IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Constantinopla en 1453 y 558 años después. Parte II.

Posted by Guilhem en agosto 9, 2011

Constantinopla en 1453 y 558 años después de 1453.

Parte II: el día después. El destino de algunas iglesias tras la conquista.

a- Santa Sofía (Ayasofya Camii).

Santa Sofía: la iglesia de Justiniano I.

La enorme y casi milenaria iglesia, erigida bajo el acicate del emperador Justiniano I en el año 532, fue inmediatamente convertida en mezquita por orden de Mehmet II el Conquistador. En sintonía con las drásticas transformaciones, la estructura del edificio se modificó de manera sensible: el iconostasio fue removido y quitado, con lo que los dos cuerpos preexistentes, esto es, nave y bema, se convirtieron en un amplio y espacioso recinto. Se utilizó agua de rosas para purificar el lugar, destruyéndose a mazazos los símbolos cristianos, a la vez que se aplicaba revoque para cubrir las representaciones humanas y de animales, allí donde antes había habido magníficos mosaicos ocupando una superficie de casi una hectárea y media. A poco, los artistas islámicos pintaban figuras geométricas sobre los gruesos revoques de modo que en poco tiempo Santa Sofía se convirtió en una de las mezquitas más grandes y bellas del Islam. El proceso de transformación se completó tiempo después, cuando a la descomunal mole se le adosaron los minaretes en el exterior, mientras que en el interior, el púlpito cristiano fue reemplazado por un exquisito Mimbar. Asimismo los otomanos dotaron a las instalaciones del imprescindible Mirhab (para indicar la dirección de La Meca), del mahfili y de varios discos de madera o medallones que, colgados al nivel del techo de la planta baja (piso de la planta alta), todavía se pueden ver en la actualidad.

Santa Sofía: discos de madera.

El paso del tiempo fue, sin embargo, dejando su huella en los muros de la vieja iglesia devenida en mezquita. Hacia 1570 el arquitecto Sinan, por expreso pedido del sultán Selim II, se aplicó a la ardua tarea de impedir que las paredes se deslizaran hacia afuera por el enorme peso de la cúpula, cosa que se consiguió gracias al emplazamiento de dos contrafuertes en la pared norte y de dos minaretes que, al estilo de éstos, se incluyeron en la pared del lado oeste. En los años siguientes se incorporarían las turbes de Selim II y Mehmet III, además de una pequeña biblioteca y de una escuela primaria, montadas ambas por el sultán Mahmud I hacia 1739.

Santa Sofía: minarete y contrafuertes.

Gracias a un viajero español de principios del siglo XIX, Domingo Badía[1], sabemos que el estado general del edificio dejaba mucho que desear para los días del sultán Otomano Selim III (1789-1807): “La gran mezquita de Aya Sofía, antigua catedral de Santa Sofía, es un edificio magnífico. Su inmensa cúpula rebajada, rodeada de semicúpulas, produce pasmoso efecto […]. Los cristianos pueden entrar, como en las demás mezquitas, mediante un pase del gobierno, quien lo concede sin dificultad. Las paredes están revestidas de mármol y las columnas bastante bien conservadas, pero el techo comienza a degradarse. La tribuna del sultán nada tiene de hermoso; es una especie de jaula sostenida de cuatro columnitas y rodeada de celosías doradas. Lo que hay de singular en aquel templo es una multitud de palos groseros y cañas, colocados a lo largo de las paredes y alrededor de los pilares; de ellos cuelgan pedazos de tela, tales como cobertores, servilletas y aún andrajos, para formar unas como tribunas separadas, donde los propietarios solo pueden entrar para hacer la oración o para leer. Eso hace del templo una especie de campamento muy ridículo. En el ángulo NO. de la nave principal se ve un soberbio jarrón de mármol, artísticamente trabajado, el cual sirve de fuente, Nótase en una galería superior una puerta de mármol en forma de mampara, muy bien hecha e imitando a la madera” (“Ali Bey”, pág. 480, Domingo Badía y Leblich, Editorial Olimpo, Barcelona, España, 1943).

Restauraciones en la cúpula.

El deterioro de Santa Sofía determinó que, bajo el mandato del sultán Abdul Mejid (1839-1861), los otomanos comisionaran a los hermanos Gaspare y Giuseppe Fossati para emprender la restauración completa de la mezquita. Tales tareas incluyeron la limpieza y ulterior recubrimiento de los mosaicos, parte de los cuales resultaron afectados por un temblor en 1894, perdiéndose para siempre (solo se sabe de su existencia gracias a planos y dibujos confeccionados por los arquitectos occidentales que trabajaron en el lugar entre 1847 y 1850).

Mosaico de la Virgen y el Niño Jesús.

A partir del siglo XX y sobre todo con la proclamación de la República de Turquía, los trabajos de mantenimiento en Santa Sofía adquirieron mayor ritmo. En 1932 se descubrieron y limpiaron los mosaicos hoy visibles; al año siguiente los turcos tomaron conocimiento de la existencia de la Déesis y en 1934, el presidente Ataturk desacralizó el edificio, convirtiéndole en museo. La última obra de restauración emprendida en el solar de la vieja iglesia comenzó en 2008 y se extendió hasta diciembre de 2010, teniendo como objetivo la gran cúpula de 31 metros y medio de diámetro y los mosaicos que la recubren.

Juan II, Irene y Alejo flanqueando a la Virgen y el Niño.

En la actualidad, a fin de ingresar al solar, se debe adquirir el correspondiente boleto en las garitas ubicadas sobre la esquina formada por las calles Ayasofya y Caferiye Sk. Al museo se accede desde el nártex, previo paso por un patio exterior poblado de viejas ruinas de columnas y capiteles romanos y bizantinos (a mano izquierda) y de los restos de la primera y segunda iglesia (360-404 y 415-532, respectivamente), que se conservan en pleno atrio.

Restos de la antigua iglesia, junto al atrio.

La entrada al exonártex se realiza transponiendo tres monumentales arcadas que ya anuncian la robustez estructural de la edificación que se verá dentro. El exonártex es un amplio recinto enmarcado por un universo de ladrillos decolorados, que le dan un aspecto oscuro y lúgubre, lo cual se ve acentuado por la magra iluminación.

Santa Sofía: arcadas del exonártex.

El nártex que le sigue, decorado finamente con exquisitos y dorados mosaicos y plagado de mármoles, establece una diferenciación abismal que levanta el espíritu a cualquier visitante sensibilizado negativamente por la imagen previa del exonártex. A continuación la megalopuerta que conduce hacia el sector de las naves deja sin aliento por su elegante e imponente porte. El circuito que sigue es un viaje hacia el más puro y refinado estilo arquitectónico bizantino, un baño de historia para el turista ávido de conocimiento.

El monumental mosaico de la Déesis. Santa Sofía.

b- San Salvador Pantocrátor (Zeyrek Kilise).

Construido entre los años 1120 y 1143 por el emperador Juan II el Bueno (1118-1143), el complejo fue creciendo gradualmente: a la primera iglesia, dedicada a Jesucristo (San Salvador Todopoderoso o Pantocrátor), y promocionada por la emperatriz Irene Piriska (n.1088-1134), pronto se le añadieron una biblioteca, y salas para la atención de enfermos y pobres (hospital y geriátrico). Luego de la muerte de Irene, Juan continuó enriqueciendo el edificio para honrar la memoria de su difunta esposa: se añadió otra iglesia, Nuestra Señora de la Piedad (Elousa), que fue unida a la primera construcción mediante una capilla de menor porte, dedicada al arcángel San Miguel, que tiempo después serviría de morada final para los restos del propio emperador, de Irene y de su sucesor, Manuel I Comneno (1143-1180), entre otras destacadas figuras. De modo que bajo la égida de los Comneno, San Salvador Pantocrátor llegó a albergar a uno de los hospitales más prestigiosos del medioevo sino al más importante, el cual yacía en el ala correspondiente a la Iglesia de Elousa. En cierta medida, entre los años 1130 y 1180, el predio ocupado por el susodicho complejo llegó a convertirse en el espejo donde el arte bizantino recurrentemente ponía su mirada para hallar inspiración.

Sepsefa Hatun Camii en primer plano. Detrás el Pantocrátor.

La debacle del edificio empezaría con el ascenso al trono de la dinastía Ángel (1185-1204) y se agudizaría luego del golpe mortal asestado al Imperio por los soldados de la Cuarta Cruzada (1203-1204). Cuando Constantinopla fue conquistada en abril de 1204, la suerte de San Salvador Pantocrator quedó indefectiblemente sellada: el recinto fue mancillado, las tumbas de los emperadores fueron abiertas y profanadas, y muchos de sus objetos sagrados y litúrgicos fueron expoliados sin más. A poco, la construcción debió padecer los caprichos de los conquistadores occidentales, sirviendo circunstancialmente como sede administrativa, tribunal y tesorería amén de centro clerical de los venecianos, y como residencia palaciega de algunos emperadores latinos.

Barrio en torno al Pantocrátor. Estambul actual.

Tras la reconquista de Constantinopla por los griegos en 1261, San Salvador Pantocrátor fue recuperado por la Iglesia ortodoxa, que se ocupó de devolver al edificio sus funciones originales: monasterio, biblioteca, hospital y geriátrico. Pero el acelerado empobrecimiento del Imperio apenas permitió que funcionara adecuadamente. Entretanto, el solar no dejaría de cumplir su función de morada final para las grandes personalidades de su tiempo: Yolanda-Irene de Montferrato, Manuel II Paleólogo y María de Trebizonda.

San Salvador Pantocrátor

En mayo de 1453 la caída de Bizancio en poder de los otomanos supuso un nuevo expolio para el edificio, que diecinueve años más tarde sería convertido en mezquita. Al respecto del pillaje, Steven Runciman escribe: “Al caer Constantinopla, Jorge Scholarios[2] se encontraba en su celda del monasterio de Pantocrátor, Su gran triple iglesia atrajo al punto a las hordas invasoras. Mientras unos saqueaban los edificios, otros arramblaron con los monjes para venderlos como esclavos. Al enviar el sultán a buscar a Jorge para que compareciese ante su presencia, no se le pudo hallar. Casualmente se supo que había sido comprado por un rico turco de Adrianópolis, el cual quedó admirado y desconcertado un tanto por la compra de un esclavo tan venerable y sabio, que lo trataba con la mayor deferencia”[3]. Ya bajo el dominio turco, San Salvador Pantocrátor pasó a llamarse Zeyrek en honor a un erudito musulmán, Molla Zeyrek Efendi, que enseñaba en la Madraza o escuela religiosa emplazada en el lugar por el sultán. El transcurso del tiempo no tuvo piedad con las piedras del edificio y ni su conversión en mezquita le salvó del ignominioso descuido y olvido. Recién a principios del siglo XX el complejo sería redescubierto y en la actualidad se haya siendo restaurado por etapas.

Planos de la restauración. Detrás, el edificio.

c- San Salvador en Cora (museo de Kariye):

Originalmente situado extramuros de la capital imperial, hasta que el barrio de las Blaquernas fue finalmente dotado de perímetro protector, San Salvador recibió el nombre de Cora (en griego antiguo, “el campo”), precisamente debido a su ubicación geográfica. Probablemente una rudimentaria capilla sirvió como embrión del ulterior edificio, hacia comienzos del siglo V. De todas maneras, sus orígenes subyacen en la oscuridad más absoluta y solo se pueden rescatar algunos detalles al respecto: la construcción fue sometida a trabajos de restauración en el siglo VI y nuevamente fue reparada y ampliada a mediados del siglo IX, después del período iconoclasta y bajo el reinado de Miguel III el Boedo (842-867).

Arcadas bizantinas contrapuestas con islámicas.

Construido en la sección de la séptima colina, y emplazado muy cerca del palacio imperial de las Blaquernas, San Salvador en Cora solía ser empleado recurrentemente por los emperadores de los siglos XI y XII como capilla palaciega; en su reciento los basileos  asistían a oficios religiosos y ceremonias de relevancia. En las postrimerías del siglo XI, María Ducaina, suegra del emperador Alejo I Comneno (1081-1118), accedió devotamente a patrocinar la restauración del complejo y la construcción de una nueva iglesia. A principios del siglo XII, no obstante, el edificio volvió a sufrir serias averías, por lo que debió ser nuevamente reparado; en esta oportunidad los trabajos fueron patrocinados probablemente por el nieto mayor de María, Isaac Comneno, cuyo retrato puede verse en la actualidad en el gran mosaico del nártex interior, al lado de la figura de la Virgen. A consecuencia de una modificación dispuesta en sus planos, es en esta época cuando la estructura adquiere la fisonomía que ha llegado hasta nuestros días, con una nave del tipo ciborio, dotada de una alta cúpula.

La conquista de Constantinopla por los cruzados, en 1204, supuso un período de declive para el edificio, que acabó sumido en el abandono como refugio de mendigos y alimañas. Con las arcas hipotecadas a favor de las potencias occidentales y el comercio en manos venecianas, a los emperadores latinos no les quedó más remedio que abandonar a su suerte numerosas instalaciones otrora gloriosas.

San Salvador en Cora.

La restauración de la autoridad griega en 1261 marcó el inicio de la última etapa de auge del arte bizantino, y San Salvador en Cora no fue ajeno a este proceso; muy por el contrario, en el siglo XIV las paredes del edificio fueron adornadas con sublimes mosaicos y excelsas pinturas (1310-1320), gracias al mecenazgo de Teodoro Metoquites. Teodoro era un hombre de estado que tenía su palacete muy cerca del complejo de Cora; su actividad pública, perfilada bajo el reinado de Andrónico III (1282-1328) y desarrollada de manera impecable, contó entre sus éxitos sendas alianzas matrimoniales con el reino armenio de Cilicia y el reino nemánjida de Servia. Al alcanzar el cenit de su carrera con el rango de canciller y tesorero, Metoquites puso sus ojos en el desvencijado edificio de Cora: mandó a construir la iglesia del monasterio, a anexar una biblioteca, y a embellecer las paredes del interior. A poco San Salvador en Cora relucía como una de las obras maestras más emblemáticas del arte bizantino del período Paleólogo. El exonártex, al igual que el nártex fue revestido con pequeñísimas piedras multicolores que, armadas en tanto que rompecabezas, dieron forma a preciosos mosaicos relacionados con pasajes de los Evangelios, la vida y el misterio de Cristo y de la Virgen María, la vida de los Santos, etc.

Escena del censo impositivo. Exonártex.

En el exonártex se ubicaron los mosaicos de El Cristo Pantocrátor, la Virgen de las Blaquernas y los ángeles, el sueño de José y el viaje a Belén, la escena del censo para los impuestos, la Natividad, los reyes magos ante el rey Herodes, la encuesta de Herodes, la matanza de los inocentes, San Juan Bautista dando fe de Cristo, los milagros de la boda de Cana y Jesús llevado a Jerusalén para la Pascua judía. Entretanto, el nártex fue decorado con el mosaico del fundador (Teodoro Metoquites con la tabla de dedicación)[4], y con otros tantos que no le iban en saga en cuanto a belleza y refinamiento: los apóstoles San Pedro y San Pablo, Cristo de Chalke y la Virgen María, la ofrenda de Joaquín rechazada, la anunciación de Ana, el encuentro de Joaquín con Ana, el nacimiento de la Virgen, los primeros siete pasos de María, María acariciada por sus padres, la bendición de María por los sacerdotes, la presentación en el templo, la Virgen nutrida por el ángel, la Virgen recibiendo la madeja de lana, la oración del sacerdote Zacarías, la Virgen confiada a José, José llevando a la Virgen María a su casa, la anunciación de la Virgen, la separación de José y la Virgen, los milagros de Cristo y, también, de la matanza de los inocentes.

Cúpula sur: Jesús haciendo milagros.

El salón de la cúpula central (la nave), entretanto, fue embellecido con tres hermosos mosaicos: la dormición de la Virgen, la Virgen Hodegetria y el Cristo, mientras que el Paracleision o capilla funeraria acogió en sus paredes bellos frescos en el interior del ábside y en su cúpula[5].

Mosaicos de la cúpula sur. Nártex.

Caído en desgracia y exiliado tras la deposición de Andrónico II, Teodoro Metoquites regresaría tiempo después (quizá hacia 1330) para terminar sus días como monje en el monasterio al que tanto sacrificio y entusiasmo había dedicado. Llamado Teolepto luego de adoptar los hábitos, sería enterrado en el Paracleision de Cora, en marzo de 1332.

San Pedro (izq.) y la Virgen Hodegetria (fondo)

Durante los días de la batalla final por el dominio de Constantinopla, Constantino XI (1448-1453), el último emperador, eligió a San Salvador en Cora para guardar uno de los iconos más sagrados de la ciudad, aquél mismo que la leyenda atribuía a San Lucas y que mostraba a la Virgen y el Niño. El citado icono alternaba su estadía entre el sacro recinto del monasterio y los caminos de ronda de las murallas, adonde era paseado con beata solemnidad para infundir valor entre los defensores. Cuando los turcos tomaron la capital bizantina el 29 de mayo de 1453, San salvador en Cora no se salvó de la desolación y el pillaje que siguieron; Francisco Aguado Blázquez en su magnífica obra, “Guía de Constantinopla”, nos ofrece un relato pormenorizado al respecto: “Cuando irrumpieron en el templo todavía arrastraban toda la furia y avidez propios del alba de una costosa victoria. Los sarcófagos fueron abiertos y las osamentas se fundieron con las cenizas de otros estragos previos, coetáneos y futuros. Todo el mobiliario fue destruido. El monasterio sufrió por igual un pillaje inmisericorde. La biblioteca desapareció pasto de las llamas; aunque, al parecer, varias obras se salvaron, tal vez porque algunos soldados con intuición pudieron entrever el rendimiento si después lograban colocar aquella mercancía rancia y frágil. […] En cuanto al venerado icono de la Virgen Hodegetria, hipotética obra del evangelista, también conocemos cuál fue su destino. Arrancadas y distribuidas las piedras preciosas que lo adornaban, recorrió la ciudad por última vez en una procesión blasfema, para al final ser roto en pedazos y arrojado a los vientos. La ola de conquista arrasó Cora y su contenido”[6].

Paracleision: frescos. Los santos de la Iglesia.

Bajo la dominación otomana San Salvador en Cora fue convertida en mezquita y sus mosaicos y frescos acabaron cubiertos por una fina capa de cal a instancias del visir de Bayaceto II, Atik Alí Pasha. En los siglos venideros la desidia y el olvido condenaron al edificio a la ruina y a la indiferencia del barrio musulmán en el cual se hallaba inmerso, pese a que había dejado de ser un templo cristiano hacía ya tiempo. Solo a principios del siglo XIX el gobierno otomano mostró algún interés en restaurar la estructura; los trabajos (a cargo del Instituto Bizantino de América) cobraron mayor ímpetu tras la Segunda Guerra Mundial y en la actualidad el museo luce radiante, lo mismo que sus exquisitos mosaicos y frescos.

Vista del Paracleision. Ventanales y frescos.

Viene de:

Constantinopla en 1453 y 558 años después. I.

Continua en:

Constantinopla en 1453 y 558 años después. III.


[1] Domingo Badía y Leblich fue un español que, desde 1803 a 1807, haciéndose pasar por un príncipe abbasí, recorrió como un musulmán ejemplar el mundo islámico, desde África del Norte, hasta Turquía, pasando por Egipto, Arabia, Siria y Palestina.

[2] Jorge Scholarios era un teólogo bizantino del siglo XV que, tras la caída de Constantinopla en 1453, llegaría a convertirse en patriarca con la venia del sultán Mehmet. Con el nombre de Genadio II se desempeñaría como tal durante tres años, hasta 1456.

[3] Steven Runciman, “La caída de Constantinopla”, pág. 170. Espasa-Calpe S.A. Madrid. 1973. ISBN 84-239-1525-5.

[4] Sobre la puerta que da acceso a la nave central se encuentra el mosaico donde se le ve a Metoquites ofreciendo la iglesia a Cristo; al hombre de estado se le puede apreciar vistiendo el típico skiadon.

[5] Dado que los frescos se encuentran en una capilla funeraria, sus motivos son el Juicio Final y el castigo en el infierno.

[6] Francisco Aguado Blázquez y Ana María Cadena, “Guía de Constantinopla. Un viaje a Estambul en busca de Bizancio”, A.F.A.B., ISBN 978-84-611.9953-2, Pág. 474.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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4 comentarios to “Constantinopla en 1453 y 558 años después. Parte II.”

  1. Antonio Mendez said

    Ameno,didáctico y todo el temario interesante.Estoy enganchado a esta página y la leeré con más detenimiento

  2. Un excelente viaje a la ciudad de Constantino que ha cambiado con el paso de los siglos, para seguir siendo la misma.

    • Guilhem said

      Hola Mitreo. Gracias por el comentario. El problema que he podido ver estando in situ es el siguiente: el habitante actual (turco, albanés, etc) no tiene conciencia histórica. Solo conciencia religiosa. Por tanto, todo aquello que no esté intrínsecamente unido a su pensamiento religioso (islámico), esto es, todo lo que no sea una mezquita, un mausoleo de un Imán o de un sultán, es lisa y llanamente ignorado o dejado de lado. En consecuencia, los monumentos paganos (griegos y romanos) y bizantinos (cristianos), allí andan a la deriva (salvo que estén bajo el ojo avisor de la Unesco). He podido lamentablemente asistir al triste espectáculo de ver una cripta de una emperatriz olvidada a la buena de Dios en una calleja de la ciudad. Y así, un sinnúmero de cosas.

      Saludos,

      Guilhem.

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