IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia. Parte V.

Posted by Guilhem en junio 28, 2007

Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia.

Extracto: La dominación bizantina, primero, y la irrupción selyúcida, después, determinaron la migración de muchos elementos armenios desde el núcleo central ubicado en el valle del Araxes hacia una vasta zona comprendida entre las ciudades de Sebastea y Cesarea Mazacha, al Norte, y Antioquía y Edesa, al Sur. “Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia” recoge con pormenorizado detalle la estrecha relación existente entre Constantinopla y Cilicia en tiempos de los emperadores de la dinastía Comneno, Alejo I (1081-1118), Juan II (1118-1143) y Manuel I Megas (1143-1180).

V parte: la última visita de un emperador a Cilicia y Siria.

La campaña de 1158-59: Antioquía.

Al frente del ejército imperial, Manuel se presentó ante las murallas de Antioquía el 12 de abril de 1159. Tenía el firme propósito de realizar una entrada solemne a la ciudad, una especie de desfile triunfal con el que el basileo pensaba hacer patente su supremacía sobre los nuevos vasallos orientales, Thoros II y Reinaldo de Chatillon. Ni siquiera los rumores de alzamientos populares intencionalmente esparcidos por los cortesanos del príncipe lograron disuadirle de su propósito. Así, pues, calzándose una cota de malla para prevenir cualquier atentado se decidió a seguir adelante con sus planes.

La marcha de la guardia varega en la vanguardia, desplegada en bizarra formación, dejó boquiabiertos a los habitantes que se habían dado cita para contemplar tan inusual espectáculo. Detrás de aquella, y flanqueado por los principales dignatarios del Principado, que avanzaban a pié, venía Manuel montado en un impecable destrero y vestido regiamente para la ocasión. Llevaba su cota de malla cubierta por una túnica de seda color púrpura y sobre su cabeza, la corona de diademas brillaba como una aureola celestial reflejando los rayos del sol. Reinaldo de Chatillon, conduciendo su humanidad en medio del polvo que levantaban los varegos, sujetaba las bridas del corcel del basileo. Detrás del emperador y con la cabeza descubierta, se destacaba Balduino de Jerusalén, su sobrino consorte. A diferencia de Reinaldo, el rey de Jerusalén había logrado mantener intacto su prestigio, ya que se le había permitido montar su caballería. Sin embargo cabalgaba desarmado, al igual que la flor y nata de su séquito. Por último y cerrando la marcha, un regimiento de pronoiarios y nobles griegos avanzaba con los rostros sonrientes, saboreando la humillación de los altaneros latinos. Detrás, en el campamento que se había levantado extramuros, los oficiales bizantinos de menor rango aguardaban la finalización de la procesión. Con ellos habían quedado algunos rehenes francos para garantizar la seguridad del emperador.

La caravana se desplazó sin contratiempos a lo largo de la avenida principal de la ciudad, hasta la catedral de San Pedro, donde era aguardada por el recientemente repuesto patriarca Aimery. Desde allí y conducida a través de un lecho cubierto de alfombras y flores, siguió viaje hasta el palacio que alojaría al emperador. Hacia el sur, entre la puerta de Hierro y la Torre de las Hermanas, la ciudadela había sido engalanada con los pendones imperiales, según el pacto firmado de antemano a las afueras de Mamistra.

La estadía de Manuel en Antioquía se prolongó una semana y estuvo signada por la impronta de torneos y fiestas que se sucedieron uno tras otro sin solución de continuidad. Acorde con la mentalidad del habitante cristiano de esas latitudes, cismático o papista, permanentemente sometido a la amenaza del Islam, la presencia del emperador trajo una sensación de seguridad y euforia que pronto degeneró en ansiedad. Todo el mundo estaba pendiente del futuro de la campaña y muchos creían que el siguiente objetivo del basileo era quebrantar el poderío de Nur ed-Din. Para su sorpresa e indignación, se decepcionarían muy pronto.

El Cercano Oriente hacia el siglo XII

Una cuestión de imagen.

Aunque la irrupción del emperador bizantino en Siria no tomó por sorpresa a Nur ed-Din, sí sobrevino cuando el atabek de Alepo padecía los efectos de la recaída de una enfermedad que había contraído a finales de 1157, mientras combatía a los francos cerca de Banyas. Incapaz de reincorporarse para afrontar la invasión griega, no tuvo más remedio que acudir a su hermano, Qutb ed-Din, atabek de Mosul, y a los emires vasallos de Mesopotamia, con tal de organizar la defensa de sus territorios. Un importante número de voluntarios acudió rápidamente a su llamado y, con la llegada de los ejércitos de refuerzo, la hueste quedó concentrada en un campamento al este de Alepo. Acantonados allí, los capitanes y emires vasallos recibieron la noticia de que Nur ed-Din se había repuesto de sus afecciones y marchaba presto a asumir el control de las operaciones.

Manuel, entretanto, había puesto fin a los días de jolgorio y diversión que habían seguido a su entrada triunfal en Antioquía. A finales de abril de 1159 decidió que era el momento oportuno para probar la fidelidad recientemente obtenida de sus poco fiables vasallos armenios y francos. Así, pues, asistido por regimientos provistos por Thoros y Reinaldo abandonó la capital del principado y se puso en marcha hacia el Este, en dirección a Alepo.

En este punto quizá convenga detenernos a analizar cuáles eran sus posibilidades frente a las fuerzas de Nur ed-Din y cuáles las ventajas y desventajas de someter a Alepo y entregar su gobierno a algún noble franco de probada lealtad. Cualitativamente, el ejército imperial que el basileo había reunido para la campaña de 1158-1159 era por lejos muy superior al que su padre había comandado veinte años antes en esas mismas latitudes. Tras quince años de reinado, un aceitado manejo de relaciones señoriales y serviles había conducido al desarrollo extensivo de la stratiotikè pronoia por toda la superficie del suelo griego. Con Manuel, la institución de la pronoia había entrado de lleno en la tercera fase de su desarrollo. El emperador, actuando en su calidad de “estado-fisco”, había resignado ingresos fiscales generados por los mismos contribuyentes a favor de pronoiarios que, a cambio del derecho no material perteneciente al estado, debían responder a las levas con servicio militar como contraprestación. Las ventajas del beneficiario de una pronoia referida a un derecho no material eran evidentes: un ingreso fiscal devenía en una renta más o menos fija en comparación con un ingreso económico, que fluctuaba de acuerdo a las contingencias del momento. Para la administración imperial, entretanto, el beneficio consistía en el costo de mano de obra que el erario se ahorraba al prescindir de la enorme dotación de recaudadores de impuestos que había existido durante el auge de los stratiotas. En este caso era el mismo pronoiario el encargado de velar por que sus rentas fiscales realmente fueran a parar a sus bóvedas. En resumen, bajo el reinado de Manuel, todo el mundo deseaba convertirse en pronoiario.

En segundo término, los bizantinos eran adictos a los manuales de táctica y estrategia. Para ellos la guerra no era un juego; todo lo contrario, desde los días de las invasiones bárbaras había sido, junto con la diplomacia, el medio por excelencia para asegurar la supervivencia del Imperio. Habituados a manejar recursos escasos y debilitados a causa de la pérdida de sus fuentes habituales de reclutamiento (Anatolia), los griegos se habían visto obligados a apelar a su ingenio para superar dichos obstáculos. En el siglo XII sus esfuerzos en este sentido habían dado sus frutos: en Constantinopla existían numerosos hospitales para tratar a los soldados heridos y hasta se habían llegado a crear cuerpos especializados de enfermeros para asistir a los caídos en el campo de batalla. Sin duda alguna éstas eran medidas correctivas que se complementaban perfectamente con disposiciones preventivas tendientes a evitar un alto número de bajas: adiestramiento militar, equipamiento adecuado, disciplina y planificación. Muy poco quedaba librado al azar, aunque en ocasiones el alto mando militar pecaba de exceso de confianza.

En tercer lugar, para estudiar las ventajas y desventajas del sometimiento de Alepo habría que plantearse de antemano qué era lo que más convenía al Imperio: si conquistar la ciudad, someterla a tributo o acordar un tratado de asistencia recíproca con su atabek. La primera alternativa habría significado un golpe de efecto enorme en el Cercano Oriente, encumbrando hasta las nubes el prestigio de Manuel y posicionando al estado griego como la potencia dominante por antonomasia frente a los rivales armenios, francos y musulmanes del vecindario. Con Alepo en su poder, el basileo podría haber optado entre un gobierno acólito a cargo de un bizantino o uno títere en las manos de algún noble latino leal. Sin embargo todavía estaba fresco el recuerdo de aquella amarga experiencia que, a cambio de dinero, había permitido a los imperiales enseñorearse temporalmente de los restos del condado de Edesa: Turbessel, Ravendel, Samosata, Aintab, Duluk y Birejik. La desafortunada aventura había servido para demostrar que el mantenimiento de la soberanía tan lejos de los centros neurálgicos del Imperio era insostenible a largo plazo, además de estéril en cuanto a beneficios geopolíticos. ¿Para qué insistir pues con una propuesta similar, invirtiendo valiosos recursos humanos y financieros que eran tan necesarios en otros frentes de conflicto? Una posición tan extrema tampoco habría servido para controlar a los díscolos armenios y latinos al agregar nuevos adversarios a la lista de enemigos directos. Humillando a los zengíes únicamente se habría conseguido detenerlos por breve tiempo; a poco, los atabeks habrían regresado con refuerzos procedentes del califato, la Alta Mesopotamia y Armenia y su contención hubiera resultado mucho más difícil sino imposible. Por otra parte, la existencia de un estado musulmán fuerte al este de Antioquia servía de excelente contrapeso respecto a la constelación de pequeños emiratos y principados que flanqueaban las fronteras del Imperio. La amenaza de Nur ed-Din implicaba asimismo que los latinos de Oriente se verían obligados a recurrir siempre al emperador en procura de seguridad e integridad territorial frente a sus vecinos musulmanes.

Por supuesto que Manuel estaba al tanto de los pormenores que suponía la anexión de Alepo. Además de un general valeroso y osado era un excelente estadista que tenía una visión muy clara y una percepción de clarividente de los asuntos orientales y su complicada red de alianzas y lealtades. Ya había tenido que lidiar sobremanera con los latinos y sus triquiñuelas en tiempos de la II Cruzada y nadie mejor que él sabía que los líderes francos se movían atendiendo a patrones de oportunismo, conveniencia y descarada complicidad. Pero la presencia de un Nur ed-Din fuerte también resultaba beneficiosa para mantener a raya a los selyúcidas de Iconio, con quienes los zengíes sostenían frecuentes reyertas por la posesión de los viejos territorios del armenio Kogh Vasil. Si de algo podía estar seguro Manuel era que la destrucción de la autoridad de Nur ed-Din beneficiaría muy poco al Imperio: alteraría el equilibrio del poder en el Cercano Oriente y cerraría la puerta de atrás del sultanato de Iconio, aquella misma que, diplomacia mediante, permitía intervenir a los bizantinos desde el Este sin necesidad de levantar ejércitos para hacerlo. Por último, cabía la posibilidad de que el enorme ejército imperial fuese derrotado por las fuerzas del atabek, lo que dejaría al basileo a merced de sus más inveterados adversarios y en condiciones desesperadas.

Por tanto, pese a la insistencia de sus vasallos latinos, Manuel aceptó recibir a la embajada enviada por Nur ed-Din. Las negociaciones comenzaron hacia finales de mayo de 1159 y al término de las mismas las partes llegaron a un acuerdo que satisfizo a ambas por igual. En virtud de las cláusulas del tratado y a cambio de la salvaguarda de sus territorios, los zengíes se comprometieron a asistir al emperador en sus campañas contra los selyúcidas y a liberar a todos los prisioneros cristianos hasta un número de seis mil, incluyendo a Beltrán de Tolosa y al maestre del temple, Bertrand de Blancfort. A principios de junio todo estaba dicho. La cruzada franco-griega había concluido sin siquiera intercambiar golpes con el bando musulmán. A los príncipes y nobles latinos, que con tanta expectativa habían acudido al llamado del emperador, no les quedó más que volver grupas y retornar decepcionados a sus hogares. Tal como lo anunciara oportunamente Gerardo, el obispo de Laodicea, el emperador se había preocupado más por su prestigio que por otra cosa.

Los días postreros a la campaña de 1158-59.

Al término de la gran expedición de 1159, subsistía entre los aliados y cortesanos del basileo la duda de saber si Manuel había alcanzado los objetivos que se había propuesto al salir de Constantinopla. Frente a los inquisitivos ojos de sus críticos parecía claro que las erogaciones asumidas por el emperador para poner en pié a un ejército tan numeroso no guardaban relación con los escasos resultados alcanzados: una calurosa planicie con unos cuantos picos y desfiladeros en el “estómago” de Asia Menor, la dudosa promesa del príncipe de Antioquía de rendir pleitesía al soberano griego y una tregua con Nur ed-Din, el enemigo acérrimo de los aliados latinos de Siria y Tierra Santa.

No hace falta sin embargo recurrir a un análisis detallado para concluir que los imperiales se habían visto privados de aparatosas victorias o jugosas conquistas. Pero el hecho de que no pudieran saborear una sola no habría que achacárselo tanto a la acción de factores externos sino a las propias directrices trazadas por el basileo durante la planificación de la campaña. Si por los cronistas occidentales o francos fuera no habría otra manera de calificar a la gran expedición de 1159 que como un rotundo fracaso. Nur ed-Din era en ese entonces el mayor enemigo del mundo latino oriental y para 1160 su poder seguía incólume y peligrosamente amenazante. No obstante, en lo que concernía al Imperio, el atabek de Alepo era apenas un vecino más en una dilatada frontera que se internaba como una cuña en territorio musulmán. Pero a diferencia de los danisméndidas de Anatolia o de los emires de Erzincan, Erzurum o Divrig, Nur ed-Din constituía un valioso instrumento en manos de la diplomacia bizantina. La campaña de 1159, además de servir para doblegar a Thoros II de Cilicia, había atemorizado a los zengíes metiéndoles en la mente la idea de la ilimitada supremacía del Imperio. Siendo la autoridad dominante y creciente del Próximo Oriente, Nur ed-Din tenía mucha más utilidad como aliado de Constantinopla que como un enemigo vencido y humillado. Su incómoda presencia en el flanco septentrional de los estados francos de Ultramar hacía miserable la existencia de los señores latinos desde Antioquía hasta Jerusalén, al mismo tiempo que servía como un excelente instrumento para atenazar los territorios de los selyúcidas de Rum. ¿Para qué eliminarle entonces?

Así, pues, los beneficios de la campaña de 1158-1159 se pueden resumir en los siguientes:

  • Sometimiento de Thoros II.
  • Control de la planicie ciliciana.
  • Humillación y ulterior servidumbre de Reinaldo de Chatillon.
  • Reducción a vasallaje de Antioquía.
  • Alianza con los zengíes desde una posición de fuerza.
  • Encumbramiento del prestigio imperial frente a Alepo, Jerusalén y Antioquía.
  • Establecimiento de un cerco sobre los dominios de los turcos rumi.
  • Castigo para los saqueadores y algareros de Chipre (en este sentido el mensaje era claro: no se podía laborar impunemente contra el Imperio y sus bienes sin el consecuente castigo).

Las ventajas de la política oriental de Manuel.

Al finalizar el año 1159 se hizo patente que la principal amenaza para el Imperio Romano de Oriente no provenía de los dominios zengíes de Alepo ni de los territorios normandos de Italia sino del sultanato de Rum con sede en Iconio. Allí, el nuevo sultán, Kilij Arslán II, que había sucedido a su padre Masud en 1156, se había consagrado a la tarea de restaurar la dominación selyúcida sobre el corazón de Anatolia. La muerte de Masud le había dejado dueño de una extensión de tierra que iba desde Raban, Kaisun y Behesni al Este, hasta Ankara y Laodicea al Oeste. No obstante, uno de sus hermanos, llamado Shahinsha, había logrado apoderarse de Ankara gracias al apoyo de Dhul Nun, el emir danisméndida de Cesarea Mazacha, y no daba señales de acatar su autoridad.

Sin dejarse distraer por la amenaza que representaba tener un rival dinástico directo en uno de sus flancos, Kilij Arslán II aprovechó la continua llegada de inmigrantes turcomanos para encauzarlos hacia las fronteras bizantinas. En este sentido el valle del Meandro y el limes ciliciano, cuyo control tanto había desvelado a los soberanos Comneno, fueron presa fácil de los desaforados rebaños que acompañaban la migración. La política griega de acercamiento con Nur ed-Din en parte se explica por la necesidad del emperador de poner punto final a su campaña en Siria para poder lidiar con este nuevo frente que amenazaba con desestabilizar todos los logros alcanzados allende el Kalicadnos. Entre 1156 y 1159 los turcomanos traspusieron a voluntad la línea defensiva bizantina, al punto que tras la finalización de la campaña de 1159, Manuel fue sorprendido y hostigado durante su regreso a Constantinopla.

De vuelta en su capital, el basileo se tomó el tiempo necesario para preparar su siguiente empresa, una expedición punitiva que tendría como fin último quebrantar el poderío creciente de los turcos selyúcidas y recuperar parte de las tierras perdidas en Capadocia. El plan consistía en abordar los dominios del sultanato de Rum desde distintas latitudes, sincronizando el movimiento de los aliados, de manera de inducir numerosos frentes para obligar a Kilij Arslán a dividir sus fuerzas. La cancillería bizantina demostró entonces lo mejor de sí al movilizar a acólitos y vasallos por igual: armenios, francos, zengíes y danisméndidas se plegaron a las directrices trazadas contra el enemigo común. Desde el Este Nur ed-Din avanzó por la Alta Mesopotamia, poniendo cerco y tomando Kaisun, Raban y Marash, mientras que el emir Yacub ibn Ghazi invadía la comarca de Albistan. En Cilicia, entretanto, el general bizantino Juan Contostéfano reunía las levas proporcionadas por Thoros II y Reinaldo de Chatillon y, junto con complementos de caballería ligera (pechenegos) provistos por las guarniciones de Tarso, Adana y Mamistra, barría la zona comprendida entre Tyana y Heraclea. Por su parte, Manuel, a la cabeza de un ejército integrado por pronoiarios griegos, mercenarios francos y vasallos servios, se adentraba en el valle del Meandro para interceptar las partidas de algareros que pillaban el campo.

Desesperado, Kilij Arslán no tuvo más remedio que fragmentar su ejército, tal como lo había anticipado la diplomacia bizantina. Una importante fuerza salió con presteza hacia el Este, a fin de cerrar el paso a las tropas de Juan Contostéfano, mientras el sultán en persona permanecía en Iconio para proteger la capital de un eventual ataque del basileo. Identificadas las prioridades, a Yacub Arslán y a Nur ed-Din se les dejó con las manos libres para actuar casi impunemente en la región que otrora perteneciera al armenio Kogh Vasil. Había que defender el núcleo central del territorio selyúcida y la principal amenaza provenía de Cilicia y Frigia. No obstante, la aplastante victoria obtenida por Juan Contostéfano sobre las fuerzas enviadas contra él para detenerle terminó desanimando al sultán turco. Cristóforo, el canciller cristiano de Kilij Arslán, fue rápidamente enviado en busca de Manuel para pedir condiciones.

Cercano Oriente hacia 1161

El conflicto acabó en 1161, cuando las embajadas acordaron un cese de hostilidades con ventajas ostensibles para el basileo. Los delegados de Kilij Arslán consintieron entre otras cosas en:

  • Devolver las ciudades recientemente arrebatadas al Imperio.
  • Asistir al emperador con ayuda militar cada vez que éste lo considerase necesario.
  • Respetar las fronteras griegas.
  • Suspender las algaradas e incursiones de saqueo.
  • Mantener bajo control a los indóciles turcomanos impidiendo que franquearan el limes bizantino.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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Una respuesta to “Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia. Parte V.”

  1. la verdadd es que me molesta elm pensar que los romanos atacabamn a los estuscos quiuenes fueron los que pusierona aorma mas linbada siun saber el esfuerzo que hicieroin los estruscos al trabajar ese bello pais que hoyu en dia es una de los mas hermosos paises del mundo

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