IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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    Guilhem
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Regímenes comunales en los siglos XII y XIII.

Posted by Guilhem en diciembre 17, 2009

Regímenes comunales en el Mediterráneo oriental.

1- Introducción.

El estudio de los movimientos comunales en las postrimerías de la Alta Edad Media es un tema que ha desvelado a numerosos historiadores durante el siglo XX. La manera de abordarlo ha sido por lo general considerar la aparición de las comunas no como un fin en sí mismo sino como un medio para neutralizar la acometida sistemática de los principales poderes de la época, poderes que por otra parte se repartían las riquezas del modo de producción imperante en el medioevo, el feudalismo. Nos referimos a la gran propiedad y a la Iglesia.

Si bien las conclusiones de los estudios pueden ser tan disímiles como reveladoras, una cosa parece cierta: el embrión comunero fue engendrado por el renovado vigor que las relaciones comerciales adquirieron desde mediados del siglo XI, por la apertura de Occidente hacia los mercados orientales, producto de la I Cruzada (1097-1099) y de las expediciones subsiguientes, y por los mayores excedentes que posibilitó el gran movimiento de roturaciones en los campos del sudoeste de Francia. Se pueden señalar, sin embargo, otras causas, pero los factores sindicados anteriormente son sin duda alguna los más importantes.

El primer brote de la “endemia” comunal tuvo lugar precisamente en el Languedoc, a finales del siglo XII. Para entonces, las nuevas ciudades y aquellas viejas que habían surgido en derredor de la antigua aldea o villa romana, se abastecían de los excedentes de producción generados por las nuevas técnicas de labranza de los campos aledaños y de las mercancías que llegaban a sus mercados a partir de la iniciativa privada de la flamante clase de los comerciantes. Hasta entonces, las técnicas de labranza y el producto de los campos tan solo habían permitido mantener una economía local, apenas interregional, regulada por los caprichos del castellano y por las exacciones de la diócesis local, minada desde su interior por la corrupción y el relajamiento de la moral. Tal estado de cosas había posibilitado el desarrollo de una corriente unidireccional de comercio, drenando a Occidente de sus reservas de oro en beneficio de los mercados más refinados y complejos de Oriente (Imperio Bizantino e Imperio Sasánida). Hasta el advenimiento de los árabes la balanza comercial de los reinos surgidos sobre las ruinas del Imperio de Occidente había sido netamente deficitaria. Los escasos excedentes, atesorados en piezas de oro cada vez más extrañas, eran fagocitados por las importaciones de artículos cualitativamente superiores, fabricados en Oriente[1].

Las grandes conquistas árabes, sin embargo, rompieron esa tendencia unidireccional, haciendo refluir el oro a latitudes que el preciado metal había abandonado durante la decadencia del Imperio Romano, en vísperas de su definitiva escisión (finales del siglo IV). En Francia, es verdad, las ciudades habían comenzado a florecer por todas partes, puestas en contacto unas con otras por los mercaderes, por los propios campesinos, y por los señores feudales, interesados en desprenderse de sus excedentes a cambio de algún producto exótico proveniente del Oriente musulmán, de la Hispania sarracena o del Imperio Bizantino[2]. No obstante, en el Languedoc, dos factores más se sumaban a los anteriores, añadiendo el ingrediente que faltaba para desarrollar comunas y no tan solo ciudades, como ocurría en el resto del país: la herejía de los cataros y la existencia de una clase caballeresca residente en las ciudades (del tipo dunatoi bizantinos, es decir latifundistas con residencia urbana antes que rural).

2- Las comunas de Tolosa y Trencavel.

Resulta difícil explicar el proceso de desarrollo comunal que tuvo lugar en Occitania sin antes hacer mención de las consecuencias de las conquistas árabes, de la aparición de las repúblicas mercantiles italianas y de las primeras cruzadas. Pero vayamos por parte, abordando individualmente cada uno de estos ítems para después concatenarlos en procura de una conclusión válida al estudio que hemos encarado.

La conquista árabe, iniciada en el segundo cuarto del siglo VII, provocó cambios radicales y dramáticos en el mapa político de la Alta Edad Media: en primer lugar, las oleadas de musulmanes derribaron un estado tan añejo como el Imperio Persa, recortaron la superficie de otro, el Imperio Romano de Oriente, casi a su mínima expresión y firmaron el acta de defunción del reino visigótico de Hispania. Pero los efectos económicos fueron también decisivos. Hasta entonces, el patrón plata había imperado en el Medio Oriente, aliado al poder persa, y en las rudimentarias economías de Occidente, donde la ruina de Roma había también implicado la decadencia de la moneda de oro. Únicamente Bizancio había sido capaz de mantener en su ámbito de influencias, la preponderancia del oro como medio de intercambio, aunque cada vez con mayores dificultades. Debido a que desde la capital imperial, las piezas doradas partían hacia Oriente para comprar la aquiescencia sasánida, mientras Justiniano I se concentraba en la reconquista de las viejas provincias occidentales, la densidad de oro que nutría los intercambios comerciales se fue debilitando progresivamente. Esto, obviamente sin mencionar que gran cantidad del metal precioso quedaba aprisionado en los grandes monasterios e iglesias de Siria y Egipto. Hacia principios del siglo VII, tal cual parecía, el comercio mediterráneo estaba siendo drenado de piezas de oro como un pantano de sus aguas.

Pero la irrupción del Islam cambió todo lo anterior. La conquista de los territorios persas, en primer término, permitió la liberación de una ingente cantidad de metal dorado, que durante siglos había permanecido durmiendo en los templos y palacios del Irán. En segundo lugar, las riquezas atesoradas en los monasterios cristianos de Siria y Egipto fueron de nuevo puestas en circulación por los conquistadores árabes. Y, por último, apareció un tercer flujo de oro procedente de los yacimientos del Sudán y de las tumbas faraónicas de Egipto y Nubia. La abundancia del preciado metal señaló el ocaso de la preponderancia de la plata en el Cercano Oriente, robusteció el comercio mediterráneo y permitió a los árabes hacerse de productos que solo Occidente estaba por entonces en condiciones de proveer: esclavos, madera (tan necesaria para las primeras flotas musulmanas) y determinados minerales. Gracias a ello, los reinos bárbaros fueron reinsertados en una nueva corriente comercial, de flujo circular, que derramaba piezas del dorado metal casi por todas las latitudes del mundo conocido.

Junto a la reinstalación del oro como patrón de pago de los intercambios mercantiles, aparecieron las primeras repúblicas marítimas italianas. El ascenso de Gaeta y Amalfi se produjo en esta época, bajo la condescendiente mirada de los emperadores bizantinos, que aspiraban a través de ellas a frenar las pretensiones francas sobre Italia meridional. Pero la súbita aparición de los normandos acabó con los sueños de grandeza de estas incipientes repúblicas mercantiles. Venecia tomó entonces la posta, favorecida por su ubicación geográfica y por los beneficios impositivos que sus comerciantes obtuvieron a partir de la crisóbula que el emperador Alejo I firmó en 1082, en beneficio de aquélla. Pronto, el ejemplo veneciano sería imitado por otras dos ciudades italianas, que sabrían aprovechar las cruzadas para desafiar el poderío de la república del Rialto: Pisa y Génova.

Pero Occidente jamás habría podido integrarse a la nueva corriente circular de oro que accedía a sus territorios desde España, el Imperio Bizantino e Italia, si no hubiera generado por sí mismo los excedentes de producción necesarios para ampliar el alcance de sus economías, desde meros contactos regionales a intercambios a gran escala. Los movimientos de roturación, la extensión de los cultivos y la obtención de mejores rendimientos eran precisamente las piezas que faltaban para completar el rompecabezas del renovado auge urbanístico. Si las ciudades querían trascender los reducidos límites que les había impuesto la época de las invasiones bárbaras, tenían necesariamente que asegurarse primero las vituallas para mantener un crecimiento sostenido en el tiempo.

La reacción de la Iglesia frente al florecimiento de las ciudades fue dispar, aunque en general resultó reñida con la naturaleza del movimiento. Anquilosada en estructuras arcaicas, falta de reflejos y lenta de movimientos, la jerarquía clerical vio en el desarrollo comunal a un formidable enemigo capaz de disputarle el predominio que ejercía sobre la sociedad laica, a la par sino aliada de los señores feudales. Al respecto, el profesor Paul Labal (1928-1991) aseguraba textualmente: “cuando los habitantes de los nuevos barrios de mercaderes, que emergían alrededor de la antigua ciudadela, se agruparon en asociaciones de ayuda mutua para intentar obtener de sus señores el reconocimiento de los nuevos derechos, tales como administrarse justicia según sus normas, se juzgó intolerable esta pretensión. Así que el movimiento comunal del Norte de Francia chocó con la hostilidad del poder tradicional de la Iglesia”[3]. En el Sur de Francia la postura de la Iglesia no era muy diferente pero los comuneros tuvieron, al igual que los herejes cátaros, la virtud de aprovecharse de la corrupción que aquejaba las estructuras eclesiásticas desde sus mismos cimientos, para torcer provisionalmente el curso de la lucha en su favor. Si a ésto añadimos que el aliado natural de la Iglesia, la clase señorial, se mostraba reacio a apoyar sus pueriles reclamos frente a los intereses más saludables de sus parroquianos podremos entender porqué el curso de los acontecimientos corrió en forma tan disímil en las tierras del Condado de Tolosa y Trencavel.

Carcasona, capital de Trencavel.

Otro factor a tener en cuenta para comprender el porqué del surgimiento del movimiento comunal al sur de Perigord y Auvernia es el debilitamiento de las relaciones vasalláticas, producto de la partida de gran cantidad de señores feudales hacia Ultramar. Desde los días de la I Cruzada, la región comprendida entre los ríos Garona y Ródano y los Pirineos, había sido proveedora nata de caballeros e importantes castellanos para la consolidación de los reinos francos del Levante. Hacia mediados del siglo XII, la herejía cátara estaba echando profundas raíces en el Languedoc, aprovechando la debilidad espiritual en que se hallaban sumidas las damas castellanas, en ausencia de sus maridos que peleaban en Oriente. La repulsa causada por la corrupción del clero occitano terminó por empujar a gran parte de la población en los brazos de los herejes. La clase de comerciantes y muchos campesinos disconformes vieron la oportunidad y establecieron una alianza tácita con los cátaros, a la que pronto se plegaron los pocos señores feudales que aún no habían partido hacia Tierra Santa.

Y fue precisamente la desaforada reacción de la Iglesia la que sirvió para cohesionar todos los elementos que llegarían a conformar las comunas del Languedoc. Luego de un primer intento realizado por San Bernardo de Claraval, que a poco estuvo de conseguir el objetivo de devolver las ovejas perdidas al redil (1146)[4], la postura de la Iglesia respecto a la herejía que se estaba esparciendo por el sur de Francia se tornó más intransigente. El concilio de Tours, en 1163, prohibió en este sentido mantener relaciones comerciales con los cátaros, condenando como cómplices a aquéllos que osaran oponerse a sus preceptos. El vizconde Roger Trencavel no se amedrentó ante las amenazas de la Iglesia y acabó ignominiosamente excomulgado por su política tolerante hacia la herejía.

En 1178 la jerarquía clerical cambió su estrategia, adoptando una actitud más aguerrida. Fue precisamente el año en que la Iglesia abandonó su papel de mera guardiana del verdadero dogma para organizar el primer ejército, si bien pequeño, contra un país cristiano. La idea de una cruzada contra el Languedoc iba tomando forma.

No es sin embargo el objetivo del presente trabajo centrarse en los pormenores que condujeron al Papa Inocencio III a levantar una cruzada en toda su regla contra el Mediodía de Francia. Pero sí es imprescindible hacer una síntesis de la tesitura adoptada por la Iglesia para comprender por qué la población de Occitania resolvió escoger el camino más difícil. Al respecto, cuando Inocencio III había resuelto aplacar el influjo de la herejía echando mano a los cistercienses, todo parecía indicar que la postura de la Iglesia había vuelto a adoptar aires más coherentes con una política tolerante y piadosa. Los monjes de Citeaux, herederos de San Bernardo, debían doblegar al “demonio” de la herejía mediante el ejemplo y la predicación, la Fe y la Palabra. La “cosecha”, sin embargo, sería tan exigua como improductiva. Al decir del cronista Roberto de Auxerre:

“los predicadores […] no lograron afianzar en la certidumbre de la fe ni alcanzaron a confirmar más que a un pequeño número de fieles que encontraron”.

Y más aún: el testimonio de Guillaume de Paylaurens sobre el diálogo mantenido por Foulque de Marseille y el caballero Pons Adhémar de Roudeille es todavía más elocuente:

– Jamás se nos hubiese ocurrido pensar que Roma dispusiera de tantos y tan eficaces argumentos contra esa gente (cátaros)… -dice Pons Adhémar al obispo.

– ¿Reconocéis que carecen de fuerza contra nuestras objeciones? –pregunta el obispo.

– Lo reconocemos.

– Entonces ¿por qué no los echáis, no los expulsáis de vuestro país? –vuelve a inquirir el obispo.

– No podemos –responde el caballero. –Nos hemos educado juntos, entre ellos tenemos primos y les vemos vivir honradamente

El celo de Inocencio III por recuperar las almas de los herejes pronto le lleva a enviar misivas con pedidos de ayuda a Felipe Augusto (1180-1223) y a una constelación de barones del Norte de Francia. La actitud de la Iglesia termina entregando el Mediodía de Francia a la codicia de los señores septentrionales. El asunto de la herejía pasa a ser una excusa. Lo que se avecina sobre el Languedoc es la misma desgarradora experiencia que el Imperio Bizantino ha debido vivir de manera humillante, con la descarriada cruzada de 1204: la reafirmación del feudalismo como el modo de producción dominante de la Edad Media. En este sentido, tanto la IV Cruzada como la Cruzada albigense son los engendros deformes nacidos de la oportuna unión entre los poderes secular y temporal, pilares y sostenes del feudalismo más recalcitrante.

La reacción de los habitantes del Languedoc deja sin embargo mal parados a los descarados expedicionarios: Occitania no entregará a sus hijos. Las ciudades cierran sus puertas y los cruzados deben apelar a sus armas para abrirlas. Ante las murallas de Béziers el legado papal, Arnaud Amaury, llega a decir: “matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos…”. En Carcasona la cruzada se termina con la muerte de Raimundo Roger de Trencavel. Simón de Montfort, un oportunista fanático procedente del Norte, es designado en su lugar con el beneplácito papal.

Hacia 1209, casi todas las grandes ciudades de Trencavel han sucumbido mientras arañaban una serie de privilegios que podrían haberlas convertido en comunas virtualmente independientes: Béziers, Carcasona, Minerve, Termes, Bram y Cabaret. Pero la resistencia es retomada por un antiguo aliado de Simón de Montfort, Raimundo VI, conde de Tolosa, que ahora se niega a entregar a los herejes de sus tierras. La lucha se torna cada vez más cruenta y las máscaras que cubren las facciones de uno y otro bando van cayendo, poniendo al descubierto las verdaderas caras de los enemigos que se enfrentan: la élite caballeresca rural del norte de Francia y la clase caballeresca urbana del Mediodía. En su desesperación esta última se alía a las ciudades fortificadas. Los señores occitanos se juran lealtad, más allá de las creencias religiosas que antes les habían separado; las ciudades, entretanto, empiezan a pronunciar con mayor vehemencia y convicción la palabra “libertad”: el nacimiento del movimiento comunero por fin ha rasgado la cáscara del huevo. Entretanto, Raimundo VI aparece como la figura prestigiosa y relevante necesaria para tender un puente entre caballeros feudales y comuneros. Su oportuna alianza con el rey de Aragón, Pedro II, viene a suscribir el gran momento que viven los occitanos.

Tolosa y Trencavel (S.XII)

Pero los sueños de independencia son ahogados en sangre en la batalla de Muret (1213). Los vencedores pronto reclaman su premio: Simón de Montfort, de nuevo con la aquiescencia papal, desplaza a Raimundo VI de las tierras de Tolosa, Arnaud Amaury se convierte en arzobispo de Narbona y el hijo de Felipe Augusto, el príncipe Luis, baja desde París para inspeccionar las nuevas hijuelas que le ha dejado la cruzada. El Norte se ha impuesto al Sur. La economía rural, los señores feudales y la Iglesia seguirán por un tiempo más imponiendo su voluntad en Occidente. No obstante no debemos perder de vista el hecho trascendente que la batalla de Muret engendra: el nacimiento de Francia. La batalla de Bouvines, que tiene lugar al año siguiente, confirma los resultados de Muret. El victorioso Felipe Augusto es un eximio artesano en lo que respecta al arte de levantar un reino desde un sinnúmero de fragmentos o mosaicos.

En cierto modo el nacimiento del movimiento comunal en el Languedoc se produce casi al mismo tiempo que su defunción. A esta altura lo anterior podría ser una afirmación infalible: nada más reñido con la realidad. El peso de las resoluciones episcopales de sínodos y concilios asfixia al Mediodía y las espuelas de los altivos caballeros del Norte desgarran con sus puntas la superficie de las campiñas meridionales. Pero las ciudades se rehúsan aún a sucumbir, envalentonadas en sus antiguos sueños de libertad. Cada vez más se hace patente el enfrentamiento entre el poder episcopal y el laico. Súbitamente las alianzas vuelven a quedar a la vista: la jerarquía religiosa de Tolosa y Trencavel, corrupta y desdeñada, los barones del Norte con el inefable Simón de Montfort a la cabeza, el rey de Francia y el Papado, de un lado, y los señores feudales citadinos del Sur, los gremios en formación de mercaderes y artesanos, las ciudades y los burgueses, los herejes cátaros, la chusma campesina (apenas mencionada), Raimundo VI y su hijo, Raimundo VII, los desterrados condes de Tolosa, del otro; casi todo un país.

Hacia 1216 Occitania está de nuevo en pie de guerra. Numerosas ciudades han cerrado sus puertas ante los ojos, desencajados por la ira, de Simón de Montfort: Narbona, Montpellier, Minerve y Nimes. En 1220 Raimundo VII recupera su condado y poco después Raimundo Trencavel hace lo propio con Carcasona.  Se produce una intensa reacción antifrancesa que lingüísticamente inclusive queda reflejada en la adopción de la lengua occitana como una manera de proclamar la independencia y la libertad del Sur (Languedoc no significa otra cosa que lengua de Oc –por Occitania-). Pero los años felices durarán poco, un abrir y cerrar de ojos en tiempos históricos. Los Capetos no se muestran dispuestos a aceptar así como así los caprichos de la gente del Mediodía.

Habiendo muerto Felipe Augusto en 1223, su hijo Luis VIII decide reiniciar la cruzada contra Languedoc. Solo que ahora serán su voluntad y sus condiciones las que prevalecerán por sobre las del papa Honorio III. Y el rey afirma: “Tolosa ya no será el condado de los Raimundos sino de quién su majestad indique”. El ejército, concentrado en Lyon en 1226, baja hacia el valle del Ródano y pone sitio a la inexpugnable Aviñón. Esta cae y el temor hace precipitar las esperanzas de las comunas y de los burgueses: muy pronto se rinden las principales ciudades, excepto Tolosa, que se apiña bajo la figura de Raimundo VII, y sigue resistiendo. La libertad soñada por los burgueses y el orgullo de los descendientes de Raimundo I, uno de los jefes de la I Cruzada (vaya paradoja), alimentan la moral de los defensores. Finalmente, en 1229, el conde es apresado con un golpe de argucia y sus tierras distribuidas entre la iglesia y el rey. Dos décadas de guerra ininterrumpida habían ahogado el espíritu levantisco del Mediodía. El movimiento comunal moría en los grilletes de Raimundo VII, las hogueras cátaras y la supresión de los derechos de las comunas[5].

3- ¿Movimiento comunal en el Imperio Bizantino?

En un sentido cronológico, hubiera correspondido referirnos primero a las comunas de los reinos latinos del Levante, pero como se expresó anteriormente, la estrecha relación existente entre la cruzada albigense y la IV Cruzada, hijas de un mismo mentor (Inocencio III), nos obligan a dar un rodeo para describir el estado de cosas imperante en las tierras del Imperio Bizantino. Y es que la IV Cruzada, en cierta forma, representó en Oriente el acto del mismo drama que estaba teniendo lugar casi simultáneamente en Occidente, en el Languedoc. Dichas cruzadas fueron el brazo armado que el modo de producción feudal empleó para desbaratar de una vez y para siempre las estructuras básicas que servían de andamiaje a los otros dos regímenes de producción vigentes, cuya existencia por sí sola era un estorbo, a la vez que una peligrosa amenaza:

  • La pronoia, que bajo los primeros Comneno y especialmente con el tercero había devuelto la gloria a Constantinopla[6], resucitando la idea de “renovatio imperii” en la mente del emperador caballero (nos referimos a Manuel I).
  • El movimiento comunero del sur de Francia, al que ya nos hemos referido.

¿Se puede hablar de comunas en el ámbito atinente a Bizancio? Y de ser así, ¿cuándo aparecieron las mismas?; ¿en qué momento la ciudad bizantina empezó a desarrollar a través de sus fuerzas vivas, la capacidad de establecer sus propios estatutos y regular la actividad de sus gremios y cofradías?

La existencia de un poder fuertemente centralizado, como el que rigió los destinos del Imperio desde sus orígenes hasta finales del siglo XIII, seguramente debió representar un impedimento, un obstáculo insalvable para la formación y el desarrollo de un movimiento comunal a imagen y semejanza del occitano. Existiendo un emperador que era la ley viviente, la vida de la población, tanto urbana como rural, estaba regulada ciento por ciento por los edictos, las “Novellae” y todas las ordenanzas que emanaban de la voluntad del basileo. Por medio de una plantilla de funcionarios numerosa y eficaz, aunque en ocasiones harta corrupta, el emperador controlaba todas las actividades de sus súbditos, incluidos el comercio y la industria. El Eparchikon Biblion, una colección de regulaciones dictadas por el estado para los gremios mercantiles de Constantinopla (siglo X), es un claro ejemplo de ello. Al respecto, Norman H. Baynes, en “El Imperio Bizantino”, pág. 173, nos dice: “el nombramiento de los presidentes de los gremios dependía probablemente en cada caso de la aprobación del prefecto de la ciudad, mientras que, para facilitar el control del estado, todas las ventas habían de ser públicas y generalmente sólo podían realizarse en determinados lugares señalados para cada comercio. El gremio compraba mercancías que luego distribuía entre sus miembros, y estas compras de los funcionarios de los gremios sólo podían efectuarse en sitios que se especificaban también. Las violaciones de estas regulaciones se castigaban con la expulsión del gremio y la confiscación de la propiedad o con multas en dinero, flagelaciones y corte de pelo de la cabeza y de la barba, y en casos más graves, con el destierro o la pérdida de una mano”. Las palabras de Georg Ostrogorsky, en “Historia del Estado Bizantino”, pág. 249, también son por demás elocuentes: “como jefe supremo del estado, el emperador posee un poder prácticamente ilimitado, y sólo está ligado por las exigencias de la moral y de las costumbres”.

Resulta pues difícil concebir que, bajo tal maraña de regulaciones y frente al peso descomunal de la figura del basileo en todos los ámbitos de la vida cotidiana, una comuna pudiera apenas mencionar la palabra “libertad” y resolviera auto legislarse. Precisamente son las Novellae de León VI el Sabio (886-912), las que fulminan cualquier intento de este tipo, al suprimir los antiguos derechos de las curies urbanas y del Senado[7]. En adelante no sería otro más que el emperador quién dispondría de todos los mecanismos de administración.

Llegamos pues al punto de tener que considerar si vale la pena seguir adelante, buscando algún probable atisbo de revolución comunera en la férula del Imperio Bizantino. Es entonces cuando el análisis histórico se torna imprescindible y el buen tino nos sugiere que deberíamos desechar aquellos períodos donde el poder central, personificado en la figura del emperador, es ciertamente tan omnipotente como omnipresente. No nos queda pues más que remitirnos al intervalo que va desde la recuperación de Constantinopla por Miguel VIII Paleólogo (1259-1282) hasta la caída de la capital en poder de los turcos, en 1453.

En 1204, la IV Cruzada irrumpe en Bizancio y se reparte los fragmentos del Imperio de Oriente. La autoridad de los basileo, hecha añicos por tan infame evento, es reclamada por el déspota de Epiro, por el emperador de Trebizonda y por su rival de Nicea. Sin embargo ya no volverá a existir un poder fuertemente centralizado como el que los bizantinos conocieran por última vez bajo Manuel I Comneno o inclusive Andrónico I (1183-1185). Muy por el contrario, los basileo sucesores de Miguel VIII serán todos soberanos débiles que se deberán conformar con acomodarse entre los solapamientos de la clase latifundista, que ahora domina el horizonte imperial, sostenida por verdaderos ejércitos particulares y por una “pronoia” cada vez más nominal que práctica. El colapso de la administración centralizada, otrora clave para el resurgimiento bajo los macedonios, se torna irreversible y es en tiempos de Juan VI Cantacuceno (1347-1354) cuando ya casi de ella no quedan trazas.

Y es precisamente esta debacle la que posibilita el estallido de un movimiento comunal, al verse liberadas las ciudades del peso del poder central. Solo que en comparación con su símil de Occitania, la comuna bizantina del siglo XIV no reconoce su origen en la iniciativa de los comerciantes y artesanos indígenas, arruinados en su gran mayoría por los mercaderes italianos, sino en la ambición desmedida de la clase latifundista, contra la cual reaccionan las masas populares. En “Historia del Estado Bizantino”, pág. 507, Georg Ostrogorsky lo explica muy bien: “con el debilitamiento del poder central, las fuerzas locales habían resurgido de nuevo, con lo que parecía resucitar el viejo particularismo municipal”. Sin embargo, Ostrogorsky se ocupa especialmente de comparar el caso bizantino con el de las ciudades flamencas e italianas contemporáneas, quizá por haber sido el movimiento encabezado por éstas uno mucho más exitoso, aunque no más osado que el occitano[8].

La decadencia de la autoridad del basileo en los tiempos de Cantacuceno y de Juan V Paleólogo (1341-1391) tiene su correlato en el levantamiento de los zelotas de Tesalónica.  En plena agonía, el Imperio Bizantino asiste una vez más a otra extraña paradoja de su prolífica Historia: como antes sucediera con los soldados campesinos, la sociedad griega vuelve a tender una mano al poder central para sacar al estado de su postración.

3.1 Antecedentes de la comuna tesalonicense:

No es mi intención entrar de lleno a explicar los pormenores que sacudieron desde sus cimientos al reinado de Juan V Paleólogo, así que me referiré a ellos brevemente, a fin de describir el entorno que propició la revolución comunal de Tesalónica.

Hacia 1341 el Imperio de Oriente se hallaba en plena decadencia, arruinado por largos años de guerra civil. La muerte de Andrónico III (1328-1341) había dejado en el trono a un heredero de tan solo nueve años, Juan V, oportunidad que fue aprovechada por el Gran Doméstico Juan Cantacuceno, para hacerse con la regencia. Cantacuceno, como miembro de la clase aristocrática, representaba los intereses de la rancia clase de los latifundistas. Del otro lado, la emperatriz madre, Ana de Saboya, el patriarca Juan XIV Calecas (1334-1347) y Alejo Apokaukos, contaban con el beneplácito de las masas populares, más afines al partido no tanto por convicciones políticas sino por cuestiones ideológicas y en última instancia, dinásticas.

La grave crisis política desatada por la ambición de Cantacuceno, muy pronto fue seguida por revueltas sociales y entredichos religiosos (Barlaam versus Gregorio Palamás). La situación era realmente desesperada cuando el partido de la emperatriz madre resolvió desembarazarse de aquél, declarándole su enemigo y confiscándole todos sus bienes en la capital. Cantacuceno respondió apoyándose en los elementos aristocráticos que aún sobrevivían en Tracia, con el objetivo de recuperar el protagonismo perdido. Los fondos proveídos por sus aliados terratenientes le permitieron cubrir el coste de los servicios de una fuerza mercenaria turca. Sus enemigos no se quedaron atrás y propiciaron sendas revueltas en numerosas ciudades del Imperio, siendo las más importantes, las acontecidas en Adrinópolis y Tesalónica.

3.2 La comuna de Tesalónica.

El movimiento comunero que hacia 1342 permitió al partido de los zelotas arrojar de Tesalónica a los esbirros de Cantacuceno y sus partidarios de la aristocracia es, en opinión de Perry Anderson, uno de los últimos episodios importantes de la historia de Bizancio[9]. La naturaleza de dicho movimiento ha sido objeto de acalorados debates que han originado dos posturas completamente opuestas. Una, sostenida por el citado autor, relaciona a la rebelión tesalonicense directamente con el movimiento comunal de Génova, que se manifestó también como revolución apenas tres años antes de los sucesos de la Calcídica. Por su parte, la otra corriente encabezada por Suizimov, sostiene que los zelotas de Tesalónica eran el instrumento empleado por una clase empresarial urbana que, con aires de patriotismo, pretendía el restablecimiento de un poder central fuerte, capaz de contener las amenazas externas tanto como las que se presentaban en el seno de la sociedad bizantina. Para Georg Ostrogorsky, en cambio, se trata de un enfrentamiento de clases que tiene lugar en una ciudad donde las aspiraciones de libertad, aparecidas recurrentemente a lo largo de los años, eran aprovechadas por un partido, los zelotas, que a la sazón disponían de una organización consolidada y de probada eficacia.

El golpe de los zelotas, invocado en tanto que rebelión comunal, es aprovechado por el gobernador de la plaza, un tal Synadenos, para frenar las ambiciones de Cantacuceno y de su partido aristocrático. En el poder, el partido de los zelotas encara una serie de reformas que son ampliamente apoyadas por el pueblo en general, y especialmente por una facción de tesalonicenses que, apiñadas en torno a los graneros y al puerto, viven en la más ignominiosa miseria. Entre las principales disposiciones, se decreta la confiscación de bienes en perjuicio de los poderosos y de la Iglesia, lo que agrega además cierta tensión religiosa.

La pugna pronto obliga a los bizantinos a tomar partido a favor de uno u otro bando, y lentamente trasciende el perímetro de la ciudad. Pareciera ser que en el interior de la sociedad tesalonicense se desarrolla, aunque en pequeña escala, la misma tragedia nacional que acomete al Imperio en las más altas esferas, donde Juan Cantacuceno y los paleólogos se disputan el poder, sin medir las consecuencias de sus actos. Zelotas políticos, el populacho, funcionarios imperiales, unionistas, Alejo Apokaukos, Ana de Saboya y muchos parientes de Juan V Paleólogo, se enfrentan indiscriminadamente en las calles de Tesalónica a Cantacuceno y sus mercenarios turcos, a una nobleza enfurecida, a la facción religiosa de los zelotas, y a los hesicastas. A los ojos de los enciclopedistas modernos, el embrollo es tal que la expresión “discusión bizantina” viene a significar literalmente “discusión baldía por excesivamente sutil[10].

La aventura zelota de Tesalónica y su pregonada revolución urbana tiene lugar bajo la condescendiente mirada de los paleólogos[11], que ven en ellos a un aliado útil contra las aspiraciones de Juan Cantacuceno. Pero desafortunadamente, el movimiento no dura mucho, lo cual nos hace dudar de su naturaleza popular y urbana, si es que pretendemos establecer una comparación con lo sucedido en Languedoc.

El intervencionismo de las potencias extranjeras que tiene lugar a partir de entonces en los asuntos bizantinos no registra precedentes. De pronto, turcos, servios, italianos y búlgaros, llamados convenientemente por uno u otro bando, se adueñan de los principales papeles del drama griego. A fin de rehacer su estrella, Cantacuceno acude primero a los servios de Esteban Dusan (1331-1355), a quienes abandona rápidamente, cuando se entera que los terratenientes de Tesalia le han reconocido como emperador. En represalia, Esteban Dusan se pone del lado de los paleólogos y de la emperatriz madre, mientras que Cantacuceno, para volver a equilibrar la balanza del poder, acude a los turcos del emir Omur. En el medio, los zelotas de Tesalónica se afirman con uñas y dientes a su precaria posición y los reiterados intentos que lanza Cantacuceno para recuperar la ciudad, se estrellan vanamente contra las murallas de la misma.

Hacia 1344, mientras los partidarios de Cantacuceno, apoyados por los turcos, asolan Tracia, los secuaces de Ana de Saboya, encabezados entre otros por Esteban Dusan, el zar búlgaro Iván Alejandro (1331-1371) y un tal Momtchilo, acometen los territorios de aquél, territorios que en última instancia son también bizantinos. La sangría de tierras es tal que, en un breve lapso de tiempo, el Imperio se repliega sobre una superficie tan irrelevante como diminuta. En Tesalónica, entretanto, los zelotas tampoco las tienen todas consigo. En 1345 una contrarrevolución conducida por Juan Apokaukos, hijo de Alejo, que había arribado a la ciudad inicialmente para apoyar el movimiento comunal en detrimento de la facción aristocrática, ocasiona la caída de su cabecilla, que es inmediatamente asesinado. Juan Apokaukos se hace entonces dueño de la ciudad, merced al apoyo de los aristócratas y del partido de Cantacuceno, sus antiguos enemigos. De nuevo Tesalónica se convierte en una caja de resonancia de lo que sucede, a una escala mucho mayor, a niveles estaduales.

Comuna tesalonicense.

Pero el predominio de Juan Apokaukos es tan breve como la duración de los lazos de lealtad entre los diferentes contendientes de la guerra civil bizantina. Muy pronto los zelotas, dirigidos por Andrés Paleólogo, recuperan el control de Tesalónica y no escatiman en lo sucesivo, esfuerzo alguno para hacer pagar a sus enemigos por la osadía del golpe de estado. Su fanatismo llega al punto de que muchos magnates son arrastrados por las calles, con lazos al cuello, por aquéllos mismos que antes habían sido sus criados e inclusive esclavos. Es precisamente en estos hechos donde los movimientos comunales de Occitania y Tesalónica pierden su semejanza puesto que, mientras el primero persigue una liberación nacional, aglutinando todos los estamentos sociales, el segundo rápidamente se manifiesta como un enfrentamiento de clases, cuyo fin último es el mismísimo poder. Los comuneros tesalonicenses, como en su momento, sus símiles adrinopolitanos, no persiguen un cambio en el régimen de gobierno sino en los cuadros que lo integran. He aquí también la explicación de por qué, mientras la revolución urbana en el Languedoc tuvo una vigencia de casi un siglo, en el Imperio Bizantino no llegó a un decenio.

3.3 El final de la comuna tesalonicense.

No es mucho lo que queda para decir acerca de la comuna de Tesalónica que no se haya dicho ya. Desde un principio, la suerte del movimiento estuvo atada a los vaivenes de la guerra civil bizantina. Y como los zelotas, por su propia ideología, habían estrechado filas con el bando antilatifundista, su éxito dependía de lo que pudiera suceder con Cantacuceno.  Y aconteció que en un corto lapso de tiempo y a pesar de los reveses sufridos frente a Esteban Dusan, Cantacuceno terminó por imponerse en la guerra civil, de manera tal que hacia el año 1347 se convertía en el nuevo emperador de Bizancio.

Viendo la suerte que les esperaba, los zelotas resolvieron iniciar negociaciones con Dusan, pues preferían entregar Tesalónica a los servios antes que tener que tragarse su orgullo y ceder el gobierno a los odiados aristócratas. Pero el momento para incomodar a Cantacuceno y causarle algún daño ya había irremediablemente pasado. Dusan se desentendió del asunto, Andrés Paleólogo, el jefe del movimiento, huyó a Servia y el gobernador imperial terminó abriendo las puertas de la ciudad al nuevo emperador. Corría entonces el año 1350 y el movimiento comunero de la Calcídica se apagaba como una candela humeante, que había agotado completamente su lumbre sin que nadie se molestara en acercarle nuevamente el combustible necesario para que siguiera encendida.

4- El movimiento comunal en el Oriente latino.

Las comunas del Levante (Ultramar).

Tras el éxito de la I Cruzada, los estados cristianos que se erigieron en el Cercano Oriente lo hicieron originalmente en lo que respecta a la formación económico social adoptada, como estados feudales a imagen y semejanza de aquéllos de donde habían salido los segundones que los edificaron. Pero una cosa es cierta: a medida que los conquistadores fueron adaptándose al medio que habían moldeado a través de las armas, debieron reconocer que era imposible borrar algunas instituciones que habían estado desarrollándose desde mucho antes de su llegada. Quizá se deba a ello, que muchos historiadores se refieran al modo de producción injertado por los cruzados en Oriente, como “feudalismo de importación”. Sin embargo, no es intención del presente ensayo abocarse al régimen feudal de los reinos francos creados tras la I Cruzada sino al movimiento comunal surgido en los flancos costeros que sobrevivieron a la embestida musulmana dirigida por Saladino[12], tras la batalla de los Cuernos de Hattín (1187).

Hacia el primer cuarto del siglo XII, la presencia latina en Ultramar se había asegurado relativamente mediante el emplazamiento del Reino de Jerusalén, del Principado de Antioquia y de los condados de Trípoli y Edesa. No obstante las fuerzas defensivas de dichos estados eran realmente exiguas, lo que tuvo un doble efecto inmediato. En primer término, no se pudieron realizar nuevas conquistas, de modo que tales reinos fueron condenados a una existencia efímera y miserable, en tanto que fragmentos enclenques y escuálidos de tierra, injertados en un mundo islámico desunido, que tan solo debía esperar la aparición de un líder para contraatacar. Y en segunda instancia, estaba la acuciante realidad de que el grueso de las fuerzas defensivas dependía de las cruzadas que pudiera levantar Occidente, las que no siempre llegaban en el momento más oportuno.

Cuando en 1187 Saladino aniquiló al ejército real de Jerusalén y a las fuerzas feudatarias enviadas desde Trípoli y Antioquia (Edesa había dejado de existir como condado en 1144), la suerte de los estados latinos del Levante quedó echada. Como un ejército de hormigas emergiendo de la tierra roturada, el sultán ayubí y los suyos acometieron la tarea de expulsar a los cristianos de Palestina y Siria, deseosos de vengar un siglo de intolerancia religiosa, asesinatos y todo tipo de vejaciones cometidas en nombre de Dios. Muy pronto, los latinos fueron confinados a una delgada franja costera, sobre el litoral del Mar Mediterráneo, donde a costa de ingentes esfuerzos apenas pudieron conservar las grandes ciudades de Antioquia, Trípoli y Tiro, a las que poco tiempo después se les sumaría Acre.

La pérdida de los territorios del interior de Siria y Palestina a manos de Saladino, fue un golpe mortal para el llamado “feudalismo de importación”, que los barones francos habían traído desde sus hogares en Occidente. Muchos señores feudales fueron privados de sus castillos y de sus dominios por la arremetida musulmana y se dieron con que la única oportunidad que les quedaba era retirarse a las ciudades costeras. Y es precisamente a partir del colapso de la estructura social y económica del reino, que pronto estallan conflictos de intereses en las mismas ciudades, adonde confluyen los refugiados cristianos: castellanos arruinados, feudatarios, campesinos, mercaderes y toda clase de oportunistas. En este sentido no sería otro que el enfrentamiento entre Federico II y Juan de Ibelin, el que llegaría a abonar el terreno para el surgimiento de la comuna de Acre.

4.1 La comuna de Acre.

A mediados de julio de 1230, Juan de Ibelin se había constituido como el principal referente del partido de los barones en Ultramar. Y en esa condición pronto entraría en conflicto con un emisario enviado por el emperador Federico II, de nombre Filangieri, quién a poco de pisar Beirut, declararía la confiscación de las tierras pertenecientes a aquél. La impertinente y arrogante medida generó la reacción de todos los barones de Ultramar, amigos y enemigos de Juan, que como un solo hombre, se pasaron al bando de los afrentados. Por su parte, los mercaderes de San Juan de Acre, entre los cuales los Ibelin contaban con numerosos acólitos, resolvieron establecer en esa ciudad una comuna para representar los derechos de los habitantes, designando con ese fin a doce cónsules y a Juan de Ibelin como presidente[13]. La creación de tal comuna consiguió bloquear las aspiraciones de Filangieri y recrear una cooperación estrecha entre todos los elementos de la sociedad sanjuanina, barones, burgueses y clero local. Así, pues, puede inferirse a primera vista que el origen de la comunidad de Acre tiene un mayor grado de afinidad con el movimiento comunal de Occitania, que con el de los zelotas de Tesalónica. En Acre no se jugaba la supervivencia de una clase social ni el papel que la misma ocupaba en los puestos de gobierno, sino una compleja lista de derechos y lazos de vasallaje[14] que el emisario de Federico II quería suprimir en perjuicio de las normas legales y los usos y costumbres de los estados de Ultramar. Es quizá por ello, que numerosos historiadores han sugerido que dicha comuna funcionaba como una especie de “asociación jurada de autodefensa”.

Hacia 1234 el poder de la comuna de Acre se había consolidado a tal punto, que Juan de Ibelin, el reelecto presidente de la misma, se había convertido de hecho en el soberano del reino[15]. Un primer intento por suprimirla corrió por cuenta del papa Gregorio IX, quien en 1236 exhortó a los barones a reconocer a Filangieri como bailli, pedido que fue rotundamente rechazado por los comuneros. El poderío de la comuna de Acre se mantuvo firme, apuntalado por el comercio y por numerosas industrias desarrolladas en la ciudad, hasta que la estrella creciente de Carlos de Anjou ganó influencias en Ultramar, al punto de convertirlo en la nueva provincia del imperio angevino. Finalmente, en 1291, San Juan de Acre cayó en poder del sultán al-Ashraf, muriendo los comuneros en la defensa de sus murallas.

El efímero experimento de Acre, nacido de las desavenencias entre Juan de Ibelin y el emperador Federico II, ha sido detenidamente estudiado por numerosos investigadores. En algunos casos, las conclusiones no son para nada coincidentes, aunque la gran mayoría se inclina por la tesis de la comuna en tanto que asociación de autodefensa frente a los intereses de la casa de los Hohenstaufen. Sin embargo, ¿cuál fue el rol que le cupo a la comuna luego de la declinación del poder de la dinastía alemana en la esfera del Mediterráneo? Algunos historiadores sostienen la tesis de que, tras el ocaso de los Hohenstaufen, el movimiento comunero de Acre mudó su finalidad a una mera asociación de intereses sociales, donde estaban representados todos los estamentos de la urbe, sino los más importantes: los señores feudales, que en algunos casos eran los propietarios de las mismas ciudades (Beirut, Cesarea, Laodicea, etc.), y  los burgueses, cabecillas de las distintas actividades económicas que nutrían el movimiento comercial de la ciudad (mercaderes, artesanos, fabricantes de paños, titulares de plantaciones de caña de azúcar, etc.). Otros autores van más allá, asegurando que la comuna terminó siendo el medio del que se valieron los nobles feudales para ocupar una posición de neta superioridad frente al poder real. En este último caso, los burgueses supieron mantenerse neutrales, aunque internamente, la alianza con los grandes barones les garantizó la conservación de una serie de privilegios que databan de mucho antes del establecimiento de la comuna, privilegios que habían sabido arrancar a los reyes de Jerusalén, antes de la batalla de Hattín. Como quiera que sea, el experimento terminó con la injerencia de una potencia extranjera, como había sucedido en el Languedoc y hoy no nos queda más que especular acerca de cuál habría sido su evolución ulterior si Acre hubiese resistido el ataque de los mamelucos.

4.2 Las restantes comunas de Ultramar.

Hemos hablado de la comuna de Acre, extrayéndola del contexto de las restantes, debido a la mayor importancia relativa de la misma en los asuntos del reino latino de Oriente. Pero hubo otros movimientos en el Levante que, por un motivo u otro, se encargaron de dotar a sus ciudades de comunas similares a las de Acre. Podemos citar en este sentido a por lo menos tres, aunque uno de ellos aún hoy sigue generando dudas acerca de su real funcionamiento en tanto que comuna. Las ciudades que los albergaron fueron Antioquia, Trípoli y Tiro, cuyos casos veremos de manera individual a renglón seguido.

4.2.1 Antioquia.

En el caso particular de la ciudad de Antioquia, el desarrollo de un movimiento comunal asoma por primera vez, de manera embrionaria, hacia el año 1193. Por tanto, no se puede relacionar las causas de su aparición con el ejemplo de Acre, al que antecede casi en cuarenta años, aunque la excusa fue también la existencia de un peligro cierto procedente del exterior. Las razones que llevaron a los antioqueños a desarrollar una comuna están estrechamente relacionadas con la amenaza que suponía el establecimiento de un poderoso reino armenio en el “vecindario”. Hacia finales del siglo XII, el príncipe de Antioquia, Bohemundo III, había caído prisionero del monarca armenio León II, y las condiciones impuestas para su liberación obligaban a los antioqueños a reconocer la soberanía de éste último. Como los barones de la ciudad no sentían apego por su príncipe, el cambio de soberano fue aceptado de buen grado. Pero los burgueses, tanto griegos como latinos, se mostraron horrorizados ante la perspectiva de un gobierno armenio y con el apoyo del patriarca de la ciudad[16], resolvieron crear una comuna para administrar sus asuntos.

Con posterioridad al 1200, las relaciones entre la comuna y el nuevo príncipe, Bohemundo IV (conde de Trípoli), se estrecharon aún más para obstaculizar las maniobras del papado, que buscaban restablecer el predominio armenio en la Siria franca. La posición adoptada por el Papa (quien sino otro que Inocencio III) llevó a las autoridades antioqueñas como a su comuna, a conceder cierto protagonismo a los griegos de la ciudad, que por entonces obtuvieron finalmente el patriarcado. En represalia, Pedro, el patriarca latino, les excomulgó con la aquiescencia de Roma. Su posterior intento de hacerse con el control de la ciudad fracasó gracias a la rápida reacción de Bohemundo y sus aliados comuneros. Vemos pues que en el caso de la comuna de Antioquia había también, como en Acre, una necesidad de defensa jurada de los derechos de la ciudad y de su príncipe frente a la ambición de un poder foráneo, en este caso, armenio. Lo que permanece como materia de debate es si la comuna ejercía alguna función administrativa o jurada fuera del recinto amurallado de la ciudad donde tenía su residencia. La misma duda subsiste para el caso de las restantes comunas del Levante, incluida Acre.

4.2.2 Trípoli.

Los orígenes de la comuna de Trípoli se sitúan casi en las postrimerías del siglo XIII, cuando los territorios cristianos del Levante estaban próximos a ser definitivamente reconquistados por el Islam. En 1287 el conde Bohemundo VII había muerto sin dejar un heredero, lo que hizo que le sucediera su hermana Lucía en la titularidad del condado. Pero Lucía estaba casada con un partidario de Carlos de Anjou y los nobles tripolitanos no querían rendir pleito homenaje a un angevino. Se movilizaron pues para ofrecer el condado a Sibila de Armenia, quien inmediatamente nombró como bailli al obispo de Tortosa, Bartolomé. La condición impuesta por Sibila fue rechazada de plano por los barones de la ciudad, que se negaron a aceptar la autoridad del obispo. Encabezados por Barthélemy Embriaci de Gibelet, resolvieron terminar con la diatriba, poniéndose en contacto con los burgueses de la ciudad, con quienes finalmente aceptaron conformar una comuna. Inmediatamente la dotaron de un alcalde, de un capitán y de una campana (símbolos inequívocos representativos de las comunas del Levante) y adoptaron el patronazgo religioso de Nuestra Señora.

La respuesta de los comuneros de Trípoli disuadió a Sibila de cualquier reclamación ulterior, no así a Lucía, que con la asistencia de los hospitalarios, se presentó ante las puertas de la ciudad para reclamar su herencia. Pero los comuneros, que habían elegido presidente a Barthélemy Embriaci[17], replicaron poniéndose bajo la protección de Génova, cuyo dogo envió a su almirante, Benito Zaccaría, para arreglar con la comuna los detalles del tratado. Luego, las reyertas que se sucedieron entre los distintos aspirantes al condado, entre los que se había apuntado el mismo Barthélemy Embriaci, atrajeron la atención del sultán Qalawun, que se dispuso a intervenir en el asunto. La noticia de su proximidad empujó a la comuna tripolitana a reconocer la autoridad de Lucía pero, para ese entonces, las horas de dominación latina estaban contadas. Los musulmanes eran numéricamente muy superiores a las fuerzas cristianas y no tuvieron problemas en conquistar la ciudad. Corría el año 1289 y los ecos de la comuna se ahogaban para siempre, entre los gritos de los defensores moribundos y de los niños y mujeres, ahora esclavos, que eran arriados a golpe de bastón hacia el interior del país.

4.2.3 Tiro.

De entre todas las comunas surgidas en Oriente, quizá sea la de Tiro la más cuestionada. Su origen, si realmente debemos dar cabida a la existencia de la misma, tuvo lugar en los tiempos de las tribulaciones posteriores a la batalla de Hattín (1187). Fue cuando Conrado de Montferrato se presentó providencialmente en la ciudad y consiguió infligir uno de los más grandes reveses en la carrera militar de Saladino. La fama adquirida por el oportunista barón le permitió adoptar, con la complicidad de los principales mercaderes, una autoridad que inclusive se confundía con el poder real. De su gobierno han quedado evidencias de la cooperación entre nobles, burgueses, comerciantes y clérigos, aunque no terminan de ser pruebas concluyentes a favor de la existencia de una comuna como la de Acre o la de Antioquia.

Comunas de Ultramar.

5- Conclusión.

La importancia de los movimientos comunales durante la Edad Media está planteada en el presente ensayo como formación económica y social alternativa a los regímenes de producción imperantes en dicha época: feudalismo en Occidente y pronoia-poder central, en Oriente. La idea de establecer un gobierno donde, como escribiera Juan de Ibelin “los hombres del reino, o la mayoría de éstos, deben reunirse para elegir a uno de ellos (entiéndase baillies o alcaldes según el caso)…, con objeto de garantizar el gobierno, impartir la justicia al pueblo, reunir la corte…”, fue vista por el modo de producción dominante, el feudalismo, como una amenaza seria por el hecho de poner en pie de igualdad a los distintos estamentos de la sociedad, a través de una comuna. En Occidente, la represalia se materializó en una cruzada que dejó un rastro de sangre y fuego desde Nimes hasta Tolosa. En Oriente, Ultramar estaba demasiado lejos y, además, no se podía ser tan ingrato con quienes llevaban la peor parte en la lucha contra el “infiel”. Acre, Antioquia y Trípoli pudieron seguir adelante con sus experimentos porque estaban condenadas desde el principio al fracaso más absoluto. Y si no lo hubieran estado, los poderes confabulados de la Iglesia y la nobleza se habrían encargado magníficamente de que así fuera. Nada mejor que sus inoportunas cruzadas para sabotear cualquier intento de entendimiento o reconciliación entre los latinos indígenas y sus vecinos musulmanes.

La comuna de Tesalónica, por su parte, viene a probar que el Imperio Bizantino no era un estado anquilosado en sus propias tradiciones y su glorioso pasado, como muchos historiadores pretenden hacernos creer. Con todo, comparándola con los restantes movimientos, podemos concluir que fue la más artificial en cuanto al propósito que debía servir.

Si hemos de buscar algún mérito en la figura de la comuna, éste debe ser sin ninguna duda, el haber infundido valor a sus integrantes, especialmente a los occitanos, para sacar de las gavetas de la historia una palabra que había sido relegada por siglos de esclavitud, primero, y servidumbre, después: “libertad”.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

Todos los mapas son de propiedad de https://imperiobizantino.wordpress.com/

Bibliografía:

  • Franz Georg Maier, Bizancio, Siglo XXI, 6º edición, volumen 13, Madrid, 1973.
  • Georg Ostrogorsky, Historia del Estado Bizantino, Akal Editor, 1984.
  • Johannes Lehmann, Las Cruzadas (Los aventureros de Dios), Colección Enigmas del Cristianismo, Ediciones Martínez Roca, Barcelona (España), 1989.
  • Maurice Lombard, El oro musulmán, cuadernos de historia social, estudios monográficos nº 36, Facultad de Filosofía y Letras, U.B.A., Buenos Aires (Argentina), 1972.
  • Norman H. Baynes, El Imperio Bizantino, Fondo de Cultura Económica, México D.F. (México), 1949.
  • Paul Labal, “Los cátaros, herejía y crisis social”, Biblioteca de Bolsillo, traducción castellana de Octavi Pellisa, Barcelona, mayo de 2000.
  • Perry Anderson, Transiciones de la Antigüedad al Feudalismo, Siglo XXI, México, 1986. Segunda Parte: Europa oriental.
  • Piers Paul Read, “Los Templarios, monjes y guerreros”, Javier Vergara Editor,  Ediciones B. Argentina, Traducción Gerardo Gambolini, Buenos Aires, 2000, ISBN 950-15-2127-3
  • Salvador Claramunt, Las claves del Imperio Bizantino 395-1453, Editorial Planeta, Barcelona (España) 1992.
  • Steven Runciman, Historia de las Cruzadas, Vol. I, II y III, Alianza Editorial, Madrid (España), 1973.
  • Warren Treadgold, Breve Historia de Bizancio, Ediciones Paidós Ibérica S.A., 2001. ISBN 84-493-1110-1
  • Todos los mapas son de propiedad del autor y fueron diseñados teniendo en cuenta la información histórica suministrada por los siguientes textos:
  1. Steven Runciman, Historia de las Cruzadas, Vol. I, II y III, Alianza Editorial, Madrid (España), 1973.
  2. Franz Georg Maier, Bizancio, Siglo XXI, 1973.
  3. Georg Ostrogorsky, Historia del Estado Bizantino, Akal Editor, 1984.
  4. Georges Duby, Atlas Histórico Mundial, Editorial Debate, Madrid (España), 1992.
  5. Carsten Goehrke, Manfred Hellman, Richard Lorenz, Peter Scheibert, Rusia, Historia Universal Siglo XXI, 3º edición, Volumen 31, octubre de 1980, Bs. As.
  6. Historia Universal, Anesa, Noguer, Rizzoli y Larousse, París (Francia), 1973 y Barcelona (España), 1974.
  7. Warren Treadgold, Breve Historia de Bizancio, Ediciones Paidós Ibérica S.A., Barcelona (España), 2001 (ISBN: 84-493-1110-1).
  8. Paul Labal, “Los cátaros, herejía y crisis social”, Biblioteca de Bolsillo, traducción castellana de Octavi Pellisa, Barcelona, mayo de 2000.
  9. Página Web “Los Ejércitos de Bizancio”, de Hilario Gómez Saafigueroa http://inicia.es/de/bizantino

[1] Maurice Lombard, en “el oro musulmán”, cuadernos de Historia, Estudios Monográficos Nº 36, Facultad de Filosofía y letras de la U.B.A., 1972, nos dice al respecto: “en vísperas de la conquista musulmana, el mapa monetario presentaba tres dominios que se enfrentaban por su desigual densidad en oro y por el material de acuñación que empleaban:

  • El Occidente bárbaro, casi completamente vacío de oro y donde la plata tendía a suplantar una monedad dorada cada vez más rarificada y decadente.
  • El Imperio Bizantino, que se proveía cada vez con mayor dificultad del metal amarillo pero que aún contaba con importantes reservas, concentradas especialmente en las provincias orientales de Siria y Egipto, y con un nomisma convertido en el único instrumento de cambio en el Mediterráneo.
  • El Oriente Sasánida, donde reinaba la plata, circulando en grandes cantidades y donde el oro se acumulaba en enormes reservas, fundido en lingotes o en joyas, en las bóvedas de los palacios y de los templos”.

[2] Nota del autor: para ese momento, el Imperio Romano de Oriente estaba siendo reconstruido por los primeros soberanos de la dinastía comneno: Alejo I (1081-1118), Juan II Kaloianes (1118-1143) y Manuel I (1143-1180). La tendencia de las relaciones de producción, por otra parte, se inclinaban a favor de la “pronoia” y en perjuicio del pequeño campesinado libre.

[3] Paul Labal, “Los Cataros”, Biblioteca de Bolsillo, mayo de 2000. Traducción castellana de Octavio Pellisa.

[4] San Bernardo, el abad de Claraval, se esforzó por reducir el influjo de la herejía a través de una verdadera política de seducción, que, armada de elocuencia, convicción y paciencia, pretendía refutar el dogma cátaro a través de la palabra. La cruzada albigense aún era un espejo lejano frente a la necesidad más urgente de recuperar el protagonismo perdido en Oriente tras las cruzadas descarriadas de 1101 y la caída de Edesa, el 23 de diciembre de 1144.

[5] En realidad no fue sino la muerte de Raimundo VII, a mediados del siglo XIII, lo que derrumbó para siempre las aspiraciones independentistas de Tolosa y Trancavel. Al respecto, las palabras del cronista contemporáneo, Guillaume de Puylaurens son por demás elocuentes: “daba pena ver al pueblo gemir y llorar por su señor natural sabiendo que ya nunca más conseguirían tener a nadie de su linaje. Tal fue el designio de Nuestro Señor Jesucristo para que se viera que el Señor, por los pecados de la herejía, había castigado a todo un país, quitándole un gobierno liberal…” (Paul Labal, Los Cátaros, pág. 213).

[6] Nota del autor: al invadir Italia (1054-1056), Manuel I Comneno había atacado el mismo flanco del régimen feudal, donde además estaba la sede de su aliado natural, el Papado.

[7] Georg Ostrogorsky, Historia del Estado Bizantino”, pág. 249, Akal Editor, 1984, traducción de Javier Facci.

[8] Perry Anderson, por su parte, sindica al movimiento bizantino con “la revolución comunal genovesa de 1339, uno de los grandes eslabones de las insurrecciones urbanas durante la última crisis medieval de Europa occidental”, según sus propias palabras.

[9] Perry Anderson, “Transiciones de la Antigüedad al feudalismo”, Siglo XXI, México, 1986, pág. 290.

[10] Diccionario enciclopédico Larousse, Editorial Planeta S.A., 1983, Madrid, España.

[11] Juan V Paleólogo, durante los primeros tiempos de la rebelión, apenas contaba con diez años de edad.

[12] Saladino o Al-Nasir Salah al-Din Yusuf (1134-1193), fue visir y luego sultán de Egipto (1174), señor de Damasco (1174) y de Alepo (1183). Fue, junto con  Zengi y Nur ed-Din, el principal referente de la lucha contra los cristianos latinos en el Cercano Oriente. Su imperio, creado a partir de su enorme capacidad militar y de su inquebrantable fe, no consiguió sobrevivir a su muerte, cuando su hermano y sus diecisiete hijos empezaron a disputarselo.

[13] La influencia del modelo de la comuna italiana, encabezada preferentemente por Venecia, Génova y Pisa, es por demás evidente en las comunas de Acre (1232), Antioquia (1193) y Trípoli (1287).

[14] Tales lazos de vasallaje eran los que regían las relaciones entre feudatarios y señores feudales, entre barones y el monarca y finalmente, entre burgueses y la corona.

[15] Para mayor información, consultar el tercer volumen de “Historia de las Cruzadas”, de Steven Runciman, págs. 165-219.

[16] Nota del autor: también es muy probable que en el establecimiento de la comuna antioqueña hayan tenido activa participación los mercaderes de las repúblicas marítimas italianas, que temían perder sus privilegios si una autoridad Armenia se hacía cargo de la ciudad.

[17] Las repúblicas marítimas italianas hacía tiempo que gozaban de influencias en los estados latinos, gracias a las concesiones que habían logrado arrancar a sus gobernantes. Los Embriaci o Embriaco, eran una familia genovesa, a quien la república liguresa había confiado el manejo de sus negocios en Ultramar.

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3 comentarios to “Regímenes comunales en los siglos XII y XIII.”

  1. Albert said

    Gracias por el libro, lo he combinado con otro de Jean Flori llamado “Caballeros y caballería en la edad media” y me he podido espavilar
    Albert

  2. albert said

    Saludos de nuevo Guilhem; intento hacer un trabajo sobre los caballeros occidentales de la edad media pero no encuentro ninguna web lo suficientemente completa que ademas este en castellano. Ya se que no es tu tema y por eso te agredeceria si me recomendases algun web.

    • Guilhem said

      Me fijaré a ver que hay. Por lo pronto, del Siglo XIV tienes un libro espectacular, no referido a los caballeros en sí, pero que te dice como vivían y morían en Francia, Inglaterra e Italia. El libro es: Un Espejo Lejano, de Bárbara Tuchman.
      Saludos,
      Guilhem.

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