IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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La batalla de Myriokefalon (1176). Parte I.

Posted by Guilhem en enero 13, 2011

La batalla de Myriokefalon o Miriocéfalo. ¿Golpe sicológico o derrota decisiva?

Extracto: ¿Combate decisivo o apenas una refriega fronteriza? La batalla de Myriokefalon o Miriocefalo tuvo lugar el 17 de septiembre de 1176 y, como una espina clavada en la sandalia de un peregrino, dejó su impronta en la conciencia de los bizantinos tal como sucediera cien años antes con Mantzikert (19 de agosto de 1071). Hacia finales del año 1175 el poderío de los turcos selyúcidas, bajo el acicate del sultán Kilij Arslan II (1156-1192), se había tornado tan amenazante que el basileo Manuel I Comneno Megas (1143-1180) decidió confrontarlo de manera definitiva. La idea del emperador era marchar directamente sobre la capital del sultanato de Rum, la ciudad de Qonya o Ikonium, a fin de someterla nuevamente al mandato imperial. Pero la empresa se malograría en los tortuosos pasos de Tzivritze, a raíz de una emboscada hábilmente dispuesta por el sultán. Al decir de algunos contemporáneos, el emperador bizantino ya no volvería a recuperar la sonrisa ni su característico humor jovial tras el desastre; no obstante, ¿tuvo Myriokefalon las mismas dimensiones de tragedia, los mismos efectos a largo plazo que Mantzikert? Es lo que trataremos de develar a continuación.

Parte I: Introducción.

La opinión de algunos historiadores sobre la batalla y su trascendencia.

Antes de entrar de lleno al tema que nos ocupa, veamos qué es lo que se ha escrito al respecto de la batalla. Se trata en algunos casos de la opinión de encumbrados historiadores de Bizancio o de las Cruzadas, y en otros, de  testimonios pertenecientes a testigos oculares de los hechos o de fuentes de segunda mano.

Georg Ostrogorsky. “Historia del Estado Bizantino”. Págs. 385-386. “Igual que Manuel, quien en cada enemigo de Barbarroja[1] veía un amigo, así también Federico I buscaba el contacto con los enemigos del emperador de Bizancio. Desde 1173 mantenía relaciones con el sultán Kilij Arslan de Ikonium. La posición predominante que Manuel se había ganado en el Oriente latino también le aseguraba a Bizancio por largo tiempo una posición fuerte frente al sultanato de Ikonium. Aprovechando hábilmente los antagonismos existentes entre los potentados selyúcidas y logrando ciertos éxitos militares en Asia Menor, el emperador supo consolidar su supremacía. En el año 1162 el sultán Kilij Arslan había pasado tres meses en Constantinopla y mediante un pacto se había comprometido a prestar ayuda militar y a ceder a Bizancio varias ciudades. Estas promesas no fueron, sin embargo, cumplidas, y mientras Manuel estaba ocupado en Hungría y en Occidente, Kilij Arslan logró consolidar su poder en Asia Menor. El apoyo del emperador alemán alentó su resistencia, y en el año 1175 se produjo la ruptura entre Bizancio e Ikonium. El año siguiente vio al emperador bizantino reunir un ejército enorme y marchar contra Ikonium. Pero en los pasos montañosos Myriokefalon, en Frigia, le sobrevino el 17 de septiembre de 1176 una terrible catástrofe: el ejército bizantino fue rodeado por los turcos y masacrado. El mismo Manuel comparó esta catástrofe con la derrota que Bizancio había sufrido hacía ciento cinco años en Mantzikert”.

The History Collection. University of Wisconsin Digital Collections. Baldwin, M. W. 1969. Pág. 594. “El equilibrio en Oriente Próximo se vio seriamente afectado por la derrota bizantina de Myriokefalon en septiembre de 1176, cuando el emperador Manuel intentaba romper con las bases del poder turco en Asia menor. Al ser su ejército abatido, el basileo debió aceptar las condiciones de Kilij Arslan y regresar con los despojos de sus tropas. Myriokefalon ha sido comparada con Mantzikert, que tuvo lugar un siglo antes; y, por cierto, para los estados latinos de Ultramar la derrota fue crucial. Militarmente, Bizancio nunca se recuperaría”.

Alexander A. Vasiliev. “Historia del Imperio Bizantino”. “A causa de diferentes motivos locales y quizá por instigación de Barbarroja (Federico I), estallaron las hostilidades Manuel se puso al frente de sus tropas. Su objetivo era tomar Ikonium (Qonya), capital del sultanato. En 1176 los ejércitos bizantinos penetraron en las montañas de Frigia, donde, cerca de la frontera, se alzaba la fortaleza de Myriokefalon. Los turcos les atacaron repentinamente por todas partes y, allí, el 17 de septiembre, los imperiales sufrieron un completo revés”. Más adelante, Alexander Vasiliev agrega: “La batalla de Mantzikert en 1071 había dado ya un golpe mortal a la dominación bizantina en Asia Menor. Pero los contemporáneos, sin advertirlo, esperaban restablecer la situación y desembarazarse del peligro selyúcida. Las dos primeras cruzadas no lograron conjurar esta amenaza. La batalla de Myriokefalon arruinó en definitiva las últimas esperanzas de Bizancio. Ya no se creyó posible expulsar a los turcos de Asia Menor. El imperio no podía pensar en una ofensiva seria en Oriente. Bastante era que defendiese sus fronteras contra las continuas invasiones selyúcidas. El historiados alemán Kugler dice: la batalla de Myriokefalon decidió para siempre la suerte de todo Oriente”.

Paul Magdalino. “El imperio de Manuel I Comneno, 1143-1180”. Págs. 98-99. “La campaña de Qonya fue quizá el más ambicioso proyecto jamás montado por un líder cristiano en solitario, durante el siglo XII. La derrota sufrida en los estrechos pasos de Tzivritze, a un día de marcha de Qonya, cerca de la arruinada fortaleza de Myriokefalon, se correspondió con una verdadera humillación. Los turcos hicieron una gran carnicería, tomaron un cuantioso botín y estuvieron muy cerca de apresar al mismísimo emperador, quien gustosamente aceptó del sultán la propuesta de una tregua a cambio de la demolición de los fuertes de Dorileo y Subleo”.A renglón seguido el autor, no obstante, sugiere: “Con todo lo que él (Manuel) dijo tras la derrota y en relación con ella, no se trató de un desastre de la escala de Mantzikert”.

George Finlay. “Historia del Imperio Bizantino”. Págs.241. “La mente de Manuel nunca pudo recuperarse del todo a causa del golpe que su orgullo había sufrido en la batalla de Myriokefalon. Las cortadas y contusiones parecían no haber afectado su cuerpo de manera significativa, no obstante se sumió en la melancolía y a poco, su salud comenzó a declinar de manera gradual”.

Ferdinand Chalandon. “Los últimos Comnenos”. “Con el desastre de Myriokefalon todas las empresas de envergadura en el Este tocaron a su fin. A pesar de estar quebrado anímicamente por la derrota, el emperador reanudó la guerra en la última parte de su reinado. Pero los generales griegos se vieron confinados en esta ocasión a la defensa de las fronteras y toda la idea de un avance sobre Ikonium, para atacar las bases del poder musulmán, fue dejada de lado sino abandonada. De hecho, la batalla de Myriokefalon selló la suerte de la dinastía Comneno, sino del mismo Imperio Bizantino”.

Franz Georg Maier. “Bizancio”. Págs. 266-267. “El 17 de septiembre de 1176 los bizantinos fueron sorprendidos durante su avance en la garganta de un desfiladero al Este de Miriocefalo y solo con gran esfuerzo pudieron evitar una derrota semejante a la que sufrió el emperador Romano Diógenes hacia el año 1071, en Manzicerta La política exterior de expansión del emperador Manuel, que solo fue posible a costa de duros sacrificios económicos del Imperio, recibió con esto un golpe tan duro que aquella política ya no pudo ser continuada en ninguna dirección. Tal derrota hizo ver que el potencial militar del Imperio no era suficiente para alcanzar los objetivos del emperador Manuel, ni siquiera de lejos. El destino de Bizancio como potencia mundial quedó decidido en la batalla de Miriocefalo”.

Edgard N. Luttwack. “La gran estrategia del Imperio Bizantino”. “La derrota en los pasos de Tzivritze no acarreó consecuencias inmediatas. Manuel no fue arrojado del trono como Romano IV Diógenes lo había sido después de su derrota en Mantzikert, en 1071; los ejércitos selyúcidas no avanzaron en dirección a Constantinopla, y los cruzados no se volvieron contra sus protectores bizantinos en aquel momento de debilidad. Pero en los años subsecuentes el imperio no podría reconstituir ya su fuerza militar para recobrar la iniciativa”.

Claude Cahen. “El Islam”. Pág. 291. “La historia política de los tres primeros cuartos del siglo XII en Asia Menor se limita, en lo esencial, a la historia de la rivalidad entre selyúcidas y danisméndidas, que terminaría con la victoria de los primeros. Ambos, junto con los bizantinos, habían rivalizado diplomáticamente para lograr ventajas los unos sobre los otros, y el año 1176 el emperador Manuel Comneno, que disponía de una relativa fuerza, creyó que al fin podría reconquistar el territorio arrebatado a Bizancio: la aventura terminó con el desastre de Myriokefalon, que venía a probar, a un siglo de distancia, que la historia abierta en Mantzikert era irreversible e irrevocable. Paso a paso, los selyúcidas habían logrado edificar un estado en torno a su capital, Qonya”.

E. Platagean, A. Ducellier, C. Asdracha y R. Mantrán. “Historia de Bizancio”. Pág. 185. “Ahora bien, la calma en las fronteras orientales no debe oculta, en la misma época, el renacimiento del poder turco. El sultanato de Anatolia o Sultanato de Rum, centrado en Qonya, la antigua Iconio, había sido ya irritado en 1159 por una de las extrañas actitudes adoptadas por Manuel en Oriente: su reafirmación como soberano de Antioquía y el reconocimiento tácito de su supremacía por el reino de Jerusalén. Por lo demás, incluso aquí la influencia occidental no está ausente, ya que es probable que la diplomacia de Barbarroja no fuera ajena a la ruptura del tratado pactado entre el sultán Kilij Arslan y el emperador en 1162. Desde 1175 esta ruptura está consumada y en el curso de la campaña que se lleva a cabo como resultado Manuel es aplastado, el 17 de septiembre de 1176, en Miriocefalo”.

Warren Treadgold. “Breve Historia de Bizancio”, pág. 213. “En el año 1175 el emperador declaró la guerra a los turcos anatolios. En un principio se apropió de las zonas fronterizas, rechazó los intentos de negociación del sultán turco y un año después condujo su ejército hacia Ikonium, la capital del sultanato. Durante el trayecto, Manuel cayó en una emboscada de los turcos en Miriocefalo y, para salvar su ejército y su persona, aceptó entregar sus recientes conquistas. Sin embargo, un año después los bizantinos derrotaron al ejército del sultán; la división de Anatolia entre bizantinos y turcos siguió siendo aproximadamente la misma”.

John W. Birkenmeier. “La evolución de las fuerzas armadas de los Comneno: 1081-1180”. Pág. 55. “El fracaso de Myriokefalon no fue un indicio de debilidad para los bizantinos sino más bien un indicador de las limitaciones bélicas contra los turcos. Estos límites habían estado siempre presentes. Juan II había sido igualmente incapaz en su intento de destruir a los danisméndidas”.

Sir Steven Runciman. “Historia de las Cruzadas”, Volumen II, pág. 374. “Manuel, sin embargo, se percató perfectamente de la significación del desastre, que él mismo comparaba con el de Mantzikert, acaecido más de un siglo antes. La gran máquina bélica que su abuelo y su padre habían construido fue súbitamente destrozada. Costaría muchos años volver a reconstruirla, y de hecho no lo fue nunca. Había tropas suficientes para guarnecer las fronteras, e incluso para obtener algunas victorias menores en los tres años siguientes. Pero ya nunca más podría el Emperador avanzar hacia Siria y dictar su voluntad a Antioquía. Ni tampoco había quedado nada de su gran prestigio que, en el pasado, detuvo a Nur ed-Din, en la cima de su poder, de ir demasiado lejos en sus ataques a la Cristiandad. Para los francos, el desastre de Miriocefalo fue casi tan fatal como para Bizancio. A pesar de su mutua desconfianza y de sus malentendidos, sabían que la existencia de un poderoso imperio era una última salvaguardia contra el triunfo del Islam. En aquel momento siendo gobernante de la Siria del norte el débil muchacho as-Salih[2], no advirtieron la importancia de la batalla. Pero cuando Guillermo de Tiro visitó Constantinopla, tres años después, y se enteró con detalle de lo que había sucedido, se dio cuenta de los peligros que se avecinaban”.

John Julius Norwich. “Breve Historia de Bizancio”, pág. 277. “Justo pasada la fortaleza de Miriocefalo, la ruta de Manuel conducía por una garganta larga y estrecha; ahí atacaron los selyúcidas, arrasando desde las montañas de cada lado y concentrando su fuego sobre las bestias de carga, cuyos cuerpos muertos pronto bloquearon la carretera en ambas direcciones. Durante un tiempo pareció que era inevitable una matanza general. Luego hubo una calma repentina y un emisario turco llegó al campamento imperial. El sultán, informó, no tenía deseo de que hubiera más derramamiento de sangre; si el emperador consentía destruir las fortificaciones de Dorileo y Subleo –dos fortalezas que había reforzado un año o dos antes-, Kilij Arslan concluiría de buena gana un tratado de paz. Manuel aceptó y los dos ejércitos se retiraron. ¿Por qué el sultán actuó de ese modo? Nunca lo sabremos. Quizá creyó que muy bien pudiera necesitar la ayuda del imperio en el futuro. En cualquier caso el desmantelamiento de las dos fortalezas, permitiendo a sus súbditos extenderse sin traba o cortapisa por dos importantes valles, no sería recompensa pequeña; y Miriocefalo había destruido incuestionablemente las esperanzas de Manuel de reimponer su gobierno por Asia Menor. ¿Qué fue entonces lo que Manuel Comneno logró en Oriente? En lo concerniente a los sarracenos, absolutamente nada, debido a un único error: ateniéndose al tratado de 1162, había dejado a Kilij Arslan a su libre albedrío durante once años, lo cual le había permitido eliminar a sus rivales musulmanes y asentarse como la única fuerza importante en Anatolia oriental. Así pues, Manuel solo había logrado reemplazar a varios gobernantes pequeños y hostiles entre sí por uno solo y resuelto”.

Hans Eberhard Mayer. “Historia de las Cruzadas”, pág. 170. “En el año 1176 Manuel Comneno fue aplastado por los selyúcidas de Anatolia en Myriokefalon (Frigia). La derrota dejó sentir muy pronto la extenuación económica que había hecho posible la brillante política exterior de Manuel. Sin ánimo de exagerar, puede decirse que la batalla de Myriokefalon, comparable en sus consecuencias a la de Mantzikert de 1071, decidió el destino de Oriente. Anatolia se perdió definitivamente a manos de los selyúcidas, que minaron por completo la posición bizantina en Siria y Cilicia, el complejo sistema de equilibrio de fuerzas de Manuel, y los francos se vieron privados de su protector”.

Johannes Lehmann. “Las Cruzadas”, pág. 220. “A la puesta del sol de aquel 17 de septiembre de 1176 apenas quedaba nada del ejército bizantino. El sultán Kilij Arslan ofreció la paz al emperador Manuel, poniendo como condiciones que se retirase inmediatamente y que ordenase derribar dos fortalezas que había construido recientemente, Dorileo y Subleo. Dada la situación, el emperador aceptó aquellos términos tan llevaderos y consideró que había salido bien librado. Con este tratado se completaba el paralelismo con la catástrofe de Mantzikert o Malazgirt. En ambos casos los selyúcidas no quisieron explotar sus victorias o, mejor dicho, no se dieron cuenta de las reales dimensiones del hundimiento de Bizancio. En cambio el emperador Manuel sí comprendió con claridad cuáles iban a ser las tremendas consecuencias de la batalla de Myriokefalon, pues hay constancia histórica de que él mismo la comparó con la de Mantzikert. Toda su labor de reconstrucción de la potencia militar se había hundido para muchos decenios. La Roma de Oriente, es decir, Bizancio, conservaba su poderío indiscutible, pero había perdido la capacidad de imponer su voluntad por medio de la espada. Eso sin mencionar la tremenda pérdida de prestigio”.

Emilio Cabrera. “Historia de Bizancio”, pág. 226. “La catástrofe (Myriokefalon) recuerda a la ocurrida poco más de un siglo antes en mantzikert. Como consecuencia de ella los griegos perdieron la mayor parte de Asia Menor. Pero por sobre todo, el desastre de Myriokefalon fue un tremendo fracaso moral para el Imperio y para el propio soberano bizantino. El cronista Guillermo de Tiro cuenta que, desde entonces, el recuerdo de la derrota obsesionó a Manuel I hasta tal punto que le hizo cambiar de carácter”.

Joseph M. Walker. “Historia de Bizancio”, pág. 83. “En 1176 trato de recuperar el sultanato turco de Ikonium, siendo derrotado en Myriokefalon (junto al lago Egridir), por el selyúcida Kilij Arslan II. Esta gran contrariedad constituyó uno de los más cruciales momentos de la historia de Bizancio, ya que supuso la consolidación definitiva de la presencia turca en Asia Menor. El prestigio del Imperio quedó tan mal parado, que desde entonces fue abiertamente desafiado por Federico Barbarroja, tan diferente como interlocutor a su predecesor Conrado III.”.

Nicetas Choniates[3]. “Oh ciudad de Bizancio: Memorias de Nicetas Choniates”. Pág. 180. “Según parece, Manuel no tomó precauciones en cuanto a su ejército, cuando se aventuró por ese camino. Ni aligeró el peso de la carga que transportaban las bestias, ni puso a un lado los vagones que portaban las maquinarias de sitio ni aún intentó derrotar a los turcos en una súbita carga de su caballería ligera por los pasadizos montañosos, facilitando de este modo el avance del grueso de sus fuerzas. Después de recorrer las planicies abiertas, optó por la vía de las hondonadas y desfiladeros, aun cuando se le había advertido de los peligros subyacentes. Muy pronto iba a comprobar estos reportes con sus ojos, cuando los bárbaros, habiendo ocupado las crestas montañosas, le atacarían vaciando sus aljabas con descargas de flechas y poniendo a los romanos en retirada o controlando su avance”.

Y por cierto, como frutilla del postre, la mismísima referencia que nos hace el propio emperador, Manuel I Comneno, sobre la batalla:

Manuel I Comneno. “Carta del emperador a Enrique, rey de Inglaterra[4]. La mala fortuna de un espacio tan vasto separando a nuestros hombres quiso que las tropas que formaban la vanguardia quedaran ubicadas a una distancia considerable del cuerpo principal de nuestro ejército. En consecuencia, como las hordas de los turcos no contaban con la ventaja de atacarnos por el frente a causa de los combates que ya habían tenido lugar en esa parte, y encontrando que la estrechez del camino tendía a servirles en gran medida, decidieron atacar la retaguardia, lo que oportunamente hicieron. Dado la estrechez del desfiladero, tales ataques se produjeron por la derecha e izquierda y por todos los espacios disponibles, cayendo sus dardos indiscriminadamente sobre nosotros como si se tratara de una verdadera lluvia y matando a gran número de hombres y caballos. De esta manera, viendo que la jornada iba adquiriendo proporciones de desastre, nuestra plana mayor consideró apropiado esperar a aquellos que venían detrás con el objetivo de apoyarles, y así se hizo. Entretanto, ambas secciones debieron afrontar el acoso del infinito número de persas[5]”.

No existe pues, consenso entre los principales historiadores acerca del impacto y la trascendencia reales de Myriokefalon como sí lo hemos podido observar en relación con la batalla de Mantzikert. Así, mientras algunas destacadas opiniones hablan del asunto en términos de desastre imperial y calamidad comparable a la legendaria batalla de 1071, otras voces argumentan que Bizancio no perdió la compostura tras la derrota y que inclusive llegó a atenuar sus efectos con algunas pequeñas victorias. Lo que sí resulta evidente es que hay un gran trecho en lo que a consecuencias se refiere, entre una batalla y la otra; a diferencia de lo acontecido tras Mantzikert, en los meses que siguieron a Myriokefalon el Imperio no padeció recortes territoriales ni tampoco debió asistir a convulsiones en el seno del poder. Manuel siguió instalado firmemente en el trono y los turcos no avanzaron más allá de la tradicional línea Ankara-Dorileo-Laodicea-Attalia. Las cosas quedaron más o menos iguales entre bizantinos y turcos; no obstante el Imperio perdió una oportunidad magnífica para recuperar el interior de Asia Menor, la meseta anatólica, donde los selyúcidas habían ido lentamente consolidando su incipiente estado. Hasta aquí hemos avanzado a grandes rasgos sobre el tema. Veamos a continuación los detalles, la “ficha técnica” de Myriokefalon.

Asia Menor, Siria y Palestina en 1145

Los contendientes: Izz al-Din Kilij Arslan II y Manuel I Comneno Megas. Primeros enfrentamientos.

Kilij Arslan II era hijo del sultán Masud I (1116-1156) y había sucedido a su padre en 1156, ocho años después de que los ejércitos de la II Cruzada flanquearan el territorio selyúcida, tras ser derrotados en Dorileo (1147). Los primeros años de su largo reinado los sobrellevó manteniendo literalmente un difícil equilibrio entre las pretensiones territoriales de sus vecinos danisméndidas y zengíes, los reclamos dinásticos de su hermano Shahinsha, el vasallaje pretendido por Manuel Comneno de Bizancio, y el permanente flujo de turcomanos, que llegaban procedentes de Oriente, ávidos de tierras y pasturas para sus rebaños. En aquella primera etapa sus territorios se extendían de manera irregular, desde Raban, Kaisun y Behesni, en el Este, hasta Saniana y Sozópolis, al Oeste, limitando por todas partes con poderosos vecinos.

Sin dejarse distraer por la amenaza que representaba tener un rival dinástico directo en uno de sus flancos (Shahinsha, emir de Ankara), Kilij Arslán II aprovechó la continua llegada de inmigrantes turcomanos para encauzarlos hacia las fronteras bizantinas. En este sentido el valle del Meandro y el limes ciliciano, cuyo control tanto había desvelado a los soberanos Comneno, fueron presa fácil de los desaforados rebaños que acompañaban la migración. La política griega de acercamiento con Nur ed-Din en parte se explica por la necesidad del emperador de poner punto final a su campaña siria de 1158-1159 para poder lidiar con este nuevo frente que amenazaba con desestabilizar todos los logros alcanzados allende el Kalicadnos. Entre 1156 y 1159 los turcomanos traspusieron a voluntad la línea defensiva bizantina, a punto tal que tras la finalización de la campaña de 1159, Manuel fue sorprendido y hostigado durante su regreso a Constantinopla.

Manuel I Comneno, a su vez, había sucedido a su padre, Juan II “el Bueno”, en 1143. El joven basileo había heredado de su antecesor y de su abuelo un ejército formidable y un estado en franca recuperación luego del ignominioso derrape de Mantzikert, acontecido en 1071. El tercer soberano comneno era un personaje inquieto y lleno de energía, sumamente temperamental y audaz, al que la idea de restablecer el antiguo orden imperial le entusiasmaba sobremanera. En esa sintonía ya había intentado someter a los turcos de Rum poniendo sitio a su capital, Ikonium, en 1146, más la llegada de la Segunda Cruzada le obligó a levantar el asedio. Por tanto, las escaramuzas que tuvieron lugar con los turcomanos en 1159 mientras regresaba de someter Antioquía y Cilicia, le dieron la excusa perfecta para regresar al corazón de Asia Menor.

Asia Menor, Siria y Palestina en 1151

La expedición punitiva que tendría como fin último quebrantar el poderío creciente de los turcos selyúcidas y recuperar parte de las tierras perdidas en Capadocia fue enteramente meditada por Manuel en Constantinopla. El plan consistía en abordar los dominios del sultanato de Rum desde distintas latitudes, sincronizando el movimiento de los aliados, de manera de inducir numerosos frentes para obligar a Kilij Arslán a dividir sus fuerzas. La cancillería bizantina demostró entonces lo mejor de sí al movilizar a acólitos y vasallos por igual: armenios, francos, zengíes y danisméndidas se plegaron a las directrices trazadas contra el enemigo común. Desde el Este Nur ed-Din avanzó por la Alta Mesopotamia, poniendo cerco y tomando Kaisun, Raban y Marash, mientras que el emir Yacub ibn Ghazi invadía la comarca de Albistan. En Cilicia, entretanto, el general bizantino Juan Contostéfano reunía las levas proporcionadas por Thoros II y Reinaldo de Chatillon y, junto con complementos de caballería ligera (pechenegos) provistos por las guarniciones de Tarso, Adana y Mamistra, barría la zona comprendida entre Tyana y Heraclea. Por su parte, Manuel, a la cabeza de un ejército integrado por pronoiarios griegos, mercenarios francos y vasallos servios, se adentraba en el valle del Meandro para interceptar las partidas de algareros que pillaban el campo.

Desesperado, Kilij Arslán no tuvo más remedio que fragmentar su ejército, tal como lo había anticipado la diplomacia bizantina. Una importante fuerza salió con presteza hacia el Este, a fin de cerrar el paso a las tropas de Juan Contostéfano, mientras el sultán en persona permanecía en Iconio para proteger la capital de un eventual ataque del basileo. Identificadas por tanto las prioridades, a Yacub Arslán y a Nur ed-Din se les dejó con las manos libres para actuar casi impunemente en la región que otrora perteneciera al armenio Kogh Vasil. Había que defender el núcleo central del territorio selyúcida y la principal amenaza provenía de Cilicia y Frigia. No obstante, la aplastante victoria obtenida por Juan Contostéfano sobre las fuerzas enviadas contra él para detenerle terminó desanimando al sultán turco. Cristóforo, el canciller cristiano de Kilij Arslán, fue rápidamente enviado en busca de Manuel para pedir condiciones.

El conflicto acabó en 1161 cuando las embajadas acordaron un cese de hostilidades con ventajas ostensibles para el basileo. Los delegados de Kilij Arslán consintieron entre otras cosas en:

  • Devolver las ciudades recientemente arrebatadas al Imperio[6].
  • Asistir al emperador con ayuda militar cada vez que éste lo considerase necesario.
  • Respetar las fronteras griegas.
  • Suspender las algaradas e incursiones de saqueo.
  • Mantener bajo control a los indóciles turcomanos impidiendo que franquearan el limes bizantino, especialmente en la zona de los fértiles valles de Asia Menor occidental.

Asia Menor, Siria y Palestina en 1161

Por su parte, Kilij Arslan, cumpliendo la letra chica del tratado, viajó a continuación a Constantinopla para rendir pleito homenaje a Manuel. En la capital imperial fue instalado en una de las alas del palacio de Blaquernas que el emperador había mandado especialmente a construir para alojar a su huésped. Allí el sultán pasó las siguientes doce semanas[7], asistiendo azorado a todos los banquetes, torneos y conciliábulos dispuestos por la cancillería imperial, a instancias del mismísimo emperador. Por fin, al iniciarse la decimotercera semana Kilij Arslan, cargado de presentes, fue autorizado a abandonar Constantinopla. Se marchó inmediatamente de regreso a su capital, sumamente impresionado, aunque también con la ligera sospecha de que mientras más incumpliera los tratados, mayores concesiones obtendría para renovarlos. El tiempo demostraría que estaba en lo cierto.

Beneficios y perjuicios de la política oriental implementada por Manuel tras el tratado de 1162.

Hacia 1162 las directrices de la política imperial en Oriente, lejos de propiciar la debacle de los selyúcidas, tendían a favorecer un equilibrio de fuerzas en la región[8]. El emperador, que había estado enfrascado en una guerra difícil con los normandos de Italia meridional[9], no pretendía otra cosa que consolidar la preeminencia de Bizancio sobre los estados latinos fundados tras la Primera Cruzada, esto es, el principado de Antioquía, el condado de Trípoli y el reino de Jerusalén[10]. Sabía que su imperio, con todo el potencial bélico restaurado a pleno por su padre y su abuelo, constituía la salvaguarda de aquéllos frente a los emires y capitanes de Nur ed-Din. Mientras las tropas de Manuel circularan por las inmediaciones, ésto es, campo traviesa de Cilicia y Siria, ningún potentado musulmán se arriesgaría en una campaña seria contra alguna de las fronteras cristianas del vecindario, que eran muchas y muy extensas. Las dos expediciones dirigidas por Juan II y la más reciente, encabezada por Manuel I, no dejaban margen para la incertidumbre: Cilicia, Siria y Palestina eran consideradas verdaderos protectorados por los basileos. Y si bien es cierto que aún los musulmanes podían arrebatar a los cristianos alguna importante ciudad, como ya lo habían hecho con Edesa, Turbessel o Birejik, parecía evidente que, por el momento, Antioquía, Trípoli y la propia Jerusalén no corrían peligro.

La fortaleza y majestad de Bizancio en esas latitudes, que ayudaba a mantener saludables los perímetros de los estados francos de ultramar, se complementaba con un segundo factor para hacer posible el mencionado equilibrio de fuerzas: la desunión reinante en el Islam. Al norte de los territorios de Nur ed-Din, el sultanato de Rum y los emiratos danisméndidas de Cesarea, Malatya y Sebastea se disputaban el corazón de Anatolia y los valles del Halys. Tales enfrentamientos sustraían importantes recursos materiales y humanos, debilitando sobremanera a dichos estados frente a otra potencia que, desde la Alta Mesopotamia y Siria, se mantenía a la expectativa para sacar partido del conflicto: el estado de los zengíes. Pero inclusive la entidad fundada por Zengi tenía sus propios problemas domésticos, con emires siempre dispuestos a independizarse y parientes que Nur ed-Din no podía controlar. Para colmo de males, al Este, el califa de Bagdad revestía una autoridad espiritual que el sucesor de Zengi, Nur ed-Din, no podía desconocer. Y en el Sur, el califato rival de los fatimíes controlaba Egipto y sus inagotables recursos, evitando que el Islam se cerrase como una mano sobre los estados trinitarios por las desavenencias de sus líderes. Tanto Manuel como los gobernantes cristianos de Siria y Palestina sabían que sus mejores posibilidades pasaban por la desunión de los musulmanes, por lo que habían aprendido a la perfección a aprovecharse de ella. En otras palabras, divide y vencerás era la consigna. Y claro, se trataba de una opción muy económica ya que implicaba un mero trámite diplomático muchas veces acompañado de una concesión monetaria que usualmente salía del erario imperial. En cualquier caso, no suponía costosas y arriesgadas campañas militares en los extremos de las dilatadas líneas de comunicación asiáticas.

La única pata débil de tal política era que el equilibrio estaba garantizado más que nada por el capricho de los potentados involucrados cuando lo ideal hubiera sido que dependiera de políticas sustentables y sostenibles a mediano y largo plazo. Así, por ejemplo, Nur ed-Din, señor de los zengíes, con sede en Alepo, sobre la retaguardia de los turcos rumi, era una pieza esencial del tablero para contener a Kilij Arslan II, sultán de Ikonium[11]. Algo parecido sucedía con los emires danisméndidas de Sebastea y Melitene: Yaghi Basan y Nasir al-Din Mohamed respectivamente. Con sus territorios emplazados al norte de los dominios selyúcidas, ambos soberanos encajaban perfectamente en la estrategia de Manuel tendiente a mantener maniatado a Kilij Arslan. Pero también este último era una figura imprescindible a los fines de impedir que todos los anteriores hicieran y deshicieran a sus anchas. Y es que para esa época, aunque el ejército bizantino constituía una fuerza poderosa y temible, no era numeroso y tampoco podía estar en todas partes para guarnecer las fronteras. En consecuencia, los potentados musulmanes eran necesarios y funcionales; solo habría que averiguar qué sucedería cuando uno de ellos llegara a faltar por la causa que fuese.

Por lo pronto, la estancia de Kilij Arslan en Constantinopla permitió a Manuel ejercer sobre su huésped todo el poder de la persuasión, que los bizantinos tan bien sabían emplear echando mano a singulares mecanismos y artimañas de su aceitada diplomacia. El sultán de Ikonium accedió a firmar la paz y regresó a su capital; a priori partió dejando al basileo con las manos libres para ocuparse de los asuntos europeos del Imperio: Italia, Servia y Hungría eran ahora los nuevos objetivos de Manuel, que seguía jugando con la idea de la renovatio imperii de antaño.

Hungría distrae la atención de Manuel I.

La paz de 1158 con los normandos y el tratado de 1162 con los selyúcidas permitieron a Manuel contar con efectivos militares adicionales para sus nuevas empresas, recursos que de otra manera habrían estado abocados a la defensa de las extensas fronteras asiáticas. La súbita aparición de un nuevo frente de conflicto había tenido lugar con la muerte del rey de Hungría, Geza II, que había desatado una guerra por la sucesión al trono húngaro entre los hermanos de éste, Ladislao II y Esteban IV, candidatos de Manuel, y su hijo, Esteban III.  En las luchas que se desataron en torno a la corona magyar, Manuel vio una inmejorable oportunidad para imponer la influencia de Bizancio mas allá del Danubio en detrimento de la supremacía que hasta entonces habían ostentado o aspirado los emperadores alemanes, en especial, Federico I Barbarroja.

Los siguientes cinco años vieron a lo mejor de las tropas bizantinas combatir en la región de Sirmium codo a codo con los aspirantes magiares del partido pro-griego. Inclusive el mismo Manuel se puso al frente de la campaña cuando parecía que sus planes estaban a punto de zozobrar. Finalmente, hacia 1167, luego de que el monarca húngaro hubiera violado los últimos acuerdos firmados, el basileo resolvió liquidar el pleito mediante una invasión a gran escala. Las fuerzas imperiales se concentraron entonces en Sérdica, la moderna Sofía, y, comandadas por el duque de la flota, Andrónico Contostéfano[12], marcharon al encuentro del ejército húngaro, que incluía un gran número de mercenarios alemanes entre sus filas.

Acorde con las fuentes de la época, esto es Juan Cinnamus y Nicetas Choniates, el ejército imperial, plantado en el campo de batalla con el río Sava a sus espaldas, estaba conformado por tres divisiones compuestas cada una por infantería y caballería en una proporción de tres a uno. El ala derecha, encabezada por el cartulario Andrónico Lampardas y Juan Contostéfano, hermano del mega duque, estaba compuesta por unidades de elite griegas y por regimientos alemanes y turcos; el ala izquierda, por su parte, se conformaba de unidades de infantería y caballería griegas en su gran mayoría[13], y estaba dividida a su vez en cuatro grupos de similares características, asignados respectivamente a los hermanos Branas, Demetrio y Jorge, el armenio Kogh Vasil y Taticio Aspietes[14]. Por fin, el centro estaba compuesto por dos divisiones: una que hacía las veces de vanguardia, integrada por jinetes arqueros cumanos y turcos, y otra que se adosaba casi inmediatamente detrás, comprendiendo a la selecta y formidable guardia varega, a la etairia, y a complementos de caballería valaca e infantería pesada servia. Andrónico Contostéfano detentaba el mando general, si bien comandaba el cuerpo central en persona. Detrás de cada sección, se había apostado la reserva, separada a su vez en tres cuerpos e integrada por arqueros, infantería y caballería acorazada procedente de los emiratos vasallos de Asia Menor. Entretanto, y acorde con Nicetas Choniates, el comandante húngaro, un tal Dionisio o Dénes, conde de Bacs, había formado a sus tropas mezclando indiscriminadamente caballería e infantería, en una gran línea frontal muy compacta y abigarrada.

Las acciones dieron comienzo el 8 de julio de 1167 con una carga y ulterior retirada de los jinetes arqueros que conformaban la vanguardia del centro imperial. La estrategia consistía en atraer a los húngaros directamente sobre las líneas del ejército bizantino que aguardaban impacientes a escasa distancia del curso de agua, y por cierto, los húngaros cayeron en la trampa. Picando espuelas se adelantaron en masa y en un breve centelleo de los aceros pusieron en retirada a parte del ala izquierda griega, de la cual únicamente conservaron sus posiciones las unidades comandadas por Kogh Vasil y por el general Aspietes[15]. En la otra dirección, el centro y el ala derecha imperial lograron afirmarse en el terreno pese a la furibunda carga de la caballería magiar, dando a Lampardas el tiempo necesario para reagrupar a sus hombres y volver a la lucha. En este punto Choniates refleja la intensidad de la batalla con las siguientes palabras: “los escudos presionaban sobre los escudos, los yelmos sobre los yelmos y los hombres sobre los hombres; los caballos estaban cabeza contra cabeza”.

El imperio de Manuel I Comneno (1143-1180)

Un oportuno contraataque de Lampardas sobre la guardia de corps del comandante húngaro condujo a las tropas magiares a internarse aún más en la trampa dispuesta por Contostéfano. Fue el punto álgido de la batalla, aquél mismo a partir del cual una decisión acertada o equivocada suele torcer las tornas a favor de uno u otro bando. Por el lado húngaro, Dionisio continuó peleando impertérrito, casi rodeado por todas partes, como si la fuerza y potencia de su caballería fueran de por sí suficientes para liquidar el pleito. Andronico Contostéfano, en cambio, observando que la batalla se complicaba con el paso de los minutos, resolvió jugar la última carta a su disposición, que aún conservaba intacta cerca de las márgenes del Sava: hizo adelantar su reserva, donde se concentraba casi lo mejor de la caballería acorazada. La maniobra fue demasiado para los jinetes húngaros, quienes abrumados al cabo de un breve duelo de lanzas y picas, volvieron grupas y empezaron a escapar. A continuación, los bizantinos redondearon la triunfal jornada saqueando el campamento enemigo y tomando un gran número de prisioneros.

La batalla de Sirmium, que permitió a Manuel dictar su voluntad más allá de Belgrado e imponer su política en Hungría[16], no devolvió sin embargo la paz en las provincias Balcánicas. Y es que ni bien el conflicto con el reino de Esteban III se hubo aplacado, un levantamiento en el corazón de Servia, dirigido por Nemanja, volvió a desviar la atención del basileo de sus asuntos en Asia Menor. La autoridad imperial en Servia no se había establecido de manera efectiva y, a lo largo de los años precedentes, el emperador había buscado reforzarla mediante la entrega de títulos nobiliarios entre la familia eslava reinante. A tal fin había investido al hermano mayor de Nemanja, Tihomir, como gran Zupán de Rascia, mientras que al propio Nemanja le había reservado un señorío en los territorios de Dubočica. Hacia 1167 este último se rebeló contra sus hermanos y les derrotó en la batalla de Pantino, tras lo cual se autoproclamó gran Zupán. Desde entonces el escurridizo noble servio se abocó a la creación de una alianza contra Bizancio, en la cual, de acuerdo con sus planes, habrían de participar Venecia y Hungría, e inclusive la flota alemana. Con suerte diversa, los enfrentamientos perduraron hasta 1172, en que la muerte de Esteban III y la defección de Venecia, por un lado, y una oportuna victoria obtenida por Manuel sobre Nemanja, por el otro, pusieron punto final a la gran coalición anti-bizantina. Sin temor a equivocarnos en la presente afirmación, quizá hayan sido precisamente la incorporación de Bosnia, Servia y parte de Croacia y Dalmacia, junto con la supremacía lograda sobre Hungría, los mayores logros alcanzados en el plano militar bajo el reinado del tercer Comneno. Con todo, en Asia Menor, el panorama había vuelto a trastocarse y oscurecerse debido a la inacción del basileo.


[1] Federico I Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y miembro de la familia de los Hoenstaufen, reinó desde 1155 a 1190. Era miembro del partido Gibelino que pretendía el afianzamiento del poder central tanto en Alemania como en el norte de Italia en contraposición a los güelfos, quienes aspiraban a la autonomía en tanto que precepto político.

[2] Malik as-Salih Ismail, hijo y heredero de Nur ed-Din, tenía tan solo once años al morir su padre en 1174.

[3] Nicetas Choniates, llamado así por proceder de la ciudad de Chonae o Coni, en Asia Menor, fue un historiador bizantino nacido alrededor del año 1155 y, por tanto, contemporáneo de los hechos que nos ocupan. Su obra, “Historia”, compuesta de 21 libros (1118-1207) y más conocida como “Oh Ciudad de Bizancio: Memorias de Nicetas Choniates” es una fuente de primera mano indispensable a la hora de conocer en detalle lo acontecido en los pasos de Tzivritze.

[4] Extraída de los “Anales de Roger de Hoveden sobre la historia de Inglaterra y de otros países de Europa, desde 732 a 1201”.

[5] Así llamaban los bizantinos a los turcos en aquéllos tiempos.

[6] Según parece, una de las condiciones estipuladas era la devolución al Imperio de la gran ciudad de Sivas, la antigua Sebastea, en el norte.

[7] Nicetas Choniates habla de 80 días.

[8] Tal política de enzarzar a los enemigos entre sí para mantenerles ocupados y bajo control ya se venía poniendo en práctica en los territorios asiáticos desde los días de Juan II Comneno (1118-1143). Entonces la prioridad del padre de Manuel había sido maniatar el poderío creciente de los emires danisméndidas, contra los cuales llegó a realizar una campaña por año entre 1130 y 1135, empleando muchas veces auxiliares de entre los turcos de Ikonium entre sus filas.

[9] Manuel había invadido Italia desde Ancona, en 1154, en respuesta a los ataques normandos a Grecia, ocurridos siete años antes. La campaña, que en un principio se desarrolló exitosamente, pronto entró a ralentizarse como consecuencia de la defección del Sacro Imperio y de Venecia, que dudaban en propiciar la reimplantación del dominio bizantino en Apulia y Calabria. El 28 de mayo de 1156, una derrota en las afueras de Brindisi obligó a los bizantinos a buscar la paz, que se firmó finalmente dos años más tarde.

[10] El condado de Edesa había desaparecido en 1144 por obra de Imad ed-Din Zengi, atabek de Alepo y Mosul.

[11] Ya en 1158, al término de la campaña que le llevara hasta Antioquía y Alepo, Manuel había firmado un tratado con los zengíes por medio del cual se aseguraba la asistencia militar de Nur ed-Din contra los turcos de Ikonium.

[12] Acorde con las palabras de Nicetas Choniates, Manuel, que se había tornado a la sazón un creyente devoto de la astrología y de los signos de las estrellas, recibió de Constantinopla una extraña noticia en torno a dos estatuas femeninas, de bronce, ubicadas debajo de un gran arco en la sección occidental del foro de Constantino, llamada Mujer Romana una, y Mujer Húngara la otra. El caso es que la Mujer Romana se había desplazado de su posición original mientras que su compañera seguía impertérrita sobre el suyo, lo que originó acalorados debates en torno a la interpretación del asunto. Entretanto, Manuel había mandado a reposicionar la estatua de la Mujer Romana y a defenestrar a su par húngara con el anhelo de revertir la suerte de los eventos que iban a tener lugar en el campo de batalla. Al final, el alto mando aconsejaría al emperador permanecer expectante en Sérdica, mientras asignaba la jefatura del ejército a Contostéfano.

[13] Las fuerzas nativas se habían enrolado entre los pronoiarios y los estratiotas sobrevivientes al colapso del sistema de leva de soldados-campesinos, en una proporción de nueva a uno aproximadamente.

[14] Probablemente un pariente del famoso general bizantino de los tiempos de Alejo I Comneno, Taticio, que tuviera un papel destacado en el primer tramo asiático de la Primera Cruzada.

[15] Hasta aquí la versión de Juan Cinnamus. Nicetas Choniates en cambio relata que Andronico Contostéfano se adelantó al frente de ambas alas de su ejército, para presionar y cortar la retirada de su oponente, mientras su caballería ligera se abalanzaba directamente sobre la línea frontal enemiga para hostigarla mediante una nutrida lluvia de proyectiles.

[16] Como consecuencia de la batalla de Sirmium, Esteban III debió entregar rehenes a los bizantinos (su hermano Bela, el futuro Bela-Alejo, hijo de Geza II, ya había sido enviado a la corte bizantina en 1164), pagar tributo y comprometerse a apoyar militarmente al emperador siempre que se le requiriese.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

Todos los mapas son de propiedad de http://imperiobizantino.wordpress.com/

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