IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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    Guilhem
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Mantzikert: el contrasentido de su significación. II.

Posted by Guilhem en octubre 17, 2007

Mantzikert: el contrasentido de su significación. Segunda Parte.

El ejército imperial en vísperas de Mantzikert.

Dignos depositarios del legado romano, los bizantinos nunca dejaron de concebir la guerra como un arte en permanente evolución. La aparición recurrente de enemigos o el incidental encumbramiento de los tradicionales obligaban a los estrategas griegos a trabajar a destajo en la innovación del equipamiento, en el desarrollo de nuevas tácticas de combate, en la planificación de la logística, en el establecimiento de un servicio eficiente de enfermería y en la implementación de modificaciones en el armamento, entre otras cosas. Así pues, del legionario tradicional empleado extensivamente por los cuerpos de infantería hasta bien entrado el siglo VI, el ejército imperial había ido alterando la dosificación de hombres de a pié y jinetes acorde al mandato de las circunstancias. A punto tal que, hacia finales del siglo X, durante el reinado de Basilio II, los regimientos de caballería pesada o catafractas habían desbancado de su puesto de honor a las viejas cohortes de legionarios de pilum y gladius (en realidad, ya desde los tiempos de Justiniano I se venía dando tal proceso de sustitución).

De paso, la experiencia, adquirida con el transcurso de los años sirvió como una constante fuente de retroalimentación que se evidenciaba especialmente en el proceso de ensayo, prueba, y error, tornando siempre el consecuente aprendizaje en una lección inestimable para los futuros generales. Ostrogodos y visigodos, eslavos, persas, ávaros, lombardos, búlgaros, árabes, rusos y los más recientes y virulentos normandos, pechenegos, uzos y selyúcidas, todos sin excepción dejaron sin quererlo su impronta en los manuales bélicos de táctica y estrategia. Caballería o infantería, regimientos de arqueros a caballo o de a pié, verdaderas migraciones de pueblos o meras bandas de saqueadores, flotillas piratas o colosales armadas, cada combinación supuso una dura prueba para el ejército imperial y habrá que convenir que, como suele suceder, el aprendizaje devino generalmente de dolorosas derrotas. En este sentido, Adrianópolis, Yarmuk, Pliska y Anquialoz, dejaron lecciones mucho más jugosas que las fulgurantes victorias de Tricameron o Dorostolon, lo cual tiene su lógica a partir de la premisa imperecedera según la cual no hay que improvisar sobre aquello que funciona. Incansables observadores, los bizantinos se caracterizaron precisamente por su capacidad para aprender del fracaso; el mismo Psellos, arreciando las invasiones selyúcidas, realizó una interesante observación acerca de la táctica empleada por los selyúcidas para atraer a sus adversarios a una trampa: “Cuando éstos (los turcos) se enteraron de su avance, quisieron atraerlo hacia ellos para hacerlo caer en sus redes, y así se ponían a correr hacia delante con sus caballos y luego se daban de nuevo la vuelta como si quisieran huir, de forma que, después de hacer esto muchas veces, capturaron a algunos de nuestros generales y los retuvieron como prisioneros” (“Cronografía”, págs. 446 y 447. El autor hace alusión a la tercera campaña de Romano I Diógenes contra los selyúcidas).

El alto grado de movilidad de la caballería ligera enemiga, que es lo que en definitiva Psellos intenta subrayar no fue, sin embargo, un atributo exclusivo de los jinetes selyúcidas. Ya antes el Imperio había tenido que lidiar con formaciones similares; con los húngaros, por ejemplo, empleó catafractas en lugar de arqueros y el resultado de la refriega acabó incierto: ni las cabalgaduras griegas, pesadas y rígidas, lograban dar alcance a los veloces arqueros montados magiares ni éstos últimos se aventuraban a soportar la arrolladora carga de los caballeros bizantinos. Algo similar sucedió cuando los generales romanos formaron su vanguardia con una nutrida fila de hombres armados con largas lanzas. Inclusive el Strategikon es un compendio de definiciones acerca del modus operandi empleado por las tribus septentrionales que los bizantinos llamaban “escitas”, al mismo tiempo que una fuente de consulta inestimable para lidiar con tan peculiar enemigo. El legendario manual, refiriéndose a los invasores avaros, magiares y turcos, estipula que sus jinetes prefieren las batallas de rango amplio, emboscadas y maniobras envolventes; retiradas fingidas y súbitos contraataques.

La diferencia con el caso que nos ocupa es que, luego de escalar hasta la cima de su esplendor, el Imperio de Oriente se había habituado al empleo extensivo de catafractas. La seguidilla de victorias obtenidas desde los días de Nicéforo II Focas (963-969) había consagrado a la espada, el arco, la lanza, el yelmo, el escudo y la coraza de escamas, es decir, a las catafractas, como el armamento ideal para entrar en batalla. En parte por que la adopción de un modo de vida sedentario había cambiado los hábitos del enemigo: ya no se guerreaba para obtener botín a través del pillaje sino que se peleaba para conservar las hijuelas conquistadas frente a nuevos pueblos nómades que avanzaban desde el núcleo central de Asia. Así, la gran victoria de los selyúcidas en Dandanqan fue la victoria de la caballería ligera de los nómades sobre los pesados jinetes gasnávidas aportados por una población, también turca, que se había hecho sedentaria. Habituados, pues, a conflagraciones con adversarios que habían adoptado sus mismos métodos, técnicas y tácticas, a los bizantinos les faltó reflejo para contrarrestar la mayor movilidad que proponían los recién llegados selyúcidas. Perseveraron en el empleo de las catafractas, lentas, pesadas y carentes de resistencia para acometer largas persecuciones. Para colmo de males, los complementos de caballería ligera suministrados por las naciones vasallas resultaban por lo general insuficientes o no eran de fiar al momento de entrar en combate. Así pues, salvo que un accidente natural intercediera para cerrar el paso de la caballería ligera, las catafractas únicamente servían si el rival accedía a mantener su posición pese a la carga frontal de aquéllas. Pero nada más.

Ya durante sus dos primeras campañas Romano IV había tenido la oportunidad de probar la escasa efectividad de su caballería pesada. En Siria, por ejemplo, una fuerza expedicionaria turca consiguió escabullírsele delante de sus narices y saquear Neocesarea, en 1068. El premio consuelo llegó para el basileo cuando sus tropas consiguieron sorprender a una segunda hueste cerca de la ciudad de Tefrica (Divrig), al norte de Melitene. Al año siguiente la historia se volvería a repetir con Romano asediando un punto estático, la ciudad árabe de Menjib, mientras la partida selyúcida a la que había salido a perseguir asolaba el corazón de Capadocia.

Por cierto, ya se ha mencionado cómo Psellos y sus partidarios denostaban todos los esfuerzos realizados por el basileo para lidiar con el invasor. En ningún momento, no obstante, Romano se sintió desanimado. Pese a las burlas y al escarnio permanente al que era sometido por sus pueriles enemigos de la corte, el emperador siguió adelante con sus intentos de frenar el avance de los turcos. Ya durante sus campañas del verano y otoño de 1068 se había dado cuenta que un destacamento estratégicamente ubicado en el Eufrates superior condicionaba el rango de dispersión de los saqueadores dentro del territorio imperial. Volvió a probar suerte con la misma estrategia hacia comienzos de 1069, comisionando primero a un general normando, Roberto Crispín, y después, a uno armenio, Filareto Bracamo. En ambos casos la aventura terminó en fracaso. Crispín y sus normandos se rebelaron y saquearon la provincia, mientras que Filareto fue derrotado por los selyúcidas y debió ser auxiliado por Romano. La retirada del basileo hacia Constantinopla se produjo justo cuando Alp Arslan sitiaba la fortaleza armenia de Mantzikert, cerca del lago Van.

Tampoco 1070 fue un año auspicioso para los bizantinos. Manuel Comneno, un sobrino al que Romano había encomendado la defensa de las provincias orientales, fue derrotado y hecho prisionero por Arsiaghi (o Er-Sighun, un cuñado de Alp Arslan). En su celda, Manuel recibió la visita de Arsiaghi, que estaba interesado en derrocar a su señor; al cabo ambos se desplazarían hacia Constantinopla para negociar una alianza con el emperador. El cese de hostilidades era mutuamente beneficioso para los complotados, pero no pasó de ser una mera promesa cuando Alp Arslan descubrió la maniobra. Volvió pues a prevalecer la opción de la guerra, tanto más por cuanto en Constantinopla se negaron a entregar al príncipe traidor.

La invasiones selyúcidas en el siglo XI

Los preparativos para la campaña de 1071.

Lejos de emular aquél ejército victorioso que siguiera a Belisario en África e Italia, la hueste que Romano empezó a reunir en 1071 para acometer su siguiente expedición poseía cualidades diametralmente opuestas. El armazón sobre el que la misma se sustentaba volvió a erigirse, como en las empresas anteriores, sobre los escuadrones de catafractas. Dotadas de escudo, casco y coraza escamada, y provistas de espada y arco, las catafractas también se valían del estribo, incorporado hacia el siglo VI, para aprovechar la sinergia de su movilidad en las cargas frontales. En este caso, la lanza era el arma ofensiva ideal para acometerlas ya sea contra formaciones cerradas de infantería o núcleos de caballería. El desarrollo de los cuerpos de caballería pesada se había ido perfeccionando a lo largo de los años y en las postrimerías del siglo X sus integrantes eran griegos nativos en su gran mayoría, verdaderos profesionales que debían someterse diariamente a largas horas de adiestramiento (como los legionarios de antaño). Los tágmatas eran la elite de la caballería pesada (y de la infantería) y, por lo general, poseían sus bases de adiestramiento cerca de Constantinopla.
Junto a las catafractas, la caballería ligera hacía las veces de fuerza complementaria, generalmente de apoyo. Los jinetes que la conformaban, mercenarios de origen turco en su gran mayoría, portaban una cota de malla liviana, escudo, un arco compuesto y una aljaba con treinta o cuarenta flechas. Para los enfrentamientos cuerpo a cuerpo se valían además de una pequeña aunque eficaz hacha. En 1071, durante los preparativos, Romano acudió a sus vasallos pechenegos y uzos; ellos conformarían el nervio central de la caballería ligera y, por tanto, serían los encargados de neutralizar el ataque de los arqueros montados selyúcidas. Junto a las catafractas y a los jinetes pechenegos, uzos y cumanos, había también regimientos de caballería integrados en su totalidad por mercenarios normandos (cuya eficacia los bizantinos habían conocido en Italia) y francos. Eran una fuerza temible, de probada efectividad, aunque la experiencia indicaba que, al igual que los turcos de las estepas del Norte, solían recurrir a la traición cuando las ventajas pecuniarias que obtenían por este medio superaban con creces (y no tanto) la paga del emperador. Los bizantinos habían descubierto además que peleaban mejor bajo las órdenes de un lugarteniente de su misma nacionalidad, lo que los hacía doblemente peligrosos en términos de lealtad, cosa que había quedado patente con Hervé y Crispín

La infantería, por su parte, distaba mucho de ser aquél cuerpo legionario, homogéneo e hiper profesionalizado, de los tiempos de Julio Cesar, Trajano o Marco Aurelio. Las reformas implementadas desde el siglo VII la habían supeditado a la organización y a las necesidades de los themas recientemente instaurados. Integrada por los estratiotas o soldados campesinos, ocupaba un papel secundario en el campo de batalla, formando en segunda línea, tras la caballería pesada. Su misión consistía precisamente en abalanzarse sobre las líneas enemigas una vez que éstas eran perforadas por los jinetes acorazados. Después de la muerte de Basilio II, el encumbramiento de los terratenientes, la indiferencia de los burócratas civiles y el elevado coste del equipamiento, determinado por una inflación creciente, habían ocasionado su debacle. Con el aditamento de que, para esta nueva campaña, Romano dependía cada vez más de los mercenarios extranjeros: rusos, servios, armenios, jázaros, alanos y georgianos. Mejor pagados inclusive que los tágmatas, la guardia varega, el célebre cuerpo instituido por Basilio II, también aportaría su grano de arena en la campaña de 1071 (todavía hoy los historiadores siguen debatiendo al respecto: mientras que algunos niegan enfáticamente su participación total o parcial en la campaña, otros, en cambio, sostienen lo contrario), siendo tal vez el contingente más homogéneo y confiable entre los tantos que integraban el ejército del basileo.

En cuanto al número de efectivos que conformaba la hueste reunida por Romano, las fuentes no se ponen de acuerdo al respecto. Aquéllas que proceden del bando victorioso tienden a insuflar el número a los efectos de sobredimensionar un resultado de por sí concluyente: 200.000, 300.000 y hasta 400.000 soldados, una cifra imposible de reunir para un Imperio en franco proceso de decantación y retroceso; lo único que consiguen con ello es el efecto contrario dado que, al mismo tiempo, minimizan la magnitud de las fuerzas selyúcidas. El monje y cronista armenio Mateo de Edesa, por su parte, aventura el increíble cálculo de 1.000.000 de hombres, agregando búlgaros, godos y crimeanos al largo listado de reclutas de la Babel bizantina. Tal vez lo más adecuado sería quitar un cero a las cifras de los historiadores musulmanes para llegar al número probable de efectivos: 30.000, 40.000 o 50.000 incluyendo los no combatientes: ingenieros, zapadores, escuchas, sirvientes, forrajeadores… Pero, ¿cuántos eran griegos de nacimiento? A juzgar por el grado evidente de descomposición del viejo sistema de themas que había dado al Imperio sus mejores días de gloria no parece descabellado arriesgar un porcentaje ubicado en el orden del 30 al 40% (entre combatientes y no combatientes). Una cifra que sigue siendo respetable sino fuera por que el grado de preparación y adiestramiento dejaba mucho que desear: la gran mayoría de los soldados nativos no disponía de un equipamiento adecuado, se caracterizaba además por la falta de disciplina y tenía poco en común con aquellos guerreros que habían integrado las clásicas formaciones de los siglos VII, VIII, IX y X (bandas, turmai, y themai).

La expedición se pone en marcha.

Cuando los preparativos para la campaña estuvieron listos, Romano comenzó a concentrar sus fuerzas en la orilla asiática del Bósforo. Habían acudido a su campamento los contingentes comprometidos por las naciones vasallas y los estados aliados, además de las tropas mercenarias conformadas casi en su totalidad por jinetes normandos, germanos y francos. Siguiendo al basileo también llegaron las tropas nativas conformadas por la infantería (Numeri) y la caballería de los tágmatas (Vigla, Etairia, Excubitores y Scolas), la guardia varega y los regimientos thematicos. Los refuerzos provistos por los themas asiáticos, por su parte, se irían sumando a medida que el gran ejército fuese avanzando hacia el Este. Sin embargo, el basileo no dio la orden de partida hasta estar completamente seguro de que casi todos sus adversarios políticos le acompañarían en la empresa. A su llamado acudieron, entre otros, el magíster y duque de Teodosiópolis Nicéforo Basilacio, los generales Nicéforo Brienio y José Tarchaniotes, el patricio, juez y procónsul Miguel Ataliates, el comandante normando Roussel de Bailleul, el Domésticos Andrónico Ducas, el estratego del thema de Capadocia Teodoro Alyattes y el caudillo uzo Tames o Tamis. Nicéforo Botaniates y Miguel Psellos, entretanto, permanecieron en Constantinopla. El emperador desconfiaba de ellos y temía que le causasen contratiempos en el fragor de la lucha o que malquistaran a sus hombres en plena travesía.

El 31 de marzo de 1071 el ejército imperial se puso finalmente en movimiento por la ruta que, saliendo de Nicomedia, cruzaba los themas de Bucelarios, Capadocia y Carsiano. Al decir de Psellos, no obstante, parece ser que la formación en algún momento alcanzó Cesarea Mazacha, a orillas del Halys: “como acostumbraba a hacer en todos los asuntos, ya fuesen civiles o militares, no solicitó a nadie su opinión sobre cómo actuar, sino que, poniéndose en marcha enseguida, se apresuró a llegar a Cesarea con el ejército” (Cronografía, pág. 446). El objetivo de Romano era sin ninguna duda recuperar el control del valle del Araxes (Armenia), por dónde precisamente los selyúcidas solían ingresar al territorio imperial para luego dispersarse por el corazón de Anatolia. El basileo había sido advertido, además, que el sultán se hallaba luchando en Siria contra la guarnición fatimita que custodiaba la estratégica ciudad de Alepo. Su ausencia era una ventaja que hasta el estadista más bisoño no se podía dar el lujo de desaprovechar. Inclusive antes de salir el emperador había tomado la precaución de enviar una embajada a Alp Arslan para renovar los términos de un acuerdo de paz que ambos habían firmado en 1069. Gracias al ardid los bizantinos consiguieron salvar Edesa, a la que los turcos habían puesto sitio, mientras que el sultán, con su retaguardia protegida por el pacto, se sintió confiado para probar suerte en los territorios meridionales que pertenecían al califa de El Cairo.

Desde Cesarea, Romano condujo a su hueste siguiendo el curso del Halys, hasta Sebastea (Sivas) y desde allí, hasta Teodosiópolis (Erzurum). En esta ciudad los bizantinos se tomaron el tiempo necesario para recoger provisiones. Sabían que el camino que tenían por delante cruzaba un territorio áspero y difícil, una región que hacía largo tiempo, casi veinte años, venía padeciendo el infortunio de la guerra: pillajes, saqueos y matanzas.

Psellos, ausente en la empresa, vuelve a estas alturas a incurrir en contradicciones: “Luego tuvo dudas acerca de si avanzar o no y buscaba un pretexto que tanto a él mismo como a los demás les permitiera justificar el regreso. Pero como no era capaz de soportar esta vergüenza, a pesar de que habría sido preciso firmar la paz con los enemigos y contener así sus ataques anuales, él, bien porque considerase la situación desesperada, bien porque confiase más de los debido en su audacia, sin darse la vuelta marchó contra los enemigos” (Cronografía, pág. 446). Para agregar más adelante: “… pues no quería la paz (Romano) sino que creía que podría tomar al primer asalto el campamento enemigo” (Cronografía, pág. 447). El hábil y versátil primer ministro no vacila, pues, en insistir con su estratagema de manipular la capacidad militar del basileo con tal de sindicarle como el único responsable del gran desastre que estaba a punto de sobrevenir. Una artimaña que por otra parte tenía como objetivo limpiar la lastimosa imagen que dejarían sus “hijos predilectos”, los Ducas, en el campo sangriento de Mantzikert. Tampoco se percata Psellos que una tregua no libraría al Imperio de la ferocidad de los saqueos: aunque Alp Arslan tenía el control directo la mesnada selyúcida, no podía garantizar, sin embargo, que los indóciles turcomanos se ajustaran a las cláusulas pacifistas de un tratado. Ellos seguirían saqueando el campo en tanto y en cuanto sus rebaños tuvieran hambre.

Teodosiópolis, Taron y Vaspurakan. Algunas referencias del entorno.

Hacia 1071 Mantzikert (Malazgirt) era una fortaleza de mediana importancia que, junto con los bastiones de Arjish y Ahlat (Jilat) conformaban una imaginaria línea defensiva cuyo aparente propósito era proteger la meseta que se abría paso entre la ciudad de Teodosiópolis, al Norte, y las orillas septentrionales del lago Van, al Sur. A lo largo de los siglos había formado parte de una extensión de tierra en permanente disputa primero entre bizantinos y persas, y luego, entre bizantinos y árabes. La consolidación de un poderoso reino armenio (denominado “Gran Armenia”) en la segunda mitad del siglo VIII había determinado la incorporación de la región a esta nueva entidad política que el cristianismo no tardaría en homogeneizar.

En tiempos de Basilio II Bulgaróctonos el otrora poderoso estado de Armenia se había fragmentado en pequeños reinos, algunos de las cuales terminaron sucumbiendo a la influencia de los hamdaníes de Alepo: el emirato de Kaysid, los pequeños principados de Mascatsont, Kangark, Kotayk, Varaznunik, Tasir, Sirak, Mazaz, Bagrevand, Havunik, (emplazados entre Kars y Lorí) y los reinos de Vaspurakan, Kars y Lorí (la Armenia Bagrátida). A esta época corresponde la frontera en común emplazada entre tales estados y los themas griegos de Caldea, Colonea y Mesopotamia. Y si bien a la muerte de Basilio II habían surgido nuevos themas en Oriente con el fin de circunscribir las provincias recientemente anexionadas (Teodosiópolis, Taron y Vaspurakan), la flamante frontera había traído al Imperio más desventajas que beneficios: desde una población mayoritariamente armenia que no se resignaba a la dominación griega hasta una Iglesia autónoma que se resistía a permitir las injerencias de la jerarquía clerical ortodoxa. El bastión armenio era apenas una puerta desvencijada cuando las primeras bandas selyúcidas arremetieron contra el valle del Araxes.

Ubicada a unos 1.050 kilómetros al este de Constantinopla, Teodosiópolis, hoy Erzurum, era en 1071 la capital del thema homónimo, dirigido a la sazón por un competente general, Nicéforo Basilacio. La ciudad no era muy grande pero junto con Colonea, Tefrica, Melitene, Sebastea, Trebizonda y Erzincan constituían los mayores centros urbanos de la región. Emplazada a orillas del Karasu, un afluente del Eufrates, Teodosiópolis era la llave occidental del valle del Araxes; una meseta surcada en forma diagonal por cordones montañosos irregulares la separaba de las fortalezas de Mantzikert, Ahlat y Arjish. El camino serpenteaba entre cerros de picos nevados que iban desde los 2000 hasta los 4000 metros de altura, por un territorio agreste y especialmente duro durante la canícula del estío. Ciento cincuenta kilómetros al sudeste de Teodosiópolis, Mantzikert o Malazgirt se hallaba edificada a unos 1500 metros sobre el nivel del mar, cerca de las riberas del Murat, otro de los tantos afluentes del Eufrates. Flanqueada por montañas, el terreno de Mantzikert juntaba la humedad de los valles cercanos lo que hacía que el clima fuera allí un poco más moderado que el de las tierras altas de las inmediaciones. Sin embargo, su ubicación mediterránea por excelencia se hacía notar a través de la amplitud térmica, con temperaturas mínimas y máximas que en épocas estivales saltaban entre los diez y los treinta grados Celsius (50 y 86 Fahrenheit) respectivamente. Hacia el sur otra cadena montañosa separaba la comarca de Mantzikert de las riberas septentrionales del lago Van, dónde se hallaban las mayores ciudades de la región: Van, al Este, y Ahlat, al Oeste.

A mediados de 1071 todos los centros urbanos de la provincia se encontraban en manos de los selyúcidas, mientras que el campo era tierra de los nómades turcomanos y de sus rebaños. Existía todavía una población armenia considerable, aunque una gran parte había sido trasladada a Sebastea, Cesarea y Melitene. El plan que había pergeñado el basileo para restablecer la dominación bizantina era sencillo: aprovechar la distracción de Alp Arslan en Siria para expulsar las guarniciones turcas que el sultán había dejado en las fortalezas armenias. Sus servicios de espionaje y algunos renegados armenios le habían avisado que dichas guarniciones eran numéricamente pobres, por lo que el emperador tenía puestas las mejores expectativas en esta tercera y decisiva campaña.

El juego del gato y el ratón.

En Teodosiópolis, adonde llegó a principios de julio, Romano IV se procuró provisiones para dos meses de campaña pues estaba al tanto de que la región que tenía delante había sido esquilmada hasta los cimientos por los algareros selyúcidas. De acuerdo al plan que se había trazado oportunamente en Constantinopla, la etapa venidera estaba entre las más difíciles del largo viaje: el gran ejército debía virar hacia el sudeste, en dirección al lago Van, y, atravesando una serie de cadenas montañosas cortadas por amplios valles, aparecer ante las murallas de la fortaleza de Mantzikert. Los pesados vagones con la maquinaria de asedio, las provisiones, el agua y el forraje para los animales harían la marcha aún más complicada que lo acostumbrado. Acorde con las fuentes árabes (Fath ibn Alí al-Bundari e Ibn al-Jawzi), junto al ejército imperial viajaba un enorme trabuco capaz de arrojar piedras de hasta noventa y seis kilogramos. Este y aquél que había fabricado Basilio II para sus campañas asiáticas habrían de constituir por lejos la mejor artillería pesada del siglo XI. Romano pensaba utilizar el descomunal trabuco para intimidar las guarniciones turcas que controlaban las fortalezas de Armenia, entre ellas Mantzikert y Arjish. Las mismas fuentes dan cuenta de cientos de vagones usados para trasportar las partes de la enorme maquinaria, empujados por no menos de mil doscientos hombres, quienes también tuvieron que vérselas con una tonelada y media de proyectiles (alrededor de quince grandes piedras). Alp Arslan, entretanto, tenía en su poder el pedrero de Basilio II, que su pariente, Tugril Beg Muhammad ya había empleado en 1054 contra Mantzikert, luego de apoderarse de él en la ciudad de Bitlis (Mateo de Edesa, Patmut`iwn, Jerusalén, 1869, 142-145), no muy lejos de aquella fortaleza. No obstante, ninguna fuente da cuenta de dónde se hallaba el mismo en los albores de la batalla.

Especulando con que el sultán, empantanado en el sitio de Alepo, no aplazaría su campaña siria para defender Armenia, Romano se apresuró a avanzar con sus tropas desde Teodosiópolis. Pronto su optimismo se vio reforzado por una misiva que le enviaba el protovestiario León Diabatenos, según la cual Alp Arslan, alarmado por el tamaño de la armada bizantina, se había evadido hacia Bagdad. En consecuencia, el basileo creyó oportuno dividir sus fuerzas para precipitar la reconquista de Armenia pese a la oposición de algunos de sus mejores generales (José Tarchaniotes y Nicéforo Brienio) para quienes la mejor opción era permanecer unidos cerca de Teodosiópolis y en control de las provisiones. Así, pues, un destacamento al mando del normano Roussel de Bailleul, integrado por escuadrones auxiliares latinos y turcos, fue despachado para correr la provincia hasta el fuerte de Ahlat. El cuerpo principal, por su parte, tomó la ruta de Mantzikert para sitiar el castillo, emplazado en un terreno repleto de monumentos con inscripciones cuneiformes (procedentes de los lejanos días de Urartu).

No muy lejos de allí, Alp Arslan remontaba el Eufrates aunque no en el sentido que le refiriera León Diabatenos a su señor. Habiendo abandonado el cerco de Alepo, el sultán se había desplazado sin pérdida de tiempo hacia el norte, pasando primero por Mosul para conseguir refuerzos. Su ejército en estas instancias no era muy numeroso; apenas unos diez mil hombres, aunque lograría reclutar otro tanto entre las tribus kurdas de la zona. Apremiado por el avance de su enemigo desechó de plano la idea de internarse hacia el Este para buscar ayuda en Bagdad y el Jurasán. En cambio, resolvió despachar a su lugarteniente, un turco llamado Soundaq, al frente de un regimiento de 5000 hombres para auxiliar a la guarnición de Ahlat, dado que sus espías le habían informado que una segunda fuerza había sido enviada por los cristianos para asistir a Roussel de Bailleul. Se trataba en efecto de José Tarchaniotes con la mitad del ejército imperial: francos y rusos (caballería pesada) y uzos y cumanos (arqueros montados), destinados a acoplarse al destacamento del general normando por expresa indicación del basileo.

Mantzikert itinerario v004

Mantzikert: 19 de agosto de 1071.

La captura de Mantzikert.

Los trabajos de inteligencia desplegados por ambos bandos fueron la característica principal de la antesala de la batalla. En éstos, los turcos se mostraron mucho más versátiles y eficientes que sus oponentes. Y no es que los superaran en habilidad, experiencia o capacidad. La verdadera razón estaba en el exceso de confianza que se había apoderado de los altos mandos del ejército imperial, un exceso imbuido sin lugar a dudas por la falsa noción de invulnerabilidad que daba el enorme tamaño de la hueste reunida por Romano para la campaña.

Las fallas de la inteligencia bizantina se manifestaron tan pronto como los bizantinos dejaron el campamento de Teodosiópolis. Hasta entonces, Romano había seguido a pie juntillas todas las recomendaciones de los manuales de guerra escritos por sus antecesores. Una embajada suya, por ejemplo, se había presentado ante Alp Arslan durante el cerco de Alepo para sembrar el disenso y la confusión entre los selyúcidas a través de promesas de paz que ni siquiera estaban en los planes del emperador. Más tarde, en Teodosiópolis, los griegos volvieron a dar otra muestra de excesiva planificación al asegurase el aprovisionamiento para las siguientes ocho o diez semanas de campaña. Inclusive la correspondencia mantenida por León Diabatenos con el basileo era un indicio de que los imperiales seguían apelando a la inteligencia y al espionaje para determinar los puntos flacos del enemigo antes de entrar en batalla. Sin embargo, después de tomar el camino de Mantzikert, todo cambió dramáticamente en favor de la impericia y la imprevisión. Hasta demasiado tarde Romano no se preocupó por recurrir a su servicio de escuchas, al punto que jamás llegaría a conocer ni el número de enemigos ni su posición exacta. Inclusive antes de que el combate se cobrase las primeras víctimas tampoco supo el emperador si lo que tenía al frente era una fuerza secundaria, habitualmente empleada para tareas de reconocimiento o distracción, o el cuerpo principal dirigido por el sultán en persona.

A diferencia del basileo, Alp Arslan se aplicó con esmero a las tareas de inteligencia. Había tenido dificultades para reunir un nuevo ejército luego de que el anterior, aquél que emplease en el sitio de Alepo, se desbandara fastidiado por el botín malogrado. Luego del levantamiento del cerco y seguido por una mínima fracción de la fuerza original, unos diez o quince mil hombres, el sultán se dio con que la guerra contra los avezados bizantinos no resultaba tan tentadora para sus subalternos como la atracción ejercida por las riquezas de una ciudad como Alepo. Desde ese mismo instante supo que las mejores posibilidades para compensar su inferioridad numérica estaban en el espionaje y en lo que mejor se podía extraer de él, el factor sorpresa.

La división del ejército imperial, dispuesta por Romano como una manera de acometer mejor el alcance de la campaña, resultó a la larga determinante para el ulterior desarrollo de la batalla. Hacia Ahlat partieron Roussel de Bailleul, primero, y José Tarchaniotes, después, seguidos por un número considerable de efectivos. Y si bien entre éstos últimos había tágmatas, la mayoría eran regimientos mercenarios compuestos principalmente por caballería latina y rusa y arqueros a caballo, en su mayor parte cumanos o uzos. Miguel Psellos se refiere a este hecho de la siguiente manera: “Su desconocimiento de la estrategia le llevó a dividir nuestras fuerzas y así mantuvo a una parte junto a él y envió al resto a otro lugar”. Si bien el notable bizantino atinaba al identificar una de las causas de la debacle, no es menos cierto que a Romano lo abandonaron sus lugartenientes en un momento crucial. En efecto, ni Bailleul ni Tarchaniotes mostraron solidaridad para con el emperador al enterarse de lo que estaba sucediendo a escasa distancia de allí. Al menos eso es lo que se puede inferir a partir de las fuentes que se encargaron de registrar la batalla: Ataliates en su “Historia” se encarga de remarcar que José Tarchaniotes, dejando inconcluso el asedio de Ahlat, se evadió cobardemente hacia el interior de Anatolia llevándose consigo a todos los hombres bajo su mando. En la Skylitzes Continuatos, la obra que describe la vida de Bizancio entre los años 1057 y 1079 y que se atribuye a Juan Skylitzes, tampoco se deja bien parado al general armenio, a quién además se acusa de convencer a Roussel de Bailleul para emprender juntos la retirada. El cronista y teólogo bizantino Juan Zonaras, por su parte, se refiere al episodio de una manera similar; en su “Extractos de Historia” señala que, ni bien conocida la llegada del sultán, ambos generales se pusieron de acuerdo para abandonar Mesopotamia en busca de la seguridad del limes imperial. En todo caso, las coincidencias son abrumadoras: antes de que Romano y Alp Arslan se trenzaran a sablazos en Mantzikert, al primero ya lo habían abandonado la mitad de sus fuerzas.

A principios de Agosto, no obstante, la posición del basileo en Armenia comenzó a dar muestras de mejoría. Para entonces el ejército imperial se había plantado delante de los muros de Mantzikert, tras lo cual los ingenieros griegos empezaron a ensamblar la pesada maquinaria de asedio. En el ínterin, antes de que el trabuco vomitara la primera piedra contra los defensores, el emperador autorizó la razzia acostumbrada sobre los alrededores del enclave, mientras él en persona inspeccionaba a caballo sus paredes para hallar los puntos débiles. Con todo, no hizo falta esforzarse demasiado para reducir a la guarnición. Una decidida carga ejecutada por los mercenarios armenios contra la acrópolis decidió la suerte de la jornada. Superada ampliamente en número y aislada del exterior, la guarnición turca optó por negociar la rendición de la fortaleza a cambio de un salvoconducto (16 de agosto de 1071). Con respecto a este incidente, Ataliates describe consternado la conducta temeraria demostrada por el emperador frente a los selyúcidas, que acudieron a verle con sus venablos y espadas en mano mientras él permanecía desarmado. En la tienda imperial la delegación musulmana fue colmada de honores y regalos y dejada en libertad de acción para retornar, sana y salva, donde sus compatriotas. Con las actividades de espionaje reducidas a su mínima expresión, los bizantinos no sabían aún que Alp Arslan se hallaba apenas a un par de jornadas de distancia, al otro lado del lago Van. Tampoco tenían noción de que la fuerza comandada por Roussel de Bailleul y José Tarchaniotes estaba replegándose dentro del territorio imperial sin haber prácticamente arrojado una flecha. Otra habría sido su actitud si hubieran estado al tanto de los acontecimientos que tenían lugar no muy lejos de allí.

Brienio es herido y Basilacio tomado prisionero.

Tras la conquista de Mantzikert se tornó imperioso para los bizantinos reponer la dotación de vituallas que habían ido consumiendo desde la partida de Teodosiópolis, en julio. Los soldados estaban molestos por la prohibición que había establecido Romano de despojar a los turcos de la guarnición y de saquear las pertenencias de la castigada población nativa. Lo último que necesitaba pues el basileo era insuflar aún más los ánimos de quienes le acompañaban con inconvenientes en el suministro regular de provisiones. En consecuencia, se conformaron patrullas de forrajeo para recorrer las inmediaciones del lugar, algunas de las cuales llegarían inclusive a alcanzar en su desesperada búsqueda los bordes del reino de Georgia y lugares tan distantes como Ardanuji y Oltis. Los turcos de Soundaq, que componían las avanzadas del ejército del sultán, advirtieron de inmediato las ventajas que les ofrecía la dispersión del enemigo y se separaron en pequeñas bandas para emboscar a los forrajeadores. Fue entonces cuando comenzaron los problemas para Romano.

La noticia de que una de las patrullas había sido atacada cuando regresaba de una misión de reconocimiento encendió la alarma en el campamento imperial. Hasta entonces el basileo había dudado de todos los reportes que le habían acercado sus espías acerca de la real ubicación de la fuerza principal selyúcida. Del mismo modo, tampoco estaba al tanto de los últimos movimientos de Bailleul y Tarchaniotes, a quienes suponía aún acantonados en Ahlat para salvaguardar los accesos occidentales del Lago Van. Por tanto, resolvió encomendar a Nicéforo Brienio la misión de limpiar de turcos los caminos utilizados para forrajear. Acorde con las instrucciones dadas por el emperador, Brienio debía barrer una zona muy extensa, que iba desde el monte Ararat, al Norte, hasta la fortaleza de Arjish, ubicada a orillas del lago Van, al Sur. Romano, en cambio, no puso el mismo empeño en proteger el distrito que tenía hacia el Oeste (entre Bitlis y Ahlat), al que consideraba erróneamente libre de turcos gracias a la acción de Tarchaniotes y Bailleul.

A poco de internarse hacia el Este, Brienio se dio cuenta de que los ataques turcos no procedían de meros algareros sino todo lo contrario. Se trataba de bandas conformadas por pequeños grupos de arqueros montados, que empleaban senderos paralelos para hostigar a las patrullas bizantinas. Cada una, sin excepción, se valía de una eficiente técnica merced a la cual atraían sobre sí a sus ocasionales perseguidores para luego rodearlos y emboscarlos. El proceso mediante el cual lograban fragmentar a las formaciones enemigas comenzaba con un intercambio de flechas con los arqueros enemigos, que acaba súbitamente tan pronto picaban espuelas simulando una desesperada retirada. Era el momento en que, actuando como inermes señuelos, conseguían apartar a la caballería pesada de la infantería y de los vagones de forraje. En la persecución que tenía lugar entonces los arqueros montados selyúcidas atraían al enemigo hacia un territorio previamente escogido, adónde se consumaba la emboscada. Atribulada por el calor, agotada bajo el peso del metal y extenuada por la carrera, la caballería pesada perseguía a su presa hasta agotar la fuerza de su inercia. Dispersa y sin el menor hálito de energía quedaba a partir de ese momento expuesta a un demoledor contraataque.
Sin poder lidiar con las pequeñas bandas turcas que lo azuzaban sin descanso y sintiéndose impotente para proteger a los forrajeadores, Brienio solicitó refuerzos a Romano. La respuesta del emperador, a juzgar por las palabras de Juan Skylitzes y de Miguel Ataliates, fue precipitada y descortés; el general fue acusado de cobarde y al principio se le negó de plano la ayuda solicitada. Miguel Psellos se refiere de nuevo en este punto a los errores de inteligencia cometidos por el basileo, quien todavía se negaba a aceptar que lo que tenía en frente era la vanguardia del ejército selyúcida. Al respecto el primer ministro bizantino escribe: “hubo un hecho que aunque a él pasó inadvertido, yo sí advertí entonces: que el sultán en persona, el rey de los persas y los curdos, estaba allí con su ejército y era el responsable de la mayoría de sus éxitos. Pero si alguien le hubiese advertido de su presencia, el emperador no hubiera creído en sus palabras, pues no quería la paz, sino que creía que podría tomar al primer asalto el campamento enemigo” (Cronografía, pág. 447).

Romano finalmente cambió su decisión y despachó al duque de Teodosiópolis, Nicéforo Basilacio, con una numerosa fuerza, para sostener la posición de Brienio aunque también con el encargo de verificar los rumores que circulaban en su campamento, según los cuales Alp Arslan en persona se hallaba en la zona. Ante la llegada de Basilacio, Soundaq y sus tropas se retiraron hacia el Sur. En este punto no está del todo claro si las fuerzas combinadas de Brienio y Basilacio establecieron contacto con Soundaq o con el ejército principal turco. Lo cierto es que en la refriega que siguió, Brienio fue herido y su asistente tomado prisionero. La falta de noticias procedentes de Ahlat y el revés sufrido por Brienio finalmente obligaron a Romano a abandonar la seguridad del campamento y salir en busca del enemigo.

Alp Arslan propone una incómoda e inoportuna tregua.

La captura de Basilacio por los turcos despertó la ansiedad en Romano. El emperador no tenía idea todavía de que la restante sección de sus tropas, bajo el mando del armenio Tarchaniotes y del normando Roussel de Bailleul, había sufrido un número considerable de bajas a manos de Soundaq y ahora se hallaba en pleno desbande, camino a Melitene. Por tal motivo, se apresuró a salir de su campamento, cerca del fuerte de Mantzikert, y confiado, se internó hacia el Este con el fin de interiorizarse de la situación. La ruta se hallaba flanqueada hacia ambos lados por montañas no muy altas cuyas colinas permitían una visual detallada de la meseta que se encontraba debajo. Sin deseos de exponerse innecesariamente a una emboscada, Romano escaló la ladera de uno de esos montes para otear el horizonte. De momento no descubrió turcos a la distancia, de modo que permaneció allí hasta el crepúsculo, cuando la penumbra le obligó a retornar a sus bases en Mantzikert.

Luego de burlar todos los esfuerzos realizados por Romano para conocer la ubicación geográfica del enemigo, Alp Arslan fue capaz de trasladar sus tiendas a muy escasa distancia de donde se hallaba aquél. Entonces, con la caída del sol, ordenó a sus arqueros disparar contra las carpas del ejército imperial, ataque que se prolongó casi hasta el amanecer. Al salir el sol, Romano, reunido en consejo militar con sus generales, trató de establecer el curso de acción a seguir; algunos de los presentes trataron de convencerle de la necesidad de salir cuanto antes a confrontar al agresor aprovechando la superioridad numérica, mientras que otros, entre ellos el emperador, sostenían la conveniencia de aguardar por la llegada de Tarchaniotes y Bailleul, cuya confluencia reforzaría aquella ventaja permitiendo cerrar filas contra un enemigo que en el mejor de los casos disponía de no más de treinta mil hombres. Todo era por entonces confusión y ansiedad en el campamento bizantino y nadie acertaba a predecir el siguiente movimiento del enemigo. Por esta razón, la repentina aparición de una embajada con una propuesta de paz remitida por el sultán les dejó boquiabiertos aunque ojialegres: una propuesta como esa no podía esconder otra cosa que no fuera una evidente sensación de debilidad.

La tregua solicitada por el sultán no hizo más que convulsionar los ánimos en el campamento cristiano. Y si antes el consejo de guerra había deliberado en torno a la estrategia a seguir ahora se aplicó a considerar las ventajas y desventajas del inesperado ofrecimiento. Es muy probable que, en el debate resultante, se tuvieran en cuenta especialmente las dificultades que se habrían de enfrentar para reunir una nueva hueste si, como el sultán deseaba, se llegaba a dar por finalizada la presente campaña. Por otra parte, como contrapartida, se barajó la posibilidad de aceptar la tregua como una manera de ganar tiempo para permitir el arribo de Tarchaniotes y sus fuerzas. Lo que también conllevaba el riesgo de que Alp Arslan recibiera refuerzos procedentes de Mesopotamia e Irán. Sin mencionar el hecho de que la dilación de la campaña podría traducirse además en una crisis anímica para las tropas cristianas que, para colmo de males, ya mostraban claros síntomas de indisciplina. Fue en definitiva una decisión que, en última instancia, recayó sobre el emperador. La embajada selyúcida fue convocada en la tienda imperial donde recibió una desdeñosa contestación: Romano y Alp Arslan se verían las caras en el campo de batalla.

Al día siguiente, 18 de agosto, mientras los selyúcidas se aprestaban a la oración y a celebrar el próximo Sabbath, los griegos afrontaron los preparativos entre desilusiones y lamentos. Y no era para menos; con el transcurso de las horas se confirmaron las peores sospechas acerca de lo que realmente había acontecido con las tropas enviadas para ocupar Ahlat, si bien Romano se siguió aferrando a la esperanza de que Tarchaniotes no se hallaba muy lejos de allí. Y si el desconcierto por la actitud del general armenio cayó como un balde de agua helada en el campamento griego, no fue menor el estupor que causó la noticia de que los cumanos, a instancia de Tames, se habían pasado como un solo hombre al enemigo. Quizá fueron las soldadas adeudadas o el mayor apego que sentían los mercenarios cumanos respecto a sus parientes selyúcidas lo que determinó el deplorable comportamiento de tan volátiles aliados; lo cierto es que la decisión de Tames se produjo justo cuando Alp Arslan recibía refuerzos de las guarniciones de Ahlat, Arjish y Van, y de las poblaciones kurdas cercanas al Lago Urmia.

Romano forma a sus tropas en orden de batalla.

Hasta el 18 de agosto la idea de Romano IV había sido establecer contacto con el enemigo en un combate cuerpo a cuerpo dónde sus tropas, provistas de mejores defensas y numéricamente superiores al adversario, tenían mejores posibilidades de vencer. Sin embargo, en los días previos, la gran fuerza griega se había separado por lo que era necesario volver a reunirla para que una de las premisas de dicho plan, la ventaja numérica, se cumpliera. Hasta último momento las patrullas de escuchas bizantinas recorrieron las inmediaciones de Ahlat para dar con el paradero de José Tarchaniotes y Roussel de Bailleul. Todos sus esfuerzos fueron en vano.

En la mañana del viernes 19 de agosto, advirtiendo que su campamento había sido cercado por el ejército del sultán, Romano decidió no esperar más y dar batalla, aunque siguió aferrado a la esperanza de que aquéllos todavía acudirían en su ayuda. Abandonó pues el perímetro fortificado de sus tiendas y en un punto al este de Mantzikert formó a sus hombres en dos líneas. Lamentablemente para su causa, el terreno escogido era una trampa mortal: abierta y sin obstáculos naturales de relevancia, la planicie constituía el escenario ideal donde los turcos podían echar mano a su táctica predilecta de huidas fingidas y contraataques demoledores.

Cerca del mediodía, la primera línea bizantina compuesta exclusivamente por caballería pesada, tomó posiciones en la campiña: a la izquierda se formaron los contingentes provistos por los themas occidentales, en su mayoría griegos procedentes de Macedonia, Tracia y Tesalia, además de escuadrones suministrados por los príncipes eslavos vasallos. En el otro extremo de la línea, el estratego del thema de Capadocia, Teodoro Alyattes, debía coordinar los movimientos de una división integrada por caballería de los themas asiáticos de Armenia, Carsiano y Capadocia, aunque también había jinetes armenios y georgianos. Ambas alas fueron reforzadas mediante caballería liviana, pechenega y uza, posiblemente con el fin de neutralizar cualquier maniobra envolvente que pudiera desplegar el enemigo. En el centro, entretanto, Romano en persona se preparó para dirigir a un selecto grupo de combatientes, quince mil soldados aproximadamente, suministrados por los restantes themas asiáticos y por los tágmatas. Dada la función primordial de guardia personal que venía desempeñando la guardia varega desde lo tiempos de Basilio II, es muy probable que ésta marchara a la zaga del emperador para protegerle durante el fragor de la lucha. Detrás de la caballería pesada se formó la segunda línea, haciendo las veces de reserva: soldados de infantería, jinetes francos y normandos, y la mayor parte de la Etairia, conformada por mercenarios. El poco fiable Andrónico Ducas fue elegido para comandarla con la asistencia de numerosos integrantes de la nobleza capitalina. A sus espaldas, el campamento quedó a cargo de unos pocos oficiales, que debían velar por la seguridad de los heridos y convalecientes que habían dejado los enfrentamientos de los días anteriores.

A diferencia de Romano, Alp Arslan se estableció en una colina cercana, para observar la batalla desde lo alto. Sus tropas no representaban un serio desafío para los acorazados bizantinos en el combate cuerpo a cuerpo, pero él no se mostraba preocupado. Había instruido a sus lugartenientes de no aventurarse a un enfrentamiento de esas características y sabía por experiencia que en la movilidad de sus jinetes se encontraba su mayor ventaja. Quizá por eso se mantuvo tranquilo y confiado, pese a que debajo sus súbditos se formaban paralelamente a la vanguardia imperial, como si fuesen a amortiguar con su estoicismo la carga frontal de la caballería cristiana.

Mantzikert fase 1 v000

Batalla de Mantzikert: primera fase.

“Aquel terrible día”: la batalla de Mantzikert. Primera fase.

Bajo el sol canicular los arqueros montados selyúcidas, guiados por el eunuco Taranges, dieron inicio a la batalla con una descarga interminable de flechas que aguijoneó a hombres y bestias por igual. El ataque fue respondido desde los flancos por los aliados turcos del emperador, aunque su inferioridad numérica resultó determinante a la hora de medir la efectividad de tal acción. En ese preciso instante el basileo debió advertir el error que había cometido al enviar a su infantería liviana y al grueso de sus arqueros junto con José Tarchaniotes. Los bizantinos permanecieron inmóviles durante algún tiempo, aguardando a que los turcos se acercaran un poco más para tenerlos al alcance de sus lanzas. Pero los arqueros selyúcidas, con buen tino, no se movieron más allá de la distancia prudencial señalada por el rango de tiro de sus arcos. Por fin, harto de ser vapuleado por las saetas musulmanas, Romano dio la orden de avanzar, a lo que el centro de la línea turca replicó retrocediendo con el mismo entusiasmo que ponían sus perseguidores en darles alcance. En lo alto Alp Arslan debió frotarse las manos con confianza, al ver cómo los desprevenidos romanos caían en la trampa.

Cuando Romano y sus caballeros picaron espuelas corriendo detrás del núcleo central de la formación enemiga, no advirtieron que las alas del ejército turco en lugar de retroceder se movían hacia delante. Si tal vez se hubiesen percatado de ello la reacción instintiva habría sido retrasar inmediatamente los flancos para conformar una cuña contra la media luna envolvente propuesta por el enemigo. Habrían podido con esta maniobra romper las líneas enemigas por el centro sellando la victoria merced a un oportuno despliegue de la reserva a cargo de Andrónico Ducas. Tal movimiento habría persuadido a los selyúcidas de la conveniencia de volver grupas hacia las montañas perimetrales que cerraban el paso hacia el Norte y el Sur. Pero la caballería bizantina mantuvo el paso sin romper la formación lineal. A poco, persiguiendo lo que parecía ser un espejismo que se desvanecía tan pronto como los turcos del centro volvían a retroceder, la vanguardia bizantina fue cercada por los flancos y acribillada a flechazos. Si bien los jinetes acorazados de ambos extremos soportaron con bastante aplomo la estocada turca, hubo muchos que perdieron a sus cabalgaduras y quedaron rezagados debido al peso de sus armaduras.

Mantzikert fase 2 v000

Batalla de Mantzikert: segunda fase.

Cada arremetida propuesta por Romano impregnó a la vanguardia bizantina de una inercia que, con el correr de las horas, se fue diluyendo hasta finalmente detenerse en el mismo campamento del sultán. En otras circunstancias, la posesión de las tiendas del enemigo habría significado una victoria incuestionable. Mas este campamento estaba vacío, y lo que era peor, la sed comenzaba a tumbar jinetes y animales tanto como lo hacían los proyectiles turcos, que no cesaban de caer desde todos lados. Comprendiendo lo endeble de su posición y con todas las fuentes de agua cercanas en poder del enemigo, Romano no tuvo más remedio que hacer correr la voz de retirada. Aquéllos caballeros que habían perdido a sus monturas en la lucha llevaron la peor parte durante la contraofensiva que siguió; perseguidos sin misericordia, dejaron una estela de cuerpos cuya disposición revelaría la manera en que cada cual había resuelto terminar sus días: dispersión o aglomeración eran sinónimos más que elocuentes de fuga o resistencia respectivamente.

“Aquel terrible día”: la batalla de Mantzikert. Segunda fase.

Lo que sucedió después fue una sucesión de hechos confusos recogidos de manera disímil por las fuentes de la época. Así pues, mientras algunas sostienen que la orden de retirada dada por el emperador fue seguida a pie juntillas por la división central e ignorada por las alas, no tanto por indisciplina sino por fallas en la comunicación, otras afirman que los flancos interpretaron mal dicha orden, confundiéndola con una señal de derrota. En todo caso, los selyúcidas advirtieron el revuelo en la formación griega y presionaron sobre las brechas que comenzaban a aparecer entre el centro, comandado por Romano, y las alas, donde Teodoro Alyattes soportaba la peor parte del ataque. En este punto Alp Arslan decidió que había llegado la hora de jugarse la jornada en un contraataque masivo y envió a 10.000 jinetes de refresco para apoyar a Taranges. La medialuna que antes había ido retrocediendo gradualmente frente a cada arremetida imperial ahora avanzaba a medida que los bizantinos retornaban a su campamento.

Fue tal la intensidad y la virulencia de la persecución que desataron los turcos sobre la vanguardia imperial en retirada que Romano se vio obligado a dar media vuelta para detener lo que amenazaba convertirse en un desbande generalizado. Allí se vio lo mejor de las selectas tropas que guiaba, pese al escarceo de las cabalgaduras y a los estertores que comenzaban a inundar la planicie. A su derecha, mientras tanto, Teodoro Alyattes se debatía con la esperanza de que Andrónico Ducas no tardara en llegar para reforzar el flanco. Nada de ello sucedió. El comandante de la reserva, puesto en aviso de lo que sucedía más allá del alcance de su visión, resolvió que sería mejor conservar intacta la retaguardia si, como algunos fugitivos aseguraban, Romano había muerto en el campo de batalla. Aunque Mantzikert y la gloria estaban más cerca, en Constantinopla le aguardaba un trono vacío. Volviendo grupas hacia el Oeste, picó espuelas y defeccionó sin que le remordiera la conciencia.

La huida del cesar tuvo un efecto desolador sobre la moral de aquéllos que, acatando las órdenes del basileo, se habían vuelto para afrontar la carga masiva de Taranges y sus tropas de refresco. Pronto, el espacio vacío dejado por la reserva bizantina en franco repliegue fue ocupado por una nueva línea de jinetes selyúcidas, que acabó encerrando al centro del ejército imperial en un amplio círculo, con Romano en medio del caos de mandobles, proyectiles y estocadas. De uno y otro lado quedaron Brienio y Alyattes, aislados de la columna central, y con sus divisiones separadas en pequeños grupos que acabarían siguiendo el ejemplo de la reserva.

“Aquel terrible día”: la batalla de Mantzikert. Tercera y última fase.

Mientras las alas del ejército bizantino se disgregaban bajo la presión de la caballería turca, la batalla alcanzaba su punto culminante en el centro, con Romano ultimando enemigos a diestra y siniestra como un avezado legionario de mil guerras. La valentía del emperador fue inclusive destacada por uno de sus mayores detractores, Miguel Psellos, quien al respecto escribió: “lo que ocurrió después es algo que no puedo alabar, pero que soy también incapaz de censurar. El emperador asumió en persona todo el peligro. En efecto, si alguien valorase al emperador por ser un guerrero intrépido y arrojado, tendría en ello material suficiente para un encomio. Pero si, por el contrario, considerase que él se expuso a los peligros de manera irreflexiva, a pesar de que habría sido preciso que se mantuviera apartado del frente de acuerdo con la estricta lógica militar por su condición de comandante en jefe del ejército, para dar las oportunas órdenes a sus tropas, encontraría entonces mucho que censurar en su comportamiento. Yo por mi parte estoy con los que lo alaban, no con los que lo censuran” (Cronografía, pág. 447 y 448).

En cierta manera Psellos parece con este párrafo querer limpiar su conciencia por los hechos que tendrían lugar tiempo después y en los que su opinión jugaría un papel determinante. Tanto más por cuanto a renglón seguido continúa ensalzando la valerosa defensa dirigida por el basileo: “Así pues, se puso toda su armadura de guerrero y desenvainó su espada contra los enemigos. Diré tal como se lo oí a muchos, que a muchos mató de nuestros enemigos y obligó a los otros a huir”.

Gracias a Miguel Ataliates, que fue el único testigo ocular de la batalla, sabemos que el emperador continuó luchando con fiereza, montado sobre su destrero, y flanqueado por la guardia varega. Cada vez más cercado, hizo un último esfuerzo por reagrupar bajo su égida a aquéllos que habían comenzado a defeccionar desde los flancos, donde la resistencia de Brienio y Alyattes había terminado con los comandantes lanzados en una frenética carrera en busca de la salvación. Pero ni siquiera los tágmatas que peleaban a espaldas de los varegos se detuvieron a escuchar sus gritos. Viendo cómo las alas cedían y anticipándose a una posible carnicería, abandonaron toda resistencia y rompieron filas imitando en el desorden a las tropas temáticas. Su frenética retirada abrió algunas brechas entre las líneas turcas, por dónde salieron disparados algunos rezagados.

Acerca de lo que sucedió después, las fuentes se tornan monocordes adoptando una inusual uniformidad para describir los últimos instantes de la batalla. Tanto Miguel Ataliates como Brienios, Zonaras, Skylitzes (Skylitzes Continuatos) y el propio Psellos comparten los mismos elogios ante la actitud temeraria demostrada por Romano Diógenes en los momentos previos a su caída en desgracia. “Atacado por el sultán, el emperador instruyó a sus hombres para que no se rindieran ni mostraran una actitud cobarde. Pelearon así, con bravura, durante largo tiempo… A pesar de estar rodeado, él no se rindió fácilmente; tratándose de un soldado experimentado, luchó valientemente contra sus asaltantes, matando a muchos de ellos, hasta que, cortado en una mano por una espada enemiga, fue obligado a desmontar y seguir peleando a pié” (Miguel Ataliates, Historia, 162 y 163). “Arengando a sus hombre para no rendirse, peleó con arrojo durante largo tiempo, matando a muchos e impidiendo que le apresaran; herido luego por una espada, fue obligado a desmontar cuando su caballo resultó lesionado y siguió batiéndose en tierra” (Skylitzes Continuatos, 149 y 150). “Pero después, cuando los que le hacían frente se dieron cuenta de quién era, se vio rodeado por un círculo de enemigos, cayó del caballo al ser herido y fue capturado” (Miguel Psellos, Cronografía, pág. 448). “Él (Romano) y sus hombres tomaron parte en la batalla y resistieron tanto como pudieron, hasta que la captura de unos y la muerte de otros posibilitaron que fuera rodeado; aún así no se rindió” (Juan Zonaras, Extractos de Historia o Epítome, 18, 14, 19). “Desenvainó, cargó contra las filas enemigas, mató a muchos y puso en fuga a otros; pero fue herido en una mano y, reconocido y rodeado, acabó capturado cuando su caballo, habiendo recibido el impacto de un proyectil, cayó sobre él. Encadenado, fue conducido ante el sultán” (Nicéforo Brienio, 117).

Anochecía ya cuando cubierto de sangre y sudor y cargado de cadenas, Romano fue conducido en presencia de Alp Arslan. Nunca antes, ni siquiera durante los gloriosos días del Califato, un emperador romano había padecido semejante escarnio. Y si bien el Imperio había soportado humillantes derrotas en el pasado, jamás había tenido que hincarse de hinojos ante el Islam para implorar por la vida de un basileo.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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