IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia. Final.

Publicado por Guilhem en agosto 17, 2007

Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia.

Extracto: La dominación bizantina, primero, y la irrupción selyúcida, después, determinaron la migración de muchos elementos armenios desde el núcleo central ubicado en el valle del Araxes hacia una vasta zona comprendida entre las ciudades de Sebastea y Cesarea Mazacha, al Norte, y Antioquía y Edesa, al Sur. “Los Comnenos y el reino armenio de Cilicia” recoge con pormenorizado detalle la estrecha relación existente entre Constantinopla y Cilicia en tiempos de los emperadores de la dinastía Comneno, Alejo I (1081-1118), Juan II (1118-1143) y Manuel I Megas (1143-1180).

VII parte (final): el reino armenio de Cilicia o Pequeña Armenia.

La muerte de Nur ed-Din y el final de Mleh.

Pero no todo era lo bueno que parecía ser en la baronía regida por la dinastía roupénida. Con su apostasía Mleh se había granjeado acérrimos enemigos entre un pueblo que no le había hecho asco en el pasado a martirios, éxodos y persecuciones con tal de conservar su fe. Tener a un líder cuya autoridad dependía de los caprichos e intereses de Nur ed-Din no mejoraba la situación para la población armenia, la que en definitiva advertía tan solo un cambio en el régimen dominante en virtud del cual los odiados musulmanes habían reemplazado a los no menos populares cismáticos. Es cierto, habían existido roces entre las diferentes confesiones cristianas que esporádicamente acabaron en enfrentamientos armados. E inclusive hubieron renombrados armenios que hicieron las veces de visires en la corte de los califas fatimitas de Egipto. Pero de allí a luchar como tropas auxiliares bajo las órdenes del atabek de Alepo era una cuestión que para numerosos nobles sonó a flagrante humillación.

En efecto, Nur ed-Din había resuelto que el mejor uso que podía dar a su títere armenio era empleándolo en la lucha contra el gran rival del vecindario, el sultán turco de Iconio. Hacía tiempo que el hijo de Zengi había advertido cómo Kilij Arslán II venía consolidando su poderío a expensas de los danisméndidas y de los propios bizantinos. Su política expansionista no le disgustaba excepto cuando la ambición del sultán ponía en entredicho sus propios intereses en la Alta Mesopotamia y el Jezireh. Entonces arreciaban las ofensivas y las contraofensivas con las que cada bando pretendía asegurarse el control de las grandes ciudades y fortalezas ubicadas entre el Antitauro y el Eufrates: Raban, Kaisun, Samosata, Marash, Behesni, Rum-Qalat, Albistan, Arka y la propia Melitene.

En 1171 la situación general en los Balcanes y Anatolia volvió a sonreír a los musulmanes de Iconio. Al Este, el proceso de atomización que atravesaban los danisméndidas parecía no tener fin, mientras que del otro lado el emperador de Bizancio se había embarcado en una onerosa campaña para someter a los servios de Rascia y Zeta. Aprovechando la distracción de los bizantinos, Kilij Arslán avanzó primero contra su hermano, Shahinshah, a quien expulsó de su residencia en Ankara. Luego, torciendo en dirección al Halys, se internó en territorio danisméndida expulsando a las guarniciones de Cesarea Mazacha, Amasea, Gangra, Mersivan, Albistan y Niksar. Su ulterior intento de capturar Melitene, la capital de Fakhr al-Din, fracasó cuando el emir recibió ayuda de los ortóquidas de Hsin Kaifa. Imparable, Kilij Arslán retomó las armas al año siguiente, aunque en esta oportunidad prefirió remontar el Halys para poner sitio a la capital del otro príncipe danisméndida, Dhul Nun.

Ante los reiterados llamados de auxilio lanzados por el emir de Sivas, Nur ed-Din dejó Damasco en la primavera de 1173. La posibilidad de que el sultán desafiase su supremacía como paladín del Islam le tenía sin cuidado; le preocupaba en cambio que sus recientes conquistas al otro lado del Eufrates, es decir, aquellas tierras que una vez pertenecieran al armenio Kogh Vasil, fueran anexionadas por los selyúcidas. Y es que el atabek de Alepo pensaba con razón que esa zona de la Alta Mesopotamia era la llave de entrada hacia Siria septentrional. Con tantos príncipes indóciles y emires semi-independientes rodeándole (los ortóquidas Kara Arslán y su hijo Nur ed-Din de Hsin Kaifa y Amida, Najm ed-Din Alpi de Mardin, y sus parientes, Sayf ed-Din Ghazi II de Mosul, Imad ed Din Zengi II de Sinjar, además del ayubí Saladino de Egipto, Soqman II de Armenia y el converso barón de Cilicia, Mleh) lo último que necesitaba era un potentado lo suficientemente poderoso como para disputarle la obediencia de sus vasallos.

En Agosto, Nur ed-Din reunió a sus levas y cruzó el Eufrates. Había puesto sus ojos en las recientes conquistas de Kilij Arslán II al este del Antitauro, de manera que dirigió a sus fuerzas hacia esa zona. A medida que el ejército sirio trepaba hacia las fuentes del Pyramus, el atabek no dejaba de recibir refuerzos de las fortalezas y los poblados por donde pasaba. Ya había conquistado Behesni y Marash cuando se le unieron Mleh y las tropas aportadas por el emir danisméndida de Melitene, Afridun (1172-1175). Con esta asistencia emprendió la última etapa del viaje, el trayecto hasta Qalat ar-Rum, adonde pensaba enfrentar a su oponente. Al norte de Birejik, sin embargo, fue interceptado por una embajada del sultán despachada especialmente para negociar los términos de una paz.

Aunque no nos han llegado las cláusulas del tratado parece ser que Kilij Arslán, en un tácito reconocimiento a la supremacía del atabek de Alepo, aceptó retirarse de Sivas para alivio de Dhul Nun, y devolver Ankara a Shahinshah. Por su parte, Nur ed-Din deslizó en el papel una cláusula adicional para salvaguardar la letra: enviaría a su visir de Mosul, Abd-al-Massih, para hacerse cargo de la guarnición de Sivas. Estaba claro que, aún desconfiando de la palabra del sultán, le consideraba un mal necesario para mantener el equilibrio de fuerzas frente a la endeble coalición integrada por bizantinos y francos. En este punto se entiende también su obstinación para mantener a Mleh al frente de la baronía armenia de Cilicia. Desde las alturas de Sis, el príncipe roupénida era su ojo avizor de los movimientos cristianos entre la planicie ciliciana y la ciudad de Antioquía.

Cilicia y el norte de Siria hacia 1174

No obstante, Nur ed Din falleció súbitamente en la primavera de 1174, mientras preparaba en Damasco una expedición punitiva contra Egipto. Su desaparición fue la ruina para los zengíes al mismo tiempo que una bendición para Saladino. El tiempo, que comprimiría lentamente la autoridad de los sucesores de Nur ed-Din a expensas del primer soberano ayubí, no tendría empero piedad con el armenio apóstata. Hastiados por los desmanes de su régimen, los nobles de Cilicia se levantaron en armas y asesinaron a Mleh en su capital de Sis (1175), invistiendo en su lugar a Roupén II (o III si se considera al hijo de Thoros II en la línea sucesoria de éste último).

La última parada antes de Myriokefalon.

Ni la muerte de Nur ed-Din ni la de su títere armenio, Mleh, mejoraron sin embargo la situación para los bizantinos en el Cercano Oriente. Todo lo contrario, abstraídos por sus trifulcas con las potencias marítimas de Italia (Venecia en particular) y entregados de lleno a una campaña de conquista en las tierras de Rascia, los imperiales hacía largo tiempo que no coordinaban una operación seria para recuperar su influencia allende las puertas cilicianas. Desde la fatídica batalla de Artah (10 de agosto de 1164) habían desfilado varios duques imperiales (Constantino Coloman, Alejo Axuch, Andrónico Comneno, Constantino Coloman nuevamente) sin que los mismos consiguieran restablecer la influencia de Constantinopla más allá de los arrabales de las grandes ciudades de la planicie: Tarso, Adana, Mamistra y Anazarbo. Y si bien los bizantinos aún mantenían bajo la forma de un tenue protectorado su ascendiente sobre el principado de Antioquía y el reino de Jerusalén, estaba claro que deberían esforzarse al límite para no perder definitivamente sus avanzadillas en Cilicia.

La súbita desaparición del atabek de Alepo fue seguramente evaluada con detenimiento por Manuel. Sin el ascendiente de Nur ed-Din, su hijo y sucesor, al Salih-Ismail, de tan solo once años de edad, no constituía ninguna garantía frente a la astucia de sus rivales inmediatos: Kilij Arslán II de Iconio, Gümüshtekin de Alepo y Saladino de El Cairo. A decir verdad, no pasaría mucho tiempo para que la preponderancia de los zengíes fuera puesta en entredicho por el intratable trío de oportunistas.

Lejos del delta del Nilo, a Manuel poco le interesaba lo que Saladino pudiera hacer con los territorios de Damasco, Hama y Homs y más al norte también, en Alepo; en cambio, no pensaba lo mismo respecto al sultán selyúcida, cuyos planes expansionistas no se acoplaban en absoluto con los proyectos grandilocuentes del tercer soberano Comneno. Tanto más por cuanto el basileo estaba enterado de las amistosas embajadas que intercambiaban los de Iconio con uno de los adversarios más implacables que el Imperio tenía en Occidente: Federico I Barbarroja, rey de Alemania y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1155-1190).

La última vez que los bizantinos habían coordinado un ataque a gran escala contra los turcos rumi había sido en 1160, cuando las fuerzas combinadas de Manuel, Juan Contostéfano, Thoros II, Reinaldo de Chatillon y los danisméndidas, avanzando desde todas las direcciones, obligaron al sultán a avenirse a una paz humillante. Al año siguiente, la visita de Kilij Arslán II a Constantinopla sirvió para reafirmar las cláusulas del tratado firmado, aunque el soberano turco acabó descubriendo una gran debilidad en la munificencia del emperador. Tal cual parecía, a mayor presión sobre las fronteras asiáticas del Imperio, mejores eran los regalos que se podían obtener de los bizantinos como contraprestación al mantenimiento de la inestable tregua. Muchos de los enemigos políticos de Manuel le criticarían despiadadamente a causa de esta práctica.

El primer indicio importante de una eventual ruptura entre Constantinopla e Iconio tuvo lugar tras la batalla de Artah, cuando la captura de Constantino Coloman dejó vacante el ducado de Cilicia. El nuevo gobernador imperial, Alejo Axuch, al decir de Juan Cinnamus (Cinnamus, ed. Meineke, pp. 260-269), no tardó en entablar relaciones amistosas con el sultán llegando inclusive a planificar un complot contra el emperador (acusación que Choniates rechaza de plano) durante una de sus visitas al palacio de Kilij Arslán II, en Iconio. Advertido de la maniobra por Alejo Kasiano, un comandante militar de probada lealtad, el basileo mandó a llamar a Axuch cuyo procesamiento fue encomendado a Juan Ducas, comandante militar de Dalmacia, al logotete Miguel, al eunuco Tomás y al sebastos Nicéforo Kaspax. Corría entonces el año 1167 y el Imperio se encontraba en guerra contra Hungría, de manera que no les fue posible a los griegos tomar represalias contra el sultán.

Las desavenencias continuaron en los siguientes años, llegando en 1174 a provocar una ruptura casi total en las relaciones entre ambos potentados. En ese año el emperador había negociado con Kilij Arslán un acuerdo para hacerse con el dominio de algunas ciudades del Ponto, otrora propiedad de los danisméndidas, a lo que el sultán se había avenido sin oposición presionado como estaba desde el Este por la arremetida de Nur ed-Din, Mleh y Afridun. No obstante, bajo su aparente docilidad el potentado turco guardaba otros planes para la misión. Tres años antes se había quedado con casi todas las hijuelas del emir de Sivas, ubicadas entre Cesarea Mazacha y Mersivan y ahora no tenía la menor intención de compartir sus conquistas con los griegos. El sultán debió seguramente entrar en pánico cuando Alejo Petraloifas con un contingente de seis mil hombres arribó a su campamento para obligarle a cumplir la letra del papel. El delegado imperial, como de costumbre, traía consigo la cuota habitual de regalos y numerario con que los bizantinos solían comprar la aquiescencia de los turcos rumi antes de iniciar una campaña. Juntos, los ejércitos se desplazaron hacia el Ponto para terminar de reducir las últimas fortalezas de Dhul-Nun. En este punto fue cuando Kilij Arslán II reveló sus planes al consternado funcionario bizantino. Lejos de aceptar un cambio de autoridad a favor de Manuel, el sultán se negó rotundamente a entregar a Petraloifas las recientes adquisiciones.

Se puede decir que las maquinaciones y argucias ejecutadas con tanta osadía por el soberano selyúcida durante la expedición de 1174 cambiaron de manera radical los sentimientos que se profesaban mutuamente las cortes de Iconio y Constantinopla. Más que nunca Manuel I Comneno fue conciente del daño que su indulgente política había causado al equilibrio del poder en Asia Menor. Y para colmo de males, la muerte de Nur ed-Din, acaecida casi en simultáneo, le vino a privar de un inestimable recurso al que había apelado con regularidad: actuar a espaldas del sultán utilizando al atabek de Alepo como poder de policía en la Alta Mesopotamia. Supo entonces que había llegado el momento de la guerra.

Rutas de Asia Menor hacia 1050

El ejército bizantino hacia 1176.

Arañando hombres de aquí y allá, Manuel empezó a concentrar una fuerza considerable en el campamento asiático ubicado en las proximidades de la aldea fortificada de Lopadio, en Bitinia. Desde el año 1130, Lopadio era uno de los principales centros de adiestramiento militar de dónde habían surgido, especialmente a instancias de Manuel, algunas innovadoras tácticas de combate para neutralizar la gran movilidad de la caballería ligera turca. El ejército bizantino, a la sazón conformado por dos tercios de soldados nativos completaba el tercio restante mediante mercenarios occidentales y regimientos de infantería y caballería provistos por los estados vasallos y/o tributarios: Antioquía, Servia y Hungría. Había además escuadrones integrados por hombres procedentes de los pueblos vencidos de las estepas del Norte: pechenegos, uzos y cumanos, todos ellos eximios jinetes, sin contar los peones de infantería armenia que solían proveer los aliados hethoumianos de Lamprón y Babarón.

La fuerza nativa hundía sus raíces en las pronoias diseminadas a lo largo y a lo ancho de los nuevos ducados que se habían levantado a partir de los arruinados y extintos themas. Los emperadores Comnenos, sin embargo, no se habían desentendido del antiguo régimen de soldados campesinos. Por el contrario, aprovechando la mano de obra provista por las naciones derrotadas, servios, pechenegos y húngaros, habían favorecido el asentamiento de inmigrantes de esas nacionalidades en diferentes zonas del Imperio: Sérdica, Bitinia y Nicomedia, elevándoles al rango de estratiotas. Pero como dice Georg Ostrogorsky tal inmigración no alcanzaba para satisfacer las acrecentadas necesidades militares de la época (Historia del Estado Bizantino, pág. 387); los bienes militares y los campesinos libres siguieron existiendo, pero en relación a la época precedente (dinastía Macedónica), su número y su importancia pasaron desapercibidos, dejando de constituir para siempre la fuerza militar del Imperio (Para una Historia del Feudalismo Bizantino, pág. 184).

La stratiotikè pronoia alcanzó un punto culminante bajo Manuel I y en parte vino a suplir la ausencia de los estratiotas. Al decir de Nicetas Choniates (pág. 273) “cada individuo deseaba ser enrolado entre los soldados”, noción que completa Georg Ostrogorsky aseverando que “los sastres, los mozos de cuadra, los albañiles, los herreros abandonaban sus duros e improductivos oficios para dirigirse a los reclutadores, a los que incluso ofrecían presentes para ser admitidos en el ejército”. En definitiva la pronoia se popularizó difundiéndose tanto, que inclusive se llegó a favorecer a occidentales, quienes súbitamente acogieron a campesinos griegos como parecos (para horror del bizantino medio).

Admirador de la elite caballeresca occidental, Manuel I se preocupó también por desarrollar un nuevo tipo de jinete, más acorazado y mejor adiestrado. Bajo su reinado, las unidades de caballería e infantería se concentraban en los campos de entrenamiento, ya sea en Asia (a orillas del Rindaco, cerca de Lopadio) o en Europa (Pelagonia, Kypsella y Sofía), provenientes de regiones tan distantes como Seleucia, Paflagonia, Trebizonda, Tracesios, Durazzo y Naissus. Allí se sometían sin más a largas jornadas de instrucción castrense que transcurrían en la campiña, entre peleles de paja y combates cuerpo a cuerpo. En el lugar se daban cita también las tropas complementarias de mercenarios, compuestas por caballeros occidentales, buscavidas, segundones y peregrinos en su mayoría. Valiéndose de las escuadras venecianas, pisanas o genovesas o cruzando los Balcanes en pequeños pero compactos grupos, llegaban procedentes de los más diversos territorios: Francia septentrional, Languedoc, Italia, Alemania, Inglaterra.

Por último, los soberanos Comnenos se habían distinguido por participar siempre de las grandes expediciones militares de su tiempo, comandando el ejército imperial en persona. Durante su juventud el abuelo de Manuel, Alejo, había sido un hábil general ayudando al inepto Nicéforo III Botaniates a retener la corona frente a otros aspirantes al trono, como Brienio, Meliseno o Basilacio (1078). E inclusive después, siendo ya emperador, había perseverado frente a la guardia varega hasta vencer a los normandos de Roberto Guiscardo y Bohemundo en la zona de Epiro y Tesalia. Juan I Comneno, por su parte, había batallado incansablemente, yendo y viniendo de un extremo al otro del Imperio para combatir a húngaros, pechenegos y danisméndidas. Como ya se ha mencionado anteriormente tampoco tuvo reparos en conducir a sus tropas a través de Seleucia y Cilicia, para llevarlas a Antioquía, Alepo (que finalmente no atacó) y Shaizar, durante la campaña de 1137-38. Por último, Manuel ya se había ganado los laureles durante su juventud luchando contra los danisméndidas en Niksar, bajo las órdenes de su padre. También había tomado parte de la expedición de 1143, en Siria, aquélla misma durante la cual Juan II había encontrado accidentalmente la muerte tras una batida de caza.

Si no era el propio emperador quien tomaba las riendas de los asuntos castrenses, siempre había un experimentado general que le reemplazaba en el puesto. Para el caso que nos interesa, había muchos candidatos dispuestos a ocupar la plaza vacante que ocasionalmente podía dejar Manuel: Andrónico Vatatses, Juan Axuch, el turco converso Bursuk, Demetrio Branas, Constantino Coloman, los hermanos Juan y Andrónico Contostéfano, Miguel Gabras, Juan Cantacuceno (esposo de María Comneno) y el propio Andrónico Comneno, futuro basileo (1183-1185). Para dirigir un ejército tan heterogéneo y numeroso como el de mediados del siglo XII hacía falta un comandante con muchísima personalidad y a Manuel le sobraba ésta. No obstante, el enemigo que tenía ahora en frente no le iba a la zaga en cuanto a destreza, habilidad y liderazgo. Kilij Arslán II era un digno adversario y muy pronto lo demostraría en el campo de batalla.

Myriokefalon o Miriocéfalo: el repliegue bizantino.

Sin duda que la muerte de Nur ed-Din, como ya se ha señalado con anterioridad, cambió la balanza del poder en Siria, Palestina y Asia Menor. De improviso Kilij Arslán II se encontró con las manos libres para actuar a todo lo largo de sus fronteras orientales, desde el ducado de Trebizonda, al Norte, hasta la Alta Mesopotamia, al Sur, donde no hacía mucho había tenido que ceder Marash y Behesni a los zengíes. Ahora, sin la figura intimidante del atabek de Alepo, el sultán de Iconio se aprestó a recoger la fruta madura que el azar, a través de la desaparición de aquél, le arrojaba mansamente a sus pies.

No todo, sin embargo, fue producto de la casualidad en la rutilante y ascendente carrera del potentado rumí. A decir verdad, hacía largo tiempo que los selyúcidas venían trabajando tanto en la consolidación de su estado en el corazón de Anatolia como en su expansión a costa de sus adversarios musulmanes. El ocaso de los danisméndidas, que había comenzado al morir el gran emir Malik Ghazi Gümüshtekin (1104-1134), en cierta manera había allanado el camino a sus primos meridionales para pretender el liderazgo de los territorios ubicados al este del río Sangario y más allá de las fuentes del Meandro. El advenimiento de Kilij Arslán II, a su vez, halló a un estado danisméndida dividido entre los sucesores de Nasir al-Din Mohamed (1134-1142), lo que facilitó aún más las cosas al hijo de Masud. No obstante, no fue sino la pasividad de los propios bizantinos lo que dejó el camino expedito para los turcos selyúcidas. Si antes Juan II se había preocupado por mantener a raya a los musulmanes de Asia Menor dirigiendo una campaña anual contra sus territorios, ahora Manuel parecía haberse contentado apelando a una extraña mezcla de diplomacia y jugosos presentes de dudosos resultados. El infructuoso asedio de Iconio hacia 1147, malogrado por la llegada de la II Cruzada, y la campaña de 1160 fueron los intentos más serios realizados por el basileo para doblegar la resistencia de los turcos rumi. Y dos campañas en casi treinta años de reinado parecían ser un número demasiado exiguo para llevar adelante una empresa de tamaña envergadura. Los acontecimientos que sobrevendrían a poco de la muerte de Nur ed-Din confirmarían tal sospecha.

Rehusándose siempre a confrontar a Manuel en el campo de batalla, Kilij Arslán II aprovechó la indolencia de los griegos para mejorar la cohesión del estado que había heredado. Promovió el comercio y a través de la arquitectura supo dotar al sultanato de una identidad que se había negado a prender bajo sus antecesores. Aparecieron las primeras escuelas de teología y ciencia siguiendo quizá el modelo imperante en Mosul y Alepo. El desarrollo social y económico de Iconio, promovido por la política dadivosa de Manuel y favorecido por las caravanas que surcaban las arterias del sultanato, no tardaría en revelar sus frutos; a poco Iconio disputaba la Alta Mesopotamia a los zengíes y las capitales mismas de los estados danisméndidas.

A finales de 1174, la retirada de Abd-al-Massih de Sivas obligó a Dhul-Nun a desterrarse en Constantinopla. El soberano danisméndida encontró en la capital bizantina a Shahinshah, el hermano de Kilij Arslán, que como él había sido obligado a abandonar su residencia. Poco después, en 1175, el sultán de Iconio se volvió hacia el Eufrates y expulsó a Afridun de su palacio en Melitene, con lo que la autoridad de los danisméndidas se extinguió tras casi cien años de tortuosa existencia. Como un carozo incrustado en la débil epidermis bizantina, los selyúcidas a poco se habían hecho del control de las grandes ciudades del interior de Anatolia: Cesarea, Sivas, Niksar, Melitene y Ankara.

Tras la desoladora experiencia vivida con Alejo Petraloifas, Manuel sabía muy bien que era muy poco lo que se podía conseguir de Kilij Arslán a través de la diplomacia. Hizo no obstante un último intento pacífico por arreglar la situación con su rival, enviando a Paflagonia al sebastos Miguel Gabras para recuperar la ciudad de Amasea. A la fuerza del duque de Sirmium debían unirse contingentes provistos por las guarniciones de Trebizonda y Oinea, con cuyo apoyo Miguel esperaba que la ciudad ubicada a orillas del río Iris defeccionase al bando imperial. Pero la proximidad del ejército de Kilij Arslán impidió la anexión, obligando al sebastos a alejarse hacia la costa del Mar Negro.

Hastiado ya de la intransigencia e inflexibilidad de su otrora dócil vasallo, Manuel se decidió por fin a ir a la guerra. Pasó todo el año 1175 organizando las defensas y reparando las fortalezas en el valle del Tembris y en la sección del Sangario que se internaba derecho hacia Ankara y, al decir de Juan Cinnamus, levantó un castillo en Dorileo para vigilar los movimientos de su rival. También erigió un fuerte en Subleo a fin de proteger los accesos del valle del Meandro, que era por dónde usualmente ingresaban las bandas de turcomanos algareros. Luego, habiendo establecido su campamento a orilla del Rindaco, se sentó a esperar la llegada de los refuerzos prometidos por sus vasallos de Hungría, Servia y Antioquía.

En agosto de 1176 el ejército imperial descendió al ducado de Tracesios mientras una fuerza dirigida por Andrónico Vatatses tomaba el camino de Paflagonia para devolver a Dhul-Nun sus dominios en la zona del Lycus. La resolución del basileo por abatir a Kilij Arslán se hizo patente cuando el sultán pretendió detener el avance griego mediante la promesa de restituir las ciudades recientemente conquistadas a sus legítimos dueños. Los embajadores turcos, encabezados por un tal Gabras, fueron apenas escuchados por Manuel, que les devolvió sin más a la capital selyúcida. Desechada la diplomacia, no se debió aguardar mucho para resolver el pleito. Turcos y bizantinos se enfrentaron cerca de Filomelio, en un estrecho paso no muy lejos del extremo septentrional del lago Egridir. Aprovechando las ventajas del agreste terreno, los musulmanes emboscaron al ejército de Manuel infligiéndole severas pérdidas y provocando la destrucción de los vagones que contenían la vitualla, el agua y las máquinas de asedio. La derrota de Miriocéfalo (17 de septiembre de 1176) señaló el punto culminante del avance de Manuel durante la campaña y el momento a partir del cual la autoridad bizantina sobre Asia Menor comenzó a decaer en beneficio de los selyúcidas.

Cercano Oriente tras Miriocefalo (1176)

El significado de Myriokefalon para los armenio de Cilicia.

La significación de la derrota de Miriocéfalo no pasó desapercibida para los cristianos de Oriente en sus más diversas confesiones. El primero en percatarse de su verdadero alcance fue el propio emperador, evadido por los pelos del campo de batalla. Manuel acertó al comparar las consecuencias de su revés con las de aquél sufrido por Romano IV Diógenes (1067-1071) en Mantzikert, casi un siglo antes. Entonces como ahora, los bizantinos cayeron en la cuenta de que todo el potencial bélico del Imperio había quedado hecho añicos para gloria del Islam. Georg Ostrogorsky nos dice al respecto en su “Historia del Estado Bizantino” que “el fracaso fue tanto más doloroso por cuanto coincidía con los reveses sufridos por la política imperial en Occidente”. Franz Georg Maier, por su parte, señala en “Bizancio” que la “derrota hizo ver que el potencial militar del Imperio no era suficiente para alcanzar los objetivos del emperador Manuel, ni siquiera de lejos”, rematando su idea con una concluyente apreciación: ” el destino de Bizancio como potencia mundial quedó decidido en el campo de batalla”. Otro destacado historiador, sir Steven Runciman, no se aleja demasiado del razonamiento de sus colegas; en el segundo volumen de su trilogía “Historia de las Cruzadas” sostiene que “la gran maquinaria bélica que su padre (Juan II) y su abuelo (Alejo I) habían construido fue súbitamente destrozada”, añadiendo además que “costaría años volver a reconstruirla y de hecho no lo fue nunca”.

En realidad, la primera secuela que dejó entrever el desastre de 1176 fue la aceptación por parte de Manuel de las nuevas y dolorosas limitaciones que Miriocéfalo suponía para su política oriental. A partir de entonces y hasta el final de su reinado, el basileo debería reconocer como un mal irremediable la pérdida de autoridad al otro lado del Kalicadnos. Antioquía y Jerusalén se dieron cuenta rápidamente de este detalle y no tardaron en regocijarse por la extraña manera en que habían recuperado la libertad gracias a sus inveterados rivales de la Media Luna. La reciente muerte de Nur ed-Din sin ninguna duda les había hecho perder la perspectiva y el tiempo demostraría cuan equivocados estaban al celebrar la debacle griega.

Los armenios, entretanto, se hallaban de parabienes. No hacía mucho que se habían desembarazado del odiado príncipe apóstata Mleh (1175) y ahora descubrían con júbilo que también podrían hacerlo de los bizantinos, relegados por la derrota a un papel meramente defensivo. Y por cierto no se equivocaban. Gobernados por Roupen II (1175-1187), el hijo mayor de Esteban, empezaron a consolidar la baronía en los contrafuertes del Antitauro, desde donde no tardaron a extender su influencia hacia la esquiva llanura meridional, sobre la que todavía existían remezones de soberanía bizantina. La ulterior muerte de Manuel, acaecida el 24 de septiembre de 1180, les abrió por fin el cerrojo que representaban las grandes fortalezas de Anazarbo, Mamistra, Adana y Tarso. El colapso de la autoridad imperial se hizo patente con la minoridad del sucesor de Manuel, Alejo II, y alcanzó su punto álgido cuando Andrónico Comneno, el antiguo duque imperial de Cilicia, se proclamó co-emperador en Constantinopla. En el desorden, Roupen se apresuró a hostigar a los odiados griegos cuyo gobernador, Isaac Comneno, aún se le oponía con cierto éxito desde su guarida en Tarso.

Las promesas de refuerzos incumplidas por Constantinopla arrojaron a Isaac Comneno a los brazos del príncipe de Antioquía, Bohemundo III, quien sin embargo acabó traicionando al gobernador imperial aprovechándose de la momentánea debilidad de su anfitrión. Metió a sus tropas en Tarso para hacer las veces de guarnición y tras el primer contacto con Roupen negoció con los armenios la venta de la ciudad. La caída de Tarso en 1182 señaló el final de la dominación bizantina en Cilicia, aunque no devolvió la paz a la provincia, como veremos a continuación.

El turno de Roupen II (1175-1187).

Exaltado en 1175 tras la deposición de Mleh, Roupen II recién irrumpe con fuerza en el horizonte político de Cilicia y Siria tras 1180. Entonces conduce a sus acólitos en una lucha sin tregua contra las últimas gobernaciones bizantinas que aún subsisten en las grandes ciudades emplazadas sobre la llanura ciliciana. Pero no es sino gracias a la traición, ejecutada sin escrúpulos ni cuestionamientos por Bohemundo III, que consigue quedarse con Tarso y su gobernador, Isaac Comneno. A partir de 1182 la figura de Roupén II (hemos de recordar aquí que otros autores le identifican como Roupen III) se proyecta amenazante sobre los territorios de sus vecinos inmediatos: los armenios hethoumianos, súbditos de Bizancio, los francos de Antioquía, vasallos nominalmente de la corona griega, y los turcos de Anatolia, quienes solían usualmente traspasar las fronteras septentrionales para rapiñar en territorio roupénida. En 1181 la boda del noble roupénida con Isabel, la hija de Hunfredo de Toron y Estefanía de Transjordania, dio la sensación de que los armenios deseaban estrechar filas con los latinos de Oriente. Roupen, que venía de asistir al príncipe de Antioquía en el fallido intento cristiano por recuperar la fortaleza de Harenc (Harim), pareció reforzar dicha impresión cuando su hermano, León, atacó y conquistó los territorios hethoumianos ubicados al norte de Tarso.

La desaparición del principado de Lamprón, consecuencia inevitable de la decadencia que venía sufriendo el prestigio del Imperio en la región, despertó sin embargo el temor de Bohemundo III. Antes de sucumbir a la arremetida de sus parientes, Oshin había lanzado un desesperado llamamiento a la corte de Antioquía, conciente de que no llegaría ninguna ayuda procedente de Constantinopla. La respuesta de Bohemundo no se hizo esperar, aunque dejó a los de Lamprón con más dudas que certezas acerca de su futuro. Desde la batalla de Artah el principado de Antioquía no había logrado reconstituir su maquinaria bélica por lo que Bohemundo descartó de plano la invasión de la llanura ciliciana. En cambio decidió recurrir a la traición para eliminar a su rival. Con esa intención invitó a Roupen a un banquete en su capital, y valiéndose de la ingenuidad del noble roupénida, no tuvo inconvenientes en apresarle y arrojarle a prisión. Fue un grueso error de apreciación que cometió ya que la captura de su antiguo aliado no descabezó el linaje de los roupénidas. León reemplazó en el gobierno a su hermano y no solo consiguió suprimir la independencia de sus primos de Lamprón sino que también pudo jactarse de neutralizar uno tras otro todos los intentos de Bohemundo por anexionarse la llanura ciliciana. Al cabo, el príncipe de Antioquía tuvo que reconocer su fracaso y no le quedó otro remedio que llegar a un arreglo diplomático. En las negociaciones que siguieron, Pagouran de Babarón, que estaba relacionado tanto con los hethoumianos como con los roupénidas, logró la liberación de Roupén a cambio de una serie de concesiones territoriales (los castillos de Sarventikar y Tell Hamrun) y del pago de una recompensa de 30.000 dinares. Para garantizar el cumplimiento de las cláusulas del tratado, los armenios se comprometieron a entregar numerosos rehenes entre los que se hallaba Rita, madre de Roupen y hermana de Pagouran.

Una vez liberado, Roupen no tardó en repudiar los compromisos asumidos con la corte de Antioquía. Luego de pagarse la recompensa y habiendo retornado los rehenes de su cautiverio, el príncipe armenio despojó a Bohemundo de sus recientes adquisiciones en Cilicia. Poco tiempo después, cansado y con la salud quebrantada, abdicó en beneficio de su hermano León y se retiró al monasterio de Drazark.

El reino armenio de Cilicia y la desaparición de Bizancio en la vida levantina.

En muchos sentidos la derrota de Miriocéfalo, la muerte de Manuel y la llegada de la III Cruzada, producto indiscutible de la batalla de Hattin (1187), determinaron un cambio en las condiciones imperantes en Ultramar. El imperio bizantino, abatido en los desfiladeros de Tzivritzé, se había replegado sobre sí mismo renunciando a las dilatadas líneas de comunicación que habían abierto y mantenido los tres primeros soberanos Comnenos en su flanco oriental. Su lugar como potencia fue inmediatamente recogido en el Cercano Oriente por Saladino, antiguo lugarteniente de Nur ed-Din y fundador de la dinastía ayubí. El nuevo orden quedó convalidado con la aniquilación del ejército real de Jerusalén en los cuernos de Hattin. A partir de entonces cambiaron los protagonistas del Levante. Felipe Augusto, Ricardo Corazón de León, Balián de Ibelín, Conrado, marqués de Montferrato y, por cierto, León II, individual o mancomunadamente modificaron la faz de Ultramar e hicieron olvidar con rapidez la obra y el legado de Manuel en esas latitudes. Muy pronto el destello de Bizancio, devenido en una lenta e inexorable agonía, acabó sonando como el trabajoso latido de un corazón moribundo. Para cuando la IV Cruzada hacía pié en lo alto de las murallas de Constantinopla, en Cilicia ya existía un rey coronado como León I el Grande, con la aquiescencia de Roma y la complicidad del Oriente franco. El Imperio Bizantino, lo mismo que los soberanos Comnenos eran tan solo un lejano y borroso recuerdo.

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Autor: Guilhem W. Martín. ©

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