IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Armenia: transmutación y supervivencia. II.

Posted by Guilhem en septiembre 16, 2011

Armenia: Un caso de transmutación y supervivencia.

Extracto: El presente trabajo describe el proceso a partir del cual una simple confederación de tribus llegó a construir una entidad política independiente conocida como reino de Armenia. El estado de Urartu, las migraciones cimerias, el advenimiento de los persas, el primer período de independencia, la amenaza de los partos, Tigranes II el Grande, Pompeyo, Marco Antonio, el predominio de los Sasánidas, mazdeísmo y cristianismo, la conversión al cristianismo, y Persarmenia son algunos de los temas tratados en “Historia de Armenia: un caso de transmutación y supervivencia”.

Segunda Parte.

Capítulo 6: Tigran II el Grande; gloria y ocaso.

La batalla de Tigranocerta (69 a.C.)

El general romano enviado para perseguir a Mitrídates Eupator hasta su refugio en la corte Armenia, fue precisamente aquél que le había puesto en fuga en los campos de batalla de su reino en el Ponto. Licinio Lúculo[1] se dirigió pues hacia el Este y pidió a Tigranes que le cediera al fugitivo, a lo cual el rey armenio se negó de plano, motivo por el cual los romanos resolvieron marchar contra sus tierras.

Provisto de una fuerza numéricamente insuficiente para el objetivo que se había propuesto, Lúculo invadió el reino, luego de saquear detenidamente los territorios del otrora gran estado del Ponto. Tigranes, que estaba realizando una expedición por Fenicia, fue puesto al tanto de la noticia de la invasión, que tuvo lugar finalmente sin mediar una declaración de guerra previa. Trató de organizar como pudo la resistencia en su país, pero los romanos se le volvieron a adelantar cuando Sextellus, con la vanguardia del ejército romano, destruyó a una fuerza de 3.000 jinetes, comandada por un lugateniente de Tigranes, Mihrbarzan, que había sido comisionado para detener a los invasores. A partir de entonces, la situación se torno sumamente precaria para el monarca armenio, sobre todo por la velocidad del avance romano. Sin la capacidad para reorganizar sus fuerzas, Tigranes optó por la huída, como una manera de ganar tiempo para preparar el contraataque. Lúculo no le persiguió sino que dio media vuelta y marchó contra la flamante capital armenia de Tigranocerta, a la que puso sitio mientras parte de sus tropas saqueaban los suburbios y tomaban los palacios situados extramuros.

Con recursos todavía enormes y habiendo recibido refuerzos de los aliados de Iberia, Albania, Media Atropatena, Osrogena, Migdonia y Adiabana, Tigranes pudo levantar un nuevo ejército, significativamente superior a las fuerzas que estaban sitiando su capital. Contra los consejos de su suegro, Mitrídates Eupator, que le sugería una maniobra envolvente para cortar la línea de suministros de los romanos, el rey armenio se obstinó en salvar a sus tesoros y esposas, que habían quedado en el interior de su capital. Gracias a una maniobra de su caballería pudo abrir una brecha entre los sitiadores y sacar, al resguardo de la oscuridad de la noche, a sus mujeres y parte de sus valiosas pertenencias. La pequeña victoria le alentó luego a ponerse al frente de su ejército para romper definitivamente el cerco. Lúculo, dándose cuenta de lo precario de su situación, dejó a su lugarteniente Murena, con una reducida fuerza para vigilar la ciudad[2] mientras él, con el resto de las tropas, partía para enfrentar a Tigranes.

Las fuentes que se disponen no son muy confiables a la hora de cifrar los efectivos de cada bando. Los historiadores contemporáneos, especialmente aquéllos que simpatizaban por nacionalidad o afinidad cultural con el bando de los vencedores, pusieron cifras siguiendo la ineludible tendencia de exagerar la magnitud de los ejércitos enemigos como una manera de aumentar la gloria del propio bando. Así, por ejemplo, Amiano estima en 300.000 hombres el conjunto de fuerzas aliadas dirigidas por el monarca armenio, mientras que Plutarco asigna entre diez y veinte mil hombres a los efectivos congregados por Lúculo para enfrentarles. Las cifras reales, seguramente, estuvieron muy por debajo de aquéllas: por el lado de los romanos, quince mil legionarios, apoyados por diez o quince mil aliados capadocios, en su mayoría, auxiliares de caballería; por el lado armenio, setenta u ochenta mil hombres en total, pero no más que eso. Todo lo cual implicaba una superioridad de tres a uno a favor de Tigranes, motivo suficiente para que el monarca armenio decidiera plantarle cara a los estandartes romanos.

La batalla de Tigranocerta tuvo lugar el 6 de octubre del 69 a.C. La iniciativa correspondió a Lúculo, quien condujo a dos cohortes colina arriba de un cerro, desde cuya cima se tenía una visión estratégica del campo. Luego los legionarios, descendiendo en formación de batalla, cayeron con el peso de su inercia sobre la caballería enemiga, que huyó desordenadamente, precipitándose sobre las líneas de su propia infantería. La batalla de Tigranocerta, que abrió a los romanos las puertas de la capital de Tigranes, ha sido ensalzada inclusive por los propios historiadores armenios como una de las mejores victorias de la historia militar romana.

A continuación lo que las armas armenias no habían conseguido en el campo de batalla, lo logró el propio comportamiento de Lúculo. El general romano, que había impuesto una férrea disciplina a sus soldados, no se privaba de nada respecto al botín logrado. A la vista de los desmanes que cometía su general, acaparando caravanas de camellos y arcones llenos de tesoros, los legionarios, que tenían prohibido recoger botín, comenzaron a desarrollar una agria animosidad hacia su jefe, que se fue agravando a medida que el invierno se acercaba. Sumado lo anterior a la aparición de bandas armenias que comenzaban a hostigar a las guarniciones recién establecidas, se hizo evidente que las horas de Lúculo como conquistador de Armenia estaban contadas. Tuvo lugar poco después (68 a.C.) otra batalla en las cercanías de la antigua capital de Artaxata, donde los aliados asiáticos pusieron en serios aprietos a los romanos, pero nuevamente, la temeridad de Lúculo acabó salvando una jornada que, de otra manera, hubiera terminado en desastre para los romanos. Cuando llegó finalmente el invierno, las legiones se retiraron hacia Mesopotamia[3] para pasar a continuación al Asia Menor. Mitrídates y Tigranes descendieron de sus escondites en las montañas y no tardaron en recuperar sus dominios, lo que ocasionó la caída en desgracia de su adversario, a quién los senadores romanos bajaron inmediatamente el pulgar[4] en señal de condena por tan temeraria decisión.

La influencia griega en Armenia.

Para cuando Tigran II el Grande ocupó el trono de Armenia (94 a.C.), con la complacencia de los partos, la presencia griega en el Cercano Oriente llevaba unos dos siglos y medio irradiando helenismo a diestra y siniestra. Cierto es que la proximidad del estado de los partos había hecho su trabajo también en el reino de Tigran, donde la terminación ian de los apellidos armenios en realidad era un genitivo plural iranio[5]. La influencia irania, meda, persa y parta fue prolífica en sus aportes de vocablos y terminaciones, pero, tras el advenimiento de Alejandro Magno, decayó al mismo tiempo que el helenismo cautivaba las mentes de gobernantes y artistas armenios. Bajo el reinado de Tigran II, así como en tiempos de sus antecesores, las tradiciones iranias habían inundado los ritos y el fasto de la corte y se notaban especialmente en la manera de vestirse. Tigran, por ejemplo, acostumbraba emplear una gran tiara recargada con piedras preciosas, que utilizaba tanto en las ceremonias, como en las batallas y en las batidas de caza. Para la vida palaciega solía vestir una larga túnica blanca y púrpura, además de portar sobre su cabeza, la citada tiara.

Pero fue su casamiento con la princesa póntica Cleopatra, hija de Mitrídates, el esplendor del reino del Ponto y el polo de atracción que era la ciudad de Antioquia con su corte de seléucidas, lo que impulsó la difusión de la cultura helena. Desde el momento en que Cleopatra se convirtió en reina de Armenia, la influencia griega se manifestó a través de la construcción de teatros, adonde las representaciones de obras eran realizadas por actores griegos traídos especialmente. Había también griegos entre los cronistas establecidos en la corte del gran rey, cuya función era divulgar en su lengua, a través de manuscritos, las obras y logros de Tigranes. Enclavada en el medio de dos culturas tan disímiles, Armenia seguía buscando su propia identidad tomando aquéllos elementos que más le deslumbraban de sus vecinos, iranios al Este, helenos y ahora romanos, al Oeste.

Capítulo 7: Armenia, provincia romana.

Pompeyo y el poder romano en Oriente.

La retirada de Licinio Lúculo de los territorios allende el Eúfrates fue la señal que Tigranes y Mitrídates tanto habían esperado para lanzar la contraofensiva. Las legiones romanas, que habían temblado más por el efecto del frío y de las nevadas del implacable invierno armenio que otra cosa, regresaron a sus bases en Asia Menor, no sin antes sufrir el hostigamiento de los nativos. A poco, la retirada se fue tornando en desbande, a medida que los armenios y los pónticos mataban y asesinaban a los rezagados o distraídos. Las bajas romanas durante el trayecto desde Capadocia hasta Pérgamo llegaron a ser más numerosas inclusive que las que Lúculo había sufrido en el campo de batalla de Tigranocerta. Tamaña debilidad fue el factor decisivo que determinó el regreso de Mitrídates a sus dominios en el litoral del Mar Negro, de dónde aquél le había expulsado antes de la invasión a Armenia. Tigranes, por su parte, recuperó todos los territorios que los romanos habían ocupado entre el Eúfrates y el Tigris, incluida su capital y algunos distritos de Siria, frutos de su campaña del año 86 a.C. Era como si los romanos nunca hubieran invadido esas latitudes.

La revancha, que la asamblea romana había negado a Lúculo al destituirle, fue asumida como un reto personal por Pompeyo, un antiguo partidario de Sila, a quién el dictador había apodado “Magno” como una manera de ironizar la sed de gloria del joven advenedizo. Hasta entonces, la carrera militar de Pompeyo le había llevado a probar la amargura de la derrota tanto como el éxtasis de la victoria. Pompeyo había luchado en sus inicios contra Sartorio y los celtíberos, en España, de quienes había aprendido las tácticas de la guerra de guerrillas sobre formaciones convencionales como las que habitualmente empleaban los romanos. También había combatido y exterminado una fuerza fugitiva de esclavos gladiadores fieles a Espartaco, lo que le valió la designación de cónsul por el senado romano. Pero no fue sino la necesidad de combatir a los piratas que asolaban las costas y puertos del Mediterráneo lo que catapultó a Pompeyo hacia los poderes extraordinarios, que el senado muy ocasionalmente entregaba en los momentos que existía una amenaza cierta y seria sobre la salud de Roma. Con estos mismos poderes fue que Pompeyo salió de Italia para reemplazar a Licinio Lúculo[6].

Ya en el Asia Menor, Pompeyo trazó su estrategia que sindicaba al reino del Ponto como su primer objetivo[7]. Las fuerzas, los recursos y los poderes que disponía el cónsul eran significativamente superiores en comparación con los que había tenido su predecesor, de modo que cuando se inició la campaña en el 66 a.C., los aliados armenios y pónticos no tenían la menor idea de lo que se les echaba encima. Mitrídates, que hacía tan solo unos meses había retornado a sus dominios, tuvo que entregarse a maniobras evasivas, conciente de la superioridad numérica de su adversario. Finalmente, cuando estaba arrinconado en el litoral de Paflagonia, escapó hacia Armenia para salvar su vida, dejando a sus espaldas una nueva provincia romana sobre lo que fuera el otrora glorioso reino del Ponto. Agónicamente, los últimos fragmentos supervivientes de los tiempos de Alejandro Magno, se iban hundiendo entre la impotencia y la desazón, ante el implacable avance de las legiones romanas.

Habiendo puesto a Mitrídates en fuga, a Pompeyo no le quedó otra alternativa que aprestarse para perseguirle. Y dado que Tigranes accedió nuevamente a dar asilo a su pariente, Armenia volvió a quedar en la mira del nuevo general romano. Para la invasión de Armenia, Pompeyo se alió con los partos y con uno de los hijos de Tigranes, que llevaba el mismo nombre de su padre. Los aliados romanos ingresaron primero en Armenia, marchando contra Artaxata para ponerle sitio y obligando a Tigranes a escapar nuevamente hacia las montañas. Pero los problemas surgidos en el país de los partos determinaron que Tigran el Joven quedara solo en la lucha contra su padre. Vencido sin atenuantes, debió acudir al campamento romano en busca de ayuda para conservar su posición.

Ante la noticia de que las cohortes habían dejado sus campamentos en dirección al Norte, Tigranes supo que había llegado la hora de negociar con el invasor. Para ese momento, el prestigio de las armas romanas era tal, que los enemigos de Roma preferían pactar y negociar un cómodo y seguro vasallaje que enfrentar los pilums y gladios de los legionarios. De manera que cuando Pompeyo se aproximaba al frente de sus tropas, el monarca armenio resolvió salirle al paso y arreglar las condiciones de su rendición. Entre éstas, y como paso previo para conservar el trono, debió acceder a retirarle el favor a su suegro, Mitrídates, obligándole a escapar hacia el mar de Azov, dónde uno de los príncipes pónticos había creado otro reino[8] en el exilio.

Armenia tras la campaña del 65-64 a.C.

Las consecuencias de la exitosa empresa liderada por el inquieto cónsul de Roma, fueron realmente determinantes para el futuro del reino de Tigranocerta. La súbita aparición de Tigranes, tiara real en mano y arrodillado ante Pompeyo, significó la rendición del mayor poder de Oriente ante los romanos[9]. Además de traicionar a su suegro y antiguo benefactor, Tigranes debió acceder a abandonar todas sus conquistas en Siria y a renunciar a sus pretensiones expansionistas sobre Capadocia (Pequeña Armenia) y parte del Ponto. También tuvo que comprometerse a pagar un tributo anual a los romanos, inicialmente fijado en 6.000 talentos de oro, sin contar el cargo por reparaciones de guerra. Tigran el Joven, el desleal príncipe que había ayudado a los romanos contra su padre, se vio favorecido con tierras en la Sofene[10]. El resto de su reinado, Tigran II el Grande lo haría efectivo sobre un territorio que se había retrotraído casi hasta los bordes originales del reino.

En cierto sentido, la obra de Tigranes se puede comparar con la de Alejandro Magno, obviamente en una escala mucho más reducida. Tigranes, al principio de su reinado, supo sacar provecho de la confusión reinante en las antiguas provincias del Imperio Seléucida, para duplicar y hasta casi triplicar la superficie de su reino. A decir verdad, Osrogena, Media Atropatena, Siria, la Alta Mesopotamia, Fenicia, Comagene, Cilicia y partes de Iberia pudieron ser conquistadas por la debilidad reinante en los estados vecinos más que por méritos propios. Quizá el mayor logro de Tigranes haya sido retardar la expansión de los partos hacia el Oeste, dando tiempo a los romanos para establecerse con firmeza en Asia Menor oriental y Siria. Esto es todo cuanto se puede afirmar sin entrar en el campo de las especulaciones.

La expansión lograda por los armenios bajo Tigranes hizo ganar prestigio al reino, más no cohesión. Bajo su autoridad, y en el momento de mayor esplendor, llegaron a convivir asirios, caldeos, medos, persas, griegos, hebreos, fenicios, iberos, albanos, gálatas y los propios armenios, demasiados ingredientes para una mezcla de la que se esperaba un mínimo de consistencia como requisito previo para lograr algo de identidad. Si a Alejandro Magno la muerte le privó de la oportunidad de demostrar sus dotes de administrador, en el caso de Tigran II fue la creciente estrella de Roma la que se ocupó de señalar hasta dónde tenía el líder armenio las manos libres para moverse en ese sentido. Tras 64 a.C., Armenia se convirtió en un estado vasallo de Roma y los últimos años del reinado de Tigranes transcurrieron sin pena ni gloria, bajo el peso de los recuerdos de una época que había sido tan prolífica como breve.

Capítulo 8: Oscilando como péndulo entre partos y romanos.

Los últimos años de Tigranes. La batalla de Harran.

Cuando Pompeyo concluyó su campaña contra Mitrídates y Tigran II, la faz del Cercano Oriente había cambiado por completo. De los territorios que una vez integraran el imperio de Alejandro Magno únicamente quedaban distritos dispersos, cuyos vacilantes reyes y señores, se hincaban de rodillas cada vez que aparecía un notable romano para reclamar el tributo comprometido. La rama seléucida de Siria, representada al final de su existencia por dos indolentes candidatos, Antíoco XIII (69-64) y Filipo II (67-64)[11], terminó sus días como una flama apagándose lentamente. Pompeyo le asestó el golpe de gracia cuando, destituyendo a los dos ineptos soberanos, convirtió a Siria, con la gran metrópoli de Antioquia como capital, en provincia romana.

Hacia el Sur, la suerte tampoco había acompañado a los descendientes de otro de los generales de Alejandro, Ptolomeo I Sóter (305-285). Del mismo modo que en Asia Menor y Siria, en Egipto los romanos también habían empezado a incursionar en los asuntos de estado del reino egipcio de los Lágidas y el punto culminante de dicha intervención sobrevendría en tiempos de Cleopatra (51-30). En Anatolia, entretanto, los reinos helenísticos que habían surgido aprovechándose de la debilidad de los seléucidas, como Pérgamo, Rodas y Bitinia, habían ido gradualmente cayendo sin resistencia, y en ocasiones por propia voluntad, bajo la dominación romana. Y más allá del Eúfrates, donde una vez reinaran los seléucidas de Siria, se había establecido una dinastía irania, los arsácidas, cuyos hábiles jinetes partos[12] se enseñoreaban sobre las viejas provincias alejandrinas de Mesopotamia, Media, Partia, Carmania, Drangiana, Gedrosia y Aracosia. Al desaparecer el reino del Ponto y retrotraerse Armenia, todo fue romano al Oeste del Eúfrates.

En el año 61 a.C., Pompeyo hizo su entrada triunfal en Roma, paseándose en medio de una caravana junto con ingentes cantidades de metal precioso, tesoros incalculables y obras de arte, nunca vistas hasta ese momento por los azorados habitantes de la pujante metrópoli. La gran mayoría de las riquezas procedía de Siria, el Ponto y Armenia, y su brillo seguramente debió encandilar a Craso, quien junto a Julio César y el vencedor de Mitrídates, integrarían una peculiar forma de gobierno, el triunvirato, para compartir la administración de Roma (60 a.C.)[13]. Hacia el 59 a.C., los triunviros se repartieron el poder así como sus órbitas de influencias: Pompeyo se quedó en Roma, Julio Cesar marchó a Galia y Craso se trasladó, deslumbrado por el oro de Oriente, a Siria.

El desembarco de Craso en Siria tuvo lugar probablemente un año después. El ambicioso triunviro no tardó en sentir envidia de las campañas que su colega, Julio César, estaba realizando en la Galia de los celtas. Sus sueños de convertirse en dictador único solamente llegarían a cumplirse si a sus abarrotadas arcas sumaba una buena dosis de gloria militar como paso previo a poseer un ejército adicto. El problema era que en el Cercano Oriente, como se indicó más arriba, estaba “todo conquistado”… excepto el reino de los partos. Y contra éste decidió marchar el inescrupuloso dictador, sin la autorización del senado para declarar la guerra[14].

En Armenia, mientras tanto, el desprestigiado Tigranes, aislado de sus viejos aliados y extenuado a causa de tantos años de guerra ininterrumpida, había asociado al trono a su hijo, Artavazd II (55-34), a quién gradualmente había ido cediendo el poder. Enterado de la campaña que Craso estaba preparando contra los partos, Artavazd se presentó ante el triunviro como un dócil aliado, ofreciéndole su territorio como plataforma de lanzamiento de la nueva expedición. Sin saberlo, el nuevo monarca armenio se estaba prestando al juego de intereses que las dos grandes potencias llevaban adelante para tratar de avasallar a la otra. Una política vacilante que llevaría a la dinastía creada por Artaxias I a correr en un futuro cercano la misma suerte de los seléucidas y lágidas.

La oferta de ayuda militar (6000 jinetes auxiliares) y la cesión de sus territorios para que las legiones pudieran ingresar al reino parto sin tener que padecer las rigurosas inclemencias del clima desértico, formuladas cuidadosamente por Artavazd a oídos de Craso, fueron desechadas de plano por el soberbio triunviro romano. En lugar de ello, Craso resolvió marchar contra sus enemigos, directamente a través del desierto y acceder a Partia, por Mesopotamia en lugar de Armenia. A la postre sería una pésima elección. Mesopotamia no era Galia ni él tenía las dotes militares de Julio César. Muy pronto, las legiones comenzaron a padecer horriblemente a causa de la sed y de las tormentas de arena. Caminaban sin detenerse, dando vueltas como almas en pena por el desierto de Mesopotamia septentrional, pero ni siquiera en espejismos veían al enemigo. En la vanguardia, el hijo de Craso, Publio intentaba mantener la moral en alto y el orden. Pero cuando finalmente la caballería parta le plantó cara, disparando una nube de mortales flechas, el caos cundió entre los desesperados romanos. Publio cayó muerto en el campo de Harran (o Carran), y su cabeza, puesta en la punta de una pica, fue paseada por los jinetes arsácidas frente al cuerpo principal del ejército romano, adónde Craso no podía salir de su sorpresa. La jornada pronto se convirtió en desastre, aunque el triunviro pretendió salvarla, conduciendo hacia las montañas de Armenia a los guiñapos que aún subsistían de su otrora gran fuerza.

La marcha hacia el norte, sin embargo, se detuvo cuando los desmoralizados legionarios convencieron a Craso de negociar condiciones con el rey parto. Habían sufrido demasiado en el desierto mesopotámico y en Carran, y ahora creían que sus padecimientos podrían concluir si su general cerraba un tratado con el rey arsácida. A regañadientes, Craso aceptó la proposición de sus subordinados y con una pequeña escolta, salió en busca del general enemigo. No se le volvería a ver ya. Los cebados partos, dándose cuenta que la frutilla del postre se les presentaba bajo la forma de una suplicante procesión, cayeron encima de la comitiva y la aniquilaron.

Las noticias del desastre llegaron rápidamente a la corte armenia. Con las puertas de Mesopotamia cerradas a raíz de Carran, Artavazd era conciente de que su estado estaba en vías de convertirse en el campo de batalla de las dos grandes potencias. Su política vacilante, cuyo principal objetivo era sobrevivir a costa de mantenerse fiel al bando vencedor, lo convertía en un mero títere en las manos de sus vecinos. Pero el impacto de la batalla había calado hondo en su mente: Harran era la primera revancha que se tomaba Oriente frente a Occidente, luego de las guerras médicas y del advenimiento de Alejandro Magno. Urgía, pues, volverse hacia el Este y así lo entendió el rey armenio. Su nueva tesitura quedó sellada con el casamiento de su hermana con Pecoras, el hijo de Orodes, rey de Partia.

El final de la dinastía de Artaxias.

Los cambios en el rumbo de la política exterior de Artavazd no cayeron bien en Roma, pero hasta la llegada a Oriente de Marco Antonio, los romanos nada pudieron hacer al respecto[15]. Cuando éste último dio a conocer sus planes de volver a invadir Mesopotamia y vengar el desastre de Harran, Artavazd repudió su alianza con los partos y ofreció inmediatamente ayuda militar al sucesor de Julio César: la rápida reconquista romana de Siria y la expulsión de los partos detrás del Eúfrates fueron vistas por el monarca armenio como un síntoma de que Oriente nuevamente se estaba rezagando. Pero ésta vez la jugada le salió mal. Marco Antonio fue vencido por los partos y al regresar a Armenia, lo hizo con la firme convicción de que Artavazd le había traicionado. En consecuencia, le mandó a apresar junto a su familia, tras lo cual, fue conducido, cargado con cadenas de oro, a Egipto, donde Cleopatra lo exhibió en un desfile triunfal.

Los últimos años de la dinastía de Artaxias se consumieron entre conjuras, traiciones e injerencias extranjeras que poco aportaron al futuro, cada vez más oscuro, del reino. Así, mientras Marco Antonio pretendía imponer a su candidato, Alejandro (34-31), los nobles armenios entronizaron a Artashes II (30-20), el hijo mayor de Artavazd II. Luego, cuando Augusto se hizo dueño de Oriente a costa de Marco Antonio y Cleopatra (batalla de Accio, 31 a.C.), uno de sus generales, Tiberio condujo al hermano de Artashes, Tigran III (20-8) desde Italia hasta Armenia, donde lo hizo coronar rey, a condición de aceptar su servilismo de por vida hacia Roma. Finalmente, al cabo de un breve interregno, interrumpido por el efímero reinado de Artavazd III (5-2 a.C.), los artaxidas se extinguieron con Tigran IV y Erato (8-1 a.C.), hijo e hija de Tigran III. El sueño de un reino independiente, como sucediera tras la debacle de Urartu, se volvía a desvanecer.

Capítulo 9: Títeres de las grandes potencias rivales.

Predominio iranio.

La extinción de la dinastía fundada por Artaxias, como hemos visto, coincidió prácticamente con la debacle del reino armenio en tanto que entidad soberana e independiente y reconoció las mismas causas, signo inequívoco de la fragilidad interna que se irradiaba desde Tigranocerta:

  • Desproporción de metas (Tigranes especialmente) en relación con recursos disponibles.
  • Desarrollo inconcluso del proceso de formación de identidad y conciencia nacional.
  • Recelo de las poblaciones sometidas, que nunca llegarían a integrarse con el pueblo armenio (asirios, caldeos, medos, seléucidas, gálatas, capadocios, iberos, albanos, escitas, griegos, etc.), al menos en esta etapa de la Historia.
  • Política ambivalente de los monarcas armenios en perjuicio de una posición neutral que, en el orden externo, hubiera dado mejores resultados.
  • Injerencia de las grandes potencias de Roma y Partia en los asuntos internos del reino.
  • Manipulación dinástica como medio para entronizar príncipes adictos (proceso que los romanos manejaron hábilmente tras la muerte de Tigranes).
  • Disensiones entre la aristocracia local y el poder real.

La consecuencia principal de la desaparición de los artaxidas fue la instauración en el poder de una serie de príncipes advenedizos que obedecían más a los intereses de Roma que a los del pueblo que debían gobernar. Fue un periodo de gran descontento social, motivado sobre todo, por la insensibilidad y la falta de capacidad de los títeres impuestos desde Italia. Tal cual parecía, a los romanos solo les interesaba Armenia como un estado “tapón” frente a la amenaza oriental, representada por los partos.

Sin embargo, la situación no se extendería demasiado en el tiempo. Al armenio se le podía criticar por su incapacidad para cohesionarse y actuar en consecuencia, mas no por su orgullo. Hacia el 53 de nuestra era, el pueblo, hastiado por cinco décadas de rapiña y malos gobiernos, se rebeló contra los poderes lacayos de Roma y corrió en busca de los partos. Estos respondieron inmediatamente, colocando en el trono a Trdat o Tiridates, cuya coronación marcó el nacimiento de una nueva dinastía, irania y por tanto pro-oriental, la de los Arsácidas o Arshagunís, que reinarían durante más de tres siglos.

Síntesis cronológica de los principales hechos, desde los tiempos de Urartu, hasta la ascensión de Tiridates (dinastía arsácida).

Siglo XIII a.C.:    

Se establece una confederación de pueblos entre los lagos Van, Urmia y Sevan. Shalmanasar I, monarca asirio, lanza una expedición militar contra tales tribus, que alcanza, inclusive la capital, Arinna.

Siglo XII a.C.

Establecimiento del reino de Urartu.

865 a.C.        

Los asirios, acaudillados por Asurnasirpal II (884-858) invaden Urartu y asedian Tushpa (actual Van), la capital.

750 a.C.   

Los urarteos acceden al litoral del Mar Negro, tras someter a los Taochi y establecer contacto con los griegos a través de la ciudad de Trebizonda (Trapezunte).

714 a.C.   

Sargón II de asiria derrota al monarca urateo Rusa en Sahend. Invasiones de Cimerios y Escitas.

696-695 a.C.   

Los cimerios destruyen el reino de Frigia, capturando Gordio, lacapital.

614 a.C.      

Toma de Asur por los medos de Ciaxares. Nínive en llamas.

612-609 a.C.   

Reinado de Ashshuruballit, último rey asirio. Caída de Harran.

600 a.C.        

Algunas bandas de frigios llegan a territorios de Urartu, en las proximidades del lago Van.

595 a.C.                       

Ciaxares somete Urartu al dominio de los medos.

605-562 a.C.   

Babilonia en la cima de su apogeo. Reinado de Nabucodonosor II.

549 a.C.   

Ciro II el Grande vence a los medos y conquista Ecbátana.

522-486 a.C.                    

Darío, rey persa, menciona oficialmente a Armenia en un texto Oficial (inscripción de Beisthún).

331 a.C.  

Batalla de Gaugamela. Alejandro Magno somete Persia.

323 a.C.                            

Muerte de Alejandro Magno.

322-301 a.C.          

Los armenios son liberados por Orontes I o Hrant.

223-187 a.C.                  

Reinado de Antíoco III el Grande, emperador seléucida. Armenia es dividida en dos territorios.

190 a.C.              

Batalla de Magnesia. Los romanos se imponen a Antíoco III.

188 a.C.     

Paz de Apamea. Armenia obtiene su independencia de Antíoco III. Reinado de Artaxias I (190-159). Dinastía Artaxida.

141 a.C.                           

Los partos toman Babilonia, Uruk y Persépolis, y se apoderan de Mesopotamia.

94 a.C.                              

Tigran II o Tigranes es coronado rey de Armenia.

83 a.C.                    

Tigranes ocupa Siria, desplazando a los emperadores seléucidas.

80 a.C. (aproximadamente).            

Fundación de la nueva capital armenia, Tigranocerta (Tigranakert).

69 a.C.          

Batalla de Tigranocerta. Licinio Lúculo arrolla a los ejércitos aliados (armenios, iberos y albanos) conducidos por Tigranes.   

68 a.C.                              

Batalla de Artaxata. Armenios y romanos reclaman la victoria.

66 a.C.                             

 Pompeyo, el dictador romano y futuro triunviro, invade el reino del Ponto. Mitrídates se refugia en la corte armenia por 2º vez.

65-64 a.C.                        

Los romanos, mandados por Pompeyo, someten Armenia.

64 a.C.       

Siria es convertida en provincia romana.

57 a.C.                              

Batalla de Harrán o Carran. Los partos destrozan al ejército romano de Craso y matan al triunviro.

1 a.C.    

Fin de la dinastía armenia de Artaxias.

53 d.C.                              

Los partos imponen a Tiridates I (Trdat) como rey de Armenia. Se inicia la dinastía armenio arsácida de ascendencia parta.

Capítulo 10: El Principado romano y sus territorios orientales (siglo I a.C.).

Organización política bajo Marco Antonio: sistema de estados vasallos según el modelo helenístico.

La influencia de la cuestión armenia y del peligro permanente que representaban los partos, establecidos en Mesopotamia, determinaron en gran medida la organización de los territorios romanos en Oriente durante la época del I y II Triunvirato y del Principado. A la muerte de Julio César, los romanos sentían que el asunto de la batalla de Harrán, con los estandartes romanos y las cabezas de Craso y de su hijo en poder de los partos, había quedado irresoluto. Y esa falta de resolución era precisamente lo que confería fragilidad a las nuevas conquistas al Este de Capadocia y en Siria. El establecimiento de Marco Antonio, en tiempos del II Triunvirato[16], en Grecia, sirvió para apretar las clavijas a algunos reyes clientes de Asia Menor, Siria y Palestina, que se venían mostrando empedernidamente indóciles, azuzados tal vez desde Partia. Pero todavía estaba pendiente la amenaza parta que, como una filosa daga, oscilaba entre Armenia y Siria, poniendo en serio peligro los hilos que unían tales regiones a Roma. El problema alcanzó su punto más álgido cuando en el año 40 a.C., Pacoro, hijo del rey parto Orodes, invadió Siria con la ayuda de un romano, Labieno, quién había sido legado de César en la Galia y luego partidario de Pompeyo.

La presencia parta en las tierras del Orontes sacudió los lazos de lealtad que algunos reyes clientes de Roma habían jurado a los triunviros (Artavazd II, por ejemplo). En consecuencia, Octavio, que había asumido el problema como una cuestión personal, comisionó a su general, Ventidio Basso, para restituir la soberanía romana en Siria. En el año 39 a.C., Ventidio se desplazó con algunas legiones para enfrentarse a Pacoro, conciente del atiborrado expediente de derrotas frente a los persas. Las tropas, que se habían acuartelado en Cilicia, descendieron a Siria desde los montes Amánicos y el Giaour Dagh. Pacoro fue derrotado ese año, y su descalabro fue celebrado en Roma con singular algarabía: era la primera vez que se conseguía un triunfo contra aquél enemigo. Pero lo mejor llegó al año siguiente: una nueva victoria de Ventidio permitió expulsar a los partos de la provincia.

Después de la recuperación de Siria, Antonio puso su atención en Armenia, cuyo rey Artavazd II se mantenía independiente haciendo oscilar la lealtad de su pueblo hacia la potencia victoriosa de turno. En tiempos de Harran, había jurado fidelidad a los partos, duplicando la apuesta cuando Pacoro invadió Siria. Al ingresar Marco Antonio a sus dominios, luego de que Ventidio destruyera la fama de invencibles que se habían ganado los partos, a Artavazd se le cambió el semblante de la cara. Las legiones volvieron a plantar sus estandartes en Tigranocerta y Armenia fue declarada provincia romana por Antonio. (34 a.C). Poco tiempo después y antes de abandonar la región hacia Egipto, el triunviro selló una alianza con Atropatene de Media, con la esperanza de asegurar la precaria supremacía obtenida. Pero en el 36 a.C., una campaña ideada y meditada a la sombra de sus crecientes ambiciones políticas, hizo que Octavio equivocara los cálculos de logística. Los partos le derrotaron estrepitosamente y el ahora duunviro debió tomar el camino de Armenia para salvar la jornada. Fue en cierta forma, el desquite soñado de Artavazd, quien nuevamente se entregó al juego de lealtades para restablecer la independencia de su reino: como antes, ahora volvió su mirada complaciente hacia Partia.

La actitud ambivalente del monarca armenio, que atentaba contra los planes que Marco Antonio tenía reservados para Oriente, agotó la paciencia del duunviro. En el 36 a.C. el cónsul oriental se trasladó a Asia Menor y aguardó en Nicópolis a que Artavazd le aceptara una invitación para visitarle en aquella localidad. Según la misma, el rey armenio debía desplazarse hacia el Oeste, para arreglar con aquél la propuesta de casar a una de sus hijas con Alejandro Helios, hijo de Marco Antonio y Cleopatra. Pero cuando el desprevenido rey hubo llegado con su familia, el duunviro le apresó y, cargándolo con cadenas, lo despachó hacia Egipto. Allí le esperaba Cleopatra para someterlo a una nueva humillación: un desfile triunfal por las calles de Alejandría.

  Inmediatamente después de la caída en desgracia del hijo de Tigranes, Marco Antonio se decidió a poner en práctica sus planes organizativos sobre la mitad oriental del estado romano. En su mente, el duunviro tenía la idea de regenerar el sistema de estados vasallos de estricto corte helenístico, sometidos a Roma, pero reconociendo la preeminencia de Cleopatra y de Cesarión[17]. Para ello tenía pensado utilizar a los hijos de su matrimonio con la reina de Egipto: Alejandro Helios, aquél usado como carnada para atrapar a Artavazd, debía reinar en Armenia y Partia (aún no conquistada), Ptolomeo en Fenicia y Cilicia y Selene, sobre Cirenaica. Cleopatra y Cesarión continuarían dictando su voluntad en Egipto, con el ascendiente antes descrito sobre los demás. Demasiado bueno para que el sueño se hiciera realidad: en septiembre del 31 a.C., la derrota sufrida por Marco Antonio y Cleopatra en Actium, frente a Octavio, estableció un nuevo orden de cosas, que no incluía, por cierto, a ninguno de aquéllos. El principado estaba a la vuelta de la esquina y el imperio, un paso más allá.

El turno de Augusto (Octavio).

Cuando Octavio se hizo cargo de las riendas del estado romano, el senado le confirió una serie de poderes y facultades en reconocimiento por la restauración del prestigio de dicha asamblea (30-23 a.C.). Príncipe en lugar de dictador, título por el que aparentaba no sentir ningún apego, Octavio pronto se consagró a la búsqueda de soluciones para el problema de los partos, que la muerte de Marco Antonio había dejado irresoluto.

El año 30 a.C. marca un punto de inflexión en la política exterior de los romanos respecto a Oriente. Esencialmente, en esa fecha se produce la caída de Alejandro Helios en Armenia, mientras que en Partia estalla una guerra civil entre Fraates IV y Tirídates (Trdat). La situación era propicia, pues, para el uso de la diplomacia, mucho más económica a la hora de obtener concesiones de rivales urgidos que una siempre insalubre y gravosa guerra, donde existía la posibilidad de que los bandos enfrentados por cuestiones dinásticas acabaran cerrando un acuerdo contra el enemigo común. Augusto (Octavio hasta el 23 a.C.), más prudente que nunca, se inclinó por la opción pacífica para remontar la cuesta que la derrota del 36 a.C., sufrida por Marco Antonio, le había dejado en su itinerario.

En Armenia, la destitución de Artavazd II, llevada a cabo por Marco Antonio en el 34 a.C. no había reforzado las posibilidades de Alejandro Helios, el hijo del duunviro. Todo lo contrario, la mayoría de los nobles veían con simpatías la entronización del hijo mayor de Artavazd, Artashes II, que era apoyado por la corte de Partia. En el 30 a.C., Alejandro Helios fue finalmente desposeído en beneficio de Artashes, cuya proximidad con los partos inquietó a Augusto. Los romanos, concientes de que Armenia se le podía escapar de las manos, jugaron su carta dinástica: Artashes tenía un hermano, Tigranes, cuyo favoritismo hacia el estado occidental estaba sustentado en su deseo de disputar la corona al candidato parto.

Cuando Artashes llevaba ocho años en el trono, los romanos finalmente se decidieron a intervenir. Su candidato en Partia, Tirídates, ya había sido vencido por Fraates IV, por lo que, el final de la guerra civil en Mesopotamia amenazaba ahora directamente los intereses romanos en Armenia. En el 22 a.C., Augusto se presentó en el Eúfrates para contender directamente con los partos, mientras su hijastro Tiberio hacía lo propio en Armenia, seguido por un poderoso ejército. No tenía, sin embargo, Augusto la idea de enfrentarse a su rival abiertamente. Estaba claro para él que los partos se hallaban sumamente debilitados como consecuencia de las luchas fraticidas y que la oportunidad para negociar era inmejorable. Y no se equivocó: Fraates IV reconoció su supremacía y como un gesto de buena voluntad, accedió a devolver los estandartes del desventurado Craso. Entretanto, en suelo armenio, Tiberio se dio con la noticia de que Artashes II había sido asesinado, por lo que no tuvo inconvenientes en coronar rey cliente a Tigranes, que ascendió al trono como Tigran III (20-8 a.C.).

El reconocimiento de la soberanía de Roma por parte de Tigran III como requisito previo para mantener su corona, puso de manifiesto que las intenciones de Augusto, en cuanto a la reorganización política de Oriente, no distaban mucho del ideal de su predecesor Antonio. Quizá la única diferencia entre ambas posturas radicaba en el hecho de que el príncipe pretendía aumentar la superficie de territorio bajo control directo de Roma[18]. En ese sentido, Augusto dispuso la radicación de cuatro legiones en Siria Septentrional, para mantener bajo vigilancia la amenaza de los partos y las ocasionales disputas dinásticas armenias. Así, pues, Siria completa paso a estar gobernada por un legado de alto rango que tenía la misión de conservar las fronteras como las había dejado Augusto y Tiberio en la campaña del 22 a.C. Pero la situación, como veremos más adelante, se volvería a complicar tras la muerte de Tigran III, en el 8 a.C.


[1] Licinio Lúculo era por entonces, el gobernador de Asia y Cilicia.

[2] Obviamente, al dividir sus fuerzas, el objetivo de Lúculo era no quedar atrapado entre los sitiados y las fuerzas de socorro que comandaban Tigranes y su suegro, Mitrídates.

[3] En Migdonia, los romanos tomaron la ciudad de Nísibe, cuyo gobernador era hermano de Tigranes. Lúculo pretendió luego marchar contra los partos, pero a la vista del deplorable estado en que se encontraban sus fuerzas tras la campaña de Armenia, resolvió retornar al Asia Menor.

[4] Lúculo se había hecho de numerosos enemigos como general de Oriente, al tratar de poner coto a la corrupción de los funcionarios romanos, que literalmente saqueaban con sus exacciones a los habitantes del Asia Menor. El plan de sus enemigos era sobornar a algunos elementos del senado para lograr la destitución del vencedor de Tigranocerta, con lo que tendrían de nuevo vía libre para desarrollar su acostumbrada rapiña sobre las poblaciones helenas de Anatolia, Bitinia, Pérgamo y Capadocia.

[5] Por ejemplo, Thorossian, de la familia de Thoross.

[6] Existe una anécdota según la cual, Pompeyo y Lúculo se encontraron en un poblado de Galacia, inmediatamente después de la destitución del segundo por la asamblea romana. Acorde con la misma, el contacto fue dramático tanto más por cuanto debieron intervenir los amigos de cada uno de los rivales, para evitar que los altos dignatarios romanos se fueran a las manos.

[7] Las fuerzas congregadas para la invasión del Ponto, se acuartelaron en Cilicia, en el 66 a.C. para pasar el invierno. La estancia en dicha región permitió a Pompeyo ganar tiempo para mantener relaciones diplomáticas con los partos de Mesopotamia, a quienes tenía pensado emplear para una invasión conjunta (un avance en “pinzas”), contra las provincias de Tigranes.

[8] Los últimos instantes de la vida de Mitrídates no estuvieron a la altura de la existencia que había llevado el gran rey.  Perseguido por las legiones romanas hasta los confines de Armenia y más allá aún, hasta Iberia, solo se pudo salvar de caer en manos de los legionarios por el temor de éstos últimos a seguir avanzando por regiones llenas de tribus hostiles. Establecido el anciano monarca en las tierras de Farnaces, su hijo, pronto cayó en desgracia. Farnaces no estaba dispuesto a compartir el poder con su padre y le hizo encarcelar. Sabedor de que su final se aproximaba, Mitrídates obligó a sus mujeres a beber veneno de una copa, para finalmente él hacer lo mismo. Pero su inmunidad contra el veneno no le dejó otro camino que ordenar a un guardia que le cortara la cabeza. El viejo y astuto rey moría a los sesenta y ocho años (63 a.C.), en medio del regocijo de los romanos. Pompeyo se enteró de la noticia cuando estaba en Palestina, sofocando una nueva rebelión de los macabeos.

[9] Recordemos que Tigranes había vencido y hecho retroceder a los partos de Media Atropatena y la Alta Mesopotamia, por lo que su caída en desgracia cebó a los partos en su sed de tomarse desquite.

[10] Aunque tiempo después, sus intrigas por el trono armenio hicieron perder la paciencia a Pompeyo, que lo llevó encadenado a Roma.

[11] Antes de Filipo II y Antíoco XIII, la línea dinástica creada por Seleuco I Nicator (305-281), se había tornado en un verdadero caos de aspirantes al trono y emperadores simultáneos. La zaga: Antíoco VIII Gripos (125-96), Antíoco IX (116-95), Seleuco VI (96-95), Demetrio III (95-88), Antíoco X (94-83), Antíoco XI (94) y Antíoco XII (87-84), ya de por sí muy convulsionada a causa de la intromisión de los romanos en los asuntos dinásticos, había sido interrumpida por la irrupción de Tigran II el Grande, cuya soberanía sobre Siria se extendió desde el 84 al 69 a.C.

[12] La táctica de combate de los partos iba de la mano con la habilidad de este pueblo en el uso del arco y del caballo. Los partos eran excelentes jinetes que, en batalla, solían fingir la huída para generar tras de sí una frenética persecución. Luego, cuando el enemigo se figuraba la victoria, aquéllos giraban súbitamente para disparar por encima del hombro una mortal nube de saetas, que paralizaba a sus perseguidores. En cambio, cuando el turno de la persecución le correspondía a los partos, muy pocos fugitivos conseguían escapar con vida. Esto, debido a que cuando los jinetes arsácidas entraban en combate, lo hacían llevando a todos sus caballos, de manera que siempre tenían uno de refresco.

[13] La época del Triunvirato es también la época de oro de Cicerón, el mayor enemigo de los triunviros y excelso orador del Senado. Luego de echar por tierra con los planes de Catilina, un libertino patricio que aspiraba a convertirse en dictador, llegó a ser declarado por el estado romano como pater patriae (padre de la patria). La formación del triunvirato compuesto por Pompeyo, Craso y Julio Cesar (poder, ambición e inteligencia) fue demasiado para el pobre Cicerón, aunque nunca dejó de azuzar con sus discursos a los nuevos dictadores, ni siquiera cuando la asamblea decretó su destierro.

[14] En los últimos tiempos de la República, cuando la figura de los dictadores comenzó a pesar cada vez más, la formalidad de la declaración de guerra, que era una atribución del senado, pasó a ser un anacronismo.

[15] La nueva guerra civil desatada a instancias de Julio Cesar y Pompeyo fue la causa principal de la pasividad romana en Oriente (frente a partos y a aliados indóciles).

[16] I Triunvirato: Pompeyo, Julio César y Craso. II Triunvirato: Marco Antonio, Octavio (en ese entonces, Julio César Octaviano) y Lépido. Instituido como una dictadura tripartita encubierta, el II Triunvirato procedió a repartir los territorios romanos entre sus integrantes: a Lépido se le entregó la Galia Narbonense e Hispania, Octavio tomó para sí las Galias Cisalpina y Comata y Octaviano debió hacerse cargo de Africa, Sicilia y Cerdeña. Italia, entretanto, se reservó como una provincia común, donde todos los triunviros estaban facultados para tomar parte de los asuntos administrativos. Tal distribución de territorios no duraría mucho, como tampoco el II Triunvirato: en un arreglo ulterior (finales del 42 a.C.), Marco Antonio y Octavio dejarían de lado a Lépido: Marco Antonio se hizo cargo de Oriente y de la Galia Narbonense, mientras que Octavio se enseñoreó de Hispania y de la Galia Cisalpina, además de sus anteriores hijuelas (Sicilia, Cerdeña y Africa). Luego, en el año 40 a.C., la situación volvió a alterarse, incorporándose Lépido nuevamente, con Africa como “dote”: sería desplazado con posterioridad por Octavio, lo que le valdría el destierro político en Circeo. Para esas alturas, Octavio era dueño de Occidente y Marco Antonio de Oriente.

[17] Cesarión era el hijo que Julio César había tenido con Cleopatra.

[18] Augusto, por tanto, aceptaba la existencia de reinos clientes tal cual lo había echo antes Marco Antonio. Asia Menor quedaba, pues, dividida en tres provincias (Asia, Bitinia y Cilicia), mientras que el resto de sus territorios permanecían bajo la órbita de reinos clientes (Ponto, Capadocia, Galacia y Armenia).

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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2 comentarios to “Armenia: transmutación y supervivencia. II.”

  1. MUY BUEN ARTÍCULO!!!!! TEMAS NOTAN CONOCIDOS MUY IMPORTANTES EN NUESTRA HISTORIA

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