IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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La batalla de Myriokefalon (1176). Parte II.

Posted by Guilhem en enero 18, 2011

La batalla de Myriokefalon o Miriocéfalo. ¿Golpe sicológico o derrota decisiva?

Extracto: ¿Combate decisivo o apenas una refriega fronteriza? La batalla de Myriokefalon o Miriocefalo tuvo lugar el 17 de septiembre de 1176 y, como una espina clavada en la sandalia de un peregrino, dejó su impronta en la conciencia de los bizantinos tal como sucediera cien años antes con Mantzikert (19 de agosto de 1071). Hacia finales del año 1175 el poderío de los turcos selyúcidas, bajo el acicate del sultán Kilij Arslan II (1156-1192), se había tornado tan amenazante que el basileo Manuel I Comneno Megas (1143-1180) decidió confrontarlo de manera definitiva. La idea del emperador era marchar directamente sobre la capital del sultanato de Rum, la ciudad de Qonya o Ikonium, a fin de someterla nuevamente al mandato imperial. Pero la empresa se malograría en los tortuosos pasos de Tzivritze, a raíz de una emboscada hábilmente dispuesta por el sultán. Al decir de algunos contemporáneos, el emperador bizantino ya no volvería a recuperar la sonrisa ni su característico humor jovial tras el desastre; no obstante, ¿tuvo Myriokefalon las mismas dimensiones de tragedia, los mismos efectos a largo plazo que Mantzikert? Es lo que trataremos de develar a continuación.

Parte II: los años previos a la gran batalla.

El contexto anatólico desde 1162 hasta la batalla de Myriokefalon.

Con referencia al acuerdo de paz alcanzado entre Manuel y Kilij Arslan tras la campaña bizantina de 1161, Sir Steven Runciman es por demás preciso y concluyente: “Bajo esta luz (el historiador se refiere al tratado aludido) debemos juzgar la política oriental de Manuel. Había ganado una importante batalla para su prestigio y había sojuzgado, temporalmente al menos, a los selyúcidas, amenaza principal de su imperio. Su victoria proporcionó a los francos[1] algunas ventajas. Nur ed-Din no había sido vencido pero sí atemorizado. Ya no intentaría un ataque directo contra territorio cristiano. Al mismo tiempo, la paz con los selyúcidas volvió a abrir el camino por tierra a los peregrinos de Occidente. Aumentó su número y el que no llegaran más se debió a la política occidental, a las guerras entre los Hoenstaufen y los partidarios del Papa en Alemania e Italia y a las luchas de Capetos y Plantagenet en Francia. Pero aunque Bizancio seguiría ejerciendo la influencia preponderante durante los próximos veinte años en el norte de Siria, sus verdaderos partidarios entre los francos fueron muy pocos”[2].

En suma, lo que Manuel había puesto en práctica en la sección oriental del Imperio era una política conservadora, de statu quo se podría decir, subordinada a las metas trazadas para la mitad occidental, lo que en parte tenía cierta lógica. Del Oeste procedían las mayores amenazas, hacia el intervalo de tiempo comprendido entre 1160 y 1170: Venecia, el Sacro Imperio, Hungría, Servia y el reino normando de Italia eran en conjunto un enemigo con un peso específico mucho mayor al que constituían los turcos de Rum en el Este, para esa misma época[3]. Sin embargo, como antes sucediera con Masud en tiempos de Juan II Comneno, ahora también su sucesor, Kilij Arslan II, casi sin estridencia ni altanería, se había propuesto proyectar su autoridad más allá de las riberas del Halys y de los cordones montañosos del Antitauro. Aprovechando la distracción momentánea del basileo, el sultán de Ikonium había vislumbrado la oportunidad de obtener ventajas territoriales merced a sus vecinos del Norte y del Este, y resolvió no dejarla pasar.

Así pues, mientras los ejércitos bizantinos eran desplegados a lo largo de las fronteras balcánicas para combatir contra húngaros y servios, casi al mismo tiempo, en Asia Menor, Kilij Arslan empezaba a presionar sobre las fronteras danisméndidas de los emires de Melitene, Cesarea, Sebastea y Albistan. Ya en la década precedente, los turcos de Ikonium habían probado suerte más allá de la línea imaginaria Archelais-Comana-Coxon, apenas muerto Masud en 1155. Todo, como consecuencia de las disputas acaecidas en torno a la herencia: sus dos hijos, Shahinsha y Kilij Arslan empezaron a reñir entre sí nomás producida la defunción del sultán, el primero bajo el acicate de los príncipes danisméndidas, Dhul-Nun de Cesarea y Dhul-Qarnain de Melitene, y el segundo, secundado por Yaghi Basan de Sebastea. Ese mismo año, Kilij Arslan, que había conseguido establecerse en la capital del sultanato, pudo derrotar en batalla a Yaghi Basan en Aqserai (Archelais, la antigua Garsaura), cerca de Nigde. En consecuencia, el emir de Sebastea realizó un llamamiento desesperado a su aliado, Nur ed-Din, quien en un súbito avance se hizo con el control de las ciudades de Aintab, Duluk y Marzban[4]. Fue un duro golpe para el prestigio del novel sultán, quien a continuación intentó organizar una alianza contra el atabek de Alepo con los armenios de Cilicia, agrupados en torno a Thoros, y los francos de Antioquía, que respondían a las órdenes de Reinaldo de Chatillon. Fue sin duda un paso en falso que dio el señor de Qonya, ya que la única acción efectiva tomada contra los zengíes la dirigió el príncipe de Antioquía, y no pasó de ser una simple razzia para pillar los territorios ubicados entre Alepo y Harenc.

Hacia 1158 Kilij Arslan había logrado afirmarse como señor de Ikonium, obligando a su hermano a refugiarse en las cortes de sus aliados danisméndidas de Cesárea y Melitene. Y si bien se había visto obligado a ceder sus territorios en el Eúfrates a los zengíes, al año siguiente se sintió lo suficientemente fuerte como para hostigar al emperador durante su regreso de Siria. Para Manuel fue la gota que colmó el vaso; la guerra que se inició a continuación y a la cual ya nos hemos referido antes, devino en el tratado de paz de 1162. Así, pues, mientras el sultán se comprometía a devolver algunas ciudades al imperio y a prestarle ayuda militar como vasallo, a sus espaldas Nur ed-Din conquistaba Raban, Kesoun, Behesni y Marash.

Asia Menor, Siria y Palestina en 1161

Fue quizá el punto más bajo, atiborrado de necesidades acuciantes y peligros potenciales, del reinado de Kilij Arslan II, desde que sucediera a su padre en el trono. Y sin embargo, fue también una época de nuevas oportunidades, el punto de partida para consolidar al estado de Ikonium como una entidad política próspera y estable, en el corazón de Anatolia. Dado que Manuel Comneno se hallaba a la sazón desbordado de problemas en sus fronteras balcánicas, el momento era propicio para intentarlo. En la retaguardia Nur ed-Din se hallaba ocupado en la conquista de Egipto, por lo que una invasión a los territorios danisméndidas del norte contaría con muchas probabilidades de éxito. En 1164 Kilij Arslan partió con su ejército y, tal como lo había previsto, no halló inconvenientes en despojar a su hermano Shahinsha de la gran ciudad de Ankara. A poco, su caballería plantaba los estandartes de Qonya en los territorios danisméndidas de Capadocia, que pertenecían al emir Dhul-Nun, al mismo tiempo que lograba recuperar de manos zengíes las ciudades de Kesoun, Behesni y Marash, en la frontera oriental.

En términos económicos, sociales y arquitectónicos, la década 1160-1170 fue un período de relativa bonanza para los turcos del sultanato de Rum. Hasta entonces los sultanes habían pasado gran parte de su vida peleando entre sí o combatiendo contra sus vecinos, cuando no soportando el paso de las cruzadas, una lucha que había insumido casi todos los recursos procedentes de las conquistas, primero (1071-1092), y de la rapiña y guerras defensivas (1092-1160), después. Hacia 1161, con el debilitamiento del poder danisméndida, las cosas estaban dadas para el florecimiento del estado selyúcida; la supervivencia cedía su lugar a la consolidación[5]. Y el proceso comenzó a palparse en la vida cotidiana misma; el comercio empezó a expandirse, se abrieron nuevas rutas a tal fin, y, a la par de las mismas, no tardarían en aparecer los caravasares[6] para albergar a los viajeros y mercaderes, lo que a su vez propiciaría el desarrollo de la construcción con un acabado estilo arquitectónico autóctono. Entretanto, los turcomanos que seguían irrumpiendo desde el Este en busca de nuevas pasturas, eran desviados concienzudamente hacia los ricos valles de Anatolia occidental, adonde terminaban riñendo con las guarniciones griegas. En un estricto sentido geopolítico, fue uno de los mayores errores de Manuel I Comneno: permitir que todo lo anterior ocurriera aún cuando una de las metas más anheladas por el basileo era recuperar el centro de Asia Menor para el Imperio.

La muerte de Nur ed-Din: final de la estrategia imperial del divide y vencerás.

Nur ed-Din, al igual que su antecesor Zengi y quien sería más tarde su sucesor, Saladino, representó para el Islam del siglo XII una esperanza al mismo tiempo que una figura épica, sino legendaria, luego de todos los sinsabores padecidos durante y tras la Primera Cruzada (1097-1099). Si bien la caída de Edesa en manos de Zengi, hacia 1144, había constituido el primer atisbo serio de reunificación del mundo musulmán contra los invasores trinitarios llegados con las cruzadas, no fueron sino los éxitos de Nur ed-Din los que dieron impulso a la contraofensiva islámica, la Yihad. El núcleo original de poder del atabek se hallaba en Siria y la Alta Mesopotamia, Alepo y Mosul, pero pronto, la conquista de Damasco, seguida de cerca por la de Egipto (1171)[7], acomodó negros nubarrones sobre el horizonte de la Cristiandad oriental. Desde lejos, sentado en su trono en Constantinopla, o cabalgando campo traviesa por las planicies del sur de Hungría, Manuel miraba no sin aprehensión lo que estaba germinando al otro lado de su imperio. Se trataba ni más ni menos que de una paradoja: la presencia de Nur ed-Din, al mismo tiempo que amenazadora, resultaba indispensable para mantener a raya a los turcos de Ikonium. Y sin embargo constituía el toque de difuntos para la estrategia de los francos de Ultramar, consistente en aprovecharse de la desunión del mundo musulmán que les rodeaba por todos lados. Esta política basada en la creencia de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo funcionó de maravillas durante un tiempo… obviamente no podía durar para siempre, al estar supeditada a los caprichos de las personas y, más aún, a su reloj biológico.

Como ya hemos señalado, hacia mediados del siglo XII, tanto Kilij Arslan como Nur ed-Din representaban piezas imprescindibles en el rompecabezas de la política exterior bizantina. Ambos se temían y respetaban mutuamente por lo que uno servía de dique de contención para los sueños de grandeza del otro y al revés. En cuanto a Bizancio, los sentimientos de ambos potentados eran diametralmente opuestos. Nur ed-Din había tenido la oportunidad de medir sus fuerzas contra las tropas imperiales en las luchas que mantenía contra el condado de Trípoli. En 1163, mientras el atabek asediaba el castillo del Krak, un regimiento griego bajo el mando del general Constantino Coloman colaboró con los francos para liberar a la fortaleza. Nur ed-Din y sus secuaces debieron retirarse en desorden hacia Homs. Al año siguiente, no obstante, el gobernador de Alepo consiguió desquitarse en la batalla de Artah (10 de agosto de 1164), donde hizo muchos prisioneros entre sus mayores enemigos: el mismísimo Constantino Coloman, Bohemundo de Antioquía, Raimundo de Trípoli y Hugo de Lusignan cayeron en su poder. Aún así, Nur ed-Din sentía un temor cerval por los bizantinos y fue ese temor el que salvó a Antioquía, huérfana de príncipe, de precipitarse como una fruta madura, en sus manos. “Se nos cuenta que (Nur ed-Din) tenía un miedo especial a la presencia del contingente bizantino”, afirma Steven Runciman en este sentido[8].

Kilij Arslan II, entretanto, quizá por hallarse geográficamente más próximo a la frontera griega, conocía mejor las vicisitudes del humor imperial. Además, respecto de Bizancio, los selyúcidas de Ikonium tenían una tradición ghazi mucho más prolífica que sus primos zengíes, precisamente a causa de esa cercanía. En otras palabras, mientras que Nur ed-Din temía y reverenciaba al Imperio, Kilij Arslan solo lo respetaba y la medida que separaba ambas posturas daba mayor margen de acción al sultán turco, quien a veces hasta se animaba a desafiar al emperador[9].

Entre 1171 y 1173, habiendo puesto fin al califato fatimita de Egipto, Nur ed-Din encontró el tiempo y los recursos necesarios para regresar al Norte, donde Kilij Arslan estaba a un paso de suprimir definitivamente la autoridad de los emires danisméndidas de Melitene y Sebastea[10]. En realidad fueron los llamados desesperados de su aliado Dhul-Nun los que atrajeron la atención del atabek de Alepo[11]. Con tropas propias y refuerzos procedentes del Jezireh y Cilicia[12], Nur ed-Din realizó cuatro campañas en territorio selyúcida, la última de las cuales dirigió en persona. En 1173, habiendo dejado precipitadamente Damasco, el atabek reconquistó Marash y Behesni y en septiembre, acompañado por el armenio Mleh, marchó sobre Rum Qalat (Hromkla), en el Eúfrates, al norte de Birejik. La contraofensiva acabó abrumando a Kilij Arslan, que de inmediato envió una delegación para proponer la paz. Solo cuando el sultán se hubo comprometido a devolver Ankara y Sebastea a sus legítimos dueños, Nur ed-Din aceptó refrendar el tratado. Entre las cláusulas, el atabek incluyó una para garantizarse el compromiso de su rival: un regimiento bajo el mando del visir de Mosul, Abd-al-Massih, fue enviado a Sivas para hacer las veces de guarnición.

A finales de 1173 estaba claro que las relaciones entre Nur ed-Din y Saladino, que gobernaba Egipto en su nombre desde 1169, no marchaban para nada bien. Hacía tiempo que el atabek se había dado cuenta de la peligrosidad de su visir y temía que su creciente estrella llegase a opacar su papel de líder que le asignaba el Islam. Pero no fue sino las evasivas dadas por Saladino para avanzar contra el reino de Jerusalén, mientras Nur ed-Din descendía desde Damasco para atenazar a los cristianos desde el Norte, lo que hizo estallar finalmente el conflicto entre ambos. Parecía que la desunión de los musulmanes volvía a ser funcional a los objetivos de Bizancio y de los francos de Ultramar. Pero las expectativas al respecto iban a durar muy poco.

En la primavera de 1174, Nur ed-Din viajó a Damasco para preparar su campaña contra Egipto. Allí se hallaba aguardando por la llegada de refuerzos procedentes de Mosul y de los ortóquidas de Hisn Kaifa, cuando el 15 de mayo le sobrevino súbitamente la muerte. Su desaparición representó un golpe enorme para el mundo islámico que pronto atenuaría la entrada de lleno en escena de Saladino. Para los francos y, especialmente para Bizancio, en cambio, supuso el final de una era caracterizada por la sutileza en el manejo de la diplomacia, y el comienzo de otra, que iba a estar signada por sangrientas y humillantes derrotas.

El reposicionamiento de Kilij Arslan II.

Todavía no se había purificado el cuerpo de Nur ed-Din según los usos y tradiciones islámicos, para su ulterior entierro, cuando en el corazón de Anatolia ya sonaban los címbalos y tambores marcando los tiempos de guerra que se avecinaban en esas latitudes. Y es que, tan pronto como el sultán de Ikonium se hubo enterado del deceso de su rival, resultó evidente que las horas de los dos fragmentos sobrevivientes del otrora gran mosaico erigido por Danishmend, estaban contadas. Súbitamente tanto Dhul-Nun de Sebastea, como Afridun de Melitene, perdieron a su leal protector, al garante de su mismísima existencia. Recreando la reacción de uno y otro, podríamos imaginarles, con sus rostros desencajados, volviendo con ansiedad la mirada hacia el Este para tantear a los sucesores del difunto líder; y, en cuestión de segundos, empezando a temblar como hojas al contemplar cómo ese mundo, tan cuidadosamente moldeado bajo el signo de la astucia y el carisma, empezaba a desmoronarse como un castillo de naipes.

Quizá la mejor pincelada del caos subsiguiente a la muerte de Nur ed-Din nos la de Steven Runciman: “El heredero de Nur ed-Din era su hijo, Malik as-Salih Ismail, un muchacho de once años que había estado con él en Damasco. Allí, el emir Ibn al-Muqaddam, respaldado por la madre del muchacho, se hizo cargo de la regencia, mientras Gümüshtekin, gobernador de Alepo, que había sido la capital más importante de Nur ed-Din, se proclamó regente. El primo del muchacho, Saif ed-Din de Mosul, intervino para anexionarse Nisibin y todo el Jezireh hasta Edesa. Saladino, como gobernador de la provincia más rica de Nur ed-Din, escribió a Damasco para reclamar la regencia para sí. Pero carecía de poder para hacer valer sus pretensiones”[13]. El desorden y la anarquía reinantes en los territorios zengíes, a la vez que bálsamo para los turcos de Ikonium, era una sentencia de muerte anticipada para los danisméndidas de Asia Menor.

Cuando en 1174 Kilij Arslan empezó a reclutar turcomanos para engrosar el número de efectivos que emplearía en su inminente campaña, el estado de cosas en Asia Menor se parecía mucho al imperante cuatro años antes: había un núcleo de poder muy menguado, pero poder al fin, en torno a la figura de su hermano, Shahinsha, a quien Abd-al-Massih había reinstalado en Ankara con la aquiescencia del emperador de Bizancio. Más al este, entretanto, Dhul-Nun seguía gobernando en Sebastea, pero ahora, dependiendo del humor de una guarnición que no sabía si respondía a las directivas de Gümüshtekin de Alepo o a los caprichos de Saif ed-Din de Mosul. Al cabo, como luego sus miembros se darían cuenta, ni uno ni otro potentado acudiría en su ayuda. Por fin, en Melitene, el danisméndida Afridun hacía equilibrio entre sus poderosos vecinos y las apetencias de su hermano, Nasir al-Din Mohamed, que deseaba recuperar el trono para sí. Todo este orden iba a ser rápidamente subvertido en cuestión de unos pocos meses.

Promediando la segunda parte de 1174, el sultán selyúcida lanzó, por fin, sus tropas más allá de las riberas del Halys. Shahinsha apenas pudo resistir su embestida y debió retirarse precipitadamente a territorio bizantino, donde se refugió en la corte imperial. En Sebastea, mientras tanto, todas las trazas de resistencia opuestas por Dhul-Nun resultaron fútiles y el emir y sus allegados no tuvieron más remedio que seguir el camino de Shahinsha hacia el exilio. Afridun, sin embargo, tuvo un poco más de suerte que su pariente de Sebastea. No está muy claro si lo que le mantuvo en el poder fueron los antiguos lazos de amistad que unían a Melitene con Ikonium desde los tiempos de Dhul-Qarnain, la proximidad de Nur ed-Din Mohamed, hijo del ortóquida Qara Arslan, otrora garante de la integridad territorial del emirato, o el mismo Gümüshtekin de Alepo, que no deseaba perder el ascendiente logrado por su antecesor en la región. Pero lo cierto es que, a cambio de reconocerse vasallo del sultán, el emir de Melitene continuó reinando hasta que su hermano le depuso en 1175.

La última recta hasta Miriocéfalo. 

Ni la muerte de Nur ed-Din ni la de su títere armenio, Mleh, mejoraron sin embargo la situación para los bizantinos en el Cercano Oriente. Todo lo contrario, abstraídos por sus trifulcas con las potencias marítimas de Italia (Venecia en particular) y entregados de lleno a una campaña de conquista en las tierras de Rascia, los imperiales hacía largo tiempo que no coordinaban una operación seria para recuperar su influencia allende las puertas cilicianas. Desde la fatídica batalla de Artah (10 de agosto de 1164) habían desfilado varios duques imperiales por Cilicia (Constantino Coloman, Alejo Axuch, Andrónico Comneno, Constantino Coloman nuevamente) sin que ninguno de ellos consiguiera restablecer la influencia de Constantinopla más allá de los arrabales de las grandes ciudades de la planicie: Tarso, Adana, Mamistra y Anazarbo. Y si bien los bizantinos aún mantenían bajo la forma de un tenue protectorado su ascendiente sobre el principado de Antioquía y el reino de Jerusalén, estaba claro que deberían esforzarse al límite para no perder definitivamente sus avanzadillas en Cilicia.

La súbita desaparición del atabek de Alepo fue seguramente evaluada con detenimiento por Manuel. Sin el ascendiente de Nur ed-Din, su hijo y sucesor, al Salih-Ismail, de tan solo once años de edad, no constituía ninguna garantía frente a la astucia de sus rivales inmediatos: Kilij Arslán II de Iconio, Gümüshtekin de Alepo y Saladino de El Cairo. A decir verdad, no pasaría mucho tiempo para que la preponderancia de los zengíes fuera puesta en entredicho por el intratable trío de oportunistas.

Lejos del delta del Nilo, a Manuel poco le interesaba lo que Saladino pudiera hacer con los territorios de Damasco, Hama y Homs y más al norte también, en Alepo; en cambio, no pensaba lo mismo respecto al sultán selyúcida, cuyos planes expansionistas no se acoplaban en lo absoluto con los proyectos grandilocuentes del tercer soberano Comneno. Tanto más por cuanto el basileo estaba enterado de las amistosas embajadas que intercambiaban los de Iconio con uno de los adversarios más implacables que el Imperio tenía en Occidente: Federico I Barbarroja, rey de Alemania y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1155-1190).

La última vez que los bizantinos habían coordinado un ataque a gran escala contra los turcos rumi había sido en 1160, cuando las fuerzas combinadas de Manuel, Juan Contostéfano, Thoros II, Reinaldo de Chatillon y los danisméndidas, avanzando desde todos los puntos cardinales, obligaron al sultán a avenirse a una paz humillante. Al año siguiente, la visita de Kilij Arslán II a Constantinopla sirvió para reafirmar las cláusulas del tratado firmado, aunque el soberano turco acabó descubriendo una gran debilidad en la munificencia del emperador. Tal cual parecía, a mayor presión sobre las fronteras asiáticas del Imperio, mejores eran los regalos que se podían obtener de los bizantinos como contraprestación al mantenimiento de la inestable tregua. Muchos de los enemigos políticos de Manuel le criticarían despiadadamente a causa de esta práctica.

Las desavenencias entre ambos potentados continuaron en los siguientes años, llegando en 1174 a provocar una ruptura casi total entre ellos. En ese año el emperador había negociado con Kilij Arslán un acuerdo para hacerse con el dominio de algunas ciudades del Ponto, otrora propiedad de los danisméndidas, a lo que el sultán se había avenido sin oposición presionado como estaba desde el Este por la arremetida de Nur ed-Din, Mleh y Afridun. No obstante, bajo su aparente docilidad el potentado turco guardaba otros planes para la misión. Tres años antes se había quedado con casi todas las hijuelas del emir de Sivas, ubicadas entre Cesarea Mazacha y Mersivan y ahora no tenía la menor intención de compartir sus conquistas con los griegos. El sultán debió seguramente entrar en pánico cuando Alejo Petraloifas con un contingente de seis mil hombres arribó a su campamento para obligarle a cumplir la letra del papel. El delegado imperial, como de costumbre, traía consigo la cuota habitual de regalos y numerario con que los bizantinos solían comprar la aquiescencia de los turcos rumi antes de iniciar una campaña. Juntos, los ejércitos se desplazaron hacia el Ponto para terminar de reducir las últimas fortalezas de Dhul-Nun. En este punto fue cuando Kilij Arslán II reveló sus planes al consternado funcionario bizantino. Lejos de aceptar un cambio de autoridad a favor de Manuel, el sultán se negó rotundamente a entregar a Petraloifas las recientes adquisiciones.

Se puede decir que las maquinaciones y argucias ejecutadas con tanta osadía por el soberano selyúcida durante la expedición de 1174 cambiaron de manera radical los sentimientos que se profesaban mutuamente las cortes de Iconio y Constantinopla. Más que nunca Manuel I Comneno fue conciente del daño que su indulgente política había causado al equilibrio del poder en Asia Menor. Y para colmo de males, la muerte de Nur ed-Din, acaecida casi en simultáneo, le vino a privar de un inestimable recurso al que había apelado con regularidad: actuar a espaldas del sultán utilizando al atabek de Alepo como poder de policía en la Alta Mesopotamia. Supo entonces que había llegado el momento de la guerra.

Asia Menor, Siria y Palestina en 1170

El ejército bizantino hacia 1176.

Arañando hombres de aquí y allá, Manuel empezó a concentrar una fuerza considerable en el campamento asiático ubicado en las proximidades de la aldea fortificada de Lopadio, en Bitinia. Desde el año 1130, Lopadio era uno de los principales centros de adiestramiento militar de dónde habían surgido, especialmente a instancias de Manuel, algunas innovadoras tácticas de combate para neutralizar la gran movilidad de la caballería ligera turca.  El ejército bizantino, a la sazón conformado por dos tercios de soldados nativos completaba el tercio restante mediante mercenarios occidentales y regimientos de infantería y caballería provistos por los estados vasallos y/o tributarios: Antioquía, Servia y Hungría. Había además escuadrones integrados por hombres procedentes de los pueblos vencidos de las estepas del Norte: pechenegos, uzos y cumanos, todos ellos eximios jinetes, sin contar los peones de infantería armenia que solían proveer los aliados hethoumianos de Lamprón y Babarón.

La fuerza nativa hundía sus raíces en las pronoias diseminadas a lo largo y a lo ancho de los nuevos ducados que se habían levantado a partir de los arruinados y extintos themas. Los emperadores Comnenos, sin embargo, no se habían desentendido del antiguo régimen de soldados campesinos. Por el contrario, aprovechando la mano de obra provista por las naciones derrotadas, servios, pechenegos y húngaros, habían favorecido el asentamiento de inmigrantes de esas nacionalidades en diferentes zonas del Imperio: Sérdica, Bitinia y Nicomedia, elevándoles al rango de estratiotas. Pero como dice Georg Ostrogorsky tal inmigración no alcanzaba para satisfacer las acrecentadas necesidades militares de la época (“Historia del Estado Bizantino”, pág. 387); los bienes militares y los campesinos libres siguieron existiendo, pero en relación a la época precedente (dinastía Macedónica), su número y su importancia pasaron desapercibidos, dejando de constituir para siempre la fuerza militar del Imperio (“Para una Historia del Feudalismo Bizantino”, pág. 184).

La stratiotikè pronoia alcanzó un punto culminante bajo Manuel I y en parte vino a suplir la ausencia de los estratiotas. Al decir de Nicetas Choniates (pág. 273) “cada individuo deseaba ser enrolado entre los soldados”, noción que completa Georg Ostrogorsky aseverando que “los sastres, los mozos de cuadra, los albañiles, los herreros abandonaban sus duros e improductivos oficios para dirigirse a los reclutadores, a los que incluso ofrecían presentes para ser admitidos en el ejército”[14]. En definitiva la pronoia se popularizó difundiéndose tanto[15], que inclusive se llegó a favorecer a occidentales, quienes súbitamente acogieron a campesinos griegos como parecos (para horror del bizantino medio).[16]

Admirador de la elite caballeresca occidental, Manuel I se preocupó también por desarrollar un nuevo tipo de jinete, más acorazado y mejor adiestrado. Bajo su reinado, las unidades de caballería e infantería se concentraban en los campos de entrenamiento, ya sea en Asia (a orillas del Rindaco, cerca de Lopadio) o en Europa (Pelagonia, Kypsella y Sofía), provenientes de regiones tan distantes como Seleucia, Paflagonia, Trebizonda, Tracesios, Durazzo y Naissus. Allí se sometían sin más a largas jornadas de instrucción castrense que transcurrían en la campiña, entre peleles de paja y combates cuerpo a cuerpo. En el lugar se daban cita también las tropas complementarias de mercenarios, compuestas por caballeros occidentales, buscavidas, segundones y peregrinos en su mayoría. Valiéndose de las escuadras venecianas, pisanas o genovesas o cruzando los Balcanes en pequeños pero compactos grupos, llegaban procedentes de los más diversos territorios: Francia septentrional, Languedoc, Italia, Alemania, Inglaterra e inclusive Frisia, Flandes y Holanda.

Por último, los soberanos Comnenos se habían distinguido por participar siempre de las grandes expediciones militares de su tiempo, comandando el ejército imperial en persona. Durante su juventud el abuelo de Manuel, Alejo, había sido un hábil general ayudando al inepto Nicéforo III Botaniates a retener la corona frente a otros aspirantes al trono, como Brienio, Meliseno o Basilacio (1078). E inclusive después, siendo ya emperador, había perseverado frente a la guardia varega hasta vencer a los normandos de Roberto Guiscardo y Bohemundo en la zona de Epiro y Tesalia. Juan II Comneno, por su parte, había batallado incansablemente, yendo y viniendo de un extremo a otro del Imperio para combatir a húngaros, pechenegos y danisméndidas. Como ya se ha mencionado anteriormente tampoco tuvo reparos en conducir a sus tropas a través de Seleucia y Cilicia, para llevarlas a Antioquía, Alepo (que finalmente no atacó) y Shaizar, durante la campaña de 1137-38. Por último, Manuel ya se había ganado los laureles durante su juventud luchando contra los danisméndidas en Niksar, bajo las órdenes de su padre, donde había arriesgado su propia vida a causa de sus impulsos temerarios. También había tomado parte de la expedición de 1143, en Siria, aquélla misma durante la cual Juan II había encontrado accidentalmente la muerte tras una batida de caza.

Si no era el propio emperador quien tomaba las riendas de los asuntos castrenses, siempre aparecía un experimentado general dispuesto a reemplazarle. Para el caso específico que nos ocupa había casi una docena de candidatos en condiciones de ocupar la plaza vacante que ocasionalmente podía dejar Manuel: Andrónico Vatatses, Juan Axuch, el turco converso Bursuk, Demetrio Branas, Constantino Coloman, los hermanos Juan y Andrónico Contostéfano, Miguel Gabras, Juan Cantacuceno (esposo de María Comneno), Andrónico Lampardas, Teodoro Mavrozomes y el propio Andrónico Comneno, futuro basileo (1183-1185). Para comandar un ejército tan heterogéneo y numeroso como el de mediados del siglo XII hacía falta un personaje con muchísima personalidad y a Manuel le sobraba ésta. No obstante, el enemigo que tenía ahora en frente no le iba en zaga en cuanto a habilidad, destreza y liderazgo. Kilij Arslán II era un digno adversario y muy pronto lo demostraría en el campo de batalla.

Asia Menor, Siria y Palestina en 1176

Los esfuerzos defensivos de Bizancio para estabilizar sus fronteras orientales antes de la ofensiva final.

Que Bizancio no haya pasado a la contraofensiva durante el período 1162 – 1175, no significa que las fronteras orientales se abandonaran a su suerte en pos de los objetivos que el basileo se había planteado para con Occidente. Si el tratado de paz de 1162 había condicionado la libertad de movimientos a Kilij Arslan II en relación al Imperio, no había sucedido lo mismo con las bandas de turcomanos que continuamente descendían desde la meseta central anatólica, para alimentar a sus rebaños en las pasturas de los valles occidentales, que pertenecían a los griegos. La autoridad del sultán de Ikonium sobre ellos era puramente nominal, por lo que las quejas de la cancillería imperial siempre caían en saco roto cuando se cursaban en la capital selyúcida.

En este sentido es que Nicetas Choniates se refiere a las expediciones furtivas de los turcomanos y a la respuesta bizantina frente a las mismas: “Un hecho glorioso fue ahora alcanzado por el emperador (1162-1173). Las ciudades de Asia, Cliara, Pérgamo y Adramecio, estaban sufriendo terriblemente a manos de los turcos. Anteriormente las provincias aledañas no se habían podido consolidar debido a que los habitantes de las villas estaban expuestos al ataque del enemigo. Manuel dotó a aquéllas con murallas y erigió fortalezas en las llanuras cercanas que servían para la crianza de caballos. En consecuencia, la población pronto empezó a aumentar sensiblemente, al igual que las cosas buenas de la vida civilizada, llegando muchas de estas urbes a superar ciudades prósperas; los campos fueron cultivados y dieron buenas cosechas y la labor de las manos de los jardineros hizo surgir árboles frutales a partir de todo tipo de raíces… de modo que todo lo que con anterioridad estaba deshabitado ahora se tornó habitado”. Más adelante, Choniates prosigue: “Si Manuel hubo concebido y desarrollado un logro supremo, si hubo una acción más beneficiosa a lo largo de todo el tiempo que gobernó a los romanos, fue precisamente ésta, la más noble y provechosa para el bienestar común”.

Sin duda que el historiador bizantino está aludiendo a las obras llevadas a cabo por el basileo en los ducados de Tracesios, Mylasa y Opsikion y en mayor medida en aquél denominado Neokastra: “Estas fortalezas, todas con el mismo nombre, Neokastra o nuevo castillo, recibieron a un gobernador procedente de Constantinopla, al mismo tiempo que aportaron anualmente ingresos al tesoro imperial”[17]. Así pues, hubo distintas aldeas y pequeñas ciudades en Asia, que fueron o bien dotadas de nuevas murallas o bien protegidas por una fortaleza emplazada en su entorno. Pérgamo, Adramecio, y Cliara constituyen el mejor ejemplo del primer caso aludido, mientras que los de Dorileo y Malagina o Melangeia[18] explican a la perfección el segundo. Pese a que Clive Foss señala que Malagina era un distrito militar en lugar de una aldea o villa propiamente dicha, sabemos por Juan Cinnamus que, hacia 1154, Manuel Comneno erigió o reconstruyó un castillo en el lugar, Metabole, para defender la región de las razzias llevadas a cabo por los súbditos turcomanos de Kilij Arslan II[19]. El asunto en torno a si hubo o no un intento por parte del emperador de emprender la conquista del solar o de restablecer la soberanía imperial ha sido tratado de manera impecable por el vigésimo primer Congreso de Estudios Bizantinos realizado en 2006, en Londres. También se pueden obtener precisiones acerca de Malagina a través de la obra de W. M. Ramsay, “Geografía Histórica del Asia Menor”, donde el autor ensaya una explicación por cada uno de los nombres asignados a la villa o distrito que nos ocupa (Malagina, Melagina, Melagena, Melangia, Mela, Melag-a y Melaina).

No obstante, entre los mejores ejemplos de la política de restauración llevada a cabo por los soberanos Comneno en Asia Menor, quizá sean los casos de Dorileo y Subleo, dos fortalezas erigidas o reacondicionadas por Manuel I, los más ilustrativos. Tanto una como la otra se hallaba emplazada sobre una ramificación de la gran calzada militar bizantina que, partiendo de Malagina, atravesaba el viejo thema de Anatolia en dirección a Ikonium[20]. Dorileo o Dorylaeum, la moderna Eskişehir, era antes de Mantzikert una próspera ciudad que se levantaba orgullosa a orillas del río Tembris (actualmente Porsuk), un afluente del Sangario. Gracias a Cinnamus sabemos que, hacia 1077, es decir, antes de su ocupación por los selyúcidas, la ciudad había sido una próspera urbe, pletórica de habitantes y termas romanas, con un suelo muy fértil y un río bien provisto para la pesca. Después de su caída, unos dos mil turcomanos se establecieron en tanto que pastores, en sus cercanías, determinando su inmediata decadencia hasta quedar casi abandonada. En 1175, casi en vísperas de su gran campaña contra Kilij Arslan II, Manuel no reconstruyó la antigua ciudad sino más bien escogió un nuevo sitio, a muy escasa distancia, donde erigió una fortaleza[21]. El objetivo del emperador era sin lugar a dudas controlar desde un punto fuerte, la llanura circundante además del camino que, pasando por Nakoleia y Poliboto, conducía directamente hacia Filomelio e Ikonium. Y ello, como es obvio, constituía una amenaza para los turcomanos que habitaban en los alrededores. Nicetas Choniates nos grafica la situación mediante un excelente párrafo: Los turcos supieron entonces que estarían en peligro si como pensaban ellos, deberían abandonar las fértiles planicies de Dorileo donde sus rebaños de cabras y el ganado pastaban, retozando en los verdes prados, mientras una falange romana era instalada en la reconstruida fortaleza. Dieron pues rienda suelta a sus caballos y se lanzaron a todo galope contra los romanos. Teniendo cuidado de sus incursiones de forrajeo, intentaron evitar que recogieran madera y mataron a cuanto cautivo cayó en sus manos. Pero el emperador pudo sortear estos obstáculos fácilmente. En el momento exacto cuando los romanos, que tenían la misión de recolectar alimentos, salían al campo, el basileo daba la orden para que sonaran las trompetas en el campo atrincherado y abría la marcha. Sin dejar nunca de acompañar a aquellos que buscaban provisiones, ni aún brevemente, solía regresar al campamento caída la tarde o adentrada la noche. Porque él estaba decidido llevar la guerra a los turcos, éstos prendían fuego a las cosechas y quemaban sus tiendas de campaña para que los romanos no tuvieran éxito en proveerse de suministros. En cierta ocasión, cuando el emperador se había vuelto a un lado para comer y estaba pelando un melocotón con su cuchillo, se anuncio un ataque turco contra aquellos que estaban recolectando alimentos. Entonces, arrojando el fruto a la vez que se ceñía la espada y se calzaba la cota de malla, brincó sobre su caballo y salió disparado a toda velocidad. Los bárbaros, en orden de batalla, rompieron filas al verle venir. Luego, simulando la retirada, dieron la vuelta y contraatacaron a sus perseguidores con la ventaja del rango de tiro de sus arcos y tumbaron a muchos de ellos. Los turcos espolearon a sus caballos una y otra vez, haciéndoles golpear el suelo furiosamente con sus pezuñas. Sosteniendo las flechas en sus manos, las descargaban desde atrás para matar a sus enemigos cuando estos pretendían darles alcance, de modo que repentinamente los perseguidores se convertían en perseguidos. Una vez que el emperador hubo reconstruido Dorileo y destacado una guarnición para defenderla, partió en dirección a Subleo[22], a la que restauró y volvió a dotar de defensores. Confiando en que todo estaba ya en orden, partió por fin hacia la reina de las ciudades (con posterioridad a la Epifanía, el 6 de enero de 1176) [23] (Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio: Memorias de Nicetas Chonites”, Libro VI, pág. 176-177).

Precisamente es Subleo el otro gran exponente de la política de limes defensivo continuada por Manuel bajo su reinado. Siblia, Subleo o Soublaion, la moderna Homa o Choma Siblia, era la antigua Justinianópolis del siglo VI. La villa se hallaba ubicada al frente de una vasta planicie conocida como la llanura de Lampe. Acorde con Ramsay, hacia el este de Subleo se extendía el paso montañoso fortificado o kleisoura bizantino de Douz Bel, con la arruinada fortaleza de Myriokefalon[24] como reliquia enclenque del antiguo distrito militar. La restauración de Subleo dirigida por Manuel en persona tenía como objetivo cerrar el camino a los algareros turcos procedentes de Pisidia, para impedir sus incursiones por el rico valle del Meandro. También perseguía ejercer de una manera más efectiva la autoridad imperial en la región comprendida entre las ciudades de Sozópolis, Ciboto y Choma, muy expuestas a las razzias turcomanas debido a su proximidad con el sultanato.

Asia Menor: red vial hacia el siglo XI

En suma, la restauración imperial llevada a cabo desde los tiempos de Alejo I Comneno (1081-1118), según parece, nunca se manifestó a lo largo de la primera mitad del siglo XII como una ambiciosa empresa de reconquista territorial de vastas proporciones. Todo lo contrario, a juzgar por los programas edilicios implementados para construir nuevas murallas o reedificar las antiguas, tanto Alejo, como su hijo Juan y, tiempo después, su nieto Manuel, lo que buscaban era asegurarse el control de las zonas más productivas de Asia Menor occidental, esto es:

a- El valle del Meandro con sus prósperas ciudades de Tralles (Aydin), Antioquía, Laodicea, Hierápolis, Coni y Choma.

b- Los valles de los ríos Tembris y Sangario con los asentamientos, fortalezas y/o distritos militares de Cotileo, Dorileo, Malagina y Nicea.

c- Los valles de los ríos Kaikos, Hermos y Frigios, con los enclaves estratégicos de Cliara, Tiatira, Pérgamo, Fócea, Sardes, Filadelfia y Esmirna.

d- Los valles de los ríos Rindaco y Tarsius, con sus villas fortificadas de Achyraus, Pemaneno, Lopadio y Prusa.

e- El valle del Billaeus, al este de Bitinia, con Claudiópolis como principal fortaleza, además de las pequeñas ciudades de Cratia, Prusias y Tium, y, por último,

f- La llanura inserta en el thema de Opsikion, comprendiendo las ricas aduanas, ciudades y distritos militares de Cízico, Lampsaco, Abydos y Adramecio.

Resulta obvio que fue en pos de tal objetivo que surgió la idea de fortificar los puntos neurálgicos y estratégicos que guardaban los accesos de cada valle. “El costo de mantener y administrar lugares como Amasea, Sivas, Cesarea e Ikonium habría sido enorme y no se hubiese correspondido con un retorno financiero”, afirma Paul Magdalino en su obra “El Imperio de Manuel I Comneno, 1143-1180”, pág. 127. Las zonas costeras y los valles regados por las aguas de los ríos citados anteriormente, en cambio, por su mayor atractivo económico, sí justificaban inversiones en murallas y soldadas. Producían abundantes cosechas y su clima, más benigno, por otra parte propiciaba el establecimiento de ciudadanos ávidos de obtener un territorio en calidad de pronoia.


[1] Steven Runciman alude en este caso al principado de Antioquía, al condado de Trípoli y al reino de Jerusalén, cuyos soberanos habían accedido a reconocerse vasallos del emperador durante su última campaña por Cilicia y Siria, hacia 1158.

[2] Steven Runciman, “Historia de las Cruzadas”, Vol. II, Pág. 325.

[3] Lo dicho en dicho párrafo no se contradice con las palabras de Runciman, expresadas en el párrafo anterior. Los turcos de Ikonium, al decir del historiador inglés, había sido potencialmente el enemigo más peligroso para el imperio en la década de 1150-1160.

[4] Runciman indica que posiblemente Nur ed-Din también logró imponerse en Samosata, junto al Eúfrates.

[5] Rehusándose siempre a confrontar a Manuel en el campo de batalla, Kilij Arslán II aprovechó la indolencia de los griegos para mejorar la cohesión del estado que había heredado. Promovió el comercio y a través de la arquitectura supo dotar al sultanato de una identidad que se había negado a prender bajo sus antecesores. Aparecieron las primeras escuelas de teología y ciencia siguiendo quizá el modelo imperante en Mosul y Alepo. El desarrollo social y económico de Iconio, promovido por la política dadivosa de Manuel y favorecido por las caravanas que surcaban las arterias del sultanato, no tardaría en revelar sus frutos; a poco Iconio disputaba la Alta Mesopotamia a los zengíes y las capitales mismas de los estados danisméndidas.

[6] Los caravasares eran construcciones generalmente rectangulares, con un pórtico de entrada exquisitamente decorado y un patio interior amplio y abierto, limitado en su perímetro por habitaciones, nichos, almacenes y establos. Los comerciantes y viajeros encontraban allí todo lo necesario para satisfacer las necesidades del viaje; desde comida, agua y descanso para sí y sus animales de carga y transporte, hasta las comodidades y el silencio indispensables para cumplir con sus rituales y obligaciones religiosas. Algunos autores sostienen que el primer caravasar se construyó en 1206 y el último en 1779, mientras que la mayoría fue edificada entre los años 1220 y 1250, en pleno auge del sultanato de Rum.

[7] La conquista de Egipto se logró con la supresión del califato fatimita.

[8] Steven Runciman, “Historia de las Cruzadas”, Volumen II, Pág. 336.

[9] El primer indicio importante de una eventual ruptura entre Constantinopla e Iconio tuvo lugar tras la batalla de Artah, cuando la captura de Constantino Coloman dejó vacante el ducado de Cilicia. El nuevo gobernador imperial, Alejo Axuch, al decir de Juan Cinnamus (Cinnamus, ed. Meineke, pp. 260-269), no tardó en entablar relaciones amistosas con el sultán llegando inclusive a planificar un complot contra el emperador (acusación que Choniates rechaza de plano) durante una de sus visitas al palacio de Kilij Arslán II, en Iconio. Advertido de la maniobra por Alejo Kasiano, un comandante militar de probada lealtad, el basileo mandó a llamar a Axuch cuyo procesamiento fue encomendado a Juan Ducas, comandante militar de Dalmacia, al logotete Miguel, al eunuco Tomás y al sebastos Nicéforo Kaspax. Corría entonces el año 1167 y el Imperio se encontraba en guerra contra Hungría, de manera que no les fue posible a los griegos tomar represalias contra el sultán.

[10] Entre 1168 y 1170 Kilij Arslan II había atacado a los danisméndidas arrebatándoles Albistan, Cesarea Mazacha y Ankara. En 1171 asedió la capital de su antiguo aliado, Dhul-Qarnain, ahora regida por su hijo, Nasir al-Din Mohamed, pero la oportuna intervención del emir ortóquida de Hisn Kaifa, Nur ed-Din Mohamed, salvó la jornada para el emir. El ulterior intento del sultán contra Sebastea fue finalmente lo que alentó a Nur ed-Din a dejar damasco y retornar al Norte, a fin de auxiliar a su vasallo Dhul-Nun.

[11] En 1172 Nur ed-Din tentó a Kilij Arslan para unírsele en un ataque contra la gran ciudad cristiana de Antioquía, dependencia nominal de Bizancio, una prueba por demás concluyente de que el sistema de alianzas funcionaba en todas las direcciones, inclusive en contra del propio Manuel. Sin embargo, una advertencia procedente de la corte imperial bastó para que el sultán de Qonya rechazara la propuesta del atabek de Alepo.

[12] Hacia 1168, Nur ed-Din había logrado imponer a Mleh (1168-1175), recientemente convertido al Islam, como señor de los armenios roupénidas de Cilicia, frente a los demás herederos del príncipe Thoros II (1144-1168).

[13] Steven Runciman, “Historia de las Cruzadas”, Volumen II, Págs. 361 y 362.

[14] Por el contrario, en tiempos de los emperadores Ducas, cuando el partido civil se imponía a la aristocracia militar, las prioridades para el ciudadano bizantino eran un tanto diferentes; Al respecto, Skylitzes nos dice: “Los guerreros deponían sus armas para hacerse abogados y juristas”.

[15] Según Ostrogorsky, los representantes de la aristocracia militar no esperaban a que el emperador les ofreciese una pronoia sino que directamente iban a por ella, tomando la iniciativa de reclamar el beneficio de dominios de buena u óptima renta. La definitiva cesión de derechos se formalizaba, eso sí, previo ruego de los interesados.

[16] La creencia generalizada, apoyada por numerosos historiadores de reconocido prestigio, acerca de que la stratiotikè pronoia se convirtió en el medio de producción dominante en el siglo XII es, con todo, cuestionada por algunos estudiosos. Por ejemplo E. Patlagean, A. Ducellier, C. Asdracha y R. Mantran, en “Historia de Bizancio”, suscriben el siguiente párrafo: “Se ha exagerado mucho la importancia de la pronoia, y, sobre todo, se ha visto en ella la prueba de una profunda aristocratización del imperio. Ahora bien, parece claro que la pronoia, bajo el mandato de los Comneno, no poseyó nunca una extensión muy grande: en 1152, en la lista de dominios que el sebastocrator Isaac Comneno entrega a un monasterio de Tracia, solo aparecen dos aldeas <sumisas al ejército>, junto a quince dominios (proasteia) y 13 aldeas de tipo clásico… Además, la pronoia es una concesión, como máximo vitalicia, que el Estado puede reclamar cuando quiera al concesionario. En estas condiciones la pronoia apenas podía ser atrayente para los grandes terratenientes o para los poderosos funcionarios”. Esta afirmación se contradice de manera flagrante con otro suceso acontecido bajo el reinado de Isaac II Ángel, según el cual unos nobles búlgaros, los hermanos Asen y Teodoro, se levantaron en armas luego de que el emperador les negara la cesión de una pronoia. La conclusión que extraen a continuación sobre los dichos de Choniates, referidos a que “cada individuo deseaba ser enrolado entre los soldados” precisa el origen o procedencia social de tales individuos: “clases modestas, sobre todo urbanas, que poseían algún capital pero que, sin embargo, no era suficiente para comprar la tierra”. Quizá, y es mi humilde opinión, el punto débil de tal aseveración sea que las clases ricas y los grandes terratenientes comprendidos en ellas, con tal de seguir encumbrándose socialmente, por lo común echan mano a todos los recursos disponibles para lograrlo, sin importar si se trata de medios vitalicios o hereditarios. Esto, en cuanto al asunto de la aristocratización. En lo referente a la escasa difusión del sistema, está claro que, usando las mismas palabras con que E. Patlagean, A. Ducellier, C. Asdracha y R. Mantran apoyan su postura, esto es, “clases modestas, sobre todo urbanas, que…”, es fácil inferir que en cualquier estado precisamente son las clases modestas el grupo más numeroso que conforma la base de la pirámide social. En todo caso podríamos inclusive aventurarnos a decir que, tanto la falta de escrúpulos de los terratenientes en echar mano a lo que fuere con tal de alcanzar sus fines, como la necesidad de los mozos de cuadra, albañiles, sastres, etc., de asegurarse el porvenir hasta el final de sus días, laboraron en beneficio de la difusión de la pronoia.

[17] “El origen del nombre es mencionado por Nicetas Choniates (p. 194-5): las fortalezas restauradas por Manuel I Comneno en el siglo XII, Cliara, Pérgamo y Adramecio, fueron intituladas como un grupo, Neokastra”. Professor W. M. Ramsay, “Geografía histórica del Asia Menor”, pág. 130.

[18] Clive Foss identifica a Melangeia con Malagina, en las riberas del Sangario. Véase “Malagina bizantina en el bajo Sangario”. El citado autor, sin embargo, alude a una zona militar amplia y no a una ciudad, villa o aldea propiamente dicha, e inclusive interpreta que el mismo Choniates se refiere a Malagina como un distrito. Por su parte, Ramsay, en la pág. 202 de su obra “Geografía histórica del Asia Menor”, señala: “9. Malagina, Melagina, Melagena, Melangia o Mela, son diferentes nombres asignados a la primera gran sección de la calzada militar bizantina. Se trataba de una zona convenida, donde las tropas de las comarcas aledañas se concentraban para aguardar el arribo del emperador y para acompañarle en su marcha hacia el Este”. Ramsay asimismo supone que las tropas procedentes de Tracesios y Opsikion se reunían en Dorileo, mientras que las originarias de Optimates confluían hacia Malagina. En síntesis, Ramsay también identifica la localidad más como un distrito que como una ciudad en sí y se fundamenta para ello en un pasaje de Juan Cinnamus (pág. 127).

[19] Los principales hechos acontecidos en torno a Malagina a lo largo del siglo XII fueron los siguientes: entre 1144 y 1145 los turcos avanzaron hasta el bajo Sangario, hasta los límites del emplazamiento; luego de que Manuel I les hubo expulsado, mandó a refortificar algunos puntos e instaló allí guarniciones; en 1147 Conrado VII, al frente de la Segunda Cruzada, atravesó Malagina de camino a Dorileo; hacia 1159 el revoltoso primo de Manuel, Andrónico Comneno, fue apresado en el lugar y retenido como prisionero; en 1175 el basileo realizó en Malagina el reclutamiento de las tropas de Bitinia y de la zona de Ryndakos.

[20] No obstante, para alcanzar Subleo había que tomar la ruta que, saliendo de Dorileo, daba un amplio rodeo hacia el Oeste, a través de Cotileo o Cotyaeum y Tembrion, para después volver a girar hacia Oriente cerca de Laodicea y Coni.

[21] En opinión de Ramsay, la nueva ciudad de Dorileo estaba emplazada en un sitio muy cercano a la actual Karadjasehir, sobre una antigua fortaleza ubicada a seis millas al sudoeste de la moderna Eskişehir.

[22] Souvleon o Subleo es la moderna Choma Siblia.

[23] Para estos eventos, véase Juan Cinnamus, “Hazañas de Juan y Manuel Comneno”. Traducción a cargo de Charles M. Brand Nueva Cork, 1976, págs. 220 – 223.

[24] La ubicación exacta del paso de Tzivritze aún hoy es cuestión de debate.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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