IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia. Parte VI

Posted by Guilhem en julio 28, 2007

Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia.

Extracto: La dominación bizantina, primero, y la irrupción selyúcida, después, determinaron la migración de muchos elementos armenios desde el núcleo central ubicado en el valle del Araxes hacia una vasta zona comprendida entre las ciudades de Sebastea y Cesarea Mazacha, al Norte, y Antioquía y Edesa, al Sur. “Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia” recoge con pormenorizado detalle la estrecha relación existente entre Constantinopla y Cilicia en tiempos de los emperadores de la dinastía Comneno, Alejo I (1081-1118), Juan II (1118-1143) y Manuel I Megas (1143-1180).

VI parte: Constantino Coloman, duque de Cilicia.

El legado de la campaña de 1158-1159: Constantino Coloman.

Mientras Manuel y sus aliados combatían en Anatolia contra Kilij Arslán II, Andrónico Eufobeno, el gobernador imperial de Cilicia, tuvo que vérselas con una revuelta encabezada por el príncipe roupénida Esteban, hermano de Thoros II. La partida de Manuel rumbo a Constantinopla había alentado a algunos barones indóciles del Antitauro a bajar a la planicie para saquear el territorio a voluntad. No está claro si los revoltosos pretendían liberarse de la autoridad imperial o simplemente les guiaba un deseo de venganza hacia los griegos en sus algaradas, pero de lo que no quedan dudas es que Andrónico se tomó en serio el asunto cuando la comarca en torno a Marash fue pillada por el noble armenio. Sin hombres suficientes para conjurar el peligro en el campo de batalla, el gobernador griego decidió jugárselo todo en una celada. Invitó a Esteban a acudir a su palacio en Tarso para homenajearle y en pleno banquete ordenó a su guardia que arrestase a los comensales, quienes a continuación fueron asesinados de manera truculenta (acorde con las fuentes armenias).

El asesinato de Esteban llenó de ira a Thoros. El noble armenio, que había permanecido relativamente tranquilo en las montañas luego de haber obtenido el perdón del propio Manuel (por el saqueo de Chipre), reunió a sus secuaces y se aventuró contra Anazarbo, Vakha y Mamistra, cuyas guarniciones fueron reducidas sin inconvenientes. Pero una ruptura entre los aliados cristianos podía arrojar Antioquía y Trípoli en las manos de Nur ed-Din, por lo que Amalarico, el sucesor de Balduino en el trono de Jerusalén, se trasladó rápidamente hacia el Norte para oficiar como mediador.

Manuel, entretanto, alarmado por la caída de la gran fortaleza de Vakha, había resuelto el reemplazo inmediato del inepto Andrónico Eufobeno. Estaba ansioso por contener lo que creía se trataba de una guerra de liberación y obviamente no veía con buenos ojos que un oportunista destruyera los recientes logros de su campaña en Oriente. Imposibilitado de acudir el mismo en persona debido a una invasión cumana en Bulgaria, comisionó a uno de sus mejores soldados, Constantino Coloman, para apagar el incendio. La aparición del nuevo gobernador en Cilicia al frente de una numerosa fuerza, sumada a la mediación emprendida por el rey de Jerusalén, devolvió la calma a la provincia. Thoros depuso las armas y se retiró a su guarida en las montañas, probablemente al castillo de Dajikikar. Entretanto, las principales ciudades y fortalezas cilicianas regresaban a manos de los griegos.

Aunque Cilicia había sido pacificada, Constantino Coloman pronto se vio envuelto en las disputas dinásticas que aquejaban al principado de Antioquía. En 1160 Reinaldo de Chatillon había caído prisionero, emboscada mediante, en manos de Mjad ed-Din, hermanastro de Nur ed-Din. La falta de un sucesor mayor de edad fue aprovechada entonces por la princesa Constanza para hacerse con el poder, más la oportuna intervención del rey de Jerusalén salvó la jornada para el partido anti-bizantino. Bohemundo III, de quince años,  y el patriarca Aimery fueron confirmados por su majestad como príncipe legítimo y  regente respectivamente. No conforme con las disposiciones del monarca, Constanza acudió al emperador, que había sido ignorado olímpicamente en el asunto de la elección del sucesor. Como señor de la ciudad, a Manuel le correspondía el susodicho derecho, por lo que una embajada encabezada por Alejo Brienio Comneno (hijo de Ana Comneno y por tanto, primo hermano suyo) y por el prefecto de Constantinopla, Juan Camatero, desembarcó en San Simeón para dilucidar la cuestión. Los delegados imperiales, contrariando los deseos del rey latino, restituyeron a Constanza en el gobierno, aunque le arrancaron la condición de que cedería su lugar a Bohemundo III ni bien éste alcanzara la mayoría de edad.

Cercano Oriente hacia 1161

En 1162 Bohemundo cumplió dieciocho años. Según lo que se había pactado oportunamente, Constanza debía cederle el principado, pero la ambiciosa dama se negó a hacerlo apoyándose en la supuesta complacencia del basileo. Como Bohemundo contaba con el favor de Amalarico y Thoros, ella acudió a Constantino Coloman para revalidar sus derechos. Sin embargo fueron los mismo antioqueños los que, hastiados de las intromisiones griegas, le bajaron el pulgar. A despecho del gobernador imperial, Constanza fue depuesta y, ante el regocijo del populacho, reemplazada por el joven Bohemundo. El oportuno reconocimiento de los derechos de Manuel sobre el principado salvó la jornada para el nuevo régimen y obligó a Constantino Coloman a permanecer expectante en sus cuarteles de Tarso.

Constantino Coloman acude en defensa de Raimundo de Trípoli.

Hacia 1159 la existencia de los estados francos engendrados por la I Cruzada en Ultramar estaba garantizada por dos hechos cuya influencia se hacía notar en la salud y en la integridad territorial de aquéllos. Por un lado el Imperio Bizantino, con todo su potencial bélico restaurado a pleno por los soberanos de la dinastía Comneno, constituía la primera línea defensiva frente a los emires y capitanes de Nur ed-Din. Mientras las tropas de Manuel circularan por las inmediaciones, ésto es, campo traviesa de Cilicia y Siria, ningún potentado musulmán se arriesgaría en una campaña seria contra las fronteras cristianas. Las dos expediciones dirigidas por Juan II y la más reciente, encabezada por Manuel I, no dejaban margen para la incertidumbre: Cilicia, Siria y Palestina eran consideradas verdaderos protectorados por los basileos. Y si bien es cierto que aún los musulmanes podían arrebatar a los cristianos alguna importante ciudad, como ya lo habían hecho con Edesa, Turbessel o Birejik, parecía claro que, por el momento, Antioquía, Trípoli y la propia Jerusalén no corrían peligro.
En segundo lugar, había otro factor que resultaba clave y se complementaba perfectamente con el anterior, para asegurar el bienestar de los estados latinos: la desunión reinante en el Islam. Al norte de los territorios de Nur ed-Din, el sultanato de Rum y los emiratos danisméndidas de Cesarea, Malatya y Sebastea se disputaban el corazón de Anatolia y los valles del Halys. Tales enfrentamientos sustraían importantes recursos materiales y humanos, debilitando sobremanera a dichos estados frente a otra potencia que, desde la Alta Mesopotamia y Siria, se mantenía a la expectativa para sacar partido del conflicto: el estado de los zengíes. Pero inclusive la entidad fundada por Zengi tenía sus propios problemas domésticos, con emires siempre dispuestos a independizarse y parientes que Nur ed-Din no podía controlar. Para colmo de males, al Este, el califa de Bagdad revestía una autoridad espiritual que el sucesor de Zengi no podía desconocer. Y en el Sur, el califato rival de los fatimíes controlaba Egipto y sus inagotables recursos, evitando que el Islam se cerrase como una mano sobre los estados trinitarios por las desavenencias de sus líderes. Tanto Manuel como los gobernantes cristianos de Siria y Palestina sabían que sus mejores posibilidades pasaban por la desunión de los musulmanes. Y habían aprendido a la perfección a aprovecharse de ella.

En 1160, no obstante, la situación pareció dar un vuelco debido a la inestabilidad política imperante en El Cairo. El Califato Fatimita se debatía en una dolorosa agonía, con califas niños que eran verdaderos juguetes en las manos de sus visires. La muerte del hijo y sucesor de al-Zafir, al-Fa`iz, de solo cinco años de edad, determinó que el visir armenio Ibn Ruzzik colocara en su lugar a al-Adid, cuatro años mayor que su antecesor. Al-Adid, que era primo de al-Fa`iz, fue inmediatamente obligado a casarse con la hermana de Ibn Ruzzik, más que todo para reforzar la posición del ambicioso visir frente a los parientes del califa. Lejos de dejarse amedrentar, la familia real contraatacó mandando a asesinar a éste último, que sin embargo tuvo tiempo para proclamar como nuevo visir a su hijo, al-Adil. Luego, al-Adil fue a su vez derrocado por el gobernante de Egipto superior, Sawar, quien a su vez fue depuesto por su mano derecha, Dirgam. A fin de eludir la suerte de sus predecesores, Dirgam impuso un régimen de terror que promovió el asesinato de todos aquéllos sobre cuyas espaldas pesaba la posibilidad de la sospecha y el conato revanchista.

Tal grado de debilidad no pasó desapercibido para la corte de Jerusalén. La amenaza de una invasión cristiana al delta del Nilo fue evitada por Dirgam mediante la promesa de pago de un elevado tributo. Con todo, las evasivas del visir árabe terminaron con la paciencia del monarca cristiano. Balduino III (que sería sucedido por Amalarico en 1162) invadió el país y puso sitio a Pelusium, en el Norte. Entretanto, Nur ed-Din, que observaba atentamente los movimientos de su archirival de Jerusalén, aprovechó la salida del ejército real para atacar al condado de Trípoli. El objetivo no había sido escogido al azar. Todo lo contrario; Trípoli era el eslabón que jalonaba el Norte con el Sur cristiano. Su caída en manos del atabek podía facilitar el aislamiento terrestre de los dominios trinitarios en Palestina, con lo que la perspectiva de un efectivo asalto a la Ciudad Santa tomaba cada vez más fuerza.

Para tener éxito Nur ed-Din debía asegurarse de que Balduino III no pudiese volver a tiempo de Egipto para auxiliar a sus vecinos. Además, tenía que confiar en que los griegos a cargo del general Coloman se mantuvieran ajenos al pleito en sus posiciones cilicianas. No contó, sin embargo, con que el conde Raimundo llamaría en su ayuda a los antioqueños y al mismo Coloman. Las fuerzas conjuntas de Antioquía, Trípoli y Cilicia, auxiliadas por contingentes recién llegados de Europa, marcharon entonces hacia el valle del Buqaia para obligar a Nur ed-Din a levantar el asedio al castillo del Krak. En la batalla que tuvo lugar a continuación se destacaron especialmente los regimientos armenios y griegos dirigidos por Constantino Coloman. Nur ed-Din fue derrotado y debió retirarse en completo desorden hacia Homs. La alianza con los griegos y el interesado entendimiento entre los principales potentados cristianos de Ultramar volvían a demostrar su valor.

Ultramar, ciudades y fortalezas del siglo XII

Ultramar, ciudades y fortalezas del S. XII

La derrota de Artah: el prestigio de Bizancio vuelve a salvar a Ultramar.

No estaba dicha, pese a todo, la última palabra en lo concerniente al régimen imperante en Egipto. Dirgam se sostenía en el poder a duras penas, y para peor, su depuesto antecesor, Sawar, había marchado a Siria para suplicarle a Nur ed-Din que le restituyera en el gobierno. Viendo el atabek de Alepo la gran oportunidad que se le presentaba para extender su órbita de influencias hacia el país del Nilo, comisionó a su leal general Shirkuh con la intención de desplegar a su ejército hacia el delta del río. Junto a Shirkuh partió su joven sobrino, Salad ed-Din Yusuf, Saladino, que tiempo después se convertiría en una verdadera pesadilla para los estados latinos de Siria y Palestina.

Informado de los movimientos de Sawar y sintiéndose en inferioridad de condiciones frente a la fuerza invasora, Dirgam acudió al rey de Jerusalén en busca de ayuda. En 1164 reinaba Amalarico que, como su predecesor, sabía perfectamente la importancia que tenía Egipto para Nur ed-Din. Sin pérdida de tiempo contestó favorablemente al llamamiento de Dirgam, pero sus caballeros se demoraron en la península de Sinaí y no lograron impedir la destitución del visir árabe. Dirgam fue ejecutado y Sawar investido en su lugar por un Shirkuh que se salía de la vaina, rebosante de alegría.

Nunca debió haberse sentido tan intimidado Amalarico como en ese momento. El califato fatimita parecía al borde de la desintegración y, para redondear la desgracia, las fuerzas de Nur ed-Din se hallaban ahora a ambos lados de su reino, atenazándolo peligrosamente. El alma le volvió al cuerpo cuando súbitamente apareció en su palacio una embajada procedente de El Cairo. La enviaba Sawar que, revitalizado por el ejercicio del poder, había resuelto prescindir de los servicios de sus benefactores sirios. Encantado, Amalarico se sentó a escuchar la propuesta de los delegados egipcios. A cambio de ayuda militar, los fatimíes le ofrecían un jugoso tributo además de costearle los gastos de la campaña.

La salida del ejército real hacia Bilbeis, adónde se había refugiado Shirkuh, fue una vez más aprovechada por Nur ed-Din para emprenderla contra sus vecinos cristianos en el norte de Siria. A diferencia de la campaña anterior el atabek prefirió en esta ocasión probar suerte un poco más cerca, en los territorios de Antioquía. La lejanía de Amalarico le daría el tiempo suficiente para intentar el asalto de la gran fortaleza de Harenc. Aunque el desafío era formidable, el premio ameritaba la intentona. Harenc era la llave del Orontes inferior y si los francos la perdían, Antioquía quedaría definitivamente confinada entre el río y el litoral mediterráneo.

Siendo ahora el principado de Antioquía el objetivo declarado de Nur ed-Din, Bohemundo decidió imitar el accionar que Raimundo de Trípoli había tenido dos años antes. Por tal motivo mandó emisarios hacia todos los puntos cardinales para atraer a sus vecinos inmediatos a su causa. Desde Cilicia acudieron entonces Thoros II y su hermano Mleh al frente de un contingente armenio, acompañados por las tropas griegas al mando del duque imperial Constantino Coloman. Raimundo de Trípoli emitió acuse de recibo y apareció en Antioquía con un regimiento de caballería y algunos peones de infantería. Hugo, conde de Lusignan, a la sazón peregrino ocasional, se acopló también con su guardia personal. Amalarico, entretanto, empantanado en Bilbeis, no tuvo más remedio que llegar a un acuerdo con Shirkuh. Salvaría la posición de Sawar si bien tenía claro que ni siquiera desplazándose a marchas forzadas podría alcanzar a las fuerzas aliadas antes de que se estableciera contacto con las huestes de los zengíes.

Puesto al tanto de los planes de su adversario, Nur ed-Din también decidió reforzarse con regimientos proporcionados por sus vasallos. Así, pues, su campamento pronto se pobló de emires, capitanes, gobernadores y lugartenientes: Kara Arslán acudió desde Hsin Haifa y Amida (Diarkebir); el hermano de Nur ed-Din, Qutb ed-Din, llegó procedente de Mosul; Najm ed-Din Alpi hizo lo propio desde Mardin, lo mismo que los emires ortóquidas de Kir y Diert. Sin que los ejércitos cristianos aparecieran en el horizonte, las tropas musulmanas pusieron sitio a Harenc probablemente hacia finales de julio de 1164.

Reinaldo de Saint-Valery, el castellano de la fortaleza, era un avezado soldado que, pese a estar en inferioridad numérica, se las arregló para arruinar el impulso de los musulmanes. Sabía que la ayuda estaba cerca y que los musulmanes se desalentarían bien rápido si quedaban cercados entre las murallas de Harenc y las fuerzas de socorro. Y no se equivocó. La irrupción de la vanguardia cristiana, liderada por los altos dignatarios del vecindario hizo dudar a Nur ed-Din. Sentía un profundo respeto a la vez que temor por Constantino Coloman, puesto que su presencia en el ejército de socorro le recordaba que detrás de la figura del duque estaba la amenazadora estampa del emperador. Como había anticipado Reinaldo de Saint-Valery, el atabek de Alepo resolvió prudentemente levantar el cerco y retirarse.

Todo habría salido bien si la inercia del avance cristiano se hubiese detenido en los muros de la fortaleza. No obstante, el desastre se presentó bajo el signo de la inexperiencia y la temeridad de la juventud. Bohemundo de Antioquía, que no se daba por satisfecho con haber salvado a su feudatario, picó espuelas junto al medio millar de jinetes que le seguían y corrió tras la estela de polvo que dejaban las caballerías de los musulmanes. Tras él partieron Raimundo, Thoros, Mleh y Constantino Coloman, pese a la oposición de Reinaldo quien, habiendo lidiado ya con Nur ed-Din, estaba al tanto de la ventaja numérica del enemigo.

La batalla que siguió tuvo lugar el 10 de agosto de 1164, en las proximidades de Artah, al norte de Harenc. Durante el fragor de la lucha los jinetes musulmanes, fingiendo huir, atrajeron a Bohemundo hacia una emboscada. El ejército cristiano en pleno cayó en la celada y aquéllos que no fueron masacrados por los venablos y las cimitarras, desfilaron cargados de cadenas rumbo a las prisiones de Alepo. El balance resultó catastrófico para los latinos y sus aliados; tan solo Mleh consiguió escapar, mientras que Bohemundo, Raimundo, Hugo de Lusignan, Thoros y Constantino Coloman fueron reducidos y apresados. Ni el propio Zengi en sus mejores días había obtenido un triunfo tan categórico frente a tantos potentados cristianos.

Con Trípoli, Cilicia y Antioquía huérfanas de condes, duques y príncipes, los lugartenientes de Nur ed-Din apremiaron a su señor a avanzar contra ésta última. Pero el Atabek de Alepo dudó en tomar la iniciativa. Pensaba que, desde el Norte, los griegos podían ingeniárselas para resguardar su ciudadela y, por tanto, resistir el tiempo suficiente como para permitir a Manuel aparecer con el ejército imperial. El temor atascó su impulso. Una vez más el prestigio del basileo salvaba a los estados latinos de Siria.

Los últimos ecos del dominio bizantino en Cilicia.

La derrota de Artah y la ulterior captura del duque de Cilicia, Constantino Coloman, señalaron el umbral de la cuesta abajo que sobrevendría para la influencia griega en Ultramar. Manuel I Comneno había empleado ingentes recursos humanos y financieros para sostener la autoridad imperial en Cilicia y el norte de Siria, además de una política de alianzas dinásticas merced a la cual había contraído segundas nupcias con María de Antioquía (1161), hija de Raimundo y de Constanza. Las ventajas de la campaña de 1158-59 y de la participación de Coloman en la liberación del Krak des Chevaliers, sin embargo, se perdieron en la práctica tras la gran victoria de Nur ed-Din en 1164. Y no solo eso; la captura del duque imperial acabó obligando a Manuel a recurrir a otro funcionario, Alejo Axuch, para hacerse cargo de Cilicia, mientras se negociaba la liberación de los prisioneros.

El rey de Jerusalén, entretanto, había regresado prestamente de Egipto y a marchas forzadas, pretendía llegar a Antioquía para impedir a Nur ed-Din sacar provecho de su reciente triunfo. Al rebasar Trípoli recibió el refuerzo de Thierry de Flandes, a quien invistió en el cargo de regente del condado mientras durase la cautividad el conde. Luego, habiendo ingresado en los territorios de Antioquía, entabló negociaciones con Nur ed-Din, quien solo aceptó liberar a Thoros y a Bohemundo por tratarse de vasallos de Manuel, cosa que hizo a cambio de un sustancioso rescate. Ya había dejado ir a Constantino Coloman de modo que, tras la partida de aquéllos, solamente permanecieron en prisión, Raimundo, el conde de Trípoli, y un preso mucho más antiguo por el que nadie sentía afecto: Reinaldo de Chatillon.

Así, pues, mientras Nur ed-Din y Amalarico proseguían sus disputas territoriales, ahora confinadas en la zona de Galilea, Thoros se desplazó rápidamente hacia su baronía en el Norte. Allí aprovechó el relajamiento de la autoridad imperial causada por la súbita irrupción de Constantino Coloman, para reunir a sus levas y realizar una razia en la zona de Marash, de donde volvería con cerca de medio millar de turcos cautivos. Al surgir una serie de altercados en el seno familiar, generados mayormente por la indocilidad y la ambición de Mleh, Thoros tomó las armas contra su hermano y le expulsó de Cilicia. Luego, envalentonado por su creciente poder, decidió disputarle a Oshin de Lamprón su principado, cosa que desagradó sobremanera al catolicós (Patriarca Supremo armenio), Gregorio III, quien estaba emparentado con los hethoumianos. La mediación llevada adelante por Nersés, hermano del catolicós, asumió aristas inesperadas cuando la delegación armenia se entrevistó en Mamistra con Alejo Axuch. Allí, los prelados armenios y el funcionario griego se pusieron de acuerdo para establecer los pasos tendientes a lograr la unión de ambas iglesias, cuestión que al cabo no llegaría a producirse.

En 1166 el conflicto entre Thoros y Mleh, por un lado, y hethoumianos y roupénidas, por el otro, alarmó seriamente al emperador Manuel. Su autoridad en el Cercano Oriente se sustentaba en los castillos y ciudades de Cilicia, que usaba como base de operaciones para ejercer su influencia más al Sur y mantener bajo control al príncipe de Antioquía. Ahora, con el orden del ducado subvertido por las querellas entre los armenios, el basileo decidió que había llegado la hora de reemplazar a Alejo Axuch. La elección recayó en un primo hermano suyo, Andrónico Comneno, que también era un viejo conocido de Thoros II.

No se sabe a ciencia cierta cuáles fueron las razones que llevaron a Manuel a tomar tal medida. Andrónico Comneno ya había estado a cargo de las guarniciones cilicianas en 1152, demostrando entonces su incapacidad para contender con Thoros II. Pese a que el tiempo le había perfeccionado como soldado hábil y temerario, sus aptitudes como estratega y planificador dejaban mucho que desear. Además era inconstante y muy poco obsecuente. Es muy probable que su presencia en Cilicia hacia 1166 revistiese más la condición de un exilio decoroso que otra cosa. Y en esta ocasión como catorce años antes, Andrónico volvió a desilusionar al basileo.

Al principio su actitud hacia los armenios, desconfiada y recelosa, estuvo guiada por su deseo de tomarse venganza de Thoros II. Inclusive llegó a enfrentarse personalmente al noble armenio, a quien hirió en el campo de batalla. Pero su intemperancia le llevó a confiarse y, con el paso del tiempo, su fracaso se hizo patente. Resistiéndose aún a la idea de regresar con las manos vacías, intentó una alianza con Kilij Arslán II, aunque Thoros volvió a derrotarle nuevamente. Por fin, frustrado y desalentado a causa de sus repetidos reveses, abandonó Cilicia por los placeres más mundanos de la corte antioqueña. En adelante, sus galanteos y juegos amorosos tornarían su carrera romántica por el Oriente franco en un verdadero dolor de cabezas para Manuel. Su puesto volvería a ser ocupado por Constantino Coloman.

Mleh desplaza a los herederos de Thoros II.

Una vez más investido duque de Cilicia, Constantino Coloman tuvo que poner manos a la obra para pacificar el territorio. No le resultaría nada fácil. En 1168 había muerto Thoros II dejando un hijo, Roupen II, como sucesor. La minoridad de Roupen había determinado que sus acólitos eligieran a un noble franco, Tomás, para ocupar la regencia. Tomas era sobrino de Thoros y se preocupó realmente por proteger los derechos de Roupén. Al mismo tiempo manifestó al duque imperial sus deseos de mantener la paz con el imperio. Tal vez por que sospechaba del partido de Mleh o quizá debido al temor que infundía la creciente amenaza de los zengíes, Tomás se mantuvo fiel a su política de acercamiento al Imperio. No obstante, en 1170 la situación en Cilicia cambió radicalmente.

Resuelto a reclamar la herencia y viendo que Roupén no era Thoros, Mleh empezó a preparar su regreso a Cilicia. Desde que su hermano le expulsara del país, había vivido bajo la protección de Nur ed-Din, convirtiéndose al Islam a poco de establecer su residencia en Alepo. Tal vez por ese motivo no le resultó difícil obtener tropas del atabek, con las que invadió Cilicia a principios de 1170. Ni los nobles que respondían a las órdenes de Tomás, ni las guarniciones griegas de las grandes ciudades de la región resultaron un obstáculo serio para el avance de Mleh. Al cabo, Tomás debió huir hacia Antioquía, mientras que Roupén sucumbió poco tiempo después ante los esbirros despachados especialmente por su tío para asesinarle. La osadía de Mleh llegó al punto de desafiar la propia autoridad de los francos de Oriente, cuando súbitamente se apoderó de una caravana encabezada por Esteban de Champagne, conde de Sancerre, a quien despojó de todas sus pertenencias.

Hacia mediados de 1172, escudándose en una supuesta afrenta sufrida por su sobrina a manos de Hethoum de Lamprón, Mleh volvió a la carga para reclamar sus derechos ante la nobleza armenia. Con la ayuda de Nur ed-Din sitió infructuosamente la sede de los hethoumianos, tras lo cual volvió grupas hacia el Este y atacó los castillos templarios situados en las faldas de los montes amánicos. Para ese momento los nobles de Cilicia habían acordado reconocerle como nuevo señor con tal de evitar verse envueltos en nuevos derramamientos de sangre. Pero Mleh, inspirado por sus recientes éxitos, estaba intratable. En diciembre de aquél año puso sitio a Adana, Mamistra y Tarso, expulsando a sus guarniciones griegas y tomando prisionero a Constantino Coloman, a quien envió cargado de cadenas rumbo a Alepo, acompañado de un nutrido grupo de prominentes cautivos. Con ellos viajó también la mayor parte del botín pillado, que iría a parar a las arcas de Nur ed-Din como parte de pago de las tropas arrendadas.

Tan solo la oportuna intervención del rey de Jerusalén impidió a Mleh llevar adelante su ambición. Las tropas reales consiguieron desalojar a los acólitos del renegado y restablecer a Constantino Coloman y a las guarniciones griegas en sus puestos, aunque por muy breve tiempo. Un ataque de distracción lanzado por Nur ed-Din contra Kerak señaló el final de la incursión de Amalarico en Cilicia y el regreso triunfal de Mleh a su terruño.

Cercano Oriente en 1170

Mleh, soberano de Cilicia.

El respaldo de Nur ed-Din resultó decisivo para la consolidación de Mleh en Cilicia. Una vez que Amalarico se hubo retirado de la planicie para acudir al rescate de Kerak, el equilibrio del poder comenzó a inclinarse a favor del indómito príncipe armenio. Aún cuando estaba claro que no llegarían tropas de socorro procedentes de Constantinopla, las dispersas guarniciones griegas hicieron cuanto estuvo a su alcance para mantener el control de las grandes ciudades de la campiña. Sus esfuerzos, no obstante, resultaron estériles. Hacia el Este Nur ed-Din atravesaba su mejor momento, estableciendo guarniciones en la propia Mosul, mientras que en el Sur asestaba el golpe de gracia al califato fatimita de Egipto, reemplazando al régimen reinante por su mano derecha, Saladino. Mleh, aprovechándose del apogeo de su protector, podía contar con refuerzos permanentes de Alepo. Moviéndose sobre la cresta de la ola musulmana terminó doblegando la oposición de los bizantinos. Por fin, a finales de 1172, Manuel no tuvo más remedio que reconocerle como barón independiente de Cilicia.

Así las cosas, hacia 1173, la situación había cambiado ostensiblemente tanto en Cilicia como en Tierra Santa respecto al statu quo que resultara de la campaña griega de 1158-59. Por el lado de los francos, el rey de Jerusalén no había logrado impedir la vulneración de todas las fronteras de los estados cristianos de Ultramar. Desde los castillos templarios emplazados en las laderas de los montes amánicos en el Norte, hasta las aldeas y fortalezas de Galilea y Transjordania, en el Sur, el poderío de los cristianos había experimentado la vulneración de todas sus fronteras sin excepción. Lo que es más, la carta de defunción dictada por el sutil cambio de dinastía que había tenido lugar en Egipto había colocado a los esbirros del atabek de Alepo a espaldas del reino. La unidad del mundo musulmán en el Cercano Oriente parecía garantizada con Saladino haciendo las veces de visir de Nur ed-Din en el palacio califal de El Cairo. Con un panorama tan poco prometedor por delante se hizo evidente lo valioso que había sido para los francos el prestigio del emperador.

Tal vez para reflotar la antigua alianza o quizá con la firme intención de congraciarse con el emperador, Amalarico volvió a intentar por su propia cuenta restablecer la dominación griega al norte de las puertas sirias. Ya había fracasado una tentativa acometida por una coalición de nobles francos liderada por el príncipe Bohemundo de Antioquía en persona. En esta ocasión, el rey de Jerusalén se tomó la precaución de evitar los peligrosos desfiladeros y montañas para no arriesgarse a una emboscada frente a los armenios. En cambio, irrumpió de lleno en la planicie, destruyendo las aldeas y quemando las cosechas. Mleh le evitó huyendo de un pico a otro, hasta que una nueva intervención de Nur ed-Din en Transjordania puso término a la aventura ciliciana de Amalarico. Su repentina partida fue celebrada por el noble armenio, devenido para la ocasión en señor supremo de la baronía roupénida de Cilicia.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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