IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Mantzikert. El Contrasentido de su significación. Final.

Posted by Guilhem en septiembre 26, 2009

Mantzikert: el contrasentido de su significación. Cuarta Parte (final).

La guerra civil

Que la Historia de Bizancio, larga y tortuosa, estuvo plagada de episodios de flagrante traición o inquina no es motivo de sorpresa. Sin embargo, a juzgar por los hechos que tuvieron lugar en el campo sangriento de Mantzikert y después, en los pasillos palaciegos de la capital, no cabe duda de que la clase senatorial y burócrata cometió un acto de suprema torpeza, primero, al abandonar al emperador a su suerte en el fragor de la batalla y, segundo, al resolver su destitución. Por boca de Psellos sabemos que, a poco de hacerse cargo del trono, los Ducas, Miguel y Juan, empezaron a adoptar una serie de disposiciones con la intención de consolidar el nuevo gobierno, una de las cuales fue obviamente convocar al ex funcionario de Eudocia, a colaborar con el usurpador: “No obstante, el emperador, una vez a salvo, se preocupó de mí antes que de ningún otro y envió emisarios a que siguiesen mi rastro y me buscasen por todos los rincones del Palacio” (“Cronografía”, pág. 452).

Miguel Ataliates, más solidario en la tragedia y a diferencia de Psellos, aún trata de reivindicar el papel de Romano IV Diógenes, mencionando sus cualidades de guerrero osado y valiente y experto en el arte de la guerra. Está claro que en lo concerniente a Ataliates existe una postura mucho más crítica y reñida con la posición acomodaticia de muchos burócratas que se revela completamente equidistante a la asumida por el otro historiador contemporáneo, Miguel Psellos. Lo que es más, en las páginas 161.18 y 162.1, la “Historia” menciona un complot encabezado por el hijo de Juan Ducas, Andrónico, al afirmar que el comandante de la reserva esparció entre sus subordinados el rumor de que Romano había sido vencido para precipitar la derrota de los romeos. Al respecto de la liberación del basileo, el historiador escribe: “Los rumores de esta noticia me llegaron cuando estaba a poco de abordar una embarcación en Trapezunte (la actual Trabzon) (“Historia”, pág. 167.3.s). Y es que muchos de los evadidos de la batalla salieron disparados hacia el Norte, rumbo al litoral del Mar Negro, a los fines de llegar lo más pronto posible a Constantinopla, dónde tendría lugar el siguiente acto del drama.

Entretanto, Romano Diógenes seguía reclutando advenedizos en Amasea, con la esperanza de retener el poder merced a un enfrentamiento con el partido civil encabezado por la familia Ducas. Era obvio que una nueva guerra civil estaba en ciernes. Para entonces el grado de descalabro en las provincias orientales del Imperio había alcanzado tal magnitud, que los emisarios del derrocado basileo iban y venían apropiándose a voluntad de las recaudaciones de impuestos para sufragar la campaña contra los golpistas.

Gracias de nuevo tanto a Psellos como a Ataliates podemos reconstruir por un lado los movimientos del desposeído basileo desde su llegada a la ciudad de Amasea y, por el otro, la secuencia del accionar de sus enemigos civilistas. “Entonces el emperador confía el mando del ejército al más joven de los hijos del César -Juan Ducas- (se refiere a Constantino, el primo de Miguel)… Una vez que llegó cerca de la ciudad en la que Diógenes se había establecido, al principio contuvo al ejército, pero luego empezó a lanzar constantemente proyectiles, a simular ataques y a intentar por todos los medios o tomar la ciudad o forzarle a una salida” (“Cronografía”, pág. 453). “Decidido a enviar tropas contra Diógenes, comisionó a Constantino, uno de los hijos del César Juan, estratego autócrator de los soldados, y le despachó junto con éste para enfrentar a su rival” (“Historia”, pág. 169.20 y 170.1). Miguel Ataliates sindica al César Juan como artífice de dicha decisión, en tanto que Miguel Psellos alude al mismísimo emperador. Ya sea que fuese uno o el otro, o ambos a la vez, lo cierto es que en un momento dado el cerco alrededor de Amasea se tornó tan asfixiante, que por fin Romano IV resolvió salir de su guarida y presentar batalla. Psellos se refiere a los combates con lujo de detalles, les define como muy encarnizados y exalta el valor del general Constantino, quien en un acto de arrojo consiguió perforar las líneas de Romano y separarlas. “A partir de ese momento, parte de nuestros adversarios cayó luchando en combate, parte fue hecha prisionera y solo unos pocos huyeron, el primero Romano Diógenes, que espoleó a su caballo todo cuanto pudo. Esta primer victoria fue el primer episodio que nos infundió ánimos” (“Cronografía”, pág. 454). Psellos a estas alturas ya se refiere a Romano y sus seguidores como “nuestros adversarios”. Por su parte, Miguel Ataliates nos cuenta que en la batalla uno de los vencidos caído en desgracia fue el general de Romano y ex estratego del thema de Capadocia, Teodoro Alyattes: “Habiendo derrotado a las tropas de Diógenes, comandadas por Teodoro Alyattes, que fue capturado y cegado, Constantino Ducas regresó a Constantinopla mientras su ejército era licenciado a causa del invierno” (“Historia”, pág. 172.19-22).

Entretanto, Romano Diógenes había emprendido la huída con algunos de sus más leales sirvientes y en una fortaleza de Capadocia, Tyropoion, encontró finalmente refugio. Allí fue a rescatarle un oscuro personaje que él, antaño, había designado gobernador de Antioquía y del que Psellos dice que tuvo la habilidad de mantener en secreto su animadversión hacia el bando civilista: el armenio Catatures.

Cilicia, nuevo teatro operacional.

Aunque la misión encomendada por Miguel Ducas había sido cercar y capturar a Romano en la fortaleza de Tyropoion, Catatures bien pronto se libró de sus órdenes privilegiando su gratitud para con su otrora benefactor (Ataliates, “Historia”, pág. 172.1-8). La deserción del funcionario armenio es recogida también en la Skylitzes Continuatos, según la cual Constantino Ducas había solicitado sin resultados la alianza del duque de Antioquia.

Lo que siguió después fue la reorganización de las fuerzas de Romano en los valles y las llanuras de Cilicia, adónde Catatures condujo sano y salvo al basileo desposeído. En tal reorganización el gobernador de Antioquia jugó un papel preponderante suministrando hombres y pertrechos a la causa de Romano. Así, pues, mientras las fuerzas de Miguel Ducas se disgregaban licenciadas por motivos meramente climáticos, Catatures y Romano se entregaron a la tarea de planificar la restauración del orden imperante previo a la batalla de Mantzikert, perdiendo una valiosa oportunidad de sorprender a sus rivales en pleno desbande. Entretanto, no muy lejos de allí, los turcos empezaban a preguntarse sobre los motivos del incumplimiento de las cláusulas firmadas tras la gran victoria de agosto de 1071. La reciente catástrofe de los romanos en las adyacencias del lago van estaba a punto de convertirse en tragedia para el Imperio.

Es aquí cuando Miguel Psellos vuelve a lavar la conciencia del partido civilista con otro oportuno golpe de pluma. En sus propias palabras, Miguel Ducas convocó a su consejo para evaluar los pasos a seguir, surgiendo en el seno de las deliberaciones dos posturas nada conciliatorias entre sí: una que sostenía la necesidad de entablar negociaciones con el basileo depuesto y circunstancialmente resignarle prebendas (léase autoridad o tierras) y la otra, que bregaba literalmente por la eliminación de Romano y sus secuaces. La preeminencia lograda por los partidarios de la paz y que Psellos recoge en su obra con las siguientes palabras resulta hoy tan cínica como cuestionable: “Las primeras medidas que se tomaron fueron por la paz. El emperador envió una esquela solidaria y clemente, pero Romano…insistió en sus reclamaciones y ni renunció al imperio ni se conformó con pedir una modesta participación en el poder, sino que se mostró arrogante en sus respuestas, aunque quizá en sus propósitos no lo era tanto” (“Cronografía”, pág. 455). Y más adelante, casi sin inmutarse, vuelve a la carga con lo mismo: “Yo lo vi muchas veces llorar por Romano (se refiere al emperador Miguel Ducas) y querer comprar su inmunidad a costa, inclusive, de su propio riesgo. Estaba en efecto unido a este hombre por amistad, tal como decía, y por ciertos pactos que tenía miedo de contravenir”. La descarada pretensión de mostrar a Miguel Ducas y a los civilistas como dueños de la verdad y del derecho, deslizada con premeditación por Psellos en su obra, no parece más que un ardid por limpiar de culpa y cargo a aquéllos de los hechos que sobrevendrían en los años siguientes. John Julius Norwich se da cuenta de ello al evidenciar la miopía de los burócratas con la siguiente sentencia: “Sin embargo, la tragedia real no estribó en la batalla misma sino en su epílogo. Si le hubieran permitido a Romano conservar su trono, habría respetado el tratado que había alcanzado con Alp Arslan, quien habría reanudado su expedición contra el Egipto fatimita” -y por ende, dejado en paz a los bizantinos- (“Breve Historia de Bizancio”, pág. 238).

No queda margen para la especulación por que lo que sucedió después, en definitiva, terminó fagocitándose a casi todos los protagonistas con una velocidad vertiginosa. En Constantinopla, Miguel Ducas volvió a costear un nuevo ejército que puso bajo las órdenes de su primo, Andrónico Ducas, el mismo sobre quién se decía, había traicionado a Romano en el fragor del combate, durante Mantzikert. Para cumplir con su cometido, Andrónico se había propuesto dos objetivos: primero, desarticular la red de suministros logísticos y financieros de Romano y su aliado Catatures y, segundo, irrumpir en las llanuras cilicias de improviso, para tomar por sorpresa a sus adversarios. Le acompañaba en esta campaña el normando Roberto Crispino, un antiguo rival de Romano Diógenes y del Imperio, y que ahora se iba a revelar como un elemento de capital importancia para las aspiraciones del bando civilista.

El final de Romano Diógenes.

Tal como lo había planificado, el hijo mayor del César Juan arribó con sus tropas a través de la ruta de Kleisoura de Podandus, por el norte de las Puertas Cilicias. Fue una difícil travesía por riscos escarpados y traicioneros precipicios que, no obstante, le permitió ubicarse a espaldas de Romano, a la sazón, acuartelado en la ciudad de Adana. Gracias a Miguel Psellos sabemos que la reacción de Romano no se hizo esperar; mientras el basileo se atrincheraba dentro de la gran ciudad cilicia, un gran ejército “integrado en su gran mayoría por hombres de espíritu intrépido y de cuerpo vigoroso” fue despachado bajo las órdenes de Catatures el armenio para batirse con Andrónico Ducas. En el enfrentamiento que tuvo lugar acto seguido, la participación del normando Roberto Crispino resultó decisiva; el comandante mercenario se jugó la jornada en una arremetida de caballería que acabó por dividir en dos a las fuerzas enemigas y las puso en fuga. La victoria se redondeó con la captura de Catatures el armenio y de su plana mayor, a la que Miguel Psellos se refiere de un modo muy particular en su obra: “Éste, al huir, se había caído del caballo sobre un foso y, según decía, ocultado luego debajo de unos arbustos. Cuando uno de los perseguidores lo descubrió, se abalanzó sobre él para matarlo. Pero como lo vio llorar, le quitó el vestido y se fue dejándolo desnudo bajo los arbustos. Luego otro, al verlo desnudo, se lanzó a su vez sobre él para matarlo, pero él le dijo: si me perdonaras la vida y me condujeras ante este general, -y le indicó su nombre-, te colmará de regalos la mano derecha” (“Cronografía”, pág. 457).

La derrota de su lugarteniente y principal sustento no dejó muchas opciones a Romano, que pronto fue sitiado en Adana por las fuerzas victoriosas de Andrónico Ducas. O se avenía a negociar o resistía hasta el final en ese remoto punto del imperio, esperando tan solo a que un milagro le liberase de las manos de sus tenaces perseguidores. Y ese milagro radicaba nada menos que en la buena voluntad de sus antiguos vencedores, los turcos selyúcidas, llamados persas por Psellos, y que debían acercarse para ayudarle. Sin embargo otra vez medió la traición como antes lo había hecho en los previos de la batalla de Mantzikert: aquéllos en los que Romano todavía confiaba acabaron por entregarle a sus enemigos una vez que se hubieron asegurado un salvoconducto.

El castillo de Vahka, en Cilicia.

Así, pues, las puertas de Adana fueron abiertas desde dentro y en su interior los sitiadores se encontraron con un hombre desolado que caminaba nerviosamente sin saber qué hacer ni qué decir. Lo que sucedió luego es descrito prácticamente con las mismas palabras tanto por Psellos como por Ataliates, Zonaras y Skylitzes: el desgraciado basileo fue compelido a la renuncia de sus derechos al trono y a la tonsura como condición para salvar su vida. Por fin, encadenado, fue conducido de regreso a Constantinopla.

No bien Romano hubo aceptado su derrota se hizo patente que el bando civilista no cumpliría con las promesas hechas en Adana al vencido. La suma de todos los miedos, para desgracia del desventurado basileo, lamentablemente tomó cada día que la tropa tardó en cubrir la distancia existente entre Adana, en Cilicia, y Cotyaeum, a orillas del Tembris, y que el cautivo debió soportar con estoicismo a lomo de una mula. En este último poblado Romano fue cegado por sus captores (que le reventaron los ojos), pese a la intercesión del obispo de Calcedonia (29 de junio de 1072). Desde Cotyaeum el trayecto final hasta Constantinopla es narrado por Juan Skylitzes con las siguientes palabras: “Transportado sobre una bestia de carga barata como un cadáver en descomposición, con los ojos arrancados y el rostro y la cabeza cubiertos de gusanos, vivió unos cuantos días presa del dolor y rodeado de hedor, hasta que entregó el espíritu, siendo enterrado en la isla de Proti –la más septentrional de las islas de los Príncipes, en el Mar de Mármara-, donde había erigido un monasterio” (4 de agosto de 1072). Compadeciéndose de la desgraciada suerte corrida por su antiguo compañero de armas, Miguel Ataliates, por su parte, le da un adecuado trasfondo bíblico a los últimos días de Romano: “Tal como Job, dio a todos un extraordinario ejemplo de valor. Aún viéndose sometido a tan arduas pruebas, se erigió como un modelo de valentía para todos y, a pesar de sus incomparables desgracias, no dejó escapar ni un grito de injuria o de cobardía” (“Historia”, pág. 179.15). Habría que añadir en este punto un comentario cargado de agudeza y brillantemente irónico, imperdible en cualquier caso, que hace John Julius Norwich refiriéndose a Miguel Psellos: “Unos días antes de su muerte en el verano de 1072, Romano recibió una carta de su antiguo enemigo Psellos, en la cual le felicitaba por su buena fortuna al haber perdido los ojos, signo seguro de que el Todopoderoso le había encontrado merecedor de una luz superior. Cuando yacía en su agonía final, este pensamiento debe de haberle reconfortado mucho” (“Breve Historia de Bizancio”, pág. 238).

No se sabe a ciencia cierta quién mando a cegar a Romano IV Diógenes, contraviniendo todas las garantías dadas al desventurado reo en la ciudad cilicia de Adana. Miguel Psellos se apresura a exonerar de culpa y cargo a Miguel Ducas cargando directamente contra su entorno, algo que también proclama Juan Zonaras. Este último va mas lejos aún y, al igual que Brienio y Ataliates, apunta su dedo acusador hacia la figura del César Juan Ducas.

De cuando Mantzikert se transformó verdaderamente en desastre.

Si la miopía del clan Ducas fue la regla, la práctica de misericordia no fue ni siquiera la excepción entre sus miembros. Así, mientras el verdugo conducía por los campos solariegos de Cotyaeum a un desconsolado Romano rumbo a los hierros candentes que habrían de fundirle órbitas y párpados en una guiñapo de carne ahumada, en Constantinopla nadie atinaba a adivinar el sombrío panorama que la destitución de Diógenes iba a acarrear sobre el Imperio y más precisamente, sobre sus provincias orientales.

Que Miguel VII Ducas se viera rápidamente libre de la acechanza de su antecesor no significó que el camino quedase allanado para un ejercicio pleno y placentero del gobierno por parte del bando de los burócratas y senadores. Bien pronto, el hijo de Constantino X debió vérselas con otros candidatos que como él, apelaban a las mismas excusas de siempre para justificar su comportamiento golpista. Aunque algunos, tal cual veremos a continuación, llegaron al colmo de los colmos, como el desertor normando Roussel de Bailleul.

Al descalabro de la autoridad imperial que tuvo lugar en Anatolia tras Mantzikert y luego del breve interregno de guerra civil, siguió un período de franca efervescencia caracterizado por las revueltas y el descontrol. En el Este, los selyúcidas y las tribus turcomanas que usualmente les seguían a regular distancia, empezaron a comprender el real estado de cosas imperante allí donde antes habían proliferado los estratiotas bizantinos.  Aunque Alp Arslan había fallecido en 1072, los invasores hallaron en la figura de uno de sus primos, Suleiman ibn Kutulmish, a la persona que habría de liderarlos en la conquista de los antiguos themas orientales. Pero además de Suleiman había entre los recién llegados otros príncipes menores con ambiciones que no lo eran tanto: Danishmend, Chaka y Menguchek. Con tantos postulantes dispuestos a quedarse con los territorios de Asia Menor, a Miguel VII no le quedó otra alternativa que llamar en su ayuda al poco confiable general Roussel de Bailleul. Y como antes sucediera en Mantzikert con Romano, ahora tendría lugar una nueva y flagrante traición por parte del experimentado normando.

Con el refuerzo de un pequeño contingente bizantino liderado por los hermanos Isaac y Alejo Comneno, Roussel se internó en Capadocia tan solo para declarar allí su independencia y revelar sus verdaderas intenciones, que no eran otras que las de crear un principado al estilo del de sus primos italianos. Corría entonces el año 1073 y no habían pasado más que un puñado de meses desde la muerte de Romano IV, cuando Miguel VII se dio cuenta de que su única oportunidad para neutralizar al general sedicioso dependía de que los invasores turcos le prestaran ayuda militar. Fue un error de cálculo gravísimo por parte de la corte de Constantinopla, pensar que el normando era un enemigo mucho más formidable que el selyúcida y turcomano. Una equivocación que pondría literalmente en manos de las principales dignidades de este pueblo recién llegado a todas las ciudades ubicadas al otro lado del Mar Egeo en un brevísimo lapso de tiempo comprendido entre 1074 y 1081. Es en este punto dónde las palabras de John Julius Norwich vuelven a cobrar singular crudeza e inusitada razón: ya las hemos esbozado antes: “Sin embargo, la tragedia real no estribó en la batalla misma sino en su epílogo. Si le hubieran permitido a Romano conservar su trono, habría respetado el tratado que había alcanzado con Alp Arslan, quien habría reanudado su expedición contra el Egipto fatimita” -y por ende, dejado en paz a los bizantinos- (“Breve Historia de Bizancio”, pág. 238). Solo era cuestión de tiempo para que semejante sucesión de desaciertos y errores se hiciera patente a través de una nueva regresión en los límites territoriales del Imperio.

El corolario de Mantzikert.

Las consecuencias del grave desastre sufrido por los romeos en las adyacencias del lago Van están tan entrelazadas entre sí que es imposible referirse a una de ellas sin mencionar a las demás. Inmediatamente la noticia del desenlace de la batalla se esparció por Asia Menor y llegó a Constantinopla bajo la forma de rumores en muchos casos contradictorios, que paralizaron primero a la corte aunque muy pronto la opción del derrocamiento pareció llevar todo a su cauce normal. Luego, a medida que las noticias empezaron a ser más claras con la llegada del primer grupo de evadidos, se comprendió en el palacio imperial que una guerra civil empezaba a tomar cuerpo en el horizonte ya que, tal como se decía, los turcos habían liberado a Romano a cambio de una serie de prerrogativas territoriales y monetarias. Que las nuevas autoridades bizantinas se atragantaran únicamente con la primera parte de dicho estamento viene a convalidar la poca clarividencia de los Ducas en el campo de la política exterior. De haberse respetado los derechos de Diógenes, las costas de la batalla quizá no habrían resultado tan altas para el Imperio. Y una sucesión garantizada con buenos candidatos al trono hasta habría finalmente neutralizado los efectos negativos del enfrentamiento. Pero nada aconteció así.

Por lo pronto, la guerra fratricida desatada entre los romeos tras la liberación de Romano IV Diógenes vino a convalidar lo que en los hechos estaba sucediendo al otro extremo del Imperio: los nómadas turcos que habían ingresado al Imperio en cuenta gotas antes de Mantzikert, ahora no hallaban obstáculos en reclamar pasturas en el mismísimo corazón de Capadocia. Y es que el tratado firmado entre el depuesto basileo y Alp Arslan era para finales de agosto de 1072 tan solo papel mojado. Lo que es más, cuando Miguel Ducas se apresuró a conjurar el peligro que suponía Roussel de Bailleul llamando en su ayuda a Suleiman ibn Kutulmish, una de las condiciones que se apresuró a ofrecer a los turcos fue la cesión formal de todos los territorios ya ocupados por éstos.

Con el paso del tiempo, a la vez que las dotes de administrador efectivo y soldado eficaz nunca tomaban forma bajo la silueta de Miguel VII, la situación en Asia comenzó a tornarse desesperada. Las comunicaciones entre las grandes ciudades estaban cortadas y la autoridad imperial solo se remitía allí donde había una guarnición numerosa para garantizar la gobernabilidad de una gran ciudad. Fue ni más ni menos lo que acontecía en Antioquia, donde gobernaba el general Isaac Comneno y en un puñado de urbes tales como Trebizonda, Nicea, Sínope y Esmirna. Entretanto, en las tierras del interior de la península ya no quedaban trazas de la autoridad del basileo. Como tampoco había ya un ejército regularmente constituido para frenar la oleada de selyúcidas y turcomanos que a diario se infiltraba en los antiguos themas orientales.

Al cabo, los urgidos funcionarios de Anatolia comprendieron que su supervivencia no dependía tanto de otros sino de ellos mismos. El primero en rebelarse contra el gobierno central fue Nicéforo Botaniates, al decir de Steven Runciman, motivado en parte por ambición personal y en parte por legítima desesperación ante la incapacidad de Miguel VII. En su camino hacia Constantinopla, el estrategos del thema de Anatolikon debió apelar a una mesnada de turcos, parte de los cuales fue dejando en calidad de guarnición allí por donde pasaba, para asegurar su autoridad. Fue el epílogo de Mantzikert y el principio del fin para la dominación bizantina en grandes extensiones (en realidad casi la totalidad) del Asia Menor.

Diez años después de aquel fatídico día.

Corre agosto del año 1081. Diez años han pasado desde Mantzikert. En Constantinopla Miguel Ducas hace casi tres que ha dejado de ser emperador; muy por el contrario, ahora se encuentra abocado a tareas monásticas y por méritos propios ha llegado a ocupar el cargo más alto en una sede archiepiscopal. El general golpista que le reemplazó, Nicéforo Botaniates también es a la sazón una traza apenas perceptible de un recuerdo borroso. Habiéndose enemistado con sus aliados de la aristocracia militar, la familia Comneno, no tardó en seguir el camino de Miguel hacia el ostracismo. El emperador es ahora Alejo I Comneno, un experimentado soldado que en los años anteriores se había batido valerosamente contra todos los postulantes al trono imperial, ostentando siempre una virtud extraña para la mayoría de sus contemporáneos: la lealtad. Alejo hace apenas cuatro meses que está en el poder; tiene menos de 30 años pero a través de sus venas exuda una voluntad inquebrantable por ayudar a su patria a sobreponerse del colapso acontecido aquél fatídico día de agosto de 1071.

En las tierras europeas del Imperio todo es un caos. Los normandos de Roberto Guiscardo, el señor de toda Italia meridional, luego de conquistar la isla de Corfú, han puesto sitio al importante enclave de Durazzo o Dirraquio, en la costa de Epiro. Más al Norte, entretanto, se espera una inminente invasión por parte de los pueblos de las estepas, los pechenegos. La situación es en extremo complicada, pero al menos los territorios aún responden a las órdenes de Constantinopla. Al otro lado del mar Egeo, en cambio, el cuadro es diametralmente opuesto al que subyace en el Oeste. En Antioquia, aunque respondiendo aún a los designios del emperador, un armenio de nombre Filareto ha sucedido en el cargo al asesinado Isaac Comneno. Bajo la férula de su autoridad se encuentra un vasto territorio que se extiende desde Tarso, en la llanura cilicia, hasta más allá de los campos del Eufrates y comprende, amén de su capital, las importantes ciudades de Edesa, Mamistra y Anazarbo. Aunque los invasores turcos le hacen la vida imposible, el funcionario armenio se las ha arreglado muy bien para mantener cristiana a la gran ciudad siria. Hay otros armenios enseñoreándose de las comarcas adyacentes a sus tierras. Por ejemplo están Oshin y Roupen en las colinas al noroeste de Cilicia y otros más que, habiendo sido antiguos funcionarios bizantinos, conservan sus puestos en regiones tan distantes como Melitene.

Sin embargo, el caos de la otrora unificada Anatolia se puede apreciar con más nitidez un poco más hacia el corazón de la península, donde los selyúcidas han impuesto su autoridad y donde los turcomanos han llevado sus rebaños. En las proximidades del litoral egeo, el emir Chaka se ha hecho fuerte en su capital de Esmirna y ha conquistado numerosos poblados cercanos como Éfeso, Fócea y Magnesia. No muy lejos de allí, el sultán Suleiman ibn Kutulmish ha establecido su residencia en la gran ciudad de Nicea, desde donde gobierna sobre un vasto territorio comprendido entre Bitinia y Siria. No obstante su soberanía no es uniforme a lo largo de toda esa extensión pues de manera intercalada se suceden algunos poderes independientes: Danishmend, que gobierna en Sebastea, Cesárea y Amasea, y Menguchek que lo hace en Colonea y Erzindjan son los más importantes. “Los jefes turcos habían establecido una especie de tranquilidad en torno a sus ciudades principales; pero el campo era víctima de las correrías de las hordas nómadas de turcomanos, mientras la confusión aumentaba por la presencia de refugiados griegos y armenios. Gran número de cristianos fue adoptando el Islam y quedó gradualmente absorbido por la raza turca… Pero la población griega, en su mayoría, se abrió camino, lo mejor que pudo, hacia las costas del mar Negro y el Egeo” (Steven Runciman, “Historia de las Cruzadas”, Vol. I, pág. 81). Este fue en definitiva el legado de Mantzikert. ¿Pero fue Mantzikert la causa o meramente una consecuencia, al igual que todo lo anterior?

El imperio selyúcida (Siglos XI y XII)

Conclusión.

A la distancia y luego de todas las consideraciones hechas, no parece descabellado afirmar que Mantzikert más que causa de la debacle bizantina fue una consecuencia, otra más, al igual que la debacle misma, de un proceso que se había iniciado muchos años antes. Tal vez habría que remontarse hasta la muerte de Basilio II el Bulgaróctono (1025) para empezar a recopilar pequeños detalles que, conformando al cabo un mosaico, podrían sindicarse como la clave para entender el colapso que tuvo lugar al promediar la segunda mitad  del siglo XI. La decadencia del sistema de soldados estratiotas, el encumbramiento de los terratenientes en Asia Menor, la falta de un candidato al trono con las mismas cualidades del Bulgaróctono, la irrupción en el poder del partido civilista, los recortes en el presupuesto militar que sobrevinieron poco después, la anexión de los estados armenios que servían como tapón o dique de contención en el Este (y en la que tuvo que ver Basilio II), el incremento de la presencia de mercenarios entre las fuerzas imperiales, todo, ayudó a desencadenar la tragedia aquel terrible día de agosto de 1071. En otras palabras, Mantzikert fue el corolario de una serie de gruesos desaciertos y al mismo tiempo constituyó el resultado de una secuencia de errores tácticos cometidos en el campo de batalla por Romano IV Diógenes. A estas alturas, la traición de Andrónico Ducas es solo una anécdota que, no obstante, no deja de convalidar el grado de animadversión existente entre los dos partidos que se disputaban el Imperio, en vísperas de la crucial batalla.

Que los turcos selyúcidas y las hordas de turcomanos que les seguían hayan sido la mano visible que precipitó los hechos con la ocupación de gran parte de Asia Menor no debería ser motivo de aprensión si se considera como los bizantinos actuaron para con el desafortunado Romano IV. Sin mencionar la manera en que luego desperdiciaron sus recursos en una cruenta guerra civil que terminó vergonzosamente con la muerte de aquél. Otro tal vez habría sido el desenlace si se hubiese aceptado el retorno de Romano a Constantinopla con el subsiguiente cumplimiento de los tratados firmados con Alp Arslan. Hablar luego de la sucesión de Romano en beneficio de otro candidato de la estatura de Nicéforo II Focas, Juan I Zimisces o del mismísimo Basilio II Bulgaróctono permite obviamente soñar con una restauración a la usanza de los macedonios. Pero todo ello solo es motivo para la especulación.

Como conclusión final se puede decir que en el campo sangriento de Mantzikert los bizantinos se jugaron el destino de su Imperio. Los hechos, sin embargo, pusieron en evidencia que fueron muy pocos los que realmente se dieron cuenta de ello al momento de empuñar las armas y levantar los escudos. Un motivo más para reivindicar y rescatar del oprobio la actitud de Romano IV Diógenes, aunque Miguel Psellos se empecine en demostrar los beneficios de la nueva era Ducas con bonitos golpes de pluma.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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Abbas Hamdani, A Possible Fatimid Background to the battle of Manzikert, Mihvaukee, versión digital.

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