IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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    Guilhem
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El ascenso de los Comnenos: Isaac I. (Parte 5).

Posted by Guilhem en abril 12, 2012

El ascenso de los Comnenos.

Isaac I (1057-1059). Parte V (final).

Extracto: El breve reinado de Isaac I Comneno (1057-1059), con el que la clase castrense pretendió apuntalar el poderío imperial, acabó en el infortunio cuando el basileo, medio enfermo y medio intimidado por sus rivales del partido civilista, adoptó los hábitos religiosos y se retiró como monje al convento de Studion, en 1059. Los burócratas civiles volvían a tomar las riendas del Imperio. Sin embargo, casi sin darse cuenta, Isaac había logrado mediante alianzas dinásticas con la poderosa familia Ducas dejar expedito a sus familiares el camino hacia las más altas esferas del poder.

Parte V: desgaste, declive y final.

Las fronteras del Imperio en el Este (I): turcos selyúcidas.

Hacia el año 1000 los turcos habían fundado algunos estados entre Europa y China y el de los qarajani había sido, sin lugar a dudas, el primero en adoptar el Islam. Sin embargo, no serían sino los selyúcidas[1] quienes erigirían el primer estado turco, mahometano de religión, de características eminentemente no regionales.

El Turkestán, la comarca originaria de los pueblos turcos, siempre había cobijado dinastías y linajes con escasa o casi nula propensión hacia algún progreso cultural. En determinados momentos dela Historiallegaron a prender en su áspero suelo algunas ciudades e, inclusive, incipientes entidades políticas que quedaron a medio camino en su desarrollo institucional. Hacia el siglo X a la comarca le tocó el turno de asistir al advenimiento del Islam por obra de la dinastía persa de los samanidas, la misma que debió contemplar su propia extinción a manos de aquéllos a los que había llevado la palabra del Profeta. Triste paradoja del destino. Desde entonces, casi todos las poblaciones afincadas en el Turkestán voltearían sus miradas indefectiblemente hacia Mesopotamia y la cuenca del Mediterráneo Oriental, es decir, las mismas latitudes de dónde les había llegado el Islam.

A partir del establecimiento del estado islámico de los ghasnávida o raznevíes, que se extendía entre Lahore, al Este, e Ispahán, al Oeste, la presencia turca en Mesopotamia se fue consolidando progresivamente. Los emires de la región, e inclusive el propio califa, comenzaron a contratar bandas de turcos como guardia de corps o como mercenarios para sus ejércitos regulares. Con el paso del tiempo, los grupos de emigrantes empezaron a aspirar a algo mejor que conformar meros contingentes complementarios de caballería. Al promediar el primer cuarto del siglo XI, la familia de un viejo líder uguz llamado Selyuq, originaria de la zona de Djand (al este del Mar de Aral), sumándose al proceso migratorio, cargó sus petates a través de Transoxiana, adónde entró al servicio de un emir samani, primero, y de un qarajani después. Desde esa cómoda posición los recién llegados aventureros pudieron admirar los progresos que habían alcanzado algo más al Sur sus primos cercanos, los raznevíes de Ghazni. La visión de tales logros les hizo emigrar una vez más y establecerse en el Jurasán (1025), adonde ocuparon el espacio vacío que había dejado otra tribu de turcomanos que ahora viajaba rumbo a Mesopotamia.

Guiados por Sagri (Chagri) y Tugril Beg (Togrul o Tughru), los selyúcidas tuvieron la suficiente capacidad como para saber instalarse entre los solapamientos creados por la difícil dialéctica que mantenían la arcaica comunidad agrícola de la provincia y los acólitos oficiales del régimen razneví. El descontrol y la rapiña reinantes, padecidos de manera acuciante por la población sedentaria, fueron una invitación que Sagri y Tugril resolvieron aceptar con tal de despojar a los raznevíes de sus posesiones en Jurasán. Cuestión de oportunismo que les valió al cabo la captura de las grandes ciudades de Merv, Tus, Nisapur y Tabas. Cuando los raznevíes pretendieron reaccionar, su pesada caballería resultó aniquilada por los versátiles jinetes selyúcidas en Dandanqan (1040)[2], al sudeste de Merv.

Dandanqan fue en definitiva una lección que los bizantinos habrían tomado con gusto si hubiesen tenido la ocasión, con tal de evitar lo que les sobrevendría poco tiempo después en Mantzikert. Acobardados por la persecución de Sagri, los raznevíes buscaron refugio en el norte de India, regalando el Jurasán y parte de Sistan a sus vencedores. Tugril Beg, entretanto, iniciaba la conquista de Irán, tomando Ravy y Hamadán en 1046, e Ispahán, que se convertiría en su capital, en 1050. El siguiente paso de los selyúcidas, autoproclamados defensores de la ortodoxia sunni[3], fue acudir en defensa del Califa abasida contra el enemigo herético de los chiítas, personificados por los buwayhíes (buyíes) de Irak y los fatimíes de Egipto. La entrada en Bagdad de Tugril Beg, acontecida en 1055, fue saludada con júbilo por los sunitas, que se mostraron encantados ante el desmoronamiento de la autoridad de sus adversarios, acontecido sobre todo tras la derrota del despreciado visir al-Basasiri.

El establecimiento de los turcos selyúcidas como protectores del califato abasida trajo nuevos motivos de preocupación a la gran mayoría de los estados vecinos. Hasta entonces, el debilitamiento de la autoridad califal había provocado esencialmente serios trastornos en las vías habituales empleadas para el intercambio comercial. Las principales rutas de comercio que atravesaban Irak permitiendo el intercambio de mercaderías entre Europa, por un lado, y China, India y Medio Oriente, por el otro, seguían prácticamente senderos paralelos con una escala en común que era Constantinopla. La meridional, que pasaba por Kirat, Ispahán y Bagdad cruzando luegola Alta Mesopotamiay el Jezireh, se bifurcaba más tarde en Antioquía, dónde los mercaderes podían optar por la opción terrestre que cruzaba Anatolia, o la marítima que se valía de los puertos del litoral mediterráneo. En ambos casos la seguridad estaba garantizada a través de la armada o del ejército imperial  que, desde los días de Nicéforo II, guardaban celosamente los territorios reconquistados al Islam. La ruta septentrional, entretanto, procediendo del Lejano Oriente, cruzaba el Jurasán y el norte de Irak pasando por Herat, Rayy y Tabriz; en este punto se internaba en Azerbaiján y Armenia para alcanzar Trebizonda, a orillas del Mar Negro. Como ya se ha indicado, tanto una como otra confluían necesariamente en las radas de Constantinopla antes de acometer la etapa final de su recorrido hacia Occidente.

Al detenerse el avance del Islam en el siglo X, los grandes estados que compartían frontera en Siria, Palestina y la Alta Mesopotamia, es decir, los califatos de Bagdad y Egipto y el Imperio Romano, tuvieron un marco de mayor certidumbre para trocar entre sí. Cierto es que ocasionalmente estallaban conflictos entre ellos que se cerraban tan pronto primaba la cordura y el buen tino[4]. Sin embargo, la irrupción de los pueblos turcos en Irán e Irak vino a alterar el statu quo imperante, trayendo inestabilidad y levantando una nueva ola de fanatismo entre los seguidores del Profeta pertenecientes a la fe sunni. El desorden resultante fue una herida mortal para las tradicionales rutas comerciales al mismo tiempo que una tentación para pillar las atestadas caravanas que recorrían el país en una y otra dirección. No obstante, el golpe de gracia lo asestaron los selyúcidas cuando, tomándose a pecho las palabras del Califa, empezaron a perseguir a sus rivales chiítas, entre los cuales se hallaban los fatimíes de El Cairo. Las hostilidades entre Sagri Beg y los sucesores raznevíes de Mahmud, confinados entre Ghazni y Lahore, la conquista de Bagdad, y la ambición desmedida de los parientes de Selyuq por apropiarse de emiratos al sur del Mar Caspio, causaron graves problemas al flujo comercial que se canalizaba a través de los circuitos anteriormente descriptos. La respuesta natural fue encontrar nuevas rutas y la que se valía del Océano Indico y del Mar Rojo para alcanzar Egipto y posteriormente Occidente resultó ser la mejor opción. Por desgracia, no tenía en cuenta a Constantinopla, cuestión que, al promediar el siglo XI, agregaría mayores calamidades a las que ya cargaba el Imperio sobre sus hombros, en este caso de índole económica y financiera.

La aparición de los turcos selyúcidas en Medio Oriente provocó, pues, profundas transformaciones en el ámbito del Islam y, como veremos a continuación, habría de dejar su impronta no solo en la esfera del Imperio Bizantino sino enla Cristiandadoriental en su conjunto (romeos, armenios, georgianos, cristianos jacobitas, etc.). Convertidos en ghazis (guerreros dela Fe) por voluntad propia y por que llevaban en la sangre el espíritu aventurero de sus antepasados escitas, estos grupos nómades fueron pronto bautizados con el nombre de turcomanos por las poblaciones sedentarias que debían padecer sus vertiginosas razias (creando una primera confusión etimológica al respecto). La expulsión de los buyíes del corazón del califato no solo no aplacó a Tugril Beg y a sus secuaces sino que les abrió un nuevo campo de acción donde ejercitar la lucha contra el infiel trinitario y el hereje chiíta. Entretanto más y más bandas de turcomanos seguían convergiendo en Mesopotamia provenientes de sus territorios ancestrales emplazados entre el Turkestán y la zona de Jwarizm.

Ya en 1047 un príncipe selyúcida llamado Ibrahim Inal, hermanastro de Tugril, había probado suerte al oeste del lago Rezaye. En su avance por Armenia había llegado inclusive a saquear la ciudad bizantina de Teodosiópolis, aunque un ejército imperial acabó derrotándole en las inmediaciones de la ciudad. En los años siguientes, las incursiones sobre la frontera griega se intensificaron; en 1052 fue saqueada Melitene y dos años más tarde el mismísimo Tugril se animó a poner sitio a la fortaleza de Mantzikert, tras tomar Arjish.

La reacción de Bizancio empezó con los primeros ataques turcomanos que se sucedieron durante el último tramo del reinado de Basilio II y consistió en incorporar algunos principados armenios para levantar una línea defensiva más cohesionada. En 1045 Constantino IX Monómaco consiguió que el Catolicós de Armenia, Pedro, le entregara Ani, la capital del reino, a sus delegados. Pareció un gran éxito pero en realidad fue una enorme equivocación.  Al respecto, las palabras de Jean Pierre Alem no pueden ser más elocuentes: “los bizantinos, después de haber ocupado Armenia, fueron incapaces de defenderla. Los armenios, luchando a las órdenes de su rey y de sus generales, habían tenido en jaque, hasta entonces, a los turanios. Desorganizados por la invasión de los griegos, no pudieron paliar la falta de aquéllos, sino con una resistencia esporádica. No habían pasado tres años aún desde el fin del reinado de Gaguic, cuando los selyúcidas acamparon en Armenia y cometieron las peores devastaciones”.

Para colmo de males, a poco de la incorporación de Armenia, la ortodoxia capitalina en uno de sus inoportunos arranques de intolerancia religiosa, desataba la persecución sobre las comunidades de creyentes armenios, aumentando la conmoción y la desorganización en los lejanos themas del Eúfrates. Anexionándose el reino de los Bagrátidas, Constantino IX había dejado expuesto su flanco oriental a los turcos selyúcidas, justo en el preciso momento en que la política “civilista”, echando mano a los recortes en el presupuesto militar, sacrificaba la seguridad del Imperio en aras de un renacimiento económico que nunca llegaría a eclosionar.

A los turcos poco le importaron los dislates cometidos por los gobernantes bizantinos. Por el contrario, se aprovecharon de ellos para seguir presionando sobre los themas orientales del Imperio, cada vez más descuidados por los burócratas civiles que mandaban en Constantinopla, por la vía de recortes presupuestarios incomprensibles. En sus campañas contra los territorios armenios, georgianos y griegos, Tugril Beg empleó una y otra vez a los díscolos turcomanos, debiendo hacer equilibrio entre las ventajas y las desventajas que le otorgaba el uso de tales aliados: por un lado una fuerza numéricamente importante, siempre dispuesta a cumplir con el mandato ghazi que había prendido en ellos tras su conversión al islamismo, y, por el otro, la incertidumbre que suponía apoyarse en grupos extremadamente indóciles que en cualquier momento podían dar asilo a sus rivales políticos. Tal vez haya sido por ésta última razón que el líder selyúcida nunca accedía a que los turcomanos las emprendieran por su cuenta; siempre, en cada algarada, o participaba él mismo en persona o lo hacía a través de parientes de confianza: sus primos Asan e Ibrahim Inal.

A la vez que Tugril, con la asistencia de los turcomanos, sostenía una política agresiva en el Noroeste, sus lugartenientes se preocupaban por consolidar su autoridad en las provincias islámicas de Irak e Irán. En estas latitudes se empleó básicamente una combinación de fuerza militar y diplomacia para neutralizar primero, y ganar para la causa selyúcida después, a los principales jefes tribales, lo que se evidenció sobre todo en regiones tan distantes como Kurdistán y Siria oriental.

Las invasiones selyúcidas en el Siglo XI.

El respaldo del califa de Bagdad, concedido a Tugril en 1055, jugó también un papel decisivo al momento de definir lealtades, aunque también generó desconfianza y descontento. Los chiítas, sintiendo la persecución fanática de los ghazis, cerraron filas en torno al desterrado visir al-Basasiri y empezaron a crear problemas desde sus bases en Siria. Los inconvenientes creados por algunas revueltas de turcomanos en el Norte y por la deserción de Ibrahim Inal, quien deploraba la política condescendiente de su amo hacia los caudillos turcomanos, casi hizo perder la jornada a los selyúcidas. En la coyuntura, al-Basasiri, asistido por refuerzos del califa de El Cairo, consiguió recuperar Bagdad y expulsar a la corte abasida, que fue acogida en el exilio por un jeque árabe. Solamente debido al desconcierto que tales hechos produjeron entre las filas selyúcidas es que el oriente bizantino pudo asistir a un breve período de calma que fue coincidente con el reinado de Isaac I Comneno, pero que obviamente no se extendería más allá de la necesidad de Tugril de volver a reacomodarse entre los principales aspirantes islámicos a la supremacía militar en Mesopotamia.

Las fronteras del Imperio en el Este (II): armenios.

No fue una buena idea la que tuvieron Basilio II y sus sucesores cuando intentaron someter a los reyes armenios de Vaspurakan, Ani, Lorí y Kars a poco de comenzado el siglo XI. La irrupción de los selyúcidas poco después dejaría al descubierto la fragilidad de la política oriental bizantina. Hasta ese momento, los territorios armenios habían servido como un dique de contención frente a la acechanza de los peligros que llegaban desde el Este. Enclavados entre la región de Capadocia y los lagos Van, Urmia y Sevan, los pequeños estados armenios, orgullosos de su fe cristiana, se habían mostrado como un hueso duro de roer para sus vecinos desde los días del Imperio Sasánida. Vaspurakan, el más pequeño, era también el más expuesto por su ubicación geográfica en el extremo oriental. Los ataques selyúcidas, que comenzaron hacia la segunda década del siglo XII, alarmaron seriamente al monarca del diminuto estado. En ese momento llegó una embajada procedente de Constantinopla portando una curiosa oferta: Basilio II estaba dispuesto a entregarles tierras más seguras, la ciudad de Sebastea y sus alrededores, a cambio de su reino. La proposición fue aceptada y se calcula que entre 40.000 y 50.000 personas abandonaron sus hogares para establecerse a orillas del Halys, sobre el Antitauro.

Esta primera gran migración debilitó profundamente el status quo que se vivía en la comarca, generando además nuevos tensiones entre los soberanos de Ani y Kars y las autoridades bizantinas enviadas para tomar posesión de la nueva provincia. La disputa degeneró en una cruenta guerra donde los armenios únicamente fueron vencidos mediante la traición: bajo el reinado de Constantino IX Monómaco (1042-1055), Gaguik II de Ani cayó prisionero y su reino se sometió al basileo. Miguel Psellos apenas nos ofrece un escueto pasaje en su “Cronografía”, al respecto de los sucesos acontecidos en las lejanas tierras emplazadas entro los lagos Van, Urmia y Sevan: “Era una persona (Constantino IX) algo particular en sus opiniones, no demasiado constante, que deseaba que su reinado adquiriese más renombre que ningún otro. Y en verdad que no fracasó del todo en su propósito, pues había desplazado mucho hacia el Oriente los límites de nuestra supremacía, aprovechándose de una parte no pequeña de la tierra de Armenia, expulsando de allí a algunos príncipes e incorporándola a la esfera de países vasallos”[5].  En cambio, Aristakes, un clérigo y cronista armenio, nos permite conocer con mayor grado de detalle la progresión del avance bizantino sobre los territorios armenios de Ani, Kars, Syuniq y Vaspurakan: habiendo fallado la opción militar, Constantino IX echó mano a la diplomacia, tentando al soberano armenio a visitarle en Constantinopla para reconocerle como monarca. Tal reconocimiento solo sería efectivo si el potentado oriental aceptaba desplazarse en persona a la capital imperial y entrevistarse con el basileo. La propuesta olía más a trampa que a otra cosa y, pese a las reconvenciones hechas por algunos colaboradores como Vahram Pahlavuni, Gaguik marchó confiado a la cita, al término de la cual fue efectivamente encarcelado[6]. Para impedir la ulterior entrega del reino a Bagrat IV de Georgia o a David de Dvin, cuñado de Gaaguik II, el Catolicós Pedro se apresuró a escribirle al gobernador bizantino de Samosata, comunicándole que rendiría Ani a los imperiales a cambio de prebendas y dignidades. Poco tiempo después, habiéndose enterado que Gaguik II ya no regresaría a su capital, Gregorio Pahlawuni, señor de Bjni, imitó su ejemplo y, a cambio de la entrega de tierras y rentas en Mesopotamia, resolvió transferir a Constantino IX todos sus dominios ancestrales. De esta manera, mediante el uso de la diplomacia y la compra de voluntades, los bizantinos lograron hacer pié en Armenia, desarticulando sin saberlo el dique de contención que podría haber mantenido a raya la marejada selyúcida que estaba a punto de sobrevenir. Las revueltas de los armenios que se resistían a someterse a la autoridad imperial continuaron de manera intermitente y bajo el reinado de Isaac I no adquirieron ribetes de proporciones simplemente por que muchos de los residentes de dichas regiones habían comenzado a emigrar hacia el interior de Asia Menor, siguiendo el ejemplo de sus gobernantes.

Las fronteras del Imperio en el Sur: egipcios.

De entre todos los vecinos del barrio oriental, los egipcios eran quizá los más irrelevantes rivales y, al mismo tiempo, los más poderosos aliados (potenciales en estas instancias) en la lucha que sobrevendría frente a los recién llegados selyúcidas. Con el Imperio Bizantino apenas compartían unos cuantos kilómetros de frontera en Siria, aunque la posesión romana de Chipre les significaba una amenaza permanente sobre el litoral de Egipto, donde se hallaban las grandes ciudades de Alejandría y Damieta, y sobre las costas de Palestina, adonde mantenían bajo su autoridad los mayores puertos de la región. Con todo, las relaciones entre fatimíes y bizantinos nunca habían pasado de refriegas sin importancia y los soberanos de ambos estados, a su vez, siempre habían preferido favorecer los contactos comerciales, aprovechando que las rutas hacia el lejano Oriente pasaban por sus respectivos territorios[7].

Miguel Psellos se refiere precisamente al trato dispensado a los egipcios en los días de Constantino IX Monómaco, quejándose lastimosamente a causa de la indolencia demostrada por el basileo cada vez que una embajada africana visitaba su corte: “Así, al príncipe de Egipto[8], como si fuera a propósito, le concedía más de lo debido, de forma que éste disfrutaba de su permisividad y, como si se tratara de un púgil que ha caído fuera del círculo de combate, no le ofrecía volver a la posición anterior, sino que le aplicaba cada vez presas más violentas”[9]. Lo que es más, el súper ministro, para atemperar la deslucida imagen dada por su señor a los ojos del infiel, acepta haber alterado las cartas dirigidas al califa de Egipto para lograr precisamente el efecto contrario. Todo lo contrario a lo que sucede bajo el reinado de Isaac I Comneno, cuando Psellos se deleita en reconocer la supremacía de su país y de su soberano al momento de producirse los consabidos intercambios de embajadas: “Cuando despachaba con las embajadas, aunque no mostraba la misma actitud con todas, sí correspondía  con todas desde la majestad de su posición y era precisamente entonces cuando sus palabras se desbordaban más que al Nilo al descender sobre Egipto y el Éufrates al abatirse fragoroso sobre Asiria. A los que solicitaban la paz se la concedía, pero les amenazaba con la guerra si intentaban cometer la más mínima transgresión de lo pactado. El mismo tono usaba con los partos y los egipcios, mientras que al resto de las naciones, que le cedían sus numerosas ciudades e importantes contingentes militares, e incluso se mostraban dispuestas a abandonar sin dilación sus propios territorios, no les permitía actuar así y les ordenaba que permanecieran tranquilas en sus países, pero no porque viese desfavorablemente una expansión de los límites de la hegemonía romana, sino porque sabía que la incorporación de tales territorios exige mucho dinero, tropas aguerridas y un respaldo adecuado y que cuando no se dan estas circunstancias, entonces lo que parece suma se convierte en resta”[10]. Sin duda alguna, el cronista bizantino incurre en un grave error de apreciación al creer que a partir del reinado mucho más enérgico de Isaac I, el Imperio pudo dictar a voluntad sus condiciones tanto a egipcios[11] como a turcos (los partos de Psellos). En realidad fueron las cruentas disputas por la soberanía de Siria y Tierra Santa las que terminaron sembrando la semilla de la debilidad entre los enemigos mahometanos del Imperio. Con todo, es importante destacar en este último pasaje del historiador griego, una de las estrategias adoptadas por Isaac para su gobierno: no incorporar territorios que, por falta de recursos materiales, a la postre acabarían restando en lugar de sumar. Lo que viene siendo en suma otra flagrante contradicción de Psellos, quien al referirse al reinado de Constantino IX Monómaco menciona la incorporación de los reinos armenios de Ani y Kars como una manifestación irrefutable del desplazamiento hacia Oriente de “los límites de nuestra supremacía”.

Así, pues, con los turcos demasiado entretenidos aún en Bagdad, los egipcios aplicados a la defensa de Tierra Santa contra los anteriores y los armenios sometidos por la diplomacia y la traición, las fronteras orientales del Imperio parecían gozar de una saludable sensación de seguridad que, en realidad, no dejaba de ser eso: una sensación. La terrible catástrofe de Mantzikert (1071) ya se arremolinaba sobre el horizonte presta a clavar sus dientes sobre la historia de Bizancio, como para creer otra cosa.

Las fronteras del Imperio en el Oeste: Italia y los normandos.

Las mayores amenazas y, por tanto, los más grandes retos para la administración de novel basileo Isaac I Comneno procedían, sin embargo, de las provincias occidentales. En Italia, luego de la fallida invasión de Sicilia dirigida por Jorge Maniaces (1038), un nuevo pueblo, los normandos, que había servido como mercenario entre las filas bizantinas en aquella ocasión, estaba socavando los últimos basamentos de autoridad imperial.

La primera invasión Normanda a los dominios de Bizancio en Apulia y Calabria, se había producido a comienzos del siglo XI, bajo el reinado de Basilio II. Existen numerosas tradiciones que explican con diferentes argumentos el primer contacto entre normandos, lombardos y la población local, y cómo de dicho contacto surgió la idea de hacer venir de Normandía a nuevos aventureros para acometer la conquista de la provincia y emplazar nuevos señoríos en su lugar. El detonante que provocó el advenimiento de los normandos fue una revuelta dirigida por un notable de Bari, quizá un armenio, llamado Meles, quien se oponía al catepano local y a su despiadada y abusiva política tributaria (1009). Gracias a Skylitzes podemos conocer las primeras instancias de esta revuelta: “Un magnate de la región de Bari llamado Meles, tras haber sublevado al pueblo de Longobardía, tomó las armas contra los romanos. El emperador envió a Basilio Argiro, estratego de Samos, y al estratego de Cefalonia, llamado Contoleón, para restablecer la situación. Meles se enfrentó a ellos en batalla campal y los derrotó de manera aplastante. Muchos perecieron y un cierto número resultó hecho prisionero, mientras que el resto prefirió huir y vivir sin honor”. Al cabo, los generales bizantinos lograron recuperar Bari y estuvieron a punto de prender vivo a Meles que, sin embargo, consiguió evadirse y establecerse en la corte independiente del príncipe lombardo de Capua, Pandulfo II el Joven. Fue un momento trascendental enla Historia del sur de Italia porque la casualidad quiso en ese punto que Meles y algunos peregrinos normandos recién arribados de Roma entraran en contacto y se pusieran de acuerdo para  intentar expulsar a los bizantinos y reemplazarles como señores en esas latitudes.

En 1017 tuvo lugar la primera invasión normanda. Bajo el acicate de Meles, el ejército revoltoso se entregó a la rapiña y al saqueo encontrando solo la resistencia de una pequeña tropa dirigida por León Paciano, un lugarteniente del nuevo catepano, Contoleón Tornicio. Tres derrotas consecutivas determinaron la destitución de este último y su reemplazo por un búlgaro llamado Basilio Boioannes, comisionado por Basilio II para poner fin a la revuelta, tomar prisionero a Meles y enviarle a Constantinopla cargado de cadenas. Por fin, en 1018, ambos ejércitos, se enfrentaron en un combate decisivo cerca de la villa de Cannas, a orillas del Ofanto, donde las tropas imperiales lograron imponerse. Meles, no obstante, logró escapar una vez más y refugiarse en la corte del emperador alemán, Enrique II, quien se apresuró a nombrarle duque de Apulia para reservar sus derechos sobre el sur de Italia frente a la posición más fuerte de los bizantinos. Entretanto, de los doscientos cincuenta normandos que habían servido en la vanguardia del ejército lombardo, solo diez habían conseguido sobrevivir.

La muerte de Meles en 1020 y la posterior derrota de los últimos nobles rebeldes acabaron con la primera intentona normanda en el sur de Italia. Los bizantinos redondearon su triunfo sobre los revoltosos con una difícil victoria sobre las fuerzas de Enrique II, quien había intentado sin éxito la conquista de la plaza fuerte de Troia. El gobierno del catepano Boioannes alcanzó con ello el cenit de su popularidad y cuando a mediados de 1025 el propio funcionario intentaba la conquista de Sicilia luego de ocupar Messina, la muerte del emperador Basilio II le obligó a posponer la campaña y retornar a sus bases al otro lado del estrecho.

El renovado vigor infundido por el catepano de origen búlgaro sirvió de rampa de lanzamiento para los siguientes proyectos que Bizancio tenía reservados para el sur de Italia: básicamente la eliminación de las actividades corsarias de los piratas musulmanes y la conquista de sus mismas bases en Sicilia[12]. Pero la campaña emprendida por Jorge Maniaces en 1038 fracasaría no tanto por la superioridad de las armas islámicas sino por la miopía de Miguel IV Paflagonio, que celoso de los éxitos del general romano, le haría regresar a Constantinopla a instancias de su poderoso ministro, el eunuco Juan Orfanotropo[13]. Sin Boioannes ni Maniaces, los dominios imperiales en Apulia y Calabria no tardarían en hacer agua por todos lados, mientras la segunda invasión normanda, empezaba a gestarse sobre la base del descontento provocado por la inequitativa distribución de los botines logrados en Sicilia.

En 1040, la leva forzosa a que estaban obligados los pobladores de Apulia y Calabria, mas el alza desmedida de los impuestos, motivada por los gastos de la campaña en Sicilia, favorecieron nuevas revueltas en el sur de Italia. A los rebeldes pronto se sumaron elementos normandos que, habiendo defeccionado de la campaña siciliana, terminaron recalando en la frontera donde la autoridad imperial se confundía con el mandato de los príncipes lombardos de Salerno y Benevento. Seis hermanos, hijos de Tancredo de Hauteville, entre los que descollaban Guillermo Brazo de Hierro y Drogón, lograron hacerse con el control de la fortaleza de Melfi, hecho que apenas fue tomado en serio por el catepano. En un breve lapso de tiempo, no mucho más de diez años, los normandos consiguieron doblegar cada uno de los intentos realizados por los bizantinos para reducirles, inclusive uno liderado por el propio Maniaces[14], que había sido previamente indultado por el sucesor de Miguel IV, Miguel V Calafateador, a fin de enderezar la suerte en Italia[15]. Luego, cuando el peso de la resistencia recaía sobre el flamante catepano, Mariano Argiro, una nueva alianza, ahora entre el Papa y el basileo, vino a traer nuevos motivos de esperanza para capear el temporal. Sin embargo, en la batalla de Civitate, las fuerzas del pontífice sufrieron una derrota aplastante y León IX se vio obligado a negociar un tratado muy ventajoso para los barones normandos[16]. Durante el ulterior cautiverio del papa en Benevento tendría lugar el Cisma de Oriente (1054), en virtud del cual las Iglesias de Roma y Constantinopla convalidarían sus diferencias dogmáticas y litúrgicas para toda la posteridad.

A partir de la batalla de Civitate (18 de junio de 1053), la soberanía bizantina se desmoronó sin pausa en la última conquista justinianea en Occidente. En 1055 cayeron Matera, Lecce y Nardo; al año siguiente Otranto, Castro, Minervino y Catanzaro corrieron la misma suerte. Entretanto, la figura de uno de los hijos de Tancredo, Roberto “la Comadreja” Guiscardo, futura pesadilla para los gobernantes de Bizancio, crecía en el firmamento normando, haciendo palidecer la de todos sus rivales y compatriotas.

En 1056 una nueva derrota del ejército bizantino cerca de Tarento si bien no selló el destino de la región, sí determinó que el mismo dependiese únicamente del empeño de las milicias locales. En otras palabras, Constantnopla, afectada internamente por los malos gobiernos de la aristocracia civil y perjudicada por los recortes presupuestarios decretados sobre todo en perjuicio del ejército, aceptaba de hecho su voluntad de abandonar a su suerte las provincias italianas. El emperador alemán, por su parte, también recibió en esta época un duro golpe a sus aspiraciones de dominar los territorios al sur de Roma; y es que en su improvisado intento por desplazar a los bizantinos alentando contra ellos a los normandos, había descubierto en éstos a un enemigo mucho más decidido y resuelto.

Cuando Isaac I Comneno llegó al poder en Constantinopla, el Imperio solo conservaba algunas ciudades en el litoral italiano de Apulia y Calabria: tan solo Bari, Brindisi, Tarento, Oria, Reggio y poca cosa más. Para entonces, las únicas acciones contra el invasor septentrional no pasaban de meras misiones diplomáticas y tratados con los papas Víctor II (1055-1057) y Esteban IX (1057-1058)[17]. Habían surgido problemas en las fronteras balcánicas que ocupaban toda la atención del emperador; sin el apoyo de la corte, Mariano Argiro consideró que ya nada tenía que hacer en Italia y a finales de 1058 abandonó el país sin haber podido llevar a término la misión para la que se le había comisionado[18].

Las fronteras del Imperio en el Norte: pechenegos y húngaros.

“Puesto que los sármatas que viven en poniente preparaban un levantamiento, y con ellos también los escitas del Danubio, a quienes se llama vulgarmente pechenegos, el emperador decidió enviar contra ellos al ejército romano”[19]. En palabras de Ataliates, para quienes los húngaros eran los sármatas del poniente y los pechenegos, los escitas del Danubio, la frontera norte representaba el verdadero desafío del momento en la carrera castrense del basileo. Isaac, hasta entonces, se había revelado como un general competente y un patriota genuino; ahora debía repetir dichas dotes pero en su nueva condición de emperador de los romanos. Y el Comneno decidió asumir el reto poniéndose él mismo a la cabeza del ejército imperial.

Psellos, a su vez, es un tanto más confuso que su colega al referirse al mismo hecho: “El emperador, […] una vez que puso freno a los ataques de los bárbaros en Oriente[20], marchó con todas sus tropas contra los bárbaros de Occidente, que antaño se denominaban misios y que luego cambiaron su nombre por el que tienen ahora. Habitaban éstos todos los territorios que el río Istro[21] separa del dominio romano, pero de repente los abandonaron y emigraron hacia nuestra tierra. La causa de este desplazamiento eran los getas, que lindaban con ellos y los sometían a pillajes y saqueos, forzándoles así a emigrar. Cuando un invierno el río Istro se quedó cerrado por el hielo, lo cruzaron como si se tratase de tierra firme y se trasladaron así desde su país al nuestro, transportando con ellos a todas sus gentes dentro de nuestros confines, pues es un pueblo que no sabe permanecer en paz ni dejar de molestar a las naciones limítrofes”[22]. En dicho párrafo, el doble filósofo identifica a los invasores como los misios, derrapando en el intento al confundir el nombre de la provincia de Mesia, de dónde procedían aquéllos, con la de Misia, en Anatolia. En tanto que los getas podrían ser los uzos, otro pueblo errabundo procedente de Asia, que hacía poco se había establecido en las estepas rusas, a espaldas de los pechenegos[23]. Con todo, el cronista griego aporta valiosa información sobre la gran invasión de los pueblos del Norte que tuvo lugar en el invierno de 1058-1059, información que por otra parte incluye valiosos datos climatológicos como el del gélido clima que favoreció el congelamiento del Danubio, convirtiéndole en un verdadero puente cristalino. De todo lo cual se puede inferir que la llegada tanto de húngaros como de pechenegos podía obedecer no solo a razones geopolíticas, como la proximidad amenazadora de un tercer pueblo, sino también a una probable hambruna desatada en sus territorios originales por un invierno inusitadamente cruel.

La primera parte de la campaña contra los invasores del Norte se centró contra los húngaros, que estaban a la sazón barriendo el tema de Paristrion[24] hasta la ciudad de Sérdica. Acorde con las palabras de Ataliates, Isaac I sembró el terror entre sus filas, tras lo cual el enemigo se vio obligado a pedir la paz y a regresar a sus territorios allende el Danubio. Ni bien los últimos regimientos húngaros habían abandonado la región, el emperador se volvió entonces hacia la zona de Silistra, donde los pechenegos estaban haciendo de las suyas liderados, entre otros, por un díscolo personaje llamado Selté. Como era su costumbre, los escitas de Psellos estaban divididos en clanes y cada clan poseía su respectivo líder. De manera que, al aparecer en el horizonte el ejército imperial, los distintos clanes dudaron en presentar batalla y todos, excepto el de Selté, optaron finalmente por pedir la paz. Con la campaña inconclusa por esa razón, Isaac I debió decidir en este punto entre regresar a Constantinopla para continuar atendiendo las reformas que estaba implementando o perseguir al jefe tribal revoltoso que aún le desafiaba dentro de los densos bosques ubicados en las proximidades del Danubio. El basileo escogió la segunda opción y marchó raudamente en busca de Selté, a quien luego de sorprender en la llanura, derrotó sin atenuantes obligándole a escapar. Por fin, habiendo destruido el campamento enemigo y tomado el botín allí reunido, Isaac emprendió el regreso a Constantinopla[25].

La victoria sobre Selté, al decir de Ataliates, lograda gracias al arrojo de un pequeño contingente, vino a señalar la conclusión de la primera gran campaña de Isaac como emperador. Sin embargo, para Psellos encendió una luz amarilla, de alerta, a partir de un cambio en el comportamiento del basileo que el cronista resume con las siguientes palabras: “Desde este momento, por cuanto yo pude constatar –ya que iba conociendo mejor su carácter-, se acentuaron sus inclinaciones naturales y se hizo cada vez más altivo, pues sentía desprecio por todos. Su propia familia tuvo el mismo trato que los demás e incluso su hermano, cada vez que se acercaba a la puerta más externa de Palacio, debía desmontar enseguida del caballo de acuerdo con sus órdenes y luego dirigirse al encuentro del emperador con un ceremonial que en nada sobresalía del de las demás personas”[26]. No está claro si tal mutación en el comportamiento de Isaac efectivamente sucedió, pero de haber sido así, quizá se pueda explicar gracias a un hecho que rescata Ataliates en su “Historia”. En el viaje de vuelta a Constantinopla llegaron a oídos del basileo ciertos rumores acerca de un levantamiento que estaba teniendo lugar en los themas de Asia Menor y que las habladurías vinculaban con un alto funcionario imperial a quien se había encargado la recolección de las rentas procedentes de las tierras estaduales. Es probable que tales habladurías, que luego se comprobaron eran falsas, pudieran haber afectado la conducta de Isaac, sembrando la desconfianza y el recelo en el emperador hacia todos aquellos que le rodeaban, inclusive su círculo más íntimo de colaboradores y parientes[27]. Lo que es más, la impresión causada por el falso rumor del levantamiento asiático quizá haya alimentado el desengaño de Isaac para con el mismo Psellos, dado su pasado pro-civilista, y de allí la sorpresa manifestada por éste último en aquél pasaje. Con todo, la observación que solo Psellos recoge únicamente se puede explicar a partir de otra anécdota que es registrada también en soledad por su colega Ataliates, un singular caso de complementariedad que inviste de mayor valor a tales fuentes primarias de información.

Enfermedad.

Concluida la campaña contra húngaros y pechenegos, Isaac I se tomó unas merecidas vacaciones a su regreso en Constantinopla (finales de septiembre de 1059). Psellos nos dice que el emperador solía pasar días enteros, entregado a la práctica de su deporte favorito: la caza. Gracias a la obra del súper ministro bizantino es posible saber que el Comneno, además de un consumado cazador de jabalíes y osos, era un empedernido aficionado a la caza terrestre y acuática, que se ejercitaba con halcones[28]. Fue precisamente en una de esas batidas, cerca de una villa empleada especialmente como base de un coto de caza próximo, dónde, al decir de Psellos, el emperador contrajo una enfermedad cuyo diagnóstico es aún motivo de especulación en base a los síntomas que se describen en las páginas 405, 406, 407 y 408 de la “Cronografía”[29]:

  • “A fuerza de arrojar su lanza constantemente contra osos y jabalíes y tender sin cesar hacia delante su brazo derecho, un golpe de aire frío le afectó el costado. En ese momento no se manifestó el mal, pero enseguida cayó presa de la fiebre y se vuo sacudido por escalofríos”.
  • “Él (el asclepíada[30]), con voz alta y clara, para que lo oyera también el emperador dijo: pasajera, pero si no se pasa en el día de hoy, no hay por que sorprenderse, pues hay una enfermedad de esta clase, aunque su nombre puede inducir a engaño”.
  • “Yo en cambio no comparto del todo tu aviso, pues el pulso arterial presagia a mi entender un ciclo de tres días”.
  • “Llegó entonces el tercer día y el ciclo de su enfermedad, superando apenas el tiempo marcado, demostró que él era un diletante y que yo pecaba de inexacto”. En virtud de estas líneas, Psellos no hace otra cosa que reconocer que el médico del emperador estaba errado (era un diletante en sus propias palabras, es decir, alguien que practica determinada ciencia sin poseer un conocimiento acabado sobre la misma), mientras que él se había quedado corto al precisar la enfermedad.
  • “A partir de ese momento se le prescribió al emperador una dieta de alimentos no demasiado pesados, pero no llegó siquiera a iniciarla, pues de repente una fiebre violenta estalló en su interior”.
  • “Dicen que Catón, cuando era presa de la fiebre o de cualquier otra enfermedad, permanecía todo el tiempo inmóvil y sin revolverse en el lecho, hasta que el ciclo de la enfermedad concluía y su estado cambiaba. El emperador, al contrario de aquél, no hacía más que dar vueltas y cambiar su cuerpo de posición, y jadeaba pesadamente, como si su naturaleza no le diese un solo momento de tregua”.
  • “Embarcó enseguida en el trirreme imperial y atracó en las Blaquernas. Una vez dentro de Palacio, se sintió más aliviado…”.
  • “… de repente una persona, ya a las puertas de Palacio, me alarmó diciéndome que el emperador padecía fuertes punzadas en el costado, que jadeaba y que no conseguía respirar bien”.
  • “Pero antes de que yo pusiese mis dedos en su muñeca, el protomédico, cuyo nombre no es preciso mencionar aquí, dijo: no tomes el pulso a la arteria, pues  yo ya he controlado su ritmo y su intensidad es discontinua, pues unos tonos llegan hasta los dedos y otros se quedan más atrás, y del mismo modo que la primera pulsación es igual a la tercera, la segunda lo es a la cuarta y así sucesivamente, alternándose como los dientes de un cuchillo”.
  • “Yo presté poca atención a aquel hombre y examiné atentamente su pulso, midiendo cada frecuencia. No reconocí las pulsaciones de sierra, sino que subían cada vez más débilmente, semejantes no tanto a un pie inerte, cuanto a uno atado y que se esfuerza por moverse. El estado en que se encontraba era el más agudo de la enfermedad que lo afectaba y había engañado a la mayoría de los presentes”.

Así, pues, atendiendo a la sintomatología mencionada por Psellos, es posible aventurar que Isaac haya padecido de neumonía[31]. El emperador llegaba procedente de una campaña realizada bajo el rigor de un implacable clima; es probable que durante la misma su salud se hubiese visto quebrantada, favoreciendo ello el alojamiento de algún tipo de virus relacionado con la neumonía en sus pulmones, a través de las vías respiratorias. Después de un resfriado o dolor de garganta, los síntomas no tardarían en manifestarse al cabo de dos o tres días (tal es el plazo mencionado por Psellos): fiebre, congestión nasal, escalofríos, respiración con resoplidos (Psellos indica que Isaac jadeaba pesadamente), falta de apetito, frecuencia respiratoria aumentada, y taquicardia, taquipnea y baja presión arterial (también reseñada por el cronista griego), ya sea sistólica o diastólica. En suma, todo el entorno del basileo creyó próxima su muerte dado su débil estado de salud y muchos, entre ellos su esposa, le apremiaron a tomar una decisión con respecto a la sucesión.

Escogiendo al sucesor.

Isaac pasó las horas más aciagas de su enfermedad rodeado de sus seres queridos: su esposa Catalina, su hija María, su hermano Juan y los dos hijos mayores de éste, Manuel e Isaac[32]. Todos, sin excepción, le suplicaron al emperador moribundo que se desplazara enseguida hacia el Gran Palacio a fin de tomar las disposiciones necesarias para arreglar la cuestión sucesoria y asegurar el porvenir de la familia. A estas alturas de los acontecimientos las expectativas de sus parientes eran bastante obvias, aunque ni Psellos ni Ataliates las enumeran[33], por lo que solo podemos deducirlas a partir de una suposición lógica: dado que la familia Comneno en pleno temía por su futuro no parece descabellado pensar, pues, que todo el entorno esperaba que Isaac traspasase sus derechos a su hermano Juan, de manera que la corona imperial no recalase en otro linaje. Dado que el hijo de Isaac, Manuel, había muerto unos meses antes, aquella opción parecía la más acertada a juzgar por las virtudes y capacidades de Juan, que el mismo Psellos se ocupa de destacar a lo largo del Libro X. Pero la seguidilla de hechos que tendría lugar a continuación sorprendería a propios y extraños y lo que es más, signaría los destinos del Imperio por los siguientes veinte años.

Siempre acorde con el relato del súper ministro, el emperador, ante el pedido encarecido de su círculo íntimo, se aprestó para hacer el recorrido desde Blaquernas hasta el Gran Palacio en el trirreme imperial, es decir, por mar. En los momentos previos a su partida recibió la asistencia espiritual del patriarca de Constantinopla, Constantino Leicudes. Con respecto a Psellos solo nos podemos imaginar, dadas las características y la personalidad del doble ministro, su accionar en esos momentos cruciales en la Historiadel Imperio: sin apartarse del grupo, seguramente debió entregarse a elucubraciones políticas que, de manera sutil, es probable que dejara trascender únicamente al basileo y al Gran Arzobispo[34]. Luego, cuando por fin el patriarca estuvo de acuerdo con el traslado, la comitiva abandonó el palacio de Blaquernas: Juan y sus familiares partieron a bordo de la nave insignia de la flota, mientras que Psellos y sus asistentes, les siguieron por tierra, avanzando paralelamente al Cuerno de Oro por los barrios de Fanarion, Petrion, Platea y Zeugma.

El Cuerno de Oro, entre Bizancio y Galata.

Psellos volvió a encontrar al basileo, algo demacrado y muy desmejorado de salud, en el Gran Palacio. La breve travesía desde Blaquernas le había sentado muy mal a Isaac y ahora todos lloraban con amargura a su alrededor, temiendo el peor de los desenlaces. Siguiendo los lineamientos de la “Cronografía”, fue éste el momento preciso en que el emperador hizo conocer a los presentes sus intenciones con relación a la sucesión: había decidido adoptar el hábito de monje lo que significaba en otras palabras, su renuncia de plano a la vida material y, por tanto, a su papel de soberano del Imperio. La influencia de Psellos en tal decisión y en la que sobrevendría acto seguido, resulta indiscutible, pese a que el cronista lo niega enfáticamente: “Hermosa recompensa nos das al inducir al emperador a que cambie de vida y se haga monje”[35], fueron las palabras de Catalina para con el doble filósofo, quien, a continuación, juró una y otra vez que no había tenido nada que ver en el asunto.

Lo que sucedió después es digno del mejor culebrón mexicano. Tras escuchar las acusaciones de su mujer, Isaac deploró su actitud, justificando a su asesor al sostener que él mismo, en soledad, había tomado tal resolución. A lo que la emperatriz replicó con dureza, empleando los siguientes términos: “¿Qué clase de alma tienes, que te alejas voluntariamente de Palacio, dejándome a mí en una soledad insufrible y a tu hija con la grave carga de la orfandad? Y no nos bastará siquiera esto, sino que aún seguirán desgracias mayores y manos tal vez no compasivas nos deportarán llevándonos a un lejano destierro o quizá tomen decisiones más graves y un hombre incapaz de sentir piedad juzgue a tus seres más queridos. Mientras tú sobrevives a tu mudanza de hábito o quizá mueras en paz, nuestra vida continuará, pero será más amarga que la muerte”[36]. Isaac, siempre en palabras de Psellos, se mantuvo impertérrito al reclamo de Catalina, como si hubiese madurado su decisión desde toda la vida, por lo que aquélla, cediendo, le conminó a escoger un sucesor lo suficientemente digno y leal como para contemplar el bienestar de sus parientes, alguien que les sirviese “como un hijo”. Y entonces sobrevino la siguiente etapa del drama que se estaba desarrollando. En medio de un ambiente denso que se podía cortar con un cuchillo y cuando todos esperaban con ansiedad que el basileo diera a conocer el nombre de su sucesor, las palabras de Isaac saltaron al vacío fulminando al auditorio, excepto, claro está, a Psellos y a Leicudes: “Mas que a éstos que me rodean –y señaló con la mano a su familia-, mi hermano y mi sobrino, y más que a estas queridísimas mujeres, mi consorte y emperatriz y mi hija, que bien puedo decir es mi única descendencia, más que a éstos mi temperamento se siente próximo a ti. Y puesto que la afinidad de espíritu ha vencido los vínculos naturales, es a ti a quien confío el Imperio y las cosas que más quiero y no con la oposición de éstos, sino incluso con su pleno consenso”[37], dijo el emperador mirando al próedro Constantino Ducas, a quien había hecho comparecer unos minutos antes. Y ya fue decisión tomada: el 24 o 25 de noviembre de 1059, Constantino fue coronado nuevo emperador de todos los romanos, mientras Isaac Comneno entraba “en el monasterio de Studion, vistiendo el pobre hábito monacal”[38]. Moriría dos años después, en 1061[39].

¿Psellos y Leicudes partícipes de una trama encubierta?

A la luz de los hechos resulta cuanto menos llamativa e incomprensible la medida sucesoria adoptada por Isaac I Comneno si antes no se procede a hacer una lectura “entrelíneas” de la obra de Psellos. Con un aspirante tan digno y capaz, por no citar además que se trataba de una persona de su misma sangre, como era Juan, resulta sospechoso que un miembro de la aristocracia militar quisiese traspasar gratuitamente el poder a sus rivales civilistas. Analizando la secuencia de eventos que llevaron al basileo a inclinarse finalmente por Constantino Ducas, es posible advertir algunos lapsos de tiempo solapados con momentos significativos, en que Psellos pudo haber manipulado la conciencia y el ánimo del soberano oriental. El más consistente en este sentido es aquél en el cual el patriarca, un amigo de la juventud del doble filósofo, presta asistencia espiritual al moribundo emperador, seguramente en presencia de nuestro cronista de cabecera. Pero no es el único; Isaac también permanece parlamentando con Psellos mientras su círculo más íntimo de allegados llora desconsoladamente en el Gran Palacio. La conciencia de Isaac en ese momento guardaba grandes sentimientos de culpa luego del asunto de Miguel Cerulario, que ciertamente mortificaba al basileo y, además, su mente no estaba con todas las luces dada la severa enfermedad que le afectaba, por lo que su alicaído estado le hacía vulnerable a la más mínima manipulación.

No obstante, es un pasaje que Psellos inserta inmediatamente antes de hacer la introducción al Libro XI, referido a Constantino X Ducas, el que levanta las mayores sospechas. Luego de bosquejar cómo, tras haber escogido Isaac a su sucesor, el auditorio estalla en un fuerte aplauso saludando tal resolución, el súper ministro, refiriéndose al que sería el futuro gobernante, escribe: “Si en algún suceso intervine por él, no podría yo decirlo, pues mi vanidad no tendría que llegar hasta este punto, pero el emperador mismo sabe cómo equilibré fuerzas opuestas, cómo contribuí a que se enderezaran los acontecimientos que se habían desencadenado y cómo, cuando los acontecimientos se abatieron tempestuosos en torno suyo, yo, debido al enorme celo y devoción que sentía hacia él, me hice cargo del timón y, tan pronto soltándolo como teniéndolo firme, conseguí llevar a éste diligentemente al puerto imperial”[40]. Huelgan las palabras y cualquier comentario adicional. La pregunta que sin embargo cabría hacerse a estas alturas es ¿por qué Isaac Comneno se allanó tan dócilmente a ser desplazado por su hermano en beneficio de un tercero? Responderla implicaría entrar en un juego de especulaciones de nunca terminar, por lo que nunca sabremos la respuesta. Lo más sensato a estas instancias sería estudiar de cerca la vida de Constantino Ducas y de su familia a los fines de comprender los motivos que guiaron a Isaac a escogerle para el trono. Aunque también nos podríamos plantear qué tan estrecha era la relación existente entre Constantino y su linaje y Miguel Psellos. Y es aquí donde el panorama empieza a aclararse desde que todos ellos se profesaban un auténtico y mutuo aprecio que había empezado a desarrollarse cuando el doble filósofo fuera alojado en el palacio de los Ducas, en tiempos de Constantino IX Monómaco. Psellos además era un fiel exponente de la aristocracia capitalina y, pese a que momentáneamente se había “convertido” a la ideología enemiga para mantener su ascendiente en la corte, es probable que haya exagerado los síntomas de la enfermedad de Isaac para convencerle a dejar el poder antes de tiempo[41]. Luego, con la ayuda de Constantino Leicudes, Psellos finalmente se saldría con la suya al favorecer la designación de un Ducas como sucesor, pese a los berrinches de Catalina y ante el inexplicable silencio de Juan Comneno.

La conciencia del constantinopolitano medio tras la muerte de Isaac Comneno.

Miguel Ataliates, a diferencia de Psellos, dedica un pasaje de su obra enteramente a la muerte de Isaac I Comneno. Lo interesante de sus líneas es que rescatan cómo el pueblo bizantino vio y vivió tal acontecimiento: “Tras su muerte, su cadáver apareció rezumando humedad, lo que hizo circular las habladurías entre el pueblo. Unos decían que era una venganza y la prueba fehaciente del castigo que recibía por aquella matanza que había tenido lugar en los alrededores de Nicea cuando estalló la guerra civil[42]; otros lo atribuían al mal que había causado a muchos y a la supresión parcial o total de dádivas del tesoro imperial que la mayoría recibía anualmente; otros, al hecho de que arrebatara sus propiedades a la Iglesia y a particulares; pero mientras unos criticaban todos sus actos de gobierno, otros se valían de la moderación de las iniciativas posteriores para alegar que se trataba simplemente de un castigo y reconocían su arrepentimiento porque reclamaba piedad a la providencia divina. Los que disentían de ello alegaban que, después de su abdicación, no había sentido remordimiento y que, por ello, no se había beneficiado del tránsito a la otra vida. Otros consideraban que el fluido era obra de santidad, a causa de su posterior arrepentimiento, y que todos tenían prueba de que no hay pecado que impida el favor divino si se renuncia al mal y se elige el bien. Y yo admito la opinión de unos y otros de que el arrepentimiento previene de males futuros y, a la vez, exhorta a abandonar lo peor por lo mejor, y no considero esta opinión inferior a otras”[43]. Sin mencionarlas expresamente, el cronista griego deja expuestas en estos breves renglones a cada una de las facciones opositoras de Isaac I: el pueblo y, en menor medida, la aristocracia civil (aquellos que le critican por la matanza que la guerra civil había desencadenado entre hermanos, en Polemón y Hades, cerca de Nicea), los senadores y cortesanos (son los que despotrican contra el basileo por haber sido privados de las dádivas tradicionales), la Iglesia (la única que es nombrada de manera tangencial aunque expresa) y los latifundistas (civiles o militares, en ambos casos afectados por las expropiaciones de tierras improductivas, realizadas para sanear las cuentas fiscales a partir de su redistribución).

Entretanto, la íntima relación establecida entre la mentalidad religiosa del constantinopolitano promedio y su vida cotidiana queda expuesta cuando los individuos tratan de precisar, acorde con su propia escala de valores morales y espirituales, el destino final del Comneno: si el Cielo o el Infierno, siendo la justa vara para establecer el paradero de su alma, la sinceridad de su arrepentimiento. En otras palabras, lo que los bizantinos hacían era dar rienda suelta a unos de sus atributos innatos: su apasionamiento por las cuestiones teológicas, cuestión que se evidenciaba sobremanera a través de una inveterada tendencia a interpretar en todo acontecimiento sucinto o complejo un signo de la voluntad divina.

Conclusión: el reinado de Isaac I Comneno a la vista de los sucesos posteriores a su abdicación.

El reinado de Isaac I, aunque breve (dos años y tres meses), resultó determinante para la historia de Bizancio en muchos aspectos. La decisión de escoger a un miembro de la aristocracia civil como sucesor fue en sí misma un factor clave a la luz de los hechos posteriores que llevarían al Imperio a transitar los escabrosos senderos de su ruina interna y externa hasta el trágico desenlace de Mantzikert, en 1071[44]. Lo mismo puede señalarse con respecto a la manera en que el basileo se preocupó por preservar la integridad de sus parientes, cuestión que, a la postre, permitiría a otro Comneno, Alejo, hijo de Juan, regresar al poder. La misma es referida por Psellos en su obra: “en cuanto a mi mujer, hija, hermano y sobrino (le dice Isaac I a Constantino Ducas), a ellas te las confío en depósito inviolable, mientras que de éstos te encargo que cuides y te preocupes”[45]. No obstante, hasta qué punto Alejo I Comneno (1081-1118) le debió la corona a esta maniobra de su tío es una cuestión que merece un análisis mucho más profundo.

Si bien es cierto que ya desde el reinado de Basilio II  los Comneno se habían abierto su propio camino por medio de las armas y de un sincero amor hacia su país, lo que está claro es que tanto Isaac como Juan habían consolidado su posición en lo alto de la sociedad bizantina gracias a sus matrimonios con mujeres de la poderosa aristocracia. Isaac se había casado con Catalina, una princesa de la antigua casa real de Bulgaria, mientras que Juan había hecho lo propio con Ana, miembro de la influyente familia de los Dalaseno. Y precisamente sería obra de Ana Dalaseno la alianza o, mejor dicho, la consolidación de la alianza entre las familias Ducas y Comneno, cuestión que se lograría gracias al matrimonio arreglado de Alejo, su tercer hijo, e Irene Ducas o Ducaina, nieta del César Juan Ducas e hija de Andrónico, el traidor de Mantzikert. De esta curiosa relación devenida más que nada de las necesidades de supervivencia y conservación, entre miembros del partido civil (los Ducas) e integrantes de la aristocracia militar (los Comneno), saldrían todos aquellos aspectos que harían del siglo XII uno de los períodos más peculiares en la profusa y dilatada vida del Imperio.

Ya sea que el triunfo definitivo de la aristocracia militar, evidenciado con al ascenso al poder del segundo Comneno, Alejo I, se deba a una alianza dinástica o a la decisión de Isaac de proteger a su familia, lo cierto es que, tal como lo señala Ahrweiler[46], gracias a esta dinastía comenzó a materializarse en el ámbito del Imperio un sentimiento nacionalista inédito. Un sentimiento plagado de las influencias de la ortodoxia y colmado de elementos culturales helenísticos que eclosionaría en el siglo XII dando lugar al último periodo de esplendor de Bizancio como potencia de primera línea, rectora de las necesidades e intereses de Europa y el Cercano Oriente en su conjunto.

Como un último apartado, negativo en este caso, cabría preguntarse qué tan benéfica fue para el Imperio la elección de Constantino Ducas como sucesor, en lugar del propio hermano de Isaac, Juan Comneno. Tanto más por cuanto si consideramos que la resolución y la capacidad de Juan podrían haber llevado al Imperio por otros senderos distintos de aquéllos que finalmente le pusieron de cara con Alp Arslan y sus turcos, en el campo sangriento de Mantzikert, en 1071.

Autor: Guilhem W. Martín ©

 

Fuentes documentales:

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  • Juan Skylitzes, Sinopsis de la Historia Bizantina, 811-1057”, traducido por John Wortley, Cambridge University Press 2010, ISBN 978-0-521-76705-7.
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b) Secundarias.

  • Steven Runciman, Historia de las Cruzadas, Vol. I, Alianza Universidad, versión española de Germán Bleiberg, 1980, ISBN 84-206-2059-9.
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  • Warren Treadgold, A History of the Byzantine State and Society, Stanford University press, Stanford, California, 1997, Estados Unidos de América.
  • Carlos Diehl, Grandeza y Servidumbre de Bizancio, Espasa-Calpe SA, Colección Austral, 1963.
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  • Claude Cahen, El Islam, desde los orígenes hasta los comienzos del Imperio Otomano, Editorial Siglo Veintiuno, 1975, ISBN 83-323-0020-9
  • Joseph M. Walker, Historia de Bizancio, Edimat Libros S.A., ISBN 84-9764-502-2.
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[1] Este pueblo tomaría su nombre de su caudillo, Selyuq.

[2] La batalla de Dandanqan fue en cierta manera una réplica del enfrentamiento que años después tendría lugar en Mantzikert: por un lado, un ejército integrado básicamente por escuadrones de caballería ligera sumamente maniobrables y versátiles, y, por el otro, una hueste rígida caracterizada por caballería pesada, muy bien acorazada pero de acotado rango de movilidad,

[3] La muerte de Mahoma en el 632 sin un mecanismo sucesorio claramente establecido dejó abiertas las puertas para una escisión del Islam. Tal escisión tuvo lugar cuando algunos de los seguidores del profeta apoyaron a Alí (chiítas), primo y yerno de Mahoma, contra la opinión del resto (sunitas), que prefirió la opción de secundar a notables como Abú Bakr y Omar.

[4] Uno de los períodos de mayor tensión registrados entre fatimíes y bizantinos tuvo lugar hacia finales del siglo XI, cuando en Egipto gobernaba el excéntrico sultán Huséin al-Hakim (996-1021).

[5] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Págs. 326 y 327. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[6] A cambio de sus tierras, Gaguik sería recompensado con el título de magistros y con la percepción de rentas por territorios previamente asignados en Capadocia, Lycandos y Carsiano.

[7] Efectivamente, entre los griegos y los egipcios existía más que una rivalidad religiosa y militar, una disputa comercial por el predominio sobre el Mediterráneo oriental. Y es que los fatimíes, como todos los conquistadores de Egipto, habían invadido también Siria, pero sin mucha suerte, consiguiendo tan solo imponer su autoridad en algunas secciones meridionales de la región. Aún así, debían lidiar a diario con el anarquismo beduino, las apetencias de Bizancio y las reivindicaciones del Califato rival de Bagdad, sin mencionar la hostilidad recurrente de los qarmatas.

[8] El califa fatimí Al-Mustansir (1036-1094) para el caso que nos ocupa. Lo de remarcar la condición de príncipe respecto a la más alta dignidad del emperador era un modo de hacer notar la supremacía de la corte de Constantinopla por sobre la de aquéllos pueblos que retenían circunstancialmente pero sin la asistencia del derecho aquellos territorios que una vez habían pertenecido al Imperio, como era el caso de Egipto.

[9] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 327. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[10] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Págs. 387 y 388. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[11] Claude Cahen, en “El Islam, desde los origenes hasta el Imperio otomano”, pág. 255, sostiene que luego del reinado del califa desquiciado Hakim, el califato fatimita de Egipto ya se hallaba en franca decadencia, atribuyendo al ejército gran parte de la culpa: “El ejército berebere de los comienzos estaba mal visto por la población , y, por añadidura, su renovación era difícil, o al menos así fue hasta la ruptura con los ziríes; para mantener el equilibrio primero, después para suplirlo, se recurrió a los turcos una vez más, a los negros como en África del Norte, y, cosa extraordinaria, a los armenios, incluso aunque no se hubiesen convertido, a quienes la política bizantina y la conquista turca dispersaban por todo el Oriente Próximo; en ciertas ocasiones, también se recurrió a los árabes.  Todo ello no pudo, naturalmente, disminuir la avidez de la tropa y contribuyó a aumentar sus luchas intestinas”.

[12] En la invasión de Sicilia participaron renombrados dignatarios, además del notable general imperial Jorge Maniaces: Esteban, comandante de la flota y cuñado del emperador; los normandos Guillermo Brazo de Hierro y Drogón, hijos de Tancredo de Hauteville y caudillos de un nutrido regimiento de 500 caballeros de idéntica procedencia, suministrados por Gaimar de Salerno; Arduino, un renombrado soldado lombardo y antiguo custodio de la iglesia de San Ambrosio de Milán, y el aventurero escandinavo y jefe de la guardia varega, Harald Hardrada.

[13] El retorno del valeroso general a Constantinopla tuvo el deshonroso aditamento de producirse con la figura de Maniaces cargado de cadenas. La causa de semejante ultraje había sido provocada por el deshonroso trato dado por el general bizantino al comandante de la flota, Esteban, quien previamente había dejado escapar, víctima de su propia ineptitud, al emir de la isla, Abdallah.

[14] En Sicilia, como recuerdo de las brillantes hazañas del general Maniaces permanecen hasta la fecha un poblado que lleva su nombre y el castillo siracusano de Castello Maniace.

[15] Esta segunda intervención de Maniaces en Italia terminó con una revuelta encabezada por el propio general, contra Constantino IX Monómaco, que vino a debilitar aún más la posición de los imperiales frente al creciente poderío de los normandos y sus aliados.

[16] El primer señorío normando en Italia meridional fue creado por un aventurero llamado Rainulfo Drengot.

[17] Los entendimientos entre Roma y Constantinopla en procura de una solución que les permitiese erradicar de Italia a los normandos terminaron en 1059, cuando el papa Nicolás II 81059-1061) resolvió liquidar el asunto en el concilio de Melfi; a cambio de la reconciliación Roberto Guiscardo fue investido como duque de Apulia y Calabria y dejado con las manos libres para acabar con la conquista de las restantes plazas fuertes bizantinas en la zona.

[18] Uno de los mejores trabajos en español referidos a Italia bizantina pertenece a Roberto Zapata Rodríguez: “Italia bizantina, historia de la segunda dominación bizantina en Italia 867 – 1071”.

[19] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 51, Cap. VIII, Isaac I Comneno. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[20] Ningún cronista bizantino, ni siquiera Ataliates, hace mención a estos supuestos ataques de Isaac I Comneno contra los pueblos bárbaros de Oriente.

[21] El río Istro no es otro que el Danubio.

[22] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Págs. 400 y 401. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0. La obra de Psellos constituye una fuente de inestimable ayuda para conocer en detalle la manera en que vivían y guerreaban los pechenegos, lo mismo que sus tácticas y comportamiento en batalla.

[23] Los uzos huían a su vez de otro pueblo oriental, los cumanos o polovzianos.

[24] Actual Bulgaria.

[25] En palabras de Ataliates, el ejército imperial padeció duramente a manos del riguroso clima otoñal que, nevada y lluvias torrenciales mediante, ocasionaron más bajas entre sus filas que la propia campaña contra los pechenegos, sobre todo en una zona que el cronista identifica como Lovitzo. Incluso la vida del propio emperador llegó a estar amenazada por un hecho fortuito: Isaac se hallaba descansando a la sombra de una encina, cuando, a poco de levantarse, el árbol, con un atronador estrépito, cayó sobre el lugar que había servido de morada al basileo. El relato de los infortunios padecidos por las tropas bizantinas también es recogido por Psellos en su “Cronografía” (Pág. 404).

[26] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 404. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[27] Ataliates nos refiere el cuadro de angustia y ansiedad que la falsa noticia del levantamiento asiático había generado en el basileo y cómo, al desmentirse la misma, su estado de ánimo mejoró ostensiblemente.

[28] La caza de agua, en oposición a la caza de bosque, recibía esa denominación en razón de que casi todas las presas eran acuáticas: grullas, garzas, cisnes, gansos salvajes, cigüeñas, etc.

[29] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0. Ataliates, a su vez, solo habla de la enfermedad de Isaac sin mencionar nada al respecto, lo cual se puede entender desde que Psellos era, a diferencia de él, un colaborador íntimo del basileo.

[30] Psellos emplea en este pasaje el término “asclepíada” como sinónimo de médico. Y es que Asclepio para la mitología griega era el Esculapio de los romanos, es decir, el dios de la medicina y de la curación.

[31] Ni Psellos ni Ataliates mencionan el nombre de la enfermedad, por lo que solo resta especular en base a la sintomatología que mencionan las fuentes de primera mano.

[32] Alejo Comneno, el tercer hijo varón de Juan Comneno, tendría para ese momento entre 3 y 11 años de edad. Isaac I, a su vez, tenía un hijo varón, Manuel, que para esa fecha ya había muerto. Por su parte, Manuel Comneno, hijo de Juan, moriría probablemente hacia 1069 en una de las campañas de Romano IV Diógenes contra los turcos selyúcidas.

[33]Brienio es el único cronista que sostiene que Isaac I le ofreció en primer lugar la corona a su hermano, pero que Juan la rechazó.

[34] Es necesario tener en cuenta en este punto que Constantino Leicudes, el patriarca de Constantinopla, era uno de los mejores amigos de Miguel Psellos.

[35] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Págs. 40 9 y 410. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[36] Ibid, Pág. 410.

[37] Ibid, Pág. 414.

[38] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 53, Cap. VIII, Isaac I Comneno. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[39] Georg Ostrogorsky, sin rodeos, atribuye el alejamiento de Isaac I del poder a la oposición de la aristocracia de funcionarios, la enemistad de la Iglesia, el descontento del pueblo (que consideraba mártir a Miguel Cerulario) y la sagacidad de Psellos. Georg Ostrogorsky, “Historia del Estado Bizantino”, Pág. 335, Akal Editor, 1984.

[40] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 415. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[41] Isaac moriría entre año y año y medio después de abdicar.

[42] Ataliates se refiere aquí a la batalla de Polemón y Hades.

[43] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 53, Cap. VIII, Isaac I Comneno. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[44] La gran derrota de Mantzikert moldearía un nuevo Imperio, social, comercial y geográficamente hablando: lo primero porque supondría el triunfo final de las fuerzas feudalizantes con preeminencia de la aristocracia militar; lo segundo porque, para paliar la decadencia, el comercio sería cedido a los venecianos a cambio del apoyo de su flota, y lo tercero por que el bizantino dejaría de ser un estado eminentemente asiático para convertirse en uno europeo, más débil y pobre.

[45] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Págs. 414 y 415. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

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