IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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    Guilhem
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La batalla de Myriokefalon (1176). Parte IV.

Posted by Guilhem en enero 31, 2011

La batalla de Myriokefalon o Miriocéfalo. ¿Golpe sicológico o derrota decisiva?

Extracto: ¿Combate decisivo o apenas una refriega fronteriza? La batalla de Myriokefalon o Miriocefalo tuvo lugar el 17 de septiembre de 1176 y, como una espina clavada en la sandalia de un peregrino, dejó su impronta en la conciencia de los bizantinos tal como sucediera cien años antes con Mantzikert (19 de agosto de 1071). Hacia finales del año 1175 el poderío de los turcos selyúcidas, bajo el acicate del sultán Kilij Arslan II (1156-1192), se había tornado tan amenazante que el basileo Manuel I Comneno Megas (1143-1180) decidió confrontarlo de manera definitiva. La idea del emperador era marchar directamente sobre la capital del sultanato de Rum, la ciudad de Qonya o Ikonium, a fin de someterla nuevamente al mandato imperial. Pero la empresa se malograría en los tortuosos pasos de Tzivritze, a raíz de una emboscada hábilmente dispuesta por el sultán. Al decir de algunos contemporáneos, el emperador bizantino ya no volvería a recuperar la sonrisa ni su característico humor jovial tras el desastre; no obstante, ¿tuvo Myriokefalon las mismas dimensiones de tragedia, los mismos efectos a largo plazo que Mantzikert? Es lo que trataremos de develar a continuación.

Parte IV. Una jornada plagada de yerros: Myriokefalon.

Myriokefalon. Fase 1. Contacto visual con el enemigo.

Bajo el intenso calor del sol estival[1], con la disentería afectando a gran parte de la tropa y el agua empezando a escasear, conducir a un ejército de entre 30 y 40 mil hombres por la “loca desertissima turcorum”, una tierra que apenas daba para el sustento de sus escasos habitantes, debió de haber sido todo un reto para el emperador. Manuel, que había descartado la idea de dar media vuelta y regresar por el altísimo costo político que ello le supondría, marchaba confiado pese a todo y hasta quizá un poco más aliviado: ya no valía la pena seguir dudando; el punto sin retorno había quedado atrás al rebasar la frontera y entrar en territorio enemigo.

El ejército imperial, desde su salida de las bases en Lopadio, había avanzado en perfecto orden, priorizando la protección de los vagones que portaban las vituallas y las máquinas de asedio. Es muy probable que se dispusieran exploradores para marchar adelante, oteando el horizonte, mientras que, más atrás, los carros junto con los no combatientes, circulaban a una distancia prudencial, flanqueados por los soldados de a pié. Las unidades de caballería pesada, seguramente marcharían sobre el perímetro de la infantería, rodeándola sin entremezclarse con ella, para que el menor ritmo de los del centro no se convirtiese en un obstáculo en caso de tener que picar espuelas. Por el mismo motivo, la caballería ligera junto con los jinetes arqueros, marchaban en los extremos de la gran masa de gente. Para los trayectos donde el camino se angostaba comprometiendo la movilidad de la tropa, la caravana seguramente se estiraría con tal de ganar espacio para maniobrar: los exploradores seguirían encabezando el desfile, seguidos por una franja de soldados de a pie mucho mas compacta que antes, apretujada contra el tren de carga, y dos líneas de caballería marchando paralelamente a cada lado de la infantería. Se trataba también de una formación clásica, un poco más conservadora sobre la que el mismo Choniates nos ofrece algunas precisiones: “El ejército debía abrirse paso con lentitud, avanzando poco a poco, debido a las bestias de carga que llevaban las máquinas de guerra y a los numerosos no combatientes que estaban a cargo de su cuidado”[2].

Itinerario hasta Myriokefalon (1176).

Al dejar atrás la amplia planicie con el lago Beyşehir de fondo, el camino se estrechó tanto que, llegando a Tzivritze, ya no fue posible avanzar siquiera con la formación clásica “cerrada”. Choniates describe el lugar como un extenso barranco caracterizado por numerosas quebradas que descendían en leve pendiente desde las estepas del norte, en dirección a las colinas ubicadas más abajo. Tales pasadizos confluían bajo la forma de sinuosas hondonadas hacia un suelo rocoso que, en determinadas secciones, acababa cortado a pico, formando acantilados y precipicios en uno de sus lados. La intimidante y sobrecogedora visión del páramo obligó a Manuel a desplegar sus divisiones en hilera para poder continuar el viaje. Choniates nos deja una vívida descripción al respecto: “el emperador, sin embargo, lideraba sus falanges. Corriendo el mes de septiembre (17 de septiembre de 1176) Juan y Andrónico[3] Ángel, hijos de Constantino, Constantino Makroducas[4] y Andrónico Lampardas, todos juntos, seguidos de sus tropas, formaban la vanguardia. Luego venía el ala derecha comandada por Balduino, el hermano de la esposa del emperador, mientras Teodoro Mavrozomes dirigía el ala izquierda. Tras éstos marchaban las bestias de carga, los criados y no combatientes, y los vagones con las maquinarias de asedio y las vituallas. A continuación venía el emperador en persona con sus tropas selectas, seguido por Andrónico Contostéfano[5] en la retaguardia”[6].

En consecuencia, según nuestro historiador de cabecera, el orden de marcha a través de Tzivritze era el siguiente:

  1. Vanguardia: Juan y Andrónico Ángel, Constantino Makroducas y Andrónico Lampardas.
  2. Ala derecha: Balduino de Antioquía, cuñado del emperador.
  3. Ala izquierda: Teodoro Mavrozomes.
  4. Logística: bestias de carga y tren de logística y asedio.
  5. Centro: Manuel I Comneno.
  6. Retaguardia: Andrónico Contostéfano.

Cada sección, entretanto, se hallaba integrada por infantería, caballería ligera y caballería pesada, conformando por sí misma una fuerza independiente de la que le seguía inmediatamente.

Mientras que la composición de cada cuerpo era más o menos así:

Vanguardia:

  • Tropas griegas de los ducados y themas occidentales bajo el mando de Juan y Andrónico Ángel.
  • Tropas griegas de los ducados y themas orientales comandadas por Constantino Makroducas.
  • Regimientos occidentales, probablemente alemanes, y mercenarios cumanos y valacos a cargo de Andronico Lampardas.

Ala derecha:

  • Divisiones provistas por el principado vasallo de Antioquía y mercenarios latinos.

Ala izquierda:

  • Regimientos húngaros y mercenarios de diferentes nacionalidades.

Tren de carga:

  • No combatientes, mayoritariamente griegos (sacerdotes, bruñidores, armeros, mozos de cuadra, ambulancieros, etc.).

Cuerpo principal:

  • Fuerzas selectas, entre ellas parte de la guardia imperial.

Retaguardia:

  • Unidades de elite (infantería y caballería) nativas y mercenarias.

Casi en el umbral de Tzivritze, en la madrugada del 17 de septiembre de 1176, la vanguardia bizantina estableció contacto visual con los selyúcidas, quienes se habían establecido allí como parte del plan operacional dispuesto por el sultán. Seguramente no se trataba de todo el ejército turco; una gran parte del mismo yacía oculto en sectores propicios del paso; pero esto no lo sabían los comandantes griegos. La proximidad del enemigo quizá explique a estas alturas la razón de uno de los errores fundamentales que se le achacan a Manuel: no recurrir a escuchas para explorar el terreno que se extendía más allá de su vista, hacia delante. Choniates grafica tal yerro con estas palabras: “Según parece, Manuel no tomo precauciones en cuanto a su ejército, cuando se aventuró por ese camino”. Los hechos no justifican sin embargo la imprudencia de Manuel; en lugar de escuchas se podría haber enviado la caballería ligera

Myriokefalon. Fase 2. La vanguardia bizantina se abre paso, sin dificultades, por Tzivritze.

Fue sin lugar a dudas una hábil estratagema diseñada por Kilij Arslan: a la vista del señuelo ubicado a la entrada del paso, la vanguardia bizantina se precipitó sobre él, impulsada por un exceso de confianza. Los turcos, mientras tanto, dieron media vuelta y se precipitaron rumbo a los estrechos pasadizos en una alocada carrera por ponerse a salvo de la marejada humana que se les venía encima. “Las divisiones de la vanguardia, bajo el mando de los hermanos Juan y Andrónico Ángel y de Makroducas y Lapardas, atravesaron el terreno accidentado sin sufrir daños, mientras que la infantería, enviada delante, sorprendía a los bárbaros y les obligaba a desalojar las colinas montaña abajo, hacia el lugar donde aquéllos habían sido apostados para dar batalla”, cuenta Nicetas Choniates sobre las primeras escaramuzas.

Es probable que, a la vista del desbande generalizado, los comandantes bizantinos de la vanguardia no se hayan percatado de que un gran número de turcos se hallaba apostado sobre las alturas, escondido entre los accidentes geográficos del terreno. Actuando como una unidad autosuficiente, esta primera sección prosiguió su avance quizá confiando que la batalla había terminado. Infantería y caballería ligera y pesada, casi sin sufrir bajas, fueron finalmente conducidas hacia una planicie abierta que se hallaba a medio camino entre la entrada y la salida de Tzivritze. Lo que no sabían los hermanos Ángel, Constantino Makroducas ni aún Andrónico Lampardas era que en la confusión generada por el exitoso avance de la vanguardia, los turcos en lugar de desalojar el paso, se reagrupaban a la par de los que esperaban emboscados a cada lado del camino.

Myriokefalon. Fase 3. Se cierra la trampa.

Tras la partida de la vanguardia, las restantes unidades que esperaban a las puertas del sinuoso desfiladero se fueron deslizando una a una hacia su interior, sin enterarse de lo que sucedía más adelante. Fue un error imperdonable que Manuel, con la experiencia de haber liderado siempre a sus ejércitos en batalla, no adoptara las medidas del caso: apartar los pesados carretones tirados por bueyes y el aparatoso tren de carga hasta tanto no se hubiesen extinguido las acciones tácticas. Tal descuido generó velocidades desparejas en el avance de las distintas secciones que, a poco, se encontraron esparcidas en una extensa hilera a lo largo de casi dieciséis kilómetros de camino, según lo relata el propio emperador: “Como consecuencia de las dificultades presentadas por el estrecho sendero, la armada de nuestro imperio había quedado alineada en una fila de diez millas de largo…”[7]. Para colmo de males, los elementos más rígidos de la fuerza expedicionaria, esto es, bestias de tiro y vagones, acabaron bloqueando el paso a los que venían detrás, haciéndoles perder movilidad y dinámica. Entonces sucedió lo peor.

Cuando los turcos, en medio de una gritería generalizada, abandonaron sus escondites en las colinas adyacentes, abalanzándose sobre los desprevenidos bizantinos, el ejército imperial estaba tan estirado como vulnerable. Lejos de poder asistirse unas a otras, sus diferentes secciones se vieron en la necesidad de pelear como pequeñas unidades independientes, al perder el contacto entre ellas. Fue una verdadera calamidad y al mismo tiempo una prueba de fuego que sacó a relucir lo mejor y lo peor de los soldados griegos en medio de la confusión y el caos reinante.

Con la vanguardia lejos y fuera de peligro, el mayor peso de la lucha recayó sobre la espalda de quienes componían el ala derecha. Allí, Balduino de Antioquía se movía frenéticamente, con un ojo puesto hacia delante para no perder el rastro de aquélla y el otro mirando lo que sucedía en derredor. Más atrás, el ala izquierda se debatía en un mar de dudas: su comandante, Teodoro Mavrozomes no se decidía entre espolear a su caballo para asistir a sus compañeros o mantener la posición para proteger los vagones con las valiosas maquinarias de asedio que venían detrás. Nicetas Choniates, que no sentía el menor apego por los caballeros occidentales, guarda para Balduino un lugar de honor en su relato: “Tal vez las tropas que seguían en el orden antes descrito podrían haber pasado con seguridad entre los aturdidos turcos si solo hubieran cerrado filas con las compañías que los precedían y usado a sus arqueros para repeler a los atacantes turcos. En lugar de ello, se rehusaron a reagruparse con los de adelante, permitiendo que el número superior de los turcos que pululaban a cada lado de las colinas los dispersaran. Los turcos derrotaron a los hombres de Balduino, hiriendo y matando a muchos. Entonces, Balduino, viendo que sus hombres estaban en una delicada situación, y sintiéndose incapaz de romper las filas del enemigo y huir, reunió a un cierto número de caballeros y se dispuso a rodear las falanges turcas, mas fue cercado y muerto de inmediato. Todos sus compañeros de armas cayeron con él, desplegando un coraje desesperado en su noble hazaña”.

Con Balduino muerto y el ala derecha puesta fuera de combate, la presión del ataque pasó al ala izquierda. En ese momento el cuerpo principal, con Manuel a la cabeza, empezó a preocuparse seriamente y a sospechar que más adelante algo siniestro estaba sucediendo. El fragor de la lucha, no obstante, pronto los alcanzó a ellos también. Y es que los turcos, eufóricos como estaban luego de abatir a los antioqueños, ahora parecían multiplicarse por todos lados. Por segunda vez en poco más de cien años, el Imperio estaba a punto de perder otro soberano en manos de los selyúcidas. Que ello efectivamente sucediera dependía casi en exclusiva de la capacidad de reacción del emperador y su séquito y, por supuesto, en esas condiciones, cualquier cosa podía esperarse. Por lo pronto, el ejército imperial conservaba intacta una única ventaja sobre el enemigo: su incuestionable superioridad técnica.

Kufi Boğazı, Sandıklı. ¿Tzivritze?


Myriokefalon. Fase 4. Manuel pelea por su vida.

En las circunstancias en que los bizantinos fueron sorprendidos, desperdigados a lo largo de casi diez millas y maniatados por promontorios, acantilados, desfiladeros y hondonadas, resultaba muy difícil sino imposible coordinar maniobras o comunicar órdenes. Bajo esta óptica hay que analizar el desenvolvimiento de Manuel en el campo de batalla. Nicetas Choniates en algunos pasajes de su obra le critica despiadadamente; establecido con comodidad en algún palacio de Nicea, el cronista griego jamás se puso en la piel de quienes pelearon en esas horas trágicas de la historia bizantina, al momento de emitir sus juicios de valor mientras entornaba su erudita pluma. En cierta manera su proceder recuerda al de Miguel Psellos y su retórica impiadosa, cargada de desprecio hacia las dotes militares del desafortunado Romano IV Diógenes[8].

En el campo sangriento de Myriokefalon a Manuel le tocó pelear por su vida como cien años antes lo había hecho el valeroso Romano. Cuando los turcos sorprendieron el ala derecha de su ejército, matando al mismísimo Balduino, un muro representado en los hechos por cerca de tres mil vagones de carga impidió a los que venían detrás acudir en ayuda de los antioqueños. En la Edad Media los únicos medios aptos para transmitir órdenes eran veloces jinetes o banderilleros adiestrados para tal fin y, según la información que disponemos, ni lo uno ni lo otro pudo emplearse con semejante muralla obstaculizando el estrecho sendero. Para aumentar el desconcierto, en el momento en que los selyúcidas se echaron sobre el núcleo principal, los cuerpos inertes de quienes acababan de sucumbir bajo el filo de sus venablos y cimitarras evitaron que los carruajes y vagones pudieran ser empujados hacia delante. Los animales de tiro empezaron entonces a caer como moscas ante la certera puntería de los arqueros turcos, que intencionalmente los abatían a fin de impedir el trabajo de limpieza al que se habían entregado algunos soldados y no combatientes bizantinos por expresa indicación de Manuel. Hubo pues que renunciar a las valiosas maquinarias de asedio, al agua y a las vituallas, volteando el tren de carga sobre sus ruedas o apilándolo en las paredes laterales del desfiladero, con tal de salir de ese atolladero.

La lucha debió haber sido en ese punto sin cuartel, a matar o morir. Los turcos, saboreando la victoria, pudieron aún recurrir a otro ardid para asestar el golpe de gracia a la alicaída moral de sus enemigos. Unos días antes, el emperador había confiado a su sobrino Andrónico Vatatses, hijo de su hermana María y de Teodoro Vatatses, la tarea de comandar una fuerza en Paflagonia. El plan consistía en que ambas expediciones actuaran simultáneamente como un cascanueces sobre los territorios del sultán. Pero Andrónico resultó vencido ante los muros de Amasea y su cabeza, cortada, fue enviada como obsequio a Kilij Arslan. Ahora, en el calor de la batalla, los turcos la exhibieron en lo alto de una pica, como recordatorio de lo que les esperaba a quienes cayeran con vida en sus manos. Choniates reporta que a la vista de tan pasmoso espectáculo, el emperador reaccionó con abatimiento, entregándose a un breve duelo. Luego, recuperando la compostura, volvió a conducir a la caballería en otro arrebato desesperado por abrirse paso entre los innumerables obstáculos que cerraban el camino.

Gracias a nuestro historiador bizantino de cabecera podemos conocer con lujo de detalles este nuevo acto del drama que estaba teniendo lugar: “El emperador intentó repetidamente desalojar a los bárbaros que bloqueaban el paso y presionar a sus tropas a limpiar el camino, pero pronto descubrió que su plan no estaba teniendo éxito y que sus bajas tampoco serían inferiores si se quedaba en ese lugar, con los turcos siempre prevaleciendo, luchando como se encontraban, con la ventaja de hacerlo desde un terreno más alto. Entonces guió una carga contra el enemigo con una fracción de sus tropas, invitando al resto a salvarse ellos mismos como pudieran, ya que se había percatado de que no había esperanzas”. El relato del cronista se asemeja a la descripción de una retirada desordenada, de un caótico desbande propio de un ejército vencido y quebrado anímica y moralmente. Choniates prosigue: “Manuel salió del puño de hierro que aferraba la falange como si se tratase de una trampa tendida a una comadreja. Sufrió numerosos cortes y contusiones a causa de las espadas y mazas esgrimidas por los turcos: su cuerpo entero estaba cubierto de heridas, su escudo había sido traspasado por una treintena de flechas sedientas de sangre y no podía llevar recto su casco, que había sido golpeado y torcido. Sin embargo, contra todos los pronósticos, escapó de las garras de los bárbaros, protegido por Dios, que hacía tiempo también había protegido la cabeza de David en el día de la batalla[9], tal como lo relatan los amantes de los salmos. A las otras divisiones romanas les había ido mucho peor. Traspasadas continuamente por las cabezas de metal de las lanzas y heridas por las flechas, fueron pereciendo a medida que caían unos sobre otros. Hubo algunos que pudieron atravesar los barrancos llegando inclusive a repeler a los turcos allí estacionados para caer asesinados en el siguiente hueco. Esta vía, cortada por siete zanjas y valles contiguos, se tornaba más amplia por una corta distancia para luego volver a contraerse en un estrecho pasadizo. Dichos valles estaban cuidadosamente guarnecidos por tropas turcas que infectaban todo el terreno”[10].  Es muy probable que el cronista bizantino se refiera aquí a la suerte corrida por las alas del ejército imperial, que fueron en definitiva las que llevaron la peor parte de la lucha, registrando bajas considerables.

Myriokefalon. Fase 5. El ejército imperial se reagrupa.

Mientras el emperador, a fuerza de cargas frontales de caballería intentaba perforar el cerco dispuesto por los turcos, una tormenta de polvo se abalanzó de improviso sobre la comarca, cegando por igual a turcos y a bizantinos. Choniates nos cuenta que la confusión generada por la falta de visión fue tan grande, que muchos sucumbieron a manos de sus propios compañeros. Los soldados, en medio de la oscuridad repentina, lanzaban estocadas y lanzazos discrecionalmente, confundidos por los alaridos y estertores de la lucha que tenía lugar y por el trajinar de las bestias que, habiendo perdido a sus jinetes, deambulaban sin rumbo. “Turcos y romanos[11] arrojaban sus espadas contra sus propias líneas matando a quienes se aproximaban como un enemigo, de modo que los barrancos se convirtieron en una gran tumba, el lugar de entierro de diversas naciones, una fosa común de romanos y bárbaros, bueyes, caballos y asnos de carga”[12]. La repentina tormenta dio a los bizantinos un breve respiro a pesar de todo y varios consiguieron abrirse paso hacia delante, tras la estela de muerte que iba dejando el emperador y su guardia personal.

En su desesperación por dar alcance a la vanguardia, el basileo debió aún pelear cuerpo a cuerpo en varias oportunidades antes de poder respirar aliviado. Con la muerte rondando por todas partes y las flechas del enemigo anunciando la siguiente ronda de difuntos, los fugitivos padecían de tal grado de excitación corporal producto de niveles altísimos de adrenalina, que sus fosas nasales se hallaban henchidas de par en par para compensar el mayor ritmo cardíaco con un flujo respiratorio acorde. Aún no habían conseguido alcanzar el primer claro que separaba en dos el estrecho recorrido de Tzivritze, cuando el emperador mandó hacer un alto para que todos pudiesen recuperar el aliento. Choniates afirma en este punto que Manuel, momentáneamente vulnerable al quitarse la coraza, fue sorprendido por un turco que intentaba robarle el caballo. A lo que el basileo respondió incorporándose de un salto y derribando al turco con un fuerte golpe en la cabeza. La escaramuza llamó la atención de otra partida de merodeadores selyúcidas, que andaba cerca en busca de cautivos. Al verles llegar Manuel atravesó a uno de un lanzazo, mientras que sus colaboradores atacaban al resto a estocadas y mandobles, poniéndoles rápidamente en fuga.

Habiéndose percatado de lo precaria que era su situación, los romanos volvieron a ponerse en movimiento con el basileo a la cabeza. Picando espuelas, el regimiento partió sin dejar de describir círculos con sus espadas a medida que el enemigo estrechaba filas para tratar de cortarles el paso. En ocasiones solían hacer un alto ocasional para permitir a otro grupo de evadidos darles alcance y unírseles. Pero el avance era lento y las pezuñas de los caballos resbalaban en los cuerpos de los soldados caídos, que, acorde con las palabras de Choniates, comenzaba a cubrir las hondonadas del páramo. La tormenta de polvo había casi amainado, de modo que las imágenes invadieron de nuevo los sentidos de los combatientes: por doquier se veían moribundos suplicando lastimosamente con sus manos tendidas hacia el cielo, bestias despanzurradas enlodando el camino con su sangre, soldados en inferioridad numérica batiéndose con singular heroísmo, jinetes galopando sobre montículos de cuerpos inertes, sargentos gritando órdenes haciendo caso omiso a las flechas que se clavaban en sus escudos. En tales circunstancias, Manuel tuvo que presenciar cómo una partida de turcos ultimaba a otro noble del entorno familar: “Luego, levantando la mirada, divisó al marido de su sobrina, Juan Cantacuzeno, contendiendo él solo contra muchos enemigos y resistiendo su ataque mientras miraba a su alrededor para ver si alguien venía en su ayuda. Unos momentos después el emperador logró divisar como era desmontado y caía sin llegarle nunca la tan ansiada asistencia. Cuando los turcos que habían matado a Cantacuzeno vieron que el emperador pasaba por allí cerca (y cuya escapatoria ellos juzgaron como imposible) se agruparon como una jauría y se pusieron a perseguirle como si se tratare de una gran presa; estaban indecisos entre tomarle prisionero o matarle. Todos montaban sobre sementales árabes y en apariencia, se destacaban por sobre los demás: portaban armas elegantes y sus cabalgaduras estaban adornadas con cascabeles que estaban sujetados a la crin de sus esbeltos cuellos. El emperador infundió entonces ánimo entre los soldados que le rodeaban y entre todos consiguieron rechazar la carga del enemigo. Luego, empujando hacia delante de a poco, apelando a veces a cortes y lanzadas y otras, sin derramamiento de sangre, superaron a los turcos, que se habían reagrupado con el afán de poder apresarle. Aliviado y complacido, el emperador alcanzó la posición de las divisiones que iban delante, las cuales se hallaban preocupadas no tanto por su propia suerte sino por que él tardaba en aparecer”[13].

De la lectura de los pasajes de Choniates se puede concluir que, el cuerpo principal, liderado por el emperador en persona, en su intento por dar con el paradero de la vanguardia, iba quebrando la resistencia de los enemigos emboscados que encontraba a su paso. De modo que cuando a Andrónico Contostéfano le correspondió a su vez el turno de avanzar por Tzivritze con la retaguardia, su marcha fue mucho más asequible, aunque también halló la oposición de bolsones atestados de enemigos. Choniates nos cuenta que en las horas del crepúsculo el general bizantino, seguido de un gran número de tropas, alcanzó ileso el campamento fortificado que la vanguardia había levantado en tiempo record.

Balance: primeras estimaciones de bajas.

Recién en el improvisado campamento los bizantinos pudieron determinar el impacto que la batalla había surtido entre sus filas. El balance de las bajas más o menos era el siguiente:

a- La vanguardia con todos sus generales, yacía prácticamente indemne.

b- El ala derecha, que había soportado casi por completo el peso de la batalla, se había perdido en un noventa por cien. Su comandante, Balduino de Antioquía había resultado muerto en la lucha, pese al valor y al heroísmo desplegado.

c- El ala izquierda, al echarse hacia atrás ante el primer impacto de los turcos contra el ala derecha, había cerrado filas con el cuerpo principal, lo que al cabo había terminado salvando vidas. El número de bajas no era tan alto y su comandante, Teodoro Mavrozomes, había podido alcanzar sin problemas el campamento fortificado.

d- Tren de carga y no combatientes: los vagones con el agua, los alimentos y las partes de las maquinarias de asedio se habían perdido en su totalidad, lo mismo que las bestias de tiro. Los no combatientes, por su parte, habían sido capturados en su gran mayoría por los algareros turcos que recorrían la zona en busca de esclavos.

e- Cuerpo principal: había causado una gran mortandad entre las líneas de los emboscados. Tratándose de un cuerpo selecto, su desempeño en el campo de batalla fue impecable; la limpieza de todos los obstáculos que cerraban el paso se logró gracias al esfuerzo y el sacrificio de sus integrantes. Y aunque en determinados momentos a Manuel le invadió la indecisión y el temor, su obstinación al recuperar la calma permitió a muchos zafar de las emboscadas y trampas. La mayor parte ingresó sana y salva al solar del campamento, si bien algunas figuras importantes como Juan Cantacuzeno habían perecido en el intento.

f- Retaguardia: compuesta también por tropas selectas y bajo el liderazgo de uno de los generales más capaces, Andrónico Contostéfano, fue agrupándose lentamente luego de atravesar casi sin contratiempos los desfiladeros. A lo largo del camino sus miembros fueron rematando a los desprevenidos turcos que se habían entregado a una bacanal de robos y pillaje, aunque también debieron vencer la resistencia de los últimos grupos emboscados antes de llegar al perímetro salvador del campamento (Michael Hendy, no obstante, asevera que esta sección también sufrió duramente los embates de la batalla, registrando pérdidas considerables).

g- Con la batalla aún inconclusa, el número de bajas oscilaba entre cinco y seis mil efectivos, trepando posiblemente a siete u ocho mil con los no combatientes. Se podría inclusive aventurar una cifra cercana a las diez mil bajas, contando muertos y prisioneros, si se tiene en cuenta que las acciones se prolongaron casi hasta media mañana del 18 de septiembre.

Myriokefalon. Fase 6. Desenlace de la batalla.

El campamento improvisado donde a poco comenzaron a confluir los restos del ejército imperial, había sido erigido por la vanguardia sobre una colina ubicada a medio camino entre la entrada y la salida del tenebroso paso (algunos historiadores coinciden en señalar que se encontraba fuera del desfiladero, del lado de Qonya). Nicetas Choniates no proporciona precisiones acerca del mismo, pero seguramente debe haber seguido el modelo de los campamentos clásicos romanos de campaña: zanjas perimetrales rematadas por montículos levantados con la tierra cavada; promontorios para centinelas; entradas con forma de L apostadas convenientemente a intervalos definidos; perímetro interior formado por las tiendas de campaña, con espacios preestablecidos entre ellas para poder circular; luego la infantería y bien en el corazón, la caballería en torno a la tienda del comandante, en este caso, el emperador y su plana mayor.

Con el correr de las horas la lucha fue decayendo en intensidad hasta casi extinguirse por completo al ocultarse el sol. En la penumbra ulterior los soldados griegos seguramente debieron desplomarse a causa del cansancio y de la tensión vivida, si bien las rondas de vigilancia se mantuvieron a rajatabla a lo largo de toda la noche. Afuera, entretanto, los jinetes turcos solían interrumpir el silencio imperante con súbitas carreras alrededor del campamento, que incluían alaridos y ocasionales descargas de flechas disparadas al azar. Nicetas Choniates nos refiere en detalle cómo los soldados romanos soportaban dentro el paso de esas horas aterradoras: “Esos hombres no se contaban ellos mismos entre los que iban a sobrevivir, desde que escuchaban a los bárbaros galopar a lo largo del borde del campamento, y en tono penetrante, exhortar a sus iguales, que se habían pasado con los romanos tiempo atrás (ya sea por necesidad o porque se habían convertido), a dejar el campamento esa noche porque, en caso contrario, todos morirían llegando el alba. Los romanos, por su parte, pasaron el tiempo en sus clanes y con sus amigos más cercanos, mientras el temor hacía palidecer sus rostros como las hojas de los árboles cambian de color al llegar la temporada de su caída”[14].

Durante la madrugada del 18 de septiembre, el emperador reunió en concejo a sus altos oficiales. Estaba realmente confundido y temía caer prisionero y hasta perder la vida, por lo que manifestó a sus generales sus intenciones de evadirse del campamento, aprovechando la oscuridad de la noche. Sus palabras cayeron como un mazazo entre el auditorio y el mismísimo Contostéfano se mostró consternado y aturdido por la sugerencia del emperador. Solo cuando un soldado raso, que posiblemente hacía guardia en la puerta de la tienda, se lamentó por lo que se discutía dentro, el basileo recuperó la compostura desdiciéndose de sus palabras. Mientras debatían a continuación qué alternativa adoptarían para el nuevo día, una embajada enviada por Kilij Arslan se presentó para conferenciar, ofreciendo un acuerdo similar al que unos días antes Manuel se había obstinado en rechazar.

Llegada la mañana, algunos turcos que no entendían el imprevisto arranque de clemencia del sultán y otros que directamente desconocían lo parlamentado durante la noche, lanzaron un nuevo ataque contra el campamento fortificado del emperador. Cabalgando en derredor de su predio, repitieron la rutina de gritos aterradores y rondas de flechas que ahora disparaban con mejor puntería debido a la claridad del día. En el interior del campamento, entretanto, el alto mando bizantino creía con razón que había que retomar la iniciativa perdida durante la batalla del día anterior. La moral del ejército estaba quebrada y se precisaban de acciones gloriosas para recomponerla. Manuel, que había recuperado su semblante habitual, mandó a llamar a Juan Ángel y le despachó al frente de un destacamento de caballería ligera para medirse con los sitiadores. Pero tanto el intento de Juan como el que dirigió después Constantino Makroducas al frente de divisiones orientales no alcanzaron los resultados deseados. Las escaramuzas finalmente terminaron cuando un segundo delegado del sultán, Gabras, se presentó ante Manuel para arreglar las condiciones del nuevo tratado de paz. Los detalles de la entrevista nos han llegado gracias a Nicetas Choniates: “El sultán despachó a uno de sus más honorables y estimados oficiales, Gabras[15], para reunirse con el emperador. Acto seguido, los turcos, acatando las órdenes del sultán, detuvieron sus ataques a lo que los romanos respondieron suspendiendo sus salidas y persecuciones. Una vez recibido por el emperador, Gabras hizo una profunda reverencia a la manera de los bárbaros, al mismo tiempo que obsequiaba al emperador con un caballo de Nisaia[16], dotado con frenos de plata, un animal ideal para ser usado en solemnes procesiones y desfiles, y una espada larga de doble filo. Habiendo iniciado la discusión de los términos de paz empleando palabras suaves, el embajador turco morigeró la evidente derrota del emperador calmando su ardiente pasión, como si las palabras que le susurraba al oído funcionasen a modo de encantamiento. Gabras, observando la apariencia amarillenta de la capa que cubría la cota de malla del emperador, remarcó: <Ese no es un color auspicioso, O emperador, ya que a la hora de hacer la guerra milita muy bien en contra de la buena fortuna>. Manuel, forzando una leve sonrisa ante estas palabras, se quitó la capa bordada con hilos púrpuras y dorados, y se la tendió a Gabras. Tras lo cual aceptó el caballo y la espada, accedió a formalizar el tratado y le tendió la mano a la comitiva. La falta de tiempo, sin embargo, no permitió que determinados artículos fueran debidamente especificados, aunque sí se convino que las fortalezas de Dorileo y Subleo debían ser demolidas”[17].

batalla de Myriokefalon: pintura.


Myriokefalon. Fase 7. Retirada.

Desalojar el improvisado pero seguro recinto del campamento tuvo una doble connotación para los romanos. Por un lado el alivio de saber que la pesadilla estaba tocando a su fin y por el otro, la frustración de sentirse vencidos por un enemigo que en los papeles era inferior, sobre todo en lo concerniente a la calidad del componente humano. Y fue precisamente la calidad de las tropas de Manuel lo que las salvó indefectiblemente del desastre. Hasta el mismo momento de emprender la retirada, cada integrante de la fuerza imperial, desde los no combatientes hasta el propio emperador, tenía la certeza de haber experimentado una derrota aplastante, abrumadora. Con el agravante de que Ikonium solo se encontraba a no más de cincuenta kilómetros de distancia, es decir tan solo a una jornada de marcha, cuando se debió emprender el regreso.

El viaje de vuelta, sin embargo, mostraría una faceta desconocida de la batalla. Ni bien las condiciones del tratado habían sido ratificadas por las partes, Manuel solicitó cambiar el itinerario para evitar el mal trago de tener que atravesar una vez más el campo sangriento y revivir las terribles escenas del día anterior. Los guías, sin embargo, hicieron oídos sordos a su petición y condujeron a los sobrevivientes directamente por el mismo recorrido que, en sentido inverso, habían realizado apenas doce horas antes[18]. Lo que vieron entonces les llenó de pavor y Nicetas Choniates nos lo describe con una punzante observación: la visión era digna de lágrimas, o mejor dicho, la magnitud de la escena era sobrecogedora inclusive para las lágrimas”. Lo cierto es que a lo largo de todo el camino a través de Tzivritze los sobrevivientes solo pudieron reparar en muerte y desolación; no obstante hay un hallazgo en particular del cronista bizantino que nos llama poderosamente la atención: “Las víctimas tenían el cuero cabelludo arrancado de sus cabezas y los falos de muchos habían sido cortados. Se decía que los turcos habían tomado esa medida para que los circuncisos no pudieran ser distinguidos de los incircuncisos y, por ende, que su victoria no pareciera tan disputada y controversial, dado que habían caído muchos por ambos bandos”[19]. Se trataba seguramente de una observación realizada por un testigo ocular de la batalla, soldado posiblemente y además, conocedor de las tradiciones religiosas del Islam en ese sentido[20]. Que los selyúcidas se hubiesen apresurado a adoptar tan extrema medida es un indicio que, tal cual nos lo refiere Choniates, denota incertidumbre respecto a la supuesta contundencia inicial de su victoria. A poco, los bizantinos se percataron de ello y, atando cabos, por fin comprendieron el por qué de la incomprensible permisividad de Kilij Arslan a la hora de negociar. La batalla no había sido tan concluyente ni la derrota tan decisiva como había parecido al alborear del 18 de septiembre.

Hubo un último intento de los turcos por deshacer los términos del tratado que acababan de cerrar. Acorde con Choniates, el sultán, habiéndose arrepentido de su munificencia, envió a los suyos para hostigar el retorno de Manuel y causar “el mismo daño que se le habría ocasionado si no se hubieran celebrado los tratados de paz”. La coyuntura fue especialmente difícil de sobrellevar para los heridos y no combatientes, ambulancieros incluidos, que marchaban trabajosamente siguiendo los pabellones imperiales. Manuel, que había advertido el sufrimiento causado por tales ataques, intentó atenuarlos ubicando en retaguardia a lo mejor de sus tropas y a los más capaces lugartenientes. Mas las desgracias finalmente cesaron cuando la fuerza expedicionaria alcanzó los arrabales de Coni. En ese momento muchos soldados se hincaron de hinojos para agradecer a Dios por haberles hecho regresar sanos y salvo. El emperador, por su parte, se aseguró que todos los heridos recibieran atención médica, “tras lo cual partió a Filadelfia, donde pasaría varios días recuperándose de las heridas recibidas durante la campaña”[21].


[1] La campaña había comenzado muy avanzado el verano, debido a que las tropas suministradas por el reino de Hungría en su condición de estado vasallo, tardaban en llegar.

[2] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 179. Según parece, el historiador bizantino estaba familiarizado con los manuales militares tipo Strategikon.

[3] Andrónico Ángel, padre de los futuros emperadores Isaac II y Alejo III.

[4] Constantino Ducas parece ser la misma persona que Constantino Makroducas; estaba casado con la hija del hermano mayor de Manuel, Isaac. Para Constantino Makroducas (Tall-Ducas), véase Polemis, Dukai, pág. 192, y nn 2 y 3; Véase Juan Cinnamus, “Hazañas de Juan y Manuel Comneno”. Traducción a cargo de Charles M. Brand Nueva Cork, 1976, pág. 201.

[5] Andrónico Contostéfano, el vencedor de Sirmium (1167).

[6] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 180.

[7] Carta de Manuel a Enrique II, extraída de las “Anales de Roger de Hoveden sobre la historia de Inglaterra y de otros países de Europa, desde 732 a 1201”.

[8] Romano IV Diógenes, el emperador vencido por Alp Arslan en Mantzikert (1071).

[9] Salmo, 139.8.

[10] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 183.

[11] Nótese que el autor bizantino emplea el adjetivo gentilicio “romano” para llamar a sus compatriotas. Esto porque el término bizantino es una invención del siglo XVIII.

[12] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 184.

[13] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 185.

[14] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 187.

[15] Para el embajador Gabras véase Véase Juan Cinnamus, “Hazañas de Juan y Manuel Comneno”. Traducción a cargo de Charles M. Brand Nueva Cork, 1976, pág. 224; Bryer, Gabrades, 180. El embajador no sería otro que el visir de Kilij Arslan II, Hasan ibn Gabras, probablemente un pariente del clan  de los Gabras de Trebizonda.

[16]Los caballos de Nisaia, a los que Herodoto se refiere como caballos sagrados o ceremoniales,  son llamados así porque proceden de la planicie de Nisaean, en Media, en el noroeste de Irán; Herodoto 7.40. Véase también Strabo, 11.527 y Polibio, 30.25.6. Los caballos de Nisaia eran empleados por la caballería parta en tiempos de los Sasánidas. Corpulentos y de patas y cabeza pequeña, eran ideales para cargar hombres bien armados y acorazados, los catafractas. Véase Bernard Goldman and A. M. G. Little, “Los comienzos de la pintura Sasánida y Dura Europos”, Iránica antiqua 15 (1980), pág. 289 y n. 10.

[17] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 189.

[18] No está del todo claro por qué la ruta escogida por los guías coincidió con el itinerario realizado hasta allí. Se puede suponer que la misma urgencia por un reservorio confiable de agua fue determinante para desechar la alternativa de Filomelio. O inclusive que el sultán haya contemplado en el tratado una condición específica al respecto, para desembarazarse cuanto antes de la fuerza invasora.

[19] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 190.

[20] Aunque no está contemplada en el Corán, la circuncisión masculina del creyente forma parte del conjunto de conductas establecidas por el Profeta (la Sunnah).

[21] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 191.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

Todos los mapas son de propiedad de https://imperiobizantino.wordpress.com/

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5 comentarios to “La batalla de Myriokefalon (1176). Parte IV.”

  1. Guilhem said

    Dos cuestiones:
    1- La iniciativa de la guerra cambió en los hechos, es verdad. ¿Pero cuánto tuvieron que ver en ello los incompetentes Ángel y posteriormente la IV Cruzada? ¿Qué habría sucedido si Manuel hubiese reinado 20 años más? ¿O si hubiese tenido un digno sucesor tal como lo tuvieron primero su abuelo y después su padre?
    2- El tema almogavar es muy doloroso en muchos sentidos. Yo siempre establezco la siguiente comparación: los almogávares fueron a Bizancio lo que los primeros cruzados a los armenios de Edesa, Melitene y Gargar: llegaron para ayudar y no solo que después no se fueron sino que se quedaron con los territorios de quienes habían ido a auxiliar.
    Finalmente, y como apreciación personal, no creo en la posibilidad de un complot Ángel a lo Ducas contra Manuel. Tras la batalla no hubo represalias ni juicios sumarísimos e inclusive algunos Ángel siguieron mandando ejércitos. Y mi idea acerca de la actuación de la vanguardia en Myriokefalon es que dicho cuerpo creo que sintió que había ganado solo la batalla. Por eso ni regresó a auxiliar ni se inmutó cuando los turcos empezaron a desalojar las alturas… claro, es que otros habían quedado ocultos más atras para caer sobre los soldados griegos que seguían llegando.

    • APV said

      El asunto de sucesores de Manuel fue lamentable, sobre todo porque lo mismo pasó al sultanato que entró en una espiral de enfrentamientos internos, lo que hubiera sido una excelente oportunidad.
      Respecto a los almogávares, una vez analice su coste y era muy gravosos, ciertamente Andrónico hizo un tremendo esfuerzo en esas campañas. El problema fue la gestión de los mercenarios tanto en el pago como en los problemas que daban. Pero habían demostrado ser una buena punta de lanza así que podrían haberse quedado con los territorios turcos.

      El hecho de no haber represalias tampoco significa que no lo pensarán, es posible que pudieron justificarse ante Manuel. Pero podrían haber querido mantenerse fuera con sus fuerzas intactas, y con 2 de los 3 mandos bizantinos de la misma familia, esperando acontecimientos (a fin de cuentas no podían huir como la retaguardia en 1071).
      En el caso contrario sería un rasgo de incompetencia que sus familiares “heredarían”.

      Turcos ocultos o también que aún no hubieran llegado a sus posiciones de ataque.

  2. Guilhem said

    Hola. Ningún autor contemporáneo, esto es Nicetas Choniates o Juan Cinnamus, ni aún Manuel en su carta a Enrique, aluden a una cifra de bajas propias o ajenas. Nicetas Choniates en uno de los párrafos de su Historia menciona que éstas fueron muy altas en el bando imperial, aunque incurre luego en contradicciones, por lo que a mi juicio, su relato es un poco tendencioso dada su filiación anti-Manuel. Sin embargo, a juzgar por las batallas que tendrían lugar en los cuatro años siguientes (entre otras, Hyelion y Claudiopolis), me parece que ni la dinámica ni la autonomía de las fuerzas imperiales se vieron afectadas seriamente por el revés sufrido en Tzivritze. Por eso el número de muertes no debió haber sido alto.
    Por el lado de los turcos, apelando a las palabras de Choniates, y a la repentina y sorpresiva “clemencia” demostrada por Kilij Arslan II, la cuestión de las bajas debió de haber sido muy seria. El sultán nomás terminadas las acciones envió a mutilar los cuerpos de los muertos en combate para que no estuviera claro si eran turcos circuncidados según los usos y costumbres islámicos, ya que no disposiciones coránicas, o cristianos: quitando la prueba la duda quedaría sembrada; y así se hizo.
    En mi opinión, la batalla finalizó en tablas solo que Manuel no pudo alcanzar su objetivo mientras que Kilij Arslan sí que cumplió con el suyo al impedirle al primero alcanzar su capital.
    Tratar a Myriokefalon como una derrota bizantina es un tema que actualmente se está revisando tras mucho cuestionamiento.

    • APV said

      Si, los imperiales lograrían victorias los años sucesivos (eso daría para un tema propio), con lo que el éxito turco no fue tan decisivo, aunque se cambiaba la iniciativa en la guerra lo que no es poco.

      De todas formas la duda en la batalla es el papel de la vanguardia bizantina: incompetencia de los mandos o algo de traición por su parte.

      Un detalle, señalas que ya no habrá más intentos de reconquista, bueno dejando de lado las batallas defensivas que siguieron y la del Imperio de Nicea, posteriormente las campañas de los catalanes si trataban de reconquistar terreno, volviendo incluso a la lejana Cilicia.

  3. APV said

    ¿Hay algún cálculo de las pérdidas turcas en la batalla respecto a sus fuerzas?

    Parece que la coordinación entre el ataque en el norte y el principal no fue adecuada, pues los turcos tuvieron tiempo de venir. Quizás debería haberse dispuesto allí una fuerza más sustanciosa para fijarlos en una guerra de plazas.

    Respecto a la vanguardia, sería muy criticable el papel de los Ángel y demás. Una maniobra típica de los turcos eran las retiradas e ir en masa tras ellos era tirar a la papelera más de 100 años de experiencia.

    Por otro lado una de las reglas de la lucha en terreno accidentado era ocupar las alturas cuando se atraviesa tales zonas, algo que estaría en los manuales romanos y bizantinos.
    Y eso parece indicar el párrafo del historiador señalando que la infantería empuja a los turcos colina abajo. Ese punto es crucial, si la infantería de la vanguardia se ha apoderado de las cimas puede mantener el control del camino y neutralizar la trampa. Y eso parece que sucede con la vanguardia que puede salir casi ilesa.

    Pero en cambio parece que siguen hacia delante empujando colina abajo hacia fuera del paso, con lo que los turcos podrían rehacerse. Eso es importante porque si el ala derecha confiaba en que sus flancos estuvieran protegidos por la infantería de la vanguardia en las cotas la sorpresa que tuvieron sería mayor y explicaría su devacle.

    Además, parte de la vanguardia podía haber hecho contramarcha para desalojar las colinas (atacando a los turcos por la retaguardia) y así cubrir la salida del ejército en vez de limitarse a establecer el campamento.
    ¿Siendo los Ángel los futuros sucesores de los Comneno habría algo de “Mantzikertismo” en la actuación en la vanguardia?

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