IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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La batalla de Calavrytae (1078).

Posted by Guilhem en noviembre 13, 2009

La batalla de Calavrytae (1078).

Extracto: La batalla de Calavrytae puede considerarse como un eslabón más en la extensa saga de sangrientas luchas fratricidas que desgarraron los territorios imperiales en el siglo XI. En parte corolario de la batalla de Mantzikert, en parte, resultado de las poderosas fuerzas centrífugas que seguían atentando contra la unidad territorial del Imperio, Calavrytae tuvo, no obstante, un costado positivo para los bizantinos. Y es que desde el campo sangriento del Halmiro se erigió una personalidad única, sin la cual el último período de esplendor que irradió Constantinopla en el siglo XII no hubiera sido posible: Alejo Comneno. A pesar de convalidar en los hechos aquello contra lo cual tanta energía habían gastado los emperadores macedónicos, es decir, el encumbramiento de la aristocracia militar, la batalla de 1078 también hizo las veces de mecanismo de selección natural al exaltar mediante la victoria al más calificado exponente de dicha clase. El presente trabajo incluye una evaluación detallada de la táctica y estrategia empleada por cada bando como así también un análisis acerca de los mayores beneficiarios y damnificados por el resultado del enfrentamiento.

Calavrytae. Preludio.

Quizá sea la batalla de Calavrytae una de los enfrentamientos mejor documentados de la historia de Bizancio por el grado de detalle que aportan las fuentes de primera mano que se refieren a ella. Además, los hechos son recogidos magistralmente por dos historiadores emparentados cada uno con los generales en pugna: Ana Comneno, hija de Alejo, y Nicéforo Brienio, esposo de Ana y nieto del militar homónimo[1]. Existiendo pues un marco ideal para considerar la veracidad o no de cada relato a partir de su propia comparación, tanto Ana como su cónyuge nos ofrecen una vívida descripción a partir de la cual es posible arribar a una conclusión irrefutable: la distancia enorme que existía entre los ejércitos imperiales de fines del siglo XI respecto de aquéllos comandados por los emperadores macedónicos en el siglo X. Tanto más por cuanto de cada texto se desprende la necesidad acuciante por cubrir el espacio vacío dejado por la desaparición de los soldados campesinos en beneficio de mercenarios francos, normandos y turcos. Tal cual parecía, el Imperio retornaba al lastimoso sistema militar vigente antes del reinado de Heraclio. La pérdida gradual de los territorios de Asia Menor a manos de los invasores selyúcidas, hacía sentir el peso del estamento anterior como cosa juzgada. No habría vuelta atrás en ese sentido.

“Pues estos dos hombres eran nobles, gallardos y parecidos en fuerza y experiencia, de modo que si se hubieran colocado cada uno en un plato de la balanza, la habrían equilibrado: pero debemos ver de qué lado se inclinaron los designios de la fortuna. Brienio además de confiar en sus fuerzas y experiencia, era superior en el orden correcto de su formación; Alejo, por otro lado, tenía pocas y muy escasas esperanzas en cuanto a su ejército, pero era superior, a su vez, en el poder de su habilidad y en los recursos de su sentido estratégico”. Ana Comneno, en “La Alexiada”, nos presenta un esbozo de la personalidad de los contendientes que invita a su vez a indagar un poco más en la vida y obra de cada uno, para comprender las razones que les habían empujado a empuñar la espada, perteneciendo ambos al mismo partido de la aristocracia militar.

Nicéforo Brienio era miembro de una familia noble originaria de Tracia e hijo de otro Nicéforo, antiguo curopalates y duque de Macedonia y Capadocia, que había terminado su carrera tras ser cegado luego de la revuelta de 1057. En 1071 había combatido junto a Romano IV Diógenes en la batalla de Mantzikert, dónde su reputación fue puesta en entredicho por el mismísimo emperador, que llegó a acusarle de cobardía. Llamado, no obstante, por Miguel VII Ducas, quien deseaba convertirlo en su colaborador y hasta quizá asociarlo al trono, sería reivindicado por el basileo como una persona “que sobresalía ante los demás en experiencia, buen juicio y virtud”. Influenciado por Constantino Celulario, el Parapinaceo decidiría finalmente nombrar a Nicéforo, Duque de Dirraquio y enviarle de manera urgente a sofocar el levantamiento de los eslavos, cosa que el general lograría en 1072, venciendo inclusive a las naves italianas que apoyaban a los insurgentes. La ulterior revuelta de los Brienio (Nicéforo y su hermano Juan) contra el poder central, detentado todavía por Miguel VII y Niceforitzes, no tendría otra explicación plausible que la disconformidad ante la falta de reconocimiento y la negativa del basileo, en recompensarles debidamente. Lo que es más, todo parecería indicar que el cerebro de la insurrección era Juan y que Nicéforo se plegó a ella al revelarse una trama secreta según la cual Miguel VII deseaba destituirle de su cargo en Epiro.

El primer intento por desalojar del trono al Parapinaceo tuvo lugar en 1077, cuando Juan Brienio puso sitio a Constantinopla siguiendo órdenes de su hermano. Entonces, el encargado de lidiar contra él fue Alejo Comneno, a quien Miguel VII había destacado para defender la sección terrestre de las murallas de la capital. Durante las escaramuzas que se sucedieron entonces, trascendió que los soldados de Juan deseaban pillar la ciudad en el caso de tomarla, rumor que a la larga inclinaría la balanza en favor de Botaniates al condicionar el ánimo de sus habitantes en la futura selección de un candidato de entre los usurpadores. Entretanto, Alejo se cubría de gloria al emboscar a una partida de forrajeadores en una de sus tantas salidas, acción que le valdría el reconocimiento del emperador y, como cuenta el historiador Brienio, la recompensa con los esponsales con Irene Ducas.

Depuesto Miguel VII y apresado su logoteta, Niceforitzes, el nuevo basileo, Nicéforo Botaniates, intentó resolver pacíficamente el asunto mediante una propuesta oficial, cuyos términos consistían más o menos en el reconocimiento de Brienio como césar y heredero. Pero los rivales nunca se pusieron de acuerdo, pese al continuo intercambio de embajadas que mantuvieron recíprocamente (entre una y tres, según la fuente documental considerada[2]). En consecuencia, el proceso decantó ineludiblemente hacia el enfrentamiento militar.

Calavrytae. Disposición de los ejércitos.

Según parece, atendiendo a las palabras de Ana Comneno, quien tomó la iniciativa escogiendo el terreno más propicio acorde con sus planes de batalla, fue Alejo. Ni la historiadora, ni su esposo, Nicéforo Brienio, aventuran las cifras finales de cada ejército, aunque Ana se refiera parcialmente a ello al describir las huestes del rival de su padre. No obstante, a juzgar por el alto grado de deterioro experimentado por las fuerzas militares del Imperio tras Mantzikert, podría atribuirse al noble tracio una hueste de entre diez y veinte mil hombres, mientras que su oponente no contaría con más de seis o siete mil, incluyendo los aliados turcos. La inferioridad numérica fue compensada por Alejo mediante un ardid que consistió en ocultar deliberadamente tanto a Brienio la verdadera dimensión de sus fuerzas, acampando lejos de su posición, como a los suyos, la superioridad del enemigo, para no abatirles moralmente.

Para el combate, Nicéforo Brienio dividió sus tropas en tres partes[3]: el ala derecha, unos cinco mil soldados, fue encomendada a Juan Brienio. En “La Alexiada”, Ana Comneno asevera que se trataba de italianos, jinetes tesalios, antiguos camaradas de armas de Jorge Maniaces (probablemente francos), y un sector considerable de la hetería[4]. El centro, entretanto, bajo el mando del propio Nicéforo, se componía de otros cinco mil hombres, en su gran mayoría, tracios, tesalios y macedonios, además de la flor y nata de la nobleza militar europea. Por fin, hacia la izquierda, estaba el tercer núcleo bajo las órdenes de Catacalon Tarcaniotes, integrado por otros tres mil soldados de diversa procedencia, aunque mayoritariamente macedonios y tracios. A dos estadios de distancia y cerca del ala izquierda, unos dos mil jinetes pechenegos habían sido apostados por Brienio en tanto que Hyperkerastoi, para que, no bien sonaran las trompetas, cayeran sobre la retaguardia acosando al enemigo con una densa nube de flechas. Una táctica tan antigua como contumaz que había probado su efectividad especialmente con los algareros árabes de los siglos VIII y IX.

Alejo Comneno, por su parte, prefirió actuar en consecuencia con sus necesidades. No tenía un ejército numeroso y además debía estudiar primero cómo desplegaría Brienio a sus tropas, por lo que se inclinó por una emboscada. Dado que la topografía del terreno se lo permitía[5], situó a una parte de sus huestes, los Enedroi, en un barranco, mientras que al resto lo formó de frente al enemigo, también seccionándolo en tres partes. El ala derecha, con Constantino Catacalon a la cabeza de los soldados comatenos, debería vérselas contra Catacalon Tarcaniotes. El centro, integrado por mercenarios francos, y el ala izquierda, por los inmortales, estarían bajo las órdenes directas del mismísimo doméstico de los escolas, es decir, de Alejo. Un cuarto grupo, los Plagiofilakes[6], compuesto por no más de trescientos o cuatrocientos mercenarios turcos fue separado especialmente para prevenir los movimientos de los Hyperkerastoi de Brienio. Entretanto, partidas de escuchas le mantenían informado de lo que acontecía en el campo rival para no tener que lamentar luego sorpresas desagradables devenidas de movimientos inesperados de su oponente.

Calavrytae. Progresión de la batalla.

El primero en ponerse en movimiento hacia la posición ocupada por el enemigo fue el ejército de Brienio, que se adelantó en el campo casi hasta los barrancos que ocultaban a los Enedroi. Al ponerse los contingentes italianos, tesalios y la hetería al alcance de sus espadas, los emboscados saltaron con gran griterío y clamoreo desde sus escondites, provocando la confusión en el ala dirigida por Juan Brienio. Solo la determinación y el valor del hermano de Nicéforo consiguieron impedir que el conato de desbande se convirtiera en retirada generalizada. Según Ana Comneno, “el hermano del caudillo, rememorando su ímpetu guerrero y su coraje, hizo volver su caballo con el freno, abatió de un único golpe al soldado de los inmortales que lo seguía, detuvo a la falange que huía en plena confusión y, tras reorganizarla, repelió a los enemigos”[7]. De lo que se deduce que el ala izquierda de Alejo había roto la formación para perseguir a los de Juan Brienio.

Con tal de impedir la ruina total de los inmortales, el propio Alejo debió acudir en su ayuda al frente del regimiento de los escolas. Fue el primer momento álgido de la batalla, cuando el ejército completo del doméstico estuvo a punto de colapsar bajo el empuje arrollador de Brienio y los suyos. Pues mientras el ala izquierda y el centro estaban siendo dispersados por los secuaces de Nicéforo y de Juan, los soldados de Coma, en el otro extremo, la estaban pasando realmente mal frente a los de Catacalon Tarcaniotes. Los Plagiofilakes habían fallado en la prevención, permitiendo la acometida de los pechenegos desde el flanco, lo que aumentó aún más el desconcierto entre las filas de Constantino Catacalon. En este punto se hizo evidente cómo la mayor experiencia de las huestes de Brienio empezaba a jugar un papel determinante en la suerte de la batalla.

Alejo, entretanto, se había enfrascado en una serie de ataques y contraataques, confiando que sus soldados le seguían a todas partes para protegerle. A poco descubrió con horror que, a sus espaldas, toda la formación se hallaba dispersa y a punto de ser aplastada. En consecuencia, reuniendo a un reducido destacamento, se propuso lanzarse a fondo contra lo más nutrido de las fuerzas enemigas, adonde descollaba Nicéforo por su descomunal estatura[8]. Su intención era matar al líder para desmoralizar a sus seguidores. Pero en el último instante fue convencido por Teodoro, aquél mismo asistente que le salvara la vida en Cesarea, de desechar de plano tan descabellada idea, y abocarse, entre ambos, a devolver a sus filas el orden perdido, reagrupándolas y reorganizándolas. En esa instancia, tanto el ala izquierda de los inmortales, como la derecha de los comatenos, estaban en franca desbandada mientras que el centro, con Alejo y su leal servidor, se debatía prácticamente rodeado por el ejército rival.

Intervino entonces un hecho fortuito que vino a sembrar el desconcierto entre las líneas de Brienio cuando los jinetes pechenegos, volviendo grupas, se lanzaron a galope tendido en dirección a su propio campamento, para saquearlo. Su inesperada irrupción determinó la súbita espantada de la servidumbre que integraba la retaguardia de las tropas de Nicéforo. El desorden consecuente se contagió a los que luchaban un poco más adelante, entrecruzándose los estandartes de uno y otro ejército. Al final, la confusión reinante terminó salvando la jornada para las huestes leales a Botaniates. Pero hubo un detalle más en medio del caos reinante: Alejo consiguió apoderarse de uno de los caballos del antiemperador, que descollaba por sobre el resto debido a que estaba engalanado con el manto púrpura y los fálaros dorados. Casi simultáneamente, y justo antes de tirar de las bridas de su caballo para dar la vuelta, pudo arrebatar también a los acólitos de Brienio las picas con hachas de doble filo con la que le protegían. Se trataba ni más ni menos que de un invalorable tesoro que usaría en breve.

Calavrytae. Fase final y desenlace.

Habiendo regresado a buen resguardo, entre los suyos, el domestico de los escolas encomendó a un heraldo que anunciase a viva voz la muerte de Brienio. Y para teñir de veracidad al engañoso anuncio, le entregó las preseas recientemente adquiridas al enemigo: el corcel del antiemperador y las picas con hachas de doble filo. El golpe de efecto sería abrumador tanto para propios como para extraños. Ana Comneno nos cuenta que, gracias a esta estratagema, su padre halló la manera de reagrupar a los comatenos e inmortales en una colina cercana, a la vez que alentaba a los mercenarios francos a mantener sus posiciones para permitir lo anterior.

La imagen del heraldo paseándose con los trofeos arrebatados al enemigo, mientras anunciaba la muerte de Brienio en combate, devolvió el valor a los que venían huyendo. Casi todos fueron a recalar al pie de la colina que Alejo había escogido como punto de observación del campo de batalla. Justo en ese momento un segundo hecho fortuito empezó a dar un vuelco en las tornas del día. Acababa de llegar el tan ansiado refuerzo de caballería turca, integrado por unos dos mil jinetes procedentes de las tierras de Suleimán ibn Kutulmish. Ahora Alejo podría cambiar de estrategia y lanzar una contraofensiva, tanto más por cuanto desde su posición, ya se veía al enemigo realizando un amago de celebración por la victoria que parecía estar al alcance de sus manos. Sorpresa y confianza, dos factores que ahora pasaban a jugar a favor del Comneno.

Ciertamente el domestico de los escolas manejaba la terminología de los manuales de tácticas de León el Sabio, como lo vino a demostrar el movimiento de flanqueo al que apeló a continuación. Tal como menciona Ana en su obra, lo que siguió fue todo, obra de su padre. Alejo dividió una vez más a sus tropas en tres secciones: los comatenos e inmortales quedaron en la zaga, agazapados para una nueva emboscada, mientras que el tercer grupo, conformado por los turcos recién llegados, fue puesto a la vanguardia con la misión de hostigar frontalmente con sus dardos al enemigo. El truco ahora consistía en atraer a los de Brienio mediante un juego de ataque y retirada simulada, que los jinetes arqueros debían representar mientras descargaban todo su arsenal de proyectiles. A la vez que ello sucedía, los comatenos e inmortales tenían que flanquear al adversario para caer sobre sus costados y su retaguardia. El momento era de lo más propicio a juzgar por las palabras de la autora de “La Alexiada”: “Habían rebajado su ímpetu, sobre todo cuando los francos que acompañaban a mi padre se pasaron a Brienio durante la anterior desbandada. En efecto, cuando estos francos se hubieron bajado de los caballos y le ofrecieron la mano, como es costumbre de su patria a la hora de rendir vasallaje, cada uno desde su puesto acudió junto a Brienio para observar lo que sucedía. Las trompetas proclamaron por todo el ejército la noticia de que los francos se habían sumado a ellos tras abandonar al general en jefe Alejo”[9]. Dicho de otra manera, Brienio y sus tropas se habían relajado con la rendición de los escolas y, saboreando el triunfo como estaban, Alejo pensaba que no tardarían en sucumbir ante el cebo de los jinetes arqueros, atacando y retirándose frente a ellos.

Los turcos cumplieron a pié juntillas las instrucciones dadas por el domestico. Acercándose a la vanguardia enemiga en pequeños grupos, cubrían el cielo con sus dardos y, tan pronto como terminaban de disparar, daban media vuelta y retrocedían. Brienio acabó cayendo en la trampa, confundido por la engañosa noción de la victoria inminente. Todo su ejército en pleno avanzó hacia donde Alejo le aguardaba con una sección de infantería y, a medida que lo hacía, se internaba cada vez más en la trampa tan hábilmente dispuesta por el hábil Comneno. En el fragor de la lucha cuerpo a cuerpo que siguió, hubo varios intentos por acabar con la vida de Nicéforo; Ana nos describe uno con lujo de detalles: “uno de los inmortales que rodeaban a Alejo y que era valeroso y audaz se destacó con su caballo del resto de la formación y avanzó a galope tendido directamente contra Brienio. Y arremetió fuertemente con su lanza contra su pecho; pero Brienio desenvainó vehementemente su espada cuando la lanza no había aún logrado apoyarse con firmeza y la partió enseguida de un fuerte mandoble; al que intentaba alcanzarlo lo atacó con su espada en la clavícula, le hizo impacto con todo su poder y le seccionó el brazo entero, coraza incluida”[10].

Por fin, Alejo y los turcos, en la última retirada fingida, condujeron a los hermanos Brienio directamente al punto donde había sido tendida la celada. Cuando llegaron allí, los caballeros tesalios y normandos, como el resto del ejército de Brienio, estaban todos extenuados y, los que no estaban heridos, tenían a sus cabalgaduras con un dardo en el pescuezo o atravesándole el costado. Fue el momento culminante de la batalla a partir del cual Nicéforo supo que había perdido la jornada, especialmente tras los infructuosos esfuerzos de Juan por contener la subsiguiente desbandada. Ana Comneno nos dice al respecto: “Entonces, por la imposibilidad del ejército de Brienio de ofrecer resistencia (todos los hombres y caballos estaban ya heridos), éste inclinó su estandarte indicando la retirada y dio la espalda a sus enemigos para que arremetieran contra ella”[11]. Con todo, Nicéforo siguió batiéndose con valentía., haciendo caso omiso a sus heridas y al agotamiento de esa dura jornada de estocadas y persecuciones sin fin. Estaba flanqueado por su hijo (¿el futuro esposo de Ana?) y por su hermano y entre todos impedían aún que Alejo pudiera alzarse definitivamente con la victoria.

No fue sino merced a dos osados guerreros turcos que las tropas leales a Botaniates pudieron al fin saborear la gloria del triunfo. Gracias a Ana Comneno podemos conocer en detalle los últimos movimientos de Brienio antes de ser apresado por sus enemigos: “cuando ya su caballo estaba exhausto y no podía ya emprender ni la fuga ni la persecución (estaba próximo a expirar a causa de las sucesivas galopadas), reteniéndolo con la brida como un valeroso atleta, se plantó en posición de recibir y desafió a dos valientes turcos”[12]. Lo que siguió fue un combate cuerpo a cuerpo dónde Nicéforo se reveló como un extraordinario soldado, esquivando cada estocada, hiriendo y contraatacando. No pudo el primero de los turcos reducir al valiente general pese a sus intentos por lancearle. Nicéforo consiguió neutralizar una y otra vez sus embestidas apartándose en el momento justo y contraatacando, hasta que con un certero golpe de mandoble cercenó la mano de su atacante. Mano y lanza rodaron por el suelo. Entretanto, el segundo turco había arrimado su cabalgadura a la de Brienio y con un audaz salto consiguió aferrarse al costado del general, quien ya no pudo librarse del molesto agresor pese a la lluvia de mandobles con la que intentó quitárselo de encima. Agotado a causa del esfuerzo y sofocado por el peso de la armadura, Nicéforo terminó cediendo a lo inevitable. De inmediato hizo saber a sus rivales sus intenciones de rendirse a Alejo.

Ganadores y perdedores de Calavrytae.

Nicéforo Brienio, Nicéforo Botaniates, el partido civil, los burócratas y senadores, los turcos selyúcidas, el Imperio en general, ¿quién fue el mayor perdedor de los eventos que tuvieron lugar en las adyacencias del Halmiro, en el año 1078? Está claro que Brienio, por razones obvias. Derrotado por las armas, sus grandilocuentes sueños acabaron en la ignominia de la ceguera con que Botaniates le castigó, a través de uno de sus esbirros, llamado Borilos. Fue, tal cual lo sugiere su nieto historiador, el final de la carrera de un hombre ilustre y la pérdida invalorable para el Imperio de un gran personaje. Botaniates, vencedor de Brienio por obra y gracia de Alejo Comneno, tampoco obtuvo los laureles para sí. Beneficiario directo de la notable victoria del doméstico de los escolas, resultó a la larga el mayor damnificado de la creciente estrella de su brillante general. De avanzada edad y ánimo acotado a lo que sucediera dentro del perímetro amurallado de su capital, acabaría sus días como emperador, sin pena ni gloria y casi sin oponer resistencia, depuesto por el vencedor de Calavrytae. ¿Qué decir acerca del bando civilista que no pueda presumirse mediante un simple juego de razonamiento lógico? Si Mantzikert había señalado el punto álgido del poderío de los burócratas y senadores, Calavrytae vino a convalidar lo que la destitución de Miguel VII Ducas a manos de Botaniates había certificado en los hechos unos meses antes: que ni la situación externa ni el estado de cosas doméstico constituían, hacia 1078, el marco ideal para el gobierno de la retórica y la oratoria de personajes como Psellos. El Imperio requería de gente de acción, capacitada y patriota, y si bien había resultado como uno de los grandes damnificados en la batalla, primero por tratarse de una lucha fratricida y, segundo, por el destino final corrido por un personaje de la valía de Brienio, también es justo decir que había ganado más de lo que había perdido. Alejo era un personaje muy hábil y resuelto, con una clarividencia digna del mejor de los estadistas. Por lo que si el estado bizantino debía llorar la caída en desgracia de uno de sus hijos más brillantes, era natural que al mismo tiempo se congratulara por dar a luz a un personaje con todas las características de un salvador providencial.

¿Los turcos selyúcidas perdedores en Calavrytae, pese a haber asistido al bando ganador? Parece un contrasentido, pero no es tal. Siete años después de haber apabullado a los bizantinos en Mantzikert, los turcos estaban a la sazón cosechando los frutos tanto de su espectacular victoria como de los desaciertos políticos de la corte de Constantinopla. Al apuntalar a Botaniates mediante el envío de un complemento de caballería que resultó determinante a la hora de sellar la debacle de los de Brienio, los selyúcidas indirectamente dieron un espaldarazo a la figura de Alejo Comneno, impulsándola al estrellato. Vistiendo tiempo después la púrpura imperial, Alejo sería la pesadilla de los sultanes de Iconio (primero Nicea), al propiciar la reconquista de parte de los territorios asiáticos perdidos tras Mantzikert y al consolidar las estructuras estaduales para un nuevo renacimiento económico, artístico, cultural y militar. Esto sin mencionar el quebradero de cabezas que sería para los sultanes, la llegada de la Primera Cruzada, en cuya formación y levantamiento Alejo llegaría a participar sin quererlo.

La dinastía Comneno con Alejo como abanderado, y la aristocracia militar de la que formaban parte fueron, sin ninguna duda, los ganadores absolutos de aquélla fatídica jornada. La que se inicia tras Calavrytae es, ni más ni menos, la época dónde se consolida definitivamente la variedad feudal de la pronoia. A partir de entonces los soldados campesinos de otrora pasaron a ser una mera figura decorativa en el amplio espectro social del Imperio, por no decir un anacronismo de carne y hueso. La batalla de 1078, como quiera que se la mire, fue el triunfo final de las provincias sobre la capital, de la clase terrateniente y militar sobre el poder central. No habría en los años venideros, y casi por el lapso de un siglo entero, ejércitos temáticos o señoriales deponiendo emperadores o proclamando nuevos como era de esperarse en tales circunstancias. Y no los habría no tanto por una cuestión de patriotismo o solidaridad para con un estado bajo permanente amenaza externa, sino por que Alejo y sus sucesores inmediatos, Juan (hijo), y Manuel (nieto) supieron valerse de la pronoia para espantar tales fantasmas, atrayendo para su causa a todos aquellos elementos de dudosa lealtad. Ganó, por ende y a lo Pirro, el Imperio, haciéndose acreedor de un último período de bonanza que le colocaría de nuevo en lo más alto del protagonismo internacional.

Los turcos selyúcidas, ¿ganadores en Calavrytae? También, por su puesto. La batalla de Mantzikert, en 1071, les había abierto las puertas de Asia Menor. A poco, la deposición de Romano IV Diógenes les impulsó a resarcirse de los tratados incumplidos por los bizantinos, cosa que lograron al establecerse en amplios sectores de la vasta península. Finalmente, gracias a Calavrytae pudieron poner un pie al otro lado de los estrechos y contemplar de cerca el lujo y refinamiento de la sociedad romana. Que no se atrevieran a lanzar sus huestes contra Constantinopla (si bien el emir Tzachas[13] o Chaka lo intentó) puede considerar mérito exclusivo tanto de Alejo como de la Primera Cruzada. Por otra parte, cada vez que los debilitados basileos acudieron a los selyúcidas en busca de ayuda para eliminarse entre sí, no hicieron más que convalidar y confirmar la existencia del incipiente estado que sus benefactores estaban instaurando en lo que una vez fuera una floreciente región pletórica de themas y campesinado libre. No se debe perder tampoco de vista que la consecuencia de estos singulares llamamientos realizados desde Constantinopla, se traducía en una nueva fase de pérdidas territoriales a manos de los sultanes. Los turcos, concluyendo, se beneficiaron de la debacle imperial por que se aprovecharon inteligentemente de ella para obtener el reconocimiento formal del nuevo orden que venían instaurando en Anatolia tras Mantzikert. Por tanto, no es descabellado afirmar que si esta última batalla les abrió las puertas de Anatolia, Calavrytae les depositó directamente en el patio trasero del Imperio.

Con todo lo desastroso que una guerra civil puede significar para cualquier estado, al menos el Imperio compensó las tribulaciones causadas por los enfrentamientos entre el partido civil y la aristocracia militar, primero, y entre los más rancios representantes de los latifundistas provinciales, después. No pasaría mucho tiempo para que Alejo Comneno, el vencedor de la batalla, alcanzara el pináculo de su carrera y, en tanto que emperador, le devolviera a su amado Imperio parte de la gloria perdida en el breve interregno comprendido entre la muerte de Basilio II y la deposición de Nicéforo Botaniates. Otra lección de la Historia: que tanto lo malo como lo bueno tienen fecha de vencimiento.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

Todos los mapas son de propiedad de https://imperiobizantino.wordpress.com/

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Fuentes documentales:

Miguel Psellos, Vida de los Emperadores de Bizancio o Cronografía, Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.

Miguel Ataliates, Historia, versión digitalizada en griego.

Ana Comneno, La Alexiada, Editorial Universidad de Sevilla, traducción a cargo de Emilio Díaz Rolando, ISBN 84-7405-433-8.

Steven Runciman, Historia de las Cruzadas, Vol. I, Alianza Universidad, versión española de Germán Bleiberg, 1980, ISBN 84-206-2059-9.

Franz Georg Maier, Bizancio, Siglo Veintiuno Editores, 6ta. Edición, 1983, ISBN (volumen trece) 988-23-0496-2.

E. Patlagean, A. Ducellier, C. Asdracha y R. Mantran, Historia de Bizancio, Crítica Barcelona, 2001, ISBN 84-8432-167-3.

Warren Treadgold, Breve Historia de Bizancio, Paidós, 2001, ISBN 84-493-1110-1.

Carlos Diehl, Grandeza y Servidumbre de Bizancio, Espasa-Calpe SA, Colección Austral, 1963.

John Julius Norwich, Breve Historia de Bizancio, Cátedra Historia Serie Mayor, 1997, ISBN 84-376-1819-3.

Mijail Zabarov, Historia de las Cruzadas, Biblioteca de la Historia, Akal Editor, 1985, ISBN 84-7291-8205.

Joseph M. Walter, Historia de Bizancio, Edimat Libros S.A., ISBN 84-9764-502-2.

Emilio Cabrera, Historia de Bizancio, Ariel Historia, 1998, ISBN 84-344-6599-X.

Georg Ostrogorsky, Historia del Estado Bizantino, Akal Editor, 1984.

Alexander A. Vasiliev, Historia del Imperio Bizantino, Libro dot.com, versión digital.

Norman H. Baynes, El Imperio Bizantino, Breviarios, Fondo de Cultura Económica, 1974.

Roberto Zapata Rodríguez, “Italia Bizantina, Historia de la Segunda Dominación Bizantina en Italia, 867-1071”, Asociación Cultura Hispano-Helénica, versión revisada por Eva Latorre Broto, 2007, ISBN 9788487724022.

Salvador Claramunt, Las Claves del Imperio Bizantino 395-1453, Universidad de Barcelona, 1992, ISBN 84-320-9227-4.

Paul Magdalino, The Byzantine Background to the First Crusade, Canadian Institute of Balkan History, 1996.

ANEXO: Fases de la batalla.

Calavrytae fase 1

Calavrytae fase 2

Calavrytae fase 3

Calavrytae fase 4

Calavrytae fase 5

Calavrytae fase 6

El imperio de Niceforo III (1078-1081)


[1] No está aún dilucidada la cuestión en torno al grado de parentesco entre Nicéforo Brienio, duque de Dirraquio, y Nicéforo Brienio, historiador. Algunos autores les consideran padre e hijo mientras que otros se inclinan por la relación abuelo-nieto.

[2] El asunto de las embajadas es tratado por Nicéforo Brienio, el historiador, Miguel Ataliates, Juan Zonarás y Skylitzes.

[3] Acorde con los manuales bizantinos de táctica y estrategia, un ejército debía dividirse en tres partes iguales.

[4] Cuerpo de guardia conformado por extranjeros.

[5] Se trataba de un terreno recorrido por valles y barrancos, muy propicio para esconder soldados de la vista del enemigo. La fuerza emboscada podría caer alternativamente sobre el flanco o la retaguardia, en este caso, de Juan Brienio.

[6] Tanto los Enedroi como los Plagiofilakes son unidades que reciben su nombre en función del cometido que se les ha asignado para la batalla en ciernes: los Enedroi son soldados emboscados, los Plagiofilakes tropas que deben estar atentas a los movimientos del enemigo. Ocurre lo mismo con los Hyperkerastoi, que están a cargo de tareas de hostigamiento residuales de la batalla.

[7] “La Alexiada”, Libro I, V, 4.

[8] Ana Comneno nos cuenta, acerca de la talla de Nicéforo Brienio, lo siguiente: “Evolucionando en medio como un Ares o un gigante, Brienio, que superaba en un codo a partir de sus hombros a todos los demás, provocaba gran estupor y miedo a los que lo observaban” (“La Alexiada”, Libro I, V, 7.).

[9] Ana Comneno, “La Alexiada”, Libro I, VI, 1. Como lo atestigua la princesa bizantina, el ejército de los escolas terminó sucumbiendo y rindiéndose al fallar la emboscada inicial de los Enedroi.

[10] Ana Comneno, “La Alexiada”, Libro I, VI, 3.

[11] Ibid, Libro I, VI, 5.

[12] Ibid, Libro I, VI, 6.

[13] Çaka Bey o Çakabey, emir de Esmirna hacia finales del siglo XI.

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3 comentarios to “La batalla de Calavrytae (1078).”

  1. Hola Guilhem,
    Los gráficos de batallas, ¿los haces tú?, están muy bien,(si los haces tú), ¿en qué te basas?
    Un saludo,
    Ignacio

    • Guilhem said

      Hola Ignacio!!!! Aún te debo la respuesta a tu ultimo mail. Pero estoy perdido ahora mismo pues es epoca de sueldos y declaraciones juradas (Soy tambien Contador). Los mapas son todos míos y los trabajo con un programa estático para el tema… el Corel Draw. A mi me sirve :)
      Saludos y ya te escribiré.
      Guilhem

    • Guilhem said

      Los gráficos de batalla van también con el Corel :)

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