Miguel VIII Paleólogo (1259-1282).
El reinado del valeroso general según la óptica de Sir Steven Runciman.
Sir Steven Runciman (James Cochran Stevenson Runciman, 7 de julio de 1903 – 1º de noviembre de 2000) nos ofrece una valiosa información acerca de Miguel VIII en su obra “Vísperas Sicilianas, una historia del mundo mediterráneo a finales del siglo XIII”. Es cierto, el tema central de la misma no se refiere a la vida y obra del emperador oriental que había recapturado la ciudad de Bizancio, sino que se concentra en los acontecimientos ocurridos en la isla de Sicilia, en vísperas de la invasión con la que Carlos de Anjou pretendía apoderarse de su hijuela mediterránea, el extinto Imperio Latino de Constantinopla.
Runciman, refiriéndose al Miguel VIII, no duda en resaltar dos aspectos negativos de su personalidad. Falta de escrúpulos por un lado, y crueldad y deslealtad por el otro. En palabras de Runciman, Miguel se revelaría como un personaje frío y calculador al momento de planear y ejecutar el golpe que le encumbraría como basileo. Su joven colega y legítimo emperador, Juan IV Láscaris lo pagaría bien caro: sería cegado y depuesto por el ambicioso Paleólogo. No obstante, Runciman también le reconoce una cuota de idoneidad para el cargo, calificándole de “gobernante justo y vigoroso, desinteresado consigo mismo y generoso con sus enemigos, y, sobre todo, consagrado al bienestar de su imperio”. Sir Steven llega a aseverar que los latinos pronto le reconocerían como a un enemigo inflexible y que su otrora competidor, Miguel de Epiro, se alarmaría seriamente.
Más adelante, Runciman se ocupa de analizar con detenimiento la política asiática de Miguel postrera a la recaptura de Constantinopla (1261). En este punto ya no es condescendiente con el primer soberano Paleólogo. Habiendo contenido a los selyúcidas de Iconio (Rum) mediante una telaraña de alianzas con los mongoles (su yerno era el Ilján Abaga), Miguel VIII se encontró de pronto con que el debilitamiento de los sultanes rumi tenía una faceta negativa: en torno a las fronteras nicenas se estaban organizando numerosos emiratos reforzados por inmigrantes turcos que llegaban en oleadas empujados por sus aliados mongoles de Oriente. Así, mientras el interés principal de los bizantinos se volcaba a la reconquista de las antiguas provincias europeas, la desidia comenzaba a desmenuzar las posesiones asiáticas de los campesinos-militares que se habían establecido bajo el patrocinio de los Láscaris en el alto valle del Meandro y en las adyacencias de los desiertos salinos del corazón de Anatolia. Un proceso irreversible de feudalismo comenzó a fagocitarse casi sin resistencia los viejos territorios nicenos al mismo tiempo que se incrementaban los impuestos vertiginosamente para pagar a los mercenarios que luchaban en los Balcanes. Por fin, en el invierno de 1280 una combinación de emires turcos invadió el valle del Meandro y puso sitio a la ciudad de Tralles, la moderna Aydin, que dominaba la llanura baja del Meandro. Miguel despachó contra ellos a su hijo Andrónico, pero no pudo disponer de muchas tropas, ya que el grueso de ellas marchaba en ayuda de Berat, en la lejana Albania. Andrónico no consiguió salvar la ciudad y Tralles se rindió. Sin resigarse el príncipe pasó todo el año 1281 queriendo establecer una frontera firme al norte del Meandro para proteger Esmirna y el valle del Lycus.
No duda Runciman, sin embargo, en reconocerle a Miguel VIII uno de los mayores méritos de su reinado, después de la recaptura de Constantinopla: “Pero la financiación y la fijación de las fechas fueron obras del emperador de Constantinopla”, afirma el historiador.
Es indudable pues que la figura de Miguel VIII ha despertado entre los historiadores de este período un cúmulo de polémicas en torno a la verdadera dimensión de su figura y a la trascendencia de su reinado. La gran victoria de Pelagonia, la reconquista de Constantinopla y la eficaz diplomacia esgrimida para poner en movimiento las “Vísperas Sicilianas” son hechos innegables. Pero lamentablemente también lo fueron la indigencia, el olvido y la inoperancia demostrada en el otro extremo de las fronteras, donde la desidia se enquistó sobre las almenas y parapetos de las viejas fortificaciones que habían defendido los territorios nicenos desde 1204. Tras la reconquista de Bizancio, las telarañas y los nidos de los estorninos reemplazaron en las murallas de las ciudades asiáticas a los soldados de las guarniciones.
En torno de la figura de Miguel VIII Paleólogo se produjo la lucha invisible que usualmente se libra bajo la égida de los personajes polémicos de la Historia: improvisación versus planificación, dinamismo y dialéctica versus meditación y estudio, impulso y reflejo versus pruebas de ensayo y error, en definitiva eficiencia frente a eficacia. Miguel fue un funcionario, un general y un emperador eficiente, de ello no caben dudas. Pero, ¿fue un gobernante eficaz? Si la reconquista de Constantinopla se considerase un éxito duradero (1261-1453), podríamos responder afirmativamente. No obstante, no hay que olvidar que Nicea caería en manos turcas apenas cincuenta años después de la muerte del emperador y con ella, casi todo el Asia Menor. En su obstinación por desplazar el centro de gravedad de los asuntos nicenos hacia Europa, Miguel no reparó en el hecho de que su accionar negligente en la frontera asiática estaba poniendo a los turcos en el umbral de la misma Constantinopla.
Autor: Guilhem W. Martín. ©


