IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia. Parte IV.

Posted by Guilhem en junio 5, 2007

Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia.

Extracto: La dominación bizantina, primero, y la irrupción selyúcida, después, determinaron la migración de muchos elementos armenios desde el núcleo central ubicado en el valle del Araxes hacia una vasta zona comprendida entre las ciudades de Sebastea y Cesarea Mazacha, al Norte, y Antioquía y Edesa, al Sur. “Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia” recoge con pormenorizado detalle la estrecha relación existente entre Constantinopla y Cilicia en tiempos de los emperadores de la dinastía Comneno, Alejo I (1081-1118), Juan II (1118-1143) y Manuel I Megas (1143-1180).

IV parte: Thoros II, vasallo de Manuel I Comneno.

El turno de la diplomacia.

Durante los años posteriores a 1152 ya no volvería Manuel a probar suerte en la llanura ciliciana. Andaba escaso de soldados nativos y la deslealtad de los mercenarios le había llevado a perfeccionar el sistema de la pronoia para tratar de arrimar recursos a sus menguados cuadros castrenses. Pero la stratiotikè pronoia estaba aún en pañales por lo que debió una vez más acudir a la diplomacia, ansioso por contener el creciente poderío del líder roupénida. Habiendo perdido la capacidad de generar adhesiones al otro lado de las Puertas Sirias, el emperador se vio obligado a tantear a sus vecinos musulmanes de Capadocia con tal de amedrentar a los armenios. No tenía de todos modos muchas opciones: tras la muerte de Mohamed ibn Ghazi los danisméndidas habían perdido la brújula, enzarzados en continuas luchas fratricidas o enfrentados con sus rivales de Iconio, Mosul, Digrig y Erzurum (Teodosiópolis). Además sus territorios habían dejado de lindar con los de Thoros luego de que el sultán Masud estableciese su control sobre una extensa franja de tierra que corría desde Marash hasta Kaisun, Aintab y Duluk. Solo quedaban los selyúcidas de Iconio y a ellos recurrió el basileo, apelando a su inagotable erario.

Instigados pues por Manuel, los turcos de Capadocia invadieron Cilicia probablemente en la primavera de 1153. Al frente de las tropas, Masud llevaba las condiciones exigidas por el emperador y las suyas propias: que Thoros reconociese su soberanía y que devolviese a los griegos las ciudades y fortalezas de la llanura ciliciana, incluidas Mamistra y Vakha. Sabedor de que lo único que le interesaba al sultán era el numerario del tributo exigido, Thoros no tardó en someterse a la autoridad de Iconio. Sus consejeros no se equivocaron. No había terminado de acatar la voluntad del sultán cuando los turcos rumi dieron media vuelta y regresaron a sus dominios.

Muy lejos de dejarse intimidar por la argucia del emperador y desconociendo los tratados firmados para calmar a Masud, Thoros se lanzó a pillar Capadocia en 1154. Bien tarde advirtió el sultán de Iconio que había sido un juguete en las manos del astuto armenio; alentado por Manuel y dispuesto a hacer cumplir las condiciones originalmente acordadas con los delegados imperiales, Masud despachó a su general Yakub para correr el territorio roupénida.

Previendo la invasión turca, Thoros había tenido la precaución de aliarse con los caballeros templarios de las fortalezas meridionales de Baghras y Gastun. Asistido también por tropas auxiliares suministradas por su hermano Esteban, el príncipe armenio logró sorprender a Yakub en las Puertas Sirias e infligirle una seria derrota. Luego, al decir del cronista Miguel el Sirio, una oportuna plaga de insectos, moscas y mosquitos, diezmó la moral de los musulmanes, que optaron por retirarse. En el viaje de regreso fueron sorprendidos una vez más por Thoros, si bien las fuentes armenias no mencionan este segundo ataque. Así las cosas, hacia principios de 1155 el noble roupénida era dueño indiscutible tanto de la planicie como de las montañas de Cilicia, con excepción de los castillos templarios del litoral y de algunas fortalezas que los griegos mantenían a duras penas con la asistencia de sus aliados hethoumianos.

Manuel suma nuevos enemigos en Oriente.

Uno de los participantes de la fallida campaña bizantina de 1152, dirigida por Andrónico Comneno, había sido un normando bastante entrado en años, el césar Juan Roger. En aquella fecha, el emperador le había comisionado para visitar Oriente en calidad de candidato al principado de Antioquía donde la princesa viuda, Constanza, se hallaba buscando esposo (Raimundo había perecido recientemente a manos de Shirkuh, uno de los lugartenientes de Nur ed-Din). Pero Constanza, lejos de verse atraída por un caballero que la doblaba en edad, escogió como compañero a un noble segundón que había llegado a Tierra Santa junto con la Segunda Cruzada. Se trataba de Reinaldo, el hijo más joven de Godofredo, conde de Gien y señor de Chatillon-sur-Loing.

La pareja contrajo matrimonio en 1153 sin esperar el consentimiento del rey de Jerusalén y aún peor, ignorando olímpicamente los planes de Manuel. El emperador, que estaba en campaña luchando contra los turcos, no tuvo más remedio que avenirse a negociar con el segundón oportunista. Deseaba fervientemente someter a su control la provincia de Cilicia, pero sus dos intentos, la expedición de Andrónico, primero, y la invasión de Masud, después, habían terminado ignominiosamente. Dado que ahora los selyúcidas estaban en buenos términos con Thoros no tardó Manuel en darse cuenta que, reconociendo al nuevo príncipe, podría arrancar algunas concesiones a los antioqueños, entre ellas la de marchar contra los roupénidas del Norte.

Reinaldo aceptó gustoso la propuesta del embajador imperial. Necesitaba el reconocimiento del basileo para mejorar su estrella en el vecindario, por lo que despachó al delegado griego de vuelta a Constantinopla, portando su afirmativa. Luego, al frente de las tropas antioqueñas, atravesó las puertas sirias y expulsó a los armenios más allá de Alejandreta (la moderna Iskenderum). El territorio conquistado fue entregado a los caballeros templarios, quienes de inmediato se dedicaron a reconstruir los castillos que guardaban la planicie ciliciana y el litoral mediterráneo.

No obstante, la docilidad de Reinaldo duraría muy poco tiempo. Habiendo consumido casi todos los recursos de su tesorería en la campaña contra Thoros, Reinaldo solicitó apoyo económico al único poder que estaba en condiciones de procurárselo: el emperador Comneno. Pero Manuel consideró que su aliado no había cumplido ni la mitad de los compromisos asumidos por lo que respondió negativamente y se desentendió del asunto. Fue una decisión que a la corta lamentaría profundamente.

Como buen segundón, Reinaldo era un auténtico producto de la necesidad. Y era ésta la que alimentaba permanentemente su ingenio, haciéndole inquieto y temerario. Sabedor de que nada podía conseguir del basileo, el príncipe reiteró su pedido al patriarca Aimery de Antioquía que tenía fama de tacaño e inmoral. Junto con Balduino de Jerusalén y el emperador, Aimery había sido tiempo atrás uno de los principales detractores de la boda entre la princesa Constanza y el insufrible noble franco. Al negarse ahora a solventar los gastos del principado, el patriarca se ganó a un implacable adversario.
Decidido a dar un escarmiento al amarrete prelado, Reinaldo redobló la apuesta rayando en la temeridad. Mandó a apresar a Aimery y le encerró en las mazmorras de la ciudadela, adonde el patriarca recibió una durísima golpiza. Cubierto de sangre y con cortaduras en la cabeza, fue izado a los tejados y, encadenado, quedó expuesto a cuanta alimaña voladora surcaba el cielo antioqueño. Presa de la desesperación y asoleado, no tardó Aimery en suplicar por su vida. Consiguió su liberación luego de prometer a Reinaldo el dinero suficiente para su siguiente campaña militar.

Entretanto el príncipe de Antioquía había aprovechado el tiempo para hacerse de aliados entre sus antiguos enemigos. Estaba claro que, como represalia por la negativa del basileo a ayudarle económicamente, su próximo objetivo tenía que ser alguna fortaleza cismática. Sin embargo, el apoyo de los caballeros templarios y de Thoros II le animó a acometer una empresa que no estaba ni en los sueños del más inveterado rival de Manuel. El arrendamiento de una flotilla de embarcaciones descubrió al fin su verdadero objetivo: la rica isla de Chipre.

Ultramar en el siglo XII.

Ultramar en el Siglo XII

El saqueo de Chipre.

Desde su reconquista por los bizantinos en 965 la suerte de Chipre había estado atada a los avatares del imperio. Las incursiones árabes del período precedente (siglos VII al X) habían fragmentado la sociedad de la isla, determinando el abandono de casi todos los centros urbanos y el retroceso de la actividad económica prácticamente a niveles de subsistencia. Los excedentes agrícolas apenas permitían una actividad comercial rudimentaria que no llegaba a transponer los límites de la costa. La situación cambió sin embargo con la conquista emprendida por uno de los generales de Nicéforo II Focas (963-969), Nicetas Calcutzes. La soberanía bizantina alentó el intercambio comercial con los temas cercanos de Asia Menor y Creta, aunque el proceso de repoblación de las áreas deshabitadas llevó más de la cuenta. Para colmo de males, el deterioro de la situación económica bizantina repercutió negativamente en el estado general de la isla, puesto que, tras la muerte de Basilio II Bulgaróctonos (1025), el relajamiento de la autoridad imperial alentó a algunos inescrupulosos administradores a proclamarse independientes. El comercio, no obstante, mostraba en esta época mejores indicadores que en la etapa precedente. Periódicamente llegaban a la isla flotas procedentes del Egeo que se ocupaban de acopiar en sus bodegas “trigo, cebada, legumbres, queso, vino, carne, aceite y todo aquello que la isla dispusiera, inclusive dinero” (Catacalón Cecaumeno, Concilia et narraciones, 264, 1-10). Todo ello demuestra que la economía había logrado trascender los límites de las fincas, a juzgar por los altos niveles de exacciones que gravaban a sus propietarios y que tenían su correlato en los excedentes que viajaban hacia Constantinopla en calidad de tributos.

La I Cruzada no pasó desapercibida en el horizonte de los chipriotas. Todo lo contrario, la isla pronto se convirtió en una base ideal para las operaciones de avituallamiento del ejército franco que operaba desde Antioquía hasta Jerusalén. En tiempos del emperador Alejo I Comneno (1081-1118), Chipre estableció sólidos lazos con algunos puntos de la costa sirio-libanesa, como Laodicea y Trípoli. Desde sus puertos partieron la mano de obra y los materiales necesarios para construir algunas de las fortalezas que habrían de levantar los cruzados en su empeño por dominar el litoral mediterráneo. También saldrían los recursos que facilitarían al basileo la puesta a punto de algunas plazas fuertes sobre la costa de Panfilia: Seleucia y Corico, cuyo control era indispensable para mantener abiertas las líneas de comunicacion con Tierra Santa y Siria.

Sin embargo, todos estos esfuerzos por apuntalar la influencia imperial allende Antioquía tendrían un efecto altamente nocivo en los estándares de vida de la población insular. Obligados a entregar hasta el último grano de sus cosechas los campesinos chipriotas vivirían condenados a la miseria y muy pronto muchos se trasladarían a los centros urbanos atraídos por la ajetreada actividad generada a partir de la llegada de mercaderes italianos procedentes de Venecia, Pisa y Génova. Tal migración devolvería a las ciudades parte del esplendor perdido, y hasta Nicosia, en el interior de la isla, se vería favorecida por la actividad de los puertos (Famagusta, Limassol, Lárnaca y Kirenia).

Bajo el reinado de Manuel I Comneno, la ratificación de los privilegios comerciales concedidos a los comerciantes occidentales en los puertos europeos del Imperio se extendió también a las radas de Chipre. Las ventajas logradas por aquéllos a partir de las crisóbulas del emperador sirvieron para mejorar las condiciones de vida en la isla. De modo que cuando Thoros II y Reinaldo de Chatillon se aliaron con los templarios de Baghras y Gastun para atacar al Imperio, la riqueza allí acumulada selló el destino de Chipre.

La invasión tuvo lugar en la primavera de 1156 y tomó por sorpresa al gobernador de la isla, Juan Comneno, que también era sobrino del emperador. Auxiliado por el eminente general Miguel Branas, Juan intentó bloquear el desembarco de los aliados apelando a la milicia local, pero superado en número debió retirarse hacia el interior para buscar refugio en Nicosia, su capital. Su posterior captura, precedida por la de Branas, pondría fin a la resistencia. Con las manos libres y los ojos desorbitados por la riqueza encontrada, los aliados someterían a la isla a un truculento e ignominioso saqueo.

Fueron tres semanas de caos y rapiña. En ese lapso los chipriotas debieron padecer todo tipo de suplicios y humillaciones. Torturas, violaciones y asesinatos. Arreados como ganado, los cautivos fueron conducidos hacia la costa y divididos acorde con su abolengo. Los ricos serían obligados a pagarse su propio rescate. A los demás les aguardaba la esclavitud. Gregorio el Presbítero asegura inclusive que Reinaldo de Chatillon no perdonó ni siquiera al clero nativo. Saqueó las iglesias y cortó las narices de sus moradores sin distinción de jerarquía. Las cosechas fueron cargadas en los barcos, lo mismo que el ganado de la isla, hasta que por fin el rumor de que una flota griega se hallaba en las inmediaciones obligó a los invasores a levar anclas y poner rumbo al litoral sirio. A Chipre le tomaría décadas recuperarse de semejante devastación.

Y la tierra tembló.

“A principios del otoño de 1156 se produjeron varios terremotos por toda Siria. Damasco no sufrió graves daños, pero llegaron noticias de destrucciones ocurridas en Alepo y Hama, y se derrumbó un bastión en Apamea. En noviembre y diciembre hubo nuevas sacudidas, sufriendo daños la ciudad de Shaizar. Chipre y las ciudades costeras al norte de Trípoli fueron afectadas por nuevos temblores en la primavera siguiente…” (Steven Runciman, Historia de las Cruzadas II, pág. 314).

1157 fue un año que marcó con pánico y sufrimiento las estaciones de Ultramar. Terremotos. La tierra se movió por primera vez en septiembre de 1156 y afectó principalmente a la gran ciudad siria de Damasco. Los temblores se dejaron sentir en una larga secuencia cuyas secuelas fueron descritas en detalle por el cronista árabe Ibn al-Qalanisi. El autor da cuenta en sus crónicas que las sacudidas continuaron en los meses siguientes (10, 17, 18 y 20 de octubre, 1, 2, 3, 9, 18 y 22 de noviembre y 2, 3 y 6 de diciembre), aunque no tuvieron la intensidad de aquéllas registradas en septiembre, cuando verdaderamente sembraron el pánico en Siria.

Con la entrada en vigor del nuevo año la tierra pareció calmarse. Un inusitadamente tranquilo primer trimestre permitió a los damascenos recuperar la calma y aprovechar el tiempo para reparar las fortalezas y casas dañadas. Sus vecinos del Norte imitaron rápidamente el ejemplo. Nur ed-Din era el nuevo señor de la provincia, a la vez que azote de los cristianos de Antioquía y Trípoli, pero las grietas en los muros invitaban a cualquiera a probar suerte contra ellas.

En abril, sin embargo, la tierra se volvió a estremecer marcando la antesala de lo que sería un fatídico año. El 13 de julio, un violento temblor asoló la región central del valle del Orontes. Algunas ciudades como Hama, Homs, Shaizar y Kafartaba sufrieron grandes daños al igual que Alepo, Damasco y algunos poblados del Jaulán. Las grietas y el estado ruinoso de las defensas alarmaron especialmente a Nur ed-Din, que empezó a temer una invasión de los francos. Por ese motivo ordenó la urgente reparación de los bastiones y mantuvo a su ejército reunido y en estado de alerta para prevenir cualquier problema de esa índole.

La noche del 12 de agosto de 1157, mientras los trabajos de refacción marchaban a toda prisa, un terremoto aún más destructivo se ensañó de Ultramar. Con epicentro probablemente en una zona comprendida entre Maarat al-Numan, Apamea y Shaizar, sobre el valle del Orontes, el movimiento telúrico sembró el pánico y la destrucción en toda Siria y más allá, en Chipre, Cilicia y el Jaulán. Los daños fueron tales que ni musulmanes ni cristianos tuvieron ocasión de aprovechar la tragedia del otro bando. Las murallas y los bastiones se agrietaron o vinieron abajo, mientras los edificios colapsaron sobre sus moradores. Hubo muchas pérdidas de vidas humanas, especialmente en Shaizar, Apamea, Hama, Maarat al-Numan, Masiyaf, Homs y Alepo. Al respecto, Steven Runciman señala: “En Hama los daños fueron tan terribles que el terremoto fue llamado por los cronistas como el terremoto de Hama. En Shaizar, la familia de los munquiditas se hallaba reunida para celebrar la circuncisión de un joven príncipe cuando las grandes murallas de la ciudadela aplastaron a todos los asistentes. La princesa de Shaizar, salvada de las ruinas, y Usama, ausente en sus misiones diplomáticas, fueron los únicos sobrevivientes de toda la dinastía” (Steven Runciman, Historia de las Cruzadas II, pág. 314).

Las cifras de muertos dadas por los cronistas contemporáneos, aunque exageradas, revelan la verdadera dimensión de la catástrofe. Solo en Shaizar apuntan 40000 y aunque la ciudad fue literalmente demolida por el temblor, parece un número improbable tanto más por cuanto la población de Alepo, para la misma época, alcanzaba los 70000 u 80000 habitantes. Lo cierto es que las fuentes de uno y otro lado (Ibn al-Qalanisi, Miguel el Sirio, Ibn al-Athir, etc.) no dejan de señalar el estado calamitoso en que quedaron las principales urbes de la región. Que el emperador Manuel escogiera aquél momento para castigar a los saqueadores de Chipre e intimidar a Nur ed-Din no debería sorprender. En el Cercano Oriente nadie podía disimular el golpe anímico y menos aún, dejar el luto por algún pariente muerto para tomar las armas contra los imperiales.

La ira del emperador.

“Por eso el gobernador (de Chipre) y Branas, con los eclesiásticos prominentes y los principales propietarios y mercaderes, con todas sus familias, fueron llevados a Antioquía para permanecer en prisión hasta que llegase el dinero (del rescate), con excepción de algunos que, mutilados, fueron enviados a Constantinopla para escarnio” (Steven Runciman, Historia de las Cruzadas, Vol. II, pág. 318).

“Cuando finalmente los invasores huyeron con su rico botín a Antioquía, dejaron tras de sí a Chipre devastada y a los chipriotas en la más absoluta de las miserias. Un terremoto que aconteció el siguiente año, 1157, vino a completar la desgracia de la isla, que tardó mucho en recuperarse de estos golpes” (V. Nerantsi-Varmasi, Historia Medieval de Chipre según las fuentes bizantinas, pág. 52).

De hecho la isla nunca llegaría a restablecerse completamente bajo la autoridad de los emperadores de Constantinopla. La truculencia e impunidad con que Reinaldo, Thoros y sus aliados templarios sometieron a los habitantes de Chipre fueron condenadas con rapidez no solamente en Constantinopla, sino también en la corte de Jerusalén, donde Balduino quedó horrorizado al escuchar los detalles de la campaña. Consideraba al emperador como un valioso aliado y al ejército bizantino como la fuerza de choque por antonomasia, por lo que decidió que había llegado el momento de castigar al indolente príncipe de Antioquía.

El mismo año de la invasión y a poco de haberse producido la misma, Balduino envió una embajada a Constantinopla con la misión de conseguir una candidata para sus esponsales, obviamente de las mismas entrañas de la dinastía reinante. Tras arduas negociaciones resultó escogida Teodora, hija de Isaac Comneno (hermano de Manuel) y hermana de María, la futura reina de Hungría. La princesa bizantina, portando una jugosa dote, arribó a Jerusalén y se casó inmediatamente con Balduino. Con ella traía además una halagüeña misiva de Manuel; el emperador prometía unirse al ejército real en una campaña contra Nur ed-Din si Balduino aceptaba cooperar con los griegos para sojuzgar al indómito príncipe de Antioquía. El rey de Jerusalén, cansado de que los desplantes de Reinaldo siempre dieran a los musulmanes una excusa válida para el contraataque, se mostró encantado de poder colaborar con el basileo.

Por fin, en el otoño de 1158 Manuel I maduró su ira a través de la planificación de una gran campaña militar que tenía como objetivo real a Cilicia y Siria y como justificación (excusa más bien) la necesidad de contener el creciente poderío de Nur ed-Din. Los preparativos se llevaron a cabo con tanto secreto que cuando el ejército imperial rebasó Corico, más allá de la desembocadura del Kalicadnos, Thoros se hallaba con sus cortesanos a escasa distancia, en Tarso. Puesto en aviso por un peregrino latino que se había adelantado a la vanguardia griega, el príncipe roupénida recogió sus petates y junto con su familia huyó a las montañas. Casi sin resistencia, Manuel fue tomando una a una las grandes ciudades de la región, lo mismo que sus principales fortalezas. En tan solo dos semanas Tarso, Adana, Mamistra, Anazarbo y Sis se hallaban en su poder, mientras sus capitanes, corriendo de pico en pico, perseguían a un desconsolado Thoros, que no se daba por vencido. Lo confinarían al cabo en un arruinado castillo del interior, emplazado en una zona de inaccesibles desfiladeros, cerca de las nacientes del Cydnus.

El imperio de Manuel I

El turno de Reinaldo de Chatillon.

Con una fuerza estimada en 30.000 o 35.000 hombres, Manuel se aprestó a acometer la siguiente etapa del trayecto, aquella misma que, siguiendo la ruta de las Puertas Sirias le llevaría directo hasta las puertas de la díscola Antioquía. La noticia de los febriles preparativos que estaban teniendo lugar en la llanura ciliciana, extramuros de Mamistra, alarmó a Reinaldo de Chatillon. El indolente príncipe sabía que había llegado la hora de rendir cuentas. Su falta de misericordia para con los habitantes de Chipre durante los saqueos del año anterior le auguraban que el juicio del emperador estaría viciado de una densa dosis de revanchismo y ansias de represalia. Del obispo de Laodicea, Gerardo, recibió el más valioso consejo; acorde con el razonamiento del prelado las intenciones del basileo no eran tanto someter por las armas a la capital del principado sino abrumarla mediante su superioridad y prestigio. Antioquía se hallaba al final de las líneas de comunicaciones recientemente restablecidas por los imperiales, razón por la cual un prolongado asedio dejaría expuesto al emperador a cualquier contraataque musulmán, ya sea que éste proviniese de Iconio (selyúcidas) o Alepo (zengíes).

Nervioso y angustiado, Reinaldo decidió seguirle la corriente a su consejero y despachó de manera urgente una delegación para entrevistarse con Manuel. Los embajadores francos consiguieron arribar al campamento bizantino, en Mamistra, antes de que el basileo diese la orden de reemprender la marcha. Allí le ofrecieron las condiciones con las que Reinaldo pretendía calmar la iracundia del basileo: rendir la ciudadela de Antioquía a una guarnición griega e izar los pendones con el águila bicéfala en las torres de la ciudad. Pero Manuel no quiso saber nada del asunto. Sentía una profunda desconfianza por la palabra de quien consideraba un bellaco oportunista y deseaba profundamente castigarle para que no se confundiera el mensaje: que nadie, ni príncipe ni segundón, ni infiel ni correligionario, podía actuar impunemente contra los bienes del imperio sin recibir el consecuente escarmiento.

La respuesta de sus emisarios le congeló la sangre a Reinaldo. Con el margen de negociación agotado, montó su destrero y salió cabalgando a toda prisa rumbo a Mamistra. En las inmediaciones de la ciudad se encontró con todo el vecindario, que había acudido prestamente para reconocer la supremacía del basileo: embajadores de los danisméndidas de Cesarea y Niksar, del rey Jorge III de Georgia, de Nur ed-Din, del califa de Bagdad y de los ortóquidas del Jezireh. Reinaldo debió esperar a que el emperador atendiese a todos antes de dignarse a recibirle. Por fin, cuando le llegó el turno, debió someterse a la humillación del espectáculo que los griegos habían dispuesto como parte de las represalias que pensaban tomar contra él. A las afueras de Mamistra, Reinaldo y sus principales secuaces acudieron al encuentro del basileo, descalzos y con la cabeza descubierta, luego de recorrer las calles de la ciudad. En el umbral de la gran tienda real hallaron a los delegados de todos los príncipes y potentados anteriormente mencionados, a los cortesanos de Manuel y a los principales generales y comandantes griegos. En medio del murmullo del auditorio Reinaldo se arrastró hasta el gran trono imperial y arrodillado, permaneció en actitud suplicante hasta que al fin Manuel le dirigió su atención. Al cabo, el perdón le llegó cuando refrendó las condiciones impuestas por el emperador: la entrega de la ciudadela de su capital, el reemplazo del patriarca latino por uno griego y la obligación de remitir un contingente de apoyo toda vez que se le requiriese ayuda desde Constantinopla.

Thoros se somete al basileo.

Cierto es que la irrupción de los imperiales y el ulterior sometimiento de Cilicia y del principado de Antioquía se vieron favorecidos por el estado caótico y el desánimo generalizado causados por los terremotos de 1157. Los temblores, además de dañar las fortificaciones, habían sembrado el temor y la desesperanza en los corazones de la población de Ultramar, tan habituada como el común del hombre medieval a atribuir a lo divino las causas de todas sus bonanzas y tragedias. Los más perspicaces, como el rey de Jerusalén, no vieron con malos ojos la repentina intromisión del emperador. Muy por el contrario, se plegaron a ella sabedores que, como estaban las cosas, era la mejor opción para opacar la creciente estrella del archienemigo musulmán representado en la indómita figura de Nur ed-Din.

Balduino, urgido tal vez por el deseo de presenciar el castigo y la deposición de Reinaldo, se apresuró a viajar hacia el norte en compañía de su hermano, Amalarico, y de parte de su séquito. Al llegar a Antioquía se enteró de que Manuel ya había perdonado al príncipe local. La noticia fue decepcionante y le obligó posiblemente a cambiar de táctica. Si el emperador no deseaba trastocar las jerarquías señoriales entonces tendría que laborar para restablecerlas en un frente unido contra el infiel, aunque él y sus súbditos quedasen en relación de vasallaje respecto a los odiados griegos. Por tal motivo negoció con los delegados imperiales un perdón para Thoros, que seguía escabulléndose de sus perseguidores en los desfiladeros próximos a la zona de Dajig. Pero no fue sino a través de una entrevista con el emperador en persona que el joven monarca logró la absolución del roupénida.

Puesto en aviso por un mensajero, Thoros acudió a la tienda imperial, ya cerca de Antioquía, donde se sometió al mismo procedimiento con que se había humillado previamente a Reinaldo. Su sometimiento determinó la apropiación bizantina de Cilicia y la momentánea claudicación de los reclamos armenios de independencia. Nunca desde los tiempos de Manzikert el Imperio de Oriente había sido tan poderoso como ahora, e inclusive parecía que hasta el propio Nur ed-Din acabaría desbordado por la marejada griega.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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6 comentarios to “Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia. Parte IV.”

  1. Galo said

    la mujer de Juan Comneno fue en efecto amante del emperador Manuel verdad? con ella concibió a Alejo Comneno Pinkernes (porta copa). la dama en cuestión era maría Taronitissa, descendiente de reyes armenios y madre de Teodora Comnena, princesa de Antioquía.

  2. Guilhem said

    Hola Galo:
    Juan Comneno era protosebastos y duque de la isla de Chipre. Hijo de Andrónico Comneno (uno de los hermanos de Manuel I) y nieto de Juan II (1118-1143), concibió a María, que llegaría a ser reina de Jerusalén por su matrimonio con Amalarico I.

  3. Galo said

    Estimado Guilhem:
    El Juan Comneno que es mencionado en el artículo es el mismo Juan, duque bizantino de Chipre, que caso a su hija con Bohemundo III de Antioquía???

  4. Galo said

    gracias Guilhem

    No se con que valor se atrevio Reinaldo a capturar a un miembro de la familia imperial, sobre todo al sobrino del emperador, como lo era el duque Juan Comneno de Chipre, y el general Miguel Branas, emparentado por matrimonio con la familia imperial. En fin, Reinaldo era un barbaro, y como todo barbaro recibió su justo castigo en ls batalla de Hattin, junto al inepto Rey consorte de Jerusalen Guy de Lusignan.

    Gracias, Saludos

    Galo

  5. Guilhem said

    Tanto Miguel Branas como Juan Comneno fueron embarcados y conducidos a Antioquía, donde debieron permanecer prisioneros hasta la llegada del dinero del rescate, procedente de Constantinopla. Después, respecto al trato dispensado por el basileo a Reinaldo de Chatillon, creo que el mismo giraba en torno a una política de munificencia y practicidad, muy necesaria para mantener el prestigio sobre un Oriente latino cada vez más díscolo y desconfiado. Es un tema que da mucha tela para cortar… lo mismo que el reinado de Manuel Comneno.
    Saludos, Guilhem.

  6. Galo Garcés said

    ¿Que paso con el General Miguel Branas y el Duque Juan Comneno de Chipre? ¿Porqué Manuel no acabo de una buena vez con la infame vida de Reinaldo de Chatillon? ¿Porqué mas adelante Manuel pagaria un rescate por aquel perro?

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