IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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    Guilhem
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El ascenso de los Comnenos: Isaac I. (Parte 1).

Posted by Guilhem en febrero 6, 2012

El ascenso de los Comnenos.

Isaac I (1057-1059).

Extracto: El breve reinado de Isaac I Comneno[1] (1057-1059), con el que la clase castrense pretendió apuntalar el poderío imperial, acabó en el infortunio cuando el basileo, medio enfermo y medio intimidado por sus rivales del partido civilista, adoptó los hábitos religiosos y se retiró como monje al convento de Studion, en 1059. Los burócratas civiles volvían a tomar las riendas del Imperio. Sin embargo, casi sin darse cuenta, Isaac había logrado mediante alianzas dinásticas con la poderosa familia Ducas dejar expedito a sus familiares el camino hacia las más altas esferas del poder.

Parte I: bosquejando el entorno.

Introducción: la impresión de cada historiador respecto al primer Comneno y su época.

Veamos a continuación algunos jugosos pasajes al respecto de Isaac I Comneno, contenidos en las obras de destacados historiadores y cronistas.

Franz Georg Maier. “Bizancio”. Pág. 224. “El nuevo Emperador había conseguido el trono como caudillo del partido militar, pero no cayó en el error de mostrar demasiado abiertamente su antipatía hacia los senadores y funcionarios del régimen eliminado. En muy poco tiempo recompensó a sus compañeros de batalla, e, inesperadamente, envió a las tropas que habían entrado con él en la capital de vuelta a sus posiciones en las provincias. Todos los que habían ayudado al emperador a hacerse con el poder fueron tomados por el Emperador a su servicio, siempre que resultaran aptos. Así, por ejemplo, Psellos y su amigo Leicudes obtuvieron bajo los Comnenos importantes cargos. Sin embargo, en el terreno de la política interior, el Emperador trazó sin vacilar nuevos caminos: por todos los medios posibles intentó llenar de nuevo las arcas del Estado, casi vacías, recurriendo incluso a la expropiación por la fuerza. Ni las propiedades eclesiásticas quedaron libres de esta medida, aún cuando Isaac Comneno, inmediatamente después de subir al trono, concedió a Santa Sofía una administración financiera independiente, haciéndolo constar en un documento”.

Georg Ostrogorsky. “Historia del Estado Bizantino”. Págs. 333-334. “El poder de la nobleza civil de la capital no había cesado de aumentar en el curso de los últimos decenios. Con la subida al trono de Isaac Comneno sufrió un revés. El gobierno de este primer representante de la casa de los Comnenos fue corto, pero sirvió para fortalecer militarmente al Imperio. Las fronteras orientales fueron defendidas con éxito, una incursión húngara fue rechazada e incluso la actividad pechenega –ante la cual sus antecesores se habían mostrado impotentes- fue limitada. […] A los senadores que le visitaron tras su subida al trono los recibió fríamente, tal como antaño había sido recibida la delegación militar encabezada por él.”.

Alexander A. Vasiliev. “Historia del Imperio Bizantino”. “La victoria de los militares tuvo corta duración. Isaac Comneno solo reinó de 1057 a 1059, año en que renunció al trono y se hizo monje. Las razones de esto no están explicadas claramente. Acaso Isaac fuese víctima de una conjura organizada por aquéllos a quienes incordiaba su forma de gobierno, tan independiente y activa. Nos consta que Isaac anteponía los intereses de la tesorería y que, para aumentar sus rentas, llegó a confiscar las tierras seculares y eclesiásticas adquiridas ilegalmente por los grandes señores, reduciendo también los sueldos de los altos funcionarios. Parece probable que el famoso estadista y sabio Miguel Psellos participara hasta cierto punto en aquella intriga contra Isaac Comneno”.

Carlos Diehl. “Grandeza y Servidumbre de Bizancio”. Págs. 143 y 144. “En 1057 la aristocracia feudal y militar se desquitaba de las injurias y arbitrariedades de que habían sido objeto sus jefes. El día de Pascua trataron los principales generales, a cuya cabeza figuraban Isaac Comneno y Cecaumeno Catacalon, de exponer sus observaciones al emperador Miguel VI. Este solo respondió insultando a Cecaumeno, reprochándole el no haber pensado más que en enriquecerse, y cerró bruscamente la boca a los demás jefes que querían defender a su camarada. La respuesta fue tal como se podía esperar. Los generales se concertaron para una insurrección. Pronto, a su requerimiento, se sublevó el ejército de Asia para poner fin al régimen civil, y la proclamación de Isaac Comneno señaló la victoria del elemento militar y feudal. Es cierto que Isaac no hizo más que pasar por el trono. Pero después de él, reinando sus débiles sucesores, los progresos de los turcos y de los normandos y la lamentable anarquía del imperio demostraron de modo más evidente aún los servicios que prestaban al imperio aquellos grandes señores feudales, jefes del ejército y promotores de victorias. Y, llegado el desorden general, a ellos se apeló en 1081, y de ellos resultó la salud. El advenimiento de Alejo Comneno, como el de los Capetos en Francia, indicó el triunfo de la gran aristocracia feudal; fue la victoria del ejército sobre el elemento civil, de la provincia sobre la capital; y fue mucho más aún, la prueba de que, a pesar de los esfuerzos del poder imperial, el feudalismo seguía siendo omnipotente en la monarquía”.

Sir Steven Runciman. Historia de las Cruzadas”, Volumen I, Págs. 65 y 66. Isaac Comneno, igual que muchos otros nobles en Bizancio, era un aristócrata con un abolengo de solo dos generaciones. Su padre era un militar tracio, probablemente un vlaquio, que se había granjeado el favor de Basilio II y a quien el emperador había donado tierras en Paflagonia, donde erigió un gran castillo conocido como Castra Komnenon, y llamado hasta nuestros días Kastamuni. Isaac y su hermano Juan heredaron las tierras de su padre y su destreza militar y ambos se casaron con damas de la aristocracia bizantina. La esposa de Isaac era una princesa de la antigua casa real de Bulgaria; la de Juan era una heredera de la gran familia de los dalasseno. Pero a pesar de su riqueza, poder, y del apoyo del ejército, Isaac tropezó en su gobierno con la mala voluntad de los funcionarios civiles. Después de dos años de reinado, abandonó la lucha y se retiró a un monasterio. No tenía hijos; por eso nombró heredero a Constantino Ducas. Su cuñada, Ana Dalasseno, nunca le perdonó”.

Emilio E. Cabrera. “Historia de Bizancio”. Pág. 207. “Teodora[2] había designado como sucesor a un antiguo funcionario de palacio, que accedió al poder con el nombre de Miguel VI (1056-1057), el cual favoreció descaradamente al partido civil y provocó la animadversión de la aristocracia militar. Entre los miembros de esta última surgió el descontento y uno de sus más activos representantes, Isaac Comneno, era proclamado emperador en Asia Menor, un año más tarde. El apoyo que encontró el nuevo candidato a la púrpura tanto en determinados círculos de la capital como en el propio patriarca, Miguel Cerulario, le condujo, sin más, al trono. No había llegado aún, sin embargo, la hora de los Comneno ni tampoco había de consolidarse, por el momento, el poder de la aristocracia terrateniente y militar. En efecto, como consecuencia de la deposición del orgulloso patriarca, Miguel Cerulario, y a causa de la confiscación de  bienes eclesiásticos practicada por Isaac, surgió el descontento en el seno de la Iglesia bizantina, y ello produjo su alianza con la aristocracia de funcionarios con vistas al destronamiento de Isaac”.

E. Platagean, A. Ducellier, C. Asdracha y R. Mantrán. “Historia de Bizancio”. Pág. 161. “Pero esto no significa que la lucha contra los poderosos cesara, aún cuando no se den ya nuevas disposiciones legales: todavía en 1057-1059 Isaac Comneno hizo confiscar, para reorganizar el ejército, importantes bienes monásticos, volviendo a emprender así la lucha contra los monjes que estaban ebrios de una rapacidad que había alcanzado el nivel de la pasión”.

John Julius Norwich. “Breve Historia de Bizancio”, Pág. 233. “A las pocas semanas de la muerte de Isaac resultó evidente que su breve reinado solo había marcado una pausa momentánea en el declive imperial. Ahora, con Constantino X Ducas[3], ese declive alcanzó su nadir. No había nada malo en él; era erudito, intelectual y descendiente de una de las familias más antiguas y ricas de la aristocracia militar. Si hubiera permanecido fiel a sus antecedentes y hubiese continuado la obra de Isaac durante su reinado de ocho años, fortaleciendo al ejército para los retos futuros, podría haberse salvado la situación. Pero prefirió las comodidades de Constantinopla y pasó el tiempo en discusiones eruditas y en redactar disertaciones interminables sobre los puntos más sutiles de la ley. El precio que pagó el imperio fue bien caro. Una vez más la burocracia era todopoderosa, pues el Imperio, aún siendo una monarquía absoluta, dirigía su economía según directrices socialistas. […] La consecuencia era una ingente horda de funcionarios civiles a quienes el emperador imbuyó un principio rector: recortar –cuando no destruir realmente- el poder del ejército. Había que reducirle los fondos, limitar la autoridad de los generales, reemplazar a los antiguos campesinos-soldados por mercenarios extranjeros. Lo que Constantino y su gobierno de intelectuales no supieron nunca comprender es que primero no se puede confiar en mercenarios, y, segundo, el enemigo, el más formidable que Bizancio había visto en cuatro siglos, estaba a las puertas[4]”.

Warren Treadgold. “Breve Historia de Bizancio”, Págs. 203-204. “Isaac Comneno, aristócrata anatolio de unos cincuenta años de edad, era el emperador más capacitado para el cargo desde Basilio II; no obstante, debía enfrentarse a un ejército en decadencia, un tesoro público en bancarrota, una corrupción y una inflación desenfrenadas, las incursiones de los selyúcidas en Anatolia y las victorias normandas en Italia. Sin poder contar con el apoyo de sus burócratas ni tampoco con muchos de sus generales, Isaac decidió abordar sus problemas financieros antes que los militares. Sus esfuerzos para frenar las exenciones fiscales, reducir sueldos y reclamar tierras imperiales, le granjearon la impopularidad de sus súbditos; finalmente, desalentado y enfermo, abdicó en el año 1059. Isaac no tenía hijos; nombró como sucesor a un colega, el general anatolio Constantino Ducas”. El mismo autor, en su obra “A History of the Byzantine State and Society”, pág. 599, ofrece más detalles acerca de cómo Isaac pretendió conjurar la angustiante asfixia financiera que atravesaba el Imperio hacia 1057 y 1058: “Después de pagar a sus tropas los usuales donativos, Isaac decepcionó a muchos de ellos, que esperaban verse favorecidos con incrementos en sus soldadas. Al mismo tiempo, el emperador redujo el salario de algunos funcionarios civiles degradándoles en sus cargos, y hasta parece que les suspendió las pagas a los oficiales de honor por completo. Designó entretanto a nuevos inspectores para los distritos impositivos, quienes se ocuparon tanto de la recolección de los tributos como del recupero de una larga acumulación de atrasos”.

Joseph M. Walker. “Historia de Bizancio”, Pág. 73. “El ascenso a la corona de Isaac Comneno vino a representar el triunfo de la oligarquía, tras el derrocamiento de Miguel VI Estratiota, si bien consiguió mantenerse solamente dos años en el poder. Deseando poner término al dominio del funcionariado y del clero, trató de resucitar el poder absoluto del “basileus”[5]. Disgustado por la creciente oposición, abdicó a favor de su ministro de hacienda, Constantino (1059)”.

Como se puede observar, existe un consenso generalizado entre los principales historiadores, que no dudan un instante en resaltar las brillantes cualidades del general Comneno y sus aptitudes para ejercer el cargo de basileo. Habría que considerar también qué pensaban al respecto los hombres más influyentes de la historiografía bizantina de su tiempo. Para el caso que nos ocupa, la mención de Miguel Psellos, una de las mentes más brillantes del siglo XI, se torna una referencia obligada en este punto. Lo mismo que la de Miguel Ataliates.

Miguel Psellos, una especie de súper primer ministro, consejero y cortesano de primera línea, refiere párrafos sobre Isaac Comneno que son invalorables a la hora de conocer la personalidad y el carácter del general asiático. No obstante, sería conveniente situar primero a Miguel en el contexto político que atravesaba el Imperio hacia mediados del siglo XI, para poder comprender los matices pro-civilistas de sus apreciaciones. Y es que nuestro historiador de cabecera había quedado inmerso dentro de una de las facciones que pugnaban por el control del poder, tras la muerte de Basilio II. La lucha tenía como protagonistas al estrato integrado por los ricos magnates, poseedores de grandes extensiones de tierras, por un lado, y a los funcionarios, senadores y burócratas capitalinos, por el otro, hallándose Psellos enrolado entre estos últimos.

Miguel Ataliates, por su parte, era un patricio, procónsul y juez[6] que, al igual que Psellos, también se propuso dar a conocer los hechos de su tiempo a través de las letras. Entre varias obras de su autoría, su “Historia” es una fuente que, como la “Cronografía”, resulta de consulta indispensable para conocer en detalle los avatares imperiales en el siglo XI. Escrita quizá bajo el reinado de Nicéforo Botaniates (1078-1081), la “Historia” de Ataliates comprende el período que va entre los años 1039 a 1079, aunque el autor cierra su relato más que narrando, redactando un encomio sobre la figura de Nicéforo Botaniates.

Es muy posible que Psellos y Ataliates cruzaran sus caminos en palacio o en los ámbitos geográficos que solían frecuentar las destacadas personalidades de su tiempo: vivieron en la misma época y, lo que es más, ambos desempeñaron trabajos de importancia en la administración pública. A través de la lectura de sus obras surge que, tanto uno como el otro, en calidad de consejeros, solían proclamar a viva voz lo mucho que los basileos apreciaban y agradecían sus consejos. Y hasta parece muy plausible que llegasen a compartir un espacio común en las primeras dos expediciones que levantara Romano IV Diógenes contra el invasor selyúcida, antes del desafortunado derrape sufrido por las fuerzas imperiales en Mantzikert (1071). Por esa razón no deja de sorprender que mientras que Ataliates menciona a Psellos en su “Historia”, no suceda lo mismo en “Cronografía” con el primero. Sin embargo, puede que la falta de “reciprocidad” demostrada por Psellos solo obedezca simplemente a motivos de orgullo.

Origen y causa de los enfrentamientos entre civilistas y magnates.

En una economía como la bizantina, donde las regulaciones estaduales estaban a la orden del día, había muy pocas posibilidades para el dinero ocioso de las clases pudientes. La política económica dispuesta por el gobierno central corría siempre tras una realidad incontrastable: al bizantino le fascinaba la idea de que todos los pueblos del mundo accediesen a las ciudades del Imperio y a su capital, para intercambiar sus exóticas mercancías con los productos que llegaban desde el interior, procedentes de las manufacturas locales o del campo. A ningún habitante del Imperio se le pasaba por la cabeza la idea de desarrollar mercados en el extranjero, siguiendo el ejemplo fenicio o cartaginés. En consecuencia, el estado se había visto obligado a elaborar el marco legal dentro del cual tales actividades tendrían lugar. Y se controlaba todo: la industria, el comercio, los gremios, los salarios, los precios, las importaciones, las exportaciones, las actividades financieras y de intermediación; la magnitud del esfuerzo requirió a poco no solo una batería intrincada de normas regulatorias sino también los recursos humanos necesarios para ponerlas en práctica, primero, y controlar su ejecución, después. Fue tan minucioso el desempeño del estado en este sentido, que en las aduanas y los puertos se requisaban inclusive los cargamentos y equipajes de embajadores y notables del extranjero. Todo lo cual explica la magnitud descomunal alcanzada por la legión de funcionarios consagrados a las tareas de fiscalización, en los siglos X y XI.

Colono alimentando a sus animales. Mosaico.

Está claro que semejante grado de proteccionismo pronto derivó en un monopolio estatal del que inmediatamente se vieron favorecidos aquellos personajes más inescrupulosos de la sociedad imperial; corrupción y privilegios se transformaron en moneda corriente, en una especie de rampa a partir de la cual muchos elementos relacionados con la burocracia comenzaron a proyectar sus carreras hacia el pináculo de la estructura social. Y claro, con las actividades financieras vedadas al igual que el préstamo a interés, la acumulación de tierras se presentó como la alternativa lógica para los sobrantes de dinero. El terrateniente surge, se consolida y se potencia precisamente gracias a los excedentes monetarios logrados previamente a partir de una posición privilegiada en el monopolio ejercido por el estado. En Asia Menor, permanentemente expuesta a la voracidad del Islam, tal proceso de acumulación de bienes rústicos se potenció debido a la necesidad de los campesinos más indefensos de ponerse bajo la protección de los poderosos. Un efecto funesto que los emperadores de la dinastía macedonia pronto advirtieron y se propusieron mitigar mediante nuevas regulaciones que prohibían a los poderosos adquirir nuevas tierras de manos de los pobres y que, en algunos casos, inclusive les obligaba a devolver aquellas ya compradas de ese modo, en años anteriores.

El sistema de themas, impulsado desde el siglo VII como una manera de fortalecer la administración y la defensa del imperio, a su vez se servía de campesinos libres y estratiotas para lograr fronteras más estables. Nuevas regulaciones fueron dictadas en este sentido y nuevos cargos y puestos fueron creados para cumplirlas. Muy pronto, a la par de una aristocracia militar que basaba su prestigio en la defensa de las fronteras y alimentaba su poder merced al desposeimiento de los más débiles, surgió un funcionariado muy sensible para con sus privilegios y “derechos adquiridos” y muy celoso para con sus obligaciones que, de paso, eran las mismas que minaban las fuentes de poder del latifundio. Con el correr del tiempo estos burócratas conformarían a su vez una aristocracia de suaves modales pero iluminado y punzante razonamiento, los civilistas, que alcanzarían en el reinado de Constantino IX Monómaco (1042-1055) altos puestos en la administración y en el senado.

Funcionarios y burocracia versus aristocracia militar. Civilistas versus dunatoi.

En la persona de Basilio II Bulgaróctonos (976-1025), el Imperio Bizantino encontró la figura de uno de esos extraños personajes que cada tanto arroja la Historia, cuyas obras y logros obligan a establecer bisagras en la evolución de los estados. Como usualmente se suele decir, existió un Imperio antes de Basilio, que alcanzaría la cúspide de su poder con él y que radicalmente cambiaría en un breve lapso de tiempo tras su muerte. Hasta el año 1025, Bizancio se nutrió de la sabiduría de los grandes soberanos de la dinastía macedónica, aquéllos mismos que, legislación y justicia mediante, se consagraron a la tarea de mantener y consolidar la pequeña propiedad. Asegurarse la supremacía y el apoyo de los estratiotas permitía al mismo tiempo socavar el creciente poderío de los terratenientes, todo lo cual redundaba en una autoridad central mucho más saludable y omnipotente. No se trataba pues de suprimir a la aristocracia militar, ya que, en definitiva, la salud externa del imperio dependía de ella; muy por el contrario, el objetivo era establecer un equilibrio de fuerzas entre las partes de modo que el principal beneficiario fuera el estado.

Basilio II consideraba que los pequeños propietarios enrolados como estratiotas eran campesinos sujetos a servicio militar permanente. En tanto que labradores dueños de su propio tiempo y de su propia tierra, constituían una valiosa herramienta para frenar el mecanismo de leva feudal que el propio Basilio había tenido la oportunidad de conocer en los territorios de Eustacio Maleinos, un rico terrateniente de Capadocia. El poder de los terratenientes, en consecuencia, guardaba una relación directamente proporcional a la miseria de los soldados campesinos. Cuando ésta aumentaba como resultado de la desidia del poder central, el latifundio renovaba sus intentos por ocupar las tierras de los arruinados campesinos[7]. Y es que las actividades estaban a la sazón tan reguladas por el estado, que el dinero ocioso de los poderosos siempre iba a parar a lo mismo: la adquisición de tierras, en muchos casos a valores de bagatela, dada la necesidad apremiante de los vendedores (estratiotas en la mayoría de los casos).

Al morir Basilio II Bulgaróctonos el 15 de diciembre de 1025, el Imperio Bizantino se hallaba en la cúspide de su esplendor. Sus fronteras se extendían desde la península de Crimea y el río Danubio, al Norte, hasta el mediodía de Siria, al Sur, y desde el Lago Van, al Este, hasta los principados de Salerno y Benevento, al Oeste. Todos los enemigos externos, sin excepción habían sido vencidos sino humillados: el Imperio Búlgaro del zar Samuel y los territorios servios hasta los límites con Hungría. Era la primera vez en siglos que la península balcánica volvía a quedar unificada bajo el dominio de los emperadores. Al Este, entretanto, los musulmanes fatimíes de Egipto habían sido contenidos cerca de Emesa y Baalbek, en el Orontes, mientras las armas y la diplomacia bizantinas, en forma conjunta, sometían los reinos armenios ubicados al sur de Georgia. En el interior, la amenaza latifundista había sido momentáneamente conjurada al contraponérsele una constelación de pequeñas propiedades a cargo de campesinos o estratiotas y una legislación acorde a las necesidades del poder central. Pero la bonanza no duraría mucho. La voracidad del elemento terrateniente muy pronto se cobraría su principal víctima: el sistema de themas.

Escenas de la vida en el campo. Mosaico.

Creados para facilitar la defensa militar de las fronteras imperiales más expuestas y favorecer la administración civil de dichos territorios, los themas también se constituyeron rápidamente en las preseas de una incipiente aristocracia provincial que se valió de sus privilegios, jerarquías y oportunas victorias en el campo de batalla para despegar de la igualdad del llano, donde pululaban los pequeños labradores libres y los soldados campesinos. Los jefes militares, aprovechando precisamente las ventajas de su posición, pronto empezaron a concentrar el poderío económico de los themas mediante el sometimiento de aquéllos que debían generar, con su trabajo personal, los medios suficientes para pagar los impuestos (pequeños cultivadores) o costear el equipamiento bélico (stratiotas). Estos jefes militares obtuvieron tales beneficios que pronto llegaron a constituir una alternativa de poder al mismo gobierno central.

Para colmo de males, los sucesores del Bulgaróctonos fueron casi todos soberanos ineptos, sobre los cuales recayó la pesada herencia de resolver la contradicción interna surgida en torno al poder centralizado y los grandes terratenientes, o mejor dicho, entre la burocracia civil de la que formaban parte y la aristocracia militar que abastecía su poder merced a los minifundios, desvirtuando la naturaleza del esquema de themas. Pronto se dieron cuenta que el sistema económico y de distribución de tierras que tan celosamente habían defendido los emperadores del siglo X estaba siendo minado desde sus mismas entrañas por la ambición de la nobleza militar que el mismo sistema había engendrado[8]. La miseria de muchos estratiotas, especialmente de las regiones fronterizas de Anatolia, había sido aprovechada por estos magnates, quienes a poco se apropiaban de sus tierras y los degradaban a la condición de colonos. Cada vez más encumbrados por tales maniobras, estos poderosos señores despertaron el recelo de los funcionarios civiles de la corte -entre los que se encontraba Miguel Psellos-, que se sentían naturalmente amenazados en su privilegiada posición. Durante años habían manejado los asuntos administrativos del Imperio, y de ellos dependía en definitiva el erario, puesto que el enorme ejército de recaudadores de impuestos que recorría el país de un extremo al otro respondía a sus órdenes.

La pronunciada cuesta abajo del Imperio, evidenciada en la desintegración de los themas y en el avasallamiento de la pequeña propiedad, obligaron a los sucesores de Basilio a adoptar medidas radicales. Si la consolidación del latifundio atentaba contra la autoridad del poder central entonces había que desmilitarizar al estado como una manera de atemperar la autonomía de los terratenientes. Curiosa medida que vino a tomarse justo cuando los enemigos del Imperio se aprestaban nuevamente a probar suerte contra sus fronteras[9]. En 1057, esta era precisamente la situación, con un Psellos enrolado entre los partidarios del bando civilista y un Isaac Comneno que procedía de la tan odiada casta militar y terrateniente: el primero dispuesto a hacer todo cuanto estuviese a su alcance para mantener las cosas como estaban; el segundo decidido a jugarse todas las cartas para lograr un cambio substancial que permitiera al Imperio recuperar la aptitud belicista de otrora, lo mismo que su capacidad económica y financiera.

Isaac Comneno irrumpe en el horizonte político del Imperio.

Hacia 1057 reinaba en Constantinopla Miguel VI el Viejo o Stratiota, un funcionario relacionado con la administración del sistema de themas. Psellos no ofrece muchos detalles acerca de las simpatías e ideología de Miguel, pero sí se puede inferir a través de sus palabras a qué intereses respondía el anciano emperador, a juzgar por su manera de acceder al trono. “Una terrible enfermedad se apoderó pues de ella (Teodora). […] Solo le quedó entonces un soplo de vida. Cuando todos vieron que su situación era desesperada, me refiero a aquéllos que formaban su entorno, se preocuparon enseguida del gobierno, pero también de su propia suerte, y comenzaron a deliberar al respecto. Digo esto no por que se lo haya oído a alguien sino por que yo mismo asistí a sus decisiones y conciliábulos, vi con mis propios ojos y escuché con mis propios oídos cómo la suerte del Imperio daba vueltas en sus manos como si de un juego de dados se tratara.  El sol del mediodía no había alcanzado todavía su cenit, cuando la emperatriz, apenas con aliento vital, parecía próxima a fallecer. Los servidores del trono, reunidos en una sala con su corifeo en el centro, estaban considerando a quién confiarían el gobierno por encima de los demás, de forma que después siguiera unido a ellos sin cambiar de propósito y garantizase su prosperidad”[10]. Las palabras de Psellos son por demás claras y dejan en evidencia varias cuestiones, a saber:

En primer lugar, el destacado político se refiere al final del reinado de la dinastía macedonia como un período caracterizado por la aprehensión y el desconcierto: Teodora, hija de Constantino VIII y sobrina de Basilio II está a punto de expirar y la consternación es muy grande en el círculo íntimo de sus colaboradores y funcionarios más incondicionales… tanto como la preocupación de todos ellos por mantener sus prebendas y concesiones. Y es que la cuestión sucesoria no era un factor menor a la hora de sopesar los riesgos que llevaba implícito un cambio de gobierno con respecto a las metas personales de cada cortesano, ya sea que se tratase de un senador, un funcionario de alto rango o del más recalcitrante partidario del poder de turno. Tanto más por cuanto si consideramos que sobre la cabeza de los civilistas oscilaba el siempre omnipresente péndulo de los dunatoi. No obstante, Psellos trata de mantener una distancia prudencial con respecto a aquéllas personas que él señala como miembros del entorno de Teodora, pese a que él, mal que le pese, formaba parte del mismo. Las lecciones del pasado, sobre todo aquélla que le tocara vivir en carne propia, en tiempos de Miguel V (1041-1042), han calado hondo en su ser y adosado otra capa invalorable de experiencia a su vida pública. Él sabe mejor que nadie que los errores en la elección de los consortes para las princesas imperiales se pagan muy caros, inclusive con revueltas populares y hasta asesinatos. En consecuencia, no duda un ápice en achacar la elección del sucesor de Teodora a sus colegas, al mismo tiempo que se desliga del asunto: “Digo esto no por que se lo haya oído a alguien sino por que yo mismo asistí a sus decisiones y conciliábulos, vi con mis propios ojos y escuché con mis propios oídos cómo la suerte del Imperio daba vueltas en sus manos como si de un juego de dados se tratara”.

 La segunda observación que podría realizarse sobre ese mismo párrafo donde Psellos se desentiende de la designación de Miguel VI el Viejo es que ya que él no participa de la cuestión sucesoria, la suerte del imperio necesariamente ha de seguir los azarosos caminos de un juego de dados. Está claro que el hábil político, además de infravalorar las capacidades de sus pares, asocia la desgracia inminente que se cierne sobre el partido de los funcionarios a que las decisiones son tomadas sin tenerse en cuenta su calificada opinión. En otras palabras, lo que Psellos nos está tratando de decir es que el ulterior advenimiento de Isaac I Comneno y el consecuente derrape del partido civil, que tuvieron lugar casi un año después de aquél conciliábulo que designara a Miguel VI, se podrían haber evitado con una más activa participación suya. Curioso dato si se tiene en cuenta que, con todo, el grueso de los acontecimientos de relieve ocurridos en el ámbito del Imperio Bizantino durante el siglo XI, reconoce la mano de Psellos como artífice directo o indirecto de los mismos. En todo caso, su autoproclamada neutralidad en el asunto de la elección del sucesor de Teodora se hace añicos considerando que, a poco, nuestro historiador sería comisionado por Miguel VI para tratar de desactivar la revuelta contra su gobierno, que iniciarían los generales asiáticos en Asia Menor.

Habiendo sido escogido emperador con la venia de Teodora, Miguel VI Estratiota no tardó en quedar solo al timón del Imperio, ya que la última representante de la dinastía macedonia expiró tan solo una hora antes de finalizar 1056. A continuación, el nuevo basileo concatenó una serie de errores garrafales que, a la postre, le costarían la corona, cuestión que no solo es recogida por Psellos en su obra “Cronografía”, sino por otros historiadores bizantinos como Juan Skylitzes (“Sinopsis de la Historia”), Miguel Glycas (“Crónica de eventos desde la creación del mundo hasta la muerte de Alejo I Comneno”) y Juan Zonaras (“Extractos de Historia”). Lo peculiar de Miguel Psellos en este punto es su extraña manera de desdecirse de sus fuertes inclinaciones civilistas: “A los que acaban de obtener el trono imperial les parece que para asentar su poder les basta con contar de algún modo con el aplauso de la clase política, pues, al estar en estrecho contacto con ella, creen que si sus reacciones le son favorables, la integridad de su poder estará asegurada. De ahí que, tan pronto como se apoderan del cetro, autoricen a hablar a estas personas en su presencia. Y ellas no tardan en realizar piruetas, decir bufonadas y pronunciar necias arengas, de forma que los soberanos, como si tuvieren asegurado el auxilio divino, no sienten necesidad de tener ningún otro apoyo. Por lo tanto, a pesar de que la garantía de su poder se apoya en tres principios, el pueblo, el orden senatorial y el estamento militar, los emperadores se preocupan menos por el tercero y no tardan en repartir con los otros dos los beneficios que dimanan del poder”.

La introducción que hace Psellos al Libro IX de su obra, “Cronografía”, precisamente está relacionada con el primer gran yerro de Miguel VI en su nuevo rol de basileo. Y es que en el momento de la distribución anual de cargos y presentes, realizada en tiempos de la Pascua, los senadores se llevaron la mejor parte. Tanto Psellos como Skylitzes, Glykas y Juan Zonarás ponen en evidencia la torpe maniobra de Miguel VI: según las crónicas de la época una constelación de funcionarios fue recompensada con creces en relación a sus expectativas originales. Psellos por ejemplo se refiere a este hecho como un exceso de prodigalidad por parte del soberano, que acabó desatando la ambición y envidia de los principales generales, muchos de los cuales pertenecían a la aristocracia terrateniente de Asia Menor. Juan Zonarás y Skylitzes, a su vez, mencionan que los senadores obtuvieron mejoras en el escalafón de dignidades, mientras que al populacho se le rendían inadecuados honores, llagándose al extremo de rememorar ceremonias caídas en el desuso. Para peor, los primeros meses de la flamante administración del Estratiota se caracterizaron también por las concesiones obtenidas por el clero y numerosos monasterios, como Vatopedi y Laura, en el monte Athos.

Los cambios en Europa durante el siglo XI.

Miguel Ataliates, en cambio, menciona las desigualdades en el trato de los súbditos, incurridas por Miguel VI, en forma casi tangencial: “Que el poder estuviera así repartido entre muchas y muy distintas personas y que todos sus ministros dejaran patente su sed de poder suscitó gran revuelo y confusión entre los aristócratas y el pueblo, quienes apelaban a los principios de la democracia, pues la prosperidad era privilegio exclusivo de aquella facción y de las personas  de un modo u otro vinculadas al emperador, tanto si se dedicaban con empeño al interés general como si le aportaban solo perjuicios e ineficacia, mientras que los demás carecían de voz, aunque se sometieran a su estúpida inocencia y vanagloria”[11]. Con un relato casi retorcido y confuso, Ataliates expone la misma conclusión que el resto de sus colegas: en primer lugar, que Miguel VI era un títere en las hábiles manos de sus consejeros y, en segundo término, que el basileo era tan corto de ingenio e inteligencia que en ningún momento se dio cuenta del conato que su torpeza estaba generando.

Las noticias sobre la munificencia del emperador no tardaron en llegar a oídos de los militares asiáticos, que acudieron en tropel a Constantinopla para reclamar su parte en el convite. Les esperaría una desagradable sorpresa sin embargo. Gracias al grado de detalle con que Psellos se despacha sobre el asunto, aún hoy podemos imaginarnos la cara de consternación y contrariedad que los altos mandos castrenses debieron haber puesto cuando el emperador se dirigió a ellos, luego de que finalmente se dignara a recibirles en palacio: “Penetraron en la estancia hombres bravos, verdaderos héroes, y después de inclinar sus cabezas ante él y aclamarle como era costumbre, se fueron situando por turnos , a la señal del emperador, en una hilera. Luego, cuando hubiera sido preciso llamarles uno por uno y agasajarlos con palabras generosas, propias de un emperador, él comenzó a censurarlos a todos por su comportamiento ignominioso y, a continuación, después de colocar en el centro de la sala a su cabecilla Isaac Comneno, que estaba al frente de toda la delegación, y al inmediatamente subalterno, Cecaumeno el Coloniata, desató sobre el segundo un torrente de injurias porque poco le había faltado para echar a perder Antioquía junto con sus tropas, porque no había tenido un comportamiento ni noble ni marcial, porque se había apoderado además del dinero de muchas personas y había usado el poder no como fuente de gloria sino de lucro”[12]. Miguel Psellos, que asegura haber estado presente en dicha audiencia, identifica, pues, a dos grandes militares de su tiempo concurriendo a entrevistarse con el basileo: Isaac Comneno, sobre quien gira el presente trabajo, por un lado, y Catacalon Cecaumeno, un noble con ascendiente militar, que ya se había desempeñado en el intento por reconquistar Sicilia en 1042, por el otro. Juan Skylitzes, por su parte, coincide con Psellos en ambos nombres, pero además menciona los de otros tres destacados personajes: Juan Ducas, Constantino Ducas[13] y Miguel Bourtzes[14]. Glykas y Zonaras, en cambio, solo hacen referencia a los dos primeros (Comneno y Cecaumeno), mientras que Miguel Ataliates únicamente menciona a Isaac Comneno.

Para hombres habituados a la guerra como forma y medio de vida, semejante desprecio fue un insulto imposible de sobrellevar. Los ánimos se caldearon inmediatamente y para algunos de los asistentes la osadía del emperador fue poco menos que una declaración de guerra. Así la tomaron y, de no haber mediado la capacidad conciliadora de Isaac Comneno, el reinado de Miguel VI habría terminado mucho antes que lo que efectivamente duró. Tal hecho nos lo vuelve a reflejar, muy gráficamente, un pasaje de la obra de Psellos: “Pero les contuvo Isaac, diciendo que aquél asunto requería una prudente deliberación”[15].

La revuelta de los generales.

El caso es que, tras la fallida asamblea de Pascuas, los generales y el resto de los hombres de armas procedentes de Asia decidieron cambiar de táctica y, en un segundo intento, buscaron la intercesión del protosynkellos[16] León Paraspondylos[17] en lugar de acudir directamente ante el basileo. El planteamiento era tan claro como sencillo: ¿Cómo ellos, que la pasaban de vigilia en vigilia, velando por la seguridad y el bienestar del Imperio, debían aceptar ser postergados mientras en la corte todo el mundo se beneficiaba de la generosidad de Miguel? La delegación había puesto muchas expectativas en esta nueva audiencia, pero ahora, como antes había sucedido con el mismísimo emperador, la respuesta fue tan ofensiva como decepcionante: todos, sin excepción fueron despedidos prácticamente con las manos vacías, y peor aún, con insultos[18]. Skylitzes llega a afirmar que el rudo trato propinado por Parapondylos encendió la cólera de Juan Ducas quien prometió vengarse al mismo tiempo que tomaba juramento para castigar a todos aquellos que le habían insultado[19].

Luego de aprovechar el recinto de Santa Sofía para un conciliábulo secreto y de recibir el apoyo del patriarca Miguel Cerulario, la embajada castrense cambió de táctica. Puesto que la diplomacia, como herramienta para disuadir al basileo de su obstinada actitud había fracasado con estrépito, los asistentes decidieron poner en marcha un complot para provocar un cambio en el seno mismo del poder. Todos se mostraron de acuerdo con el asunto y, cuando le ofrecieron a Isaac Comneno ser el próximo emperador, este se rehusó de plano afirmando que ninguno de los presentes era menos que él y, que por tanto, cualquiera de ellos estaba en condiciones de asumir el control del Imperio. La negativa de Isaac no hizo más que ensalzar sus virtudes de líder a la vista del resto, que volvió a insistir con el ofrecimiento, en esta ocasión con mejor suerte que la anterior. Con los trazos generales de un acuerdo entre manos, la mayoría de los militares asiáticos dejaron la capital imperial y retornaron a sus tierras solariegas en Oriente para acometer la segunda etapa del plan.

Santa Sofía, sede del complot de 1056.

Las fuentes de la época, especialmente Miguel Psellos, aseguran que nadie en Constantinopla se hizo cargo del difícil trance debido a que el proyecto de los complotados fue guardado en el mayor de los secretos. A lo que también debe haber ayudado sobremanera la incapacidad manifiesta del emperador para reaccionar en consecuencia con los sucesos que estaban teniendo lugar delante de su propia mirada: mientras Isaac desde sus tierras en Asia Menor iba organizando las líneas de aprovisionamiento de la fuerza que se proponía llevar contra Miguel, un nutrido grupo de partidarios procedentes de distintos puntos se le iba uniendo incondicionalmente.

Tuvo lugar además un suceso que sirvió para alertar a la corte imperial y hacerle tomar conciencia de la importancia de la rebelión que se estaba gestando en los themas asiáticos. Uno de los amotinados, “adrinopolitano de cuna y de nombre Brienio[20], a la sazón estrategos del thema de los Capadocios, después de maltratar, o mejor dicho, pisotear al delegado imperial encargado de la distribución de las soldadas, lo arrestó y encadenó. Un grupo de soldados, sin embargo, se dispuso a vengar tal afrenta y al verse el enviado libre de sus cadenas capturó a su agresor y le privó de sus ojos. El miedo se apoderó así de los compinches del que había sido mutilado y les impelió a tomar las armas y a afrontar con premura el riesgo de un combate, para evitar, dispersándose, ser capturados y sufrir un daño irreparable”[21]De manera que resulta cuanto menos extraña la afirmación de Psellos acerca de que en Constantinopla nadie estaba al tanto del serio problema que se estaba gestando al otro lado del Bósforo.


[1] Isaac I Comneno fue ciertamente el primer emperador de la dinastía homónima. Hijo de un oficial del ejército imperial llamado Manuel, Isaac accedió al trono merced a una revuelta con la que depuso a Miguel VI. En el lapso que va desde la muerte de Basilio II hasta la ascensión de Romano IV Diógenes fue quizá el único de los basileos que se animó a confrontar la crisis con medidas muy resistidas, como la expropiación de bienes a monasterios y latifundios.

[2] Teodora, hermana de Zoe, era hija del emperador Constantino VIII y sobrina de Basilio II el Matador de Búlgaros.

[3] Constantino X Ducas fue el sucesor de Isaac I Comneno. Ascendió al trono en noviembre de 1059 tras la abdicación del emperador Comneno.

[4] El autor se refiere aquí a los turcos selyúcidas, procedentes del Este y mahometanos de religión, ni más ni menos que los futuros vencedores de Mantzikert (1071). La tarea de esbozar la aparición y encumbramiento de este pueblo en unas pocas líneas es una misión harto complicada aunque necesaria para entender tanto el significado de Mantzikert como las consecuencias directas de la gran batalla. Hacia el año 1000 los turcos habían fundado algunos estados entre Europa y China y el de los qarajani había sido, sin lugar a dudas, el primero en adoptar el Islam. Sin embargo, no serían sino los selyúcidas quienes erigirían el primer estado turco e islámico, de características eminentemente no regionales.

El Turkestán, la comarca originaria de los pueblos turcos, siempre había cobijado dinastías y linajes con escasa o casi nula propensión hacia algún progreso cultural. En determinados momentos de la Historia llegaron a prender en su áspero suelo algunas ciudades e, inclusive, incipientes entidades políticas que quedaron a medio camino en su desarrollo institucional. Hacia el siglo X a la comarca le tocó el turno de asistir al advenimiento del Islam por obra de la dinastía persa de los samanidas, la misma que debió contemplar su propia extinción a manos de aquéllos a los que había llevado la palabra del Profeta. Triste paradoja del destino. Desde entonces, casi todos las poblaciones afincadas en el Turkestán voltearían sus miradas indefectiblemente hacia Mesopotamia y la cuenca del Mediterráneo Oriental, es decir, las mismas latitudes de dónde les había llegado el Islam.

A partir del establecimiento del estado islámico de los ghasnávida o raznevíes, que se extendía entre Lahore, al Este, e Ispahán, al Oeste, la presencia turca en Mesopotamia se fue consolidando progresivamente. Los emires de la región, e inclusive el propio califa, comenzaron a contratar bandas de turcos como guardia de corps o como mercenarios para sus ejércitos regulares. Con el paso del tiempo, los grupos de emigrantes empezaron a aspirar a algo mejor que conformar meros contingentes complementarios. Al promediar el primer cuarto del siglo XI, la familia de un viejo líder uguz llamado Selyuq, originaria de la zona de Djand (al este del Mar de Aral), sumándose al proceso migratorio, cargó sus petates a través de Transoxiana, adónde entró al servicio de un emir samani, primero, y de un qarajani después. Desde esa cómoda posición los recién llegados aventureros pudieron admirar los progresos que habían alcanzado algo más al Sur sus primos cercanos, los raznevíes de Ghazni. La visión de tales logros les hizo emigrar una vez más y establecerse en el Jurasán (1025), adonde ocuparon el espacio vacío que había dejado otra tribu de turcomanos que ahora viajaba rumbo a Mesopotamia. Pronto seguirían camino hacia el Oeste y chocarían con las avanzadillas del Imperio Bizantino y de los dominios fatimíes, tras someter a Bagdad.

[5] Basileus: término que significa “rey de reyes”.

[6] Miguel Ataliates proclama su dedicación a la función pública en uno de los pasajes de su obra “Diataxis”.

[7] El mismo Basilio II había tenido que lidiar en los comienzos de su reinado contra poderosos latifundistas de Asia Menor, Bardas Focas y Bardas Scleros, cuyos levantamientos casi le hicieron perder el trono. La oportuna llegada de 6000 rusos (núcleo de la futura guardia varega) despachados por su aliado, Vladimiro I de Kiev, salvaron finalmente la jornada para el basileo.

[8] Para una lectura más detallada acerca del proceso de descomposición del sistema de themas remitirse a “La Pronoia. Una institución con sello bizantino”. Es posible la descarga en formato PDF de dicho artículo a partir de: https://imperiobizantino.wordpress.com/descargas-de-pdf/

[9] A mediados del siglo XI los enemigos del imperio eran muchos y poderosos: en el Norte, los húngaros y pechenegos; al Este, los turcos selyúcidas, y al Oeste, los normandos (en el sur de Italia).

[10] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Págs. 348 y 349. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[11] Miguel Ataliates, “Historia”, Cáp. VII, Pág. 40. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

[12] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 352. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[13] El futuro Constantino X Ducas, sucesor de Isaac I Comneno y emperador entre 1059 y 1067.

[14] Acorde con los dichos de Juan Skylitzes, Miguel Bourtzes era un encumbrado y valeroso lugarteniente que tenía su residencia en el thema de Anatolia o Anatolikon.

[15] Miguel Psellos, “Cronografía o Vida de los emperadores de Bizancio”, Pág. 353. Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

[16] En la Iglesia oriental, cargo adjunto al del obispo, para ejercer la autoridad administrativa o asistir al obispo en dicho ejercicio. En la administración pública del Imperio, el protosynkellos era la persona encargada de lidiar con los asuntos de estado.

[17] Juan Zonaras y Miguel Psellos se refieren al Protosynkellos llamándole León Paraspondylos. Skylitzes, por su parte, le llama León Strabospondylos. León Paraspondylos había empezado su carrera pública en tiempos de Miguel V, junto con Constantino Leicudes. Con el tiempo llegó a ganar mucho prestigio y peso político hasta que, bajo el reinado de Constantino IX Monómaco, perdió casi toda su influencia, llegando Psellos a interceder a su favor para ayudarle en el difícil trance.

[18] Juan Zonaras, Extractos de Historia, 18.2.2.

[19] Skylitzes también sostiene que esta aireada reacción fue imitada por el resto de los generales: Isaac Comneno, Catacalon Cecaumeno, Miguel Bourtzes y Constantino Ducas y que el juramento fue tomado en Santa Sofía.

[20] Posiblemente el abuelo de Nicéforo Brienio, esposo de Ana Comnena.

[21] Miguel Ataliates, Historia, Pág. 54, 1 a 6. Inmaculada Pérez Martín, ISBN 84-00-08014-9.

Fuentes documentales:

a) Primarias.

Miguel Psellos, Vida de los Emperadores de Bizancio o Cronografía, Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

Ana Comneno, La Alexiada, Editorial Universidad de Sevilla, traducción a cargo de Emilio Díaz Rolando, ISBN 84-7405-433-8.

Juan Skylitzes, “Sinopsis de la Historia Bizantina, 811-1057”, traducido por John Wortley, Cambridge University Press 2010, ISBN 978-0-521-76705-7.

Miguel Ataliates, Historia, Inmaculada Pérez Martín, España, ISBN 84-00-08014-9. 2002.

Juan ZonarasLibro de los Emperadores, versión aragonesa del compendio de Historia Universal patrocinada por Juan Fernández de Heredia, Prensas Universitarias de Zaragoza, España, 2006. ISBN 84-7733-826-4.

b) Secundarias.

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E. Patlagean, A. Ducellier, C. Asdracha y R. Mantran, Historia de Bizancio, Crítica Barcelona, 2001, ISBN 84-8432-167-3.

Warren Treadgold, Breve Historia de Bizancio, Paidós, 2001, ISBN 84-493-1110-1.

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Claude Cahen, El Islam, desde los orígenes hasta los comienzos del Imperio Otomano, Editorial Siglo Veintiuno, 1975, ISBN 83-323-0020-9

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Autor: Guilhem W. Martín. ©

Todos los mapas son de propiedad de https://imperiobizantino.wordpress.com/

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Una respuesta to “El ascenso de los Comnenos: Isaac I. (Parte 1).”

  1. […] mención de Ana en las fuentes tiene lugar en 1059 con motivo de la abdicación de su cuñado Isaac y la propuesta de este para que le sucediese su hermano Juan. Este se negó, lo que provocó la ira […]

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