IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia. Parte II.

Posted by Guilhem en mayo 12, 2007

Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia.

Extracto: La dominación bizantina, primero, y la irrupción selyúcida, después, determinaron la migración de muchos elementos armenios desde el núcleo central ubicado en el valle del Araxes hacia una vasta zona comprendida entre las ciudades de Sebastea y Cesarea Mazacha, al Norte, y Antioquía y Edesa, al Sur. “Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia” recoge con pormenorizado detalle la estrecha relación existente entre Constantinopla y Cilicia en tiempos de los emperadores de la dinastía Comneno, Alejo I (1081-1118), Juan II (1118-1143) y Manuel I Megas (1143-1180).

II parte: Los intentos de reconquista.

Griegos contra zengíes.

Las maniobras de distracción realizadas durante los meses previos al ataque habían logrado su objetivo y así pudo corroborarlo Juan cuando, al frente de sus tropas, se puso a la ofensiva. Con el aporte de algunos contingentes templarios y asistido por el príncipe de Antioquía y el conde de Edesa, el emperador marchó directo contra los territorios de Zengi, ubicados al este de Harenc. Sin problemas capturó la plaza fronteriza de Bizaa y como una tromba cayó después sobre Alepo. Pero la gran ciudad se hallaba fuertemente defendida y Juan, que esperaba tomar a sus defensores por sorpresa, prefirió esquivarla y continuar la marcha hacia el Sur para restablecer la línea defensiva que Zengi había quebrado con sus expediciones del año 1132. El 20 de abril de 1138 dejó Alepo a sus espaldas y, desafiando a los arqueros de la caballería ligera musulmana, la emprendió contra las fortalezas que Zengi tenía en el limes con el principado de Antioquía. El 22 tomó Athareb; el 23, Zerdana; el 25, Maarat al-Numan, y el 27 hacía lo propio con Kafartaba.

A continuación, torciendo hacia el Oeste, se volvió hacia el valle del Orontes para poner sitio a la importante plaza munquidita de Shaizar, donde reinaba un emir independiente llamado Abu´l Asakir Sultan. El basileo, que estaba al tanto del estado de cosas en esas latitudes, esperaba que Zengi no se interesase por la suerte de una ciudad que le era esquiva bajo la égida de un linaje que se había empecinado en mantener su soberanía a cualquier precio. Lo paradójico del caso es que Zengi se hallaba unos veinte kilómetros al sudeste, sitiando Hama, cuyo emir, que respondía ahora a la autoridad de Mahmud de Damasco, había expulsado a la guarnición puesta por el atabek de Mosul cuatro años antes. La proximidad, sumada al hecho de que Shaizar era una posición clave en tanto que llave del Orontes hizo dudar a Zengi entre continuar con el asedio o volverse contra los cristianos.

Mientras tanto, Juan había armado sus trabucos y pedreros y ya machacaba con dureza las fortificaciones de Shaizar. Nos cuenta Steven Runciman en su segundo volumen de la trilogía “Historia de las Cruzadas” que era tanta la eficacia del bombardeo que, en medio del fragor de la batalla, un proyectil impactó en la cima de una torre donde ondeaba un estandarte del emir. Habiéndolo partido como una caña rota al medio, el asta fue a dar calle abajo, clavándose en un defensor y matándolo en el acto. Pero los aliados no peleaban con la misma energía y entusiasmo. De un lado el emperador, moviéndose incansablemente entre sus tropas y máquinas de asedio, dirigía, planificaba, gritaba órdenes sin parar y luchaba, mientras que del otro, la situación dejaba mucho que desear. Raimundo de Antioquía se había desencantado, conciente de que podría ser privado de su privilegiado pasar en Antioquía por una existencia mucho más menesterosa en la frontera. Por su parte, Joscelino de Edesa no se decidía nunca a colaborar con aquéllos que habían sometido a sus parientes armenios y le habían impuesto vasallaje a su condado. Además no le gustaba la idea de que el emperador privilegiase a Raimundo por sobre él. Tenía conocimiento que era voluntad del basileo crear un estado tapón con sede en Alepo, entre los territorios de Mosul y el principado de Antioquía, y que Raimundo era el candidato de los griegos para regirlo. Con sus tierras permanentemente expuestas a las razias del infiel, a Joscelino lo perdió la envidia, abandonándole el deseo de combatir.

Juan II, que estaba al tanto de la situación, empezó a temer por la suerte de la campaña. Los defensores de Shaizar no daban muestras de debilidad y para colmo de males habían empezado a circular rumores según los cuales Zengi había abandonado Hama para socorrer a los asediados. Inclusive, atizando el desánimo general, las versiones que llegaban al campamento cristiano indicaban que la población de Bagdad reclamaba la guerra santa a su sultán, pedido que se había hecho eco entre los danisméndidas y los musulmanes del Jezireh.

El emperador, que ante todo era un estratega, debía decidir entre tres opciones posibles: mantener su posición y verse cercado por los musulmanes, dividir sus fuerzas para enfrentar a Zengi, o llegar a un acuerdo con la ciudad y regresar a territorio cristiano con su ejército intacto. Había mucho en juego como para pasarla de simple bravucón; valiosas máquinas de asedio y una hueste que a su padre le había llevado años reorganizar. No era buena idea salir a enfrentar a Zengi dejando detrás los pedreros, catapultas y trabucos; tampoco le causaba gracia el hecho de marchar a la batalla con aliados tan indolentes y egoístas. Decidió firmar la paz y levantar el asedio. Zengi, que se aproximaba dubitativo intimidado por las dimensiones del ejército que tenía delante, respiró por fin aliviado. El 20 de mayo, luego de arrancarle al emir de Shaizar una serie de ventajosas concesiones, Juan dio la orden de retornar a Antioquía. La aventura en el norte de Siria tocaba a su fin. Excepto por haber restaurado la línea defensiva del principado a través de la recuperación de Bizaa, Athareb, Zerdana, Maarat al Numan y Kafartaba, las manos vacías denotaban el fracaso de la ambiciosa expedición. Para Juan la lección llegaba tarde: nunca más se fiaría de sus aliados francos.

La campaña siria de Juan II (1137-1138)

Ocasión perdida.

A finales de mayo de 1138 el ejército bizantino, arrastrando tras de sí a sus odiosos aliados, se estacionó delante de las murallas de Antioquía. El emperador estaba sumamente disgustado por la actitud de los francos y dolido a causa de la ocasión perdida frente a las fortificaciones de Shaizar. No había terminado de transponer el puente de Hierro cuando le hizo saber a Raimundo de Poitiers que tenía la intención de hacer una entrada solemne en la ciudad, la misma que hacía un señor frente a sus feudatarios.

Fue una experiencia humillante para el príncipe de Antioquía y el conde de Edesa. Raimundo y Joscelino no pudieron negarse a las exigencias del emperador y no tuvieron más remedio que marchar a pié junto al destrero de Juan, haciendo las veces de palafreneros. El desfile del basileo y su comitiva fue algo extraordinario para los antioqueños, que hacía más de un siglo no veían a un emperador apersonarse en su ciudad. Juan fue conducido a través de las calles engalanadas hasta la catedral, donde el patriarca le aguardaba junto con la alta jerarquía clerical para oficiar una misa. Al cabo de los servicios religiosos mandó a llamar a Raimundo, mientras se hospedaba en el palacio.

En la entrevista que siguió la sorpresa de Raimundo ante los requerimientos de Juan fue mayúscula. Durante el regreso de Shaizar, Juan se había propuesto utilizar Antioquía como base de operaciones contra los musulmanes de Siria y Jezireh. El lamentable papel desempeñado por Raimundo y Joscelino en el último asedio no le dejaba muchas opciones. No servía un vasallo inestable allí donde podía haber un delegado imperial de confianza elegido por él en persona. Los planes del basileo no eran una alternativa descabellada en tanto que esfuerzo serio y coordinado para contrarrestar la creciente estrella del atabek de Mosul. Pero Raimundo entró en pánico. Asistido por Joscelino de Edesa armaron una supuesta revuelta y le hicieron saber al emperador que su vida estaba en peligro.

La argucia ganó esta vez la partida y Juan se reunió extramuros con su ejército. Antes de partir obligó a los príncipes a que le rindieran nuevamente pleitesía, tras lo cual salió con lentitud hacia las puertas sirias. Había recibido noticias de que los selyúcidas de Masud I, respondiendo al llamamiento realizado por Zengi en Hama, estaban devastando Cilicia, por lo que deseaba restablecer el orden en la nueva provincia. Una vez allí no tuvo problemas en recuperar Adana y rechazar a los invasores hasta las puertas cilicianas.

Balance de la campaña.

Si el restablecimiento de la autoridad imperial en Cilicia hubiera sido la mayor ambición de Juan podríamos decir que la expedición en Oriente habría alcanzado su objetivo. Sin embargo las aspiraciones del segundo de los Comnenos iban mucho más allá y, según parece, comprendían algunos territorios que eran claves para Zengi. La conquista de Alepo habría servido en primer lugar para levantar una barricada frente a cualquier intento de Bagdad por recuperar su presencia al otro lado del Eufrates. En segundo término habría cortado la comunicación entre los musulmanes de Mosul y aquéllos que, aunque independientes, mandaban en Damasco y Egipto. En última instancia habría dado mayor cohesión a los estados de Antioquía y Edesa, engrosando la cuña cristiana que penetraba en dirección al Jezireh y poniendo más distancia entre Damasco, por un lado, y Melitene (Danishmend) e Iconio (Rum), por el otro.

En cualquier caso, los beneficios estaban a la vista, pero Alepo no se amilanó ante el emperador y el posterior empecinamiento de Shaizar aseguró su posesión para el Islam. La captura de Edesa por Zengi en 1143 tal vez nunca habría tenido lugar con Alepo en manos cristianas y la II Cruzada no se habría engendrado, al menos con los condimentos que hoy le conocemos. Juan II cargó a su tesorería con una enorme erogación que casi no le reportó beneficios. Todo lo contrario: contrajo hipotecas en Cilicia y el norte de Siria que le harían regresar a él y a su hijo y sucesor, Manuel, de manera recurrente para restablecer el orden o reclamar un vasallaje más efectivo.

En un análisis más profundo hasta podríamos decir que el estado selyúcida habría sido un objetivo con mejores ventajas geopolíticas. Hacia 1130 los danisméndidas se habían revelado como el poder musulmán más peligroso de Anatolia, desplazando a sus hermanos de Rum, Erzincan, Divrig y Kharpout. Rum, a diferencia de Cilicia y Siria, estaba más cerca de los centros nerviosos que el Imperio había recobrado en Asia Menor tras la I Cruzada: Nicea, Esmirna, Filadelfia, Sínope y Trebizonda. Su destrucción habría permitido llevar los estandartes griegos casi hasta el centro mismo de Capadocia y clavarlos en ciudades que no veían la autoridad romana desde hacía más de medio siglo. En lugar de ello Juan prefirió acometer la tarea de controlar por el Norte a los danisméndidas de Neocesarea y por el Sur, a los revoltosos armenios y francos lo mismo que al creciente poder de Zengi. Tal vez pensaba atenazar en algún momento posterior los territorios selyúcidas, cosa que jamás llegaría a suceder bajo su reinado.

Para los armenios de Cilicia y los latinos del principado de Antioquía y del condado de Edesa la súbita llegada del emperador no pudo ser más oportuna. En vísperas de la campaña de Juan, Zengi les había vencido una y otra vez, llegando inclusive a cercar al rey de Jerusalén, Fulko, en la fortaleza de Montferrand. De no haber intervenido los bizantinos, Edesa habría caído probablemente algunos años antes y Antioquía habría corrido la misma suerte junto con el litoral de Siria. La omnipresencia de Bizancio garantizó pues la supervivencia de los estados cruzados y restableció el equilibrio del poder justo cuando la balanza se inclinaba a favor del Islam por obra de su campeón, Zengi.

Los preparativos para la 2º expedición (1138-1140).

Luego de abandonar Siria, y habiendo comprobado la devastación hecha por Masud en Adana, Juan dejó guarniciones leales en todas las ciudades de Cilicia y regresó a Constantinopla. Esperaba que durante su ausencia el gobernador de la nueva provincia fuera capaz de mantener las conquistas logradas durante la campaña de los años 1137 y 1138. De hecho, durante el viaje de vuelta dividió a una parte del ejército para expulsar a los selyúcidas de la zona de Adana y castigar a Masud, que se avino rápidamente a negociar. Pero no había transcurrido un año cuando los danisméndidas de Mohamed, superando Coxon, invadieron la zona alta de Cilicia y tomaron la gran fortaleza de Vahka. Un segundo ataque se produjo poco después y tuvo como objetivo la comarca ubicada entre Ancyra y Leuce, que el emir Mohamed asoló con la connivencia de Constantino Gabras, el díscolo duque de Trebizonda.

En julio de 1139 Juan aplazó su regreso a Oriente para ocuparse de los problemas que habían surgido en la zona del Ponto. Una vez más se colocó al frente del ejército imperial y, tomando el camino que salía desde Nicomedia, avanzó por Bitinia y Paflagonia liberándolas de turcos. Luego, habiendo rebasado Kastamuni y Sínope, alcanzó la periferia del ducado de Trebizonda donde Gabras debió reconocer su supremacía. Mas el intento realizado contra una de las capitales de Mohamed, Niksar (Neocesarea), fracasó estrepitosamente y Juan debió retirarse con las manos vacías hacia la costa. La muerte del emir al año siguiente quebrantaría el poderío de los danisméndidas y haría fatua una nueva expedición punitiva.

Entretanto, la situación en Cilicia y el norte de Siria se seguía complicando día tras día. A la pérdida del importante bastión de Vahka y de algunos castillos en las Montañas Rojas a manos de los danisméndidas, se había sumado una serie de reveses en el limes con los territorios zenguíes, donde Raimundo de Antioquía no lograba frenar a las fuerzas de Mosul. Todos los progresos realizados antaño finalmente se perdieron por la indolencia de los aliados francos: Bizaa, Athareb, Kafartaba, Maarat al-Numan y Zerdana cayeron casi sin lucha y solo la partida de Zengi hacia Damasco salvó a los de Antioquía de mayores humillaciones.

Urgido por la desesperada situación en Oriente, Juan II comenzó a preparar su segunda campaña contra Antioquía. En esta ocasión proyectaba liberar Cilicia de turcos para luego pasar al norte de Siria, donde pensaba devolver aquella ciudad al control directo del Imperio. Esperaba con ese fin reflotar su idea de crear un estado tapón entre los emiratos musulmanes de Damasco y Mosul y la gran ciudad del norte de Siria, que cedería al desplazado príncipe de Antioquía. Ello suponía un problema adicional, dado que el solio patriarcal de la metrópoli  pertenecía al latino Radulfo y el emperador deseaba traspasarlo a un griego del rito ortodoxo. Antioquía contaba aún con una comunidad helénica muy numerosa que vería con agrado esa medida. Pero… ¿cómo reaccionarían los francos y el mismo Papa?

Un precio demasiado alto.

Para su segunda campaña Juan II convocó a su amigo y asesor Juan Axuch y a sus cuatro hijos varones, Alejo (1106-1142), Andrónico (1108-1142), Isaac (1115-1174) y Manuel (1122-1180). Antes de partir apeló a su aceitada cancillería para neutralizar al único rival que podía aprovechar su ausencia para obtener algún beneficio territorial a costa del Imperio: Roger de Sicilia. Sus delegados lograron una alianza con la casa reinante del Sacro Imperio y retornaron de Alemania acompañados por Berta de Sulzbach, la futura esposa de Manuel, el hijo menor del basileo. También se sellaron acuerdos de cooperación con las repúblicas marítimas italianas de Génova y Venecia que permitirían neutralizar a la flota normanda en caso de un ataque contra Grecia.

Con la retaguardia asegurada Juan II, al frente del ejército imperial, pasó al Asia Menor en la primavera de 1142 tomando la ruta que conducía al Sur, directo a la ciudad portuaria de Attalia. A lo largo del camino fue limpiando la provincia de turcos hasta que súbitamente la muerte de su hijo mayor, Alejo, detuvo su avance cuando esperaba en los confines de Panfilia. El drama familiar vino a alterar los planes dinásticos del basileo, para quien Alejo constituía la opción natural y lógica en la cadena sucesoria. Al respecto, si nos atenemos a las palabras del cronista contemporáneo Juan Cinnamus, mientras Alejo había sido escogido para heredar el trono, Manuel contaba con la aquiescencia del emperador para gobernar sobre un principado que se constituiría con los territorios de Chipre, Attalia, Seleucia, Cilicia y Antioquía. Sus dotes de valiente soldado y hábil comandante habían sido largamente probadas frente a las murallas de Neocesarea y parece ser que Juan deseaba colocar a alguien capaz para contender contra francos, armenios y turcos en el limes oriental.

No había terminado el basileo de asumir la pérdida de su primogénito cuando Andrónico murió también de manera misteriosa mientras acompañaba junto a Isaac el cuerpo sin vida de su hermano, de vuelta a Constantinopla. El dolor, sin embargo, no aplazó la campaña. Fingiendo que se dirigía a recapturar los castillos perdidos a manos de los danisméndidas en la alta Cilicia, Juan cruzó el país e inesperadamente se presentó ante Tell-Bashar, adonde el conde de Edesa llegó a marchas forzadas para rendirle pleito homenaje. Luego, en septiembre de 1142, descendió hasta el castillo templario de Baghras (Gastun) desde donde despachó una embajada para pedir la rendición al príncipe de Antioquía.

Puesto entre la espada y la pared, Raimundo se tomó el tiempo necesario para responder. No deseaba entregar su capital a los odiados griegos y contaba con el apoyo de sus principales vasallos en caso de que tuviese que recurrir a las armas para hacer prevalecer sus derechos por sobre la letra muerta del tratado de Devol. Tampoco el rey de Jerusalén, Fulko, se mostraba dispuesto a aceptar la primacía del emperador como si lo había hecho antes, durante la expedición de 1137.

Aguardando la señal para tomar posesión de Antioquía, Juan recibió en cambio una ambigua invitación que el obispo de Jabala se encargó de depositar en sus manos: Raimundo le abriría las puertas de su capital tan solo para permitirle una solemne entrada. Pero nada más. En consecuencia, el basileo mandó a sus hombres a que bruñeran los escudos y afilaran las espadas. Atacarían finalmente Antioquía.

Como el invierno estaba a punto de comenzar, los bizantinos se contentaron con saquear los alrededores respetando siempre las propiedades de los griegos del lugar. Juan no deseaba poner sitio a la ciudad en una época tan desfavorable del año y ordenó a sus hombres retirarse a los cuarteles de invierno, en la llanura de Cilicia. Allí estaba planificando el asedio cuando, en una batida de caza, resultó accidentalmente herido por una flecha. Pocos días más tarde moría de envenenamiento de la sangre al infectársele la herida. Los sueños de recuperación territorial en aquellas dilatadas latitudes se habían cobrado un alto precio. A cambio de la posesión de los escarpados riscos de Cilicia y de los valles y vegas de Antioquía, el Imperio sacrificaba a uno de sus mejores emperadores ante el regocijo general de francos y armenios.

Confusión en Oriente.

La desaparición de Juan provocó una mezcla de conmoción, alivio y ansiedad entre aquellos potentados que, de una manera u otra, estaban relacionados con las pretensiones reivindicatorias de los soberanos bizantinos. En primer lugar, los francos de Antioquía y Edesa recuperaron la compostura al observar cómo el ejército imperial recogía sus vagones de maquinaria y regresaba sobre sus pasos a Europa. Tanto Raimundo como Joscelino se vieron nuevamente con las manos libres para seguir laborando acorde con los avatares que dictaban el carisma y la iniciativa de Zengi. Actuando siempre bajo la presión ejercida por el atabek de Mosul, ambos se limitaron a concluir alianzas poco efectivas con los emires rivales de las ciudades musulmanas vecinas, como Kara Arslán de Diarbekir, Sawar de Alepo y Jemal ed-Din Mohamed de Damasco. Sin embargo se trataba de esfuerzos aislados que nunca llegaban a neutralizar la estrella creciente del Islam.

Por el lado del Reino de Jerusalén, el panorama era muy parecido. Fulko, al igual que sus colegas del Norte, había implementado una política de cooperación con la dinastía búrida de Damasco para mantener a raya a Zengi. En el lapso que llevaba como rey había aprendido que la mejor manera de conservar la integridad territorial de su estado era practicando la tolerancia hacia aquéllos emires musulmanes que rechazaban la autoridad de Mosul. Inclusive antes de la segunda campaña de Juan II había socorrido a Mohamed, obligando a Zengi a levantar el asedio de la capital búrida. Un verdadero hallazgo en medio de tanto fanatismo y odio religioso. Pero Fulko murió en 1143 y el reino de Jerusalén, huérfano de liderazgo, empezó a naufragar en las manos de la reina Melisenda y de su joven hijo Balduino. Los lazos de vasallaje con los estados francos del Norte se resintieron al punto de que Joscelino de Edesa llegó a desconocer casi por completo la autoridad real.

Los armenios, entretanto, no daban muestras de poder salir de su estado de postración. Habiendo terminado con la independencia del estado roupénida, la primera expedición de Juan II también supuso un duro golpe para la casa reinante en Sis. Luego de apresar a León, su esposa y dos de los hijos de la pareja, Roupen y Thoros, las fuerzas imperiales se ocuparon de dejar guarniciones en todas las principales ciudades de Cilicia que hicieron imposible cualquier intento armenio por sacudir el yugo griego. Hasta 1145 los roupénidas asistirían como meros espectadores a la lucha acérrima por el control de la región, llevada adelante por bizantinos y antioqueños.

El imperio de Juan II

Dando gracias al Cielo que los liberaba de una impronta indeseable, los francos de Ultramar no se dieron cuenta que con la muerte de Juan II Comneno perdían al único aliado de valor en la lucha contra el infiel. Hasta entonces, la cercanía del basileo había mantenido a Zengi fuera de combate y amedrentado al otro lado del Eufrates. El atabek de Mosul respetaba la habilidad de los bizantinos para la guerra tanto como su supremacía en el campo de batalla. Si había logrado expulsarles de Shaizar era porque una serie de factores habían jugado a su favor: la resistencia enérgica de los defensores de la ciudad, la indolencia de los aliados francos del emperador y el apoyo moral y material prestado por Bagdad (Califato), Iconio (selyúcidas) y Cesarea (danisméndidas). Ahora, con los bizantinos ocupados en la cuestión de la sucesión y por ende fuera de combate, la situación se aclaraba para Zengi. El Islam le reclamaba como su campeón y él no perdería tiempo en darle su primer gran trofeo.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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