IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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    Guilhem
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Alejo I Comneno (1048-1118). II Parte.

Posted by Guilhem en diciembre 18, 2009

Alejo I Comneno (1048-1118). II parte.

Estadista, soldado y emperador.

Extracto: Hacia el año 1080 los turcos selyúcidas golpeaban a las puertas de Europa habiendo conquistado las grandes ciudades romanas de Anatolia: Cesarea, Amasea, Iconio, Nicea y Esmirna. En el otro extremo del Imperio, los normandos de Roberto Guiscardo se aprestaban para acometer las provincias europeas desde Epiro y un poco más hacia el Norte, los pueblos de las estepas pillaban a voluntad las aldeas del thema de Paristrion. Hacía falta la mano sabia y experimentada de un hombre que salvara a Bizancio del ocaso iniciado tras la muerte de Basilio II, proceso que se había acelerado tras la crucial derrota de Mantzikert (1071). La familia de los Comneno no solo entregaría a un patriota para ocuparse de la gran empresa restauradora, sino también a uno de los más valiosos emperadores bizantinos: Alejo I (1081-1118).

Parte II: el final de una etapa.

La revuelta de Basilacio.

No había terminado de aplacarse el levantamiento que le había costado la vista a Brienio cuando desde las provincias europeas surgió un nuevo aspirante a la púrpura imperial. Nicéforo Basilacio se había mantenido expectante, aguardando a que en la llanura del Halmiro surgiera un nuevo emperador o se revalidaran los títulos y dignidades de Botaniates. Entretanto, al decir de Miguel Ataliates, el astuto Basilacio había despachado correos a Constantinopla para tranquilizar a la corte con promesas de lealtad. Bien en su interior, sin embargo, el destacado militar esperaba su turno para actuar en consecuencia: si Brienio se alzaba como triunfador, posiblemente él le rendiría vasallaje… por un tiempo al menos, hasta que surgiera la oportunidad para deponerle a su vez. Si por el contrario la fortuna sonreía a Botaniates a través de la capacidad y la inteligencia de su lugarteniente, Basilacio actuaría de inmediato para aprovechar la escasez y la dispersión de las fuerzas leales a aquél. La difícil victoria de Alejo Comneno le allanó, pues, el camino para desafiar a Botaniates sin tener que esperar a que Brienio se probara la corona imperial.

Acorde con las fuentes contemporáneas, la revuelta de Basilacio se produjo casi sin solución de continuidad respecto de la de Brienio. Lo que es más, según cuenta Ana Comneno, su padre aún acompañaba al general vencido de regreso a Constantinopla cuando en el campamento[1] se presentó uno de los secuaces de Botaniates, Borilos, para relevar al gran doméstico de la custodia de Brienio y ordenarle al mismo tiempo acudir a Tesalia para conjurar la nueva revuelta. Encogiéndose de hombros, el doméstico de los escolas entregó a su prisionero[2] y, acompañado por las tropas que habían salido airosas en Calavrytae, partió en busca de Basilacio, no sin antes recibir una dignidad como premio consuelo: Sebastos.

A esas alturas, el nuevo aspirante al trono había abandonado su puesto en Epidamno, la capital del Ilírico, y, al decir de Ana Comneno, se encontraba a la sazón bien establecido en la gran ciudad de Tesalónica, donde sus habitantes le habían abierto las puertas con regocijo. La historiadora contemporánea nos lo describe con todas las características de un héroe épico: alto y de gran porte, “de voz tonante, capaz de aterrar a todo un ejército y un grito suficiente para congelar el valor en el alma”. A todas luces un líder carismático, Basilacio también era un experimentado general que había participado en la tercera campaña de Romano IV Diógenes contra los turcos selyúcidas, aquella misma que terminara en tragedia sobre el campo sangriento de Mantzikert. Magister y duque de Teodosiópolis hacia 1071, el susodicho general, sin embargo, no había tenido una destacada actuación en ella: antes de comenzar la fase final de la batalla fue capturado por Soundaq, un lugarteniente del sultán Alp Arslan, cuando se disponía a asistir a Nicéforo Brienio. Inclusive, tras el desenlace y la captura del emperador, le correspondería la indigna misión de encabezar la ronda de reconocimiento para identificar a Romano delante del propio sultán. En lo sucesivo y tras la deposición de Diógenes, Basilacio acabó redondeando su brillante carrera acumulando sucesivos cargos y dignidades, además de los ya mencionados con anterioridad (Magister y duque de Teodosiópolis): Cartularios (1060), duque de Dirraquio, duque del Ilírico (1078), Proedros (1075), Protoproedros (1077) y Nobelissimos[3] (1078).

Como antes sucediera con Brienio en Calavrytae, ahora también Alejo Comneno se encargaría de elegir el lugar dónde habría de dilucidarse la suerte de la nueva revuelta. Se trataba en esta ocasión de un valle ubicado entre las ciudades de Berrea (Véroia) y Tesalónica, emplazado a no más de doscientos metros sobre el nivel del mar y no muy lejos de las ruinas de Pella. El terreno en cuestión estaba surcado por el rió Vardar en dos tramos simultáneos de su cauce: uno seco, el antiguo, que el doméstico y flamante Sebastos escogería como barrera natural, y el otro, muy caudaloso en esas latitudes, que también serviría con ese mismo propósito. El campamento, entretanto, fue levantado en un punto equidistante entre ambos lechos, tras lo cual, Alejo ordenó descansar a sus soldados, a la vez que las caballerías eran alimentadas con forraje por los criados. Todo el mundo pudo percatarse de que la acción se estaba reservando para la hora nona. Solo restaba averiguar si el astuto Basilacio mordería el anzuelo.

La batalla de Vardar.

Era obvio que Alejo Comneno deseaba volver a compensar su inferioridad numérica con una nueva emboscada, tal como había hecho antes en Calavrytae. Sus escuchas le habían hecho llegar noticias desalentadoras sobre las fuerzas de su contrincante, quien había reunido bajo su égida a una nutrida masa de soldados de diferentes nacionalidades: búlgaros, albaneses, griegos; inclusive se habían plegado a él los restos del ejército de Brienio, sin mencionar una alianza de último momento con los pechenegos. No obstante, parece ser que Basilacio jamás llegó a enterarse de los planes del Comneno. Atraído por las luces deliberadamente encendidas en el campamento donde supuestamente estarían descansando las fuerzas leales a Botaniates, el general sucumbió al exceso de confianza como si se tratase de un militar sin experiencia. Y es que, acorde con las fuentes de la época, Alejo había ordenado momentos antes desalojar las tiendas a sus hombres y agruparse a la distancia, aunque tomando la precaución de dejar las cosas como si el lugar estuviese pletórico de vida. Por eso, con tanta luminosidad y petates a la vista, Basilacio cayó presa del engaño.

La descripción que hace Ana Comneno en “La Alexiada” es por demás gráfica y detallada, y establece con genialidad la secuencia anímica del desairado usurpador desde su irrupción en el campamento enemigo. Avanzando a tientas entre la oscuridad de la noche, Basilacio y sus diez mil adeptos se internaron entre las tiendas y los pasadizos creados entre éstas. El camino estaba ahora iluminado por cientos de candelas, antorchas y hogueras que daban al entorno un aspecto natural y que, además, permitían una rápida identificación de la tienda de campaña de Alejo. Viéndola a la distancia, Basilacio se precipitó hacia ella con el sabor de la victoria entre sus labios; blandiendo en lo alto su espada, aullando de furia y arengando a los suyos, se dio con que el recinto, al igual que todo el solar, estaba abandonado. Contrariado, rompió en gritos e insultos: – ¿dónde esta el tartamudo?[4]– comenzó a preguntar con el rostro desencajado y los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

No tardó el usurpador en descubrir la trampa que le habían tendido, aunque se demoró más de la cuenta en reconocerlo. Ni siquiera cuando sus hombres le trajeron a la rastra a uno de los monjes acólitos de Alejo, un tal Yoanicio, Basilacio se mostró dispuesto a aceptar que había sido burlado, pese a que aquél seguía firmemente sosteniendo que el Comneno se había evadido con sus tropas. Por fin, rindiéndose a los hechos, empezó a vociferar entre insultos hacia la persona del gran doméstico y maldiciones, que el combate se entablaría fuera de ese recinto y que habían sido vilmente engañados. Pero Alejo ya no le dejó margen para actuar.

Pese a que las tropas leales eran superadas en número, la carga entre la penumbra fue tanto más efectiva por que halló a las fuerzas insurgentes entregadas de lleno al pillaje. Hubo un intento de resistencia organizado por uno de los colaboradores de Basilacio, quien procuraba por todos los medios formar en orden de batalla a los pocos soldados que no se habían consagrado al saqueo. Más Alejo, creyendo que se trataba del mismísimo Basilacio, cayó sobre ellos y con un golpe de mandoble dejó manco al capitán enemigo.

El sino de la batalla fue sin lugar a dudas, la confusión resultante de la penumbra de la noche. Los de Basilacio escuchaban gritos, aullidos y el eco de los aceros retumbando entre los pasillos del campamento, pero no atinaban a encontrar la raíz de tanto ruido. Sin embargo, la confusión también se enseñoreó entre las filas de las huestes leales a Botaniates, puesto que, en el fragor de la lucha, un mercenario franco atacó a Alejo confundiéndole con un enemigo. O, como nos hace saber Ana Comneno, el caso de soldados reprendidos por cobardía por andar sin espada, cuando lo que en verdad había sucedido era que habían quebrado sus hojas contra los yelmos del enemigo y lo único que permanecía en sus manos era la empuñadura del arma.

Las luces del alba fueron aprovechadas por ambos bandos para reagruparse y contar las bajas de la refriega nocturna, aunque también abrieron el segundo capítulo de la batalla. Pese a que Alejo había destruido gran parte del ejército enemigo o lo había puesto en fuga durante la noche, Basilacio y su hermano Manuel seguían resueltos a plantar cara con lo que les quedaba a mano. Lo que es más, la cuestión estaba aún tan irresoluta que Manuel hasta se atrevió a trepar a la cima de una colina cercana desde la cual comenzó a arengar a sus soldados con las siguientes palabras: “Hoy es el día de la victoria de Basilacio”[5].

Tuvo lugar entonces uno de esos episodios que suelen torcer o determinar el curso de los acontecimientos con efecto de cosa juzgada. La visión en lo alto del hermano del usurpador gritando a los cuatro vientos de una manera tan desafiante y descarada, fue una imagen muy tentadora para algunos de los más valientes adeptos de Alejo. Uno de ellos, Basilio Curticio o Kourtikios, sin dejarse ganar de mano por sus compañeros, picó espuelas a su cabalgadura y salió disparado hacia lo alto de la colina que ocupaba Manuel. Lo que sucedió a continuación fue un enfrentamiento a lo Aquiles-Héctor aunque mucho más expeditivo y determinante.

A la vista de Curticio galopando colina arriba, Manuel desenvainó su espada y, azuzando a su corcel, se lanzó cuesta abajo, al encuentro de su oponente. El choque debió de haber sido formidable. Ambos contendientes seguramente advirtieron que todas las miradas en el campo se posaban en sus trayectorias convergentes. Se afirmaron sobre sus monturas para asestar el golpe decisivo y en lo que duró un suspiro, maza y espada expidieron el veredicto. La maza de Curticio pareció explayarse mejor, por que, a poco, Manuel rodaba por los suelos y era tomado prisionero por su adversario y arrastrado hasta los pies del Comneno.

La batalla de Vardar terminó pocos minutos después con la huida generalizada de Basilacio y los rezagos de su ejército, en dirección a la segunda ciudad imperial, Tesalónica.

El final de Basilacio.

Habiéndose evadido del campo de batalla con algunos de sus más fieles adeptos, Basilacio creyó que las murallas tesalonicenses pondrían una efectiva barrera de protección entre su persona y la de su tenaz perseguidor. El apoyo de los tesalios sumado al hecho de que Alejo venía de confrontar con dos pretendientes al trono casi sin solución de continuidad, eran dos factores que a priori jugaban a su favor. Además, las paredes de la Tesalónica, aunque no tenían punto de comparación con las de Constantinopla, seguían siendo lo suficientemente altas como para disuadir a un ejército poco numeroso y, sobre todo, extenuado, como era el que conducía el Comneno.

Lo que no tuvo en cuenta Basilacio fue que Alejo, además de buen general, era un excelente estratega que conocía a la perfección hasta dónde una buena dosis de presión psicológica podía calar en el ánimo de una población asediada y barrer con su voluntad de lucha. De modo que cuando se plantó ante las puertas de la ciudad, no perdió tiempo en hacer conocer sus intenciones a los tesalonicenses y al propio Basilacio. Un doble juego de tentadoras propuestas que, en cierta manera, también guardaban su lado aciago en caso de una negativa por parte de los receptores. Por un lado y con la mediación de Yoanicio, hizo saber al usurpador que si se entregaba pacíficamente no sufriría represalia de ningún tipo. Mientras tanto, mandó a decir a los notables de la ciudad que si deponían su actitud y le permitían el paso, la ciudad no sería atacada ni sometida a pillaje. La respuesta de los tesalonicenses no se hizo esperar; las puertas fueron desatrancadas y el camino dejado expedito hasta la guarida del usurpador.

Con todo, no se sabe si por desconfianza o bien, como dice Ana Comneno, por que se trataba de un hombre íntegro en los momentos críticos, Basilacio resolvió continuar luchando, para lo cual se atrincheró en la acrópolis de la ciudad. Hasta allí le siguieron los guiñapos de su ejército y algunos tesalonicenses, confiados en la gallardía y capacidad del valiente general. A poco, su situación se tornó insostenible al quedar privado de apoyo externo y finalmente, lo que no consiguieron la perseverancia del Sebastos y las propuestas de paz, lo logró la traición en el seno de su camarilla. Según nos cuenta la hija de Alejo, “ocupantes y defensores de la acrópolis, tras expulsarlo de común acuerdo, lo entregaron a su pesar y por la fuerza al gran doméstico”[6].

El final de Basilacio no fue muy diferente del de Nicéforo Brienio. Luego de restablecer el orden en Tesalónica, y lejos de desear infligir a Basilacio el tormento reservado para los traidores y usurpadores, Alejo tomó el camino de regreso hacia Constantinopla, llevándose consigo a su prisionero. Y tal cual sucediera unos meses antes con Brienio, ahora también fue interceptado por una patrulla especialmente comisionada por el emperador, Nicéforo Botaniates, en un punto ubicado entre Anfípolis y Filipos, sobre la Vía Egnatia. La delegación le echó mano al desahuciado general pese a las quejas del gran doméstico y en las proximidades de Clempina le vaciaron los ojos para asegurarse de que nunca más se volvería a rebelar contra el poder central.

El imperio de Niceforo III (1078-1081)

Las mujeres prominentes.

Hacia el año 1079, los principales espacios palaciegos estaban dominados por prominentes figuras femeninas. Había varias, aunque bastaban los dedos de una sola mano para contar a las más influyentes. María de Alania, dos veces emperatriz de Oriente, era una de ellas. María llevaba en sus venas sangre noble; era nieta del rey de Georgia, Bagrat IV (1027-1072), y de Borena, su segunda esposa, quien a su vez procedía de la casa reinante de Osetia (al norte de Lasharisjvari)[7]. Aunque su nombre real era Marta, los bizantinos la habían rebautizado con el nombre de María, acorde con los usos y costumbres imperantes en la época. La princesa georgiana había llegado por primera vez a Constantinopla siendo apenas una niña[8], para ser educada bajo el acicate de la emperatriz Teodora, cuya súbita muerte la obligó a retornar a su tierra natal. Tiempo después, arreciando las invasiones selyúcidas, María fue enviada nuevamente a la capital imperial como prometida del hijo de Constantino X (1059-1067), Miguel Ducas. La boda posiblemente tuvo lugar al año siguiente de la ascensión al trono de Miguel VII[9] y de dicha unión nacería Constantino, en 1074. Esposa de un emperador Ducas y, por tanto, madre de un futuro basileo, también Ducas, María atraería sobre sí todas las simpatías de la poderosa familia. En política internacional, entretanto, tan singular matrimonio estrecharía los lazos existentes entre la casa gobernante de Georgia y la corte de Constantinopla, una alianza que alcanzaría el cenit de su vigencia con el protectorado ejercido por aquél reino sobre el Imperio de Trebizonda, tras la IV Cruzada (1203-1204).

Los primero años de la vida cortesana de María, si bien no fueron aciagos, se parecieron más a un ostracismo inducido que a otra cosa. La princesa georgiana debió aceptar la preeminencia de otra mujer, la emperatriz y suegra, Eudocia Macrembolitissa, esposa de Constantino X, bajo cuya sombra debió avenirse a vivir sin miramientos. Para colmo de males, la muerte de Constantino alimentó aún más las ínfulas de poder de la mujer, que por entonces contaba con casi cincuenta años de edad, lo que se evidenció especialmente cuando se proclamó regente de su hijo Miguel, el prometido de María, capacitado con sus diecisiete años para reinar ya en solitario. Más tarde, su casamiento con el desafortunado Romano Diógenes, al mismo tiempo que relegaba las aspiraciones de su hijo, quitaba protagonismo a María de Alania, que recién se convertiría en emperatriz tras la destitución de Romano Diógenes, por obra y gracia de Mantzikert y del clan Ducas.

En 1078, la deposición de Miguel VII Parapinaceo a manos del anciano general de Oriente, Nicéforo Botaniates, volvió a poner en peligro la preeminencia de la dignataria oriental, levantando al mismo tiempo una ola de resquemores y sospechas en la capital imperial. Entre los mayores damnificados del golpe de estado se encontraban, por un lado, Constantino Ducas y María, y por el otro, la familia Ducas en pleno, que temía perder sus prerrogativas como había sucedido antes, en tiempos de Romano IV Diógenes. Sin embargo la situación se reencauzó rápidamente para regocijo de la emperatriz cuando los propios miembros del clan de su marido conminaron al usurpador a tomarla como esposa. Fue un hecho que sin lugar a dudas causó un gran revuelo en Constantinopla, dado que Miguel Ducas, el depuesto emperador, aunque confinado en un monasterio, era la prueba viviente de un adulterio escandaloso y consumado.

La segunda mandamás del gineceo era Eudocia Macrembolitissa, a la cual ya nos hemos referido brevemente. Eudocia era miembro de una noble familia que había establecido lazos con importantes dignatarios de la talla de Miguel Cerulario, patriarca de Constantinopla entre 1043 y1058, y del omnipresente e influyente funcionario del partido civil, Miguel Psellos. Su casamiento con Constantino X Ducas, con quien tuvo seis hijos[10] la catapultó a lo más alto del selecto círculo del poder imperial, llegando al punto de reemplazar a su marido cuando éste se hallaba ya con un pie en la tumba. Al respecto, Miguel Psellos escribe: “entonces confió todo a su mujer Eudocia, a la que como marido consideraba la más prudente de las mujeres de su tiempo y capaz de dar a sus hijos una estricta educación (…)[11]. Descripta como una mujer de gran belleza por sus contemporáneos, a Eudocia la perdía su ambición. Tras la muerte de su marido, solo accedió a compartir el poder con Romano IV Diógenes, cuando la decadencia del Imperio era tan evidente que uzos, normandos y selyúcidas recorrían los themas y ducados como si fueran el propio patio trasero de su casa. El ulterior ascenso al poder de Miguel VII en detrimento de Eudocia es también vívidamente descrito por Psellos: “Estando así las cosas, el emperador Miguel, temiendo por su vida y desconfiando del hijo de Diógenes por su crueldad, adopta sin duda la decisión más segura para su persona y uno diría que la más sensata: se separa de la madre y se emancipa. Tomando entonces como consejeros a sus primos (Andrónico y Constantino), me refiero a los hijos del César (Juan Ducas, hermano de Constantino), consigue ganarse el apoyo de la guardia de palacio… Mientras aquéllos actuaban de este modo, las personas que estaban con la emperatriz, entre las que me contaba yo mismo, ignorantes como estábamos de lo que sucedía, nos quedamos casi como paralizados pensando que se nos venía encima una catástrofe”[12].

Hubo una última oportunidad para Eudocia Macrembolitissa y sus ansias por recuperar el poder perdido. Tuvo lugar precisamente tras la usurpación llevada a cabo por Nicéforo Botaniates contra su propio hijo, cuando el general, necesitado de sustento legal, buscaba denodadamente una esposa de noble alcurnia que le acompañara en el trono. Tan bonita como ella y mucho más joven, María de Alania acabaría ganándole la partida gracias al apoyo de Juan Ducas y de su entorno[13].

La tercera mujer en discordia era la hija de quien fuera gobernador de Italia, Alejo Charon, y de Adriana, vástago de los Dalasseno, una familia con raíces en la aristocracia militar y especial ascendiente en los territorios de Skopje y Antioquía[14]. Ana Dalasseno no era una mujer ordinaria, ni siquiera una noble cualquiera; muy por el contrario, la brillante carrera de sus hijos había hecho que el populacho la reconociese como la madre de los sebastos. En efecto, Ana y su esposo, Juan Comneno, habían engendrado a dos de las figuras más emblemáticas de la difícil época post-Mantzikert: Isaac y Alejo. Por consiguiente, su influencia mantenía una relación directamente proporcional con los logros militares y diplomáticos de sus hijos; cuantas más victorias y éxitos de éstos, mayor prestigio y peso político para aquélla. Pero había un detalle no menor que no podía pasarse por alto: Ana odiaba profundamente al clan Ducas, sentimiento que habría de marcar el futuro de las relaciones entre dicha familia y la suya propia.

Detrás de María de Alania, Eudocia Macrembolitissa y Ana Dalasseno había un segundo círculo de mujeres no tan prominentes, pero que también tallaban en la vida cortesana y palaciega. Tal era el caso de Zoe Macrembolitissa, Ana, Teodora e Irene Ducas (futura consorte de Alejo Comneno), María (nieta de Juan Ladislao de Bulgaria y madre de Irene y Ana Ducas) y María de Hungría.

Favoritos versus gineceo.

Tanto los éxitos conseguidos en el terreno militar como el ascenso en el escalafón social (Isaac Comneno, el hermano de Alejo, se había comprometido con la sobrina de la emperatriz María de Alania), muy pronto comenzaron a granjearle al sebastos poderosos enemigos puertas adentro del palacio imperial. Los mayores detractores eran dos extranjeros, Borilo y Germano, identificados por las fuentes contemporáneas como escitas y bárbaros, aunque gracias a Ana Comneno sabemos que procedían de Eslavonia. Borilo y Germano formaban parte del selecto grupo de consejeros de Botaniates (en otras palabras eran los favoritos del basileo) y sentían una profunda animadversión por los hermanos Comneno, desde que ambos constituían una amenaza real para sus aspiraciones.

Así, pues, tras la eliminación de Basilacio, las rencillas entre ambos bandos no tardaron en crear una atmósfera densa, irrespirable, en la capital, que acabó llenando con rumores de conspiración los pasillos palaciegos. Frente a la descarada estrategia de Borilo y Germano consistente en no perder oportunidad para influenciar negativamente al emperador merced a habladurías y acusaciones infundadas, los Comneno optaron por ganarse la confianza de la emperatriz María. Botaniates, entretanto, seguía oscilando como un péndulo entre los intereses de unos y otros, y si bien ya había dado muestras de querer eliminar a Alejo en tiempos de la conspiración de Nicéforo Brienio, ahora parecía intimidado y proclive a pensar dos veces antes de meterse de lleno en un atolladero. Quizá a causa de su avanzada edad o por que los placeres y la comodidad de la corte le habían suavizado el espíritu, el emperador, más que expectante, se mantuvo como un mero espectador frente a la puja de fuerzas que tenía lugar delante de su propia mirada. No obstante, su necesidad por hallar un heredero terminaría precipitando los acontecimientos.

Hacia 1079 Nicéforo Botaniates pasaba con creces los setenta años de edad. Su esposa, la emperatriz María, por su parte, orillaba los treinta, por lo que en cierta manera las expectativas del basileo por contar con un sucesor natural, biológico, se habían esfumado mucho antes de convertirse en emperador[15]. No estaba sin embargo todo perdido para él, ya que podía echar mano a la adopción como último recurso para enmendar la ausencia de un heredero directo. Por tal motivo, Nicéforo se apresuró a contactar a un tal Sinadeno, un pariente suyo procedente de Asia Menor, que estaba por entrar en la juventud y de quién se decía era inteligente, brillante y de hermoso aspecto. Fue un grave error de cálculo, y grosero además, por que la medida implicaba ni mas ni menos que ignorar los derechos sucesorios de Constantino Ducas, el hijo del anterior emperador, Miguel VII Parapinaceo, y de María de Alania. En consecuencia, la emperatriz se vio obligada por autodefensa a refugiarse aún más en el bando de los hermanos Comneno. Tras ella cerraron filas como un solo hombre, además, todos los miembros de la influyente familia Ducas.

El hecho de que María de Alania se mostrara reticente a apoyarle no era un detalle menor para los planes de Botaniates y ni qué decir respecto de los de Borilo y Germano. La emperatriz era por sobre todas las cosas el sustento legal de los derechos de Botaniates al trono. Su matrimonio con el heptagenario general, censurado por algunos como adúltero[16] y de doblemente adúltero[17] por otros, le había concedido algo de legitimidad al hecho consumado de la usurpación realizada contra Miguel VII. El ascendiente de la emperatriz en este aspecto saltaba a la luz con singular fuerza, incluso en los asuntos cotidianos de la vida imperial: por ejemplo, en el reverso de las monedas de plata no era la efigie con el busto de Botaniates la que aparecía acuñada, sino la de la mismísima emperatriz, rematada con la inscripción “Nicéforo y María, piadosos basileos de Roma”. El desconocimiento de los derechos de Constantino Ducas, en consecuencia, selló definitivamente la suerte de Botaniates y sus favoritos al poner en evidencia que lo que se pretendía era en definitiva el cambio de una familia por otra, en lo más alto del poder[18]. María de Alania se dio perfectamente cuenta de ello y, terminó haciendo las veces de juez en el asunto, al resolver adoptar a Alejo Comneno según el ceremonial dispuesto para estos casos.

Las mujeres toman la iniciativa.

El deliberado acercamiento con la emperatriz María, posibilitó a los hermanos Comneno acceder a un flujo de información que hasta entonces habían tenido vedado. Así, pues, merced a la buena voluntad de aquélla, les fue posible conocer todos los comentarios que se hacían en la corte o al emperador, por aquéllos que les envidiaban. Ello sin duda alguna, les otorgó una ventaja indiscutible sobre sus adversarios, pues desde aquél momento siempre iban un paso delante de modo tal que podían esquivar las encerronas a las que usualmente eran sometidos en palacio[19]. Inclusive la boda entre Isaac y una sobrina de la emperatriz les sirvió como excelente excusa para intensificar sus visitas a la corte, visitas que por otra parte aprovechaban para estrechar lazos y promover alianzas con los siervos palaciegos. Llegó un punto en que el dúo Comneno tenía ojos y oídos por todas partes.

Cuando según parece, era evidente que los esclavos favoritos del emperador estaban preparando una celada contra Alejo e Isaac, buscando cegarles para privarles de cualquier posibilidad de encumbramiento, Alejo comenzó a entrevistarse con algunos referentes del ejército, quienes a cambio de juramentos y títulos, accedieron a prestarle su apoyo incondicional. Entre éstos se hallaban dos importantes funcionarios, Pacuriano, de origen armenio, y Umbertópulo, con quienes se reunió en Tzurulón. En conclusión, una oportuna dotación de promesas y regalos, permitió a Alejo apuntalar la rebelión que estaba preparando como medida extrema para neutralizar el complot de los esclavos. Pero no fueron sino las adhesiones de otras dos destacadas personalidades de la época, lo que dio mejores perspectivas de éxito al movimiento: nos referimos al césar Juan Ducas, hermano del difunto emperador Constantino X y tío de Miguel VII Parapinaceo, y a Jorge Paleólogo, esposo de Ana Ducas[20].

Desde aquél día, los acontecimientos comenzaron a cobrar una velocidad vertiginosa, en gran medida debido a la practicidad y a la falta de escrúpulos de las mujeres más influyentes del gineceo. La primera en tomar la delantera fue la madre de los Comneno, Ana Dalasseno. Preocupada por que los rumores de la revuelta se filtraran hasta los oídos del emperador, la noble dama se las ingenió para sacar a sus hijos de la ciudad y buscar refugio junto con el resto de los suyos, en condición de asilados, en el templo de San Nicolás[21], muy cerca de Santa Sofía.

La réplica de Nicéforo Botaniates llegó al despuntar el alba del nuevo día. El emperador se reunió con el senado y a al cabo de una calurosa discusión, los notables resolvieron enviar una delegación para traer de regreso a las mujeres que se habían asilado en San Nicolás. No obstante, Ana Dalasseno consiguió evadirse hasta el altar mayor de la gran iglesia, desde dónde rompió en gritos: “No saldré de este santo templo, a menos que me corten las manos o que reciba la cruz del emperador a modo de garantía de mi salvación”[22]. La esposa de Isaac y sobrina de Maria de Alania, entretanto, se ocupó de dejar bien en claro ante la embajada que ni ella ni el resto de las demás mujeres saldrían del templo sin el consiguiente salvoconducto, salvo que las sacasen muertas del lugar. A los delegados imperiales no les quedó más remedio que regresar a palacio en busca de la cruz del emperador.

Nicéforo Meliseno propone dividir el Imperio.

Estando los debates en torno a la legalidad del golpe de los Comneno en su estado de mayor efervescencia, llegó a Tzurulón un mensajero procedente de Asia Menor. Las noticias que traía no eran para nada halagüeñas, tanto más por cuanto en el seno de las deliberaciones que se estaban allí sucediendo, los presentes aún no se ponían de acuerdo acerca de quién sería proclamado como nuevo basileo: si Isaac, a quien apoyaban algunos, o Alejo, que contaba con las simpatías del grueso del ejército de Occidente (Europa).

Gracias a Ana Comneno podemos conocer los términos de la carta que el mensajero depósito en las manos de los Comnenos: “Dios me ha conservado incólume con el ejército que está bajo mi autoridad hasta Damalis (Crysópolis, la Scutari medieval).  Me he enterado también de lo que os ha ocurrido: que gracias a la protección que Dios os ha dispensado en contra de la perversidad de aquellos esclavos y sus temibles intrigas, pudisteis planear vuestra salvación. Como, gracias a Dios, yo también soy pariente y aliado vuestro[23] y como por mis opiniones y por mi firme alineamiento a vuestro lado no desmerezco de ninguno de los que son parientes vuestros por la sangre, como bien sabe Dios, que todo lo juzga, debemos mirar por nuestro bien común, procurarnos seguridad y fortaleza para no ser sacudidos por cualquier viento y marchar sobre posiciones seguras mediante la correcta dirección del Imperio. Todos estos objetivos estarán a nuestro alcance, si, tras la toma de la ciudad, con el consentimiento de Dios, uno de vosotros es proclamado emperador y gobernáis mediante él la parte occidental, y permitís que me sea cedido el gobierno de Asia junto con el derecho a portar la corona, vestir la púrpura y ser aclamado según el protocolo habitual de los emperadores en compañía de aquél que haya sido proclamado de vosotros, de modo que nuestra aclamación sea común y, aunque hayamos dividido espacios y competencias, el criterio de gobierno sea uno y el mismo. Si nos organizamos así, podríamos los dos administrar el Imperio sin revueltas”[24]. Aunque la hija de Alejo bien se ocupa de señalar el carácter aproximado de dicha carta, de lo que no caben dudas es que lo que pretendía Meliseno era una partición del Imperio al estilo Diocleciano, o más precisamente, a la manera de Teodosio I. Las provincias europeas serían regidas por un Comneno con sede en Constantinopla, mientras que los territorios asiáticos pasarían a ser administrados por él mismo.

El plan, analizado hoy con la ventaja que el tiempo nos otorga, no parecía una idea descabellada. El Imperio era un resabio de la grandeza y el esplendor de otrora, hecho jirones por doquier a causa de la ineptitud de los últimos emperadores y de la nube de usurpadores que se había levantado tras la batalla de Mantzikert. La sección europea había ido decantando progresivamente desde varios pretendientes a tan solo dos, Alejo o Isaac y Botaniates, y aunque existían aún amenazas potenciales en los pechenegos y normandos, estaba muy lejos de ser el caos que era Oriente. Sin embargo, aun estaba pendiente un enfrentamiento a modo de guerra civil, que resolviera el pleito en torno a quien se quedaría con Constantinopla. Hacia el Este, entretanto, la situación era muchísimo mas compleja. Cada usurpador que se había ido levantado contra el gobierno central, había hecho concesiones al único poder capaz de respaldar con soldados sus aspiraciones: los turcos selyúcidas. Tales concesiones por lo general habían consistido en la entrega de tierras o en el reclutamiento de bandas enteras en calidad de guarniciones. Y poco a poco, casi de manera imperceptible, las ciudades, grandes y pequeñas, habían ido pasando a manos sarracenas hasta el mismo litoral egeo[25]. Más enfrascado que nunca en apaciguar Occidente bajo su égida, a Alejo hasta le hubiese convenido que otro bizantino se dedicara a recuperar parte de Asia Menor. En cualquier caso, habría habido tiempo después para intentar una reunificación apelando a matrimonios arreglados o inclusive, a las armas. Pero Alejo, por sobre todas las cosas, amaba a su patria y no concebía la idea de dividirla. Tampoco pensaba que el desafío de ocuparse él solo de restaurar el Imperio fuera una labor titánica que superase sus cualidades de estratega y estadista.

Por fin, la cuestión de Meliseno fue resuelta casi al mismo tiempo que Alejo era proclamado en Tzurulón por sobre la figura de su hermano Isaac: se delegó el asunto a un secretario del primero, un tal Jorge Manganes, que debió ocuparse a continuación de la atención de la embajada y de la respuesta a sus requerimientos. Y Jorge optó inteligentemente por ganar tiempo mientras su señor proseguía con los preparativos para conquistar Constantinopla.

Alejo se apodera de Constantinopla.

Sin máquinas de sitio para realizar un intento serio contra las murallas de la capital imperial y con un ejército poco confiable por lo heterogéneo de su composición, Alejo Comneno se inclinó por el soborno para intentar ganar alguna de las puertas de la ciudad. Con ese propósito se presentó en Constantinopla junto con el césar Juan Ducas, y a una distancia prudencial de las saeteras, ambos se pusieron a evaluar los puntos más vulnerables de las defensas y las características de las guarniciones acantonadas en ellos. Así pudieron observar cómo las principales puertas y las torres adyacentes habían sido confiadas a los diferentes regimientos que aún respondían a las órdenes de Botaniates: la guardia varega, los soldados de Coma, los Inmortales y los Nemitzos, entre otros. A partir de allí, le correspondió al ojo avisador de Juan Ducas, hasta hacía poco el líder indiscutido, juzgar el grado de lealtad potencial de cada uno de ellos respecto del anciano emperador. Y de su análisis resultó que los Nemitzos, un cuerpo selecto de soldados de origen germánico, eran los más indicados para probar suerte. Así, pues, se despachó a un hombre de confianza del César para intentar contactar al jefe de los alemanes, Gilpracto, y, acorde a cómo fuera su respuesta, ultimar detalles.

Mientras estos hechos tenían lugar, la embajada de Nicéforo Meliseno, que ya llevaba varios días esperando en vano por la respuesta de Jorge Manganes, se empezó a impacientar. Sus integrantes sospechaban con razón que habían sido objeto de una maniobra dilatoria deliberadamente planificada por su anfitrión y no deseaban seguir aguardando, sabedores que la demora no hacía más que socavar los derechos de Meliseno. La confirmación por parte de Gilpracto de su voluntad de avenirse a los planes de Alejo selló finalmente la suerte de la embajada del general oriental. Entonces los delegados pudieron al fin conocer la contestación del Domésticos de Occidente y la misma fue contundente; decía, mas o menos, que con Constantinopla a punto de caer como una fruta madura en su poder, no había necesidad de dividir ya al Imperio. En consecuencia, la embajada preparó sus petates y, con las manos vacías, retornó a Asia Menor.

La estratagema de Alejo, mientras tanto, había determinado que el Domésticos formara a su ejército frente al sector de las murallas que estaba guarnecido por los Nemitzos. Allí, conforme lo arreglado de palabra por Jorge Paleólogo y Gilpracto, los defensores debían abrir las puertas a una señal del primero, quien a continuación se filtraría con sus hombres a la ciudad para abrir a su vez las puertas al ejército de Alejo. Por tanto, siguiendo a pie juntillas con el plan, Jorge Paleólogo ingresó en la ciudad antes del anochecer y con la claridad del alborear, le siguieron los Comnenos y sus secuaces.

En el interior de la ciudad, Nicéforo Botaniates acababa de solucionar la crisis de las mujeres nobles enviándoles su cruz como garantía y confinándolas en el monasterio de las mujeres de Petria, cuando se enteró de que las tropas de su oponente se abrían paso por la puerta de Adrianópolis[26]. Ya nada se interponía entre él y los sitiadores, excepto el ansia de pillaje de éstos últimos, que desafortunadamente se derramaría por las calles sin contemplaciones de ningún tipo. Y claro, alguno que otro lugarteniente y partidarios que todavía daban muestras de lealtad, como Nicéforo Paleólogo, el padre de Jorge[27]. Por tal motivo, y pese a la reticencia de Nicéforo Paleólogo, quien aún pretendía resistir, el basileo prefirió la opción de una salida negociada que le asegurara un buen pasar hasta el final de sus días. Antes de despachar a la comitiva, se encargó de remarcar una vez más su deseo de ceder el poder efectivo a un co-emperador, que sería Alejo, sin perder él la condición de basileo.

Nicéforo Paleólogo, al frente de la comitiva, partió raudo al encuentro del Domésticos, confiado en su buena estrella y en el ascendiente moral de su apellido. A medida que avanzaba por las calles de la ciudad, pudo percatarse del grado de dispersión de las tropas de Alejo, entretenidas en saqueos y violaciones y, por tanto, vulnerables a un oportuno contraataque. Pero Botaniates ya había manifestado su intención de evitar la guerra civil, por lo que el embajador siguió su marcha mordiéndose los labios a causa de la frustración. Por fin, en un punto cercano a la acrópolis de Constantinopla, pudo entregar el mensaje del basileo a los Comnenos, quienes se mostraron de acuerdo con los términos y condiciones de la misiva. Mas solo bastó que el César Juan Ducas se enterara del supuesto arreglo para que estallara en cólera, y despachara a Nicéforo Paleólogo con las manos vacías. El tiempo para negociar, en su opinión, había pasado ya. Cuando el padre de Jorge se alejó entre el humo de los incendios y el clamoreo de las víctimas, estaba claro que no habría más que un solo emperador para Constantinopla.

El reinado de Nicéforo Botaniates toca a su fin.

Hubo alguien más que, como Nicéforo Paleólogo, tuvo la capacidad de darse cuenta que la lucha aún no estaba del todo perdida. El esclavo Borilo, hasta entonces entregado a saquear a sus vecinos aprovechando la confusión reinante, observó la debilidad circunstancial del enemigo, ceñida a un grado de dispersión extremo. Corrió pues hacia el sector del punto cero[28], adonde consiguió reagrupar algunos regimientos pertenecientes a los soldados de Coma y a los Inmortales, y los conminó a seguir resistiendo. La excusa era, obviamente, resguardar los derechos de Botaniates frente a los del usurpador, pero al cabo, resultó que quien daba sustento legal a sus pretensiones había decidido tonsurarse a instancias del patriarca de Constantinopla.

El Million.

En efecto, cuando aún el basileo daba vueltas al asunto de si abdicar definitivamente o no, recibió la visita inesperada del patriarca ecuménico, Cosme I Hierosolimites (1075-1081). Y en la reunión que mantuvieron a solas, éste último le imploró un gesto de grandeza que evitase el derramamiento de sangre cristiana. Nicéforo Botaniates, que estaba demasiado anciano ya para mostrarse agresivo y, muy a su pesar, sin un descendiente natural que le sucediera, no puso reparos cuando el hombre de Dios terminó de pincelar el desolador cuadro de una Constantinopla mancillada a causa de la ambición y el egoísmo de unos pocos. A continuación se marchó a Santa Sofía para asilarse y aguardar por el desarrollo de los acontecimientos.

No obstante, el aún vigente basileo todavía se resistía e enviar a sus adeptos una señal clara que expresase rotundamente su voluntad de abdicar. Y si bien Constantinopla había sido saqueada por propios y extraños desde la víspera, la cosa no había pasado más allá del pillaje y las violaciones. La posibilidad latente de una guerra civil era un asunto mucho más serio que se podía materializar en cualquier momento si los antiguos partidarios de Botaniates no se daban por enterados del cambio de autoridades. En consecuencia, Alejo Comneno se apresuró a preparar una delegación, con la intención de ubicar a Botaniates para conminarle a vestir el hábito de monje.

La entrevista tuvo lugar en el monasterio de Periblepto, adonde se había refugiado el anciano basileo. Allí, los embajadores del Doméstico de Occidente pudieron presenciar la tonsura de Nicéforo III y verle, por fin, vestir el hábito negro. El reinado de Botaniates concluía sin pena ni gloria, junto con un nefasto ciclo de enfrentamientos fratricidas.

El final de una etapa: conclusión.

A la luz de los hechos, en 1081 se cerró mucho más que un irrelevante reinado de un emperador insignificante. En efecto, desde la muerte de Basilio II “el Matador de Búlgaros” (976-1025), mucha agua había pasado bajo el puente: la incorporación de Armenia y el consecuente éxodo de gran número de armenios a Cilicia y Capadocia, la derogación de una parte sustancial de los códigos legales contra el latifundio, el fallido intento de recuperar Sicilia en tiempos de Maniakes, la invasión normanda de Italia, Miguel Cerulario y el cisma de 1054, los sucesivos recortes en el presupuesto militar dispuestos por el partido de los burócratas, el colapso del sistema de themas a partir de la desaparición gradual de los soldados campesino o estratiotas, la nefasta influencia de Miguel Psellos  en los asuntos estaduales, el encumbramiento del clan Ducas vía Constantino X, el reemplazo de un ejército nativo por otro de mercenarios, el crecimiento descomunal de la burocracia, la irrupción de los turcos selyúcidas, Mantzikert, la caída del ultimo reducto italiano en manos de los normandos (1071), el levantamiento de Roussel de Bailleul, la aparición de sucesivos pretendientes al trono, Calavrytae y Vardar, las invasiones de los pechenegos, y una increíblemente extensa saga de emperadores ineptos y débiles, cuando no corruptos y crueles, fueron, en su conjunto, una abrumadora carga que los escasos éxitos obtenidos en el mismo período no conseguirían compensar o neutralizar en absoluto. El renacimiento cultural en tiempos de Constantino IX Monómaco (1042-1055), la habilidad literaria de Miguel Psellos y los esfuerzos restauradores focalizados en la escuela de Derecho y a cargo de Juan Mauropos y Xifilinos, en tanto que logros considerables, quedaron ensombrecidos por los males padecidos entre 1025 y 1081. De pronto, un Imperio que había crecido casi duplicando su superficie con la incorporación de Bulgaria, Servia, Armenia y partes del Jezireh y Siria (más Creta y Chipre si contamos los reinados de los dos antecesores inmediatos de Basilio II), parecía al poco tiempo de Mantzikert, una entidad abúlica y anodina dispuesta a sacrificarlo todo en pos del buen pasar de sus clases gobernantes.

No caben dudas de que el golpe de estado dirigido por los desesperados jefes militares de Anatolia con Nicéforo III a la cabeza, comenzó a marcar una tendencia en 1078: el triunfo final de la aristocracia militar, que se  obtendría a costa de enormes perjuicios. Sería un período de dolorosas lecciones sin aprendizaje: diez años de guerra fratricida, con los diferentes aspirantes al trono bizantino aniquilándose entre sí (Meliseno, Brienio y Basilacio) o contendiendo contra el joven general de Botaniates, se encargarían de demostrar que la paciencia y el oportunismo muchas veces son armas mucho más efectivas que la guerra. Los turcos, que a falta de soldados indígenas habían sido instalados por los propios bizantinos como provisoria guarnición de las grandes metrópolis del Asia Menor, se consagraron a la tarea de conquistarlas una a una: Teodosiópolis, Melitene, Neocesarea, Sebastea, Iconio, Cesárea Mazacha, Esmirna, Nicea… la lista era interminable. Hacia 1081, únicamente las ciudades de Trebizonda, Amastris, Sínope y Antioquia y la fortaleza de Castra Comnenon o Kastamuni, permanecían en poder de los bizantinos.

La rápida conquista turca de Anatolia y el sugestivo silencio con que se la había obtenido, delataban la complicidad involuntaria de los necios gobernadores militares y de los dunatoi de los themas orientales. Tal cual parecía, los selyúcidas habían conseguido en cuestión de años lo que se les había negado a los “civilistas” en decenios: en los albores del siglo XII no quedaba en pie un solo thema asiático de los casi veinte que existieran en la época de Basilio II Bulgaróctonos.

El ascenso final de la aristocracia militar, consolidada bajo Alejo I Comneno, el antiguo general de Miguel VII Ducas, supuso la derrota final del partido civilista. Pero también determinó de manera irreversible el colapso de la pequeña propiedad. Para ese entonces el Imperio Bizantino se estaba convirtiendo en algo así como un cementerio de formaciones económicas y sociales: su evolución histórica se había “devorado” primero la esclavitud para después engullirse también a los soldados campesinos y pequeños labradores libres. La aristocracia militar había finalmente triunfado y los nuevos emperadores que procedían de sus filas ya no iban a cambiar la ideología dominante, que era precisamente aquella que arrastraban de su pasado latifundista.

Con todo lo malo que había pasado e iba a pasar aún, la nueva dinastía de los Comneno, con Alejo como abanderado, se encargaría de devolver al Imperio su pretérita gloria. Ya nada sería igual a partir de la tonsura de Botaniates, aunque al nuevo basileo le iba a llevar unos diez años más encauzar las tornas con golpes frenéticos de timón. Eso sí, Bizancio tendría mucha más suerte con los sucesores inmediatos de Alejo, Juan II, su hijo, y Manuel I, su nieto, que antes, con los de Basilio II. Lo que en suma también tendría un efecto positivo a largo plazo, al permitir consolidar el proceso de restauración iniciado por aquél a partir de 1081.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

Todos los mapas son de propiedad de https://imperiobizantino.wordpress.com/


[1] Posiblemente cerca de Adrianópolis, la actual Edirne.

[2] Nicéforo Brienio sería cegado casi de inmediato por Borilos.

[3] Puesto al tanto de la rebelión, Nicéforo Botaniates se decantó por la diplomacia para disuadir a Basilacio de sus intenciones. Con este fin, le otorgó el cargo de Nobilissimos, aunque sin éxito.

[4] Según cuenta Ana Comneno, su padre tenía problemas al pronunciar la ere, si bien en todos los demás sonidos “hacía gala de una pronunciación fluida”.

[5] Brienio 293.26-295.5

[6] Ana Comneno, “La alexiada”, Libro I, IX, 4.

[7] Osetia es la zona actual correspondiente a la antigua región de Alania. De allí el apodo de María.

[8] Probablemente hacia 1056.

[9] Algunos historiadores citan como fecha del casamiento entre María y Miguel al año 1065.

[10] Miguel, Andrónico, Constantino, Ana, Zoe y Teodora.

[11] Miguel Psellos, “Cronografía”, pág. 432

[12] Ibid, pág. 451.

[13] En la carrera por desposar al anciano general, Eudocia Macrembolitissa debió competir también con una tercera pretendiente, Zoe, su propia hija.

[14] Entre los más importantes miembros de la familia de los Dalasseno se podían contar duques, patricios, katepanos, magistros y generales tales como Damiano, Constantino, Romano, Teodoro y Teofilacto.

[15] La efectiva sucesión al trono por parte de un heredero biológico podría encontrar a Botaniates superando largamente las ocho décadas de edad.

[16] La boda se había producido estando aún vivo Miguel VII Parapinaceo.

[17] Según otros autores, se trató de doble adulterio, ya que además de Miguel VII Parapinaceo, la anterior mujer de Botaniates todavía vivía.

[18] Ana Comneno sostiene también que tanto Borilo como Germano pretendían el trono para sí.

[19] Al decir de Ana Comneno, Borilo codiciaba el trono y laboraba con Germano en procura de ello. De allí la fuente de su odio hacia su padre y su tío.

[20] Ana Ducas era hija de Andrónico Ducas, el traidor de Mantzikert, y de María de Bulgaria.

[21] Conocido como el Refugio, se trataba del lugar al que usualmente acudían aquéllos sujetos a persecución en busca de asilo.

[22] Ana Comneno, “La alexiada”, Libro II, V, 6.

[23] Efectivamente, Nicéforo Meliseno era pariente de Alejo e Isaac Comneno, ya que estaba casado con Eudocia, hermana de ambos.

[24] Ana Comneno, “La Alexiada”, Libro II, VIII, 2.

[25] Para la época en que los hermanos Comneno discutían el futuro del Imperio en Tzurulón, Suleiman ibn Kutulmish, un pariente del sultán Malik Shah, conquistaba la ciudad de Cízico, sobre el mar de Mármara.

[26] Inclusive antes de la entrada de Alejo en la ciudad, Botaniates había resuelto que si alguien habría de sucederle en esas circunstancias, ese sería Nicéforo Meliseno. Sin embargo, su emisario fue interceptado en el puerto por Jorge Paleólogo, cuando la flota estaba a punto de partir hacia Oriente para cumplir con el mandato del basileo.

[27] La última etapa de desintegración y decadencia, previa a la ascensión al trono de Alejo I Comneno en 1081, llegó inclusive a ver cómo los padres se enfrentaban a sus propios hijos en las luchas por el poder.

[28] El Million, aquél punto a partir del cual se medían las distancias en todo el Imperio, estaba ubicado a escasos metros de Santa Sofía. En la actualidad solo se conservan las ruinas de un arco triunfal.

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Cuadro sinóptico: línea de tiempo 1025-1081.

1025: 15 de diciembre. Muere Basilio II Bulgaróctonos de causas naturales. Le sucede su hermano Constantino VIII.

1028: 12 de noviembre. Romano III Argiro es proclamado nuevo emperador luego de casarse con Zoe, la segunda hija del difunto Constantino VIII.

1034: Muere Romano III posiblemente asesinado a instancias de su mujer. Es sucedido por Miguel IV, nuevo esposo de Zoe.

1038: Miguel IV envía a Jorge Maniakes a conquistar Sicilia. La invasión termina en ignominiosa retirada dos años más tarde, a causa de las desinteligencias entre sus líderes.

1040: Zoe adopta al sobrino de su marido, el futuro Miguel V. Los búlgaros se sublevan bajo el mando de Pedro Deljan y Alusian, pero son derrotados.

1041: Miguel V, el hijo adoptivo de Zoe, sucede a su tío en el trono. Juan Orfanotropo es enviado al exilio.

1042: Una rebelión popular destrona a Miguel V y reinstala a Zoe, que gobierna ahora junto con su hermana Teodora. En junio Zoe se casa con Constantino Monómaco, quien se convierte en nuevo basileo con el nombre de Constantino IX. Jorge Maniakes se rebela en Italia, proclamándose emperador. Muere poco después tras vencer a un ejército imperial sobre la Vía Egnatia.

1045: Florecimiento cultural. Revitalización de la universidad de Constantinopla, a cargo de importantes intelectuales de la talla de Miguel Psellos, Juan Xifilinos, Juan Mauropos y Constantino Leicudes. El imperio incorpora la capital Armenia de Ani en virtud de un tratado con el Catolicós de esa ciudad.

1047: Los turcos selyúcidas saquean Teodosiópolis, acaudillados por Ibrahim Inal, hermanastro de Tugril Beg.

1050: Muerte de Zoe.

1052: Saqueo de Melitene por los selyúcidas.

1053: En Italia, los normandos derrotan a un ejército combinado de alemanes y papistas en la localidad de Civitella.

1054: Cisma de Oriente. Bulas de excomunión cruzadas entre el cardenal Humberto y el patriarca Miguel Cerulario.  Tugril Beg toma Arjish y pone sitio a Mantzikert.

1055: Muere Constantino IX tras una larga enfermedad. Teodora por segunda vez en el trono.

1056: Teodora fallece de causas naturales. Es sucedida por Miguel VI Stratioticus. Se intensifican las políticas pro-senatoriales y burócratas en detrimento del ejército y de sus altos cargos.

1057: Isaac Comneno es proclamado emperador tras la abdicación de Miguel VI. Enfrentamientos con el patriarca Miguel Cerulario le cuestan gran parte de su popularidad.

1059: Isaac I Comneno muere a causa de una extraña enfermedad, habiendo escogido como sucesor a Constantino X Ducas.

1063: Muerte de Tugril beg, el primer sultán de los grandes selyúcidas. Es sucedido por su sobrino Alp Arslan.

1065: Los selyúcidas invaden Armenia y capturan Ani. Romano Diógenes derrota a los pechenegos cerca de Sofía.

1066: Los uzos invaden la provincia bizantina de Paristrium.

1067: Saqueo de Cesarea Mazacha por los turcos de Alp Arslan. Muerte de Constantino X. Su esposa se casa con un miembro del partido militar que es proclamado emperador con el nombre de Romano IV Diógenes, el 1º de enero de 1068.

1070: Er-Sighun, cuñado de Alp Arslan, derrota a Manuel Comneno al norte de Siria.

1071: Con la conquista de Bari, los normandos expulsan definitivamente de Italia al último gobernador bizantino. En Mantzikert los turcos selyúcidas derrotan y capturan al emperador Romano IV Diógenes. Miguel VII Ducas es proclamado emperador con el apoyo de su familia y la connivencia de Miguel Psellos.

1072: Junio. Romano es cegado por orden del césar Juan Ducas (o Miguel VII). Muere de sufrimiento poco tiempo después, para regocijo de los senadores y burócratas. El sultán Alp Arslan es sucedido por Malik Shah. Suleimán Ibn Kutulmish se instala en Asia Menor.

1073: La inflación comienza a carcomer el valor de la moneda bizantina. El normando Roussel de Bailleul se proclama gobernador independiente en Capadocia y ocupa Amasea.

1074: Batalla del Puente Zompos. Bailleul derrota a un ejército enviado para apresarle.

1075: Alejo Comneno, con la colaboración del turco Tutac, apresa a Roussel. La aventura normanda en Capadocia toca a su fin.

1077: Revuelta de Nicéforo Brienio, que se proclama basileo en Adrianópolis. Nicéforo Botaniates se levanta en armas en Asia Menor.

1078: El descontento popular obliga a Miguel VII Ducas a abdicar. Nicéforo III Botaniates le sucede en el trono. Batalla de Calavrytae: el general de Botaniates, Alejo Comneno, derrota y captura a Brienio. Revuelta de Basilacio. Batalla del Vardar. Alejo toma prisionero a Basilacio.

1079: Nicéforo III propone a un pariente suyo, Synadenos, como sucesor, ignorando los derechos de Constantino Ducas, su hijastro.

1080: Asia Menor, salvo unas pocas urbes del litoral, yace en poder de los turcos selyúcidas.

1081: Los selyúcidas capturan Cízico, a orillas del Mar de Mármara. Revuelta de Alejo Comneno. Nicéforo Meliseno se levanta en armas en Asia Menor, proponiendo la división del Imperio. Nicéforo Botaniates abdica y es reemplazado por Alejo I Comneno.

Nota: En violeta se indican los años en que se registraron cambios de emperadores y el nombre de los nuevos.

Fuentes documentales:

Miguel Psellos, Vida de los Emperadores de Bizancio o Cronografía, Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

Miguel Ataliates, Historia, versión digitalizada en griego.

Ana Comneno, La Alexiada, Editorial Universidad de Sevilla, traducción a cargo de Emilio Díaz Rolando, ISBN 84-7405-433-8.

Steven Runciman, Historia de las Cruzadas, Vol. I, Alianza Universidad, versión española de Germán Bleiberg, 1980, ISBN 84-206-2059-9.

Franz Georg Maier, Bizancio, Siglo Veintiuno Editores, 6ta. Edición, 1983, ISBN (volumen trece) 988-23-0496-2.

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Paul Magdalino, The Byzantine Background to the First Crusade, Canadian Institute of Balkan History, 1996.

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