IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia. Parte I.

Posted by Guilhem en mayo 5, 2007

Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia.

Extracto: La dominación bizantina, primero, y la irrupción selyúcida, después, determinaron la migración de muchos elementos armenios desde el núcleo central ubicado en el valle del Araxes hacia una vasta zona comprendida entre las ciudades de Sebastea y Cesarea Mazacha, al Norte, y Antioquía y Edesa, al Sur. “Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia” recoge con pormenorizado detalle la estrecha relación existente entre Constantinopla y Cilicia en tiempos de los emperadores de la dinastía Comneno, Alejo I (1081-1118), Juan II (1118-1143) y Manuel I Megas (1143-1180).

I parte: la fundación del estado armenio de Cilicia.

La política oriental de Bizancio en el siglo XII:

La obsesión de los basileos bizantinos del siglo XII por controlar Cilicia todavía hoy sigue siendo tema de debate. Juan II (1118-1143) y Manuel I (1143-1180) hicieron grandes esfuerzos por eliminar la resistencia de los armenios en la zona. Ocasionalmente consiguieron colocar guarniciones leales en las principales ciudades y fortalezas cilicianas, pero al cabo el daño generado a las arcas del Imperio fue mayor que los beneficios cosechados en el campo político y militar.

Durante el siglo XII, el reino armenio de Cilicia servía de nexo entre los territorios asiáticos del Imperio Bizantino y los estados francos de Ultramar: Trípoli, Jerusalén, Edesa y Antioquía. Precisamente eran éstas dos últimas plazas las que despertaban el interés de los emperadores de Constantinopla. Ambas habían constituido las avanzadillas del Imperio frente al Islam durante el siglo XI, y los bizantinos las habían perdido tras el descalabro provocado por la derrota de Manzikert en 1071. A partir de esa fatídica fecha, tanto Antioquía como Edesa habían alternado suerte entre el flujo y reflujo de la marea selyúcida y la habilidad de algunos príncipes armenios del lugar.

La I Cruzada (1097-1099) trajo consigo el dominio franco sobre la región y permitió a los armenios consolidar su presencia en las planicies de Cilicia, sobre el cause superior del Jeihan, al sur de Albistan. No fue un buen augurio para los bizantinos que su Imperio quedara expuesto al cascanueces normando que presionaba por ambos lados (Italia y Siria), tanto más por cuanto el recuerdo de Roberto Guiscardo y Bohemundo seguía fresco en la mente de los basileos. Para aliviar dicha presión los emperadores Comnenos resolvieron como primera medida restablecer su autoridad en Oriente: Edesa y Antioquía debían ser reducidas a vasallaje. No obstante, para lograrlo, los bizantinos debían primero controlar Cilicia, dominada por los armenios. Pero, ¿cómo habían llegado éstos a adueñarse de la provincia?

Ani, Kars, Vaspurakan y Lorí: Armenia.

No fue una buena idea la que tuvo Basilio II Bulgaróctonos (975-1025) cuando intentó someter a los reyes armenios de Vaspurakan, Ani, Lorí y Kars a poco de comenzado el siglo XI. La irrupción de los selyúcidas poco después dejaría al descubierto la endeblez de la política oriental bizantina. Hasta ese momento, los territorios armenios habían servido como un dique de contención frente a la acechanza de los peligros que llegaban desde el Este. Enclavados entre la región de Capadocia y los lagos Van, Urmia y Sevan, los pequeños estados armenios, orgullosos de su fe cristiana, se habían mostrado como un hueso duro de roer para sus vecinos desde los días del Imperio Sasánida. Vaspurakan, el más pequeño, era también el más expuesto por su ubicación geográfica en el extremo oriental. Los ataques selyúcidas, que comenzaron hacia la segunda década del siglo XII, alarmaron seriamente al monarca del diminuto estado. En ese momento llegó una embajada procedente de Constantinopla portando una curiosa oferta: Basilio II estaba dispuesto a entregarles tierras más seguras, la ciudad de Sebastea y sus alrededores, a cambio de su reino. La proposición fue aceptada y se calcula que entre 40.000 y 50.000 personas abandonaron sus hogares para establecerse a orillas del Halys, sobre el Antitauro.

Basilio II (975-1025)

El Imperio de Basilio II (963-1025)

Esta primera gran migración debilitó profundamente el status quo que se vivía en la comarca, generando además nuevos tensiones entre los soberanos de Ani y Kars y las autoridades bizantinas enviadas para tomar posesión de la nueva provincia. La disputa degeneró en una cruenta guerra donde los armenios únicamente fueron vencidos mediante la traición: bajo el reinado de Constantino IX Monómaco (1042-1055), Gaguik II de Ani cayó prisionero y su reino se sometió al basileo. El gran éxodo armenio estaba a punto de iniciarse. Entretanto, con Manzikert ya perfilándose en el horizonte, los turcos selyúcidas estaban a un paso de quebrantar para siempre la preponderancia bizantina en Asia Menor.

Cilicia: nuevo hogar.

La dominación bizantina, primero, y la irrupción selyúcida, después, determinaron la migración de muchos elementos armenios desde el núcleo central ubicado en el valle del Araxes hacia una vasta zona comprendida entre las ciudades de Sebastea y Cesarea Mazacha, al Norte, y Antioquía y Edesa, al Sur. El colapso de la dinastía bagrátida, que se completó con el asesinato de los descendientes de Gaguik de Ani, sumado a la eliminación de los herederos del rey de Vaspurakan, Senakerin, a la sazón exiliado en Sebastea, generaron la dispersión de la autoridad real que recayó en lo sucesivo en manos de algunos oportunistas, ladrones, aventureros y nobles.

Hacia finales del siglo XI, en pleno desbande imperial, el Este de Asia Menor era un mosaico de señoríos semi-independientes, gobernados por lugartenientes armenios: Gabriel era señor de Malatya (Melitene), Kogh Vasil mandaba en Raban y Kaisun, Tatoul en Marash, Thoros en Edesa, Constantino en Gargar, Abul Gharib en Bira (Birejik), y Filareto, el más importante, en Antioquía y sus alrededores. De todos ellos, Kogh Vasil era el único que comulgaba la fe de la Iglesia Armenia separada, lo cual le convertía en el príncipe predilecto a los ojos del pueblo armenio. Los demás pertenecían a la Iglesia ortodoxa y de alguna manera seguían reconociéndose vasallos del Imperio: algunos como Filareto y Thoros seguían empleando títulos bizantinos (concedidos oportunamente por Alejo I Comneno), mientras que otros, Gabriel entre ellos, habían tenido la precaución de enviar embajadores a Bagdad para revalidar sus derechos.

El asentamiento de los armenios en Cilicia, sin embargo, tendría raíces mucho más consistentes y duraderas que las de todos estos improvisados principados. Bajo el acicate de un bagrátida llamado Roupen un grupo numeroso dejó Ani para establecerse en el Tauro, en una sección montañosa al noroeste de Cilicia. Entretanto, Oshin, hijo de Hethoum, abandonaba sus posesiones de Ganja para mudarse junto con su familia un poco más al Oeste de la posición de Roupen. Arrebatando el inexpugnable castillo de Lamprón a los musulmanes, se convertiría en poco tiempo en el líder de la facción rival de los Roupénidas. Tuvieron la suerte ambos de encontrarse con que la nueva patria estaba densamente poblada por numerosos hermanos de sangre, llegados en tiempos de la reconquista bizantina (siglo X).

Baronías armenias entre 1085 y 1117

Supervivencia y latrocinio:

la Primera Cruzada y sus consecuencias.

Con la única diferencia de la caída en desgracia de Filareto, desplazado de Antioquia por los selyúcidas, los ejércitos de la I Cruzada no encontraron cambios políticos significativos en Cilicia y el norte de Siria. El caos reinante fue aprovechado por los líderes francos para establecer sus primeras bases en Oriente: tomando la iniciativa, Balduino de Boloña se internó en el Jezireh para arrebatar Edesa a Thoros (1098) y convertirla en su capital. Fue la antesala de la perdición para los demás señores armenios de las inmediaciones. En 1103 Gabriel perdió Melitene a manos de los Danisméndidas y Tatoul fue desplazado de Marash por Joscelino I de Courtenay. Abul Gharib, señor de Birejik, y Vasil Dgha, el sucesor de Kogh Vasil, corrieron la misma suerte hacia 1117, cuando fueron desposeídos por el conde de Edesa. En 1120 los únicos señores armenios que aún conservaban sus tierras eran los descendientes de Hetoum y Roupen. Thoros I (1100-1129), hijo de Constantino y nieto de Roupén (no confundir con Thoros de Edesa), llegaría inclusive a conquistar Anazarbo, consolidando la posición de los roupénidas entre el Pyramus y el Sarus.

Aprovechando a que el emperador Alejo I Comneno (1081-1118) se hallaba embarcado en la reconquista del Asia Menor occidental, Thoros se encontró con las manos libres para explotar el vacío de poder dejado por el paso de la I Cruzada. Aunque los turcos invadieron sus tierras en tres ocasiones (1107, 1111 y 1113), el príncipe roupénida pudo mantenerse gracias a la diplomacia y a una política cauta de alianzas con el conde de Edesa, que le permitió desviar la oleada franca hacia las tierras de sus colegas, Constantino de Gargar, Abul Gharib de Bira, Tatoul de Marash y Vasil Dgha de Kaisun. Fue sucedido por su hermano León I (1129-1137).

Cercano Oriente (1084-1095)

Alejo I Comneno.

Luego de la grave derrota de Manzikert (1071), los emperadores de Bizancio ya no tuvieron ocasión de organizar una línea defensiva eficaz frente a la irrupción de los turcos selyúcidas. La caída en desgracia de Romano IV Diógenes (1068-1071) y la inoperancia de sus sucesores, Miguel VII Ducas (1071-1078) y Nicéforo III Botaniates (1078-1081), acabó con cualquier intento coordinado de resistencia. Para colmo de males comenzaron a proliferar los aspirantes al trono.

Ante tamaña indefensión, numerosos gobernadores asiáticos buscaron el apoyo de los invasores turcos para mantenerse en sus posiciones. No había a mano soldados nativos y el sistema de estratiotas o soldados-campesinos había colapsado hacía tiempo víctima de la voracidad de los ricos terratenientes, de modo que los turcos fueron instalados como guarniciones en las grandes ciudades del Asia Menor. Cuando los bizantinos al fin hallaron algo de estabilidad tras la ascensión al trono de Alejo I Comneno, todas las provincias orientales se habían perdido a excepción de Antioquía, dónde se mantenía un funcionario armenio llamado Filareto, y Trebizonda, a orillas del Mar Negro (con guarniciones turcas dentro, las principales plazas fueron tomadas desde el interior, casi sin derramamiento de sangre). Pero nada más.

Los viejos temas de Basilio II fueron reemplazados con rapidez por nuevas administraciones instauradas por los invasores. Suleimán se estableció en Nicea e Iconio, Danishmend en Sebastea, Amasea y Cesarea, Chaka en Esmirna y Efeso, y Menguchek en Erzincan y Colonea, aunque había señores turcos de menor jerarquía que habían llegado a constituir pequeños principados como los de Erzurum, Kars, Kharpout, Divrig y Arzag. La península anatólica era un caos.

La I Cruzada (1097-1099) permitió a Alejo I Comneno recuperar algunas plazas fuertes al otro lado del Bósforo. Nicomedia, Nicea, Esmirna, Efeso, Sardes, Sínope, Pérgamo, una a una fueron cayendo en sus manos hasta que la inercia finalmente se detuvo tras la victoria de Filomelio, en 1115, que llevó las fronteras del Imperio cerca del lago Tatta (Tuz). No se resignó sin embargo el emperador a intervenir allí donde los francos debían entregar las ciudades reconquistadas durante la Cruzada, en Cilicia y más allá. En estas regiones había capitanes, principalmente armenios, que todavía reconocían su autoridad, como Oshin de Lamprón y Tatoul de Marash. Pero sus recursos eran limitados y la amenaza de una invasión normanda en los Balcanes era cada vez más inminente. Tan solo pudo despachar un pequeño ejército al mando del general Butumites, que fue insuficiente para conservar las fortalezas que los capitanes armenios acólitos como Tatoul guardaban en su nombre. Una tras otra fueron cayendo en poder de los enemigos del imperio, turcos, francos y advenedizos armenios.

En 1118 Alejo murió y la esfera de influencias de Bizancio quedó boyando entre Attalia y Seleucia, en Panfilia. No obstante, su sucesor pronto se encargaría de poner en claro cuáles eran las directrices de su política oriental, especialmente en Cilicia y el norte de Siria.

El imperio de Alejo I

El regreso del emperador.

Los primeros años del reinado de Juan II Comneno coincidieron con el encumbramiento de los estados latinos del norte de Siria, el principado de Antioquía y el condado de Edesa, y con la entrada en escena del Reino de Georgia, gobernado por el bagrátida David II. Para ese momento, los musulmanes del Cercano Oriente se hallaban inmersos en una profunda crisis de lealtades que afectaba a todos los emires desde Armenia, al Norte, hasta Damasco, al Sur. Solo el sultanato selyúcida de Rum había conseguido reponerse de la debacle causada por la guerra entre el emir capadocio Hasan y Malik Sha. Masud, que destronó a éste último en 1116, había ya neutralizado en su segundo año de reinado los efectos de la batalla de Filomelio (1115). Hacia 1118 su sombra se proyectaba amenazadora sobre los territorios recuperados por los bizantinos en los últimos años del reinado de Alejo I.

Pero Juan II Comneno no compartía los gustos de su familia por la teología y la literatura y mucho menos por las discusiones sutiles que tanto apasionaban a su corte. Era ante todo un soldado y amaba la vida en campaña. De su padre había heredado un estado reorganizado, y lo que era más importante, una a tesorería lo suficientemente provista como para acometer la reconquista de los territorios que se habían perdido tras Manzikert o al menos de parte de ellos. Tampoco olvidaba Juan que tenía una deuda de honor en Cilicia y la Siria del Norte, donde los armenios y los latinos se habían aprovechado de la debilidad del Imperio para establecerse cómodamente en sus ciudades haciendo caso omiso de todos los tratados firmados.

Al año siguiente de su coronación el basileo se puso al frente del ejército imperial y salió para enfrentar a Masud, el sultán de Iconio. En la campaña reconquistó sin problemas las ciudades de Laodicea, Sozópolis y Hieracocorifitis, liberando de turcos la ruta que conducía a la ciudad de Attalia, al sur de la península. Sin embargo, la invasión de los pechenegos que tuvo lugar hacia el 1122 le impidió avanzar hacia Cilicia y Siria. En los años sucesivos, la guerra contra los servios, los húngaros y los danisméndidas le impidieron concentrarse en Siria. Solo después de haber vencido uno por uno a sus enemigos pudo Juan volver su mirada hacia Cilicia y Antioquía.

Para el momento en que los bizantinos ajustaban los últimos detalles de la nueva campaña, León I (1129-1137), hermano y sucesor del roupénida Thoros I, se vengaba de sus vecinos danisméndidas y francos arrebatándoles Tarso, Adana, y Mamistra (1132 y 1133) y conquistando la fortaleza de Sarventikar (1137). Cuando por fin Juan II apareció en Panfilia dispuesto a hacer valer sus derechos sobre Siria, los armenios y francos dejaron de lado sus rivalidades para enfrentar al enemigo común. León I intentó sin éxito detener al emperador en Seleucia, sobre la costa del Mediterráneo, pero pronto se vio desbordado y debió ceder todas las grandes ciudades y fortalezas de Cilicia, inclusive Tall Hamrun y Anazarbo, que cayeron tras un mes de asedio.

Hacia mediados de agosto de 1137 los bizantinos, en perfecto orden de batalla, rebasaron Alejandreta y las Puertas Sirias y el 29 del mismo mes levantaron campamento frente a Antioquía, en la orilla norte del Orontes. La ciudad fue bombardeada con trabucos y pedreros durante varios días hasta que Raimundo de Poitiers accedió a reconocerse vasallo del emperador. Las puertas de su capital fueron abiertas y los griegos pudieron tomar posesión de la ciudadela, izando sus pendones en lo alto de las torres. Cilicia y el norte de Siria volvían a una vez más a formar parte del Imperio Romano de Oriente.

El imperio de Juan II

Tablas en el Norte.

La aparición de Juan II Comneno en Cilicia y el norte de Siria no pasó desapercibida para el Islam que acechaba los territorios cristianos sin distinguir entre sus feligreses armenios, francos, griegos y libaneses. El año anterior Zengi, el atabek de Mosul, había derrotado al rey de Jerusalén, Fulko, en la batalla de Montferrand, inclinando peligrosamente la balanza del poder en contra de los estados engendrados por la I Cruzada. Hasta 1136 el equilibrio se había mantenido solo gracias a un extraño juego de alianzas que había llegado al extremo de poner en un bando a León de Armenia y al emir danisméndida Ghazi, y en el otro a Bohemundo, el príncipe de Antioquía, junto con algunos vasallos del conde de Edesa. El ascenso de Zengi tras Montferrand significó que el Islam al fin tenía a su campeón. Con la fortaleza en su poder, el atabek de Mosul se garantizaba que los francos ya no podrían avanzar hacia Damasco. De hecho, las ganancias no fueron mayores por la oportuna entrada en escena de los bizantinos.

Con todo, la estadía de Juan II en Antioquía no fue todo lo buena que podría haber sido. Los francos no daban muestras de tolerancia hacia sus nuevos señores griegos y el clero latino de la ciudad estaba molesto por la posibilidad de ser desplazado en beneficio de la jerarquía cismática de los imperiales. El basileo, que no deseaba una ruptura total con sus nuevos vasallos, aprovechó para volver grupas hacia Cilicia, donde los armenios se estaban reorganizando. Habiendo arrancado a los francos la promesa de que colaborarían con él en futuras campañas contra el infiel, se retiró momentáneamente con su ejército en dirección al Norte.

En Cilicia el contraataque de Juan obligó a León a replegarse hacia el Tauro superior, mientras algunos de sus hijos buscaban refugio en la corte de su primo, Joscelino de Edesa. Habiendo restablecido el control sobre la planicie ciliciana, el emperador arremetió luego contra Vahka y Raban que acechó y tomó por asalto. Finalmente, sus patrullas pudieron dar alcance a León y su familia que, cargados de cadenas, fueron enviados a Constantinopla. El rey armenio moriría en la ciudad del Bósforo cuatro años más tarde.

Durante el invierno, Juan se retiró con el grueso de su ejército en dirección a Mamistra, donde el clima no era tan cruel como en las estribaciones del Tauro. Allí pasó los siguientes dos meses preparando en absoluto secreto los pormenores de su siguiente campaña. Entretanto, para distraer y desconcertar a los emires del vecindario enviaba una embajada a Zengi con la intención de llevar tranquilidad al atabek, embarcado a la sazón en una expedición contra los aliados que la ciudad rival de Damasco tenía en el valle del Orontes. Comenzada la primavera y teniendo la retaguardia asegurada, Juan II realizó su siguiente movida ante la sorpresa y el estupor de todos.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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3 comentarios to “Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia. Parte I.”

  1. Juan Carlos Tagtachian said

    Estimado Guilhem. Mis abuelos son de Aintab, y segùn vi en tu artìculo, me interesò especialmente el tema de las baronìas. Querìa saber si podès darme información adicional sobre esos barones, sus orìgenes (arboles genealògicos), distribuciòn de la poblaciòn armenia y los lìmites de sus baronìas, porque quizà ya desde aquel tiempo mi familia hubiera estado radicada en Aintab. Como dato, a mediados del siglo 19, la población armenia en esa ciudad era de 15.000 habitantes, aproximadamente. Mi mail es tagta@telecentro.com.ar y tambièn me encontraràs en Facebook. Juan Carlos Tagtachian, Buenos Aires.

  2. Galo said

    Estimado Guilhem:
    Donde queda actualmente la ciudad de Hieracocorifitis??

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