IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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    Guilhem
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La batalla de Myriokefalon (1176). Parte V. Final.

Posted by Guilhem en febrero 4, 2011

La batalla de Myriokefalon o Miriocéfalo. ¿Golpe sicológico o derrota decisiva?

Extracto: ¿Combate decisivo o apenas una refriega fronteriza? La batalla de Myriokefalon o Miriocefalo tuvo lugar el 17 de septiembre de 1176 y, como una espina clavada en la sandalia de un peregrino, dejó su impronta en la conciencia de los bizantinos tal como sucediera cien años antes con Mantzikert (19 de agosto de 1071). Hacia finales del año 1175 el poderío de los turcos selyúcidas, bajo el acicate del sultán Kilij Arslan II (1156-1192), se había tornado tan amenazante que el basileo Manuel I Comneno Megas (1143-1180) decidió confrontarlo de manera definitiva. La idea del emperador era marchar directamente sobre la capital del sultanato de Rum, la ciudad de Qonya o Ikonium, a fin de someterla nuevamente al mandato imperial. Pero la empresa se malograría en los tortuosos pasos de Tzivritze, a raíz de una emboscada hábilmente dispuesta por el sultán. Al decir de algunos contemporáneos, el emperador bizantino ya no volvería a recuperar la sonrisa ni su característico humor jovial tras el desastre; no obstante, ¿tuvo Myriokefalon las mismas dimensiones de tragedia, los mismos efectos a largo plazo que Mantzikert? Es lo que trataremos de develar a continuación.

Parte V. Final. Conclusiones, anexos y fuentes documentales.

Myriokefalon versus Mantzikert. Un análisis comparativo.

La batalla de Myriokefalon fue el último intento serio llevado a cabo por Bizancio para recobrar sus posesiones orientales, perdidas cien años antes, tras la batalla de Mantzikert. Al momento de tener que enfrentar los fantasmas del fracaso, Manuel Comneno no dudó en comparar la derrota sufrida en Tzivritze con aquél “terrible día” de 1071[1]. No obstante, salvo por el efecto psicológico que causó en el carácter del emperador[2], Myriokefalon apenas puede compararse en importancia y trascendencia con Mantzikert. Veamos esto con mayor detenimiento.

Teatro operacional: A diferencia de Mantzikert, adonde se enfrentaron dos ejércitos de manera convencional, alineados uno frente al otro sobre un campo relativamente plano, Myriokefalon fue esencialmente una emboscada tendida sobre un terreno muy accidentado. En la batalla de 1176 los bizantinos no supieron sino hasta último momento que tendrían que pelear por sus vidas; su alto grado de preparación impidió que la jornada acabara en una trágica carnicería, sobre todo si nos atenemos a los previos del enfrentamiento.  Resulta obvio que los errores tácticos de Manuel posibilitaron que la trampa se cerrara sobre sus desprevenidas fuerzas: no emplear exploradores, por un lado, y no apartar convenientemente el tren de carga en el momento adecuado, por el otro, fueron dos yerros imperdonables que se cobraron un altísimo precio. A ambos pueden atribuirse, 50 y 50, el ignominioso final de la campaña de 1176.

Desarrollo táctico: mientras que en Mantzikert Romano IV (1068-1071) pudo dirigir una carga de caballería acorde con los manuales bélicos[3], liderando al ejército imperial a pleno, en Myriokefalon cada sección se vio obligada a actuar de manera independiente, atendiendo a las órdenes de sus respectivos comandantes. La emboscada y el difícil terreno condicionaron las comunicaciones entre las distintas unidades reduciéndolas a su mínima expresión. Lo que es más, al avanzar por un sendero tan estrecho, el ejército imperial entró en combate de manera secuencial: primero se desplegó la vanguardia, que llegó al otro extremo del paso casi sin contratiempos; luego tocó el turno a las alas, que, separadas del cuerpo principal por el tren de carga y seccionadas de la vanguardia a causa de la distinta velocidad, debieron soportar solas el primer impacto de la batalla; a continuación, el tren de carga fue inmovilizado por los disparos de los arqueros turcos, que remataron con facilidad a las bestias de tiro; la aglomeración consecuente de vagones reservó el cuarto acto del drama a las fuerzas selectas del emperador, mientras que en último término, la retaguardia dirigida por Contostéfano apenas pudo cerrar filas con el cuerpo principal en su intento por organizar un poco mejor la resistencia.

Alto mando: En Mantzikert, Romano Diógenes entró en batalla con un traidor, Andrónico Ducas, liderando las fuerzas de reserva; cuando el núcleo central comandado por el propio basileo fue cercado por los turcos, la reserva brilló por su ausencia: Andrónico Ducas, más concentrado en sus proyectos personales, había resuelto dar media vuelta y llevarse a sus subordinados directamente a Constantinopla, abandonando al emperador a su suerte. Por otra parte, dos de los generales que Romano había enviado hacia Ahalt, Roussel de Bailleul y José Tarchaniotes, jamás regresaron para asistirle en el crucial enfrentamiento, perdiéndose en la inmensidad de la meseta anatólica. Lo que sucedió después forma parte de la gran tragedia bizantina del siglo XI: Romano IV fue tomado prisionero por Alp Arslan, el partido civil recuperó el poder en la capital, los turcos se instalaron en casi todas las grandes ciudades de Asia Menor, el Imperio se vio sacudido por una sangrienta secuencia de levantamientos militares y, al cabo de un tiempo, Alejo I Comneno no tuvo más remedio que pedir ayuda al Papa para frenar el avance del Islam. Hasta se podría decir que Mantzikert fue la llave que abrió la puerta a las Cruzadas.

Por el contrario, en Myriokefalon participaron importantes dignatarios y numerosos generales de intachable conducta y probada lealtad: Andrónico Contostéfano, Teodoro Mavrozomes, Balduino de Antioquía, Andrónico Lampardas, Constantino Makroducas, Juan y Andrónico Ángel, Juan Cantacuzeno, entre otros; ninguno tenía apetencias personales con respecto a la púrpura imperial. Lo que es más, cuando se había establecido contacto visual con el enemigo a las puertas de Tzivritze, los generales más veteranos aconsejaron al emperador dar media vuelta y buscar una vía más asequible para llegar a Ikonium, pero el basileo no prestó atención a sus palabras “aunque sí a las de sus parientes de sangre, especialmente a las de aquéllos que jamás habían escuchado el sonido de las trompetas de guerra y que lucían cortes de cabello a la moda e iban con relucientes y joviales rostros, portando collares de oro, gemas y piedras preciosas”[4]. La responsabilidad y el compromiso asumidos para con el basileo y el Imperio se hicieron patente durante la batalla, donde algunos inclusive perdieron la vida[5]. Myriokefalon no se convirtió en un drama épico precisamente gracias al entorno de gente confiable, capaz y experimentada con que se rodeó el emperador para acometer la campaña de su vida.

Objetivos y estrategias: Cuando Romano IV Diógenes partió hacia Oriente en 1071, el gran objetivo de la campaña era terminar con las incursiones y razzias del invasor selyúcida y restablecer las fronteras acorde con los límites establecidos casi sobre la línea del Eúfrates (Dvin, Van, Edesa y Antioquía). Asia Menor era a la sazón una provincia enteramente bizantina y, aunque el sistema de estratiotas estaba al borde del colapso, existía una aceitada administración desplegada a lo largo de los themas anatólicos que hundía sus raíces en la capa de ricos terratenientes que pululaban en la península. Por el contrario, en 1176, al momento de emprender la marcha, Manuel era la cabeza de un Imperio eminentemente europeo. De las provincias asiáticas poco era lo que quedaba luego del desastre de Mantzikert; apenas el litoral egeo y póntico y algunos parches de autoridad dispersos por Cilicia y Antioquía. La estrategia había cambiado sensiblemente ajustándose a lo que dictaminaba la realidad: los turcos estaban firmemente afincados en el corazón de Capadocia y hacia allí partió el tercer Comneno para intentar quebrantar de una vez y para siempre su poderío. Ya no se trataba de defender una lejana frontera emplazada a casi mil kilómetros al Este de la capital imperial; lo que estaba en juego ahora era la seguridad de los fértiles valles del Meandro, del Sangario y del Hermos, casi en la puerta trasera de Constantinopla.

Desempeño de los emperadores en batalla: Quizá sea en este aspecto donde las batallas de 1071 y 1176 guardan las mayores similitudes. Tanto Romano como Manuel eran emperadores que gustaban de dirigir en persona las acciones bélicas y no precisamente desde una distancia prudencial. Antes de ascender al trono, Romano IV[6] había batallado contra los pueblos nómades de la frontera danubiana, pechenegos y uzos, y contra los turcos, siendo ya emperador, había encabezado dos expediciones previas a la de Mantzikert. Estrictamente en el ámbito del juego comparativo que hemos establecido entre uno y otro enfrentamiento, el emperador en cuestión se ocupó de liderar el cuerpo central del ejército imperial: unos quince mil soldados suministrados por los themas asiáticos y por los tágmatas. Tal vez su mayor yerro táctico haya sido por un lado separar sus fuerzas antes de entrar en batalla y por el otro, disponer una carga a fondo contra un enemigo mucho más dinámico y ágil, sin tener en cuenta que el terreno escogido no le favorecía en lo absoluto. Lamentablemente la planicie en torno al fuerte de Mantzikert era un páramo abierto y sin obstáculos naturales de relevancia, un lugar ideal donde los turcos podían echar mano a su táctica predilecta de huidas fingidas y contraataques demoledores. Al margen de lo anterior, Romano se batió heroicamente en la batalla, y su valía nos ha llegado a través de la pluma de uno de sus mayores detractores, Miguel Psellos: “lo que ocurrió después es algo que no puedo alabar, pero que soy también incapaz de censurar. El emperador asumió en persona todo el peligro. En efecto, si alguien valorase al emperador por ser un guerrero intrépido y arrojado, tendría en ello material suficiente para un encomio. Pero si, por el contrario, considerase que él se expuso a los peligros de manera irreflexiva, a pesar de que habría sido preciso que se mantuviera apartado del frente de acuerdo con la estricta lógica militar por su condición de comandante en jefe del ejército, para dar las oportunas órdenes a sus tropas, encontraría entonces mucho que censurar en su comportamiento. Yo por mi parte estoy con los que lo alaban, no con los que lo censuran” (Cronografía, pág. 447 y 448). Miguel Ataliates también se ocupó de destacar el desempeño del emperador como guerrero: “Atacado por el sultán, el emperador instruyó a sus hombres para que no se rindieran ni mostraran una actitud cobarde. Pelearon así, con bravura, durante largo tiempo… A pesar de estar rodeado, él no se rindió fácilmente; tratándose de un soldado experimentado, luchó valientemente contra sus asaltantes, matando a muchos de ellos, hasta que, cortado en una mano por una espada enemiga, fue obligado a desmontar y seguir peleando a pié” (Miguel Ataliates, Historia, 162 y 163).

Manuel Comneno, cuyos errores tácticos ya han sido profusamente comentados, también alternó buenas y malas en el paso de Tzivritze. A los pasajes en la obra de Nicetas Choniates que realzan el coraje y arrojo del basileo se le pueden oponer otros que muestran a un emperador superado por la situación e inmerso en una crisis emocional de proporciones. Con todo, mientras a Romano lo perdió un entorno político adverso y conspirador y un ejército que rayaba en lo mediocre, a Manuel, por el contrario, lo perdieron sus propias limitaciones como militar.

Pérdidas territoriales consecuentes: Mientras la derrota de Mantzikert abrió las puertas a la conquista turca de Asia Menor, cosa que en los hechos ocurrió entre los años 1071 y 1081, la debacle de 1176 no supuso pérdidas territoriales inmediatas. De las condiciones aceptadas por Manuel para sellar una nueva paz, esto es, la demolición de las fortalezas de Dorileo y Subleo, solo se cumplió con el desmantelamiento de la segunda. Dorileo siguió en manos bizantinas y no fue sino la muerte del emperador, acaecida en 1180, y la inoperancia de sus sucesores, lo que animó a los selyúcidas a ir por más. No conseguirían mucho sin embargo; en el período que va desde Myriokefalon hasta la IV Cruzada solo unas pocas plazas se deslizarían hacia el control turco: Sozópolis y Cotileo en 1182, Dadybra en 1186 y Dorileo en 1190. Lo que es más, al marchar en la vanguardia, los regimientos orientales prácticamente resultaron indemnes al término de Myriokefalon, a punto tal de que en los dos años siguientes a la batalla obtendrían algunos triunfos en el Valle del Meandro y en Claudiópolis.

Número de bajas: En ninguno de los dos casos existen fuentes confiables para las bajas sufridas. Solo a través de un análisis pormenorizado del desempeño de cada ejército y de la suerte corrida por sus respectivas secciones es que se pueden aventurar cifras. Para Mantzikert habría que atenerse estrictamente a lo sucedido en el campo de batalla: cómo en determinado momento la reserva (cinco mil o seis mil hombres) se evadió tras la figura de Andrónico Ducas y cómo dicha visión puso fin a la resistencia de las alas (cinco mil soldados cada una) empujando a sus integrantes a una alocada huída. Si estimamos que el centro fue el único segmento que luchó hasta el final (junto con Alyattes en el ala derecha) entonces se hace evidente que el grueso de las bajas se produjo durante la luz crepuscular, cuando Romano intentaba salvar la jornada volviendo a formar a sus hombres de espaldas al campamento imperial. ¿Diez o a lo sumo quince mil bajas? De seguro no más. Lo que nos lleva nuevamente a poner en tela de juicio las aseveraciones de Psellos: “Entonces, mientras el emperador de los romanos es conducido hacia el campo enemigo como un prisionero de guerra, nuestro ejército se dispersa. Sólo una pequeña parte escapó, mientras que la mayoría, o bien fueron hechos prisioneros, o bien cayeron bajo las espadas rivales” (Miguel Psellos, “Cronografía”, pág. 448).

El imperio de Manuel I Comneno (1143-1180).

Con Myriokefalon se nos presenta un problema parecido ya que Choniates nunca cita cifras en este sentido. Por el contrario, sus párrafos están más en la tónica de Psellos y son del estilo: “La mayor parte de los romanos cayeron, como sucedió con la mayoría de los hombres ilustres y parientes del emperador. Cuando la nube de polvo se hubo asentado y la neblina cegadora se hubo disipado, se veían cuerpos enterrados hasta la cintura (¡hay, que lamentable el espectáculo!) y cadáveres entrelazados”. Con todo, se puede aseverar que, mientras que las fuerzas conducidas por Romano perdieron entre un treinta y un cuarenta por ciento de sus efectivos, en 1176 esa relación se redujo al 20 – 25 por ciento. Además, en el caso de Myriokefalon, el mayor número bajas perteneció a la sección de las alas, dónde prevalecían los mercenarios latinos. A ello básicamente puede atribuirse la victoria de Hyelion y Leimocheir obtenida por los regimientos orientales al año siguiente[7].

Los ejércitos involucrados: Existe una amplia brecha entre la capacidad técnica y el grado de adiestramiento de los ejércitos bizantinos de 1071 y 1176. En cuanto al número de efectivos que conformaba la hueste reunida por Romano, las fuentes no se ponen de acuerdo al respecto. Aquéllas que proceden del bando victorioso tienden a inflar el número a los efectos de sobredimensionar un resultado de por sí concluyente: 200.000, 300.000 y hasta 400.000 soldados, una cifra imposible de reunir para un Imperio que, en las postrimerías del siglo XI se hallaba en franco proceso de decantación y retroceso; lo único que consiguen con ello es el efecto contrario dado que, al mismo tiempo, minimizan la magnitud de las fuerzas selyúcidas. El monje y cronista armenio Mateo de Edesa, por su parte, aventura el increíble cálculo de 1.000.000 de hombres, agregando búlgaros, godos y crimeanos al largo listado de reclutas de la Babel bizantina. Tal vez lo más adecuado sería quitar un cero a las cifras de los historiadores musulmanes para llegar al número probable de efectivos: 30.000, 40.000 o 50.000 incluyendo los no combatientes: ingenieros, zapadores, escuchas, sirvientes, forrajeadores, ambulancieros… Pero, ¿cuántos eran griegos de nacimiento? A juzgar por el grado evidente de descomposición del viejo sistema de themas no parece descabellado arriesgar un porcentaje ubicado en el orden del 30 al 40% (entre combatientes y no combatientes). Una cifra que sigue siendo respetable sino fuera por que el grado de preparación y adiestramiento dejaba mucho que desear: la gran mayoría de los soldados nativos no disponía de un equipamiento adecuado, se caracterizaba además por la falta de disciplina y tenía poco en común con aquellos guerreros que habían integrado las clásicas formaciones de los siglos VII, VIII, IX y X (bandas, turmai, y themai).

Muy por el contrario, el ejército de Manuel Comneno era una fuerza muy profesional que, aún siendo numéricamente inferior a los ejércitos del siglo anterior, les superaba ampliamente en cuestiones técnicas. Aunque el componente griego del ejército era ligeramente mayor al de los tiempos de Romano, el elemento latino seguía teniendo un importante peso específico. Pero inclusive entre las tropas mercenarias procedentes de Occidente se notaba la evolución de los caballeros e infantes; las guerras y los cada vez más populares torneos y justas ecuestres, en tanto que juegos bélicos, habían dado como resultado mejores técnicas de combate, armamentos superlativos, defensas más resistentes, caballos mucho más tenaces y soldados mejor preparados. Lo que no es otra cosa que la selección natural aplicada al ámbito castrense. En definitiva, la calidad del ejército imperial evitó que la derrota se convirtiera en desastre cuando Manuel cometió el trágico error de no recurrir a exploradores antes de internarse en Tzivritze.

Situación interna y externa: Por último, la situación interior y exterior del Imperio fue sustancialmente diferente en uno y otro caso. En 1068, apenas subido al trono, Romano IV se encontró con que los recursos para hacer la guerra a los enemigos del Imperio eran dramáticamente insuficientes. De un lado, la tesorería padecía la estrechez del reflujo comercial provocado por las invasiones turcas en Medio Oriente, y del otro, el descuido de la legislación antilatifundista, el generalizado licenciamiento de tropas y los caprichosos recortes al presupuesto militar habían creado un caos en el otrora eficaz sistema de themas. Tal vez si la situación internacional hubiese estado más aplacada, la debacle del potencial bélico bizantino no habría quedado tan en evidencia. Pero hacia 1068 el Imperio soportaba el ataque sistemático de sus vecinos inmediatos. Aparte de los selyúcidas en el Este, había enemigos por todos lados. En los Balcanes, dos pueblos nómades, los uzos y los pechenegos, hacían de las suyas vadeando ocasionalmente el límite natural del Danubio e internándose en provechosas partidas de saqueo por la provincia de Bulgaria. Mientras que en Italia, los themas bizantinos de Apulia y Calabria se debatían al borde del abismo ante la amenaza de un nuevo adversario: los normandos de Roberto Guiscardo. Acabarían conquistados en 1071 sin tan siquiera recibir ayuda de Constantinopla.

Con todo, lo más grave de la situación vivida por el Imperio en tiempos de Mantzikert eran los desacoples existentes entre las facciones que se disputaban el poder: la aristocracia militar y el partido de los civilistas, la primera insertando sus raíces en la gran propiedad y el segundo, nutriéndose de los privilegios y de las ventas de cargos administrativos, en otras palabras, de la corrupción.  En cierto modo, la batalla de Mantzikert fue el corolario de la lucha entra la nobleza civil y la aristocracia militar. En el campo de batalla, además de jugarse la suerte del Imperio Bizantino frente al eterno rival musulmán, se definieron otras cuestiones no menos relevantes:

a. La preeminencia de un tipo de nobleza sobre otro.

b. La supremacía de la pequeña propiedad sobre el latifundio.

c. La naturaleza misma del estado bizantino en tanto que poder centralizado frente a las tendencias feudalizantes de los dunatoi.

En los tiempos de Myriokefalon, en cambio, el estado bizantino vivía una época más relajada. La pronoia se había impuesto como formación económica y social feudal y de las sangrientas disputas entre civilistas y partidarios de los dunatoi[8] ya no quedaban ni los ecos. El estado de los Comneno se había ido consolidando lenta pero firmemente; los tres primeros emperadores de la dinastía habían catapultado al Imperio al rango de potencia de primera fila y no se registraban conatos de golpes de estado desde que Ana Comneno intentara desplazar a su hermano Juan en beneficio de su marido, Nicéforo Brienio, cuestión que había acontecido a la muerte de Alejo I (1118). No todo era color de rosas sin embargo; la economía se había concentrado en pocas manos y el comercio marítimo yacía bajo la órbita de los mercaderes italianos procedentes de Venecia, Pisa, Génova y Amalfi. Por otra parte, la estabilidad interna se había logrado en gran medida gracias al carisma y a la fuerte personalidad de los tres primeros representantes de la dinastía: Alejo I, Juan II y Manuel I. Ni bien las riendas del poder recayeron sobre personajes insignificantes o regentes, la situación dio un giro de ciento ochenta grados, surgiendo al unísono todos los problemas que habían quedado opacados por las magnas figuras de aquéllos.

Asia Menor en tiempos de Myriokefalon (1176).

Conclusión.

Myriokefalon más que una batalla decisiva, fue la fosa común de numerosos sueños que ya no se podrían cumplir y de hecho, no se cumplirían jamás. La consecuencia inmediata de la batalla fue que el sultanato de Qonya se mantuvo incólume, aunque acusó el impacto de las cuantiosas bajas sufridas. No en vano Kilij Arslan mandó a los suyos a mutilar cadáveres para que su victoria no fuera puesta en entredicho por algún curioso empedernido ávido de conocer la verdad. La batalla de 1176 más que significar nuevas pérdidas territoriales representó un duro despertar a la cruel realidad: que el Imperio no era una fuente inagotable de recursos, y que sus fuerzas armadas, por más calificadas que estuviesen, no constituían el medio ideal para encarar la renovatio imperii. A la postre, la Historia se encargaría de demostrar que la muerte de Manuel tendría un peso relativo mucho mayor al de los sangrientos y dramáticos eventos ocurridos entre las paredes rocosas y los acantilados de Tzivritze. Si hemos de analizar la caída de los imperios a través del prisma de los hechos desgraciados, la Cuarta Cruzada lleva amplia ventaja como factor determinante de la debacle de Bizancio, inclusive considerando a Mantzikert y Myriokefalon juntas.

Anexo I: las lecciones moralistas de Nicetas Choniates.

En relación con la obra de Nicetas Choniates, el lector debe avanzar con cautela, tratando de separar convenientemente el relato histórico de las numerosas lecciones moralistas a las que tan asiduamente se entrega el cronista bizantino. En el Libro VI dedicado a la batalla de Myriokefalon, Choniates, además de copiarse de Homero y de la Biblia, introduce varios párrafos que pretenden transmitir una enseñanza al mismo tiempo que una crítica despiadada hacia el emperador. Veamos cada uno de ellos.

“El emperador Manuel hizo un alto para descansar bajo la sombra de un peral salvaje y recuperar la energía perdida; no portaba armadura, ni había lanceros cerca y tampoco iba acompañado de su guardia personal. Cuando un caballero, un hombre común de humilde condición, vio al emperador, sintió pena y se aproximó a él y, movido por la devoción, se ofreció con entusiasmo a servirle al máximo de sus capacidades; entonces le ajustó el casco, que se había deslizado hacía uno de los lados”[9]. Parece evidente que el cronista bizantino introduce o inventa una anécdota insignificante en el marco de la trascendental batalla, para enviar un mensaje a quienes gobiernan de manera opresiva y sesgada: la autoridad procede de Dios (Manuel se sienta a descansar y a recuperar su energía bajo la sombra de un peral salvaje) y se justifica solo a través del pueblo (no es un noble ni un soldado selecto quien se acerca para asistirle en la soledad sino un hombre común de condición humilde).

“Antes de reunirse con ellas y hallándose aún en la región surcada por el arroyo, el emperador, que padecía con severidad a causa de la sed, le ordenó a uno de sus hombres que llenara un cubo con agua y se lo trajera para así poder beber. Tomando tan solo lo necesario para humedecer el paladar[10], Manuel derramó el resto sin poder llegar a experimentar el placer del líquido pasando a través de su garganta. El agua para beber, según su propia inspección, estaba contaminada con sangre; por lo que se lamentó en voz alta y agradeció no haber probado a través de ella la sangre de los cristianos. Otro hombre que estaba parado allí cerca, que aparentaba ser más impulsivo e imprudente, sin rubor alguno comentó: “¡Qué pasa contigo, Oh emperador, esto ciertamente no es así, o no! Esta no es la primera vez; muy a menudo, en el pasado, has bebido hasta la embriaguez de vasijas de vino conteniendo únicamente sangre cristiana, agotando y estrujando a vuestros súbditos”. El emperador alegremente soportó la acusación y el incordio de este abusivo individuo haciendo como si no le escuchara o pasando por alguien que no tiene reproches en su boca[11][12]. La idea de beber agua mezclada con sangre cristiana durante un respiro de la batalla es una posibilidad que mortifica al emperador. En consecuencia, Manuel solo emplea una pequeña dosis para humedecer sus labios, derramando el resto en el suelo, prácticamente sin cavilar. El párrafo del cronista griego es cuanto menos sugerente: el basileo halla reparos morales e impedimentos religiosos en sorber agua contaminada por la sangre de sus soldados muertos y, sin embargo, en la vida cotidiana es un parásito de su propio pueblo, al cual le succiona hasta la médula a través de exacciones impositivas desmesuradas. Los privilegios otorgados a favor de mercaderes foráneos y la cesión de pronoias en beneficio de occidentales son dos temas que Choniates aborda elípticamente. El único damnificado de la rapaz política económica de Manuel no es el grupo de comerciantes italianos que se pavonean en los muelles de Constantinopla, ni el de nobles latinos que acuden a enrolarse en el ejército imperial: es el común de la gente que por afrontar los gravosos impuestos vive una vida miserable y lastimosa. Tal vez el fin último del historiador bizantino sea el de achacar a los males de esta época las desgracias que sobrevendrían no bien comenzado el siglo XIII.

Las enseñanzas moralistas de Choniates se suceden sin solución de continuidad. Veamos la siguiente: “Cuando el emperador divisó que los turcos estaban rasgando las bolsas de dinero de su tesoro y se apropiaban de las monedas de oro y plata esparcidas por el suelo, exhortó a los romanos que estaban a su alrededor a caer sobre el enemigo para recuperar el dinero sobre el que tenía más derecho que los bárbaros que lo estaban saqueando. Entonces el mismo hombre que antes le acusara con descaro una vez más se adelantó y descaradamente vilipendió al emperador por dar esa orden: <Esas monedas deberían haber sido ofrecidas voluntariamente a los soldados más temprano, no ahora, cuando ellos solo pueden ganarlas a través de grandes sacrificios y derramamiento de sangre. Si él (Manuel) es un hombre fuerte como se jacta que es, a menos que sea el vino agrio el que habla[13], dejadle buscar a él solo las monedas que están pillando los turcos y que después valientemente les destroce, restaurando el luto de los romanos>. Manuel, una vez más, guardó silencio ante estas palabras, sin siquiera quejarse o murmurar entre dientes aunque padeciendo la temeridad del maldiciente tal como había hecho David con el descaro de Semei[14]. Otra vez es el mismo hombre, un individuo impulsivo y muy imprudente, tal como lo define Choniates, quien reprende con acritud la actitud miserable y egoísta del emperador. Tal cual parece, el cronista oriental proyecta en la figura del crítico desconocido la manera de proceder de la chusma para hacer escuchar sus reclamaciones: protegerse en el anonimato de la multitud, actuar de manera impulsiva y laborar de forma imprudente como consecuencia de la exaltación. Al no haberse producido tumultos ni revueltas populares contra Manuel por causa de su política económica e impositiva, Nicetas se vale de este recurso literario para montar una asonada imaginaria cuya declamación esencial es evidente; la protesta busca denunciar la injusticia que comete Manuel con su pueblo explotado casi hasta el sacrificio humano. El emperador es el causante de la pérdida de dignidad tanto como de la pérdida de esperanza de su gente. Y un pueblo sin esperanzas es fácil de conquistar. Quizá el erudito bizantino esté identificando en los tiempos de Manuel las causas que desembocaron en la conquista de Constantinopla por la Cuarta Cruzada (1204), cuando el magro desempeño de los defensores les valió el mote de afeminados impuesto por los victoriosos latinos[15].

Una más. “El emperador mismo padeció las tribulaciones de innobles intenciones. En cuanto anunció al resto de sus compañeros sus planes para huir y abandonar a tantas almas a la esclavitud o la muerte, sus palabras afectaron al auditorio, especialmente a Contostéfano, por parecer frases pronunciadas por alguien que había perdido la cordura o daba vueltas, atontado. Aquellos que se habían reunido para considerar los cursos de acción a seguir se llevaron directamente al corazón lo que habían oído pero cuando un soldado desconocido que estaba parado fuera de la tienda escuchó el proyecto imperial, levantó su voz para lamentarse: <Ay, ¿qué son estas cosas que el emperador ha puesto en su cabeza?> Dirigiéndose con vehemencia hacia Manuel, prosiguió: <¿Vos no erais la misma persona que nos presionabais para adentrarnos en estos desfiladeros y acantilados, exponiéndonos a la ruina total, el mismo que nos impedíais la salida de estas hondonadas y montañas[16]? ¿No sería la travesía a lo largo de estos ásperos y duros caminos la misma cosa que pasar a través de valles de lamentos[17] o la boca del infierno? ¿Y ahora nos entregas al enemigo como ovejas al matarife[18]?> Herido en el corazón, Manuel cedió en su alma y eligió otra alternativa más adecuada”. La escena puede haber sucedido o no; no lo sabemos a ciencia cierta, pero sirve a los fines del historiador para establecer la preeminencia de la voz del pueblo por sobre la de las facciones involucradas, como en este caso podría ser la de la aristocracia afín a la figura del basileo. Ya que los aristócratas se evadirán junto a Manuel en el momento preciso (las horas de la noche), nadie en el pabellón imperial levanta la voz para protestar, pese a que todos se muestran consternados ante la idea de abandonar a la tropa.

Anexo II: carta de Manuel, emperador de Constantinopla al rey de Inglaterra.

(Extraída de las “Anales de Roger de Hoveden sobre la historia de Inglaterra y de otros países de Europa, desde 732 a 1201”).

Manuel Porfirogenita Comneno, el emperador, siempre fiel a Cristo, coronado por voluntad celestial, el sublime, potente, exaltado, siempre augusto, gobernador de los romanos, a Enrique, el mas noble rey de Inglaterra, su mas amado amigo, salud y bendiciones.

Resulta imperioso para nuestra oficina imperial notificaros, a vos, su muy estimado amigo, todas aquellas cuestiones que son consideradas pertinentes de ser informadas, sobre aquellos eventos que han tenido lugar últimamente. Ahora y desde los primeros tiempos de nuestra coronación, nuestra oficina imperial ha propiciado en nuestros corazones el odio hacia los persas, enemigos de Dios, cuando los vieron alardeando frente a los cristianos, triunfando en el nombre de Dios, y conservando las tierras arrebatadas a nuestra gente. Por tanto, presentada la ocasión, se realizó un ataque contra ellos sin demora alguna, tal como Dios concedió hacer, así se hizo.

Con respecto a las hazañas que frecuentemente han sido perpetradas, tanto como a las humillaciones y pérdidas, la cancillería imperial considera que las mismas no han escapado a vuestro conocimiento. Sin embargo, recientemente hubimos determinado también liderar un ejército muy numeroso en su contra y lanzar una ofensiva en contra de toda Persia, dado que por las circunstancias nos vimos obligados a hacerlo de esta manera. Pero los preparativos fueron llevados a cabo no conforme a lo que hubiésemos deseado, o a lo que aparecía como más apropiado para nuestros objetivos.  Sin embargo, en la medida en que la ocasión y el estado de los eventos nos lo permitieron, se utilizaron todos los medios disponibles para asegurar una poderosa ofensiva sobre ellos.

Consecuentemente, nuestra oficina imperial se abocó a reunir los materiales y artefactos, mangoneles y pedreros, usualmente empleados para el bombardeo de ciudades. Pero, teniendo en cuenta los trastornos y las dilaciones que provoca el enorme peso de tal maquinaria, se tornó casi imposible actuar expeditivamente. Para colmo de males, cuando el ejército estaba aún atravesando su propio país, y antes de que nuestros enemigos bárbaros nos hubieran involucrado en la guerra, la más perversa peste nos atacó desde el interior de las entrañas. Y desparramándose entre las tropas de nuestro imperio, hizo su camino entre ellas y, actuando como el más peligroso antagonista que cualquier guerrero pudiera ser, destruyó vastos números. Esta enfermedad debilitó nuestras fuerzasde una manera formidable.

Tan pronto como hubimos entrado en territorio turco, se escuchó el sonido de los aceros, y las tropas de los turcos entraron en combate con los ejércitos de nuestro imperio por todos lados. Sin embargo, por la gracia de Dios, los bárbaros fueron completamente forzados a la retirada por nuestros hombres. Pero después de esto, cuando giramos cerca de un angosto paso, en un sitio adyacente al cual los persas denominan Cibrilcima, llegaron más enemigos para socorrer a sus compañeros, hordas de a pie y a caballo procedentes del interior de Persia, las cuales, encontrándose con nuestros hombres, casi los excedían en número. Como consecuencia de las dificultades presentadas por el estrecho sendero, la armada de nuestro imperio había quedado alineada en una fila de diez millas de largo; de modo que los que marchaban delante, eran incapaces de dar apoyo a aquellos que venían detrás, al mismo tiempo que los que venían al final eran incapaces de asistir a aquellos que iban al frente.

La mala fortuna de un espacio tan vasto separando a nuestros hombres quiso que las tropas que formaban la vanguardia quedaran ubicadas a una distancia considerable del cuerpo principal de nuestro ejército. En consecuencia, como las hordas de los turcos no contaban con la ventaja de atacarnos por el frente a causa de los combates que ya habían tenido lugar, y encontrando que la estrechez del camino tendía a servirles en gran medida, decidieron atacar la retaguardia, lo que oportunamente hicieron. Dado la estrechez del desfiladero, tales ataques se produjeron por la derecha e izquierda y por todos los espacios disponibles, cayendo sus dardos indiscriminadamente sobre nosotros como si se tratara de una verdadera lluvia y matando a gran número de hombres y caballos. De esta manera, viendo que la jornada iba adquiriendo proporciones de desastre, nuestra plana mayor consideró apropiado esperar a aquellos que venían detrás con el objetivo de apoyarles, y así se hizo. Entretanto, ambas secciones debieron afrontar el acoso del infinito número de persas.

No es necesario mencionar las hazañas que se llevaron a cabo mientras éramos acorralados por el enemigo; quizás su alteza llegue a conocer mas sobre el asunto por medio de aquellos que estuvieron presente en la ocasión. Mientras la oficina imperial cumplía con sus deberes en medio de estos peligros llevando la peor parte del conflicto, la retaguardia, conformada por griegos, latinos y otras diferentes naciones, hallaba obstáculos para avanzar. Apiñada como una masa y no pudiendo soportar la lluvia de dardos arrojados por el enemigo, se adelantó por fin cargando con violencia y haciendo todo lo necesario para ganar una colina contigua que podía ser utilizada a modo de fortaleza.

Como consecuencia, se levantó una enorme nube de polvo que, siendo molesta a los ojos, no permitió que nadie pudiera ver lo que había bajo sus pies. De modo que hombres y caballos fueron conducidos hacia un precipicio cercano que daba a un profundo valle. De esta manera, cayendo unos sobre otros, los hombres se pisaron y murieron, perdiendo la vida no solo numerosos soldados de infantería sino también algunos de los mas ilustres y afamados nobles. En efecto, ¿quién podría haberse hecho fuerte frente a tan formidable acometida de tan vasta multitud?

Con todo, en lo que respecta a nuestra oficina imperial, cercada a cada lado por vastos regimientos de bárbaros que nos atacaban y eran a su vez contraatacados en respuesta, la misma hizo esfuerzos que acabaron encendiendo la alarma en el enemigo. A raíz de la sorpresa causada en ellos por nuestra tenacidad y perseverancia y sin demostrar relajamiento alguno, habíamos ya alcanzado campo abierto, por la benigna ayuda de Dios. Ello fue posible por que no se permitió a los bárbaros escalar la posición ganada y por que además, nuestra plana mayor pudo reagrupar a los suyos, rescatándolos de la destrucción y formándolos en derredor, en grupos compactos. Así se pudo alcanzar a la vanguardia en el orden establecido, alas, cuerpo principal y retaguardia.

Al ver lo sucedido y comprobando que pese a las bajas sufridas nuestro ejército hacía los arreglos necesarios para dirigir un nuevo ataque, el sultán mandó a pedir la paz ofreciéndose a cumplir todos y cada uno de nuestros requerimientos, como así también darnos su servicios, liberar todos los prisioneros detenidos en su reino, y realizar todos nuestros deseos.

Habiendo permanecido allí durante dos días completos con todas nuestras fuerzas, concluimos que nada podía efectuarse en contra de la ciudad de Iconium, ya que se habían perdido todas las maquinarias y artefactos necesarios para llevar adelante el asedio con éxito. Otra de las razones fue el hecho de que nuestros animales se vieran afectados por la misma enfermedad que antes había atacado a los hombres. En consecuencia escuchamos las suplicas del sultán y, por medio de un tratado, confirmado con juramentos y confeccionado a la medida de nuestros estándares, se le garantizo la paz. A poco, se produjo la partida, tras lo cual nuestra oficina imperial regresó a sus bases, guardando no poco dolor por los soldados perdidos, aunque agradeciendo especialmente a Dios, quien nos había honrado y aún lo sigue haciendo.

También hemos tenido el placer de que algunos de los principales hombres de vuestra nobleza estuvieran con nosotros. Ellos, a vuestro pedido, os informaran de todos los hechos en el orden en que ocurrieron. Sin embargo a pesar del profundo dolor causado por la pérdida de aquéllos que cayeron, también hemos considerado aconsejable informaros sobre los eventos acaecidos por ser nuestro amado amigo y por estar íntimamente unido a nuestra casa imperial, por los lazos de sangre que existen entre nuestros hijos. Adiós.

Entregada en el mes de noviembre, en el año 10 de la indicción.

Fuentes documentales.

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[1] Según Guillermo de Tiro.

[2] Acorde con las fuentes, Manuel ya no volvería a sonreír hasta el final de su reinado.

[3] El error cometido por Romano al ejecutar tal carga de caballería fue no haberse cerciorado de la existencia de alguna barrera o accidente natural que bloqueara la retirada de la caballería ligera turca una vez iniciada la persecución. Sin tal barrera, los pesados jinetes bizantinos nunca pudieron dar alcance a sus rivales y, al final, abatidos por el cansancio, sucumbieron al contraataque de Alp Arslan.

[4] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 179.

[5] Juan Cantacuzeno y Balduino de Antioquía.

[6] En la lucha contra los pechenegos, que Constantino X había librado con relativo éxito (1064 y 1065), se había destacado especialmente un magnate de Capadocia llamado Romano Diógenes. Dada la angustiosa situación militar que atravesaba el Imperio, las acciones de Romano no pasaron desapercibidas en los círculos de poder de Constantinopla. Fue llamado de inmediato a la capital y presentado a la emperatriz como futuro soberano. A Eudocia no le quedó más remedio que prestar su consentimiento para la boda, tanto más por cuanto el patriarca Juan Xifilinos no puso reparos en plegarse a los intereses del partido militar. Así, pues, el 1º de enero de 1068 Romano Diógenes fue coronado emperador con el nombre de Romano IV.

[7] La negativa de Manuel a desmantelar Dorileo, motivó la reacción de Kilij Arslan, quien despachó a una fuerza algarera de veinte mil hombres bajo el mando de un de sus atabeks con la intención de barrer el valle del Meandro. El ejército invasor fue emboscado por Juan Vatatses antes de cruzar el Meandro y derrotado ignominiosamente en la batalla de Hyelion y Leimocheir (1177).

[8] A mediados del siglo XI, los ricos terratenientes al frente de la administración y el gobierno de los themas imperiales conformaban una especie de casta denominada Dunatoi.

[9] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 184.

[10] Ilíada, 22.495.

[11] Véase salmo 37.15.

[12] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 186.

[13] Nicetas realiza aquí una cita sobre un proverbio de origen desconocido.

[14] Véase 2 Reyes 16.5 – 10.

[15] Todavía hoy resulta difícil comprender cómo una ciudad con casi quinientos mil habitantes fue conquistada por un ejército de no más de quince mil individuos como fue el que se plantó frente a sus muros en 1204.

[16] Véase Lucas 23.30.

[17] Salmo 83.7.

[18] Salmo 43.23.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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