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Odón de Deuil y Constantinopla

Posted by Guilhem en abril 27, 2007

Odón de Deuil y Constantinopla.

Dice Odón de Deuil acerca de Constantinopla (Historia de las Cruzadas, Vol. 3):

“Constantinopla es la gloria de Grecia. Rica en fama y más aún en fortuna, la ciudad tiene forma triangular, como si de una embarcación se tratase. En su esquina interna yace Santa Sofía y el palacio de Constantino, en el que hay una capilla santificada por reliquias sagradas. La ciudad está cercada en dos de sus lados por el mar; del lado derecho por el brazo de San Jorge y del izquierdo, por un estuario con brazos, de cuatro millas de longitud. En este lugar se haya emplazado el palacio de Blaquernas que, a pesar de ser bastante bajo, se yergue con distinción a raíz de su elegancia y de su refinada arquitectura. En sus tres lados el palacio ofrece a sus habitantes el triple placer de gozar alternativamente del mar, del campo y de la ciudad. El exterior del edificio tiene un encanto casi incomparable y su interior sobrepasa cualquier cosa que pueda escribir sobre él. Está decorado con oro, de varios colores, y el piso está pavimentado con mármol. Definitivamente no se si atribuirle su belleza a la sutileza del arte o la preciosidad de los materiales.

En el restante lado del triángulo que forma la urbe se encuentra la campiña. Este está resguardado por torres y una doble muralla que se extiende por cerca de dos millas, desde el mar hasta el palacio. Las paredes no son precisamente fuertes y las torres no son muy altas, pero la ciudad descansa apacible, pienso, confiada en su considerable población y en su ancestral paz. Dentro de los muros hay tierras baldías que son cultivadas con azadas y arados, y toda clase de jardines que proveen de vegetales a los ciudadanos. Conductos subterráneos fluyen dentro de la ciudad, por debajo las murallas, para surtirla con abundante agua fresca. La metrópoli es bastante sucia y olorosa y muchos lugares padecen de una oscuridad perpetua. Los ricos construyen sus casas en los accesos a las calles, dejando los lugares más oscuros y sucios a los inmigrantes y a los pobres.

Constantinopla hacia 1180

En esos lastimosos distritos tienen lugar homicidios y robos tanto como otros sórdidos crímenes que adoran la oscuridad. La vida en esta ciudad no tiene ley, ya que hay tantos señores como hombres ricos y casi tantos ladrones como gente pobre. Aquí el criminal no siente miedo ni vergüenza, desde que los crímenes no son castigados por la ley ni salen completamente a la luz. Constantinopla excede el promedio en todo, sobrepasando a otras ciudades en prosperidad lo mismo que en vicio. Las iglesias son admirables por su hermosura e igualmente por las reliquias de santos que atesoran. Aquellos que concurren a ellas lo hacen tanto por curiosidad como por sincera devoción. El rey mismo también fue conducido por el emperador en una visita por los lugares sagrados.

Mientras regresaban de la gira, el rey cenó con el emperador a instancias de este último. El banquete fue tan glorioso como los comensales; el generoso servicio, la deliciosa cena y la vivaz conversación dejaron satisfechos a ojos, lengua y oídos por igual. Varios de los hombres del rey temían por su seguridad, mas él se puso en las manos de Dios y con fe y valor no temió asistir. Como él no albergaba malos designios en sí mismo, tampoco creía que otros los albergaran hacia él. A pesar de que los griegos no daban indicios de su traición, sin embargo, creo que ellos no habrían mostrado tal diligencia si sus intenciones hubieran sido honestas. Ellos estaban escondiendo sus argumentos por los que iban a cobrarse revancha después que cruzáramos el brazo de San Jorge. No se los podía culpar por eso, aún cuando hubieron cerrado los portones ante los plebeyos, luego de que éstos quemaran algunas casas de los griegos y árboles de olivo, instigados por la insolencia y la ebriedad. El rey frecuentemente recurrió a hacer cortar orejas y pies pero fue incapaz de restringir la locura por esa vía”.

Odón de Deuil

“La Cruzada de Luis VII, rey de Francia”.

Traducción: Guilhem W. Martín. ©

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