IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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    Guilhem
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La batalla de Polemon y Hades (1057).

Posted by Guilhem en abril 13, 2012

La batalla de Polemón y Hades: Miguel VI el Viejo versus Isaac Comneno.                                                                            

Extracto: El enfrentamiento de Polemón y Hades, acontecido el 20 de agosto de 1057, marcó un primer punto de inflexión en la lucha por el poder mantenida entre la aristocracia civil de los funcionarios y la nobleza militar, a lo largo del siglo XI. Miguel VI el Viejo (1056-1057) e Isaac Comneno, el futuro Isaac I (1057-1059), dirimieron en el campo de batalla sus diferencias ideológicas además de la manera en que cada uno concebía la administración del Imperio de todos los romanos. La lucha tuvo lugar en Bitinia, muy cerca de la gran ciudad de Nicea, y su desenlace abriría en breve las puertas a una de las mejores dinastía de Bizancio.

Origen y causa de los enfrentamientos entre civilistas y magnates militares.

En una economía como la bizantina, donde las regulaciones estaduales estaban a la orden del día, había muy pocas posibilidades para el dinero ocioso de las clases pudientes. La política económica dispuesta por el gobierno central corría siempre tras una realidad incontrastable: al bizantino le fascinaba la idea de que todos los pueblos del mundo accediesen a las ciudades del Imperio y a su capital, para intercambiar sus exóticas mercancías con los productos que llegaban desde el interior, procedentes de las manufacturas locales o del campo. A ningún habitante del Imperio se le pasaba por la cabeza la idea de desarrollar mercados en el extranjero, siguiendo el ejemplo fenicio o cartaginés. En consecuencia, el estado se había visto obligado a elaborar el marco legal dentro del cual tales actividades tendrían lugar. Y se controlaba todo: la industria, el comercio, los gremios, los salarios, los precios, las importaciones, las exportaciones, las actividades financieras y de intermediación; la magnitud del esfuerzo requirió a poco no solo una batería intrincada de normas regulatorias sino también los recursos humanos necesarios para ponerlas en práctica, primero, y controlar su ejecución, después. Fue tan minucioso el desempeño del estado en este sentido, que en las aduanas y los puertos se requisaban inclusive los cargamentos y equipajes de embajadores y notables del extranjero. Todo lo cual explica la magnitud descomunal alcanzada por la legión de funcionarios consagrados a las tareas de fiscalización, en los siglos X y XI.

Está claro que semejante grado de proteccionismo pronto derivó en un monopolio estatal del que inmediatamente se vieron favorecidos aquellos personajes más inescrupulosos de la sociedad imperial; corrupción y privilegios se transformaron en moneda corriente, en una especie de rampa a partir de la cual muchos elementos relacionados con la burocracia comenzaron a proyectar sus carreras hacia el pináculo de la estructura social. Y claro, con las actividades financieras vedadas al igual que el préstamo a interés, la acumulación de tierras se presentó como la alternativa lógica para los sobrantes de dinero. El terrateniente surge, se consolida y se potencia precisamente gracias a los excedentes monetarios logrados previamente a partir de una posición privilegiada en el monopolio ejercido por el estado. En Asia Menor, permanentemente expuesta a la voracidad del Islam, tal proceso de acumulación de bienes rústicos se potenció debido a la necesidad de los campesinos más indefensos de ponerse bajo la protección de los poderosos. Un efecto funesto que los emperadores de la dinastía macedonia pronto advirtieron y se propusieron mitigar mediante nuevas regulaciones que prohibían a los poderosos adquirir nuevas tierras de manos de los pobres y que, en algunos casos, inclusive les obligaba a devolver aquellas ya compradas de ese modo, en años anteriores.

El sistema de themas, impulsado desde el siglo VII como una manera de fortalecer la administración y la defensa del imperio, a su vez se servía de campesinos libres y estratiotas para lograr fronteras más estables. Nuevas regulaciones fueron dictadas en este sentido y nuevos cargos y puestos fueron creados para cumplirlas. Muy pronto, a la par de una aristocracia militar que basaba su prestigio en la defensa de las fronteras y alimentaba su poder merced al desposeimiento de los más débiles, surgió un funcionariado muy sensible para con sus privilegios y “derechos adquiridos” y muy celoso para con sus obligaciones que, de paso, eran las mismas que minaban las fuentes de poder del latifundio. Con el correr del tiempo estos burócratas conformarían a su vez una aristocracia de suaves modales pero iluminado y punzante razonamiento, los civilistas, que alcanzarían en el reinado de Constantino IX Monómaco (1042-1055) altos puestos en la administración y en el senado.

Funcionarios y burocracia versus aristocracia militar. Civilistas versus generales.

En la persona de Basilio II Bulgaróctonos (976-1025), el Imperio Bizantino encontró la figura de uno de esos extraños personajes que cada tanto arrojala Historia, cuyas obras y logros obligan a establecer bisagras en la evolución de los estados. Como usualmente se suele decir, existió un Imperio antes de Basilio, que alcanzaría la cúspide de su poder con él y que radicalmente cambiaría en un breve lapso de tiempo tras su muerte. Hasta el año 1025, Bizancio se nutrió de la sabiduría de los grandes soberanos de la dinastía macedónica, aquéllos mismos que, legislación y justicia mediante, se consagraron a la tarea de mantener y consolidar la pequeña propiedad. Asegurarse la supremacía y el apoyo de los estratiotas permitía al mismo tiempo socavar el creciente poderío de los terratenientes, todo lo cual redundaba en una autoridad central mucho más saludable y omnipotente. No se trataba pues de suprimir a la aristocracia militar, ya que, en definitiva, la salud externa del imperio dependía de ella; muy por el contrario, el objetivo era establecer un equilibrio de fuerzas entre las partes de modo que el principal beneficiario fuera el estado.

Basilio II consideraba que los pequeños propietarios enrolados como estratiotas eran campesinos sujetos a servicio militar permanente. En tanto que labradores dueños de su propio tiempo y de su propia tierra, constituían una valiosa herramienta para frenar el mecanismo de leva feudal que el propio Basilio había tenido la oportunidad de conocer en los territorios de Eustacio Maleinos, un rico terrateniente de Capadocia. El poder de los terratenientes, en consecuencia, guardaba una relación directamente proporcional a la miseria de los soldados campesinos. Cuando ésta aumentaba como resultado de la desidia del poder central, el latifundio renovaba sus intentos por ocupar las tierras de los arruinados campesinos[1]. Y es que las actividades estaban a la sazón tan reguladas por el estado, que el dinero ocioso de los poderosos siempre iba a parar a lo mismo: la adquisición de tierras, en muchos casos a valores de bagatela, dada la necesidad apremiante de los vendedores (estratiotas en la mayoría de los casos).

Al morir Basilio II Bulgaróctonos el 15 de diciembre de 1025, el Imperio Bizantino se hallaba en la cúspide de su esplendor. Sus fronteras se extendían desde la península de Crimea y el río Danubio, al Norte, hasta el mediodía de Siria, al Sur, y desde el Lago Van, al Este, hasta los principados de Salerno y Benevento, al Oeste. Todos los enemigos externos, sin excepción habían sido vencidos sino humillados: el Imperio Búlgaro del zar Samuel y los territorios servios hasta los límites con Hungría. Era la primera vez en siglos que la península balcánica volvía a quedar unificada bajo el dominio de los emperadores. Al Este, entretanto, los musulmanes fatimíes de Egipto habían sido contenidos cerca de Emesa y Baalbek, en el Orontes, mientras las armas y la diplomacia bizantinas, en forma conjunta, sometían los reinos armenios ubicados al sur de Georgia. En el interior, la amenaza latifundista había sido momentáneamente conjurada al contraponérsele una constelación de pequeñas propiedades a cargo de campesinos o estratiotas y una legislación acorde a las necesidades del poder central. Pero la bonanza no duraría mucho. La voracidad del elemento terrateniente muy pronto se cobraría su principal víctima: el sistema de themas.

Creados para facilitar la defensa militar de las fronteras imperiales más expuestas y favorecer la administración civil de dichos territorios, los themas también se constituyeron rápidamente en las preseas de una incipiente aristocracia provincial que se valió de sus privilegios, jerarquías y oportunas victorias en el campo de batalla para despegar de la igualdad del llano, donde pululaban los pequeños labradores libres y los soldados campesinos. Los jefes militares, aprovechando precisamente las ventajas de su posición, pronto empezaron a concentrar el poderío económico de los themas mediante el sometimiento de aquéllos que debían generar, con su trabajo personal, los medios suficientes para pagar los impuestos (pequeños cultivadores) o costear el equipamiento bélico (stratiotas). Estos jefes militares obtuvieron tales beneficios que pronto llegaron a constituir una alternativa de poder al mismo gobierno central.

Para colmo de males, los sucesores del Bulgaróctonos fueron casi todos soberanos ineptos, sobre los cuales recayó la pesada herencia de resolver la contradicción interna surgida en torno al poder centralizado y los grandes terratenientes, o mejor dicho, entre la burocracia civil de la que formaban parte y la aristocracia militar que abastecía su poder merced a los minifundios, desvirtuando la naturaleza del esquema de themas. Pronto se dieron cuenta que el sistema económico y de distribución de tierras que tan celosamente habían defendido los emperadores del siglo X estaba siendo minado desde sus mismas entrañas por la ambición de la nobleza militar que el mismo sistema había engendrado[2]. La miseria de muchos estratiotas, especialmente de las regiones fronterizas de Anatolia, había sido aprovechada por estos magnates, quienes a poco se apropiaban de sus tierras y los degradaban a la condición de colonos. Cada vez más encumbrados por tales maniobras, estos poderosos señores despertaron el recelo de los funcionarios civiles de la corte -entre los que se encontraba Miguel Psellos-, que se sentían naturalmente amenazados en su privilegiada posición. Durante años habían manejado los asuntos administrativos del Imperio, y de ellos dependía en definitiva el erario, puesto que el enorme ejército de recaudadores de impuestos que recorría el país de un extremo al otro respondía a sus órdenes.

La pronunciada cuesta abajo del Imperio, evidenciada en la desintegración de los themas y en el avasallamiento de la pequeña propiedad, obligaron a los sucesores de Basilio a adoptar medidas radicales. Si la consolidación del latifundio atentaba contra la autoridad del poder central entonces había que desmilitarizar al estado como una manera de atemperar la autonomía de los terratenientes. Curiosa medida que vino a tomarse justo cuando los enemigos del Imperio se aprestaban nuevamente a probar suerte contra sus fronteras[3]. En 1057, esta era precisamente la situación, con un Psellos enrolado entre los partidarios del bando civilista y un Isaac Comneno que procedía de la tan odiada casta militar y terrateniente: el primero dispuesto a hacer todo cuanto estuviese a su alcance para mantener las cosas como estaban; el segundo decidido a jugarse todas las cartas para lograr un cambio substancial que permitiera al Imperio recuperar la aptitud belicista de otrora, lo mismo que su capacidad económica y financiera.

Isaac Comneno irrumpe en el horizonte político del Imperio.

Hacia 1057 reinaba en Constantinopla Miguel VI el Viejo o Stratiota, un funcionario relacionado con la administración del sistema de themas. Psellos no ofrece muchos detalles acerca de las simpatías e ideología de Miguel, pero sí se puede inferir a través de sus palabras a qué intereses respondía el anciano emperador, a juzgar por su manera de acceder al trono. “Una terrible enfermedad se apoderó pues de ella (Teodora). […] Solo le quedó entonces un soplo de vida. Cuando todos vieron que su situación era desesperada, me refiero a aquéllos que formaban su entorno, se preocuparon enseguida del gobierno, pero también de su propia suerte, y comenzaron a deliberar al respecto. Digo esto no por que se lo haya oído a alguien sino por que yo mismo asistí a sus decisiones y conciliábulos, vi con mis propios ojos y escuché con mis propios oídos cómo la suerte del Imperio daba vueltas en sus manos como si de un juego de dados se tratara.  El sol del mediodía no había alcanzado todavía su cenit, cuando la emperatriz, apenas con aliento vital, parecía próxima a fallecer. Los servidores del trono, reunidos en una sala con su corifeo en el centro, estaban considerando a quién confiarían el gobierno por encima de los demás, de forma que después siguiera unido a ellos sin cambiar de propósito y garantizase su prosperidad”[4]. Las palabras de Psellos son por demás claras y dejan en evidencia varias cuestiones, a saber:

En primer lugar, el destacado político se refiere al final del reinado de la dinastía macedonia como un período caracterizado por la aprehensión y el desconcierto: Teodora, hija de Constantino VIII y sobrina de Basilio II está a punto de expirar y la consternación es muy grande en el círculo íntimo de sus colaboradores y funcionarios más incondicionales… tanto como la preocupación de todos ellos por mantener sus prebendas y concesiones. Y es que la cuestión sucesoria no era un factor menor a la hora de sopesar los riesgos que llevaba implícito un cambio de gobierno con respecto a las metas personales de cada cortesano, ya sea que se tratase de un senador, un funcionario de alto rango o del más recalcitrante partidario del poder de turno. Tanto más por cuanto si consideramos que sobre la cabeza de los civilistas oscilaba el siempre omnipresente péndulo de los dunatoi. No obstante, Psellos trata de mantener una distancia prudencial con respecto a aquéllas personas que él señala como miembros del entorno de Teodora, pese a que él, mal que le pese, formaba parte del mismo. Las lecciones del pasado, sobre todo aquélla que le tocara vivir en carne propia, en tiempos de Miguel V (1041-1042), han calado hondo en su ser y adosado otra capa invalorable de experiencia a su vida pública. Él sabe mejor que nadie que los errores en la elección de los consortes para las princesas imperiales se pagan muy caros, inclusive con revueltas populares y hasta asesinatos. En consecuencia, no duda un ápice en achacar la elección del sucesor de Teodora a sus colegas, al mismo tiempo que se desliga del asunto: “Digo esto no por que se lo haya oído a alguien sino por que yo mismo asistí a sus decisiones y conciliábulos, vi con mis propios ojos y escuché con mis propios oídos cómo la suerte del Imperio daba vueltas en sus manos como si de un juego de dados se tratara”.

 La segunda observación que podría realizarse sobre ese mismo párrafo donde Psellos se desentiende de la designación de Miguel VI el Viejo es que ya que él no participa de la cuestión sucesoria, la suerte del imperio necesariamente ha de seguir los azarosos caminos de un juego de dados. Está claro que el hábil político, además de infravalorar las capacidades de sus pares, asocia la desgracia inminente que se cierne sobre el partido de los funcionarios a que las decisiones son tomadas sin tenerse en cuenta su calificada opinión. En otras palabras, lo que Psellos nos está tratando de decir es que el ulterior advenimiento de Isaac I Comneno y el consecuente derrape del partido civil, que tuvieron lugar casi un año después de aquél conciliábulo que designara a Miguel VI, se podrían haber evitado con una más activa participación suya. Curioso dato si se tiene en cuenta que, con todo, el grueso de los acontecimientos de relieve ocurridos en el ámbito del Imperio Bizantino durante el siglo XI, reconoce la mano de Psellos como artífice directo o indirecto de los mismos. En todo caso, su autoproclamada neutralidad en el asunto de la elección del sucesor de Teodora se hace añicos considerando que, a poco, nuestro historiador sería comisionado por Miguel VI para tratar de desactivar la revuelta contra su gobierno, que iniciarían los generales asiáticos en Asia Menor.

Habiendo sido escogido emperador con la venia de Teodora, Miguel VI Estratiota no tardó en quedar solo al timón del Imperio, ya que la última representante de la dinastía macedonia expiró tan solo una hora antes de finalizar 1056. Acontinuación, el nuevo basileo concatenó una serie de errores garrafales que, a la postre, le costarían la corona, cuestión que no solo es recogida por Psellos en su obra “Cronografía”, sino por otros historiadores bizantinos como Juan Skylitzes (“Sinopsis de la Historia”), Miguel Glycas (“Crónica de eventos desde la creación del mundo hasta la muerte de Alejo I Comneno”) y Juan Zonaras (“Extractos de Historia”). Lo peculiar de Miguel Psellos en este punto es su extraña manera de desdecirse de sus fuertes inclinaciones civilistas: “A los que acaban de obtener el trono imperial les parece que para asentar su poder les basta con contar de algún modo con el aplauso de la clase política, pues, al estar en estrecho contacto con ella, creen que si sus reacciones le son favorables, la integridad de su poder estará asegurada. De ahí que, tan pronto como se apoderan del cetro, autoricen a hablar a estas personas en su presencia. Y ellas no tardan en realizar piruetas, decir bufonadas y pronunciar necias arengas, de forma que los soberanos, como si tuvieren asegurado el auxilio divino, no sienten necesidad de tener ningún otro apoyo. Por lo tanto, a pesar de que la garantía de su poder se apoya en tres principios, el pueblo, el orden senatorial y el estamento militar, los emperadores se preocupan menos por el tercero y no tardan en repartir con los otros dos los beneficios que dimanan del poder”.

La introducción que hace Psellos al Libro IX de su obra, “Cronografía”, precisamente está relacionada con el primer gran yerro de Miguel VI en su nuevo rol de basileo. Y es que en el momento de la distribución anual de cargos y presentes, realizada en tiempos dela Pascua, los senadores se llevaron la mejor parte. Tanto Psellos como Skylitzes, Glykas y Juan Zonarás ponen en evidencia la torpe maniobra de Miguel VI: según las crónicas de la época una constelación de funcionarios fue recompensada con creces en relación a sus expectativas originales. Psellos por ejemplo se refiere a este hecho como un exceso de prodigalidad por parte del soberano, que acabó desatando la ambición y envidia de los principales generales, muchos de los cuales pertenecían a la aristocracia terrateniente de Asia Menor. Juan Zonarás y Skylitzes, a su vez, mencionan que los senadores obtuvieron mejoras en el escalafón de dignidades, mientras que al populacho se le rendían inadecuados honores, llagándose al extremo de rememorar ceremonias caídas en el desuso. Para peor, los primeros meses de la flamante administración del Estratiota se caracterizaron también por las concesiones obtenidas por el clero y numerosos monasterios, como Vatopedi y Laura, en el monte Athos.

Miguel Ataliates, en cambio, menciona las desigualdades en el trato de los súbditos, incurridas por Miguel VI, en forma casi tangencial: Que el poder estuviera así repartido entre muchas y muy distintas personas y que todos sus ministros dejaran patente su sed de poder suscitó gran revuelo y confusión entre los aristócratas y el pueblo, quienes apelaban a los principios de la democracia, pues la prosperidad era privilegio exclusivo de aquella facción y de las personas  de un modo u otro vinculadas al emperador, tanto si se dedicaban con empeño al interés general como si le aportaban solo perjuicios e ineficacia, mientras que los demás carecían de voz, aunque se sometieran a su estúpida inocencia y vanagloria[5]. Con un relato casi retorcido y confuso, Ataliates expone la misma conclusión que el resto de sus colegas: en primer lugar, que Miguel VI era un títere en las hábiles manos de sus consejeros y, en segundo término, que el basileo era tan corto de ingenio e inteligencia que en ningún momento se dio cuenta del conato que su torpeza estaba generando.

Las noticias sobre la munificencia del emperador no tardaron en llegar a oídos de los militares asiáticos, que acudieron en tropel a Constantinopla para reclamar su parte en el convite. Les esperaría una desagradable sorpresa sin embargo. Gracias al grado de detalle con que Psellos se despacha sobre el asunto, aún hoy podemos imaginarnos la cara de consternación y contrariedad que los altos mandos castrenses debieron haber puesto cuando el emperador se dirigió a ellos, luego de que finalmente se dignara a recibirles en palacio: “Penetraron en la estancia hombres bravos, verdaderos héroes, y después de inclinar sus cabezas ante él y aclamarle como era costumbre, se fueron situando por turnos , a la señal del emperador, en una hilera. Luego, cuando hubiera sido preciso llamarles uno por uno y agasajarlos con palabras generosas, propias de un emperador, él comenzó a censurarlos a todos por su comportamiento ignominioso y, a continuación, después de colocar en el centro de la sala a su cabecilla Isaac Comneno, que estaba al frente de toda la delegación, y al inmediatamente subalterno, Cecaumeno el Coloniata, desató sobre el segundo un torrente de injurias porque poco le había faltado para echar a perder Antioquía junto con sus tropas, porque no había tenido un comportamiento ni noble ni marcial, porque se había apoderado además del dinero de muchas personas y había usado el poder no como fuente de gloria sino de lucro”[6]. Miguel Psellos, que asegura haber estado presente en dicha audiencia, identifica, pues, a dos grandes militares de su tiempo concurriendo a entrevistarse con el basileo: Isaac Comneno, sobre quien gira el presente trabajo, por un lado, y Catacalon Cecaumeno, un noble con ascendiente militar, que ya se había desempeñado en el intento por reconquistar Sicilia en 1042, por el otro. Juan Skylitzes, por su parte, coincide con Psellos en ambos nombres, pero además menciona los de otros tres destacados personajes: Juan Ducas, Constantino Ducas[7] y Miguel Bourtzes[8]. Glykas y Zonaras, en cambio, solo hacen referencia a los dos primeros (Comneno y Cecaumeno), mientras que Miguel Ataliates únicamente menciona a Isaac Comneno.

Para hombres habituados a la guerra como forma y medio de vida, semejante desprecio fue un insulto imposible de sobrellevar. Los ánimos se caldearon inmediatamente y para algunos de los asistentes la osadía del emperador fue poco menos que una declaración de guerra. Así la tomaron y, de no haber mediado la capacidad conciliadora de Isaac Comneno, el reinado de Miguel VI habría terminado mucho antes que lo que efectivamente duró. Tal hecho nos lo vuelve a reflejar, muy gráficamente, un pasaje de la obra de Psellos: “Pero les contuvo Isaac, diciendo que aquél asunto requería una prudente deliberación”[9].

La revuelta de los generales.

El caso es que, tras la fallida asamblea de Pascuas, los generales y el resto de los hombres de armas procedentes de Asia decidieron cambiar de táctica y, en un segundo intento, buscaron la intercesión del protosynkellos[10] León Paraspondylos[11] en lugar de acudir directamente ante el basileo. El planteamiento era tan claro como sencillo: ¿Cómo ellos, que la pasaban de vigilia en vigilia, velando por la seguridad y el bienestar del Imperio, debían aceptar ser postergados mientras en la corte todo el mundo se beneficiaba de la generosidad de Miguel? La delegación había puesto muchas expectativas en esta nueva audiencia, pero ahora, como antes había sucedido con el mismísimo emperador, la respuesta fue tan ofensiva como decepcionante: todos, sin excepción fueron despedidos prácticamente con las manos vacías, y peor aún, con insultos[12]. Skylitzes llega a afirmar que el rudo trato propinado por Parapondylos encendió la cólera de Juan Ducas quien prometió vengarse al mismo tiempo que tomaba juramento para castigar a todos aquellos que le habían insultado[13].

Luego de aprovechar el recinto de Santa Sofía para un conciliábulo secreto y de recibir el apoyo del patriarca Miguel Cerulario, la embajada castrense cambió de táctica. Puesto que la diplomacia, como herramienta para disuadir al basileo de su obstinada actitud había fracasado con estrépito, los asistentes decidieron poner en marcha un complot para provocar un cambio en el seno mismo del poder. Todos se mostraron de acuerdo con el asunto y, cuando le ofrecieron a Isaac Comneno ser el próximo emperador, este se rehusó de plano afirmando que ninguno de los presentes era menos que él y, que por tanto, cualquiera de ellos estaba en condiciones de asumir el control del Imperio. La negativa de Isaac no hizo más que ensalzar sus virtudes de líder a la vista del resto, que volvió a insistir con el ofrecimiento, en esta ocasión con mejor suerte que la anterior. Con los trazos generales de un acuerdo entre manos, la mayoría de los militares asiáticos dejaron la capital imperial y retornaron a sus tierras solariegas en Oriente para acometer la segunda etapa del plan.

Las fuentes de la época, especialmente Miguel Psellos, aseguran que nadie en Constantinopla se hizo cargo del difícil trance debido a que el proyecto de los complotados fue guardado en el mayor de los secretos. A lo que también debe haber ayudado sobremanera la incapacidad manifiesta del emperador para reaccionar en consecuencia con los sucesos que estaban teniendo lugar delante de su propia mirada: mientras Isaac desde sus tierras en Asia Menor iba organizando las líneas de aprovisionamiento de la fuerza que se proponía llevar contra Miguel, un nutrido grupo de partidarios procedentes de distintos puntos se le iba uniendo incondicionalmente.

Tuvo lugar además un suceso que sirvió para alertar a la corte imperial y hacerle tomar conciencia de la importancia de la rebelión que se estaba gestando en los themas asiáticos. Uno de los amotinados, “adrinopolitano de cuna y de nombre Brienio[14], a la sazón estrategos del thema de los Capadocios, después de maltratar, o mejor dicho, pisotear al delegado imperial encargado de la distribución de las soldadas[15], lo arrestó y encadenó. Un grupo de soldados, sin embargo, se dispuso a vengar tal afrenta y al verse el enviado libre de sus cadenas capturó a su agresor y le privó de sus ojos. El miedo se apoderó así de los compinches del que había sido mutilado y les impelió a tomar las armas y a afrontar con premura el riesgo de un combate, para evitar, dispersándose, ser capturados y sufrir un daño irreparable”[16]. De manera que resulta cuanto menos extraña la afirmación de Psellos acerca de que en Constantinopla nadie estaba al tanto del serio problema que se estaba gestando al otro lado del Bósforo.

Breve análisis comparativo de las fuerzas en pugna.

Ni bien los generales asiáticos estuvieron de regreso en sus respectivos territorios, la campaña contra Miguel empezó a tomar cuerpo. Quedó claro desde un principio que la lucha habría de dirimirse entre dos facciones del ejército; por un lado, las tropas de Asia Menor, procedentes de aquellos themas que desde los tiempos de Heraclio, habían provisto los mejores y más experimentados soldados y, por el otro, las fuerzas aportadas por las provincias europeas del Imperio. Desde la consideración misma de su origen, era evidente que los regimientos orientales llevaban la delantera, otorgando una ventaja considerable a los comandantes sediciosos: en Asia Menor, la autoridad de Bizancio nunca había sido puesta en entredicho, salvo por alguna que otra esporádica expedición persa o árabe. Lo que es más, en los momentos más difíciles vividos por el Imperio, sobre todo tras la irrupción de los eslavos, primero, y de los búlgaros, después, había sido precisamente de los themas asiáticos de donde Bizancio había extraído la vitalidad necesaria para soportar el difícil trance. La pérdida ulterior del noventa por cien de las provincias europeas había determinado que, aunque la capitalidad no se desplazase de Constantinopla, el corazón del Imperio hiciera escuchar con estrépito sus latidos hacia el naciente, donde la situación era radicalmente opuesta. Mientras en los Balcanes, eslavos y búlgaros llegaban a discutir la autoridad de los basileos inclusive sobre los mismos arrabales de la “Nueva Roma”, en Asia Menor una nueva modalidad de soldados se perfeccionaba bajo la protección de una verdadera batería de medidas anti-latifundistas. Creados a imagen y semejanza de aquellos colonos militares del siglo III, los soldados campesinos bizantinos demostrarían muy pronto el valor de la flamante institución que, reconociendo su basamento en el lazo establecido con el estado a través de la propiedad de la tierra, devolvería al Imperio su pretérito esplendor. Al asignárseles parcelas para su cultivo como propiedad hereditaria e inalienable, con beneficios fiscales y privilegios especiales, lo que pretendía la nueva legislación era generar un recurso de probado valor militar que no le costase a la tesorería lo que demandaban los ejércitos convencionales o la contratación de los poco fiables mercenarios.

Sin embargo, promediando el siglo XI, el sistema de estratiotas o campesinos libres estaba ya en plena descomposición. Los largos años de predominio civilista, caracterizados por la preponderancia de la aristocracia de funcionarios de la capital, no habían significado un fortalecimiento de la autoridad de los emperadores ya que también ellos eran terratenientes como sus rivales militares. Esta realidad se había notado especialmente en la falta de convicción de los sucesores de Basilio II para continuar defendiendo a la pequeña propiedad[17]. Así, mientras que en los días del Bulgaróctonos se había visto a un emperador confiscando las tierras de un terrateniente al cabo de un proceso tendencioso y reñido con la justicia y la ley[18], con sus sucesores la gran propiedad creció de manera alarmante. Uno de los motores principales que impulsó tan descomunal y desproporcionado crecimiento había sido la concesión de privilegios especiales, entre los cuales, los más deseados por el latifundio eran las inmunidades y exenciones fiscales. Y al encumbrarse su poder, al latifundio le tomó muy poco tiempo obtener también inmunidades judiciales, en virtud de las cuales, los propios terratenientes pasaron a desempeñarse como jueces de sus dependientes. La contracara de este proceso, entretanto, mostraba a un estrato de pequeños cultivadores libres cada vez más reacios a trabajar la tierra y prestar el consecuente servicio militar tal como lo habían hecho sus antepasados, algo similar a lo que había acontecido en tiempos de la Roma tardía con el colonato[19] y el patrocinium[20]. Esta era precisamente la situación en Asia Menor al momento de estallar la revuelta de los generales; en otras palabras los sediciosos contaban con tropas históricamente mejor preparadas y cualificadas que, sin embargo, en los últimos años habían perdido el basamento tradicional que era su fuente de reclutamiento, el pequeño campesinado, en beneficio de un mecanismo más parecido al de la leva feudal.

Tal estado de cosas imperante en los themas asiáticos apenas tenía su grado de correlato en las provincias occidentales del Imperio, territorios que, a excepción de una parte de Grecia y Tracia, eran todos de reciente adquisición y, por lo tanto, no estaban tan contaminados por las apetencias latifundistas. Luego de la irrupción de los eslavos (siglo VI) y de los búlgaros (siglo VII) en los Balcanes, el establecimiento de un nuevo tipo de comunidad surgido a raíz del contacto con los invasores, había creado un organismo capaz de resistir el avasallamiento de los grandes terratenientes. Este nuevo tipo de comunidad bizantino-eslava se caracterizaba entre otras cosas por:

  • Ausencia de repartos periódicos de tierras.
  • Formación gradual de alodios o propiedades que estaban libres de cargas señoriales.
  • Compra-venta casi nula de tierras.
  • Práctica habitual del arriendo, la hipoteca y el cambio.
  • Permanencia de vestigios de la esclavitud en su seno.
  • Explotación libre de los bosques.
  • Lucha contra la confiscación del Estado.
  • Responsabilidad colectiva en temas tales como justicia, impuestos y administración.

En la segunda mitad del siglo X, la reconquista macedónica de las regiones comprendidas entre el Danubio, al Norte, y Tracia y Tesalia, al Sur[21], expuso a dichas comunidades a la influencia directa del latifundio. Minadas desde dentro por el desarrollo de la propiedad privada y por la creciente diferenciación social, la cohesión de tales comunidades no tardaría en decaer y finalmente sucumbir ante los grandes terratenientes y la servidumbre. La debacle dejaría grandes extensiones de tierra en manos de la aristocracia terrateniente de los funcionarios, aunque sus cabecillas jamás abandonarían sus bases de operaciones, que eran los pasillos palaciegos de Constantinopla, donde la posibilidad de quitar y entronizar emperadores les aseguraba una precaria supremacía sobre sus enemigos. Pero a la par de la aristocracia civil, la nobleza militar también echó raíces y se expandió en los Balcanes y un primer conato de golpe de estado partió de estas latitudes hacia 1047, aunque fracasó por la indecisión de sus líderes. Con todo, a mediados del siglo XI la situación imperante en estas regiones no se parecía ni de lejos a la verificada en Asia Menor, donde los funcionarios imperiales no podían incluso poner un pié en las grandes fincas.

Así, pues, en los previos de la revuelta, las fuerzas beligerantes involucradas representaban los intereses contrapuestos de la nobleza capitalina y de la aristocracia militar de Oriente. Aunque ni una ni la otra marchaban al encuentro esgrimiendo la bandera del fortalecimiento del poder central. Ambas eran aristocracias terratenientes, ambas perseguían como objetivo primero limitar la autoridad de los basileos tal como los señores feudales lo habían hecho en Francia con respecto al rey, y, finalmente, ambas, desde los días de Basilio II, venían luchando entre sí para dilucidar la cuestión de la preeminencia. Georg Ostrogorsky nos esboza magistralmente la situación de conflicto irremisible en el seno de las altas esferas sociales de Bizancio, con las siguientes palabras: “La aristocracia terrateniente había ganado la partida y solo quedaba por decidir cuál de los dos sectores, los funcionarios o los militares, llegaría a imponerse. La historia bizantina de los siguientes decenios, que a primera vista solo parece ser una maraña de intrigas cortesanas, estará en realidad dictada por la lucha entre los dos poderes rivales: la aristocracia civil de la capital y la aristocracia militar de provincias”[22].

La sublevación se pone en marcha. Reacción en Constantinopla.

Pese a que la descripción de los momentos iniciales de la revuelta, en especial de los preparativos de la misma, es un tanto vaga en la pluma de Miguel Ataliates, es posible avizorar en este punto una contradicción entre su obra y la “Cronografía” de Psellos. Por ejemplo, Ataliates nos dice que “… cuando los rebeldes se levantaron en armas, muchos se unieron a ellos; al aumentar su número día tras día, consiguieron concentrar un gran contingente y dieron el rango de comandante en jefe a Isaac Comneno, el cabecilla de la conspiración. Sin embargo, muchos soldados del ejército de Oriente se pasaron al bando del emperador legítimo de Bizancio de modo que, mientras Comneno solo contaba con las tropas de Oriente, el emperador lo hacía con las que llegaban de allí sumadas a la totalidad de las fuerzas occidentales[23]. A juzgar por la descripción que nos hace Ataliates, la propagación de los planes de Isaac Comneno despertó al principio una gran expectación entre la población. Muchos  soldados, en un acto reflejo, corrieron a ponerse bajo los estandartes de dignatarios que, procedentes de rancias y destacadas familias de Asia, parecían encender con sus esbeltos y orgullosos portes la llama de una victoria segura. Pero a poco, sucede algo extraño, casi inexplicable; un gran número se evade del campamento de Isaac, pasándose al bando de Miguel VI. ¿Cómo se puede explicar tan singular cambio de lealtades si es que el mismo, tal como nos lo describe Ataliates, realmente existió? La clave quizá haya que buscarla en el segmento de pequeños cultivadores o estratiotas, cuya condición social se había degradado tanto que, hacia mediados del siglo XI, casi todos habían sucumbido ante la opción más apacible de trabajar para un patrono, en manos de quién pronto pasarían a un estado de dependencia. Regresando en vísperas de la crucial batalla al redil del legítimo emperador, estos cuasi siervos, antes pequeños propietarios, quizá buscaban recomponer su antiguo estatus social y recuperar el favor y la protección del poder central. En todo caso, lo que sí tenían asegurado ante un eventual triunfo de Miguel VI era la posibilidad de desquitarse de los poderosos linajes de terratenientes asiáticos bajo cuya ambición tanto habían padecido en los últimos treinta años.

Miguel Psellos, a diferencia de Ataliates, no ofrece ninguna pista acerca de las defecciones en el campamento de los generales rebeldes; todo lo contario, su descripción se centra más en la alta moral y el espíritu combativo de las fuerzas congregadas por los revoltosos: “Todavía no habían llegado a organizarse, cuando se les unió un bravo ejército de aguerridos soldados que en gran número confluyó hacia ellos y reforzó su determinación. En efecto, una vez que todos se enteraron de que un bravo general se había proclamado su emperador y de que las familias más poderosas se habían alineado con él –sus nombres eran conocidos-, sin perder tiempo marcharon enseguida a su encuentro, compitiendo todos por llegar los primeros como si fueran corredores a la carrera”[24]. En un siguiente párrafo, el súper ministro es aún más gráfico sobre este asunto: “No obstante cuando observaron que Isaac –al que ni en sueños habían previsto que pudieran ver con los atributos del poder debido a los rigores que implicaba una empresa tal- se ponía al frente del proyecto de usurpación y dictaba las decisiones que luego habría que tomar, dejaron por completo de lado sus dudas y corrieron a unirse a él, marchando en viril formación y preparándose para la guerra”[25]. No se sabe si Psellos ignoró concienzudamente la cuestión de las deserciones que aluda Ataliates o si las omitió simplemente por desconocimiento. Pero, considerando su crucial participación en la política gubernamental de los últimos decenios, parece claro que algo de intencional debió haber habido en su proceder. Dada la filiación civilista del ministro, reflejar el descontento de los reclutas de Isaac y su ulterior desbande hacia las filas de Miguel VI habría sido como aceptar ante la crítica mirada de sus detractores la gran injusticia cometida con los estratiotas a través del descuido de la legislación creada para tal efecto. Claro, esto en tanto y en cuanto la información incluida por Ataliates sea fidedigna y con basamento histórico y que nuestra interpretación de los hechos sea la correcta.

Una vez que hubo reunido una fuerza considerable, Isaac se dispuso a acometer los problemas relacionados con la logística, entre los cuales, los más acuciantes eran el avituallamiento de tantas bocas y el tendido de un cerco alrededor de Constantinopla. No se trataba de un asedio militar convencional sino más bien de estrangular económicamente a la capital de manera que, cerrando los caminos e impidiendo el paso de los recaudadores de impuestos, Miguel tuviera problemas al momento de pagar las soldadas. Por boca de Psellos sabemos que Isaac colocó guarniciones en lugares estratégicos y que designó personal competente para percibir los impuestos públicos y registrar la correspondiente percepción para no dejar lugar a dudas de sus buenas intenciones. El general asiático no perseguía enriquecerse con los dineros del estado, aunque sí puede leerse entrelíneas del texto de Psellos, que no vaciló un instante en emplearlos para alimentar a sus soldados cuando se le hubo presentado la oportunidad[26].

Entretanto, en Constantinopla, la actitud de Miguel VI no dejaba de sorprender a propios y ajenos debido a su recalcitrante falta de iniciativa. Era como si la sola posesión de la gran ciudad del Bósforo y el control de sus impresionantes murallas constituyeran por sí solos la garantía del triunfo final sobre los revoltosos. Y, a juzgar por las palabras de nuestros cronistas de cabecera, la falsa noción de seguridad haría perder a Miguel momentos cruciales para ganar la partida a los sediciosos mucho antes que la misma llevara la guerra al suelo tracio. Lo que es más, fue necesario que muchos de sus más leales consejeros dieran lo mejor de sí y de su labia para convencer al basileo de abandonar su tozuda pasividad. Cuando finalmente se decidió a pasar a la acción, Isaac Comneno y sus tropas avanzaban desde Asia, en dirección al Mar de Mármara y el Bósforo.

De cómo proceder cuando la situación es apremiante: los consejos de Miguel Psellos al emperador para enfrentar la crisis.

En su Cronografía, Psellos no deja pasar la oportunidad para hacer notar al lector que el momento en que Miguel VI finalmente decide aceptar el desafío del general usurpador es coincidente con una especie de reivindicación hacia su persona. En efecto, luego de desempeñar una brillante carrera en la administración pública, su estrella, como la de sus amigos filósofos de la corte[27], había declinado hasta casi apagarse durante el reinado de Constantino IX Monómaco. Al punto que a la muerte de dicho soberano, Psellos se tonsuró como monje quizá para conseguir zafar de aquellos poderosos a los que su influencia en palacio había hecho la vida imposible. Según parece, con la ascensión al trono de Miguel VI, la situación para nuestro historiador quedó restablecida si bien no en los términos de absoluta preeminencia que tuviera antaño. Hasta que la irrupción en escena de Isaac Comneno y la súplica de una sorprendida corte que no se resignaba ante la inacción del emperador pusieron a Psellos otra vez en el centro de la escena. La manera en que ello sucedió nos la cuenta el propio ministro: “pero como algunos de sus allegados, a fuerza de golpear en su conciencia diciéndole que necesitaba consejeros, mucho dinero y contingentes militares habían hecho mella en su ánimo, entonces convocó a su presencia a un gran número de personas de noble espíritu a las que hasta entonces no había tenido en cuenta. En ese momento también me adoptó a mí y fingió arrepentirse, como si hubiera hecho algo horrible, por no haberme tenido desde mucho antes en lo más profundo de su corazón”[28].

Lo que siguió después, si nos atenemos al relato crudo que nos presenta Psellos en su obra, es un tanto difícil de corroborar, aunque sumamente plausible dada la capacidad de aquél para convencer o manipular según el caso, las necesidades y las circunstancias. Luego de que Miguel VI le hubiese aceptado nuevamente entre sus colaboradores principales, el influyente funcionario dio una serie de consejos al basileo acerca de cómo debía afrontar la crisis; a grandes rasgos la “partitura” que el Estratiota debía ejecutar era más o menos la siguiente: en primer lugar, solicitar audiencia al patriarca capitalino, Miguel Cerulario, para limar con él todas aquellas asperezas que se habían producido en el último tiempo y que Psellos en su Cronografía solo atribuye a diferencia de opiniones. Quizá las mismas estuvieran motivadas por el reciente Cisma de Oriente o tal vez por cuestiones impositivas y hasta podría tratarse de una combinación de ambas. Sin dar más precisiones que esas y ante el silencio de Ataliates en su “Historia”, solo nos queda especular al respecto. En todo caso, la aquiescencia del patriarca era necesaria para validar ante los ojos del pueblo, la causa del legítimo emperador, y, al mismo tiempo, desacreditar a los revoltosos. Y es que, con el antecedente del Gran Cisma (1054), Cerulario se había ganado la admiración de su grey, por lo que Psellos tenía razón al sostener que Miguel VI debía buscar su complicidad. En última instancia, acorde con la ideología política imperante,la Iglesia y el estado eran los pilares básicos que sustentaban todo el andamiaje imperial, siendo el emperador y el patriarca las caras visibles de ello. No contar pues con el apoyo del Gran Arzobispo sería, en suma, dejar rengo el sistema de alianzas que legitimaba a Miguel VI en el trono.

Santa Sofía, sede del patriarcado de Constantinopla.

El segundo gran consejo dado por Miguel Psellos al basileo estaba más relacionado con cuestiones estratégicas: Isaac Comneno poseía un ejército poderoso; todos estaban al tanto de ello, excepto, tal como parecía, el propio soberano. Así que, según la óptica del experto consejero, había que tratar de convencer al general asiático de que licenciase sus tropas a cambio de la cesión de honores y dignidades. Psellos incluso hizo hincapié en este punto: que Miguel VI debía acceder a todos los requerimientos de Isaac, salvo a aquéllos que representasen un peligro evidente para su cargo y, obviamente, para su persona.

Por último, la tercera recomendación de Psellos era en sí misma un reaseguro para Miguel VI si las dos medidas anteriores llegaban a fallar, en especial, la segunda. Básicamente, el legítimo emperador, a la vez que negociaba  con los revoltosos para un eventual acercamiento, debía aprovechar la coyuntura a fin de reforzar su posición militar. La manera en que lograría esto, a juzgar por los dichos del súper ministro, dependía de la habilidad y el liderazgo que pudiese demostrar Miguel VI frente a los ejércitos de Occidente para ganárselos a su causa, y de su capacidad diplomática para hacerse de nuevos aliados y mercenarios, aunque unos y otros procediesen de los pueblos bárbaros allende el Danubio. Todo un reto para una persona nacida bajo la horma de la indecisión y la falta de personalidad.

La guerra civil. Polemón y Hades: 20 de agosto de 1057.

En la primavera de 1057 Miguel VI se sintió lo suficientemente fuerte como para confrontar con su adversario en el campo de batalla. Bajo su égida se habían colocado todas las fuerzas europeas, algunos desertores del ejército de Oriente[29], aliados bárbaros, mercenarios de distintas nacionalidades y, por último, la guardia varega. De manera que, en vistas de la gran cantidad de efectivos reunidos, parecía que el basileo había seguido a pié juntillas la tercera recomendación de su colaborador. Mas no las dos primeras, de lo que se lamenta especialmente Psellos en su obra, a raíz de los acontecimientos que sobrevendrían.

Los regimientos leales a los funcionarios de Constantinopla fueron puestos bajo la autoridad del eunuco Teodoro[30], uno de los favoritos de la difunta emperatriz Teodora, que había llegado a ejercer como presidente del senado antes de la ascensión al trono de Miguel VI. A continuación, transportados por la flota, los soldados se embarcaron hacia el otro lado del Bósforo donde, nomás tocar tierra, establecieron su campamento en las afueras de Nicomedia[31]. No muy lejos de allí, Isaac Comneno avanzaba en dirección a Nicea por la gran calzada militar que procedía desde los confines de Capadocia. Su intención era ocupar dicha ciudad antes de batirse con las fuerzas del eunuco Teodoro, ya que ante una eventual derrota tendría una plaza fuerte donde reagrupar a sus tropas. Además al gran general asiático no le convenía dejar a sus espaldas una urbe de la importancia de Nicea, sin haber asegurado antes su obediencia. Espiándose mutuamente, ambos ejércitos decidieron finalmente presentar batalla en un punto ubicado entre Nicomedia y Nicea, que el propio Ataliates identifica como Polemón y Hades[32].

Gracias a las fuentes contemporáneas es posible establecer la secuencia del truculento enfrentamiento que tuvo lugar ni bien las trompetas dieron la orden de marchar al encuentro del enemigo. Ambos ejércitos se habían estacionado uno en frente del otro, segmentados cada uno en tres divisiones: ala izquierda, centro, y ala derecha, con destacamentos apostados como reserva, tal como indicaban para el caso los manuales bélicos y dictaba la experiencia. A espaldas de cada uno habían quedado los respectivos campamentos, con objetos de valor entre los que se contaba el numerario correspondiente a la paga de los soldados. Por el lado de las fuerzas imperiales, el mando supremo correspondía, según se ha dicho antes, al eunuco Teodoro que, tras reservarse el centro, había encomendado a Aaron[33] el ala izquierda y a Basilio Tarchaniotes[34] el ala derecha. Además, asistiendo a los altos mandos, había importantes y experimentados comandantes procedentes de diferentes puntos del Imperio e inclusive del extranjero: Radulfo el Franco[35], Pnyemios el Íbero[36] y Lycanthes[37] marchaban junto a Aaron, mientras que Maurokatakalos[38] y Katzamountes[39] asistían a Tarchaniotes. Entretanto, las fuerzas rebeldes habían sido dispuestas por Isaac Comneno bloqueando el camino hacia Nicea: Catacalon Cecaumeno a la cabeza del ala izquierda, debía contener la embestida de Basilio Tarchaniotes y sus secuaces; en el otro extremo, Romano Skleros[40], a la cabeza del flanco derecho, tenía una misión similar para con los regimientos dirigidos por Aaron, y, por último, el Comneno se había reservado para sí el núcleo central y estacionado a la vista del eunuco Teodoro.

La batalla propiamente dicha consistió en una secuencia de fases que de un extremo a otro de la serie, fue haciendo oscilar la victoria entre los cabecillas de ambos bandos. Antes de  que los jinetes picasen espuelas y salieran disparados al encuentro del adversario, Psellos menciona que las tropas leales al legítimo emperador iban a quedar expuestas al ataque de dos frentes. Está claro cuál era uno de ellos; lo que causa sorpresa es la acusación que deja en el aire a renglón seguido: “El comandante de nuestras fuerzas, cuyo nombre no necesito decir aquí[41], parecía vacilar entre ambos bandos, o incluso, según pienso, inclinarse claramente por uno”[42]. Acusación que a renglón seguido reafirma cuando menciona que los soldados se habían dispuesto para plantar cara sin conocer la duplicidad de sus mandos. Ataliates, por su parte, nada dice al respecto sino que se consagra a describir cada cuadro de la batalla.

Según parece, fueron las tropas de Teodoro las que, lanzando atronadores gritos de guerra, dieron inicio a la contienda. Súbitamente, el ala derecha conducida por Basilio Tarchaniotes, se abalanzó sobre los hombres de Catacalon Cecaumeno, provocando el pánico y la confusión entre sus filas y obligándoles a retirarse. A la vista de lo sucedido el ala izquierda comandada por Aaron y secundada por Radulfo, Lycanthes y Pnyemios, cargó contra las filas de Romano Skleros, desbordándolas sin atenuantes gracias a su empuje irresistible y obligándolas a emprender la huída. A poco la carga a fondo de los jinetes de Aaron condujo al ala izquierda de las fuerzas imperiales hasta el mismo campamento de Isaac, donde cercaron a Romano Skleros y le capturaron. Confiando que la victoria se decantaba hacia su bando, Aaron resolvió, acto seguido, dar a sus subalternos la orden para pillar las tiendas del enemigo; una decisión que, a la postre, acarrearía consecuencias trágicas para la hueste del eunuco.

No muy lejos de allí, Isaac Comneno y el centro del ejército del Este se debatían desesperadamente contra la sección correspondiente liderada por Teodoro. Incluso el propio Isaac pasó momentos de verdadera zozobra cuando, en el fragor de la lucha fue atacado por cuatro jinetes pechenegos que alcanzaron a lancearle en los costados. Pero las puntas de hierro de los venablos solo alcanzaron a clavarse en su armadura sin llegar a traspasarla. Erguido aún en su caballo, Isaac decidió aprovechar el golpe de efecto de su gran victoria individual para levantar la moral de sus seguidores e impelerles a avanzar con más fuerza y decisión. Catacalon Cecaumeno, que ya había conseguido reagrupar a sus hombres no muy lejos de allí, acudió a socorrer a su superior y su repentina aparición fue demasiado para el enemigo, que aun no podía dar crédito al duelo desigual que el general revoltoso había ganado a los cuatro jinetes pechenegos. Así, pues, mientras Aaron continuaba saqueando el campamento de los rebeldes, un poco más allá, Isaac Comneno y Catacalon Cecaumeno hacían huir a Teodoro y a Basilio Tarchaniotes en dirección al mar. Pronto la lucha alcanzó el mismo solar del campamento imperial, y se generalizó al acudir Aaron en defensa de Teodoro. Fue el preciso instante en que Nicéforo Botaniates, futuro emperador (1078-1081) se lució en un combate personal contra Radulfo el Franco. Miguel Ataliates recoge dicho pasaje de la batalla en su obra, ensalzando el coraje de Botaniates: “Entre todos destacó por su valor y se mostró en esta guerra valiente y fiel a su fama el magistro Nicéforo Botaniates, que tenía de su ilustre linaje el esplendor y la gloria en el mando militar y las hazañas guerreras”[43]. El duelo personal entre Botaniates y Radulfo el Franco, por su parte, es mencionado por Juan Skylitzes.

Al término de la batalla, una victoria categórica de las fuerzas de Oriente, el reporte de bajas dejaría el siguiente resumen:

  • Radulfo el Franco, prisionero.
  • Teodoro el eunuco, evadido.
  • Aaron, evadido.
  • Pnyemios el Íbero, muerto en la lucha cuando Cecaumeno entró en el campamento imperial y lo destruyó.
  • Maurokatakalos, muerto.
  • Katzamountes, muerto.
  • Lycanthes, evadido.

La truculencia que caracterizó al combate de Hades es recogida en detalle tanto en el texto de Psellos como en el de su colega Ataliates. Los relatos de ambos autores son por demás elocuentes y muy gráficos al respecto, pero Ataliates se luce describiendo los horrores de la guerra civil: “… muchos cayeron en uno y otro bando, aunque fueron sobre todo los fugitivos quienes acabaron siendo aniquilados. En esas circunstancias, padres e hijos, como si se borraran las leyes de la naturaleza, no refrendaban sus deseos de borrarse ente sí: el hijo mancillaba su diestra con la muerte del padre y el hermano daba el golpe de gracia al hermano; no hubo piedad ni distingos por lazos de sangre, de hermandad o de origen, y solo cuando depusieron su cólera y su locura báquica, se dieron cuenta de los sucedido y rasgó el aire su lamento”[44].

Consecuencias inmediatas de la batalla: resignación y diplomacia.

Con la llegada de los fugitivos a la capital imperial y, habiendo escuchado los escalofriantes relatos de la batalla por boca de los propios sobrevivientes, Miguel Psellos se debió haber tomado la cabeza a causa del desasosiego. Y es que, habiendo fallado su tercera recomendación, se hizo evidente que las cosas se complicaban para los civilistas, por que el tozudo de Miguel VI tampoco había tomado la precaución de llegar a un acercamiento con el patriarca Miguel Cerulario.

La derrota de Hades fue tan contundente que al legítimo emperador ya no le quedaron ni los medios ni las ganas para volver a levantar un nuevo ejército. Es cierto que aún contaba con la guardia varega y con núcleos importantes de supervivientes, pero incluso el eunuco Teodoro, apenas hubo pisado la capital, se presentó en palacio para disuadir a Miguel VI de arriesgarse a los avatares inescrutables de otra aventura militar. Psellos achaca su cobarde comportamiento al hecho de que, acorde con su modo de ver las cosas, el eunuco había entrado en tratativas secretas con Isaac Comneno para traicionar a su amo. Si ello era cierto o no, al basileo no le quedó otro remedio que recurrir a la segunda sugerencia que Psellos le hiciera antes de la batalla: negociar con el general rebelde.

Pero la diplomacia no es una opción valedera cuando el bando en inferioridad de condiciones ha jugado y perdido su mejor mano en el campo de batalla, entregando toda la ventaja al adversario. Quizá por eso Psellos puso el grito en el cielo cuando Miguel VI le convocó para encabezar una delegación con la misión de marchar al campamento de Isaac y negociar un acuerdo que le salvase la piel. Con la mayor sutileza y esgrimiendo una retórica digna de los antiguos filósofos griegos, el ministro primero intentó explicar lo vano que resultaría una embajada en esas circunstancias, y cuando el emperador le hubo reprendido a causa de su negativa[45], a Psellos ya no le quedó más remedio que justificarse: “Pero, mi emperador, no rechazo tus órdenes para evitar tener que servirte, sino que declino esta misión porque el asunto provoca mis recelos y sospecho que me granjeará muchas envidias. […] El hombre ante el que me ordenas que me presente como emisario es una persona victoriosa que tiene esperanzas muy sólidas puestas en el futuro. No creo que me acoja favorablemente ni que cambie de opinión al escuchar mis palabras. Hablará quizá con altanería y deshonrará mi embajada y me despachará de vuelta sin que yo haya conseguido nada. Entonces las gentes de la corte me acusarán de traicionar las palabras que te di y al mismo tiempo de aumentar las expectativas de aquél hombre, haciendo ver que iba a hacerse enseguida con el poder simplemente por que no aceptó un mensaje del emperador y no quiso negociar con su embajada. Pero si quieres que obedezca tus órdenes envía conmigo en la embajada a otra persona, un miembro del senado, para que todas las palabras que digamos y se nos digan, tanto las nuestras como las del usurpador, lleguen a oídos de la gente en dos versiones complementarias”[46]. De lo que se pueden extraer algunas conclusiones muy interesantes: primero, que Psellos temía correr el riesgo de que ante un eventual fracaso se le endilgara a él solo la responsabilidad del mismo; segundo, que Psellos buscaba despegarse de cualquier acusación de traición previa, llevándose consigo a una camarilla de senadores partidarios de Miguel VI, para que los mismos certificaran luego su leal accionar ante el basileo y, por fin, que, a la vez que se intentaba dejar la imagen que sugería el segundo punto, el grueso de los embajadores iba a entrar en tratativas secretas con el Comneno para provocar la caída del emperador y poner así término a la guerra civil. Un supuesto, este ultimo, que difícilmente se pueda encontrar, ni siquiera a través de una lectura pormenorizada, en la obra de Psellos por razones obvias.

La sugerencia de Psellos fue saludada con beneplácito por el emperador, de modo que a la embajada que se entrevistaría con Isaac Comneno fueron adjuntadas dos destacadas personalidades que el ministro conocía muy bien: Constantino Licudes o Leicudes y Teodoro Alopos[47]. El primero era un clérigo que se había destacado ya bajo el breve reinado de Miguel V (1041-1042), debido a su talento en materias diversas como retórica, leyes y política. Además, bajo el reinado de Constantino IX Monómaco, había conseguido trepar a una posición privilegiada en la corte imperial, desempeñándose como ministro, hasta que los celos del basileo le condujeron hacia un irremisible ostracismo en 1050, cuando fue desplazado en beneficio del logotete Juan. Teodoro Alopos, por su parte, era una persona muy distinguida debido a su sabiduría y elocuencia, que había llegado a ocupar la presidencia del senado (proedros, por tanto). Uno y otro eran miembros de la aristocracia y pertenecían, al igual que Psellos, a la facción de los funcionarios y burócratas. A la embajada, pues, le sobraba talento y capacidad, solo que no tenía margen de acción, tal como se lo había hecho saber Psellos al emperador.

Los tres delegados, antes de partir, recibieron del emperador una carta conteniendo la propuesta para el usurpador, propuesta que ellos, de común acuerdo, modificaron convenientemente. De modo que cuando se embarcaron en Constantinopla, la misiva, reformulada por los emisarios, ofrecía al usurpador la alta dignidad de César a cambio de su promesa de continuar sirviendo al emperador[48]. Confiados sobre la base de un salvoconducto, los emisarios navegaron hasta el fondo del golfo de Nicomedia, donde Isaac Comneno había levantado su nuevo campamento. Allí fueron recibidos por los principales dignatarios del ejército del Este y conducidos a caballo hasta la tienda del usurpador.

Las negociaciones.

Isaac Comneno era una persona habituada a los trajines de la vida al aire libre y, por tanto, más acostumbrado a bruñir escudos y afilar espadas, pero no por ello había perdido los buenos modales y el sentido de la ubicuidad. Habiendo obtenido una rotunda victoria, bien podría haberse mostrado intransigente ante los embajadores de Miguel VI. Pero el hombre reveló una faceta conciliadora, casi desconocida para el común de los generales victoriosos en esas circunstancias, que sorprendió gratamente a la comitiva imperial y ayudó a distender la tensión del momento, previo a la esperada audiencia. A una señal suya, la delegación, encabezada por Psellos, Leicudes y Alopos, se adelantó hacia un escaño elevado donde se hallaba sentado el usurpador. Es interesante la observación que hace Psellos en este punto, refiriéndose a la manera de conducirse de su interlocutor: “Su actitud era no tanto la propia de un emperador como la de un general. En efecto, se incorporó ligeramente ante nosotros y luego nos invitó a sentarnos”[49]. Está claro que Isaac Comneno aún no había sido contaminado por las menudencias de los rituales y el boato de las ceremonias palaciegas que usualmente convertía a aquéllos que detentaban el trono en personajes casi divinos. De allí la sorpresa del “hypatos” de los filósofos.

La audiencia en torno al futuro del Imperio comprendió varias sesiones, matizadas cada una de ellas por la genial pluma de Psellos, que fue testigo directo y parte involucrada del asunto. En la primera, según parece, Isaac Comneno solo se contentó con conocer detalles del viaje de los embajadores y explicarles, con singular vehemencia y a modo de justificación, las razones que le habían impelido a levantarse contra el legítimo emperador. Durante la segunda ronda de negociaciones los embajadores tuvieron la oportunidad de conocer a Juan Comneno, hermano de Isaac y padre del futuro Alejo I Comneno, quien sería emperador entre 1081 y 1118. Psellos le describe como un hombre brillante, de gran valor, versatilidad y eficacia, medido y prudente al hablar y muy respetado por sus soldados y servidores. A una señal del duque Juan, los emisarios ingresaron en una gran tienda donde Isaac les aguardaba sentado en un trono de oro y rodeado por filas de nobles, lugartenientes y aliados, dispuestas en anillos concéntricos, donde los del interior yacían abarrotados de verdaderos próceres, al decir de Psellos. Cuando fueron por fin autorizados a hablar, uno por vez, Leicudes y Alopos cedieron su turno a Psellos, que se despachó de inmediato con un exordio, decidido a explicar en detalle las bondades que conllevaba la dignidad de César para la persona que tuviese la dicha de detentarla (Isaac, para el caso que nos ocupa). Según parece, sus palabras fueron acogidas con tímido entusiasmo por la primera línea de colaboradores y nobles, mas los comandantes, capitanes y lugartenientes que se hallaban apostados en los círculos más extremos respecto del Comneno empezaron a abuchearle aduciendo que no aceptarían para su líder otra dignidad que no fuese la que procedía de la diadema imperial. Puesto en aprietos por la ofuscada multitud que se negaba a aceptar esta primera concesión, Psellos decidió entonces subir la apuesta y jugar su mejor carta: ofrecer a Isaac la adopción que había prometido Miguel VI, esto es, acogerle como sucesor para su cargo frente las apetencias y el derecho de cualquier otro candidato. A lo que el gentío se mostró escéptico sobre todo cuando algunos de los presentes se negaron a creer que el legítimo emperador llegaría al punto de desplazar a un hijo propio en beneficio de Isaac. Una vez más la elocuencia y retórica de Psellos, enfocadas en una oportuna comparación con los tiempos de Constantino I el Grande, lograron devolver la tranquilidad al cónclave y apaciguar el ánimo de los más exaltados. Luego, arguyendo que era mejor ingresar a palacio con la dignidad de César y la promesa de sucesión asegurada que como usurpador consumado, el hábil ministro cerró su oratoria, tras lo cual la asamblea fue disuelta para evitar tumultos.

Las aspiraciones secretas de Isaac.

Ni bien la multitud se dispersó y el silencio volvió a ocupar el centro de la escena, Isaac llamó en privado a los embajadores imperiales. Su iniciativa de convocarles a espaldas de su séquito llenó de desconcierto y aprehensión al grupo liderado por Psellos, que no atinó a otra cosa que a mantenerse expectante. De modo que cuando el usurpador abrió la boca y empezó a elaborar su elucubración, ellos no pudieron dar crédito a lo que estaban escuchando.

“Si Ustedes me pueden asegurar que transmitirán un secreto al emperador, entonces yo les diré lo que está oculto en mi corazón” (Zonarás, 18.3.6).

“Yo no busco el poder imperial, me basta con la dignidad de César. Que me envíe pues el emperador una segunda carta diciéndome que no cederá el poder a otra persona cuando se vaya de esta tierra, que a ninguno de los que ha hecho conmigo esta campaña les privará de los honores que ambiciona y que compartirá conmigo la potestad imperial, para que pueda, si quiero, honrar a algunos con algunas dignidades civiles de menor rango y ascender a otros a puestos de mando en el ejército” (Miguel Psellos, Cronografía, Pág. 372)[50].

Dicho lo anterior, Isaac dio por cerrado el tema e invitó a los emisarios a cenar con él en privado. La siguiente etapa de las negociaciones tendría lugar en Constantinopla de modo que todos se relajaron para aprovechar el convite y disfrutar de la hospitalidad del Comneno. No obstante, el vértigo de los sucesos que, entretanto, acontecían en la capital imperial pronto acarrearía un desenlace bien diferente al imaginado por el sagaz general.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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Fuentes documentales:

a) Primarias.

  • Miguel Psellos, Vida de los Emperadores de Bizancio o Cronografía, Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.
  • Ana Comneno, La Alexiada, Editorial Universidad de Sevilla, traducción a cargo de Emilio Díaz Rolando, ISBN 84-7405-433-8.
  • Juan Skylitzes, Sinopsis de la Historia Bizantina, 811-1057”, traducido por John Wortley, Cambridge University Press 2010, ISBN 978-0-521-76705-7.
  • Miguel Ataliates, Historia, Inmaculada Pérez Martín, España, ISBN 84-00-08014-9. 2002.
  • Juan Zonaras, Libro de los Emperadores, versión aragonesa del compendio de Historia Universal patrocinada por Juan Fernández de Heredia, Prensas Universitarias de Zaragoza, España, 2006. ISBN 84-7733-826-4.

b) Secundarias.

  • Steven Runciman, Historia de las Cruzadas, Vol. I, Alianza Universidad, versión española de Germán Bleiberg, 1980, ISBN 84-206-2059-9.
  • Franz Georg Maier, Bizancio, Siglo Veintiuno Editores, 6ta. Edición, 1983, ISBN (volumen trece) 988-23-0496-2.
  • E. Patlagean, A. Ducellier, C. Asdracha y R. Mantran, Historia de Bizancio, Crítica Barcelona, 2001, ISBN 84-8432-167-3.
  • Warren Treadgold, Breve Historia de Bizancio, Paidós, 2001, ISBN 84-493-1110-1.
  • Warren Treadgold, A History of the Byzantine State and Society, Stanford University press, Stanford, California, 1997, Estados Unidos de América.
  • Carlos Diehl, Grandeza y Servidumbre de Bizancio, Espasa-Calpe SA, Colección Austral, 1963.
  • John Julius Norwich, Breve Historia de Bizancio, Cátedra Historia Serie Mayor, 1997, ISBN 84-376-1819-3.
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[1] El mismo Basilio II había tenido que lidiar en los comienzos de su reinado contra poderosos latifundistas de Asia Menor, Bardas Focas y Bardas Scleros, cuyos levantamientos casi le hicieron perder el trono. La oportuna llegada de 6000 rusos (núcleo de la futura guardia varega) despachados por su aliado, Vladimiro I de Kiev, salvaron finalmente la jornada para el basileo.

[2] Para una lectura más detallada acerca del proceso de descomposición del sistema de themas remitirse a “La Pronoia. Una institución con sello bizantino”. Es posible la descarga en formato PDF de dicho artículo a partir de: https://imperiobizantino.wordpress.com/descargas-de-pdf/

[3] A mediados del siglo XI los enemigos del imperio eran muchos y poderosos: en el Norte, los húngaros y pechenegos; al Este, los turcos selyúcidas, y al Oeste, los normandos (en el sur de Italia).

[4] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Págs. 348 y 349. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[5] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 40, Cáp. VII, Miguel VI Estratiótico. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[6] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 352. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[7] El futuro Constantino X Ducas, sucesor de Isaac I Comneno y emperador entre 1059 y 1067.

[8] Acorde con los dichos de Juan Skylitzes, Miguel Bourtzes era un encumbrado y valeroso lugarteniente que tenía su residencia en el thema de Anatolia o Anatolikon.

[9] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 353. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[10] Enla Iglesia oriental, cargo adjunto al del obispo, para ejercer la autoridad administrativa o asistir al obispo en dicho ejercicio. En la administración pública del Imperio, el protosynkellos era la persona encargada de lidiar con los asuntos de estado.

[11] Juan Zonaras y Miguel Psellos se refieren al Protosynkellos llamándole León Paraspondylos. Skylitzes, por su parte, le llama León Strabospondylos. León Paraspondylos había empezado su carrera pública en tiempos de Miguel V, junto con Constantino Leicudes. Con el tiempo llegó a ganar mucho prestigio y peso político hasta que, bajo el reinado de Constantino IX Monómaco, perdió casi toda su influencia, llegando Psellos a interceder a su favor para ayudarle en el difícil trance.

[12] Juan Zonaras, Extractos de Historia, 18.2.2.

[13] Skylitzes también sostiene que esta aireada reacción fue imitada por el resto de los generales: Isaac Comneno, Catacalon Cecaumeno, Miguel Bourtzes y Constantino Ducas y que el juramento fue tomado en Santa Sofía.

[14] Posiblemente el abuelo de Nicéforo Brienio, esposo de Ana Comnena.

[15] Un individuo llamado Juan Opsaras.

[16] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 41, Cap. VII, Miguel VI Estratiótico. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[17] Ya bajo el reinado de Romano III Argiro (1028-1034), eparca de Constantinopla antes de su casamiento con Zoe, la aplicación de la legislación contra el latifundio había recibido el primer golpe mortal con la supresión del impuesto adicional sobre las tierras campesinas abandonadas, en virtud del cual los poderosos debían afrontar al pago de tributos correspondientes a campesinos insolventes que se habían visto obligados a abandonar sus parcelas. Como miembro de la aristocracia civil, Romano III no se sintió motivado a continuar con una política que era contraria a sus intereses y a los intereses de la clase que representaba.

[18] El caso emblemático es el de Eustacio Maleinos, un rico terrateniente de Capadocia, a quien Basilio II despojó de sus bienes y condujo cautivo a Constantinopla por el simple hecho de haber impresionado con su poder al basileo.

[19] En virtud del colonato, un pequeño agricultor libre trabajaba las tierras de otro sobre la base de un acuerdo concertado, recibiendo por ello el nombre de colono. Con el paso de los años, dichos colonos acabarían dependiendo cada vez más de los latifundistas.

[20] El patrocinium era un sistema ampliamente difundido en el siglo IV mediante el cual un contribuyente, resistiéndose a ser absorbido por el latifundio, dejaba de pagar sus impuestos al fisco romano mientras se colocaba bajo la protección de un poderoso, muchas veces, un jefe militar. Otra definición, un tanto más simple, sería la siguiente: sistema por el cual las personas, en tanto que individuos o aglutinadas como comunidad, piden ayuda a aquéllos que le están haciendo la vida imposible.

[21] Los Balcanes acabaron incorporándose a los dominios de Bizancio en el tramo final del reinado de Basilio II Bulgaróctonos (976-1025).

[22] Georg Ostrogorsky, “Historia del Estado Bizantino”, Pág. 317, Akal Editor, 1984.

[23] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 41, Cap. VII, Miguel VI Estratiótico. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[24] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 354. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[25] Ibid, Pág. 354 y 355.

[26] Según Juan Skylitzes, luego del extraño suceso que derivara en el cegamiento de Brienio a manos de Opsaras, Isaac Comneno agrupó a sus fuerzas en Kastamuni donde fue proclamado emperador en junio de 1057, ante la presencia de Nicéforo Botaniates, Romano Skleros y de un sobrino de Romano III Argyro, quien fuera emperador entre 1028 y 1034. Desde Kastamuni las fuerzas rebeldes se movieron hacia Gounaria, reclutando a cuanto voluntario hallaron a su paso.

[27] Juan Xifilinos y Juan Mauropos.

[28] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Págs. 355 y 356. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0

[29] Siempre, bajo la óptica de Miguel Ataliates, ya que según Psellos tal desbande nunca llegó a producirse.

[30] Teodoro, un eunuco al servicio de la emperatriz Teodora (1042 y 1055-1056), había sido promovido por ésta al rango de senador y luego a presidente del Senado. Sin embargo, sus habilidades y/o influencias también le habían llevado a desempeñarse como domestico del Este, domestico scholae del Este, proedros y estrategos autocrator.

[31] Si nos atenemos a las palabras de Juan Skylitzes, Teodoro avanzó posteriormente desde Nicomedia, acampando en el monte Sofón, a la vez que despachaba un regimiento para apoderarse del puente sobre el río Sangario.

[32] Existía en el siglo XI una bifurcación de caminos que ascendían desde Nicea, hacia el litoral del mar de Mármara y los estrechos: una, la ruta de la derecha, trepaba directamente hacia la antigua capital imperial de Nicomedia, mientras que la otra, subiendo en sentido sudeste-noroeste, pasaba por un viejo fuerte llamado Ciboto (Civetot por los latinos) y por una localidad costera conocida como Helenópolis. Sin contar con más detalles acerca de la ubicación real de la enigmática Polemón y Hades que menciona Ataliates, existe una alta probabilidad que la batalla haya tenido lugar muy cerca de Nicea (Ataliates señala que a diez estadios de ella) y sobre la primera ruta mencionada.

[33] Aaron era hermano de Alusian e hijo del zar búlgaro, Juan Ladislao (1015-1018). Su carrera en la armada bizantina se había iniciado bien temprano, ejerciendo cargos en distintas latitudes del Imperio: duque de Ani e Iberia, duque de Mesopotamia, gobernador y catepano de Vaspuracán, magistros, patricio, proedros, protoproedros y anthypatos o procónsul.

[34] Basilio Tarchaniotes era un general con autoridad sobre los ejércitos del Oeste, posiblemente con jurisdicción sobre Macedonia, al que Skylitzes caracteriza como muy distinguido en nobleza, sabiduría y experiencia.

[35] Rodulfo el Franco o el Normando era un líder mercenario al que los bizantinos le habían honrado con la dignidad de Patricio.

[36] Pnyemios el Íbero, por su parte, era un militar originario de Georgia, que había ocupado el puesto de líder de las fuerzas del thema de Carsiano.

[37] Lycanthes era un militar que había hecho su carrera prácticamente en los cuarteles y bases de Asia Menor, en Pisidia, Lykaonia y Anatolikon (líder de los regimientos tagmatas), aunque también detentaba la dignidad de patricio. Posiblemente se trate de uno de los comandantes que, en vísperas de la batalla y tras los sucesos acontecidos entre Brienio y el delegado imperial encargado de la distribución de las soldadas, se pasara a las filas de Miguel VI, lo que convalidaría la hipótesis de Ataliates sobre las defecciones en el bando de Isaac Comneno.

[38] Maurokatakalos era un comandante militar de menor jerarquía que Miguel VI había adjuntado a la plano mayor de la expedición.

[39] Katzamountes o Katzamoundes, al igual que Maurokatakalos, había sido convocado como comandante de segunda línea por el legítimo basileo.

[40] Romano Skleros había sido vecino del estratego y comandante en jefe de las fuerzas de Italia, el legendario Jorge Maniaces, en el thema de Anatolikon, donde ambos eran propietarios de grandes extensiones de tierra.

[41] Psellos revela el nombre del eunuco Teodoro unos párrafos después.

[42] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 358. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0

[43] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 42, Cap. VII, Miguel VI Estratiótico. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[44] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 42, Cap. VII, Miguel VI Estratiótico. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[45] En realidad Miguel VI, en respuesta a la negativa de Psellos de aceptar sus directrices, le acusó de cobardía y deslealtad.

[46] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Págs. 361 y 362. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[47] Tanto Psellos como Zonarás y Skylitzes mencionan el asunto de la embajada en sus textos.

[48] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 363. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[49] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 364. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[50] Uno de los pedidos más sugerentes que Isaac Comneno hizo en esos momentos a la delegación fue la destitución del protosynkellos León Paraspondylos, cuyo trato para con ellos en su última visita a palacio había sido ofensivo y deplorable.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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Una respuesta to “La batalla de Polemon y Hades (1057).”

  1. APV said

    Tendría que ver la gran generosidad de Miguel VI con la nobleza capitalina con el hecho de que la primera amenaza que sufrió fue un golpe, en la propia Constantinopla, por parte de otro candidato al trono.

    ¿Teodoro antes de la batalla había llegado a ejercer el mando real más allá de los títulos?

    Si no me equivoco también estaba un Brienio implicado en la rebelión.

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