IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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    Guilhem
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El ascenso de los Comnenos: Isaac I. (Parte 4).

Posted by Guilhem en marzo 27, 2012

El ascenso de los Comnenos.

Isaac I (1057-1059). Parte IV.

Extracto: El breve reinado de Isaac I Comneno (1057-1059), con el que la clase castrense pretendió apuntalar el poderío imperial, acabó en el infortunio cuando el basileo, medio enfermo y medio intimidado por sus rivales del partido civilista, adoptó los hábitos religiosos y se retiró como monje al convento de Studion, en 1059. Los burócratas civiles volvían a tomar las riendas del Imperio. Sin embargo, casi sin darse cuenta, Isaac había logrado mediante alianzas dinásticas con la poderosa familia Ducas dejar expedito a sus familiares el camino hacia las más altas esferas del poder.

Parte IV: el reinado de Isaac I Comneno. Primeros meses.

Isaac Comneno, el ser humano.

No es mucho lo que los cronistas contemporáneos mencionan acerca de la vida de Isaac durante su juventud, pero algo podemos rescatar a fin de conocer sus orígenes e ideología formativa. Por ejemplo, gracias a Brienio sabemos que sus padres eran Manuel Erotikos Comneno y María. Manuel se había enrolado en el ejército bajo el reinado de Basilio II, y, en su condición de general, había sido premiado con tierras en la zona de Kastamuni o Kastamon, en Paflagonia. En tiempos de la guerra civil, cuando Basilio II debió batirse con los Bardas (Skleros y Focas), el padre de Isaac asistió al emperador defendiendo la ciudad de Nicea y negociando con prudencia y sabiduría con Bardas Skleros. Su dedicación y entrega le valieron el nombramiento de estratego autócrator de todo el Oriente. Luego, sintiendo próximo su fin, entregó a sus dos hijos, Isaac y Juan, al cuidado del basileo (aproximadamente hacia 1020). Ambos hermanos pasarían los siguientes años de su vida internados en el monasterio de Studion[1], completando su formación cultural, mientras el emperador les curtía en el arte de la guerra haciéndoles partícipes de sus expediciones.

En 1025, teniendo probablemente 20 años de edad, Isaac contrajo matrimonio con Catalina, hija del zar búlgaro Juan Ladislao y hermana de Trajano, Aaron, Alusian, Radomir y Presian[2]. Si bien para dicha fecha el primer imperio búlgaro ya era tan solo una anécdota, sus principales referentes habían aceptado incorporarse a la corte bizantina, recibiendo importantes dignidades como contrapartida por deponer las armas. De modo que la boda ayudó en cierta medida a Isaac a mejorar su posición relativa en el seno de la aristocracia y, al mismo tiempo, tejer una red de influencias cuyo valor se demostraría tiempo después, en los prolegómenos de la caída de Miguel VI Estratiótico.

El estrecho contacto con la sobria atmósfera cortesana imperante en los tiempos de Basilio II seguramente debió haber influido en la personalidad de los hermanos Comneno. Desde los mismos comienzos de su infancia ambos tuvieron la oportunidad de observar cómo el basileo ajustaba la estructura burocrática del estado romano a formas simples y sencillas, donde hasta la redacción de los documentos de cancillería se realizaba sin emplear las formas complejas y elegantes de antaño. Y es que la entronización de Basilio II y su exitoso reinado habían permitido al Imperio alcanzar la cúspide de su poder a costa del esfuerzo de personajes peculiares que, como el mismísimo emperador, no destacaban “por su linaje, ni tenían una educación muy esmerada”[3], pero que obviamente poseían una fuerza de voluntad y un espíritu inquebrantables a la hora de laborar en beneficio del estado al que servían. La administración imperial llevada a cabo por el “Matador de Búlgaros”, basada en principios rectores de eficiencia y eficacia y control y eliminación del gasto superfluo, sin ninguna duda debió haber influido en la formación ciudadana de los Comneno. Como también la vocación combativa del basileo, que no dudaba en montar su caballo para salir a combatir a los pueblos del vecindario con tal de mantener la salud de su país y el bienestar de sus súbditos.

Las directrices impuestas por Basilio II para gobernar el territorio no se mantuvieron en el tiempo tras su muerte y su propio hermano, Constantino VIII echó por la borda toda la política de austeridad que había caracterizado el reinado de aquél. Seguramente debieron de haber sido tiempos de confusión y desconcierto para Isaac y Juan, quienes de manera súbita fueron testigos de la postergación cada vez más concienzuda que iba sufriendo uno de los elementos que había permitido la bonanza del Imperio: el ejército. A la vez que la burocracia estatal se fagocitaba todos los recursos acumulados con gran tesón durante los últimos cincuenta años. Por ello no debe sorprendernos cómo Psellos y el mismo Ataliates caracterizan el reinado de Isaac, que podríamos resumir con dos palabras: decisión y ejecución, ambas aprendidas durante sus años de mocedad, cuando Basilio II moldeaba con su fuerza de voluntad y carácter los contornos del Imperio. Veamos lo que dice cada uno por separado, en este sentido:

  • Miguel Psellos: “En efecto, nada más llegar al palacio imperial al caer la tarde, antes de sacudirse el polvo de la batalla[4], cambiar de hábito y ordenar las ceremonias de purificación para el día siguiente, cuando todavía no había escupido siquiera el salitre marino y recobrado el aliento –tal como hubiera hecho quien alcanzase a nado el puerto después de escapar de forma venturosa y a duras penas de una gran tormenta en el mar-, enseguida empezó a gestionar la administración civil y militar, consumiendo en estas preocupaciones lo que aún quedaba del día y de la noche entera”[5].
  • Miguel Ataliates: “Una vez instalado en el poder, dirigió también su mirada a la magnitud de gastos del Imperio y de las soldadas del ejército; observó que las guerras contribuían a ello con los grandes dispendios que acarreaban y que necesitaban ser financiadas cuando se da la circunstancia de que los enemigos se han hecho fuertes y rebelado por doquier contra los romanos, comprobó lo indispensable que era procurarse dinero en abundancia, y actuó en consecuencia como un severo perceptor de impuestos con los que habían contraído deudas con el Estado”[6].

El imperio antes de la ascensión de Isaac, según la óptica de Psellos.

Para que se pueda comprender en su real magnitud el grado del cambio propuesto por Isaac en los cánones de administración financiera e impositiva y en la reformulación de la burocracia, me gustaría esbozar primero la situación imperante en los años previos a su ascensión al trono, de manera de tener una base para efectuar la comparación pertinente. Y qué mejor que recurrir a Psellos y su prolífica oratoria para pincelar cada una de las aristas de los reinados que siguieron al de Basilio II el “Matador de Búlgaros”.

Así, pues, en relación al más famoso emperador de la dinastía macedónica, Psellos nos dice: “…Basilio, que había vivido en el poder largos años, tantos como nunca gobernó ningún otro emperador, se hizo dueño de muchas naciones y depositó la riqueza que de ellas obtuvo en el Palacio Imperial, haciendo así que se multiplicaran los ingresos por encima de los gastos. De esta forma, cuando se fue de este mundo, dejó a su hermano Constantino en el tesoro cantidades indescriptibles de dinero”[7].

Luego, para caracterizar el reinado del hermano y sucesor de Basilio II, Constantino VIII (1025-1028), Psellos esboza las siguientes líneas declamando abiertamente un cambio fundamental en la manera de concebir y administrar el poder: “Constantino, que había asumido la corona imperial en una edad avanzada después de haberla deseado desde hacía mucho tiempo, ni emprendió campañas militares para aumentar la fortuna heredada, ni pensó siquiera en preservarla, sino que, entregado a una vida de placeres, decidió gastarlo y consumirlo todo, de forma que si la muerte no se lo hubiera llevado enseguida, él solo habría bastado para hacer lo que muchos no pudieron: arruinar el imperio. Este fue el primero que empezó a corromper y a hinchar el cuerpo del Estado. Mientras a algunos de sus súbditos los engordaba mediante grandes sumas de dinero, a otros les confería dignidades ampulosas permitiendo que llevaran una vida mórbida y depravada”[8]. En otras palabras, el Imperio asistía a los prolegómenos del encumbramiento de la aristocracia civil: la consolidación de los burócratas y su ulterior expansión, que Psellos relata apelando a una metáfora en la que esta es la enfermedad, y el estado bizantino, el cuerpo infectado sobre la que la misma se disemina sin hallar freno.

Con respecto al sucesor de Constantino VIII, Romano III Argiro (1028-1034), el doble filósofo griego señala: “… Romano, pensando que tenía el poder en exclusiva por haberse extinguido ya la extirpe porfirogénita, creyó que pondría sólidos cimientos a un nuevo linaje similar a aquél. Y que tanto la administración civil como la clase militar estuvieran contentas y predispuestas a aceptar la sucesión en el seno de su familia, se apresuró a repartir entre ellas grandes sumas de dinero, incrementando así las dimensiones de aquel cuerpo excesivo y haciendo crecer la enfermedad. Así, mientras aquella naturaleza ya corrompida se vio hinchada por exceso de grasas, él fracasaba en sus dos objetivos, el de crear una nueva dinastía y el de dejar tras él un estado organizado”[9]. Estas breves líneas describen, pues, el mecanismo empleado por el antiguo eparca de Constantinopla para producir un cambio dinástico en el seno del Imperio, en beneficio de su propia familia: obviamente este era su fin último y el medio escogido para llevarlo a cabo, la distribución de cuantiosos recursos en detrimento del erario público; en otras palabras, comprar lealtades para acallar la defensa a ultranza que hacían los sectores más conservadores de los derechos al trono tanto de Zoe como de Teodora, hijas ambas de Constantino VIII. Y la compra de lealtades siempre estaba emparentada en estos casos con la entrega de dignidades y cargos, además de las consabidas sumas de dinero, con lo que se podría afirmar que Romano III promovió indirectamente la expansión de la burocracia, aunque también ayudó a fortalecer la base del poderío de la nobleza militar.

Luego, para matizar el reinado del sucesor de Romano III, Miguel IV “el Paflagonio” (1034-1041), Psellos emplea el siguiente párrafo: “… Miguel pudo contener en gran medida el avance de los agentes infecciosos, aunque no llegó a tener tanto poder como para atreverse a aliviar, siquiera fuese en los más mínimo, aquel cuerpo acostumbrado a nutrirse de perniciosos fluidos y a hincharse con alimentos corrompidos, sino que él, aunque con moderación, contribuyó a cebarlo, dado que si no hubiera imitado al menos en una pequeña parte a los emperadores precedentes, habría muerto sin duda enseguida. No obstante, si él hubiera vivido más años en el poder, quizás sus súbditos hubieran llegado un día a aprender a comportarse de una manera más sabia. Pero era imposible que éstos no llegaran a reventar algún día después de haber engordado hasta el límite por la vida de bienestar que llevaban”[10]. Esta por demás claro que Miguel IV había aprendido la lección de su antecesor: no intentó desembarazarse de su esposa, Zoe, sino que más bien apeló a un leal pariente[11] para mantenerla bajo control. Pero a la vez que hacía esto, también se vio en la necesidad de adoptar medidas extremas para restablecer las finanzas, ya que el erario había sido exprimido al extremo por sus dos inmediatos antecesores en el trono. Aumentó los impuestos y extendió la aplicación de los mismos a las zonas recientemente conquistadas de los Balcanes, siendo los principales perjudicados, los aristócratas militares. En la lucha por el poder, el brazo civil de la nobleza empezaba a ocupar una posición mucho más ventajosa, ayudada por la necesidad de los emperadores por mantenerse en el palacio imperial al costo que fuera.

En el breve resumen que Psellos inserta en el libro dedicado a Isaac Comneno, sobre el reinado de sus predecesores, Miguel V el Calafateador apenas es mencionado de modo casi tangencial: “Después de que muriese Miguel IV, ascendió a la atalaya del poder –por no mencionar a su sobrino, que después de haber tenido un reinado desdichado abandonó el poder de forma aún mas desdichada- Constantino el Evergeta –pues este era el nombre que le daba la mayoría-, me refiero al Monómaco”[12]. Miguel V (1041-1042), era sobrino de Miguel IV e hijo adoptivo de la emperatriz Zoe. Su breve reinado se caracterizó por tres medidas tomadas casi en forma simultánea: la destitución del todopoderoso eunuco Orfanatropo, la recalcitrante liberalidad del emperador en la distribución de dignidades y prebendas entre los miembros del senado y la liberación de la cárcel de Jorge Maniaces y Constantino Dalaseno. En suma, el nuevo emperador recurría una vez más a las mismas herramientas con las que los basileos anteriores habían procurado mantenerse en el trono: compra de lealtades en detrimento del erario.

Para describir el gobierno de Constantino IX Monómaco (1042-1055), Psellos vuelve a recurrir a la metáfora del cuerpo enfermo, aunque la acompaña de una nueva e igual de original: “Constantino IX había asumido el poder como si se tratara de una nave de carga que estuviera cargada hasta la misma línea de flotación y que solo por poco consiguiera remontar las corrientes del mar, y entonces la abarrotó hasta el borde mismo y consiguió hundirla, o mejor, por expresarlo de una manera más clara y volver a recuperar la imagen que usé antes: añadió gran número de miembros y partes nuevas al cuerpo del Estado, ya desde hacía tiempo corrompido, e insufló fluidos aún más perniciosos en sus entrañas de manera que lo desnaturalizó, lo arrancó de la vida regalada y sociable en que se hallaba y poco faltó para que lo convirtiera en una bestia furiosa e indomable, pues había transformado a la mayoría de sus súbditos en monstruos de muchas cabezas y cientos de brazos”[13]. Lo que puede inferirse del texto de nuestro autor de cabecera es que el basileo había abusado tanto de los mecanismos de “fidelización” que, bajo su reinado, el aparato burocrático era cuanto menos descomunal y consumía casi todos los recursos genuinos del estado. Para colmo de males, bajo el reinado de Teodora (1055-1056) la situación se mantuvo sin cambios, tal como nos lo permite conocer la “Cronografía”: “Después de él, la emperatriz Teodora, convertida en soberana legítima, pareció no querer enfurecer demasiado a aquella fiera extraña y así también ella, inadvertidamente, le añadió nuevos brazos y piernas”[14].

Miguel VI el Viejo, finalmente, también es denostado por Psellos y acaba engrosando la consabida metáfora del cuerpo infectado empleada por el doble filósofo para caracterizar al corrompido Imperio: “Miguel el Viejo fue incapaz de controlar el movimiento del carro imperial y los caballos lo arrastraron enseguida. Dejó así que las carreras se desarrollasen desenfrenadamente en el escenario del Hipódromo, mientras él, aturdido por el estruendo, dejó su puesto de auriga y se quedó de pié como mero espectador. Cuando habría sido pues preciso que reaccionase y no aflojase demasiado las riendas, él en cambio daba la impresión de despojarse de su autoridad y volver a su vida anterior”[15]. La metáfora de la carrera de carros en el escenario del Hipódromo hace alusión al devenir de los acontecimientos en el ámbito del Imperio, en una sucesión de hechos que encuentra al emperador como un simple observador de los mismos. En otras palabras, la burocracia ha adoptado un cariz tan independiente y  omnipresente que parece haber adquirido vida propia, a la vez que la figura del basileo no pasa de desempeñar un elemental papel decorativo.

Psellos, que tanto había contribuido a alimentar el descomunal aparato administrativo estadual y, con él, a la nobleza de funcionarios civiles, parece en este punto repudiar su propia esencia, dado que a continuación sugiere medicinas alternativas para restablecer la salud del cuerpo enfermo de su metáfora: “A esta primera fase, que convirtió en fieras a la mayoría de los hombres y los hizo engordar hasta tal punto que habrían necesitado dosis masivas de purgantes, era preciso que sucediera otra muy distinta, me refiero a una de amputaciones, cauterizaciones y purgaciones”[16].

El imperio antes de la ascensión de Isaac, acorde con la visión de Ataliates.

La alocución de Miguel Ataliates relacionada con el gobierno de los predecesores inmediatos de Isaac I Comneno se remonta al reinado de Miguel IV, por lo que cualquier comparación con la obra de Basilio II se pierde irremisiblemente de vista. Con todo, aún es posible extraer algunas jugosas conclusiones a partir de determinados párrafos de su obra. En primer lugar aclarar que, al igual que Psellos, este autor reconoce cierto mérito en la obra de gobierno de Miguel IV el Paflagonio. Al referirse a la rebelión de los búlgaros y eslavos del año 1041, motivada por la propia presión impositiva dispuesta por el emperador y su hermano, el eunuco Orfanatropo, Ataliates nos describe a un Miguel IV activo y resuelto a la hora de enfrentar el difícil trance: “… pero Miguel, en cuanto entró en la ciudad imperial, apresuró los preparativos de guerra y, olvidándose de la enfermedad que lo aquejaba (sufría de epilepsia o, según otros, de una afección melancólica), reclutó de inmediato un ejército en todas las provincias y tras alcanzar con estas fuerzas Sérdica, hoy llamada Triaditza[17], y por ella el Ilírico, aplastó tras duros combates la rebelión y conquistó su territorio, que es grande y está lleno de estrechos pasos y que, durante muchos años, se había resistido a los anteriores emperadores gracias a lo intrincado de sus desfiladeros”[18]. No dice nada en cambio Ataliates sobre los motivos que llevaron a las poblaciones de los Balcanes a empuñar las armas contra el poder central: la extensión de los tributos a los territorios conquistados por Basilio II en esas latitudes, a comienzos del siglo XI. La cara oculta del incremento de la base impositiva es precisamente lo que este historiador no atina a reconocer: el despilfarro de los recursos del erario como consecuencia de la política vilipendiosa implementada ya desde los días de Constantino VIII, y, al mismo tiempo, el ansia desenfrenada de la corte por mantener sus prebendas. En definitiva, Miguel IV había acudido con presteza a apagar el incendio que su propia política de descontrol había generado.

Con respecto al breve reinado de Miguel V, Ataliates nos da, casi sin proponérselo, una pauta acerca del manejo discrecional de dignidades y cómo el mismo generaba nuevos ricos y poderosos, que no son otra cosa que los innumerables brazos a los que Psellos alude en sus metáforas: “Sin embargo quitó de en medio, uno por uno, a sus familiares, que eran numerosos y ricos, pero que se entrometían en los asuntos de estado”[19]. No debemos perder de vista en este punto, que Miguel V Calafateador era sobrino de Miguel IV Paflagonio y, por ende, del eunuco Juan Orfanotropo. De entre toda la familia de los Paflagonios[20] el Orfanotropo era el más capaz y, al mismo tiempo, el más ambicioso. Además de Juan y Miguel, había otros tres hermanos: Nicetas, que era prestamista, y Constantino y Jorge, ambos eunucos como Juan, que se dedicaban a la venta de talismanes y objetos relacionados con la magia. Y por supuesto, una hermana, María, casada con Esteban, y madre de Miguel V. Ataliates también se refiere al destino dado a cada uno de ellos por obra del Calafateador: “envió a destierro a perpetuidad al monje y orfanatrofo Juan, que era su cabecilla y que, como valido, había gobernado los asuntos del imperio, y al resto, ya fueran adultos y con barba, ya adolescentes, los hizo castrar.”[21]. El celo de Miguel V en cuidar sus espaldas de su propia familia y de asegurar para su simiente el trono imperial ocasionaría su propia caída cuando su madre adoptiva, Zoe, fuera deliberadamente confinada en el monasterio dela Metamorfosis, en la solariega isla del Príncipe.

En cuanto al siguiente marido de Zoe, Constantino IX Monómaco, devenido en nuevo emperador gracias a dicho matrimonio, Ataliates nos refiere algunas pistas relacionadas con su prodigalidad en el reparto de dignidades y dinero: “Monómaco resultó ser un emperador más benéfico que los anteriores y honró prácticamente a todos con dignidades imperiales y generosas dádivas, beneficiando así a sus súbditos”[22]. La consabida práctica de ganar adeptos a través de aquella antojadiza y caprichosa práctica hallaría en la persona de Monómaco, un antiguo senador, a uno de sus máximos referentes y patrocinadores. El ascenso de la aristocracia civil y el auge de la burocracia registrado en este periodo, tanto como el encumbramiento de Miguel Psellos como principal representante de la vida espiritual del Imperio son recogidos también por Ataliates en su “Historia”: “Fundó un museo de legislación poniendo a su frente a un custodio de las leyes, pero también se preocupó de la excelsa enseñanza de la filosofía y eligió como proedro de los filósofos a un hombre que se distinguía entre sus contemporáneos por su saber[23]. Animó a los jóvenes al cultivo de las letras y las ciencias, facilitando su labor con profesores y recompensando sus dotes oratorias con premios imperiales. Fundó también un departamento de derecho civil, llamando a su presidente con el nombre de encargado de los juicios. En él, por una parte, los jueces de las provincias redactan las actas y, por otra, se depositan las copias de los registros para evitar toda sospecha”[24].

Fue sin lugar a dudas el reinado de Constantino IX Monómaco un periodo de bonanza sin precedentes para los intelectuales, muchos de los cuales yacían enquistados en los solapamientos de la estructura estadual, gastando a mano llena y sin ningún tipo de control, a juzgar por lo que Ataliates describe cuando se refiere al legado de la obra de dicho basileo: “Fue un buen gobernante, de ilustre linaje, pródigo en dádivas y proclive a beneficiar a sus súbditos que se preocupaba por conseguir victorias militares y hacía frente a los enemigos en la medida de sus fuerzas; pero sus inclinaciones lo hacían sensible a los lujos de una vida relajada y no sabía resistirse a la llamada de Afrodita. Le gustaban los objetos delicados, las chanzas de los bufones, las ocasiones de solaz y todo cuanto el alma animal traba y une de raíz”[25]. Esta claro, a juzgar por las propias palabras del autor, que a medida que el recuerdo de Basilio II se tornaba más endeble desvaneciéndose por la lejanía en el tiempo, más dilapidadores y de fácil pasar resultaban ser los nuevos emperadores. Y si no, veamos el párrafo que Ataliates ensaya a renglón seguido: “También había construido edificios nuevos en diferentes lugares y era una de sus mayores preocupaciones exornarlos con restauraciones incesantes. Pero lo que prefería por sobre todas las cosas era el monasterio en el que había erigido una magnífica iglesia que lleva el nombre del célebre santo y mártir Jorge, que fue embellecida con otras construcciones imperiales y constituía un lugar sumamente placentero por los prados que la rodeaban y sus plantas primaverales, hasta el punto de que los espacios al aire libre rivalizaban con los edificios y quien contemplaba la armonía de unos y otros experimentaba un gran placer”[26]. Esto, en cuanto al uso de las reservas atesoradas en los tiempos del Matador de Búlgaros, un agujero en las finanzas del Imperio que cada vez era más difícil de sobrellevar. Luego, en relación a las excentricidades de Monómaco, una faceta desconocida en la vida de Basilio II, Ataliates agrega: “Estando por naturaleza dotado para los grandes proyectos y siendo pródigo en gracias imperiales, también hizo traer de tierras extranjeras, para sus súbditos, especies poco comunes de animales, entre las que se encontraba el elefante, el mayor de los cuadrúpedos, que produjo maravilla entre los constantinopolitanos y demás romanos que lo vieron pasar”[27].

Constantino IX Monómaco y Zoe. Mosaico. Sta Sofía.

Las referencias aportadas por Ataliates en torno al reinado del sucesor de Constantino IX, Miguel VI Estratiótico (1056-1057), tampoco son para nada halagüeñas en lo referido al manejo concienzudo y mesurado de la cosa pública.  “Que el poder estuviera así repartido entre muchas y muy distintas personas y que todos sus ministros dejaran patente su sed de poder suscitó gran revuelo y confusión entre los aristócratas y el pueblo, quienes apelaban a los principios de la democracia, pues la prosperidad era privilegio exclusivo de aquella facción y de las personas  de un modo u otro vinculadas al emperador, tanto si se dedicaban con empeño al interés general como si le aportaban solo perjuicios e ineficacia, mientras que los demás carecían de voz, aunque se sometieran a su estúpida inocencia y vanagloria”[28] . También ya se ha visto cómo en el reparto anual de dignidades y dádivas, este basileo ofendió a los aristócratas militares de Asia menor, encabezados por Isaac I Comneno, llevándoles a tomar las armas contra el poder central.

Habiendo pues resumido el gobierno de cada uno de los emperadores que reinaron en Bizancio desde la muerte de Basilio II, acaecida en 1025, hasta la deposición de Miguel VI el Viejo, se podrá comprender la premura con la que Isaac I decidió acometer la labor restauradora. En su mente aún pervivían los recuerdos de la sobria y eficaz administración de Basilio II y, al contrastarles con las experiencias vividas bajo sus sucesores, quedó claro para el Comneno que había llegado el momento propicio para dar el golpe de timón que facilitara un retorno a las fuentes. Esto, al menos en cuanto a los principios rectores de la administración estadual, ya que no de la legislación que defendía al minifundio, cuya presencia había menguado a la par que la autoridad del poder central frente a la nobleza civil y militar.

El reinado de Isaac I Comneno. Primeras medidas administrativas.

Si la “feudalización” de un estado no es otra cosa que una medida de la pérdida de autoridad del poder central frente a las fuerzas centrífugas que pretenden su descentralización y traspaso hacia las bases, quedó claro que con la ascensión al trono de Isaac I la aristocracia militar pudo saborear las mieses de la victoria que antes se le habían negado cuando los enfrentamientos entre Basilio II y los generales Bardas Focas y Skleros. Hacia 1057 existían aún soldados campesinos y labradores libres que cultivaban la tierra acorde con la legislación antilatifundista implantada en el siglo precedente por los primeros soberanos de la dinastía macedónica. También seguía vigente el sistema de themas establecido desde los tiempos de Heraclio (610-641), en virtud del cual el estado bizantino había reunificado en las manos de una sola persona el poder civil y militar de una jurisdicción o provincia. Con todo, la degradación sufrida por la legislación que protegía los intereses de la pequeña propiedad frente a los terratenientes auguraba un período de años amargos para la defensa de las fronteras, salvo que la disminución de soldados campesinos fuera compensada mediante la contratación de los poco fiables mercenarios. Pero para conseguir esto había que propiciar primero la acumulación de recursos, lo que dependía a su vez de un efectivo control del gasto y de un manejo más racional de los recursos del estado. Una alternativa al empleo de mercenarios consistía en volver a poner en circulación tierras inmovilizadas en poder del clero y del latifundio, que antes habían pertenecido a trabajadores libres y que habían decantado hacia los poderosos debido a la desesperante situación de los sectores más débiles. La inclusión de tierras ociosas al circuito productivo redundaría obviamente en la ampliación de la base impositiva o, en el peor de los casos, en la obligación de los campesinos beneficiados con la medida a prestar servicio militar. Con todo, hacia donde quiera que se moviese, el basileo acabaría despertando la animosidad de algún sector de la sociedad, cuyos derechos acabarían siendo ignorados en pos del bien común.

Ni bien Isaac se hubo establecido en el palacio imperial pudo comprobar el estado deplorable de las finanzas y la acuciante situación del erario, que solo reconocía bóvedas vacías donde treinta años antes había habido pilas interminables de talegos de oro. Desde el primer instante sus decisiones persiguieron el objetivo supremo de volver a lograr el superávit de las cuentas públicas y niveles de ahorro acordes con los requerimientos de defensa. En este sentido, las principales disposiciones dictadas por el nuevo emperador se centraron en confiscaciones a gran escala y en recortes presupuestarios de los que solo se salvó el ejército imperial.

En relación con los recortes al presupuesto, Miguel Ataliates llega a ser muy gráfico en su obra: “Por otra parte, fue el primer emperador que recortó el presupuesto de la administración; como un cazador insaciable, de todas partes extraía dinero”[29]. Pero no es sino Psellos quien gana en retórica y elocuencia cuando se refiere a la colosal tarea de reformular el estado emprendida inmediatamente por el Comneno: “Ahora bien, si el emperador, del mismo modo que en los otros terrenos, con pequeños avances y progresos, había enderezado el rumbo del Estado, también hubiera purgado a la administración civil de la enfermedad que la consumía, rebajando al principio su maligna inflamación y aplicándole luego la pertinente cura, sin duda se habría visto eternamente coronado de elogios y el cuerpo del Estado no habría padecido conmoción alguna”[30]. Todo lo cual nos da una idea de improvisación y falta de tacto al momento de acometer la grandiosa tarea: improvisación por que, según parece, el emperador actuaba bajo la apremiante necesidad de lograr liquidez a cualquier costo y, falta de tacto, por que en lugar de avanzar gradualmente con su proyecto, Isaac resolvió acometerlo todo al mismo tiempo y sin reparar en el ánimo de los afectados por las medidas. Un grave error de cálculo que, como veremos más adelante, condicionaría toda su labor.

Las expropiaciones a gran escala, a su vez, llevaron al emperador a apoderarse de muchas tierras sin el debido sustento legal, lo que encendió el descontento generalizado entre los sectores afectados. Pero no fue sino la decisión de incluir entre los expropiados al mismísimo clero lo que colocó al basileo en el ojo de la tormenta. La justificación que hacen tanto Psellos como Ataliates del proceder intempestivo de Isaac con respecto a los bienes de la iglesia oriental se sustenta en el hecho de que gran parte de la sociedad bizantina miraba con malos ojos el desaforado enriquecimiento logrado por los monjes en los últimos tiempos y cómo tal enriquecimiento les había hecho perder de vista el fin último y la razón de su existencia, que era velar por la salud espiritual de los fieles y procurar su partida hacia el Paraíso en el momento preciso en que les visitase la parca. Psellos, por ejemplo, se refiere a ello de la siguiente manera: “Continuando luego con esta progresión, añadió a la lista de los desposeídos también a los quemadores de incienso[31], a los que privó de la mayor parte de las prebendas asignadas a sus templos e hizo que fueran tributarios del fisco. Se les dejó solo lo que se calculó que les bastaba para vivir, haciendo que el nombre de lugares de ascesis adquiriera para ellos un significado real”[32]. Entretanto, Miguel Ataliates se despacha con un párrafo similar al de su colega: “El emperador se abalanzó también sobre algunos monasterios[33] que poseían grandes fincas y ricas explotaciones que no desmerecían en nada a las que engrosaban el tesoro imperial y les quitó muchas de ellas, dejando a los monasterios y a los monjes una cantidad suficiente bajo control fiscal y destinando lo sobrante a las arcas del Imperio. Puede dar la impresión de que tal actitud era irregular o impía y sugerir de entrada a las gentes piadosas que se trataba de algo similar al saqueo de un templo, pero, a los que juzgan los hechos con circunspección, tal medida no resultaba en lo absoluto fuera de lugar, porque se estimaba que era doblemente útil: por un lado apartaba a los monjes de preocupaciones inadecuadas a su estado y alejaba de los asuntos crematísticos a quienes estaban educados en la pobreza; por otro, no les privaba de nada acorde con sus necesidades y liberaba de su carga a los campesinos de la vecindad. Y es que los monjes descuidaban sus obligaciones para atender a la suntuosidad y opulencia de sus propiedades, pues su codicia había llegado a ser enfermiza y a dominarlos y, en las ocasiones que llevaban a juicio a sus adversarios, eran ellos quienes ganaban gracias al peso de sus propiedades y de su dinero y por que estaban exentos de rendir cuentas sobre ellos, y reclamaban su devolución si vencían a sus oponentes.”[34]. Detrás de tan florido lenguaje, los párrafos de uno y otro autor no hacen más que revelar las diferencias surgidas en el seno de la sociedad bizantina y que el gobierno de los burócratas y funcionarios civiles había contribuido a agudizar en perjuicio de la capa más pobre de pequeños cultivadores, obligados a la sazón a trabajar las tierras del clero.

En todo caso, la resistencia inicial que halló el emperador ni bien puso en práctica su plan para reflotar las finanzas pronto fue acallada por la contundencia de los resultados obtenidos. Por caso, Ataliates asegura que “la hacienda pública aumentó sus ingresos, lo que supuso un respiro más que regular, exento de cualquier perjuicio a terceros”[35]. Mientras que Miguel Psellos resume la impresión causada en la sociedad merced al siguiente párrafo: “Estas acciones conmocionaron de momento a muchas personas, pero luego la calma se impuso en los ánimos de la mayoría de ellas, ya que el saneamiento de las finanzas bastó para refutar a los que querían criticar las acciones del emperador[36].

Otros autores también se refieren a la voracidad fiscal del nuevo emperador. Por ejemplo, Skylitzes asegura que, en vista de la escasez de numerario, el basileo se convirtió en un recaudador exigente de fondos por las deudas debidas al fisco, empeñándose asimismo en reducir las dietas de los funcionarios y senadores, eliminar los gastos innecesarios para favorecer el ahorro, aumentar las propiedades de la corona mediante la confiscación de propiedades privadas, cosa que se logró haciendo caso omiso del espíritu de las crisóbulas emitidas, sin mencionar el asunto de las expropiaciones de tierras improductivas monásticas[37]. Del mismo modo, Juan Zonarás, sin quedarse atrás, recoge sus propias observaciones al respecto y, al igual que el resto de los cronistas, destaca que las medidas del basileo no distinguían entre débiles o poderosos, afectando por igual a cada individuo de la sociedad, inclusive al omnipresente clero y a los hasta hace poco intocables senadores. Entretanto, el emperador volvía a dar prioridad al ejército, repartiendo las dignidades correspondientes según los méritos demostrados en la campaña contra Miguel el Viejo y despachando de regreso a las tropas a sus bases asiáticas, con la condición que acudiesen a su llamado para luchar contra los bárbaros ni bien él se los ordenase.

Nubarrones sobre el horizonte. Miguel Cerulario.

En la figura de Isaac I Comneno, el estado bizantino halló a la persona indicada para confrontar la desesperante situación interna generada por años de descontrol y débiles gobiernos. Pero su irrupción en el poder se produjo irremediablemente justo cuando otra personalidad fuerte manejaba la vida espiritual del Imperio desde el solio patriarcal: Miguel Cerulario. Aunque aliados por necesidad desde los comienzos de la revuelta contra Miguel VI Estratótico, pronto se haría patente que la calma entre ellos no duraría mucho. Miguel Ataliates nos refiere el espeso clima que se vivía en Constantinopla en los primeros meses del reinado del Comneno: “Por aquel tiempo el patriarca, exaltado por el sentimiento de superioridad, creyéndose con más autoridad sobre todo tipo de asuntos de la que correspondía su cargo y confiado en la benevolencia del soberano, en innumerables ocasiones lo reprendía cuando una decisión imperial no le complacía, valiéndose unas veces de actitudes y consejos paternales y, otras, de órdenes insultantes y amenazadoras para oídos desacostumbrados por las alabanzas y las palabras agradables y lisonjeras, de modo que al poco tiempo se enemistó con el emperador, quien acabó por considerar insultante lo que hasta entonces tenía por consejos”[38].

Sta Sofía. Administración financiera independiente con Cerulario.

En este punto cabría preguntarse si la reivindicación del poder temporal hecha por Miguel Cerulario era a título personal o en representación de la Iglesia Oriental en su conjunto. Acorde con las palabras de Ataliates, parece ser que el patriarca apoyaba firmemente la idea de su preeminencia por sobre la del basileo, lo que daría a pensar en una reivindicación al mejor estilo romano del poder temporal. El caso es que, habiendo ocupado el solio patriarcal en 1043, Cerulario se había movido desde entonces casi con total impunidad aprovechando la débil personalidad del emperador de turno, Constantino IX Monómaco, y ya en 1054 había demostrado su poder en ocasión del Cisma de Oriente. El caldo de cultivo que había propiciado la separación de las Iglesias en ese entonces, reconocía básicamente tres ingredientes esenciales al decir de Ostrogorsky: “un papado opuesto a cualquier situación de compromiso, un patriarcado igualmente fuerte y embargado por la convicción de su propia soberanía; y junto a ellos un emperador débil incapaz de oponerse a la marcha de los acontecimientos”[39]. Las causas, entretanto, eran en esencia las mismas que habían atribulado el patriarcado de Focio en el siglo IX: la controversia en torno a la filioque y otras relacionadas mas que todo con los usos y las costumbres de ambas iglesias tal como las diferencias suscitadas en torno al empleo del pan fermentado o ácimo, el celibato eclesiástico y el ayuno sabático romano. Constantino IX, que en un principio había dado su apoyo a la delegación romana empezó a titubear ante la presión de Cerulario, de modo que cuando los legados papales depositaron una bula de excomunión contra el patriarca, el 16 de julio de 1054, nada estaba resuelto aún, al contrario de lo que creían los emisarios occidentales. En este crucial punto de las disputas teológicas, el omnipotente Cerulario consiguió hacer torcer las simpatías del endeble Monómaco en su favor, y él mismo se dio el lujo de contraatacar reuniendo un sínodo para hacer probar su propia medicina a sus enemigos. Lo cierto es que, envalentonado por tal despliegue de poder y favorecido por la laxitud del basileo, el patriarca seguramente empezó a pensar con seriedad en la posibilidad de recrear una entidad religiosa que tuviese los mismos aditamentos de su par romano. En otras palabras, favorecer un reordenamiento de las relaciones de autoridad entre la Iglesia y el Estado bizantino con una mejora ostensible en el posicionamiento de la primera.

Desde el Gran Cisma de 1054 las manifestaciones de poder hechas por Cerulario, se sucedieron sin solución de continuidad y fueron recogidas por algunos cronistas contemporáneos, casi sin darse cuenta de su significación. Por ejemplo, de la obra de Psellos podemos rescatar dos pasajes a este respecto, estrechamente vinculados entre sí, que ineludiblemente ponen de manifiesto la importancia adquirida por el patriarca de Constantinopla en el devenir de los asuntos inherentes a la corona imperial. El primero de ellos es un consejo que Psellos da a Miguel VI Estratiótico para salvar el trono frente a las aspiraciones del usurpador Isaac Comneno, y al cual ya nos hemos referido: “Puesto que sabía que se había enfrentado al Gran Arzobispo por una divergencia de opiniones y que aquél estaba resentido contra él, el primer consejo que le di fue que pusiera fin a todas las discrepancias que tenían y concertase con él pensamientos y propósitos, pues en aquellos momentos el poder de éste era determinante y habría podido apoyar a los usurpadores si el emperador no se les adelantaba y no se aseguraba su fidelidad sin ambages”[40]. Esta claro que mientras que la autoridad de Miguel el Viejo parece diluirse entre su propia impericia e incompetencia, la de Cerulario resplandece desde el firmamento como un llamador para almas necesitadas de respaldo. El segundo pasaje que pone de relieve la importancia trascendental adquirida por el patriarca está estrechamente ligado al anterior: “Luego, no obstante, se abstuvo de seguir el primer consejo, cuyo simple incumplimiento bastó para llevarle a la ruina…”[41]. El autor se refiere aquí a las consecuencias que le acarrearon a Miguel VI el hecho de haber desatendido su sugerencia de acudir a Cerulario en busca de ayuda. Que un emperador legítimo tuviese que recurrir al patriarca para proteger sus derechos frente a las apetencias de un usurpador nos da la pauta de hasta dónde había crecido la figura de Cerulario justo antes de la entronización de Isaac I Comneno.

Ataliates, por su parte, también nos ofrece un vívido relato sobre cómo el Gran Arzobispo se cobró el apoyo prestado al Comneno en vísperas de la deposición del Estratiótico: “Pero por delante de los demás, mostraba un gran respeto hacia el patriarca, a quien honraba como a un padre; concedió a sus sobrinos el lustre de mayores dignidades y los puestos de mayor responsabilidad y, al poco tiempo, cedió a la Gran Iglesia los derechos imperiales sobre los asuntos sacerdotales, que quedaron completamente enajenados de palacio, de manera que el emperador no podía poner a nadie al frente de la gestión ni del cuidado y protección de las sagradas reliquias, sino que dependían del poder del patriarca tanto los nombramientos de cargos como la administración de los asuntos eclesiásticos”. Dicho de otra manera, lo que Isaac I Comneno estaba cediendo, a juzgar por las palabras del cronista, era una administración financiera independiente a Santa Sofía, otro indicio del grado de autoridad adquirido por Cerulario en esa época.

Estaba claro pues que con dos personalidades tan fuertes en ciernes, un choque entre ellas era solo cuestión de tiempo para dictaminar cuál se impondría y cuál aceptaría quedar relegada a un segundo plano. Nunca como en ese momento el Imperio había asistido a la posibilidad de que el poder espiritual se encumbrara por sobre el temporal, a la usanza romana.

Deposición, exilio y muerte.

Gracias a Miguel Ataliates podemos conocer en detalle el derrotero de Cerulario, desde las mieles del éxito en la gran iglesia de Justiniano, hasta la acritud del destierro al que se le condenaría poco tiempo después[42]. Psellos, en cambio, intencionalmente omite los detalles a este respecto por haber tomado partido en el proceso contra el patriarca; de su puño y letra saldría el acta acusatoria que propiciaría la caída en desgracia del santo hombre, como se verá en breve. Así, pues, hacia noviembre de 1058, Isaac I se apresuró a hacer su movida para neutralizar la ambición desmedida de su adversario: empleando a un acólito para distraer la atención de Cerulario y hacerle bajar la guardia, le fue posible prender al patriarca luego de que un grupo de soldados irrumpiera en plena disertación. Acto seguido, el Gran Arzobispo fue conducido a lomo de un asno al barrio de Blaquernas, en el noroeste de la capital, desde donde, embarcado de inmediato en una chalupa, sería enviado al destierro junto con su círculo íntimo de parientes y colaboradores (8 de noviembre de 1058).

La osada movida de Isaac, sin embargo, no podía considerarse exitosa ya que Cerulario marchó al exilio sin renunciar a sus derechos como patriarca, soportando la dura prueba con encomiable estoicismo[43]. Se hizo pues imprescindible convocar a un sínodo para deponerle y, con ese propósito, el basileo encomendó a su consejero, Miguel Psellos, la misión de redactar el escrito acusatorio contra su antiguo amigo y compañero. Por eso no deja de sorprender el siguiente pasaje del doble filósofo: “Si alguien quisiese juzgar el enfrentamiento entre ambos, acusaría al patriarca por haberlo iniciado y censuraría al emperador por cómo lo concluyó y porque se quitó de encima al patriarca como si fuese un fardo pesado que llevaba sobre sus espaldas”[44]. Aunque considerando que luego Psellos ensalza en un epitafio a Cerulario como el más famoso precursor de la verdad y la personificación de las virtudes[45], se puede descubrir hasta qué punto el súper ministro y filósofo no tenía escrúpulos para evitar perder influencias en los asuntos de estado. La repentina muerte del patriarca en el destierro salvaría, no obstante, la piel de Psellos al evitar que su carta condenatoria saliera a la luz[46].

Una vez que se hubo conocido la noticia de la muerte del patriarca, Isaac I Comneno, más que todo para quedar en paz con su conciencia, ordenó que se trajese de inmediato el cuerpo de su rival y que se lo enterrase con todos los honores en la capital imperial[47]. El posterior nombramiento de Constantino Leicudes para reemplazarle en el puesto[48], en lo que sin duda alguna tuvo que ver la mano del influyente Psellos, pareció devolver la tranquilidad al Imperio y el alma al cuerpo del basileo. Entre las sombras, no obstante, los enemigos del emperador empezaban a cerrar filas, cada vez más decididos a plantar cara ante la persecución impositiva y las confiscaciones que les tenían como objetivo.


[1] El monasterio de Studion fue fundado a mediados del siglo VI por el cónsul Studios, en el barrio constantinopolitano de Psamathia. El edificio propiamente dicho sufrió duramente a causa de la caída de Constantinopla en poder de los cruzados, en 1204, y, posteriormente, con la conquista otomana (1453), cuando definitivamente quedó arruinado. Entre los monjes que descollaron dirigiendo en tanto que superiores los avatares del monasterio, se pueden citar a Sabbas y a San Teodoro Estudita.

[2] Presian II, zar de Bulgaria en 1018.

[3] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 93. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[4] Psellos se refiere aquí a la batalla de Polemón y Hades.

[5] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 383. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[6] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 47, Cap. VII, Miguel VI Estratiótico. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[7] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Págs. 389 y 390. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[8] Ibid, Pág. 390.

[9] Ibid, Pág. 390.

[10] Ibid, Págs. 390 y 391.

[11] Juan Orfanotropo, su hermano mayor, que era además eunuco.

[12] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 391. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[13] Ibid, Pág. 391.

[14] Ibid, Pág. 391.

[15] Ibid, Págs 391 y 392.

[16] Ibid, Pág. 392.

[17] La moderna Sofía, capital de Bulgaria.

[18] Miguel Ataliates, “Historia”, Págs. 7 y 8, Cap. III, Miguel IV Paflagonio. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[19] Ibid, Pág. 10. Cap. Miguel V Calafates.

[20] Se le llama así en virtud de que la misma procedía de la provincia de Paflagonia, en Asia Menor.

[21] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 10, Cap. IV, Miguel V Calafates. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[22] Ibid, Pág. 15. Cap. Constantino IX Monómaco.

[23] Miguel Ataliates alude aquí al propio Miguel Psellos.

[24] Miguel Ataliates, “Historia”, Págs. 17 y 18, Cap. V, Constantino IX Monómaco. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[25] Ibid, Pág. 36.

[26] Ibid, Pág. 36.

[27] Ibid, Pág. 36.

[28] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 40, Cap. VII, Miguel VI Estratiótico. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[29] Ibid, Pág. 47, Cap. VIII, Isaac I Comneno.

[30] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 388. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[31] Los monjes.

[32] Ibid, Pág. 395.

[33] Los lugares de ascesis a los que se refiere Psellos.

[34] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 47, Cap. VIII, Isaac I Comneno. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[35] Ibid, Pág. 48, Cap. VIII, Isaac I Comneno.

[36] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 395. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[37] La “Skylitzes continuatus” es una crónica que cubre los años 1057-1079 y que bien puede atribuirse a Juan Skylitzes, dada la similitud de estilos que solo reconoce diferencias apenas perceptibles que pueden obedecerse a la maduración artística de dicho autor.

[38] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 48, Cap. VIII, Isaac I Comneno. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[39] Georg Ostrogorsky, “Historia del Estado Bizantino”, Pág. 331, Akal Editor, 1984.

[40] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 357. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[41] Ibid, Pág. 358.

[42] Posiblemente en la isla de Imbros.

[43] Miguel Ataliates describe la actitud de Miguel Cerulario en el destierro con lujo de detalles, señalando que el orgulloso patriarca había asumido el duro trance con una resignación digna de alabanzas, “sin llamar sufrimiento al sufrimiento sino quema perfecta y aprendizaje en el camino de la perfección y de acceso a una virtud superior”, algo digno de los antiguos mártires del Cristianismo primitivo.

[44]Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 398. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[45] Georg Ostrogorsky, “Historia del Estado Bizantino”, Pág. 335, Akal Editor, 1984.

[46] El papel desempeñado por Psellos en el asunto del sínodo convocado contra Cerulario es recogido por Ataliates en su obra, donde sin embargo no se le alude con nombre y apellido: “Entraron en la conjura algunos dignatarios de palacio que no ignoraban la fama de este hombre, pero que se avinieron a ello por conveniencia, con la inmadures propia de los aduladores”. No obstante, la confusión se plantea desde que tal párrafo es introducido antes de la mención de la convocatoria del sínodo de deposición para el que el escrito condenatorio de Psellos sí era un elemento imprescindible.

[47] La conmoción causada por la noticia de la muerte de Cerulario ciertamente alteró la naturaleza confiada y autosuficiente de Isaac. En un arranque de indulgencia espontánea y de búsqueda de alivio, el basileo concedió a algunos parientes del patriarca muerto el derecho de palabra en su presencia. Es así que, a partir de entonces, su sobrina Eudocia Macrembolitissa, esposa de Constantino Ducas, es aceptada en la corte.

[48] Constantino III Leicudes se desempeñaría como patriarca de Constantinopla desde 1059 hasta 1063, año en que su muerte determinaría la entronización en el solio patriarcal de otro amigo de Miguel Psellos, Juan VIII Xifilinos (1064-1075)

Fuentes documentales:

a) Primarias.

Miguel PsellosVida de los Emperadores de Bizancio o Cronografía, Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

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Juan Skylitzes“Sinopsis de la Historia Bizantina, 811-1057”, traducido por John Wortley, Cambridge University Press 2010, ISBN 978-0-521-76705-7.

Miguel AtaliatesHistoria, Inmaculada Pérez Martín, España, ISBN 84-00-08014-9. 2002.

Juan ZonarasLibro de los Emperadores, versión aragonesa del compendio de Historia Universal patrocinada por Juan Fernández de Heredia, Prensas Universitarias de Zaragoza, España, 2006. ISBN 84-7733-826-4.

b) Secundarias.

Steven RuncimanHistoria de las Cruzadas, Vol. I, Alianza Universidad, versión española de Germán Bleiberg, 1980, ISBN 84-206-2059-9.

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Carlos DiehlGrandeza y Servidumbre de Bizancio, Espasa-Calpe SA, Colección Austral, 1963.

John Julius NorwichBreve Historia de Bizancio, Cátedra Historia Serie Mayor, 1997, ISBN 84-376-1819-3.

Claude CahenEl Islam, desde los orígenes hasta los comienzos del Imperio Otomano, Editorial Siglo Veintiuno, 1975, ISBN 83-323-0020-9

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Autor: Guilhem W. Martín. ©

Todos los mapas son de propiedad de https://imperiobizantino.wordpress.com/

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