IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Feedback Encuesta ¿Cuál fue la derrota más contundente en la historia del Imperio?

Publicado por Guilhem en abril 28, 2011

¿Cuál fue la derrota más contundente en la historia de Bizancio?

La encuesta en cuestión, ¿Cuál fue la derrota más contundente en la Historia del Imperio Bizantino?, tenía por objetivo, tal como lo indica su enunciado, evaluar la opinión de los internautas al respecto. Planteada hace más de un año, debo decir que el número de respuestas, comparado con el número de visitantes de los últimos 12 meses (100.000 vistas contra poco más de 90 respuestas) francamente me decepcionó.  Quizá haya sido la mala ubicación asignada en el blog, o la dificultad que implicaba en el común de los visitantes el contenido de las preguntas involucradas, la razón de tan baja participación. Lo cierto es que toda encuesta debe tener un feedback, una devolución para todos aquellos que se tomaron el tiempo de responderla. Así, pues, ese es precisamente uno de los propósitos del presente artículo.

Yendo al nudo de la cuestión: ¿Ser o no ser? ¿Cuál es el batallón?

La encuesta comprendía un multiple choice que se muestra en el cuadro anexo:

Alternativas de la encuesta.

Justo es presentar en este punto una somera descripción de cada batalla que incluirá, entre otras cuestiones, su desenlace (todas acabaron en derrota para los imperiales) y sus respectivas consecuencias. Vamos pues a cada una de ellas, no sin antes dar a conocer los resultados de la encuesta:

Resultados de la encuesta. 

Yarmuk (636).

Enfrentamiento entre bizantinos y árabes. Las fuerzas imperiales llegaron extenuadas a la batalla, luego de una guerra larga e ininterrumpida contra el estado sasánida. Unos 200.000 hombres componían sus filas (según algunas fuentes de la época), pero la distinta procedencia de los mismos hacía que las líneas bizantinas estuviesen impregnadas de una gran cuota de heterogeneidad poco fiable al momento de entrar en batalla. Entre la ingente masa de soldados había árabes ghasánidas aliados, unos doce mil en total, quienes, junto a su príncipe, Jabalah ibn-al-Aiham al-Ghassani, defeccionaron al bando rival. Los árabes, por su parte, contaban con una fuerza integrada por unos 25.000 jinetes, peor armados, pero mucho más ágiles que la pesada formación cristiana. En medio de una tormenta de arena infernal, los generales bizantinos Vahan y Tritirio, de un lado, y el comandante musulmán del otro, dieron la orden de avanzar. Encadenados entre sí para evitar el desbande, los bizantinos pelearon sin valor; fueron aplastados y en su mayor parte terminaron muertos o cautivos. Yarmuk abrió a los invasores árabes la puerta trasera de las provincias romanas emplazadas entre Antioquía, al Norte, y la península del Sinaí, al Sur. De haber triunfado, los bizantinos quizá habrían borrado de una vez y para siempre la aventura islámica que estaba en proceso de gestación. No fue así y a poco, los árabes estarían golpeando a las puertas de Constantinopla, en medio del estupor de la abatida población de la capital.

Ciertamente Yarmuk fue una batalla de consecuencias nefastas para el devenir de Bizancio en los siguientes siglos. A corto plazo amputó numerosos territorios que rápidamente fueron islamizados y que la Cristiandad perdió de manera irreversible e irremediable. Sin embargo, la batalla no significó, ni de lejos, la firma del acta de defunción para el Imperio de Oriente, que en los siglos venideros aún sería capaz de pasar a la contraofensiva bajo la égida de Macedónicos y Comnenos. En suma, Yarmuk fue una batalla decisiva pero no determinante a la hora de analizar la debacle y el ocaso final de Constantinopla y sus dominios. Con todo, de 93 votos Yarmuk fue votada 16 veces, lo que no es poca cosa: el 17,20 % de los internautas que participó de la encuesta consideró, a diferencia de quien escribe, que la batalla de 636 estuvo entre aquellas que dictaminaron pena capital.

Pelecano (1329).

Batalla entre bizantinos y otomanos. Hacia el año 1320 Bizancio contemplaba con escozor y maniatada por propia incapacidad, cómo un estado emergente en la periferia del sultanato de Rum, el de los turcos otomanos, se expandía a su costa en dirección a las aguas del Mármara. El emperador en persona, Andrónico III Paleólogo ( 1328-1341), junto a Juan Cantacuzeno, pasó con algunas tropas a Asia Menor, para tratar de salvar allí las últimas hijuelas del Imperio: las grandes ciudades de Nicea, Bursa y Nicomedia. Agobiados por un proceso de descomposición acuciante, los bizantinos perdieron la batalla y estuvieron a un paso de perder también a su emperador durante el fragor de la lucha. Pelecano no fue un encuentro comparable a Mantzikert o a Yarmuk, dada su escasa relevancia en términos de participantes y bajas, pero dictaminó la suerte de la provincia de Bitinia, que los bizantinos cederían poco tiempo después.

Votada tan solo por 6 internautas, el 6,45% de la muestra considerada, Pelecano no hizo más que reafirmar una tendencia que se había iniciado más de un siglo antes, la senda de la debacle. Por tanto, en mi opinión, la refriega de 1329 fue algo así como la bala con que se remató al imperio moribundo, que sin embargo se tomaría otros cien años y un poco más, para expirar definitivamente (valga la metáfora).

Constantinopla (1204).

Lo paradójico que tienen las Cruzadas es que, habiendo sido convocadas para detener el avance del Islam, terminaron entregando a la Cristiandad oriental en los brazos de los musulmanes. 1204 fue sin duda un año nefasto para los cristianos que Roma señalaba como cismáticos, es decir, los cristianos de rito ortodoxo. La Cuarta Cruzada, predicada bajo el acicate de Inocencio III con el fin de despojar a los mamelucos de Egipto, de pronto se encontró avanzando por territorios cristianos adonde mancilló, saqueó, robó, violó, mató y asesinó de manera impía. La batalla de 1204 enfrentó en los mismos muros de Constantinopla, a bizantinos y cruzados (franceses y venecianos en su mayor parte).

El Imperio Bizantino, que bajo los Comneno había detenido finalmente el avance de los sarracenos en Asia Menor, empezó sin embargo a perder terreno en todos los frentes, bajo la dinastía de los Ángel. Bulgaria y Servia se rebelaron, la Tercera Cruzada ingresó en territorio imperial de manera altanera y amenazante, Cilicia fue abandonada a los armenios y Chipre cayó en la férula de un Comneno renegado, quien a la postre no tardaría en perder la isla en beneficio de Ricardo Corazón de León. La Cuarta Cruzada, bajo estas circunstancias, podría haberse empleado como la Primera, para volver a apuntalar las desvencijadas bases del Imperio. Pero los bizantinos, en los decenios anteriores, habían hecho lo indecible para ganarse el odio de los occidentales (matanza de latinos, 1182). La consecuencia inevitable de tanta miopía y falta de tacto fue que la Cruzada de 1204 penetró el perímetro amurallado de Constantinopla, dando inicio a una lastimosa diáspora de griegos con ansias de revancha. Steven Runciman grafica espléndidamente los alcances y resultados logrados por la Cuarta Cruzada: “Nunca hubo un crimen mayor contra la Humanidad que la cuarta Cruzada. No solo causó la destrucción o dispersión de todos los tesoros del pasado que Bizancio había almacenado devotamente, y la herida mortal de una civilización activa y aún grandiosa, sino que constituyó también un acto de gigantesca locura política. No llevó ninguna ayuda a los cristianos de Palestina. En lugar de ello les privó de sus potenciales auxiliares. Y trastornó todo el sistema defensivo de la Cristiandad” (Historia de las Cruzadas, volumen III, página 129).

La Cuarta Cruzada determinó el exilio de Bizancio; los griegos debieron mudarse a Nicea, Epiro y Trebizonda, entre otros lugares más recónditos, y no recuperarían su capital sino hasta 1261. Pero entonces, ya sería demasiado tarde para remontar vuelo… al ave fénix ya no le quedaban para ese momento ni recursos, ni fuerzas, aunque si un poco de maltrecho orgullo.

Constantinopla 1204 ha sido por lejos, la opción más votada (34 veces, el 36,56%) y los internautas que se inclinaron por ella, según mi parecer, tienen toda la razón en sindicar dicha batalla como la más contundente y determinante en la larga historia de Bizancio. Y es que después de aquél fatídico año el Imperio ya jamás volvería a ser el mismo como tampoco la Cristiandad Oriental, que nunca perdonaría semejante felonía a sus hermanos occidentales. Aún a día de hoy ambos brazos de la Cristiandad, pese a acercamientos ocasionales y en algunos casos sinceros, mantienen una prudente distancia del precipicio que las separa.

Mantzikert (1071).

Batalla entre bizantinos y turcos selyúcidas. A la distancia no parece descabellado afirmar que Mantzikert más que causa de la debacle bizantina fue una consecuencia, otra más, al igual que la debacle misma, de un proceso que se había iniciado muchos años antes. Tal vez habría que remontarse hasta la muerte de Basilio II el Bulgaróctono (1025) para empezar a recopilar pequeños detalles que, conformando al cabo un mosaico, podrían señalarse como la clave para entender el colapso que tuvo lugar al promediar la segunda mitad del siglo XI. La decadencia del sistema de soldados estratiotas, el encumbramiento de los terratenientes en Asia Menor, la falta de un candidato al trono con las mismas cualidades del Bulgaróctono, la irrupción en el poder del partido civilista, los recortes en el presupuesto militar que sobrevinieron poco después, la anexión de los estados armenios que servían como tapón o dique de contención en el Este (y en la que tuvo que ver Basilio II), el incremento de la presencia de mercenarios entre las fuerzas imperiales, todo, ayudó a desencadenar la tragedia aquel terrible día de agosto de 1071. En otras palabras, Mantzikert fue el corolario de una serie de gruesos desaciertos y al mismo tiempo constituyó el resultado de una secuencia de errores tácticos cometidos en el campo de batalla por Romano IV Diógenes. A estas alturas, la traición de Andrónico Ducas, ocurrida en el campo de batalla, es solo una anécdota que, no obstante, no deja de convalidar el grado de animadversión existente entre los dos partidos que se disputaban el Imperio en aquél momento.

Que los turcos selyúcidas y las hordas de turcomanos que les seguían hayan sido la mano visible que precipitó los hechos con la ocupación de gran parte de Asia Menor no debería ser motivo de aprensión si se considera cómo los bizantinos actuaron para con el desafortunado Romano IV. Sin mencionar la manera en que luego desperdiciaron sus recursos en una cruenta guerra civil que terminó vergonzosamente con la muerte de aquél. Otro tal vez habría sido el cantar si se hubiese aceptado el retorno de Romano a Constantinopla con el subsiguiente cumplimiento de los tratados firmados con Alp Arslan. Hablar luego de la sucesión de Romano en beneficio de otro candidato de la estatura de Nicéforo II Focas, Juan I Zimisces o del mismísimo Basilio II Bulgaróctono permite obviamente soñar con una restauración a la usanza de los macedonios. Pero todo ello solo es motivo para la especulación.

Como conclusión se puede decir que en el campo sangriento de Mantzikert los bizantinos se jugaron el destino de su Imperio. Los hechos, sin embargo, pusieron en evidencia que fueron muy pocos los que realmente se dieron cuenta de ello al momento de empuñar las armas y levantar los escudos. Un motivo más para reivindicar y rescatar del oprobio la actitud de Romano IV Diógenes, aunque Miguel Psellos se empecine en demostrar los beneficios de la nueva era Ducas con bonitos golpes de pluma.

Votada por 24 internautas entre 93, es decir, el 25,81% del total, Mantzikert también “pisa fuerte” en tanto que batalla decisiva, contundente y determinante. Y en cierta forma quienes la vinculan con la debacle irreversible de Bizancio tienen una alta cuota de razón. Si Romano IV hubiera triunfado en 1071, tal vez el Imperio habría conservado Asia Menor, lo que no era poca cosa si se considera que de sus tierras salían los mejores soldados del ejército imperial. No fue así; los bizantinos perdieron la batalla y sus vencedores se desparramaron por todos los themas asiáticos casi sin oposición.

Cartago (698).

Combate entre bizantinos y árabes. Las fuerzas islámicas, a la sazón, ya habían derrotado a los bizantinos en Yarmuk y Heliópolis, pero habían sido barridas con graves pérdidas frente a los muros de Constantinopla, entre 674 y 678. La batalla de Cartago, tal como lo indica su nombre, tuvo lugar cerca del solar de la otrora famosa urbe, en el actual Túnez. De un lado, los bizantinos, que acababan de recuperar Cartago, esperaban contener allí mismo el avance árabe. Con tal propósito, habían pedido ayuda inclusive a sus tradicionales rivales, los beréberes del Sur y los visigodos de España. Del otro lado, los musulmanes venían de conquistar Egipto, Cirenaica y la Tripolitana y, para reforzar su presencia en el lugar, se habían abocado a erigir una gran base de operaciones que denominaron Kairuán. Derrotados extramuros, los bizantinos se refugiaron tras los muros de la ciudad, que al cabo, fue conquistada y castigada a causa de su resistencia, con la destrucción. 4 votos para la batalla de Cartago representan algo así como el 4,30% del total. La derrota bizantina sentenció la pérdida de África para la Cristiandad. Más Bizancio estaba lejos y no constituyó un factor decisivo a largo plazo.

Myriokefalon o Miriocéfalo (1176).

Batalla entre bizantinos y turcos selyúcidas. En 1176 el emperador Manuel I Comneno se sintió al fin lo suficientemente fuerte y confiado como para jugárse las tornas en una gran campaña contra el sultanato de Rum. La idea era conquistar su capital, Qonya, y batir para siempre el poderío de los selyúcidas. Para ello reclutó a un ejército compuesto por alrededor de 20.000 hombres que, a la postre, sería la última gran fuerza expedicionaria que un emperador congregaría jamás hasta la caída de Constantinopla, casi trescientos años más tarde. Pero algo salió mal. El ejército imperial, aquejado por la disentería, fue emboscado y abatido en los desfiladeros de Tzivritze y el emperador debió regresar sin pena ni gloria. Manuel mismo comparó los efectos de su derrota con Mantzikert y hasta algunos contemporáneos llegaron a afirmar que, por causa del estrepitoso fracaso, el basileo no volvería a sonreír.

Votada por 6 internautas, es decir el 6,45% del total, Myriokefalon más que una batalla decisiva, fue la fosa común de numerosos sueños que ya no se podrían cumplir y de hecho, no se cumplirían jamás. La consecuencia inmediata de la batalla fue que el sultanato de Qonya se mantuvo incólume, aunque acusó el impacto de las cuantiosas bajas sufridas. No en vano Kilij Arslan mandó a los suyos a mutilar cadáveres para que su victoria no fuera puesta en entredicho por algún curioso empedernido ávido de conocer la verdad. La batalla de 1176 más que significar nuevas pérdidas territoriales representó un duro despertar a la cruel realidad: que el Imperio no era una fuente inagotable de recursos, y que sus fuerzas armadas, por más calificadas que estuviesen, no constituían el medio ideal para encarar la renovatio imperii. A la postre, la Historia se encargaría de demostrar que la muerte de Manuel tendría un peso relativo mucho mayor al de los sangrientos y dramáticos eventos ocurridos entre las paredes rocosas y los acantilados de Tzivritze.

Amorium (838).

Batalla entre bizantinos y árabes. En los años previos el Imperio y el Califato habían disputado grandes zonas fronterizas con suerte diversa, en la mayoría de los casos, con beneficios ostensibles para el bando islámico (conquista de Creta, por citar un caso). En 837 los persas se rebelaron contra el califa Mutasim y el emperador Teófilo (829-842) aprovechó la coyuntura para lanzar una devastadora campaña contra Samosata y Zapetra. Al año siguiente, los árabes se desquitaron invadiendo Asia Menor e ingresando tan lejos como Amorium, que asediaron y destruyeron. El episodio caló hondo en la conciencia de los bizantinos, ya que la floreciente urbe fue convertida en ruinas para las alimañas; además los vencedores martirizaron a 42 importantes miembros de la comunidad cristiana, que se negaron a convertirse al Islam. La batalla de Amorium no obtuvo votos y los internautas han dado en la tecla al no tenerla en cuenta, ya que se trató de un combate menor con ribetes de refriega fronteriza (aunque la ciudad se hallaba emplazada en el corazón de Anatolia).

Pliska (811).

Enfrentamiento entre bizantinos y búlgaros. Hacia el año 802 Nicéforo I se convirtió en emperador de Constantinopla. Para entonces los búlgaros constituían una peligrosa amenaza en los Balcanes, desde sus bases en Pliska. Los bizantinos habían sufrido algunos reveces pero el nuevo basileo estaba decidido a recuperar las antiguas tierras ubicadas inmediatamente al sur del Danubio. Al frente de un impresionante ejército, partió rumbo a la capital del líder búlgaro, que consiguió saquear sin inconvenientes. Pero de regreso, las tropas imperiales fueron sorprendidas y aniquiladas, muriendo el mismo emperador en el campo de batalla.  Al decir de Franz georg Maier, la catástrofe no fue, sin embargo, decisiva: “Esta derrota influyó en la evolución de las relaciones entre bizantinos y búlgaros a lo largo del siglo IX, pero no fue suficiente para contrarrestar los éxitos de Nicéforo en la reorganización de los recursos militares, navales y financieros. Estas reformas sirvieron luego de plataforma a las victorias posteriores (Bizancio, página 103).

La batalla de Pliska ha sido favorecida tan solo por el voto de un internauta (1,08% del total). Le damos, pues, la razón a Franz Georg Maier: dos siglos después Basilio II (976-1025) se pasearía exitosamente a lo largo y ancho de los Balcanes, luego de someter el reino de Bulgaria.

Heliópolis (640).

Batalla entre árabes y bizantinos. Hacía tan solo cuatro años que Bizancio había perdido Tierra Santa hasta Siria, excepto algunos enclaves que no tardarían también en sucumbir. En 640 le tocó el turno a Egipto y en Heliópolis una fuerza musulmana compuesta por cerca de veinte mil hombres se enfrentó a una similar que los bizantinos habían puesto bajo el mando de Teodoro. El comandante árabe, Amr ibn al-As, apeló a un plan operacional que, a la postre, se revelaría en extremo efectivo. Dividió a su ejército en tres partes; una sección debía aguantar el peso inicial de la batalla; la segunda se apostaría fuera de la visión de los romanos, para sorprenderles desde la retaguardia y, finalmente, la tercera entraría en combate una vez que los bizantinos hubiesen sido puestos en fuga. El plan funcionó de maravillas y, a poco, Amr ibn al-As, se encontró con que la última fuerza enemiga capaz de cerrarle el paso hacia el corazón de Egipto, huía a galope tendido en todas las direcciones.

Un voto también para Heliópolis, la batalla que abrió el norte de África a los conquistadores musulmanes. Fue sin dudas un encuentro decisivo solo si se considera lo limitado de su alcance: Egipto, uno de los mayores graneros del Imperio. Constantinopla acusó obviamente el golpe pero, a la larga, hallaría la manera de sustituir aquella importante zona cerealera.

Serres (1196).

Enfrentamiento entre bizantinos y búlgaros. La revuelta búlgara se había encendido en el norte de los Balcanes, luego de casi doscientos años de dominio bizantino. Una serie de éxitos dio a Iván Asen I la confianza suficiente como para internarse en territorio imperial y derrotar cerca de Serres a un contingente romano. Pero al regresar a sus territorios, el líder búlgaro cayó victima de una celada y la marejada sobre el Imperio comenzó a ceder. La batalla de Serres fue votada tan solo por un internauta (1,08%) y pese a tratarse de un enfrentamiento decisivo, no fue determinante en la debacle definitiva que sobrevendría ocho años más tarde, con la Cuarta Cruzada.

Conclusión.

Constantinopla (1204): 34 votos (36,56%).

Mantzikert (1071): 24 votos (25,81%).

Yarmuk (636): 16 votos (17,20%).

Myriokefalon (1176): 6 votos (6,45%).

Pelecano (1329): 6 votos (6,45%).

Cartago (698): 4 votos (4,30%)

En ese orden, las susodichas derrotas han sido escogidas por los internautas como reveces determinantes en la debacle que acabó con la conquista de Constantinopla por los turcos otomanos, acaecida el 29 de mayo de 1453. Si hemos de analizar la caída de los imperios a través del prisma de los hechos desgraciados, la Cuarta Cruzada (1204) lleva amplia ventaja como factor determinante de la decadencia de Bizancio, inclusive considerando a Mantzikert, Yarmuk y Myriokefalon juntas.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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