.

En Cilicia, Andrónico y Juan recuperaron uno por uno todos los castillos y aldeas perdidos. A decir verdad, Raimundo no representaba un peligro serio excepto por la cercanía de su capital, que le permitía moverse a discreción por la provincia echando mano a sus recursos cuando la situación se tornaba apremiante. Por el contrario, los bizantinos debían salvar extensas distancias a partir de sus dilatadas líneas de comunicación a través de Caria y Panfilia. Con todo, lograron expulsar a los francos y perseguir a Raimundo más allá de las Puertas Sirias, manteniendo las llanuras del Sur con las grandes ciudades bajo el control imperial.

Principales centros urbanos en el S. XII

El fin del condado de Edesa.

La guerra entre francos y griegos sumada a la rivalidad creciente entre el Joscelino de Edesa y Raimundo de Antioquía precipitaron finalmente la decisión de Zengi de atacar allí dónde la debilidad de los cristianos mostraba brechas. El punto elegido fue el estado de Edesa, emplazado al oeste de su capital.

Fundado por Balduino de Boloña, el condado de Edesa había sido la primera entidad política en surgir de las entrañas de la I Cruzada. Enclavado como una cuña entre los territorios musulmanes de Melitene, Iconio, Alepo y Mosul, carecía de fronteras naturales por lo que su defensa exigía grandes esfuerzos e ingentes recursos. Repartido a un lado y otro del río Eufrates, el condado estaba rodeado de una constelación de emiratos cuya desunión garantizaba su supervivencia. La exaltación de Zengi, primero, y su posterior encumbramiento después, pusieron a los edesanos de cara con el peligro que representaba un Islam en proceso de reunificación.

Joscelino, que era conciente de su delicada posición, había contrarrestado su evidente debilidad pactando con sus vecinos musulmanes. Su principal aliado era Kara Arslán, el príncipe ortóquida de Diarbekir, la Amida de los romanos, con quien había firmado un tratado de asistencia recíproca que obligaba a ambas partes a acudir en ayuda de la otra en caso de producirse un ataque desde Mosul. Por eso, cuando en el otoño de 1144 Zengi condujo a su ejército contra Kara Arslán, Joscelino se vio impelido por el convenio a salir de Edesa en su ayuda.

Advertido de los movimientos del conde, Zengi se apresuró a volverse sobre la capital cristiana, a la que halló escasamente defendida. Le puso sitio casi de inmediato y al cabo de cuatro semanas logró abrirse paso hacia la ciudadela, con Joscelino brillando por su ausencia ante el escozor de la descorazonada población. La ciudad sucumbió el 24 de diciembre pese a la valerosa resistencia de la guarnición. Saruj, la segunda gran fortaleza cristiana emplazada al este del Eufrates, corrió idéntica suerte poco tiempo después. Los musulmanes estaban de parabienes y no era para menos. Habían conseguido aniquilar al primer estado fundado por los cruzados. Con Manuel bien lejos, los armenios acobardados en el Antitauro y los francos de Jerusalén dudando en seguir a una reina, el atabek de Mosul cayó en la cuenta que podía moverse sin condicionamientos. Solo tenía a los búridas de Damasco clavados como una espina en su flanco. Debía eliminarles cuanto antes por la gloria de su causa y la unidad del Islam.

Cercano Oriente hacia 1145

Un nuevo líder para los roupénidas.

La campaña de 1137 realizada por Juan II no solo les había costado a los armenios de la casa roupeniana la independencia sino también el cautiverio de los cuadros dominantes de su linaje señorial. Hacia finales de 1144 León ya había muerto lo mismo que su hijo Roupen. Sin embargo su hijo más joven, Thoros, había sido lo suficientemente astuto como para ganarse el favor de los altos dignatarios palaciegos e inclusive la confianza del emperador. Aprovechando el descuido de sus captores, el príncipe se las ingenió para escapar de Constantinopla y, según parece, arribar por mar al puerto de San Simeón, en el principado de Antioquía. Al respecto Vahram de Edesa escribe:
“Habiendo alcanzado la sección montañosa de Cilicia, él (Thoros) se encontró con un monje jacobita llamado Atanasio, a quién confesó su verdadera identidad. El monje, lleno de júbilo, le dio la bienvenida. Los armenios que permanecían en el país y aquéllos que se habían refugiado en las montañas, sometidos en ambos casos a la opresión de los griegos, deseaban fervientemente el retorno de la vieja casa reinante. Al ser informados por el monje jacobita de la vuelta del príncipe, se unieron sin dudarlo a Thoros, proclamándole de inmediato como su barón”.

La llegada de Thoros y su posterior consolidación se vieron favorecidas entre otros factores por la dispersión de autoridad y la confusión reinantes en Cilicia y el norte de Siria. Los francos de Antioquía se hallaban a la sazón acobardados por el creciente poderío de Zengi, lo mismo que los edesanos, quienes acababan de perder su propia capital a manos del atabek de Mosul. Por su parte, los bizantinos se encontraban empantanados en un complicado asedio que tenía como protagonistas a Manuel y al sultán de Iconio, Masud. El basileo se había visto obligado a tomar las armas contra sus vecinos con la esperanza de reabrir la ruta costera hacia Cilicia y Siria, que los selyúcidas habían cortado tras apoderarse de la pequeña pero estratégica fortaleza de Pracana, en el centro de Panfilia. Así, pues, el conflicto con los turcos rumi, primero, y el advenimiento de la II Cruzada, después, iban a mantener a los griegos con las manos atadas durante algún tiempo. Finalmente, los danisméndidas tampoco suponían una amenaza seria para Thoros, enzarzados como estaban en luchas intestinas entre los incompetentes sucesores de Mohamed ibn Ghazi, Dhul Nun, Yacub ibn Ghazi y Aid ed-Daulat ibn Ghazi. En estas condiciones, el príncipe roupénida, asistido por sus hermanos Esteban y Mleh, no tuvo inconvenientes en expulsar a la guarnición griega que defendía al castillo de Vahka.

Segunda Cruzada (1147-1149)

Thoros, un espectador privilegiado.

En 1148 la II Cruzada llegó a Tierra Santa supuestamente para recuperar Edesa de manos de Nur ed-Din, el sucesor de Zengi. La conducían dos potentados occidentales, Conrado III de Alemania y Luis VII de Francia, además de algunas importantes figuras de la talla de Leonor de Aquitania, Federico de Suabia, Ladislao de Bohemia, Boleslao de Polonia, Roberto de Dreux, Enrique de Champagne, Thierry de Flandes, Enrique Jasimirgott de Austria, Guelfo de Baviera, Amadeo de Saboya y Alfonso Jordán de Tolosa. Semejante concurrencia había despertado grandes expectativas entre los barones francos del norte de Siria, que eran los más amenazados por el creciente poderío de los zengíes.

Sin embargo, la nueva cruzada esquivó el objetivo principal que eran los territorios de Nur ed-Din para poner asedio a Damasco, un aliado fiel de Jerusalén contra Mosul y Alepo. Sin duda alguna, mucho tuvieron que ver los recién llegados en la fatídica elección; quizá pensaban que con Damasco en sus manos aislarían a los musulmanes de África con sus hermanos de Siria y Oriente, o tal vez creían que la posesión de la ciudad les garantizaba una barrera natural allí donde el Jaulán se abría sin obstáculos hacia el Este. O las dos cosas a la vez. Lo cierto es que frente a Alepo y Edesa, la opción de Damasco estaba más a tono con el pensamiento del cruzado medio. Damasco era una ciudad cuyo nombre aparecía en las Sagradas Escrituras por lo que su captura sería saludada por toda la Cristiandad y redundaría en mayor gloria de Dios.

Descorazonados y sorprendidos, tanto Joscelino como Raimundo perdieron rápidamente el entusiasmo. En los meses previos ambos habían asistido al bochornoso espectáculo de ver cómo Nur ed-Din asolaba sus dominios conquistando una por una todas las fortalezas emplazadas al este del Orontes: Artah, Besarfurt, Kafarlata y Balat. Creían con razón que la Cruzada había sido predicada para ayudarles a apuntalar sus respectivos estados y que la consigna era destruir el poderío de los zengíes a partir de la captura de Alepo. Cuando se hubieron enterado del destino final de la empresa, ninguno de los dos aceptó unirse a ella.

Al esquivar el centro neurálgico de los zengíes que en realidad era Alepo, la II Cruzada arrojó a los búridas de Damasco a las manos de Nur ed-Din. Y al fracasar la expedición (el asedio apenas duró cinco días) los francos del norte de Siria quedaron más huérfanos que nunca. La desazón y el pesimismo que imperaban en las cortes de Antioquía y Turbessel eran diametralmente opuestos a la euforia que se vivía en la baronía Armenia de los roupénidas, enclavada en torno al nido de águilas de Vahka. En el castillo, el príncipe Thoros no dejaba de sorprenderse por la manera en que le sonreía la suerte. Todos sus vecinos sin excepción se hallaban enfrascados en ataques y contraataques: Nur ed-Din se encontraba en el Sur tratando de sacar provecho del desbande de la Cruzada; Raimundo y Joscelino, por su parte, no cejaban en su empeño por recomponer los limes perdidos de sus estados aprovechando la ausencia de su inveterado rival; los bizantinos, entretanto, afrontaban un traicionero ataque normando en Corinto y finalmente los danisméndidas de Melitene la estaban pasando muy mal frente a Masud de Iconio y a Kara Arslan de Diarbekir.

Entre 1149 y 1151, excepto Thoros, todos los potentados cristianos del norte de Siria padecieron en carne propia el yerro fatal de Damasco. En primer término, Raimundo fue derrotado en Baghras por Nur ed-Din, que inmediatamente puso sitio a la fortaleza de Inab. En la siguiente batalla, el ejército de socorro encabezado por el príncipe de Antioquía fue aniquilado, muriendo dos de los aliados de Raimundo: Reinaldo de Marash y Alí ibn Wafa, un jefe kurdo de la secta de los Asesinos. El propio Raimundo sucumbió a manos de uno de los lugartenientes de Nur ed-Din, Shirkuh, que le cortó la cabeza y se la envió al Califa de Bagdad dentro de una caja de plata. La desaparición de Reinaldo, a su vez, decidió a Joscelino a acudir a Marash para hacerse cargo de la hijuela que dejaba el barón muerto. Pero la intervención oportuna de Masud de Iconio le privó del botín que en definitiva sería recogido por los selyúcidas y por los ortóquidas de Diarbekir. En 1151 la desgracia se ensañaría también con Joscelino; estando de camino a Antioquía, sería descubierto por una partida de francotiradores musulmanes y tomado prisionero. Cegado, languidecería durante casi ocho años en las mazmorras de Nur ed-Din.

Cercano Oriente hacia 1151

Los roupénidas recuperan Cilicia.

Tras el desastre de Inab, que costó la vida a los principales barones de la Siria franca, y más aún, con la captura del conde titular de Edesa, se hizo evidente para los cristianos de Ultramar que había que tomar una decisión urgente si se quería eliminar el estigma de los tronos que habían quedado vacantes. Así, pues, mientras que en Antioquía el vacío de poder se arreglaba con una oportuna regencia a cargo de Balduino, el joven rey de Jerusalén, en Turbessel, la condesa Beatriz vendía sus dominios al emperador Manuel. La entrega de la suma acordada en talegos de oro correspondió a Tomás, el gobernador imperial de Cilicia, que efectivizó el pago en Antioquía. A cambio recibió las escrituras de las seis fortalezas supervivientes del condado de Edesa: Turbessel, Ravendel, Samosata, Aintab, Duluk y Birejik.

No se sabe a ciencia cierta cuáles fueron las razones que llevaron al basileo a hacerse cargo de las dispersas exequias edesanas. Más aún, si se considera que solo Cilica costaba a los bizantinos ingentes sumas de dinero y una reserva de hombres sumamente gravosa para garantizar la autoridad imperial frente a las continuas arremetidas de armenios y selyúcidas. Quizá el emperador creía que la ocupación efectiva a través de guarniciones leales refrendaba los derechos de posesión que sus antecesores venían reclamando desde los tiempos de la “usurpación turca”. O tal vez pensaba usar las fortalezas eufráticas para controlar más de cerca a sus vasallos de Antioquía y presionar por la retaguardia a los selyúcidas de Iconio. Solo podemos especular al respecto. Lo cierto es que salvo en Turbessel, la resistencia bizantina flaqueó al arreciar el primer ataque. En 1151 Masud se apoderó de Aintab y Duluk; el príncipe ortóquida de Mardin, Timurtash, hizo lo propio con Samosata y Birejik, mientras que Nur ed-Din tomaba posesión de Ravendel y Turbessel. Para julio de aquél año no quedaban ya trazas ni del condado de Edesa ni de la autoridad bizantina que lo había relevado.

La distracción generada por las invasiones musulmanas tuvo aún un efecto peor sobre Cilicia. Para coordinar la defensa de las nuevas posesiones, el gobernador Tomas se vio obligado a echar mano a los escasos recursos que disponía, debilitando las guarniciones de las ciudades del Tauro y de la llanura ciliciana justo cuando los roupénidas se aprestaban a dar un nuevo golpe. La dispersión resultó fatal para los bizantinos. Envalentonado por la reciente conquista de Vakha y con la asistencia de contingentes provistos por sus hermanos Mleh y Esteban, Thoros II se aventuró en un arriesgado asedio contra la capital provincial de Mamistra. Sin dudarlo, Tomás salió a su encuentro con el grueso de la guarnición pero fue derrotado y muerto frente a las puertas de la ciudad. Mamistra cayó casi de inmediato, poniendo al descubierto la debilidad de los bizantinos para controlar las restantes fortalezas de la provincia.

El contraataque de Bizancio.

Preocupado por la situación en Cilicia y temiendo perder su influencia sobre el principado de Antioquía, Manuel comenzó a preparar una nueva campaña contra los roupénidas comandados por Thoros II. Como primera medida se apresuró a buscar el apoyo de los armenios hethoumianos, quienes siempre se habían mantenido leales a los mandatos de Constantinopla. Cargados con regalos, los delegados imperiales no tuvieron inconvenientes en ganar para su causa a los principales barones de la región: Oshin II de Lamprón, Sembad de Babarón, Dikran de Bragana y Basilio de Partzepert. A último momento, cuando todo estaba dispuesto para la partida, Manuel debió delegar el mando de la expedición ante la amenaza de un contraataque normando en su frontera occidental. Había recuperado recientemente la isla de Corfú con la ayuda de la flota veneciana y aunque sabía que el rey Roger estaba enfrascado en una encarnizada guerra contra los musulmanes del norte de África, creía con razón que su ausencia tentaría a su vecino a reanudar las hostilidades. En consecuencia comisionó a su primo Andrónico Comneno (1123-1185), hijo de Isaac, para dirigir la empresa.

En 1152 el ejército bizantino, en bizarra formación, partió hacia el Este siguiendo la ruta que conducía a la ciudad portuaria de Attalia. Desde allí, Andrónico marchó hacia el interior de Isauria para recoger a sus aliados hethoumianos, que acudieron con contingentes auxiliares. Thoros, entretanto, notificado del avance de los griegos, se había refugiado junto con su séquito en la ciudad de Mamistra, su nueva capital. Allí fue cercado por los imperiales, que establecieron su campamento en las afueras de la ciudad.

Bajo el mando de un general competente, la campaña bizantina de 1152 habría logrado su objetivo de someter al díscolo noble armenio. Pero Andrónico era más cortesano que hombre de armas y su falta de preparación resultó fatal para la campaña. Aprovechando la oscuridad de la noche, Thoros II realizó una súbita salida y sembró el pánico entre las filas de los aliados. Al terminar la jornada, el ejército imperial se hallaba en franco desbande, con Andrónico huyendo rumbo a Antioquía y casi todos los nobles aliados implorando misericordia a sus captores roupénidas, excepto el hermano de Oshin, Sembad de Babarón, que había perdido la vida en el fragor de la lucha.

La derrota de Andrónico dejó en una incómoda situación a las guarniciones griegas de las ciudades cilicianas que todavía respondían al control del basileo. Por su parte, los hethoumianos habían perdido a todos sus líderes y ahora debían consagrarse a la dura labor de reunir el dinero necesario para pagar los consecuentes rescates. El caos reinante era, sin embargo, un indicio alentador para Thoros II que, sin pérdida de tiempo, empezó a poner condiciones a los príncipes cautivos, comenzando por Oshin II de Lamprón. Para recuperar su libertad, el noble se vio obligado a pagar una cuantiosa suma de dinero, además de entregar a su joven hijo, Hethoum, en calidad de rehén, a su colega roupénida. Más tarde Thoros lo casaría con una de sus hijas para asegurarse la herencia de aquél.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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Una respuesta to “Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia. Parte III.”

  1. jhon alex torres said

    tienen una buena informacion

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