IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Mantzikert: el contrasentido de su significación. III.

Posted by Guilhem en noviembre 2, 2007

Mantzikert: el contrasentido de su significación. Tercera Parte.

En presencia del sultán.

“Entonces, mientras el emperador de los romanos es conducido hacia el campo enemigo como un prisionero de guerra, nuestro ejército se dispersa. Sólo una pequeña parte escapó, mientras que la mayoría, o bien fueron hechos prisioneros, o bien cayeron bajo las espadas rivales” (Miguel Psellos, “Cronografía”, pág. 448).

En el campo sangriento de Mantzikert Bizancio perdió todo excepto su honor, el que únicamente fue salvado gracias al arrojo y a la valentía de Romano. Pero nada más. Enardecidos por la estupenda victoria y arengados por los imanes, los turcos se dispersaron por la comarca persiguiendo la larga estela de fugitivos que tomaba el sendero de Melitene. Entretanto, el basileo y algunos de sus oficiales eran conducidos al campamento de Alp Arslan para ser presentados en tanto que curiosas e inesperadas preseas ante el sultán. Miguel Ataliates da cuenta en su “Historia” que el sultán, reacio aún a tomar por cierto el rumor de la cautividad del emperador quiso estar seguro de la verdadera identidad de su prisionero, la que finalmente pudo ser confirmada por los embajadores que dos días antes habían visitado el campamento cristiano para solicitar una tregua. Entonces, saltando a los pies de Romano, el potentado musulmán se apresuró a calmarle diciéndole que no debía temer por su vida y asegurándole que sería tratado con todos los honores, acorde a lo que dictaba su rango. La “Skylitzes Continuatos” refiere, en cambio, una versión diferente respecto al proceso de identificación del prisionero. Según dicha fuente fue otro cautivo, Nicéforo Basilacio, quien tuvo a su cargo la indigna tarea de reconocer a su señor ante la algarabía de los presentes, aunque también menciona el episodio de los embajadores turcos tal cual lo hace Ataliates en su “Historia”. Con todo, Romano tuvo aún su momento de gloria personal cuando, interpelado por el sultán en persona acerca de cuál habría sido su reacción de haber salido airoso en la batalla, el basileo respondió orgulloso que le hubiese matado en el fragor de la lucha.

Una vez que se hubieron calmado los ánimos y luego de que la euforia inicial diera paso a la cordura, Alp Arslan invitó a Romano a su tienda para iniciar las negociaciones. No estaba en los planes del sultán explotar su gran triunfo ya que tenía la intención de partir cuanto antes hacia el Sur, dónde le aguardaban las riquezas de Egipto. Fue tal vez por ese motivo que las conversaciones de paz se realizaron en un ambiente cordial y distendido.

Balance de la batalla. Una consideración acerca del número de bajas.

Mantzikert fue sin lugar a dudas uno de las victorias más espectaculares obtenidas por las armas del Islam frente a Bizancio, y, excluyendo a Yarmuk y a la batalla por Constantinopla (mayo de 1453), podríamos aseverar también que se trató de uno de los triunfos más decisivos. ¿Qué errores cometieron los romanos para sufrir tan espantoso descalabro a manos de un ejército que en los papeles no parecía superior ni cuantitativa ni cualitativamente? ¿Cuáles fueron las fallas que condujeron a Romano hacia el umbral de una catástrofe que pudo ser evitada? ¿Hasta qué punto los turcos selyúcidas fueron artífices de la victoria y cuánto tuvieron que ver en ella las traiciones y defecciones acaecidas en el bando imperial? ¿En qué punto de la campaña sintieron los bizantinos que Mantzikert empezaba a transformarse en una espina clavada en la carne? ¿Cómo o de qué manera Romano podría haber neutralizado la medialuna envolvente propuesta por el enemigo en el campo de batalla? ¿Estuvo el basileo a la altura de las circunstancias en la elección de los mandos militares? ¿Cuáles fueron las razones que le llevaron a elegir a Andrónico Ducas para comandar la reserva mientras dejaba en Constantinopla a un militar de mayor experiencia como era Nicéforo Botaniates? ¿Porqué uno de los enemigos declarados de Romano, Miguel Psellos, permaneció en la capital imperial cuando habría sido aconsejable llevarle a Oriente tal como había sucedido en las dos campañas previas? ¿Tanto era el optimismo del basileo que ni siquiera se adoptaron medidas para prevenir un golpe de estado en Constantinopla? ¿Si Romano era la auténtica expresión de triunfo del partido militar frente a la aristocracia civil a la vez que garantía de continuidad, entonces cómo se explica que los burócratas recuperaran el control durante la ausencia y posterior cautividad del emperador? Todos estos interrogantes y aquéllos que pudieran ir surgiendo a partir de un estudio más detallado explican en cierta forma la trascendencia asignada a Mantzikert por uno y otro bando. Nos limitaremos en esta sección a una consideración primaria: las pérdidas humanas.

En un análisis de las consecuencias inmediatas de la batalla no se debe pasar por alto el número de bajas sufridas por el ejército imperial si se desea determinar hasta qué punto la derrota afectó la capacidad de reacción de los bizantinos. Con este propósito se hace imperioso establecer como presunción que el contingente que abandonó Teodosiópolis hacia mediados de julio estaba compuesto por aproximadamente sesenta mil hombres, de los cuales poco más de la mitad eran en realidad soldados; el resto, como ya se ha señalado oportunamente, era una mezcolanza de criados, sirvientes y advenedizos dedicados a tareas de soporte de la fuerza de choque: acarreadores, armadores, cocineros, mozos de cuadra, palafreneros, bruñidores, ingenieros, armeros y artilleros. Aclarada esta cuestión, habría que determinar después cómo el número de evadidos afectó la magnitud del ejército imperial desde la salida de Teodosiópolis hasta el desenlace mismo de la batalla. En primer lugar y si hacemos caso de las fuentes, Romano dispuso la separación de su hueste antes de forzar la captura del castillo de Mantzikert; la mitad de sus hombres de armas, asistidos por un porcentaje similar de no combatientes partieron bajo las órdenes de Roussel de Bailleul y José Tarchaniotes con la misión de tomar Ahlat y fortificar sus accesos. Ninguno de ellos retornó para el enfrentamiento decisivo, de modo que hacia el 15 de agosto las tropas griegas acantonadas en el campamento de Mantzikert no superaban las treinta o cuarenta mil almas en el mejor de los casos (incluyendo a los no combatientes).

Por otra parte, en el lapso de tiempo que va desde el 15 al 19 de agosto, las patrullas de forrajeadores despachadas por Romano sufrieron numerosas bajas en cada una de las emboscadas que les tendió el habilidoso Soundaq. Inclusive el contingente destinado por el emperador para conjurar de manera definitiva dicho problema fue vencido y uno de sus comandantes, Nicéforo Basilacio, hecho prisionero. Todo lo cual necesariamente redujo la masa de efectivos disponibles en un par de miles. Con tantas defecciones es muy probable que, al momento de sonar los címbalos y timbales, el ejército imperial apenas superase en número a su adversario. Pero tampoco se puede ser tan categórico al respecto, tanto más por cuanto la noche anterior a la batalla, los aliados cumanos de Tames se pasaron como un solo hombre al enemigo. Veinticinco mil griegos (en total) y treinta mil turcos (contabilizando a los traidores cumanos y a unos cuantos pechenegos y uzos) parecen ser las cifras más realistas de los bandos que intercambiaron golpes en la planicie de Mantzikert.
Así, pues, el número de bajas debe ser estimado a partir de una fuerza sustancialmente inferior a aquélla reclutada originalmente, lo que dicho de otra manera significa que treinta mil hombres ya habían defeccionado y se hallaban de camino a Constantinopla, sanos y salvos. Luego habría que considerar lo sucedido en el campo de batalla: cómo en determinado momento la reserva (cinco mil o seis mil hombres) se evadió tras la figura de Andrónico Ducas y cómo dicha visión puso fin a la resistencia de las alas (cinco mil soldados cada una) empujando a sus integrantes a una alocada huída. Si estimamos que el centro fue el único segmento que luchó hasta el final (junto con Alyattes en el ala derecha) entonces se hace evidente que el grueso de las bajas se produjo durante la luz crepuscular, cuando Romano intentaba salvar la jornada volviendo a formar a sus hombres de espaldas al campamento imperial. ¿Diez o a lo sumo quince mil bajas? De seguro no más. Lo que nos lleva nuevamente a poner en tela de juicio las aseveraciones de Psellos: “Entonces, mientras el emperador de los romanos es conducido hacia el campo enemigo como un prisionero de guerra, nuestro ejército se dispersa. Sólo una pequeña parte escapó, mientras que la mayoría, o bien fueron hechos prisioneros, o bien cayeron bajo las espadas rivales” (Miguel Psellos, “Cronografía”, pág. 448). Tal cual parece, al minimizar la cuestión de los evadidos, Psellos pretende por un lado hacer recaer sobre Romano todas las culpas de la tragedia y por el otro, levantar una cortina de humo tras los indignos pasos de Andrónico Ducas.

Mantzikert itinerario v004

Mantzikert: el itinerario seguido por Romano IV.

El precio de la liberación.

Si se asume que la fuerza original reclutada por Romano alcanzaba las sesenta mil almas y que el número de bajas al término de la batalla rondó las diez mil, entonces habría que concluir que Bizancio perdió una sexta parte de su armada. ¿Por qué entonces Mantzikert marcó para siempre la impronta imperial a partir de “aquél terrible día”? ¿Cuánto tuvieron que ver en ello las condiciones exigidas por Alp Arslan como contrapartida para la liberación de su valioso prisionero?

A decir verdad las condiciones impuestas por el sultán durante las negociaciones que tuvieron lugar mientras duró la cautividad de Romano fueron por demás benignas. “La catástrofe de Manzicerta pareció leve en un principio teniendo en cuenta sus consecuencias: el basileo firmó con Alp Arslan un tratado por el que se comprometía a pagar un rescate y a devolver los prisioneros turcos, al tiempo que contraía la obligación de proporcionar en el futuro un contingente militar para el ejército de los vencedores. Sin embargo, el imperio quedó libre de pérdidas territoriales” (Franz Georg Maier, “Bizancio”, págs. 228 y 229). Claude Cahen en “El Islam” (I. Desde los orígenes hasta el comienzo del Imperio otomano), pág. 278, es un poco más general aunque no menos preciso: “El vencedor, Alp Arslan, no aspiraba a la conquista de Asia Menor, donde por falta de cuadros musulmanes corría el peligro de no mantener el dominio sobre sus indisciplinados turcomanos; deseoso de emprender la conquista de Egipto y no creyendo por ahora en una posible destrucción del eterno Imperio romano, deseaba una reconciliación entre los dos Imperios”. Steven Runciman, por su parte, se refiere al tema con las siguientes palabras: “Los turcos sacaron poco provecho inmediato de su victoria. Alp Arslan había conseguido su objetivo. Su flanco estaba ahora seguro, y había alejado el peligro de una alianza bizantino-fatimita. Todo lo que exigió del emperador cautivo fue la evacuación de Armenia y un fuerte rescate por su persona. Después partió para la campaña de Transoxiana, donde murió en 1072. Tampoco su hijo y sucesor, Malik Sha, cuyo imperio se extendía desde el Mediterráneo hasta los límites de China, emprendería la invasión de Asia Menor” (“Historia de las Cruzadas”, tomo I, págs. 74 y 75). Algo muy parecido señala Georg Ostrogorsky en su “Historia del Estado Bizantino”, pág. 337: “Estando cautivo, Romano Diógenes firmó un tratado con los selyúcidas que, a cambio de la promesa de pago de tributos, de un rescate por su persona y de la obligación de proporcionar tropas auxiliares, le devolvía la libertad”.

Sin ánimo de ser reiterativo, sigamos viendo lo que escriben otros autores al respecto, por ejemplo, Johannes Lehmann: “Cuando el emperador Romano fue liberado, poco días después, las condiciones impuestas por los selyúcidas parecieron bastante moderadas: el emperador debía pagar un cuantioso rescate, evacuar la región del lago Van, entregar a todos sus prisioneros y poner tropas a disposición del vencedor. Era lo mínimo que podía esperar el vencido, pero no se le exigió más. Según la letra del tratado Bizancio no perdía ningún territorio, y en el fondo, podían darse por satisfechos” (“Las Cruzadas”, pág. 19).

Joseph M. Walker, “Historia de Bizancio”, pág. 74: “Consiguió librarse mediante un elevado rescate y la promesa de pago de futuros tributos. Alp Arslan no disfrutó mucho de su triunfo pues fue asesinado al año siguiente”.

Warren Treadgold, “Breve Historia de Bizancio”, pág. 205: “El emperador no perdió la cabeza y llegó a un acuerdo con el sultán. Para conseguir la paz y su libertad, Romano accedió a pagar un tributo a los selyúcidas y cederles una franja fronteriza que incluía Manzikert, Antioquia y Edesa. Dadas las circunstancias, el tratado era generoso”.

E. Platagean, A. Ducellier, C. Asdracha y R. Mantrán, “Historia de Bizancio”, pág. 182: “El vencedor, el sultán Alp Arslan, no tuvo en absoluto la intención de establecerse en Asia Menor, pues el verdadero objetivo de este soberano muy ortodoxo era hacer desaparecer el califato herético de los fatimíes de Egipto”.

Alexander Vasiliev, “Historia del Imperio Bizantino”, pág. 237: “Vencedor y vencido negociaron una paz perpetua y un tratado de alianza. Las principales estipulaciones, según nos las ofrecen las fuentes árabes, fueron éstas: Romano Diógenes obtenía la libertad a cambio de un rescate; Bizancio pagaría un importante tributo anual al sultán y devolvería todos los prisioneros turcos”. No obstante, Vasiliev alude a un número de bajas considerable sufridas por los bizantinos en la batalla, pérdida que el historiador debió considerar substanciosa a juzgar por sus palabras: “La batalla de Mantzikert tuvo grandes consecuencias para el Imperio. Aunque según el tratado -cuyas cláusulas no conocemos bien en detalle-, Bizancio no cediera probablemente territorio alguno a Alp Arslan, sus pérdidas eran considerables, ya que el ejército que defendía las fronteras de Asia Menor estaba aniquilado y el Imperio era incapaz de resistir una nueva invasión turca en aquella región”.

The History Collection. University of Wisconsin Digital Collections. Baldwin, M. W. 1969. Pág. 149: “No es que Alp Arslan tuviera en mente el desmembramiento del Imperio Bizantino; se había dado por satisfecho demandando tributos y exigiendo la entrega de las grandes ciudades fronterizas… Lo que en realidad el sultán deseaba era una garantía de neutralidad o alianza en su esfuerzo por unificar el mundo islámico, a la vez que la ayuda eventual del basileo contra aquéllos rebeldes que pudiesen refugiarse en territorio bizantino”.

Emilio Cabrera, “Historia de Bizancio”, pág. 216: “El propio emperador Romano IV Diógenes, que conducía personalmente las tropas, cayó prisionero pero fue liberado por los turcos después de establecer con ellos un acuerdo en el que se contemplaba el pago de un tributo anual, rescate por su persona y otras condiciones no especialmente onerosas”.

John Julius Norwich, “Breve Historia de Bizancio”, pág. 237: “las condiciones para la paz, fueron clementes y moderadas. El sultán no pidió territorios extensos, sino solo el sometimiento de Mantzikert, Antioquia, Edesa e Hierápolis, junto con una de las hijas del emperador como esposa para uno de sus hijos”.

Así pues, existe un consenso generalizado entre los historiadores por remarcar la relativa trascendencia de la batalla respecto a la debacle bizantina que tuvo lugar a poco de celebrarse la misma. Pero si Mantzikert por sí misma no constituyó la causa directa y fundamental, entonces ¿adónde hay que buscar las razones del hundimiento imperial?

Mantzikert después de Mantzikert.

Cabizbajos y con la ropa cubierta por la sangre de amigos y enemigos, los fugitivos griegos dejaron el campo de batalla tan pronto como lograron colarse entre las filas de los arqueros montados selyúcidas. La reserva, dirigida por el inefable Andrónico Ducas, se había replegado sin esperarles, de modo que sus probabilidades de evadirse sanos y salvos estaban estrechamente relacionadas con la manera en que abandonaban la planicie. Aquéllos que lo hicieron cabalgando y mejor aún, en grupos compactos y cerrados, lograron rápidamente poner distancia con sus ocasionales perseguidores, que preferían volver grupas en dirección a los fugitivos que iban dispersos y de a pié. Gracias a sus cabalgaduras, Miguel Ataliates y un puñado de senadores y cortesanos consiguieron abrirse paso hacia el Norte y llegar a Trebizonda, dónde más tarde se embarcarían rumbo a Constantinopla. Otros, entretanto, picaron espuelas hacia el corazón de Anatolia, refugiándose algunos en el castillo de Mantzikert mientras que el resto siguió de largo hacia Melitene, Sebastea o Cesárea (Mazacha). Detrás quedaron los elementos más valiosos del ejército imperial: la guardia varega y los regimientos tágmatas que se batieron valerosamente junto al emperador. Al cabo, los varegos, unos quinientos en total, sucumbieron bajo las saetas y los venablos turcos, que también dieron cuenta de algunos notables como León, un habilidoso espadachín miembro de la nobleza y el protonotario Eustracio Koirosfactes.

La noticia de la derrota llegó a Constantinopla cuando aparecieron en sus embarcaderos los primeros fugitivos procedentes del Este. De inmediato la confusión se apoderó de la corte a medida que los mensajeros entregaban diferentes versiones sobre la suerte corrida por el emperador y sus más altos dignatarios. La atmósfera capitalina pronto se convulsionó especialmente porque nadie podía confirmar la muerte o cautividad de Romano. Fue entonces cuando Mantzikert adquirió ribetes de catástrofe.

Miguel Psellos es quien mejor refleja el clima de caos y consternación que se apoderó de Constantinopla ni bien se conocieron los pormenores de la desafortunada batalla: “Cuando no habían transcurrido aún muchos días, uno de los que habían escapado de la batalla, tomando la delantera, llegó como mensajero a la Ciudad y anunció la catástrofe. Enseguida vino un segundo y a continuación un tercero, al que siguió otro. Traían solo informaciones confusas e interpretaban cada uno a su modo la catástrofe acaecida. Unos anunciaban de hecho la muerte del emperador, otros decían que solo había sido hecho prisionero, otros que lo habían visto herido y caído en tierra, otros finalmente que se lo había conducido encadenado al campamento enemigo. Los acontecimientos fueron valorados en la Ciudad por los consejeros de la corona. La emperatriz (Eudocia) preguntaba qué debía hacerse. A todos les pareció conveniente dejar por el momento de lado al emperador, ya hubiese sido capturado, ya estuviese muerto, y reafirmar en el poder a la emperatriz y a sus hijos” (“Cronografía”, págs. 448 y 449). Las palabras del influyente funcionario, no obstante, dejan entrever cuáles eran las aspiraciones imperantes en el seno del partido de los burócratas, entre los cuales Psellos se destacaba como uno de los más férreos defensores de los derechos de Eudocia. Nadie mejor que él se había percatado de la inmejorable oportunidad que se presentaba en el horizonte, traída de los pelos por los avatares de la batalla, y que ahora colocaba a los civilistas a un paso de su reivindicación en el poder. Muerto o no, Romano estaba demasiado lejos, tan lejos como desperdigados sus secuaces, de modo que Psellos resolvió jugárselo todo en una sola movida. Usó todas sus influencias para restituir a Eudocia y a su prole en el trono. No tenía idea que Alp Arslan, en un arrebato de incomprensible indulgencia, liberaría al emperador cautivo sembrando las semillas de la disención en el seno de la corte griega.

El ave negra.

Apenas terminados los combates y tras ser identificado entre una compacta masa de ensangrentados y polvorientos prisioneros, el basileo no la pasó nada bien y hasta seguramente debió de temer por su vida. Tanto más por cuanto la reacción inicial del exultante sultán estuvo generada por los altos niveles de adrenalina generados por una batalla que durante largos pasajes se había mantenido con resultado incierto. En este punto las fuentes son contradictorias; mientras algunas ensalzan la relativa compostura del potentado musulmán, otras ponen énfasis en la manera como inicialmente abochornó a su prisionero, obligándole a postrarse y colocando luego un pie sobre su cabeza. A pesar de las asperezas y luego de que se hubieron calmado los ánimos en el campamento turco, Alp Arslan y Romano IV Diógenes hablaron en términos cordiales, tratándose mutuamente con el “afecto de hermanos” (Miguel Ataliates). Durante la semana siguiente, el emperador se movió libremente entre las tiendas de sus captores, desprovisto de cadenas e invitado con frecuencia a comer en la mesa del sultán. En ese distendido clima finalmente se consumó el acuerdo entre ambos soberanos, cuyas cláusulas ya han sido reseñadas en los párrafos precedentes.

Al cabo, cuando Alp Arslan manifestó su satisfacción por las promesas arrancadas al orgulloso basileo, los prisioneros cristianos recuperaron la libertad. Vestido a la usanza sarracena y acompañado por una escolta musulmana galantemente cedida por aquél, Romano abandonó con presteza la planicie de Mantzikert. Su primera medida fue tomar la calzada de Teodosiópolis, donde pasaría los siguientes dos días recuperándose de las heridas del combate, en especial de aquélla que, producida por el mandoble de una cimitarra, casi le había costado una mano. La estancia en la ciudad no pudo ser más ajetreada. Constantemente desde el Oeste llegaban noticias inquietantes acerca de los hechos que se estaban sucediendo en la capital imperial, rumores que indujeron a la desesperación y la ansiedad entre los partidarios del emperador. Acuciado por la incertidumbre, a Romano no le quedó más remedio que dar la orden de partida.

Mientras tanto, en Constantinopla, la excitación había ganado las calles, insuflada por los adversarios de la aristocracia latifundista y alimentada desde la retórica por un Miguel Psellos que, insufrible, parecía no entender lo que el imperio se estaba jugando. Es indudable que al prestigioso funcionario bizantino le interesaba por sobre todas las cosas recuperar la influencia perdida sobre los asuntos estaduales, privilegio que había detentado hasta la exaltación al trono de Romano Diógenes. Para hacer valer tal pretensión Psellos necesitaba de manera imperiosa desplazar de su puesto al actual basileo en beneficio de un personaje débil y propenso a la manipulación. Y habrá que convenir que las circunstancias eran harto favorables en ese instante, con Romano tan lejos y el partido militar paralizado por la confusión.

En un principio Miguel Psellos no ofreció resistencia cuando los cortesanos propusieron el gobierno conjunto de Eudocia y Miguel Ducas, su hijo. El notable dignatario griego hubiera preferido en todo caso la regencia de Eudocia en solitario, ya que así habría contado con mejores perspectivas para apropiarse de una tajada de poder. Habituado a laborar desde las sombras, el retorno de un Ducas al trono era una opción que atentaba contra sus ambiciosos planes al concentrar sobre la figura de Miguel (Ducas) toda la atención de la poderosa familia. Psellos se refiere al asunto de la siguiente manera: “Entonces unos quisieron entregar el poder al joven hijo de la emperatriz para neutralizar por completo a la madre, pero otros pedían que se le devolviera a ella de nuevo todo el gobierno”. Moviéndose con la cautela de un equilibrista caminando en las alturas, el destacado funcionario apela a una aparente neutralidad para no quedar expuesto a la ira de la dinastía en general y de su gran amigo, el césar Juan Ducas, en particular. Con ese fin escribe: “A mi no me complacía ninguna de las dos propuestas -pues no voy a mentir acerca de mi opinión- sino que prefería que ambos actuasen de consuno, el uno mostrando la debida obediencia hacia la madre y la otra compartiendo con el hijo la administración del estado (como si a Alp Arslan y a sus secuaces les interesaran los vericuetos de la política bizantina). Esto mismo es desde luego lo que pensaba el emperador Miguel que coincidía con este propósito. Pero aquéllos que querían apoderarse del imperio e intervenir en los asuntos de gobierno para provecho propio, incitaban a la emperatriz a que asumiese sola el poder y presionaban al hijo para que se opusiese a su madre” (“Cronografía”, pág. 449).

En el otro extremo del Imperio, entretanto, Romano Diógenes abandonaba Teodosiópolis urgido por los rumores que seguían llegando desde la capital imperial. Deteniéndose solo lo necesario para juntar acólitos, el basileo se internó a continuación en el tema de Armeniakos hasta que, cerca de Colonea, fue alcanzado por el ex catepán de Edesa, Paulo. De boca de su colaborador, Romano se enteró al fin que Juan Ducas, secundado por Miguel Psellos, había resuelto destituirle en beneficio de su esposa y de su hijastro. Indignado, se volvió entonces hacia la fortaleza de Dokeia, donde levantó su campamento para meditar su siguiente movida.

La caída de Eudocia y el encumbramiento de Miguel VII Ducas.

Los efectivos que consiguieron huir sanos y salvos de Mantzikert se dispersaron por la planicie anatólica siguiendo el derrotero dictaminado por los lazos de lealtad que cada cual había profesado hasta el desenlace de la batalla. Aquéllos que se habían agrupado alrededor de los líderes civilistas, con Andrónico Ducas a la cabeza, retornaron con prontitud a Constantinopla, sabedores de que el siguiente acto del drama tendría lugar en los pasillos palaciegos de la capital. Y como es obvio, ningún Ducas deseaba perderse el circunstancial “convite” que tendría como frutilla del postre la consabida deposición de Diógenes. Por el contrario, los regimientos que respondieron hasta último momento a las órdenes de Romano se fueron congregando en torno a la tienda del basileo, en la campiña de Dokeia, adonde también acudieron algunos contingentes francos y normandos. Más tarde mudarían su base de operaciones a la gran ciudad póntica de Amasea, hoy Amasya, emplazada a orillas del Iris.

En Constantinopla, mientras tanto, el deterioro de la situación se iba devorando alianzas, lealtades, tramas, conjuras y cuanto subterfugio sacaban a luz los complotados. El mismo Psellos, que se había desentendido de la suerte de su antiguo soberano (Romano) con una frialdad sorprendente (llegándole a atribuir la responsabilidad por todos los males y “la causa última de muchos desastres”) acabó desbordado por el ritmo vertiginoso de los acontecimientos. Y aquéllos a los que debía aconsejar (o que al menos él creía que le escucharían sin chistar), empezaron pronto a adquirir alas propias. De sus valiosos consejos de otrora, dados a Miguel VII Ducas (1071-1078): “Puesto que sobre todo, mi querido emperador me presionaba y apremiaba, yo declaré que no se debía acoger ya más a Romano en el imperio, sino que había que deshacerse de él y enviar a todas partes órdenes excluyéndolo del gobierno”, el destacado funcionario pronto pasó a berrinches y lamentaciones que no eran otra cosa que la manifestación más nítida de la indiferencia de sus pupilos.

A través de Miguel Ataliates es posible corroborar la autonomía creciente que iba adquiriendo el César Juan Ducas a la vez que la estrella de Psellos comenzaba a apagarse en tanto que personaje influyente de la corte: “Habiendo entregado el cetro en las manos de su sobrino (Miguel VII), el César (Juan) empezó a disponer las cosas en la ciudad de la manera que más le convenía. Él atrajo a su causa a los senadores y empezó a honrarlos, mientras se ganaba la simpatía del resto de la población mediante promesas pecuniarias…” (“Historia”, pág. 167). Al cabo, la influencia de Juan Ducas llegó a ser tan grande que la mismísima emperatriz debió padecer el rigor de la inagotable ambición del César. Miguel Psellos nos refiere dicho suceso apelando intencionalmente a una tangente para no poner en riesgo su propia cabeza: “Estando así las cosas, el emperador Miguel, temiendo por su vida y desconfiando del hijo de Diógenes por su crueldad, adopta sin duda la decisión más segura para su persona y uno diría que la más sensata: se separa de la madre y se emancipa. Tomando entonces como consejeros a sus primos (Andrónico y Constantino), me refiero a los hijos del César, consigue ganarse el apoyo de la guardia de palacio… Mientras aquéllos actuaban de este modo, las personas que estaban con la emperatriz, entre las que me contaba yo mismo, ignorantes como estábamos de lo que sucedía, nos quedamos casi como paralizados pensando que se nos venía encima una catástrofe” (“Cronografía”, pág. 451). Al cabo, Eudocia fue primero recluida en el convento de La Madre de Dios, en cuya fundación ella misma había colaborado, y poco después obligada a tomar los hábitos monásticos.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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6 comentarios to “Mantzikert: el contrasentido de su significación. III.”

  1. Jesus said

    Yo tambien quería darte mis felicitaciones. Eso sí, quería pedirte que para aquellos los cuales no nos habíamos dadp cuenta de que había una cuarta parte de éste artículo, hagas un link referenciandolo.

    Saludos y felicitaciones nuevamente por tan excelente trabajo.

  2. zafreth said

    Hola Guillem aqui Alberto, antes que otra cosa feliz año nuevo 2008!! y te comento que acabo de crear un blog llamado http://www.zafrethbizantino.blogspot.com en el cual publicaré artículos y disertaciones mías en torno desde los origenes de Roma, la Republica Romana, el Imperio Romano y el Imperio Bizantino, si te interesa te puedo habilitar como autor del blog tambien.

    Saludos!!
    Alberto.

  3. Galo said

    Estimado Guilhem:
    No te preocupes, leelas cuando cuando puedas, tu sabes que estoy en deuda contigo por la biografía editada de Alejo III, muchísimas gracias.
    Te cuento que poseo los 23 libros de la Historia de Guillermo de Tiro en Latin. Deseas que te los envié????

  4. Guilhem said

    Hola Galito.
    Muchas gracias por tus palabras. ¿Cómo anda el país mas bello del mundo, Perú?. Aún no tuve tiempo de leer tus últimas biografías. Pero podré hacerlo dentro de poco.
    Saludos y gracias de nuevo,
    Guilhem.

  5. Galo said

    Felicitaciones Guilhem, me fascinó el final de tu trabajo, como dije anteriormente, digno de una persona de amplia cultura y conocedora de Bizancio como tu. Ya sabrás que yo leí la cronografía de Miguel Psellos en Inglés, y te digo que me encanto el libro, los cronistas bizantinos cuentan las cosas que ocurrian en su entorno de una manera divertida, detallada, y a la vez satírica. Felicitaciones otra vez, y que sigas escribiendo mas documentales interesantes para la página.

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