IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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    Guilhem
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El ascenso de los Comnenos: Isaac I. (Parte 3).

Posted by Guilhem en marzo 5, 2012

El ascenso de los Comnenos.

Isaac I (1057-1059). Parte III.

Extracto: El breve reinado de Isaac I Comneno (1057-1059), con el que la clase castrense pretendió apuntalar el poderío imperial, acabó en el infortunio cuando el basileo, medio enfermo y medio intimidado por sus rivales del partido civilista, adoptó los hábitos religiosos y se retiró como monje al convento de Studion, en 1059. Los burócratas civiles volvían a tomar las riendas del Imperio. Sin embargo, casi sin darse cuenta, Isaac había logrado mediante alianzas dinásticas con la poderosa familia Ducas dejar expedito a sus familiares el camino hacia las más altas esferas del poder.

Parte III: Resignación, tonsura y abdicación.

Isaac Comneno, como general, según la óptica de Psellos y Ataliates.

Habiendo pues identificado debidamente el estrato social al cual pertenecían nuestras dos principales fuentes, esto es, Miguel Psellos y Ataliates, resta ahora exponer y comentar algunas de sus apreciaciones sobre la figura de Isaac Comneno, antes de que el mismo asumiese la púrpura imperial. Dicho en otras palabras, cómo una persona funcional al poder de turno (Psellos)[1] y cómo un funcionario público (Ataliates)[2] que simpatizaba con el ejército, se referían a un tercer individuo que, procedente de la aristocracia militar, habría de ocupar el trono imperial luego de una seguidilla de años de dulce preeminencia civilista[3]. No obstante, es preciso señalar en este punto que, dado que Ataliates estaba más habituado a la vida en campaña, sus simpatías no se correspondían como puede suponerse con la de aquéllos funcionarios más identificados con el estrato burocrático y capitalino, sino más bien todo lo contrario.

Aún en su rol de general, ya que todavía no emperador, Isaac Comneno levanta comentarios interesantes en los escritos de los cronistas antes mencionados. Analicemos caso por caso, comenzando por Miguel Psellos y haciendo un resumen sobre los mejores párrafos de su obra a este respecto:

a) Referidos al momento que va desde que los generales asiáticos se entrevistan por primera vez con Miguel VI hasta el cónclave secreto de Santa Sofía.

  • En alusión a la primera audiencia concedida por Miguel VI a los militares que habían acudido para reclamar el mismo trato dispensado a la corte y a cuyo frente se hallaba Isaac Comneno, el súper ministro dice: ““Penetraron en la estancia hombres bravos, verdaderos héroes…”[4].
  • También, en relación con aquella audiencia: “… pero el emperador les impuso silencio. Incluso aunque hubiera despreciado a los demás, habría sido preciso que hubiera gratificado a Isaac con toda clase de honores y alabanzas, pero también a éste le negó su favor”[5].
  • Luego, en un segundo intento de la comitiva militar oriental por hacer entrar en razón a Miguel VI, en el momento de la distribución de honores y dignidades, el súper ministro escribe lo siguiente: “Poco faltó para que todos de repente se abalanzasen sobre él (Miguel VI) y le pusiesen las manos encima, echándolo del poder. Pero los contuvo Isaac, diciendo que aquél asunto requería de una prudente deliberación”[6].
  • Y, a renglón seguido, Psellos introduce un párrafo por demás sugerente acerca de la personalidad del general usurpador: “Isaac renunció ante todos a la dignidad imperial, pues decía que cualquiera de ellos estaba capacitado para asumir el poder, pero todos le cedieron este honor. Era realmente el más destacado de ellos, no solamente por su linaje, sino porque su figura imponía autoridad y tenía un carácter noble y gran firmeza de ánimo. Parecía que en efecto se hacía respetar por su sola presencia”[7].

b) Desde el lapso de tiempo comprendido entre el retorno de los generales orientales a Asia Menor hasta los previos de la batalla de Hades y Polemón.

  • En el preciso instante en que los planes de la rebelión llegan a oídos del común de la gente, Psellos refleja la acogida de dicha noticia de la siguiente forma: “En efecto, una vez que todos se enteraron que un bravo general se había proclamado su emperador y de que las familias más poderosas se habían aliado a él, sin perder tiempo marcharon enseguida a su encuentro, compitiendo todos por llegar los primeros como si fueran corredores de carrera”[8].
  • A renglón seguido, el “doble filósofo”[9] nos entrega las siguientes líneas: “No obstante, cuando observaron que Isaac […] se ponía al frente del proyecto de usurpación y dictaba las decisiones que luego habría de tomar[10], dejaron por completo de lado sus dudas y corrieron a unirse a él, marchando en viril formación y preparándose para la guerra”[11].
  • Y, en relación con Isaac Comneno, asevera: “Él en cambio, aunque entonces era la primera vez que se ponía al frente de una conjura de ese tipo, afrontó aquella empresa con más prudencia que audacia”[12].
  • Luego, durante los preparativos para acometer la campaña contra el ejército imperial comandado por el eunuco Teodoro, Psellos agrega en relación con Isaac: “Pero aún hay otra cosa por la que merece que se lo admire y es el hecho de que a pesar de la gran multitud de hombres que se le unieron, él supo distribuirlos en contingentes distintos y separar a los soldados más valientes de los demás, de forma que encuadró en compañías y falanges a aquellos que sabían que templaban su audacia con el cálculo y su valor con el aplomo y confió a éstos la suerte de la guerra”[13].
  • En cuanto a las cualidades necesarias para detentar el liderazgo de una fuerza tan heterogénea en lo que hace a las ambiciones personales de cada uno de sus integrantes, el filósofo y clérigo dice: “Y mientras que en la mayoría de los ejércitos suelen producirse incidentes, ya que la mayoría de los soldados resultan ser más audaces que sensatos, él en cambio no alzaba su espada contra nadie y tampoco procedía enseguida contra los que cometían una falta, sino que los amedrentaba con una simple mirada. Bastaba con que frunciera el ceño para que cualquier castigo corporal estuviese de más”[14].

c) Desde el intervalo que corre desde la batalla de Hades y Polemón hasta la entrevista de Isaac Comneno con la embajada imperial, en Nicomedia.

  • Ante indicios que muestran claramente a la victoria volcándose a favor de las tropas del eunuco, Psellos resalta la actitud del general oriental en el campo de batalla: “La victoria parecía entonces quedar limpiamente de nuestro lado, pero el usurpador permanecía aún de pié, firme, en medio de la lucha, conteniendo tanto a perseguidores como a fugitivos”[15].
  • Al opinar sobre el comportamiento del usurpador y su manera de dirigirse a los embajadores, el ministro afirma: “Su actitud no era tanto la propia de un emperador como la de un general. En efecto, se incorporó levemente ante nosotros y luego nos invitó a sentarnos”[16].
  • Al respecto de la primera entrevista con el usurpador y de sus sencillas maneras en el trato con sus invitados: “Nos retiramos entonces admirados por la actitud de aquel hombre, que no nos dirigió enseguida un discurso largo y que no quiso saber de nosotros nada más que detalles de nuestro viaje y si habíamos tenido la mar agitada en nuestro viaje”[17].
  • Y, finalmente, cuando Isaac les comenta en privado sus planes a los emisarios imperiales y luego les invita a la mesa antes de despedirles de regreso, Psellos expresa: “Así, una vez sentados con él a la misma mesa, no dejamos de admirar sus excelentes cualidades, pues aquel hombre, descendido ya de su pose de usurpador, nos trató de manera más cordial”[18].

Miguel Ataliates, por su parte, acorde con su estilo literario, muchísimo más monocorde, plano y directo que el de Psellos, no incluye tantas descripciones referentes a Isaac sino que, por el contrario, le alude casi como si relatara una crónica:

  • Por ejemplo, en los previos de la revuelta: “Por esta causa, un noble miembro de una familia ilustre, de nombre Isaac y de apellido Comneno, aireado por el ninguneo y ultrajado por ciertos altercados, mostró su enorme descontento y puso a otros militares en conocimiento de lo que sucedía”[19].
  • Al referirse a cómo se iban conformando cada uno de los ejércitos en pugna que más tarde librarían la batalla de Polemón y Hades, Ataliates dice: “… cuando los rebeldes se levantaron en armas, muchos se unieron a ellos; al aumentar su número día tras día, consiguieron concentrar un gran contingente y dieron el rango de comandante en jefe a Isaac Comneno, el cabecilla de la conspiración. Sin embargo, muchos soldados del ejército de Oriente se pasaron al bando del emperador legítimo de Bizancio de modo que, mientras Comneno solo contaba con las tropas de Oriente, el emperador lo hacía con las que llegaban de allí sumadas a la totalidad de las fuerzas occidentales[20].

Y poca cosa más. En todo caso la “Historia” de Ataliates sirve a los fines de establecer y ordenar la secuencia de hechos que condujeron a la entronización del primer representante de la dinastía Comneno en el trono de Bizancio. Mas refleja una gran orfandad en cuanto a los apelativos y recursos a los que permanentemente echa mano Miguel Psellos en su “Cronografía”. En suma, la principal caracterización de los aspectos humanos, del comportamiento y de las capacidades innatas o adquiridas de Isaac Comneno, proceden de la pluma de uno de los máximos referentes del partido rival. Y he aquí dónde el extraño proceder de Psellos hace imperioso una revisión y un análisis del contenido de su obra relacionado precisamente con los reinados de Miguel VI e Isaac I. Caso contrario, ¿cómo se podría explicar el repentino cambio de parecer del ministro si no es a través de un cambio previo de bando? Hubo sin lugar a dudas una mutación sino ideológica al menos camaleónica, ya que Psellos llegaría a ser funcionario de Isaac Comneno, específicamente presidente del Senado; lo que quedaría por determinar es el momento preciso en que se produjo tal mutación, ya que si la ocurrencia de la misma se verificase antes de la deposición de Miguel VI, estaríamos hablando de una traición.

Siendo, pues, Psellos un orador de primera línea, y suponiendo que sus descripciones en torno a la figura de Isaac Comneno no constituyan un encomio encubierto, se puede llegar a inferir a través de ellas los rasgos particulares de la personalidad del general rebelde en este primer tramo de su vida pública. Ante todo, Psellos le reconoce como un héroe, un hombre bravo y prudente, capaz de generar la mayor de las admiraciones y de despertar los más sinceros reconocimientos entre sus acólitos. Isaac, pese a las presiones del entorno y a las humillaciones a la que es sometido por el emperador, opta siempre por la deliberación como el mejor de los caminos para evitar los males de la imprevisión. Por otra parte es una persona muy poco ambiciosa o egoísta que, tan pronto como se le ofrece la jefatura de la rebelión, hace un amago para rechazarla arguyendo que cualquiera de los que le acompañan está tanto o mas capacitado que él para asumir el mando. Al mismo tiempo Psellos nos presenta a un Isaac muy carismático, capaz de atraer a su causa a hombres procedentes de todos los rincones del Imperio. Y está claro que, a la vez que sus seguidores le aclaman por sus virtudes, sus detractores le agradecen por su manera tan particular de reprenderles en las malas: con una mirada fuerte o frunciendo el ceño, pero jamás levantando una espada contra ellos; sin ninguna duda, un atributo que, trascendiendo las generaciones, haría de uno de sus parientes, Juan II Comneno (1118-1143), uno de los mejores emperadores de Bizancio, al punto de ser elogiado como Juan el Bueno[21].

Mosaico de Juan II e Irene. Santa Sofía.

Conspiración en Bizancio.

Tan pronto como los embajadores arribaron a la capital imperial, Miguel VI envió por ellos para conocer el resultado de las negociaciones; estaba realmente ansioso y temía que, además de enemigos de puertas afuera, hubiera traidores entre sus propias filas. Seguramente debió de haberse mostrado encantado ante las alentadoras noticias que le traían, tanto más por cuanto las intenciones de Isaac, que les fueran reveladas a sus emisarios en privado, coincidían, al decir de Psellos, con las suyas propias. Lo que es más, para demostrar su buena voluntad aceptó incluso expulsar de la administración al protosynkellos León Paraspondylos, que tanto resquemor había causado en su momento entre los generales asiáticos. Por fin, luego prometer el cumplimiento de cada uno de los puntos propuestos por el usurpador, el basileo se dispuso a enviar de vuelta a sus embajadores al campamento de aquél, no sin antes apuntar su propia cláusula secreta: que la entronización de Isaac en el manejo de la cosa pública, entre lo que se contaba el ejercicio del poder imperial, sería pospuesta por unos días más. Miguel VI reveló allí mismo a sus delegados el motivo de tal prórroga: temía que el senado y la plebe se levantaran contra él al conocer la letra del tratado. Una vez impartidas las últimas instrucciones, despidió a la embajada que, en la mañana siguiente, volvió a embarcarse rumbo a Nicomedia.

Lo que a continuación tuvo lugar fue una secuencia de hechos confusos de la que los cronistas de la época apenas difieren en relatar. Psellos y sus colegas llegaron a destino donde volvieron a entrevistarse con el general asiático en un ambiente mucho más distendido y ameno que el de la primera oportunidad. En la gran tienda del usurpador, todos los presentes se mostraron encantados al escucharles y recibieron con beneplácito la noticia de la caída en desgracia del odioso protosynkellos[22]. Solamente Juan Skylitzes plantea en este punto algunas discrepancias con respecto al resto (Psellos y Zonarás); en primer lugar, que los rebeldes exigieron a la delegación que Miguel VI refrendase sus promesas a través de una crisóbula y, en segundo término, que Catacalon Cecaumeno fue el único entre los presentes que se atrevió a expresar su disconformidad y discutir su propio caso. Psellos y Zonarás, por el contrario, dan cuenta que la aprobación fue unánime y que todo el cónclave expresó su intención de aplazar la usurpación. El entusiasmo del primero al respecto, puede palparse a través de uno de los párrafos de su obra: “Nuestra segunda embajada se había coronado pues con éxito y nosotros fuimos entonces presa de una alegría indescriptible porque habíamos hecho a nuestra patria una importante contribución con nuestra elocuencia y nuestra sensatez. Nos preparamos pues para partir al día siguiente”[23].

No había terminado de celebrarse la audiencia cuando, desde Constantinopla, empezaron a llegar rumores acerca de una conspiración, devenida ulteriormente en revuelta, que había causado la abdicación de Miguel VI. Tanto en la gran tienda de Isaac como en los aposentos reservados a los emisarios, la noticia fue recibida al principio con cierta reserva y desconcierto. Pero, a medida que las horas fueron transcurriendo y nuevos mensajeros arribaron a Nicomedia trayendo más detalles, las dudas en torno a la identidad de los cabecillas y a sus motivos empezaron a disiparse. Psellos cita los hechos en retrospectiva, lo cual es lógico, dado que el levantamiento le sorprende negociando, junto con Leicudes y Alopos, en el campamento enemigo, en Nicomedia. No describe, por ende, quienes fueron los promotores de esta nueva revuelta, aunque se puede inferir a partir de la lectura de su obra, que el patriarca Miguel Cerulario estaba al tanto de la misma sino a cargo: “Puesto que sabía que se había enfrentado al Gran Arzobispo por una divergencia de opiniones y que aquél estaba resentido contra él, el primer consejo que le dí fue éste: que pusiera fin a todas las discrepancias que tenían y concertase con él pensamientos y propósitos, pues en aquellos momentos el poder de éste era determinante y habría podido apoyar a los usurpadores si el emperador no se les adelantaba y no se aseguraba su fidelidad sin ambages”[24]. En este párrafo Psellos alude a Miguel VI, por un lado, y a Miguel Cerulario, el Gran Arzobispo, por el otro, y el contexto no es otro que los instantes previos a la batalla de Polemón y Hades. La siguiente ocasión en la que el ministro vuelve a mencionar a Cerulario es descripta poco después, cuando el basileo resuelve ir directamente a plantar cara a los rebeldes sin atender los consejos de su asesor: “Luego, no obstante, se abstuvo de seguir el primer consejo, cuyo simple incumplimiento bastó para llevarle a la ruina…”[25]. El consejo en cuestión dado por Psellos a su señor era justamente hacer las paces con el patriarca a fin de quitar sustento legal a las pretensiones de los generales asiáticos. Está clara la importancia que Psellos asigna a la figura de Cerulario desde el momento en que su inconsulta sella la suerte del basileo. Finalmente, habiendo tenido lugar el enfrentamiento cerca de Nicea y las dos embajadas subsecuentes en Nicomedia, y estando la revuelta en Constantinopla en pleno estado de efervescencia, Psellos manifiesta: “unos agitadores y sediciosos, que nosotros sabíamos habían seducido la voluntad del senado, habían sembrado la confusión en la Ciudad y creado desórdenes por todas partes, amenazando con incendiar sus casas y con toda suerte de represalias a los que pretendían no tomar parte en su movimiento; que éstos irrumpieron con violencia en el recinto de la Divina Sabiduría, que se atrevieron incluso a violar el presbiterio y que luego consiguieron fácilmente hacer descender al Patriarca y nombrarlo corifeo de su coro; que en medio de grandes gritos maldijeron al emperador y lo cubrieron de toda suerte de insultos al mismo tiempo que aclamaban a Isaac como la única persona realmente digna del Imperio.”[26]. Dicho en otras palabras, los insurrectos exaltan a Isaac con la venia de Cerulario, lo que constituye otra prueba de la complicidad entre éste último y aquél.

Miguel Ataliates, por su parte, apelando a un ingenioso juego de palabras pretende poner en duda la participación del patriarca de Constantinopla en la conjura contra Miguel VI, aunque uno de sus párrafos resulta condenatorio con efecto de cosa juzgada: “Al día siguiente Comneno se puso al frente de sus tropas y se abrió camino hacia la capital. Antes de que se aproximara a la costa opuesta de la Ciudad, algunos dignatarios tramaron una conjura contra el soberano de Constantinopla. Si Miguel Cerulario, cabeza del arzobispado y patriarca, participó en sus planes o no, no está nada claro; en todo caso, si tenemos en cuenta lo que se presumía entonces y lo que sucedió después, podemos sospechar que la verdad no se correspondía con las apariencias, y es que todos sus actos refrendaban y apoyaban con complicidad a Comneno y estaba al corriente de la conjura desde el primer momento, como lo estaba el vestarca[27] Constantino Ducas, su hombre de confianza en razón de su amistad, rango y parentesco, ya que había desposado a una sobrina del patriarca, obteniendo de esta circunstancia un favor al que correspondía”[28]. Con todo, a medida que avanza en sus relatos, Ataliates termina adoptando y exponiendo un argumento similar al esgrimido por Psellos en lo referente a los sucesos que estallan dentro del mismo recinto de Santa Sofía. Por tanto, acorde con sus palabras, cuando los conjurados corren en dirección a la gran iglesia de Justiniano I y se congregan en su interior, insultando al basileo y aclamando a Isaac Comneno, el patriarca no tiene más remedio que allanarse a sus deseos con el loable fin de evitar otro coletazo de la guerra civil. Con respecto a las motivaciones de los conjurados, el autor en cuestión indica que a éstos les guiaba la indignación a causa de haber sido traicionados en su buena fe por Miguel VI Estratiótico, ya que el emperador había vulnerado su palabra de no someterse al Comneno ni compartir con él el poder imperial. La traición del soberano era, pues, la causa de su cambio de bando y, al mismo tiempo, la razón que les impelía a exigir la abdicación de aquél.  En suma, Ataliates sostiene que Cerulario, para evitar la prosecución de los enfrentamientos entre hermanos, aceptó el desplazamiento de Miguel VI por Isaac Comneno, tal como lo exigía la muchedumbre congregada en el templo. “Así, la ambigua decisión previa del patriarca se impuso sobre lo verosímilmente planeado por uno y otro bando, a consecuencia de lo cual comenzaron a tomar partido por Comneno y se vino abajo el poder del “Viejo” (tal era el nombre que le daba la facción que había conspirado contra él y ese apelativo prevaleció hasta hoy)”[29].

También Skylitzes y Zonarás se refieren en sus respectivas obras a la conjura pergeñada entre la penumbra y el olor a incienso de Santa Sofía. Por ejemplo, el primero afirma que Miguel Cerulario envió al legítimo emperador una comitiva para conminarle a dejar el poder, tonsurarse y recibir a cambio el reino de los cielos en lugar del trono[30]. Al mismo tiempo, otra embajada partía con presteza rumbo a Nicomedia para urgir a Isaac Comneno a presentarse en Constantinopla. Por su parte, Zonarás establece el siguiente diálogo en ocasión de apersonarse los enviados de Cerulario ante Miguel VI:

– ¿Qué me ofrecerían a cambio del reino? –pregunta el basileo.

– El reino de los cielos –le responde su interlocutor[31].

Asimismo, la cuestión relacionada con la presencia en Nicomedia de delegados enviados por Cerulario para requerir a Isaac Comneno su urgente desplazamiento a Constantinopla también es mencionada por Zonarás[32].

Entretanto, al otro lado de los estrechos, Isaac Comneno mantenía la calma en medio de la recalcitrante incertidumbre generada por el compás de espera que se había abierto al conocerse los sucesos que se estaban viviendo en Constantinopla. Inmersos en un mar de dudas, Leicudes, Psellos y Alopos se apresuraron en acudir a su tienda para obtener más datos cuando, súbitamente, un nuevo viajero se presentó en el lugar trayendo nuevas noticias:

  • que el emperador había aceptado adoptar el hábito de monje,
  • que la población de la capital aguardaba la llegada inminente del César y, por fin,
  • que había una nave imperial aguardando en el fondo de la bahía, con los portadores de antorchas que le escoltarían hasta el palacio que antes perteneciera a Miguel VI[33].

A Psellos la rutina desempeñada por el mensajero le pareció tan sobreactuada que prefirió mantenerse expectante, hasta que la llegada de nuevos emisarios, entre ellos uno de probada inteligencia y sentido común, terminó por convencerle de la autenticidad de los rumores.

La abdicación de Miguel VI, que efectivamente tuvo lugar ante la presión de Miguel Cerulario, es descripta con singular oratoria por Ataliates. En su “Historia”, el cronista destaca el altruismo y la munificencia del basileo caído en desgracia para gloria y regocijo de los conjurados: “Dieron orden terminante al Viejo de tonsurarse sin más dilación, si es que tenía apego por la vida, pues tal era la voluntad del pueblo. Aunque los soldados de la corte[34] y sus allegados se aprestaban a defenderse del ataque enemigo, hacerle frente con premura y asegurar el poder del emperador, éste no lo aceptó, alegando que era cuestión de misantropía a la par que de egoísmo el consentir que, por su culpa, la capital del imperio se viera mancillada con vidas humanas. Y bajando su mirada hacia los rojos borceguíes, Miguel dijo que por tales razones no traicionaría su piedad, arrojó las botas lejos de sus pies e inclinó la cabeza ante los que tenían la misión de tonsurarlo”[35]. En otro pasaje, Ataliates describe el doloroso momento de transición en la vida de Miguel VI, cuando el cambio de hábitos ya se hubo consumado: “El arzobispo[36] lo recibió sonriéndole con actitud amistosa y le dio un beso a modo de saludo, a lo que el emperador respondió con un –que Dios te bendiga a ti también, obispo, como mereces- y quedó confinado en una de las casas patriarcales, situada en un lugar retirado de la parte alta de la ciudad, después de haber reinado un solo año”[37]. Psellos, por su parte, alejado circunstancialmente del centro de la escena política debido a su estadía obligada en Nicomedia, junto al usurpador, apenas regala un escueto último párrafo a la memoria de Miguel VI Estratiótico: “El emperador Miguel el Viejo, después de cumplir el ciclo de un año en el imperio, descendió del poder. Sobrevivió apenas algo más de tiempo como un simple ciudadano. Luego abandonó esta vida[38]. Valiéndose de su propia experiencia y atendiendo a sus propias impresiones, tanto Psellos como Ataliates ofrecen un vívido relato de los hechos, que se solapan unos con otros sincronizándose a la perfección. Ello no podría haber sucedido de otra manera si no atendemos a la evidencia de que, siendo los dos contemporáneos de los eventos que se relatan, a uno, Psellos, le tocó vivir la coyuntura junto a Isaac Comneno, en Bitinia, mientras que al otro, Ataliates, le correspondió hacerlo en Constantinopla, muy cerca de Miguel VI y de Cerulario. Todo lo cual se puede inferir a partir de sus propios escritos y de cómo se complementan entre ellos, obviamente, sin proponérselo.

Constantinopla recibe a Isaac Comneno.

Una vez que las noticias del alzamiento contra Miguel VI, ocurrido en la capital imperial, alcanzaron el campamento de Isaac Comneno trayendo consigo información cada vez más precisa, se hizo patente que los resultados de las negociaciones mantenidas durante la víspera con Psellos, Leicudes y Alopos caían en saco roto. Fue tal la incertidumbre reinante a partir de la divulgación del rumor sobre la conjura, que Psellos y sus colegas apenas pudieron conciliar el sueño aquella noche. Y es que temían con razón que el general victorioso de Polemón y Hades se tomara venganza de la pomposa retórica esgrimida por los delegados de Miguel VI cuando, con motivo de la primera embajada, le dieran a entender que se trataba de un usurpador con todas las letras. El terror de Psellos se ve reflejado con claridad en uno de los párrafos de su “Cronografía”: “Creía que enseguida iba a ser inmolado como una víctima sacrificial, pues sabía que todos estaban furiosos conmigo y que no tardaría en morir masacrado y despedazado”[39]. Enorme fue la sorpresa del ministro y sus colegas cuando, a la mañana siguiente, mientras estaba alboreando, Isaac Comneno les mandó a buscar para pedirles consejo. Llama poderosamente la atención cómo a partir de ese momento Psellos deja de emplear el término “César” reemplazándole por el de emperador en el preciso instante en que se refiere a la persona del usurpador. Es casi también ésta la misma instancia donde el ministro subraya la tendencia de Isaac de considerarles cada vez más “confidentes y consejeros de sus primeras decisiones”[40].

Mientras la tonsura de Miguel VI en Constantinopla parecía ser un hecho consumado, en la orilla opuesta, Isaac Comneno, al decir de Skylitzes y Zonarás, mandaba a llamar a su lugarteniente, Catacalon Cecaumeno[41], y, dotándole de una considerable escolta, le enviaba delante, para que se trasladara de inmediato a Constantinopla y ocupara el palacio imperial. Pese a que ni Psellos ni Ataliates mencionan el asunto, la medida adoptada por el usurpador guarda cierta lógica desde que controlar las puertas de la sede donde se ejercía el poder aseguraba a cualquier pretendiente al trono un alto porcentaje de éxito frente a otros competidores. Por fin, habiendo partido Cecaumeno, Isaac se trasladó con su guardia personal al puerto, y, seguido por Leicudes, Psellos y Alopos, decidió marchar él mismo en persona a reclamar el trono vacante.

Rutas de Asia Menor en el siglo XI.

El arribo del general asiático a Constantinopla es retratado con lujo de detalles por Miguel Psellos, gracias a su condición de espectador privilegiado. Flanqueando seguramente a los palafreneros del emperador, el súper ministro recoge en su obra la algarabía generalizada de la población capitalina, que salió a recibir a la comitiva iluminando con antorchas su paso, bailando en derredor de los corceles y perfumando con aromas de incienso el espacio abierto del entorno por el que aquélla avanzaba. Habiendo presenciado numerosas ceremonias de coronación y procesiones religiosas, Psellos se sorprende de lo esplendorosa y cálida que le resulta esta nueva experiencia. Y es que, acorde con su propio testimonio, parece ser que el súbito desenlace acabó subvirtiendo la vida misma de los constantinopolitanos, sacando incluso a los ascetas de sus solariegas ermitas en la cima de las montañas o en los huecos de las rocas y arrojándoles como cantos rodados a las calles de la capital imperial. Un espectáculo portentoso. Así define el afamado ministro la entrada de Isaac Comneno en la Ciudad, que se produjo en horas del crepúsculo del 31 de agosto de 1057[42].

Sin dejarse impresionar por las mieles de la aclamación popular, el nuevo basileo hizo notar inmediatamente a Psellos su recelo y escepticismo ante las espontáneas muestras de apoyo: “Me parece, amigo filósofo, que esta cima de éxito en la que nos hallamos es engañosa y no estoy seguro de que todo concluya de manera favorable”[43]. A lo que el ministro replicó con otro argumento metafísico alentándole a perseverar en las reflexiones filosóficas como una manera segura de atraerse la buena voluntad de la justicia divina en la prosecución por la “derecha senda del éxito”[44]. Impresionado por la sapiencia y la oratoria de su interlocutor, Isaac le premió nombrándole presidente de la asamblea del senado. Como tantas veces en el pasado, Psellos volvía a subirse sobre la cresta de la ola, solo que en esta ocasión la situación era completamente distinta de las anteriores: por primera vez era ministro de un gobierno signado por la ideología de la aristocracia militar.

El primero de septiembre, luego de ocupar el palacio imperial, el nuevo emperador, al frente de un cortejo deslumbrante y seguido por una nutrida escolta, se dirigió a Santa Sofía para recibir la corona de manos de Miguel Cerulario. En el recinto de la gran iglesia asistió a la ceremonia subido a un estrado, donde el patriarca le ciñó la diadema imperial, proclamándole basileo, Isaac I Comneno, por la gracia de Dios. Entretanto, en el otro extremo de la ciudad, Miguel el Viejo o Estratiótico era conducido entre la penumbra de los pasillos episcopales a recibir la tonsura en su calidad de flamante monje. Limpiamente, Constantinopla había asistido no solamente a un cambio de emperador sino también a lo que todos suponían un cambio de régimen político[45].

¿Fueron Psellos y Ataliates capaces de advertir la significación del triunfo del Comneno en el horizonte imperial?

Si bien el presente trabajo se ha basado mayoritariamente en la información suministrada por fuentes primarias, es necesario destacar que entre éstas se ha dado preferencia a la “Cronografía” de Miguel Psellos y a la “Historia” de Ataliates. Y es que ambos autores fueron testigos de uno de los hechos que, a pesar de pasar casi desapercibido a primera vista, signaría el destino del Imperio en la última parte del siglo XI y a todo lo largo del siglo XII: Isaac I Comneno llegaba al trono como el abanderado de la aristocracia terrateniente militar, cuyo poder se sustentaba en los latifundios de Asia Menor. ¿Pero fueron nuestros cronistas de cabecera capaces de advertir este detalle?

Sin dejar lugar a dudas se puede afirmar que a Psellos[46] no le fueron indiferentes las consecuencias de la caída de Miguel VI. El hombre había construido toda una carrera como funcionario público, comenzando desde su juventud; su amigo Constantino Leicudes, instalado a la sazón en el senado, le había patrocinado en sus comienzos y su ayuda le había catapultado luego al rango de juez o gobernador provincial. Con poco más de 20 años, Psellos llegaría a desempeñar esa función en no menos de tres distritos enclavados en Asia Menor[47], justo dónde se hallaban las bases de operaciones de la nobleza militar. El primer gran espaldarazo para sus aspiraciones llegaría bajo el reinado de Miguel V Calafateador (1041-1042), cuando el doble filósofo tuvo el honor de ejercer como secretario imperial. Luego, con Constantino IX Monómaco (1042-1055), su ascenso se tornaría meteórico, alcanzando el rango de senador y, al mismo tiempo, de confidente del mismísimo basileo. Desde esta posición, y con altibajos en su carrera, Psellos siempre laboraría en beneficio de la clase dominante de turno instalada en las altas esferas de la administración imperial: la de los funcionarios y aristócratas civiles en esta primera etapa de su vida. No tanto por propia convicción ideológica sino más bien por sus habilidades y aptitudes camaleónicas, favorecidas por su versatilidad en el campo de la retórica y de la filosofía. Esto queda demostrado gracias a tres párrafos (aunque hay muchos más) de su propia autoría, extraídos al azar de su obra. El primero, incluido en el Libro VII dedicado a Constantino IX, está relacionado con la manera en que Psellos fue ocupando un lugar destacado en la corte de dicho soberano: “El acceso al emperador estaba limitado para los demás y dependía de las circunstancias, pero en mi caso las puertas de su corazón se me abrieron entonces de par en par, de forma que se me revelaron todos sus secretos según fui avanzando poco a poco en el trato con él”[48]. En este caso, si bien todavía no se había planteado claramente el enfrentamiento entre nobleza militar y aristocracia civil, la desatención de Constantino IX a los requerimientos de la primera se hace patente con la revuelta de 1047, devenida como consecuencia de la falta de interés del basileo en defender las fronteras del Imperio.

El segundo párrafo en cuestión es esbozado por el cronista en los albores del reinado de Miguel VI el Viejo, un soberano que sería exaltado en función de los intereses del partido civilista: “Una terrible enfermedad se apoderó pues de ella (Teodora). […] Solo le quedó entonces un soplo de vida. Cuando todos vieron que su situación era desesperada, me refiero a aquéllos que formaban su entorno, se preocuparon enseguida del gobierno, pero también de su propia suerte, y comenzaron a deliberar al respecto. Digo esto no por que se lo haya oído a alguien sino por que yo mismo asistí a sus decisiones y conciliábulos, vi con mis propios ojos y escuché con mis propios oídos cómo la suerte del Imperio daba vueltas en sus manos como si de un juego de dados se tratara.  El sol del mediodía no había alcanzado todavía su cenit, cuando la emperatriz, apenas con aliento vital, parecía próxima a fallecer. Los servidores del trono, reunidos en una sala con su corifeo en el centro, estaban considerando a quién confiarían el gobierno por encima de los demás, de forma que después siguiera unido a ellos sin cambiar de propósito y garantizase su prosperidad”[49]. Descripción que Psellos complementa con una segunda parte en la que no deja lugar a cuestionamientos sobre el signo político dominante: “Por lo tanto, a pesar de que la garantía de su poder se apoya en tres principios, el pueblo, el orden senatorial y el estamento militar, los emperadores se preocupan menos por el tercero y no tardan en repartir con los otros dos los beneficios que dimanan del poder”[50]. La marginación de los militares citada por Psellos equivale a la preeminencia de sus adversarios burócratas, signo inequívoco del sesgo civilista que en esos tiempos caracterizaba a la administración imperial.

Por fin, no es sino el tercer párrafo que se ha seleccionado el que viene a desenmascarar el oportunismo de Psellos a la hora de elegir entre su ideología y creencias y su ambición por mantenerse dentro del selecto grupo de influyentes colaboradores. El mismo pertenece al Libro IX, Miguel VI Estratiótico, y refleja cómo Isaac I Comneno ya había sucumbido ante la retórica y la elocuencia de Psellos antes de partir a Constantinopla a reclamar el trono vacante dejado por su tonsurado rival: “Ante esto sus ojos se cubrieron de lágrimas y dijo: Más apreciaba antes tu lengua cuando me fustigaba que ahora cuando me aclama y me adula. Empezaré, como dices, por ti, pues te considero el primero de mis amigos. Desde ahora yo te concedo el honor y el título de presidente de la asamblea del senado”[51]. Si es que hasta Isaac Comneno ya se había percatado de las habilidades camaleónicas de su “nuevo amigo”.

Oscilando como péndulo entre gobiernos de diferente tinte político, y aunque a título personal se moviera en función de sus propios intereses, Psellos estaba al tanto de lo que se jugaban civilistas y militares. Con todo, no podría haber adivinado nunca el desenlace de la cuestión: el reinado de Isaac I duraría tan solo dos años y el doble filósofo moriría hacia 1078, es decir tres años antes de la ascensión al trono de Alejo I Comneno. Siendo que éste último vino a señalar el definitivo triunfo de los militares, y que los sucesores inmediatos de Isaac I restablecerían la preeminencia de los civilistas en el poder (1059-1081), podríamos asegurar sin temor a equivocarnos que Psellos partió a mejor vida con la firme convicción de que la victoria final había decantado hacia el bando de los funcionarios y burócratas. En suma, estando interiorizado de las disputas y apetencias de cada partido, el cronista nunca estuvo en condiciones de advertir las consecuencias reales de la ascensión al trono de Isaac I Comneno por el simple hecho de que las mismas se revelarían en toda su dimensión luego de la muerte del filósofo.

¿Y que hay con Ataliates? Pues con Ataliates se pueden extraer conclusiones similares dado que dicho historiador se ocupó de relatar los hechos acontecidos entre los años 1034 y 1079[52], es decir el mismo período que se corresponde con  la génesis del enfrentamiento entre las distintas facciones de la aristocracia y, también, casi exactamente el mismo período que trata Psellos en su “Cronografía”. Quizá entre las diferencias más notorias se pueda citar que Ataliates nunca superó a su colega Psellos en cuanto al grado de influencias ejercido en la corte y sobre los circunstanciales emperadores. Tampoco estuvo este cronista rodeado del selecto círculo de intelectuales que en su momento supo orbitar en torno a Psellos, en pleno renacimiento literario y filosófico. Por lo que su percepción de la realidad parecería más acotada que la de Psellos y, a la vez, menos contaminada. Pero lo que no se puede negar es que tanto uno como el otro supieron sacar partido de los breves interregnos donde la razón llevó preeminencia sobre la religión, significando ello un breve triunfo de la libertad intelectual[53].

Que Miguel Ataliates estaba al tanto de los crecientes problemas que representaban para el Imperio las diatribas entre civilistas y militares es una realidad palpable en su “Historia”. Por ejemplo, al escribir sobre el segundo reinado de Teodora, el cronista ya se refiere a las diferencias surgidas entre ambas facciones de la aristocracia y cómo ellas, para el caso que nos ocupa el ala civil, influían en las personas consagradas a ejercer la administración de los asuntos del Imperio: “Cuando esta emperatriz se disponía a mudar su morada al Reino del más allá –reinó durante un año y ocho meses- los principales dignatarios de palacio empezaron a inquietarse por el sucesor al trono y, al aproximarse Teodora a su fin, decidieron no elegir a alguien capaz de llevar con resolución las riendas del poder sino, más bien, a una persona indolente, que se sometiera a su voluntad e, ingenua y despreocupadamente, no pretendiera arrebatarles el poder”[54]. No es difícil entender el significado de las líneas expuestas por Ataliates: que el gobierno de los funcionarios civiles y burócratas se perpetuaba mediante la exaltación al trono de marionetas funcionales a sus propios intereses y sin importar la situación exterior del Imperio. Esta habilidad del partido civilista la vuelve a poner de manifiesto Ataliates en el primer párrafo del capítulo dedicado a Miguel VI Estratiótico: “De modo que eligieron emperador a un anciano de nombre Miguel, que estaba familiarizado con los usos y costumbres de la administración y ocupaba a la sazón la dirección del departamento militar. Lo tenían por un hombre simple y llano, cuya consumada vejez les valdría el ser asociados al Imperio y actuar en todo como sus colaboradores y les permitiría plegarlo a sus voluntades y deseos”[55]. Obsérvese que, casi sin quererlo, el historiador está prácticamente deslizando la definición de lo que vendría siendo en el campo de la política, la figura del títere, por un lado, y del manipulador, por el otro. El partido civil, enquistado en el poder desde los días de Romano III Argiro[56], todavía seguía empleando los mismos métodos para lograr prevalecer sobre sus rivales bajo Miguel VI. La irrupción de los militares, motivada por el humillante trato dispensado por el Estratiótico al momento del reparto anual de presentes y dignidades, también es recogida por Ataliates en su obra, tal como Psellos lo hace en la suya: “Por esta causa, un noble miembro de una familia ilustre de Anatolia, de nombre Isaac y de apellido Comneno, aireado por el ninguneo y ultrajado en ciertos altercados, mostró su enorme descontento y puso a otros militares en conocimiento de lo que sucedía. Éstos, a su vez, con el ánimo soliviantado por la anómala situación y abrumados por el pesar, le animaron a rebelarse; reunieron en breve un número suficiente de cómplices con los que se maduraron los planes de la conjura”[57]. El alcance de la expresión “un número suficiente de cómplices” reunido en tan breve tiempo deja entrever dos cuestiones de singular importancia: una, que la aristocracia militar deseaba volver a recuperar el protagonismo perdido y, dos, que hacía largo tiempo que todas las voluntades de sus representantes se habían aglutinado en pos de la bandera del revanchismo.

En resumen, Ataliates y Psellos reportan detalladamente la batalla crucial que se estaba desarrollando en el seno de la sociedad bizantina hacia mediados del siglo XI; presentan de manera brillante las características, virtudes y defectos, de cada una de las fuerzas en pugna, pero increíblemente a raíz de la misma causa (la muerte de ambos antes de la ascensión de Alejo I Comneno en 1081), no pudieron conocer el desenlace de la lucha[58]. ¿Y qué fue lo que el natural ciclo biológico de vida y muerte les impidió ver a nuestros historiadores de cabecera? Para ser exactos, el principio del fin de una época, de un sistema de gobierno y de una manera de ver y de ejercer el poder. Todo lo cual iremos analizando junto con la obra de gobierno de Isaac I Comneno.


[1] Miguel Psellos, escalando bien desde el llano, había conseguido llegar varias veces a lo más alto del escalafón social siendo ministro de varios basileos. De allí lo de funcional.

[2] Miguel Ataliates, acorde con sus propias palabras, se consideraba un experto en el arte de la guerra: no solamente daba consejos a los emperadores en este sentido, sino que él mismo tomaba parte de las batallas, reservándose el derecho a emitir juicios de valor tanto por las victorias como por las derrotas.

[3] Georg Ostrogorsky emplea las siguientes palabras para identificar las inclinaciones políticas de cada uno: “Mientras que Psellos es un representante del partido civil, Ataliates era partidario de la aristocracia feudal y militar”. Georg Ostrogorsky, Historia del Estado Bizantino, Pág. 314, Akal Editor, 1984.

[4] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 352. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[5] Ibid, Pág. 353.

[6] Ibid, Pág. 353.

[7] Ibid, Pág. 354.

[8] Ibid, Pág. 354.

[9] Psellos era filósofo y clérigo para ese entonces.

[10] En este punto, Psellos se refiere a que todos aquellos sectores identificados con la aristocracia militar terrateniente vieron en Isaac Comneno al personaje ideal para acometer la revuelta, líder que se les había venido negando en los últimos tiempos por la falta de cualidades y virtudes en los candidatos alternos.

[11] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Págs. 354 y 355. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[12] Ibid, Pág. 355.

[13] Ibid, Pág. 355.

[14] Ibid, Pág. 356.

[15] Ibid, Pág. 358.

[16] Ibid, Pág. 364.

[17] Ibid, Pág. 364.

[18] Ibid, Pág. 373.

[19] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 40, Cap. VII, Miguel VI Estratiótico. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[20] Ibid, Pág. 41.

[21] Juan II Kaloyanes se destacaría, entre otras cosas, por no aplicar jamás tormento de ninguna especie contra sus enemigos y opositores, ni siquiera el clásico cegamiento empleado comúnmente para castigar a los usurpadores.

[22] Influyó sobremanera en el ánimo de los rebeldes para deponer las armas el hecho de que Miguel VI les prometía, además de la consabida inmunidad, aquellos privilegios y beneficios que antes les había negado.

[23] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 375. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[24] Ibid, Pág. 357.

[25] Ibid, Pág. 358.

[26] Ibid, Pág. 376. El recinto de la Divina Sabiduría es el mismísimo solar de Santa Sofía y el patriarca en cuestión no es otro que Miguel Cerulario.

[27] Vestarca: título honorífico concedido por los emperadores de Bizancio a partir del siglo IX, que implicaba para los beneficiarios nuevas funciones relacionadas con el servicio doméstico debido al soberano, como la del vestuario.

[28] Miguel Ataliates, “Historia”, Págs. 42 y 43, Cap. VII, Miguel VI Estratiótico. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[29] Ibid, Pág. 44. Ataliates dice que Cerulario también accedió a pasarle a Isaac Comneno el apoyo de la jerarquía religiosa en bloque.

[30] Skylitzes, “Sinopsis de la Historia Bizantina, 811-1057” 499.67-75.

[31] Zonaras 18.3.25.

[32] Ibid 18.3.24

[33] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 377. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[34] La guardia varega.

[35] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 44, Cap. VII, Miguel VI Estratiótico. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[36] Miguel Cerulario.

[37] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 45, Cap. VII, Miguel VI Estratiótico. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[38] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 381. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[39] Ibid, Págs. 377 y 378.

[40] Ibid, Pág. 379.

[41] Acorde con Zonarás y Skylitzes, Isaac Comneno le confirió en ese momento la dignidad de Kouropalates.

[42] Miguel Ataliates también menciona la calurosa recepción dada por los constantinopolitanos al nuevo emperador.

[43] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 380. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[44] Ibid, Pág. 380.

[45] Todo parecía indicar que el poder detentado durante tantos años por la aristocracia terrateniente de los funcionarios civiles pasaba ahora a manos de la nobleza militar.

[46] La fecha de nacimiento de Miguel Psellos puede establecerse a partir de uno de los párrafos de la “Cronografía”: “Por aquel entonces yo iba a cumplir veinticinco años de edad…”, escrito en los inicios del reinado de Constantino IX Monómaco (1042-1055). Lo que implicaría que los primeros Libros de su obra “Cronografía”, dedicados a Basilio II, Constantino VIII y Romano III Argiro, fueron escritos sobre la base de testimonios indirectos y de documentación oficial correspondiente a cada uno de dichos reinados (los cargos desempeñados posteriormente por Psellos le permitirían hacerse fácilmente de tales registros).

[47] Tracecios (sobre el valle del Meandro), Bucelarios (a un lado del río Halys) y Armenia (sobre el litoral póntico).

[48] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 246. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[49] Ibid, Pág. 349.

[50] Ibid, Pág. 351.

[51] Ibid, Pág. 381.

[52] La fecha de nacimiento de Ataliates podría situarse hacia 1020, aunque algunos autores se inclinan en ubicarla entre 1030 y 1040.

[53] Tales intervalos de tiempo se situaron especialmente durante los reinados de Constantino Monómaco e Isaac I Comneno. En el caso de Monómaco, aprovechando algunas de sus reformas, y en el del Comneno, sacando beneficios de los enfrentamientos que a poco empezaron a sostener el emperador y Miguel Cerulario, su antiguo aliado contra Miguel VI.

[54] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 39, Cap. VII, Miguel VI Estratiótico. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9. Obsérvese cuan parecido es el párrafo de Ataliates referido a la sucesión de Teodora con respecto al que esboza Psellos en su “Cronografía” y que se transcribe a continuación: “Una terrible enfermedad se apoderó pues de ella (Teodora). […] Solo le quedó entonces un soplo de vida. Cuando todos vieron que su situación era desesperada, me refiero a aquéllos que formaban su entorno, se preocuparon enseguida del gobierno, pero también de su propia suerte, y comenzaron a deliberar al respecto. Digo esto no por que se lo haya oído a alguien sino por que yo mismo asistí a sus decisiones y conciliábulos, vi con mis propios ojos y escuché con mis propios oídos cómo la suerte del Imperio daba vueltas en sus manos como si de un juego de dados se tratara. El sol del mediodía no había alcanzado todavía su cenit, cuando la emperatriz, apenas con aliento vital, parecía próxima a fallecer. Los servidores del trono, reunidos en una sala con su corifeo en el centro, estaban considerando a quién confiarían el gobierno por encima de los demás, de forma que después siguiera unido a ellos sin cambiar de propósito y garantizase su prosperidad” (Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Págs. 348 y 349. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0).

[55] Ibid, Pág. 40.

[56] Antes de ascender al trono, Romano III había estado al frente de toda la administración imperial en Constantinopla, representando en esa condición las aspiraciones e intereses de la nobleza de funcionarios.

[57] Miguel Ataliates, “Historia”, Pág. 40, Cap. VII, Miguel VI Estratiótico. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[58] Algunos autores como Walter Emil Kaegi sostienen que la división en el seno de la aristocracia, entre terratenientes civiles y terratenientes militares, es obsoleta y que el ejército nunca representó una opción política unánime. En mi caso particular me inclino a creer lo contrario, dadas las comparaciones que se pueden establecer con otras situaciones pasadas y presentes.

Fuentes documentales:

a) Primarias.

Miguel Psellos, Vida de los Emperadores de Bizancio o Cronografía, Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

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Juan Skylitzes, “Sinopsis de la Historia Bizantina, 811-1057”, traducido por John Wortley, Cambridge University Press 2010, ISBN 978-0-521-76705-7.

Miguel Ataliates, Historia, Inmaculada Pérez Martín, España, ISBN 84-00-08014-9. 2002.

Juan ZonarasLibro de los Emperadores, versión aragonesa del compendio de Historia Universal patrocinada por Juan Fernández de Heredia, Prensas Universitarias de Zaragoza, España, 2006. ISBN 84-7733-826-4.

b) Secundarias.

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Warren Treadgold, Breve Historia de Bizancio, Paidós, 2001, ISBN 84-493-1110-1.

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Carlos Diehl, Grandeza y Servidumbre de Bizancio, Espasa-Calpe SA, Colección Austral, 1963.

John Julius Norwich, Breve Historia de Bizancio, Cátedra Historia Serie Mayor, 1997, ISBN 84-376-1819-3.

Claude Cahen, El Islam, desde los orígenes hasta los comienzos del Imperio Otomano, Editorial Siglo Veintiuno, 1975, ISBN 83-323-0020-9

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Emilio Cabrera, Historia de Bizancio, Ariel Historia, 1998, ISBN 84-344-6599-X.

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Autor: Guilhem W. Martín. ©

Todos los mapas son de propiedad de https://imperiobizantino.wordpress.com/

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