IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Armenia: transmutación y supervivencia. I.

Posted by Guilhem en septiembre 16, 2011

Armenia: Un caso de transmutación y supervivencia.

Extracto: El presente trabajo describe el proceso a partir del cual una simple confederación de tribus llegó a construir una entidad política independiente conocida como reino de Armenia. El estado de Urartu, las migraciones cimerias, el advenimiento de los persas, el primer período de independencia, la amenaza de los partos, Tigranes II el Grande, Pompeyo, Marco Antonio, el predominio de los Sasánidas, mazdeísmo y cristianismo, la conversión al cristianismo, y Persarmenia son algunos de los temas tratados en “Historia de Armenia: un caso de transmutación y supervivencia”.

Primera Parte.

Capítulo 1: confederación tribal y Urartu.

El primer estado “armenio”: una confederación tribal (siglo XIII a.C.)

Las primeras noticias que se tienen del establecimiento de un cuasi estado armenio datan del siglo XIII a.C. Se trataba quizá de una confederación de tribus, antecesoras de aquéllas que tiempo después darían origen al estado de Urartu. Los asentamientos se produjeron esencialmente en la zona de los grandes lagos (Van y Urmia), casi sobre el naciente del río Tigris, al Este, y la confluencia del Murat con el Eúfrates, al Oeste. Sin embargo es apresurado hablar de una nación armenia, dado que la misma aún no se había formado. Se precisaría todavía de la llegada de nuevos invasores, con su consecuente asimilación, y del encumbramiento previo de Urartu para dar origen a tal concepto a partir, precisamente, de una integración de pueblos.

Hacia el reinado del soberano asirio Shalmanasar[1] (1274-1245 a.C.), hijo de Adadnarari (1307-1275 a.C.), la presión de tales tribus determinaron una campaña del monarca de Asur contra los asentamientos tribales ubicados en torno de Arinna. La falta de cohesión, manifestada a través de una débil resistencia, sugiere más que un estado, la idea de una confederación de pueblos similar a la establecida más al Norte, en el Cáucaso (Georgia), por Colchis y Taochi (aunque ésta es posterior en alrededor de tres siglos).

Dada la tendencia en boga por entonces de citar con especial morbo el balance de cada campaña asiria, se sabe que Shalmanasar logró derrotar a los antecesores de Urartu y destruir Arinna[2], su capital. El territorio conquistado por el monarca iba más allá aún: se extendía desde la ciudad de Taidi (¿la Amida bizantina, es decir, la Diyarbekir seljúcida?), pasando por Irridi (Ordi), Harran, Nísibe, los montes Kashiyari, hasta llegar a Karkemish.

Para la época en que Shalmanasar combatía ferozmente contra Mitanni (el país de los hurritas) y los pueblos que luego darían origen a Urartu, un grupo de clanes tracio-frigios se desplazó de los Balcanes y, cruzando el Helesponto, se abrió paso a través de Asia Menor. Su avance incontenible hacia Oriente, en medio del país de los hititas, sugiere la posibilidad de sindicarles entre los responsables de la debacle de dicho estado, hacia el 1200 a.C. El desplazamiento de estas tribus acabaría con su ulterior radicación en el lugar adonde usualmente la leyenda suele referir tal acontecimiento: los alrededores del monte Ararat[3]. Gradualmente los condimentos que darían origen a Armenia se iban poniendo en contacto, como consecuencia de los profundos cambios étnicos y sociales que sobrevendrían tras la irrupción de los “pueblos del mar”[4].

El estado de Urartu (siglos XII-VII a.C.).

Nacido de una confederación tribal asentada al norte de Asiria, Urartu pronto se consolidó como un estado independiente en todos los sentidos[5]. Una alianza contra el enemigo común fue pronto establecida entre los soberanos de Urartu y los reyes de Mitanni, alianza misma que, en los años de angustia, permitiría a los hurritas (especialmente mitannos) escabullirse del poder asirio refugiándose en las montañas urarteas. La decadencia de Asur tras la muerte del gran rey Tiglatpileser I (1117-1077 a.C.)[6], potenciada por la invasión de los arameos, posibilitó a los urarteos extraerse de la órbita de influencias de Asiria. Pero la amenaza volvió a cobrar fuerzas en tiempos de Asurnasirpal II[7] (884-858) y de su hijo, Shalmanasar III (858-831), cuando los asirios, habiéndose librado de los arameos, lanzaron sendas campañas contra Urartu, incluyendo una incursión contra la misma capital (865). De hecho, el reconocimiento de un reino urartiano, provendría del propio Shalmanasar III, síntoma inequívoco de que el país del Norte se estaba convirtiendo en un enemigo de cuidado. Los enfrentamientos entre urarteos y asirios se extendieron durante el siguiente siglo y medio, con suerte cambiante para ambos bandos.

El florecimiento de Urartu tuvo su punto culminante entre los siglos IX y VIII a.C. con un estado que dominaba extensos territorios alrededor de los lagos Van y Urmia, cohesionados en torno a una capital bien establecida en Thuspa (Van). El comercio fluía sin inconvenientes en todas las direcciones, e inclusive se habían iniciado contactos con la confederación que habían erigido en el Norte, los Taochi y los Qolha o Colchis. Para el desarrollo regional, los urarteos apelaron a la deportación, con el fin de ampliar las zonas cultivables. Entre los principales productos de exportación se hallaban trabajos en metal, caballos, vinos, trigo y cebada. Para cultivar la tierra los urarteos se convirtieron en eximios constructores de obras fluviales: canales, lagos artificiales y albercas permitieron abastecer de agua a sus poblados y ciudades, a la vez que proveían de agua a los campos de trigo, espelta, cebada y centeno.

A mediados del siglo VIII a.C. la ascensión de Urartu se manifestó militarmente por medio de la destrucción y sometimiento de los Taochi y de sendos enfrentamientos con el país de los Colchis. Tales incursiones pusieron a los urartianos en contacto con el litoral del Mar Negro, y ampliaron la ruta comercial que, procedente de Susa, pasaba ahora por Urartu recalando en Trapezunte. Mas hacia el 720 a.C. una oleada de pueblos procedentes del Norte, cimerios y escitas, y la posterior expansión de los iranios desde el Sur (medos y neobabilónicos), ocasionaron grandes desórdenes en Asia Menor[8]. La coyuntura fue bien aprovechada por aquél pueblo traciofrigio que participara de la destrucción del Imperio Hitita y que había ocupado en Asia Menor el vacío de poder dejado por la extinción de dicho estado. Los invasores se instalaron en Urartu probablemente para la época en que Asiria colapsaba bajo las armas de los ejércitos medos y babilónicos (toma de Asur en el 614 y de Nínive en el 612 a.C.)[9]. Pronto suministraron la capa aristocrático-militar de la nueva sociedad, mientras que los vencidos pasaban a constituir los estratos subalternos. La fusión sería cuestión de tiempo, y Armenia empezaría a tomar forma con el aporte de un tercer grupo de emigrantes. Este tercer grupo procedía del estado asirio y desde hacía largo tiempo interactuaba con los urarteos. Su principal aporte iba a ser el idioma, que los funcionarios de Urartu y el pueblo en general usarían en sus inscripciones lapidarias hasta bien entrado el siglo X.

De la simbiosis de estos tres elementos nació uno nuevo, que empleaba la lengua de los conquistadores frigios, una lengua indoeuropea ubicada en un punto intermedio entre el grupo persa y el grupo griego. La misma evolucionaría tomando vocablos, palabras y nombres propios a los grupos más allegados y al propio urarteo. El producto final estaría a la altura de la nueva entidad que se había creado y de la nación que había sido moldeada por tan singular mezcla de gentes. Sin embargo, ésta no emergería inmediatamente debido al súbito advenimiento de los medos, quienes no tardarían en suceder a los asirios en el control de Mesopotamia, con ambiciones territoriales que incluían las tierras del antiguo Urartu.

Capítulo 2: cimerios, escitas, asirios, caldeos, frigiotracios y medos. El final de Urartu.

Las migraciones de los cimerios: convulsión y nuevo orden.

Como sucediera seis siglos antes con los llamados “pueblos del mar”, la irrupción de los invasores del Norte, cimerios[10] y escitas, ocasionó profundas transformaciones étnicas y sociales en Mesopotamia y Asia Menor. Entre los principales afectados, el estado de Urartu y el reino anatólico de los frigios fueron los que llevaron por lejos la peor parte, aunque las tribus Colchis de Georgia, es decir la Cólquide de los griegos, también sufrieron grandes devastaciones.

La aparición de los cimerios en las mesetas del lago Van, hacia el 715 a.C. coincidió con una nueva fase expansiva del poder asirio, dirigida brillantemente por el soberano Sargón II (722-705). Los acontecimientos que se sucedieron al norte de Musasir, por la acción de los cimerios, por un lado, y de los asirios, por el otro, estuvieron tan entrelazados entre sí que es muy difícil precisar el papel jugado por ambos al momento de establecer causas y consecuencias en el devenir urartiano. Lo cierto es que, mientras los cimerios sacudían la estructura estadual de Urartu y de los territorios más orientales del reino de los frigios, los asirios de Sargón II despachaban ininterrumpidamente una incursión tras otra contra sus vecinos septentrionales (Karkemish, Tabal, Mittani, Manner y Urartu).

Del primer enfrentamiento militar entre cimerios y urarteos, Sargón II fue quien más ventajas cosechó. Con sus tropas invadió los territorios pertenecientes a los aliados de Urartu, en las proximidades del lago Urmia, obligando al herido rey urartiano, Rusa, a marchar contra él con los restos de su ejército[11]. En Sahend los urarteos sufrieron un nuevo revés y ya no les fue posible organizar otra leva. Imparable, Sargón penetró en el país desde la actual Tabriz y lo saqueó impunemente, mientras sus descorazonados habitantes se encerraban en sus fortalezas o huían hacia las montañas para procurarse refugio. Para un país como Urartu, cuya subsistencia económica era viable a través del cultivo de la tierra, la crianza de caballos y el trabajo con metales, el abandono del campo como consecuencia de la invasión asiria fue doblemente perjudicial. Por una parte la desorganización rural hizo colapsar la fuente de ingresos del estado y por otra, causó el desmoronamiento de la política de deportaciones en masa, que los reyes urartianos habían empleado hasta ese entonces para poblar zonas que eran fértiles para el cultivo de cereales y vid, y que los monarcas asirios anteriores a Sargón II no habían sabido valorar.

Una segunda aparición de los cimerios tuvo lugar hacia el año 696, aunque en esta oportunidad estuvo más focalizada en los confines septentrionales de Asia Menor. Durante el transcurso de la misma, los invasores del Norte atacaron al reino de Frigia, que tocó a su término con el suicidio de su último rey, Midas II, en 675 a.C., la captura de Gordio, su capital, y el establecimiento del rey cimerio de Lidia, Creso, en el trono de Midas. Fueron precisamente estos hechos los que impulsaron a los sobrevivientes frigios a huir en diferentes direcciones. Algunos grupos lo hicieron poniendo rumbo hacia Oriente, y alrededor del 600 a.C., se establecieron en las cercanías del lago Van, no sin antes librar cruentas luchas con los urarteos[12].

Medos y caldeos: consecuencias de la toma de Nínive en el horizonte urartiano.

La declinación de Asiria hacia finales del siglo VII a.C. también supuso una nueva amenaza para los urartianos al desproteger la frontera meridional, que los reyes habían puesto a buen resguardo mediante una política de acercamiento hacia Nínive. Así como desde el Norte los cimerios y más tarde los escitas habían subvertido el orden reinante durante decenios en las tierras de Asia Menor, Georgia y Armenia, desde el Sur, las revueltas de arameos y caldeos comenzaron a poner en jaque la preponderancia asiria, con consecuencias similares. Víctimas de sus propios métodos de deportaciones en masa y asimilación, los asirios empezaron a padecer una pérdida de identidad que se vio agravada por la debilidad de los sucesores de Asurbanipal (667-629). La constitución del reino neobabilónico, fruto precisamente de las mencionadas revueltas y de la habilidad de un caudillo llamado Nabopolasar, fue seguida por sendos ataques sobre la frontera sur del estado asirio, aunque ninguno tuvo la intensidad de la incursión que llevaron a cabo los medos de Ciaxares, aliados de aquél. Hacia el 614 a.C., Asur se encontraba en llamas y sus habitantes, esclavizados, eran conducidos hacia el Este.

A partir de la toma de la vieja capital, la resistencia asiria fue menguando y no pudo evitar la ulterior captura de Nínive a manos de los aliados medos y babilónicos. Las desmoralizadas fuerzas asirias debieron refugiarse en Harrán y sus territorios, donde proclamaron rey a Ashshuruballit (612-609), el último monarca asirio que registra la Historia[13]. Ni con la ayuda de los egipcios, a la sazón sumamente preocupados por la suerte de sus dominios en Siria, pudo Ashshuruballit recuperar sus antiguos dominios. Todo lo contrario, una nueva expedición babilónica le dejó con las manos vacías, tras lo cual el desdichado soberano fue asesinado por sus propios aliados del Nilo[14].

La desaparición de Asiria tuvo un efecto inmediato sobre los territorios ubicados en torno a los lagos Van y Urmia. Para Urartu, que llevaba siglos combatiendo a un enemigo que conocía a la perfección, el vacío de poder resultante en sus fronteras meridionales le arrojo a las manos de un futuro incierto. Sin haberse recuperado nunca de las devastaciones de Sargón II y Senaquerib, los urarteos no estaban preparados para afrontar tamaña presión externa: frigiotracios (o frigioarmenios) desde el Oeste, babilónicos desde el Sur y medos desde el Este. Aunque el peligro babilónico se diluyó muy pronto[15], no sucedió lo mismo en los otros dos casos. Hacia el 600 a.C., los frigiotracios habían arribado ya al reino y establecido su preeminencia sobre la población. De la integración de tales elementos más el influjo residual de la cultura asiria emergerían finalmente los armenios tal cual se los conoce hoy. Pero esta primera etapa estaría lejos de ver a un estado armenio independiente y mucho menos, consolidado. Cuando apenas se había logrado cierto grado de cohesión entre urartianos y frigiotracios, se produjo la llegada de los medos, acaudillados por un tal Ciaxares.

La invasión de Armenia, comandada por Ciaxares, se inició hacia el 590 a.C. El rey medo, avanzando rápidamente hacia el corazón del país, no tuvo problemas en conquistar la antigua capital urartea de Thupsa. Las guarniciones que allí dejó, asegurarían la dominación meda del territorio durante los siguientes cuarenta años. Algunos urartianos, reacios aún a la pérdida de su independencia, hicieron un intento de resistir en Tesheba, pero una nueva invasión cimeria decretó el final de su estado, hacia el 585 a.C.

Capítulo 3: Armenia, ¿un invento de Darío I?

El advenimiento de los persas. Final de Media y Babilonia.

Una vez que medos y caldeos hubieron liquidado la presencia asiria en el Cercano Oriente y terminado con aquél país de ascendencia hurrita (aunque no mitanno), conocido como Urartu, un periodo de grandeza se inició nuevamente en Mesopotamia, de la mano del hijo y sucesor de Nabopolasar, Nabucodonosor II (605-562). Pero a la vez que babilónicos y medos se preocupaban por consolidar sus nuevas conquistas (Asia Menor oriental, Siria y Palestina), en Irán, los persas[16] iban lentamente echando las bases de lo que, en cuestión de unas pocas décadas, acabaría siendo el mayor imperio de la Antigüedad, antes de Alejandro Magno.

Precisamente de la ambición de Ciaxares de unir a medos y persas a través de una boda real entre su hija y Cambises I, el hijo de Ciro el Viejo[17] (Ciro I para la cronología histórica), es que surge el principal protagonista de ese siglo. Ciro II (559-530), mitad persa y mitad medo, nacido de tal unión, pronto debió vérselas con la nobleza meda que se rehusaba a reconocerle cualquier tipo de primacía o prerrogativas. En consecuencia, marchó contra los medos y les venció en el 549, ocupando Ecbátana, su capital. Persia, nacida en un rincón del Irán, entre elamitas y medos, pronto se vio dueña de las tierras que Ciaxares había arrebatado a urarteos y lidios. Aunque Ciro no se contentó con ello: ambicionaba los dominios lidios del Asia Menor y las provincias babilónicas que tan meticulosamente había preservado Nabucodonosor para Babilonia y su reino caldeo. Entretanto, los armenios presenciaban tales eventos como meros espectadores aunque el imperio persa, en constante crecimiento, pronto les depararía una satrapía, autónoma en asuntos de política y tolerante en cuestiones de religión.

La destrucción del estado medo en 549 a.C. fue seguida por la conquista persa de Asia Menor. Ciro II, una vez que hubo tomado Ecbátana, avanzó directamente hacia el Oeste y luego de Cruzar el Tigris y sobrepasar la posición del antiguo reino urarteo, ingresó al Asia Menor, donde mandaba Creso, el rey de Lidia. La victoria persa de Pteria y la posterior conquista de Sardes, determinaron el final del reino de Lidia. Poco tiempo después, Ciro caía sobre los caldeos de Babilonia, tomando prisionero a Nabónido, el último rey neobabilónico, y entrando triunfalmente en su capital (539 a.C.).

Para darnos una idea exacta de la celeridad con que se estaban desarrollando tan dramáticos cambios se ha de tener en cuenta los siguientes aspectos: al momento de conquistar Ciro II Babilonia, hacía:

  • 70 años que había desaparecido Asiria.
  • 61 años que los frigiotracios habían arribado al entorno del Ararat.
  • 46 años que había sucumbido Urartu.
  • 29 años que los egipcios habían debido abandonar Siria y Palestina en manos de los caldeos.
  • 23 años que había muerto Nabucodonosor (el más importante rey caldeo).

Con estas perspectivas, seguramente los armenios debieron haberse preguntado si la dominación persa seguiría el ciclo cada vez más corto de ascensión, auge y caída de los estados del Cercano y Medio Oriente. Lamentablemente, para sus aspiraciones independentistas (recordemos que no habían terminado de surgir como pueblo y ya habían perdido su libertad en manos de los medos), la tendencia se rompería con los persas.

La situación de Armenia bajo el yugo persa.

La dominación de Persia sobre Armenia se extendió a lo largo de doscientos veinte años, durante los cuales la cultura irania ejerció una gran influencia. Lengua, costumbres y religión armenias sufrieron profundas transformaciones bajo la férula persa, altamente impregnada de elementos pertenecientes a los pueblos vencidos o vecinos: asirios, griegos, egipcios, lidios e indios. Ciro II pronto se perfiló como el soberano tolerante e integrador por antonomasia, virtudes en las que tuvieron mucho que ver su ascendencia indoeuropea y las características de la religión que traían consigo los conquistadores. A diferencia de los politeísmos orientales, la religión persa, el mazdeísmo[18], reconocía las virtudes del ser humano y las premiaba por proceder del bien. En este sentido, todo fiel debía trabajar para extirpar el mal de la Tierra, que se reconocía a través de los vicios y defectos de los seres vivos. Tal vez sea ésta la causa del cambio de actitud hacia los pueblos vencidos que demostraron los nuevos amos de Mesopotamia y del Asia Menor, respecto a los anteriores reinos e imperios.

El fundador del estado persa murió en 530 a.C. y su desaparición fue aprovechada por los elementos semitas del viejo partido reinante de Babilonia, para llevar a cabo sendos complots, que colocaron efímeramente al frente de dicha ciudad, a sendos usurpadores (522 y 521). Tales movimientos alentaron a los armenios a rebelarse contra los persas, especialmente tras la muerte de Cambises (530-522). Inclusive en Babilonia, un armenio se hizo coronar con el nombre de Nabucodonosor IV, apoyado por miembros de la antigua elite.

Darío (522-486), un noble aqueménida que prevaleció entre varios aspirantes tras el asesinato de Gaumata, hermano de Cambises, tuvo que afrontar tales revueltas, que no eran otra cosa que la reacción natural e instintiva hacia su falta de legitimidad. Los rebeldes fueron derrotados uno tras otro, al mismo tiempo que se restablecían las satrapías que habían estado amenazadas. En Armenia, entretanto, el general Vaumisa controlaba a los armenios, mientras Darío se dirigía contra Arbelas, al oeste del lago Urmia. La serie de éxitos del rey aqueménida quedó inmortalizada en la inscripción de Beisthún[19]:

(Cuenta Darío) “Estos son los países que están sujetos a mí y que por la gracia de Ahura-Mazda me transformé en rey de ellos: Persia, Elam, Babilonia, Asiria, Arabia, Egipto, los países del Mar, Lidia, los griegos, Media, Armenia, Capadocia, Partia, Drangiana, Aria, Corasmia, Bactriana, Sogdiana, Gandara, Escitia, Satagidia, Arachosia y Maka, veintitrés países en total”.

La inclusión de la palabra “Armenia” en los grabados del monumento citado es la primera mención que recoge la Historia acerca de dicho país y fue precisamente Darío, ego mediante, el primer monarca en emplearla oficialmente. Si hasta ese momento había existido un lugar sin marcar en el mapa, ahora el gran rey persa le ponía el nombre para identificarle: Armenia, la XIII satrapía.

Capítulo 4: entre Oriente y Occidente.

El camino hacia el primer período de independencia.

La conquista del Imperio Persa, pergeñada y llevada a cabo hábilmente por Alejandro Magno significó políticamente un mero cambio de dueños para los armenios. Tras la derrota de Darío III Codomano (336-331) en Gaugamela (331 a.C.), los macedonios se apropiaron, casi sin resistencia, de las últimas satrapías orientales a la vez que iban esparciendo su cultura mediante la construcción de nuevas ciudades[20] y una política tolerante hacia los vencidos que incluía casamientos mixtos. Pero culturalmente, el contacto de los armenios con el invasor supuso grandes cambios para el país. A través de una síntesis que, aglutinando los elementos de las civilizaciones orientales y occidentales, iría transformando gradualmente las raíces del país que se hundían hasta el arcano Urartu, Armenia adquirió una nueva identidad. ¿Europeos híbridos? ¿Los europeos del Asia? ¿Asiáticos europeizados? La respuesta a tales interrogantes, en cualquier caso, debería ser un no rotundo. Armenia, luego de la conquista de Alejandro, se desarrolló como una entidad única en todos los sentidos. Cualquier intento de definirla de otra manera sería una forma peyorativa e injusta de “ver” y comprender su Historia. Una cosa es cierta sin embargo: que la irrupción de Occidente a través de los macedonios marcó para siempre el devenir histórico de los armenios. Es lo que iremos desglosando y analizando minuciosamente de ahora en más.

Alejandro Magno fue indudablemente un genio militar a quien la muerte sorprendió cuando se aprestaba para la conquista de Arabia (323 a.C.). ¿Pero fue un hábil administrador? No lo sabremos nunca. Su imperio no le sobrevivió, al menos como estructura unificada y resistente. Muy pronto, sus generales iniciaron una sórdida lucha para disputarse los despojos del otrora gran estado[21]. Hacia el 301 a. C., de todos los candidatos que se habían disputado la herencia alejandrina solo quedaban tres: Ptolomeo I Sóter (305-285) en Egipto y Palestina, Demetrio I Poliorcetes (307-283) en Macedonia y Tracia, y Seleuco I Nicator (305-281) en los restantes territorios[22]. Precisamente en este período, tan convulsionado, los armenios, acaudillados por Orontes I o Hrant (322-301) lograrían sustraerse de la soberanía griega para extasiar sus pulmones con un poco de aire de libertad.

No duraría mucho, sin embargo, este atípico interregno de independencia. En el 222 a.C., Seleuco II Callinico (246-226) volvería a imponer sobre Armenia la dominación de los seléucidas. El país sería luego dividido por Antíoco III el Grande (223-187) en dos provincias: Armenia mayor, ubicada al este del Eufrates, con las ciudades de Erzurum (Teodosiópolis) y Van como cabeceras, y Armenia menor, al oeste de aquél río, incluyendo las urbes de Sebastea (Sivas) y Erzincan. Los nuevos territorios serían asignados, no obstante, a príncipes nativos: Artaxias o Asrtashes gobernaría el primero, y Zareh, el segundo.

Entretanto, hacia Occidente, las legiones romanas ya estaban haciendo estragos en el reino de Macedonia[23], aquél mismo donde en 307 a.C. Demetrio I Poliorcetes se estableciera como sucesor de Alejandro. La guerra con Macedonia había puesto por primera vez a Roma en contacto con el reino seléucida de Antioquia[24]. Los romanos habían conocido a su rey, Antíoco III el Grande, cuando, a través de sus embajadores, buscaron su ayuda para evitar cualquier sorpresa en la puerta trasera de Macedonia. Pero descubrieron en el ambicioso monarca oriental a un personaje peligroso, un enemigo temible, para sus aspiraciones expansionistas en Asia Menor. Y Antíoco, que en realidad deseaba recrear en su imperio, el estado de los antiguos reyes aqueménidas de Persia, se prestó inocentemente al juego.

En Magnesia, hacia el 190 a.C., los contendientes se enfrentaron en una dura batalla que terminó con la victoria de los romanos. Antíoco III se apresuró a firmar la paz de Apamea (188), a través de la cual se obligaba a aceptar durísimas concesiones, entre las que se contaban elevados tributos y el desmantelamiento de su aparato militar[25]. El imperio seléucida, arruinado y sometido a una política sistemática de “divide y vencerás” por parte de los romanos, jamás volvería ya a levantar cabeza.

Los armenios se dieron cuenta muy pronto del alcance de la derrota de Antíoco III. La táctica romana habitual, para estos casos de adversarios doblegados pero no sometidos, era alentar o apoyar rebeliones en el seno del territorio enemigo. En los armenios encontraron un campo propicio para ello, por lo que la revuelta de Artaxias y de Zareh en sus respectivos territorios, recibió la aprobación del senado romano. En cierta manera, la batalla de Magnesia representa un punto crucial en la historia de Armenia: la victoria romana de 190 fue el espaldarazo que los armenios tanto habían anhelado para dar sus primeros pasos como pueblo libre e independiente.

El reinado de Artaxias (190-159 a.C.): primeras trazas de consolidación.

Si bien Magnesia devolvió la independencia a los armenios, no alcanzó para restituirles la unidad. Artaxias o Asrtashes seguía gobernando la parte oriental del país, mientras que Zareh hacía lo propio en la zona occidental. Pero la muerte de éste último dio a aquél la ocasión de anexionarse la Armenia menor, lo que abrió el camino para una expansión posterior a costa de los pueblos vecinos. La belicosidad armenia se concentró especialmente contra los albanos, que habitaban el actual Azerbaiján, y los kartlis o iberos, gobernados por Saurmag, el sucesor de Parnavaz. En el plano interno, la principal intervención de Artaxias estuvo dada por el traslado de la capital desde Armavir a Artaxata, a orillas del río Arax, en el vértice superior del triángulo formado por los lagos Urmia, Van y Sevan. Quizá la razón de tal decisión haya sido la necesidad de mantener un mejor control sobre los territorios de los albanos, que se extendían entre el río Cura y el citado Arax, al oeste del Mar Caspio.

Artaxias gobernó Armenia entre los años 190 y 159 a.C., siendo contemporáneo de la debacle progresiva del Imperio Seléucida, y del surgimiento de sendos reinos vecinos que, a la postre, llegarían a amenazar la independencia del país (principalmente el estado parto de los arsácidas). Como ya se ha señalado, la victoria romana de Magnesia (190 a.C.), había provocado la sangría del estado con sede en Antioquia. Antíoco III el Grande fue incapaz de contener las fuerzas centrífugas que amenazaban su estado, aparecidas tras el enfrentamiento con los romanos y, en especial, luego de una serie de conflictos con los descendientes de Ptolomeo, suscitados a raíz de la posesión de Fenicia y Palestina. Para entonces, de los dominios seléucidas originales, aquéllos que Seleuco I Nicator se asignara del Imperio de Alejandro, solo restaban Siria y algunos territorios en Mesopotamia y Media. Bactriana, el territorio menos helenizado de todos, se había perdido hacía tiempo a manos de los partos[26], quienes hacia el 141 a.C. también arrebatarían a Antíoco VII (138-126), Babilonia, Uruk y Persépolis. Más hacia el Oeste, se habían constituido otros reinos helenísticos, como Ponto, Pérgamo, Paflagonia, Rodas, Galacia y Capadocia, en el Asia Menor. Y en el Sur, los hebreos, acaudillados por los Macabeos, desataban una feroz revuelta armada que ponía en jaque la superioridad que habían logrado los seléucidas en la región por sobre los Ptolomeos de Egipto[27]. Tanta dispersión de autoridad, propiciaba la independencia de los armenios, y fue precisamente su primer soberano, Artaxias, el encargado de aprovechar la coyuntura para consolidar el reino.

Capítulo 5: el período pre-romano.

La amenaza de los partos.

Desde el reinado de Artaxias, el restaurador del estado armenio, hasta el de Tigran II el Grande, existe un interregno de aproximadamente sesenta y cinco años, en el cual los sucesores del primero, Artavazd (159-149) y Tigran I (149-123) debieron dar lo mejor de sí mismos para mantener la precaria independencia lograda tras Magnesia. Para entonces sobre Armenia se cernían sendos peligros: desde el Sur, los seléucidas siempre amenazantes, esperaban el momento propicio para recuperar algo de su antigua gloria. Es cierto, tras el reinado de Antíoco III el Grande, las cosas habían ido de mal en peor para los de Antioquia, desde sus relaciones tormentosas con el estado hermano de los Ptolomeos, hasta los enfrentamientos con el naciente reino parto de los arsácidas, que lentamente se iba fagocitando Mesopotamia. Sin mencionar a los romanos, quienes aún privados de la fuerza suficiente para intervenir directamente en Siria, habían creado una serie de estados tapones en Asia Menor, a través de la paz de Apamea, a fin de absorber cualquier nuevo intento de los seléucidas por tomarse desquite. En este sentido, supieron atraer a su causa a los monarcas atálidas del reino de Pérgamo[28], cuyas tierras iban desde la costa egea del Asia Menor, hasta Seleucia, adonde entraban en contacto con los territorios de Antioquia.

Hacia el Oeste, Armenia hundía su superficie hasta más allá de las fuentes del Halys, entrando en contacto con los reinos helenísticos de Capadocia y el Ponto. En esas latitudes, la influencia armenia era realmente apreciable, debido sobre todo al establecimiento de colonos de esa nacionalidad junto a los antiguos pobladores de Capadocia: tibarenses y cataones. Regados entre el Lycus y el Halys, estos armenios se moverían la mayoría de las veces de manera independiente respecto a los soberanos de Artaxata[29], sirviendo como un dique de contención frente al ambicioso estado del Ponto.

Pero no era sino del Este que procedía la principal amenaza. Tras la paz de Apamea se había formado un reino independiente en la Media Atropatena, que aislaba a Armenia de los pueblos iranios que habitaban las zonas orientales del Imperio Seléucida, mismos pueblos sobre los cuales la influencia de la cultura helena no había pasado de ser una tenue pincelada.  Sin embargo, la ascensión del estado parto vino a cambiar las cosas. Extendiéndose hacia el Oeste, los arsácidas fueron ocupando, lentamente al principio, los territorios de Media, Persia y Mesopotamia, a los que la precaria existencia de los seléucidas, luego de Magnesia, había prácticamente relegado a una insufrible autonomía de hecho. Los partos, por tanto, eran el enemigo declarado del flamante estado armenio, realidad que se puso en evidencia cuando, tras la muerte de Tigran I, empezaron a incursionar al oeste del Lago Urmia. Entonces el monarca arsácida Mitrídates II el Grande (114-86 a.C.) se volvió contra Artaxata, con el pretexto de recuperar ciertos territorios que los armenios habían ocupado en Iberia y Media septentrional. El desenlace de la disputa acabó con el pago de tributos, la cesión de algunos distritos y la entrega en calidad de rehén de quien luego llegaría a coronarse como Tigran II el Grande (94-54).

Tigran II el Grande (o Tigranes II): los primeros años de reinado.

En las páginas de Historia podemos encontrar sendos ejemplos de estados que tuvieron su gobernante “magno” y Armenia, claro, no fue la excepción a la regla. Cuando la sombra parta recogía su silueta para retirarse más allá del Lago Urmia, hacia los confines de Media, Tigran II sucedió a Artavazd II y volvió a reunificar Armenia, que se había escindido tras Tigran I, en la Armenia araxiana y la Armenia eufratesa. Para asegurar su frontera occidental, Tigran II se casó con la hija del rey del Ponto, Mitrídates Eupator, cuyas tierras se hallaban por el Sur y el Oeste, en contacto directo con la de los reinos helenísticos aliados de Roma. El único de dichos estados que aún no había aceptado plenamente la protección de los romanos era el reino de Capadocia y fue precisamente esta condición lo que atrajo la mirada de los aliados. El desesperado rey capadocio, Ariobarzan hizo inmediatamente un angustioso llamado de auxilio que fue rápidamente contestado desde Italia. Las tropas pónticas, apoyadas por regimientos armenios, fueron puestas en fuga y así, amargamente, terminó la primera experiencia expansionista de Tigran II.

El revés experimentado en Capadocia no desalentó, sin embargo, al monarca armenio en su intento por levantar una Gran Armenia. Inmediatamente después de la desafortunada aventura, Tigranes se volvió hacia Oriente, adonde logró vencer al inveterado rival de Partia, lo que le significó la conquista de Media septentrional (o Media Atropatena), el Kurdistán y algunos territorios de la alta Mesopotamia[30]. Inclusive tuvo lugar una incursión contra la misma Ecbátana, que el monarca armenio conmemoró emitiendo monedas con su efigie y la inscripción “rey de reyes”.

Luego, en el 83 a.C., aprovechando el mal momento que atravesaba el Imperio Seléucida, reducido por entonces a Siria y a una estrecha franja de Palestina, se presentó ante las murallas de Antioquia. Los intimidados seléucidas hubieron de reconocer su soberanía, ofreciéndole junto con la corona, todos los territorios que aún poseían, incluida Cilicia y el litoral Mediterráneo[31].

La serie de éxitos alentó a Tigranes a erigir una nueva capital, acorde con la fama que el monarca había logrado para sí y para su reino. Además, Artaxata, ubicada al norte del país, se hallaba demasiado lejos de los puntos neurálgicos por donde se desarrollaban los principales acontecimientos de esa época, por lo que su abandono se tornó una necesidad. El lugar elegido para la nueva sede se encontraba al norte de Nísibe y al este de Amida, y la ciudad fue bautizada con el nombre de Tigranocerta (Tigranakert) en honor a su fundador. Para lograr su desarrollo, Tigranes deportó a numerosas familias griegas del Asia Menor, como a otras procedentes de Siria, Asiria, Gordio y Mesopotamia, además de obligar a los notables de su reino a mudar su residencia de Artaxata en beneficio de la flamante capital. Se construyeron numerosos edificios, establos y palacios, mientras que la residencia real fue situada en los suburbios, rodeada de un parque con lagos ratifícales y protegida por una poderosa fortificación. Tigranes completó el cuadro mediante la adopción del fastuoso ceremonial y la pompa de las antiguas cortes persas de los aqueménidas, aunque el monarca era un fanático de la cultura griega[32]. Tigranocerta, cuenta la tradición, llegó en un punto de su corta duración, a rivalizar en belleza con ciudades de la talla de Babilonia o Persépolis, aunque su rápida ascensión fue tan fulgurante como su abrupta caída: hoy los arqueólogos todavía siguen discutiendo el sitio exacto de su ubicación, situándola algunos, inclusive, al noroeste de Nísibe, muy cerca de Edesa.

Entretanto, al Oeste, las pretensiones de Mitrídates, el suegro de Tigran, habían empezado de nuevo a ocasionar problemas con los romanos. Por un lado, el soberano del Ponto amenazaba el comercio marítimo, subvencionando la actividad de los piratas en el Egeo y el Mar Negro, y por el otro, proyectaba cada más sin ningún pudor sus pretensiones sobre el Reino de Bitinia, el cual, por testamento, debía ser cedido, como Pérgamo, a Roma. Mientras vivió Silas, Mitrídates, contenido, se preocupó por no enviar señales que pudieran ser interpretadas como desafiantes por la gran metrópoli de Italia. Pero con la muerte de aquél, los motivos que aconsejaban respeto y mesura por parte de los pónticos, se relajaron. Mitrídates entonces cayó sobre las guarniciones romanas que venían para hacer cumplir el testamento del último soberano de Bitinia, y la guerra arreció nuevamente sobre las regiones septentrionales de Asia Menor.

Correspondió a Lúculo, uno de los jefes senatoriales, hacer frente a la amenaza que representaba el rey del Ponto. Tanto la superioridad numérica de sus enemigos, como el difícil terreno representaban un desafío para el general romano, quien sin embargo no se dejó intimidar. Haciendo uso de sus dotes de estratega, pronto consiguió hacer retroceder a Mitrídates en dirección al Mar Negro, y finalmente expulsarle del país.

Mitrídates buscó entonces refugio en la corte de Tigranes, quien para ese entonces estaba tan encandilado por sus éxitos militares contra los partos, los seléucidas y los íberos que no atinó a darse cuenta del problema en que su suegro le había metido. Del otro lado, entretanto, los romanos se relamían de felicidad: el ingenuo monarca de Armenia les había dado la excusa ideal para que las legiones pudieran por vez primera en la Historia, cruzar el Eúfrates.


[1] Shalmanazar I fue un rey eminentemente conquistador, a quien se le atribuye la organización del poderoso ejército con el que Asiria se haría dueña de Oriente Medio. La maquinaria militar de Asur se basaba en el empleo de infantería ligera, combatientes con armadura en carros de combate, caballería dotada de jabalinas y lanzas, arqueros, honderos, escuchas, mensajeros, torres móviles de asalto provistas de un ariete y una tronera, donde los arqueros disparaban protegidos por una estructura sólida recubierta con cueros y pieles de animales. El equipamiento militar incluía odres vacíos que se inflaban a pulmón para cruzar ríos. Las campañas de terror eran ampliamente utilizadas por los soberanos asirios contra sus enemigos externos como una manera de preparar el terreno para la siguiente conquista.
[2] Hacia mediados del siglo XIII a.C., la costumbre imperante al cabo de una expedición militar consistía en recoger un puñado de tierra de cada gran ciudad destruida y acopiarlo frente a la puerta principal de la capital asiria. La intención era que sirviera como un recordatorio de los logros conseguidos para las futuras generaciones. Otra usanza desarrollada en tiempos de Shalmanazar y aún, de su padre, consistía en tomar de rehenes a los hijos de familias notables, pertenecientes a los países vencidos, con la intención de “amansarlos” mediante la asimilación de la cultura asiria.
[3] La leyenda sostiene que los armenios descienden del mismo Noé, por vía de Gomer, nieto de aquél y abuelo de Thorgorm, quien a su vez era padre de Haic. De aquí que en sus orígenes el país haya sido denominado “Haisastán”. La secuencia de parentesco más sencillamente expuesta quedaría así: Noé – Jafet – Gomer – Ashquenaz (Askenaz) – Thorgom – Haic. La Biblia, al respecto, dice que de los hijos de Jafet (Gomer, Magog, Madai, Javán, Tubal, Meses y Tiras) y de sus respectivos descendientes (Askenaz, Rifat, Togarma, Elisa, Tarsis, Quitim y Rodanim) proceden los pobladores de la costa (es decir, Outremer o Ultramar: los actuales países de Siria y Líbano y las antiguas provincias bizantinas de Cilicia y Seleucia). Lo cual se torna sugestivo a la hora de considerar que el Imperio Hitita fue abatido por los “pueblos del mar”.
[4] Los “pueblos del mar”, que ocasionaron la debacle del Imperio Hitita, eran una masa heterogénea de pueblos de distinta procedencia, que se movían empujados por migraciones internas. Se trataba quizá de una combinación de hordas integradas por filisteos, libios, zekkeres, frigios y tracios, entre otros.
[5] Algunos historiadores como E. Cassini y J. Vercotter, sostienen que el origen de Urartu está relacionado con bandas de hurritas que poblaron la región, tras un desprendimiento de aquéllos que habían creado el reino de Mitanni.
[6] Tiglatpileser I fue el artífice de una amplia obra restauradora que puso a Asiria en una nueva gran fase expansionista. A su muerte, los arameos, aprovechando la debilidad de sus sucesores, Ashurberkala (1074-1057) y Shamshiadad (1054-1051), invadieron el país, sumergiéndolo en el caos.
[7] El significado de Asurnasirpal es el siguiente: “Asur, el guardián del heredero”.
[8] En el debilitamiento de Urartu tuvo mucho que ver el papel desempeñado por el soberano asirio Sargon (722-705), quien atento a los graves disturbios ocasionados en la región por los cimerios, ingresó al país y aplastó a las fuerzas de Rusa en Sahend (714).
[9] Hacia el 590 a.C., los medos, vencedores de Asiria, ya habían tomado Tushpa, por lo que la descomposición de Urartu debió tener lugar no antes de esa fecha. Por tanto, la llegada de pueblos armenio-frigios procedentes del Asia Menor occidental parece haber ocurrido entre el 610 y el 590 a.C.
[10] La migración de los masagetas, que tuvo lugar hacia el siglo VIII a.C., saliendo desde el Oxus, alcanzó los territorios cimerios del sur de Rusia, empujando a los escitas sobre éstos. La respuesta de los cimerios fue abandonar sus territorios, transponer los montes caucásicos e irrumpir en Urartu. El origen de los cimerios y escitas aún hoy no ha podido ser descifrado. La historiografía rusa separa a uno de otros utilizando un sentido geográfico: mientras los cimerios eran el pueblo que habitaba el sur de Rusia, los escitas eran tribus cuyos emplazamientos se ubicaban en las proximidades del mar de Azov (al este de Crimea).
[11] Hacia el 715 a.C., Rusa había sufrido una aplastante derrota a manos de los cimerios, que le había costado la pérdida de algunos de sus generales y de gran parte de sus efectivos.
[12] Otros grupos frigios, entretanto, se atrincheraron en algunas de las mayores ciudades de Asia Menor occidental, como Sardes, mientras los cimerios consolidaban su poder entorno de Sínope.
[13] Ashshuruballit no tardó también en perder su nueva capital de Harrán, hacia el año 610, en manos de Nabopolasar, rey de Babilonia. Desde entonces, su único punto de apoyo y sostén fue el faraón de Egipto, que le suministró tropas para continuar resistiendo.
[14] Es tanta la oscuridad reinante en relación a los últimos años del estado Asirio, que la muerte de Ashshuruballit no ha sido recogida por ninguna fuente. Su asesinato a manos egipcias es una especulación que se fundamenta en una mera cuestión práctica: el precio por mantener tan débil aliado, a la larga, era más gravoso para el faraón que si se jugaba su propia suerte frente a los babilónicos y medos. Sin embargo, hay quienes piensan que el último monarca asirio bien pudo haber muerto durante su fallido intento por recapturar Harrán de manos de Nabopolasar.
[15] Tanto Nabopolasar como su hijo y sucesor, Nabucodonosor estaban más interesados en una expansión hacia el Mediterráneo, a costa de los dominios egipcios de Siria y Palestina.
[16] Medos y persas eran pueblos iranios de origen indoeuropeo. Su irrupción en escena quitaría a los semitas el protagonismo que habían tenido en los anales de la Historia hasta ese momento (especialmente gracias a los asirios). Desde entonces, los semitas deberían aguardar un poco más de mil años para irrumpir en escena nuevamente, de la mano de una nueva fe.
[17] Ciro el Viejo era hermano de Ariaramnes e hijo de Teispes. Tanto su padre, como luego él y su hermano, entre quienes Teispes había dividido el reino, fueron vasallos de los medos de Ecbátana.
[18] Doctrina predicada por Zarathustra (Zoroastro), el mazdeísmo era una religión dualista que reconocía como dios supremo a Ahura-Mazda, creador de todo lo bueno, y Ahirmán, creador de todo lo malo, ambos presentes desde toda la eternidad. Por debajo de ellos, e integrando cada bando, existían espíritus inferiores que podríamos llamar ángeles, los hombres y todo ser vivo que pisara la Tierra. La lucha permanente entre ambos principios era lo que en definitiva moldeaba la historia del mundo.
[19] Entre Hamadán (Iran) y Bagdad (Irak) actuales, se encuentra la roca de Beisthún, que es un monumento de piedra de 5,5 metros por 3, donde Darío hizo grabar la secuencia referida a las victorias militares de su reinado. Precisamente en dicha estela se haya descripta minuciosamente la revuelta Armenia del año 522 a.C., que fuera conjurada por su lugarteniente Vaumisa.
[20] Alejandría Ad Issum, entre Siria y Turquía, Alejandría en Egipto, Alejandría de Aria, Alejandría de Portfasia, Alejandría Caucásica, Alejandría Escate, Alejandría de Susiana, Alejandría Bucéfala, Alejandría Opiana, Alejandría Portfasia, Alejandría Nicea, Alejandría en el Hífasis, etc.
[21] Los dos candidatos “legales” para suceder a Alejandro eran Filipo Arrideo, hijo ilegítimo de Filipo II y de hecho, hermanastro de Alejandro, y el hijo póstumo del Magno, al que habían dado su mismo nombre: Alejandro IV. Ambos pretendientes, respetados en un principio a través de regentes (Pérdicas y Antípatro), acabaron siendo asesinados.
[22] Lidia, Frigia, Cilicia, Capadocia, Armenia, Siria, Mesopotamia, Susiana, Persia, Partia, Bactriana, Aracosia y Gedrosia.
[23] Los romanos venían de vencer a Aníbal, uno de los mejores generales de la época, y de doblegar, por ende, el poderío de su inveterado rival: Cartago.
[24] La ciudad de Antioquia, en Siria, había sido fundada por Seleuco I Nicator en el año 301 a.C. y recibió su nombre en honor de Antíoco, el padre de Seleuco. Pronto la flamante metrópoli terminó acaparando el poder que hasta entonces había detentado la vieja capital de Seleucia (obra también de Seleuco I), la gran ciudad puerto ubicada sobre el Tigris, al norte de Babilonia.
[25] Así, por ejemplo, el monarca seléucida debió ceder su flota a los romanos, excepto diez barcos, y todos sus elefantes de guerra. Por su parte, el tributo que le fue impuesto (15000 talentos) a título de reparaciones de guerra, a la larga, resultaría asfixiante para las arcas del pobre Antíoco. La desesperación por hacerse de circulante acabaría siendo la causa de su perdición: Antíoco moriría asesinado precisamente al saquear un templo en el Golfo Pérsico.
[26] Los partos eran un pueblo seminómada de estirpe irania, como los antiguos persas aqueménidas. Sus bases originales precisamente se hallaban en Partia, entre el Caspio y el río Oxus.
[27] El último gran logro del estado seléucida antes del desastre de Magnesia había sido la adquisición de Fenicia y Palestina, obra de Antíoco III, merced a su victoria sobre Ptolomeo IV de Egipto, en Panión (200 a.C.), cerca del nacimiento del Jordán.
[28] El reino de Pérgamo fue el último estado helenístico en nacer. Independientes a la muerte de Seleuco I Nicator, el fundador del Imperio seléucida, los pergaminos debieron recurrir una y otra vez a Roma y Egipto para mantener en los años subsiguientes su soberanía contra los intentos expansionistas de los seléucidas y los gálatas. El reino sería cedido por Atalo III, a los romanos (133 a.C.). Pérgamo, la capital, llegó a ser famosa por su biblioteca que, según las crónicas, llegó a albergar 200.000 volúmenes. Semejante bagaje de ejemplares determinó que en el lugar trabajaran centenares de personas, desempeñándose como copistas o eruditos, transcribiendo manuscritos existentes o reconstruyendo textos a partir de fragmentos.
[29] También denominada Artashat o Artaxsata, la capital armenia de Artaxata, según cuenta la tradición, fue levantada acorde con los consejos del famoso general cartaginés, Aníbal, quien se había refugiado en la corte armenia, escapando de los romanos. En la actualidad sus ruinas ser yerguen a unos veinte kilómetros al sur de Erivan.
[30] Para avanzar contra los partos, Tigranes supo esperar pacientemente el mejor momento para iniciar la campaña: la muerte del gran monarca de partia, Mitrídates II, acontecida en el 86 a.C.
[31] Con todo, la existencia de los últimos fragmentos del otrora extenso Imperio Seléucida fue garantizada por los romanos frente a las aspiraciones de Tigranes de Armenia, hasta que Pompeyo convirtió a Siria en provincia romana (64 a.C.)

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