IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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    Guilhem
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Constantinopla en 1453 y 558 años después. III.

Publicado por Guilhem en agosto 15, 2011

Constantinopla en 1453 y 558 años después de 1453.

Parte III: el día después. Otros templos. Apuntes y notas finales.

a- La iglesia de los Santos Sergio y Baco( Küçük Ayasofya Camii).

La “Pequeña Santa Sofía”, como se la conoce en nuestros días, era en tiempos del Imperio de Oriente la Iglesia de los Santos Sergio y Baco. ¿Por qué este nombre? El templo fue mandado a levantar por Justiniano I el Grande, a principios de su reinado y a poco de fallecer su tío y antecesor, Justino I (518-527) a consecuencia de una úlcera mal curada. En su construcción participó Antemio de Tralles, que más tarde trabajaría en las obras de Santa Sofía. Según se cuenta, Justiniano eligió a dos soldados romanos que sufrieron martirio, Sergio y Baco, como patronos de esta iglesia, debido a que ambos se aparecieron en sueños al emperador Anastasio I (491-518), proclamando la inocencia de aquél, quien previamente había sido acusado de traición. Desde entonces, el edificio permanecería en el corazón de los bizantinos principalmente por ser permanentemente sindicado como el arquetipo y la inspiración de la gran iglesia que poco después se levantaría a muy pocas cuadras de allí. Así, pues, en tanto que precursora de la monumental Santa Sofía, esta pequeña edificación contaba, no obstante, con serios problemas estructurales: desde lo irregular de su planta octogonal, hasta la asimetría ostensible de los accesos a la nave.

La turbe de Hüseyin Ağa a la derecha.

La conquista otomana de la ciudad no determinó la inmediata conversión del templo en mezquita. Recién bajo el reinado de Bayaceto II, a comienzos del siglo XVI, la cruz fue reemplazada por la media luna, a instancias del jefe de los eunucos negros del sultán, Hüseyin Ağa, que recibió sepultura y fue a descansar eternamente en una tumba emplazada en las adyacencias del ábside de la misma (precisamente en la turbe levantada en el jardín). En épocas posteriores, el edificio requirió de trabajos de restauración, en especial tras los terremotos del año 1763. La construcción de las vías del ferrocarril, que pasan a muy escasa distancia de su perímetro, trajo progreso a la ciudad pero también supuso la pérdida de numerosos restos bizantinos ubicados en los terrenos lindantes.

Interior de la iglesia.

En la actualidad aún pueden observarse huellas del pasado bizantino en las paredes del edificio: desde monogramas del emperador Justiniano y formas vegetales que decoran los capiteles de las columnas, hasta el friso que corre bajo la galería, en el que se cantan, en letras griegas, las glorias del emperador, de su esposa Teodora y de San Sergio (no así de San Baco).

Mimbar otomano en Santos Sergio y Baco.

b-Santa María de los Mongoles (Santa María Sangrienta).

Emplazada a medio camino de una pendiente muy pronunciada, la visita a Santa María de los Mongoles exige cuanto mínimo un estado físico compatible con rodillas privilegiadas para acometer el esfuerzo que supone el necesario ascenso. Ya sea que se acceda a ella por cualquiera de las intrincadas callejuelas empedradas del Fener (Mektebi Sk, Firketeci Sk o Ismail Aga Sk), hasta el más descuidado observador podrá percatarse de la razón por la cual Santa María de los Mongoles se hizo tristemente célebre como la Iglesia Sangrienta. Veamos lo que dice Sir Steven Runciman al respecto, en su nota 218: “Bárbaro: op. cit., pág. 55; Frantzés: op. cit., páginas 288-289; Critóbulo: op. cit., págs. 71-73.  La Iglesia de Santa María de los Mongoles la conocen tradicionalmente los turcos por Kan Kilisse, o iglesia de la Sangre, a causa de la sangre que corrió por la calle que pasa por delante de ella desde lo alto de Petra”[1]. Efectivamente, al contemplar la geografía del lugar, uno no puede menos que imaginarse ríos de sangre descendiendo desde lo alto, dando barquinazos en cada esquina, especialmente en las adyacencias de Santa María. Y por cierto, el estupor de los feligreses que, corriendo a refugiarse en el interior del templo, debían sortear cuerpos inertes mientras sus sandalias arrancaban chasquidos en las enrojecidas callejas.

Calle de acceso a Santa María de los Mongoles.

Fundada por María Paleologina, hija de Miguel VIII (1259-1282) y viuda del Kan mogol Hulagú-Abaga[2], el edificio padeció las tropelías de los excitados jenízaros ni bien las defensas de la ciudad fueron perforadas en la última batalla. Pero frente a todas las restantes iglesias de la ciudad, Santa María de los Mongoles puede exhibir hasta el día de hoy una inexorable prebenda que certificó su permanencia en manos cristianas de manera ininterrumpida, desde su fundación: tras la conquista de Constantinopla, el sultán accedió a los ruegos de un humilde arquitecto, Critódulo, también conocido como Sinán el Viejo. Cuando Critódulo hubo diseñado una mezquita-mausoleo acorde con el gusto del potentado musulmán, recibió a cambio y como premio, además de su paga, la promesa de que Santa María de los Mongoles continuaría siendo una iglesia cristiana. La redacción del correspondiente “firmán” o salvoconducto por parte del sultán vino a refrendar este hecho.

Acceso a la iglesia. Detrás: escuela Rumi.

Arquitectónicamente, el edificio está muy lejos de irradiar la belleza de Santa Sofía, San Salvador Pantocrátor o San Salvador en Cora y hasta parece desproporcionado inclusive para el ojo menos avezado: por ejemplo, posee una cúpula cuyo diámetro es muy reducido en relación a los pilares que la soportan. Pero entretanto, entre sus paredes aún puede respirarse la atmósfera de recogimiento imperante en el edificio, en tiempos de la Bizancio de los Paleólogos y, por supuesto, escucharse el excelso Kyrie Eleison (Señor, ten piedad).

Santa María de los Mongoles.

c- El monasterio de San Salvador Pantepoptes(Eski Imaret Camii).

Ana Dalasseno patrocinó hacia el último cuarto del siglo XI la construcción de un convento para monjas, el monasterio de Cristo Pantepoptes. No se trataba de una mujer ordinaria sino más bien de una que aportaría biológicamente hablando, uno de los mejores emperadores bizantinos. La brillante carrera política y militar de sus hijos había hecho que el populacho la reconociese como la madre de los sebastos. En efecto, Ana y su esposo, Juan Comneno, habían engendrado a dos de las figuras más emblemáticas de la difícil época post-Mantzikert: Isaac y Alejo (emperador entre 1081 y 1118).

Monasterio de Pantepoptes. Acceso.

La cuarta colina de la ciudad fue el sitio escogido para levantar el edificio, cuya construcción finalmente se inició hacia el año 1088. Durante el siglo siguiente, el monasterio asistiría a algunos hechos que marcarían con su impronta los anales del Imperio: desde la edificación de San Salvador Pantocrátor no muy lejos de allí, hasta la implantación de los cuarteles militares del emperador Alejo Murzuflo en tiempos de la Cuarta Cruzada (1203-1204).

Monasterio de Pantepoptes. Detalle ornamental.

Precisamente fue en abril de 1204 cuando el monasterio, hallándose en medio de los combates entre cruzados y bizantinos, debió afrontar la primera prueba de fuego de su dilatada historia. Y es que, para seguir de cerca los movimientos de los cruzados en el Cuerno de Oro, Alejo Murzuflo había situado su campamento en lo alto de la cuarta colina, no muy lejos de Pantepoptes. Desde ese punto, el basileo podía supervisar a placer las idas y venidas de sus tropas, despachando refuerzos a los puntos más débiles o retirando tropas de los sitios que no merecían su atención. El 12 de abril de 1204 la lucha alcanzó su momento culminante en el sector de las murallas correspondientes a los barrios de Fener, Petrion y Platea, cuando las tropas venecianas consiguieron hacer pie en lo alto de dos torres. Observando cómo la defensa estaba a punto de colapsar, Murzuflo se lanzó al galope colina abajo, en dirección a las avanzadillas del enemigo. Pero la falta de arrojo de sus seguidores hizo que detuviera su carrera y regresase junto con sus flojos soldados a la cima de Pantepoptes. A poco, el desbande generalizado de los griegos dejaba la tienda imperial en manos occidentales; Pantepoptes sería ineludiblemente saqueado como consecuencia de semejante muestra de cobardía. Al respecto, el historiador bizantino Nicetas Choniates, señala: “Así, fundidos en una única alma ansiosa, los miles de cobardes que contaban con la ventaja de estar sobre lo alto de una colina pronunciada, fueron perseguidos por un solo hombre[3] desde las fortificaciones que, se suponía, ellos debían defender”. Con la caída de Constantinopla en poder de los cruzados, Pantepoptes fue asignado a los monjes benedictinos de San Jorge Maggiore y su iglesia consagrada al rito latino, estatus que mantuvo hasta la recuperación de la ciudad por los griegos, casi sesenta años después[4].

Vista del Cuerno de Oro.

Con la captura de Constantinopla por los turcos otomanos en 1453, el monasterio fue rápidamente convertido en mezquita, si bien durante algún tiempo se lo empleó como cocina ocasional (de allí su nombre en turco: Imaret) para los albañiles y peones que trabajaban en la construcción de la cercana Fatih Camii o mezquita del Conquistador. Con el paso del tiempo su mole, caída en el olvido y arruinada, se perdió entre las precarias construcciones que, levantadas en derredor, pronto acabaron apoyando sus estructuras en las mismas paredes externas del templo. Hacia 1970 la mezquita fue cerrada y parcialmente restaurada. Si bien no posee minaretes, la función de los mismos, esto es, el llamado a la oración, ha sido reemplazado por altavoces incrustados en sus esquinas; un truculento detalle que no hace más que afear la descuidada estructura.

Minarete improvisado en la fachada.

d- La iglesia de Santa Irene.

Ubicada a muy escasa distancia del actual museo de Santa Sofía, Santa Irene es anterior, cronológicamente hablando, a la gran catedral de Justiniano I. El primer edificio fue mandado a construir por Constantino I el Grande, y, al poco tiempo, la Iglesia recibió a los delegados que asistieron al Segundo Concilio Ecuménico o Primer Concilio de Constantinopla, en el año 381. Al evento asistieron destacados obispos de las diócesis orientales, tales como San Gregorio Nacianceno, Gregorio Niceno y Basilio el Grande, aunque el papa Dámaso I (366-384) no despachó emisarios para que le representaran. Acorde a los resultados, de dicho concilio surgió el credo niceno-constantinopolitano, que vino a perfeccionar el símbolo niceno establecido en el concilio celebrado en Nicea, en 325.

Camino de accseso a Santa Irene.

Santa Irene sufrió los rigores de la revuelta de Nika, en tiempos del emperador Justiniano I el Grande, por lo que debió ser restaurada. En el siglo VIII un violento terremoto volvió a ensañarse con su estructura de planta basilical romana; entonces soplaban nuevos vientos; la clase gobernante deseaba imponer la doctrina iconoclasta, por lo que la veneración de las imágenes sagradas (Cristo, los santos, etc.) había desatado una tremenda disputa entre los emperadores de la dinastía isáurica, iconoclastas, y gran parte de la población imperial, decididamente iconodula[5]. Debido precisamente a que la restauración de la iglesia tras el terremoto correspondió a un emperador iconoclasta, es que en la actualidad aún se puede observar sobre su ábside una descomunal y sobria cruz de bordes negros y cuerpo dorado, que Constantino V Coprónimo (741-775) ordenó colocar allí.

Santa Sofía detrás de Santa Irene.

Luego de la caída de Constantinopla en poder de Mehmet II, Santa Irene perdió progresivamente su importancia hasta descender al rango de depósito de botines de guerra o arsenal. Su perímetro pronto quedó incorporado al recinto del palacio de Topkapi, donde puede visitarse en la actualidad, a excepción de los días lunes.

e- La iglesia de San Jorge. 

No existe certeza alguna acerca de la fecha de fundación ni del patrocinador de la primera iglesia de San Jorge, emplazada en sus orígenes cerca de la puerta de Carisios (la moderna Edirnekapi). Lo que es más, la historia del primer edificio es tan singular que se la relaciona con una leyenda procedente de los tiempos del segundo asedio árabe (717-718). Según la misma, un misterioso guerrero de reluciente porte y radiante aspecto se presentaba recurrentemente sobre las murallas, desviando con su presencia las flechas del enemigo; los defensores no tardarían en relacionar tan enigmática y milagrosa figura con San Jorge de Capadocia. Y en su honor, posiblemente bajo el reinado de León III (717-741) o de su sucesor, Constantino V, los bizantinos conmemorarían dicho evento erigiendo cerca de la puerta de Carisios la primera basílica de San Jorge.

Iglesia de San Jorge: iconostasio.

No obstante sobrevivir al pillaje y los saqueos acontecidos en mayo de 1453, el ignominioso final del primer templo tendría lugar casi un siglo después. Y es que en 1565 el sultán otomano Solimán I el Magnífico (1520-1566) instruiría a sus arquitectos a levantar en el solar de San Jorge una mezquita en memoria de su hija predilecta, Mirimah. En consecuencia, la flamante mezquita se alzaría orgullosa desde los mismos cimientos que antes clavaran en el suelo a la iglesia cristiana. No desaparecería ésta, sin embargo, sino todo lo contrario; daría cuenta de una especial tenacidad al reaparecer, años después (hacia 1580), muy cerca de su reducto original, más cerca del sector de muralla, y casi anexada a la Puerta de Carisios.

Mirimah: solar original de San Jorge.

El templo actual no destaca exteriormente ni por su porte ni por su arquitectura, ya que el edificio apenas se deja ver por entre los muros protectores que le rodean, sin mencionar que su fachada nada tiene que ver con la de la típica iglesia bizantina. Lo que es más, para el turista distraído su presencia bien puede pasar desapercibida si no es que la oportuna intervención de un parroquiano ayuda a situar el lugar antes de partir raudamente hacia otras coordenadas de la ciudad. En el interior de la construcción, la sobriedad es la regla tanto como el misterioso pasado que rodea a algunas imágenes del iconostasio. El acceso no es irrestricto, dado que hay que pedir permiso al matrimonio griego que está al cuidado del templo, para poder ingresar a él.

San Jorge vista desde Mirimah.

f- La iglesia del Mirelaion (Bodrum Camii):

La iglesia del Mirelaion originalmente formaba parte de un pequeño complejo que incluía un modesto palacio anexo y, posiblemente, otro templo más antiguo. De acuerdo a las fuentes históricas fue el emperador Romano I Lecapeno (920-944) quién se ocupó de patrocinar la construcción del templo cristiano y, cómo más adelante sucedería con los Comneno y el complejo del Pantocrátor, el Mirelaion sería empleado como morada final para los miembros de la familia del soberano. Hacia 923 sería sepultada allí la esposa del emperador y ocho años más tarde, el primogénito de Romano, Cristóforo. Finalmente, el mismísimo basileo, fallecido en la reclusión luego de que Constantino VII hubiese recuperado el trono, fue enterrado muy cerca de la cripta de su esposa.

Iglesia de Mirelaion en Laleli.

Habiéndose apoderado de la ciudad en 1204, los desarrapados forajidos integrantes de la Cuarta Cruzada no tendrían ninguna consideración ni para con el edificio ni para con las tumbas ubicadas en él; uno y otras serían saqueados sin conmiseración por los enfervorizados soldados de la cruz, mientras las llamas devoraban el vecindario aledaño, en la noche de aquél fatídico 12 de abril de 1204. Luego de un efímero resurgir a comienzos del siglo XIV, en tiempos de los soberanos Paleólogos, la iglesia sobreviviría como tal a la conquista turca, hasta el año 1490, en que sería transformada en mezquita bajo el acicate de un descendiente de aquella noble familia, a la sazón devenido en un musulmán con nombre acorde a la nueva época: Mesih Ali Pasha. Desde entonces, la construcción se vio afectada por sucesivos incendios que afectaron su estructura y, a día de hoy, emerge entre las plataformas, playones y edificios del ajetreado y pintoresco barrio de Laleli.

Cúpula de la Iglesia de Mirelaion.

g- Constantino Lips  (Fenari Isa Camii):

El antiguo monasterio de Constantino Lips, hoy mezquita Fenari Isa, se halla emplazado en la intersección de dos importantes arterias de la ciudad: Vatan Caddesi, una amplia avenida provista de boulevard que se interna en “la Ciudad Histórica” en dirección a Aksaray Meidani y el barrio de Laleli, y Halicilar Caddesi, una vía menor que, desembocando en la anterior, trae el tránsito procedente de la zona de Fatih Camii (donde antes se hallaba la iglesia de los Santos Apóstoles). El complejo en realidad se trata de una fusión de dos iglesias; la más antigua, Teotocos Panacrantos, fue construida en tiempos del basileo León VI el Sabio, que rigió los destinos del imperio entre 886 y 912. Precisamente fue un funcionario de León VI, Constantino Lips, la persona que se ocupó de patrocinar la obra y de la que el complejo tomó su nombre.

Constantino Lips: fusión de iglesias.

La segunda iglesia es mucho más tardía y fue dedicada a San Juan Bautista. Teodora Paleologina, esposa de Miguel VIII Paleólogo, emperador entre 1261 y1282, fue la mentora y propulsora de su construcción. Ubicada hacia el lado de Vatan Caddesi, esta iglesia fue levantada hacia finales del siglo XIII y articulada a la anterior mediante un nártex común. A poco y al igual de San Salvador Pantocrátor y el templo del Mirelaion, el conjunto arquitectónico sería utilizado como morada para el descanso eterno de  importantes figuras de su tiempo: Teodora Paleologina, su hijo Constantino, Irene de Brunswick  (esposa de Andrónico III), Andrónico II; pronto se hizo necesario prolongar la estructura en un paracleisión para que el edificio pudiese seguir albergando los restos de insignes miembros de la dinastía reinante.

A la izquierda: nártex de fusión.

 La caída de Constantinopla en poder de los turcos supuso el ineludible saqueo del edificio, y si bien muchas tumbas fueron abiertas y ultrajadas, las más antiguas, relegadas por capas posteriores de mampostería, se salvaron providencialmente y fueron sacadas nuevamente a luz gracias a trabajos arqueológicos efectuados durante el siglo pasado. En la actualidad, el visitante podrá observar en la fachada del complejo y, a pesar de la reconversión del templo cristiano en mezquita, numerosos detalles y elementos procedentes de la etapa bizantina original (siglo X) y tardía (siglos XIII, XIV y XV): dibujos geométricos, tallas en piedra, elementos ornamentales, capiteles. Sin embargo, lo que más llama la atención al momento de ingresar en el recinto es el impacto visual causado por el desnivel existente entre el umbral del edificio y la acera contigua, símbolo inequívoco de que la ciudad fue creciendo, capa a capa, sobre sí misma  (fenómeno que también puede advertirse con facilidad en la zona de Mirelaion).

Desnivel del terreno en el acceso.

Anexo: algunas consideraciones rescatadas del trabajo de “Ali Bey el Abbassí” o Domingo Badía y Leblich, “Viajes por África y Asia”, sobre sus impresiones de Constantinopla, al respecto de la visita a la ciudad realizada por el autor de la obra, entre 1806 y 1807.

1- Pera y Gálata.

“El arrabal de Gálata, contiguo a los de Top-hana y de Pera, es grande, muy poblado y cerrado por una muralla, la cual toca a los arrabales adyacentes. Lo atraviesa de un extremo a otro una calle más de un cuarto de legua de larga, pero sucia, mal empedrada y casi enteramente compuesta de tiendas de comestibles. Las casas, casi todas de madera, inspiran melancolía. Acababan de reedificar la mitad de dicho arrabal, consumida por un incendio el año precedente”. Pág. 479.

El Cuerno de Oro, Pera y Gálata.

2- El Hipódromo.

“Un día quise examinar más detenidamente el Hippodromo, llamado por los turcos Atmeidan. Es una plaza irregular, la cual tendrá doscientos cincuenta pasos de larga, sobre ciento cincuenta de ancha, y de cuyo centro se eleva un obelisco egipcio de granito rojo, igual a las Agujas de Cleopatra en Alejandría; pero no es tan alto, aunque le dan sesenta pies de elevación; cada cara presenta una línea perpendicular de jeroglíficos de grande dimensión; descansa sobre cuatro dados de bronce, cuya base es un pedestal compuesto de diversos trozos de mármol grosero y mal trabajado; los cuatro lados del pedestal ofrecen una multitud de figuras extrañas en relieve, todas de cara, con el degradado gusto griego de la Edad Media. Me dijeron que aquellas figuras representaban los discípulos de Jesucristo; mas lo que hay de cierto es, que el pedestal deshonra al monumento, y un día causará su ruina por la mala trabazón de las partes que lo componen”. Pág. 486. Está claro que el viajero español no supo identificar que el pedestal era, en realidad, una piedra tallada que databa de la primera época del Imperio de Oriente, estando aún su par occidental con sede en Roma todavía en pié. Por lo que su tendenciosa sentencia “con el degradado gusto griego de la Edad Media” es una clara muestra de cómo pensaba Occidente al respecto de Bizancio y los bizantinos no así de Constantinopla y los romanos. Por último, el obelisco que alude el autor no es otro que el obelisco de Teodosio I.

El obelisco de Teodosio I desde la Mezquita Azul.

“A algunos pasos de dicho obelisco se ve otro elevado por los griegos a imitación de precedente; creo también está construido sobre las mismas dimensiones; mas siendo formado de piedras pequeñas de diversa especie y mal ajustadas, también amenaza ruina, contrastando singularmente su debilidad con la caña del otro, admirable por su fuerza y grandeza” Págs. 486-487. Nuevamente Domingo Badía y Leblich se deja llevar por la fobia anti-bizantina imperante en su tiempo: en sus propias palabras son griegos y no romanos quienes han levantado este segundo monumento, la columna de Constantino Porfirogénita,  que “contrasta singularmente su debilidad con la caña del otro, admirable por su fuerza y grandeza”. Se trata en realidad de un elemento decorativo cuyo origen se desconoce (posiblemente del siglo IV), restaurado bajo el reinado de Constantino VII según reza una inscripción cincelada en su zócalo de granito:

“Este sorprendente y alto monumento de cuatro caras, arruinado por los tiempos, Constantino, ahora emperador, cuyo hijo Romano es la gloria del Imperio, lo ha puesto en mejor estado que se veía antes. El Coloso de Rodas era un objeto asombroso; éste, en bronce, es un objeto admirable”[6].

Inscripción en la base de la columna.

La decadencia y pobreza que el viajero español notó en la estructura fueron en realidad producto de la rapacidad de los cruzados de 1204, quienes, habiendo conquistado la ciudad, tomaron el metal que recubría la columna y lo fundieron creyéndolo oro, para repartírselo en tanto que botín de guerra.

Columna de Constantino VII Porfirogénita.

En relación al Hipódromo, Domingo Badía y Leblich prosigue: “Entre ambos obeliscos se encuentra una especie de columna truncada de bronce, cuya parte superior falta. Pretenden remataba en tres cabezas de serpiente, cuyos cuerpos enroscados forman la caña. El bronce es muy delgado y como está lleno de grietas en varios parajes, han llenado de piedras el hueco interior. El pedazo que queda podrá tener ocho pies de altura”. Pág. 487. Se trata en este caso de la columna serpenteada que se encuentra en la Espina.

Dos vistas de la columna serpenteada.

3- La columna de Constantino.

“Al salir de la caverna pasé por junto a la columna de Constantino, compuesta de varios pedazos de pórfido rojo, a excepción de la parte superior y la base, las cuales son formadas de piedrecillas heterogéneas. Semejante colorín desdice de lo restante del monumento, y la columna empieza a arruinarse”. Págs. 488-489.

4- Barrio de Fener.

“El barrio de la ciudad habitado por los cristianos griegos se llama el Fanal. Allí se hallan las casas del patriarca y principales familias de aquella nación. No hice más que atravesar el barrio, donde vi algunas casas de bastante buena apariencia, aunque sin lujo exterior. No la tiene más que las otras la del príncipe Suzzo, nombrado a la sazón hospodar de Valaquia. Está prohibido a los griegos pintar sus casas por defuera con colores vivos; no lo pueden hacer sino de negro u otro color sombrío, lo cual les da un aspecto triste”. Pág. 489.

Caserío abandonado en el barrio de Fener.

5- La cisterna de Filoxeno.

“La cisterna de Filoseno, construida en tiempos de los Constantinos para proveer de agua a la ciudad, no es en el día más que un subterráneo seco, donde se ha establecido una fábrica de seda. Se baja a él por una mala escalera, la cual termina en un espacio casi obscuro, sostenido por muchos centenares de columnas y ocupado por máquinas de hilar y torcer la seda, cuyos hilos, casi invisibles en aquella obscuridad, se dividen horizontalmente entre las hileras de columnas, de suerte que casi no se puede dar un paso sin exponerse a romper millares de ellos; por consiguiente, el portero es un guía indispensable en aquel obscuro laberinto. Bajo su conducta, pues, y seguro de mis gentes desfilando unos tras otros como una tropa de ciegos, recorrí aquella especie de subterráneo cuyo destino actual contrasta tan fuertemente con el primitivo. En el techo, apoyado sobre columnas, hay de trecho en trecho algunas aberturas, que ahora sirven de lumbreras, y en otro tiempo debieron servir de brocales por donde se sacaba el agua. Compónese cada columna de dos cañas, una sobre otra, sin intermedio alguno; la inferior, en lugar de capitel remata en un zócalo un pie de ancho poco más o menos, sobre la cual descansa la superior, y ésta lleva por capitel una figura informe, semejante a un cono truncado inverso. Las columnas son de mármol bruto, cuya superficie se halla ya corroída. La tierra y escombros, que en otras épocas se arrojaban por las aberturas de aquella inmensa cisterna, han enterrado las columnas inferiores hasta un tercio de su altura. Nuestro guía nos dijo ser más de cuatrocientas las columnas; en las descripciones se cuentan doscientas doce”. Pág. 488. La cisterna de Filoxeno probablemente proceda de los tiempos de Constantino I el Grande (siglo IV).

6- Más sobre Santa Sofía.

“Durante las noches clásicas del Ramadán se iluminan las mezquitas. La iluminación de las imperiales es magnífica; la de Santa Sofía sobre todo produce un efecto sorprendente. Entonces es cuando se forma la idea de su cúpula colosal, pues la luz que penetra de día no es bastante para dar a conocer la grandeza del edificio. Millares de lamparillas colocadas a lo largo de las cornisas, sobre las molduras y partes salientes del interior, otros millares suspendidos de la bóveda por medio de carcasas de diversas formas, y una infinidad de arañas de cristal y vidrio de todos tamaños, hacen distinguir la majestad del templo, mejor que la luz del sol; y confieso no había formado idea completa hasta el momento de verla en toda su iluminación. También fue nuevo para mí el modo de apagar aquella multitud de luces. Varios hombres con grandes abanicos de plumas agitan el aire, y a cada movimiento apagan diez, doce o veinte luces de un golpe, aunque se hallen a seis u ocho pies del abanico; de suerte que en un momento se restituye la obscuridad del templo”. Págs. 491y 492.

Columnas de alumbrado público.

7- El Cuerno de Oro.

“El puerto de Constantinopla es el mejor del mundo. Lo forma un brazo de mar que se interna sinuosamente en las tierras, entre la ciudad y los arrabales de Galata, Pera y otros, y está rodeado enteramente de colinas y, por consiguiente, a cubierto de todos vientos. El fondo es tal, que navíos de tres puentes pueden llegar a la orilla y tomar tierra con la proa sin tocar con la quilla”. Pág. 478.

El Cuerno de Oro y la torre de Gálata.

8- Acerca de los incendios de Constantinopla y sus causas.

“Casi todas las calles de Constantinopla son estrechas y sucias. Tienen aceras cuatro o cinco pulgadas de alto, están mal empedradas y muy incómodas para la gente de a pié: así que yo siempre iba a caballo. Las casas parecen jaulas por estar llenas de ventanas y balcones. Ya dije en otro lugar que son de madera, pintada de colores chillones y forman ángulos irregulares. Dicha construcción es a causa de que todos los años haya barrios enteros consumidos por el fuego: mientras estuve allí fui testigo de dos incendios. Pero el fanatismo de los turcos resiste a tan funestas pruebas: construyen nuevas casas semejantes a las antiguas, dejando a la Providencia el cuidado de conservarlas. Así llegará día en que se pueda decir con verdad que la ciudad de Constantinopla se ha reedificado más de cien veces”. Pág. 486.

Construcciones de madera sobre el acueducto de Valente.

9- Sobre el estado de las murallas de Teodosio y el foso.

“Redúcense los medios de defensa a un foso enteramente cegado y convertido en jardines: un primer lienzo de muralla muy bajo como parapeto; otro segundo más elevado; y otra línea interior mucho más alta y flanqueada de torres todavía más elevadas. Dichos lienzos de murallas en escalones, coronadas de aspilleras, tienen algo de imponente, pues presentan tres líneas de fuego; más no pudiendo sostener el de artillería, y teniendo el enemigo ventaja de poder aproximarse con la suya al abrigo de las colinas ondulantes y setos de los jardines que se extienden hasta el pie de las murallas, Constantinopla no podría sostener un ataque de ocho días contra un ejército de tierra. Además, en un espacio bastante considerable entre la puerta de Andrinópoli y la de Top, como también otro entre esta última y el castillo de las Siete Torres, los tres lienzos de murallas se hallan arruinados enteramente y reemplazados de nuevo por uno solo, más parecido a una simple pared de cerca que a fortificación de una gran ciudad. Lo demás del recinto se ve igualmente arruinado”. Pág. 488. Se puede inferir, pues, del relato del viajero español, que las murallas de Constantinopla no habían sido restauradas a su estado anterior al de la captura de la ciudad (1453) y que salvo provisoriamente a través de un simple muro más parecido a una cerca, nada defendía a la ciudad de un ataque externo por el lado terrestre hacia principios del siglo XIX.

Ruinas entre Xilokerkos y Yedicule.

Viene de:

Constantinopla en 1453 y 558 años después. I.
Constantinopla en 1453 y 558 años después. II.


[1] Steven Runciman, “La Caída de Constantinopla”. Nota 218. Espasa-Calpe S.A. Madrid. 1973. ISBN 84-239-1525-5. Pág. 241.

[2] Hulagú-Abaga fue hijo del gran kan mongol Hulagú, a quien sucedió en el año 1265, fecha en que también contrajo nupcias con la hija ilegítima de Miguel VIII Paleólogo, María Paleologina. Habiendo desplegado una política interior abiertamente hostil hacia sus súbditos musulmanes (Abaga era budista), el kan fue asesinado en 1282 y reemplazado por un hermano, Tekuder. La muerte de su esposo obligó a María Paleologina a retornar rápidamente a Constantinopla, junto a su padre, para así salvar su vida o cuanto menos evitar convertirse en trofeo de los complotados. A poco, la princesa bizantina fundaría el convento de mujeres que se conocería como Panagia Mugliotissa, esto es, Santa María de los Mongoles (hacia 1285), parroquia que los ortodoxos han conservado hasta nuestros días sin solución de continuidad.

[3] Nicetas Choniates se refiere en su cita al caballero cruzado Pedro de Amiens.

[4] Parece ser que aún en 1222 los benedictinos se encontraban administrando el lugar, disponiendo de los objetos sagrados del venerable solar a su antojo: por ejemplo el abad Marino Storlato trasladaría a Venecia, a la iglesia de San Jorge la Mayor, el cuerpo incorrupto de San Pablo de Chipre, un supuesto mártir de las persecuciones iconoclastas del siglo VIII.

[5] Los iconoclastas propiciaban la destrucción de todas aquellas representaciones sagradas de Cristo, los santos, la Virgen, etc., a través de pinturas o esculturas, mientras que los iconodulos favorecían su culto.

[6] Francisco Aguado Blázquez y Ana Cadena, “Guía de Constantinopla. Un viaje a Estambul en busca de Bizancio”, A.F.A.B., ISBN 978-84-611.9953-2, Pág. 188 y 189.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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