IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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    Guilhem
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Donación, Reforma y Cisma

Posted by Guilhem en enero 31, 2014

Donación, reforma y cisma en la Alta Edad Media: El camino hasta la separación entre las Iglesias.  

Extracto: Durante la Alta Edad Media, la Iglesia recibió la influencia de grandes personalidades que fueron forjando el dogma de Fe cristiano de acuerdo a las necesidades de su tiempo. Desde las cinco sedes patriarcales existentes en tiempos del Imperio Romano tardío, la evolución ideológica y una serie de eventos como el avance del Islam y la conquista del Cercano Oriente y del norte de África por los árabes, determinaron que el Cristianismo se replegara sobre sus mayores centros de irradiación: Roma y Constantinopla. A continuación analizaremos los principales factores que condujeron a la definitiva ruptura de la unidad eclesiástica entre Oriente y Occidente, división que, convalidada por el Cisma de 1054 se ha mantenido hasta nuestros días.

La religión como servicio público en los tiempos del Imperio Romano tardío (siglos III, IV y V):

Durante los días en que el paganismo regía los destinos religiosos del Imperio Romano, la manutención de los templos consagrados a los diferentes dioses estaba contemplada en las asignaciones presupuestarias del estado imperial. La religión era una cuestión de estado tanto como la construcción de carreteras, los gastos civiles y militares de la administración central o el cuidado de las murallas de las ciudades, por citar tres ejemplos. El capítulo del culto era considerado un servicio público y como tal insumía una parte considerable de los recursos del presupuesto imperial. Esta premisa estaba tan profundamente arraigada en la conciencia ideológica romana que cuando finalmente el cristianismo alcanzó la licitud tras el edicto de tolerancia del año 313, la construcción de iglesias se transformó en una obligación del estado tal como había sido hasta entonces y lo seguiría siendo por unas décadas más la construcción de templos paganos. Por tal motivo se podría decir que las iglesias y el estado, siendo realidades autónomas, no eran separables. El ulterior edicto del 380 elevó al cristianismo al rango de religión oficial y los emperadores, como antes lo habían hecho con el paganismo y los restantes cultos, consideraron desde entonces a la Iglesia como un servicio público y a las iglesias como edificios públicos: es decir, frente a la prestación de su función ideológica e institucional, el cristianismo fue beneficiado con asignaciones presupuestarias que contemplaban inclusive la entrega de tierras e impuestos sobre las mismas). La carga que llegó en un momento dado a significar las funciones de culto para el estado tuvo su punto álgido cuando la creciente cantidad de clérigos puso en apuros las arcas estaduales y obligó a Justiniano I el Grande[1] a referirse al tema con las siguientes palabras: “es tenue la diferencia entre el sacerdocio y el imperio al igual que es débil la diferencia entre los bienes sagrados y los bienes que pertenecen a las colectividades y el Estado, ya que es la generosidad del poder imperial la que proporciona a las muy santas iglesias la totalidad de sus recursos”.

Con todo, tanta munificencia tenía su costado oscuro: tal como antes había sucedido con el paganismo, ahora los prelados debieron aceptar que, aunque gestionaran autonómicamente los bienes de la iglesia, los mismos no eran separables del ajuar de bienes del estado. En otras palabras, los emperadores se reservaron el derecho de actuar sobre un stock de bienes eclesiásticos al que seguían considerando propiedad del Estado. Ello explica porqué la Iglesia permanecería tan dócil a un mecanismo que, empleado primero por Juliano el Apóstata, sería ampliamente utilizado en la Alta Edad Media tanto por Carlomagno como por los emperadores de Bizancio: las confiscaciones. Tampoco la Iglesia mostraría los dientes frente a una práctica mucho más peligrosa aún llevada a cabo por los detentadores del poder temporal: el arbitraje de reyes y emperadores en cuestiones dogmáticas y litúrgicas, cuestión que afloraría sobre todo en los tiempos de los primeros concilios ecuménicos y en los concilios visigodos. En otras palabras, la Iglesia aceptó en 313 y, más aún en 380, que los emperadores llevasen el timón, que fueran los vicarios de Dios en la Tierra, cuestión en la que influyó sobremanera la sacralización de la figura del emperador propuesta ya bajo el reinado del pagano Diocleciano y adoptada con entusiasmo por Constantino I el Grande. Actuando en consonancia con esa idea, el emperador Justiniano I apuntalaría tiempo después las premisas del vicariato de Dios antes enunciado:

  1. Como Dominus et Sacerdos, ligando la noción de un gobierno justo y pío a la ortodoxia de la fe.
  2. Como señor supremo, proponiéndose defender la integridad de la Iglesia.
  3. Y como defensor de la ortodoxia, obligándose a actuar contra judíos y herejes.

Programa que también sería copiado en la España de los visigodos, una vez que Recaredo[2] cambiase arrianismo por catolicismo, con la asistencia del obispo Isidoro de Sevilla. Lo que es más, el Liber Iudicum[3] de 654, en su Libro II, ya proclamaba que el rey era la cabeza del cuerpo social y que allí había sido establecido por Dios. Claro está, tal concepto de realeza sería apropiado por los potentados de los reinos e imperios que se irían sucediendo en Occidente a lo largo de la Alta Edad Media. Además de ser un espejo de civilización, Bizancio era un centro irradiante de ideas.

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El Imperio de Justiniano I el Grande en 565

Vientos de cambio en Occidente versus estoicismo en Oriente:

Pero los reinos bárbaros que sucedieron al Imperio Romano en Occidente, aunque intentaron mantener el statu quo ideológico, no fueron ni de lejos lo suficientemente poderosos como el estado de los césares. Mientras que los romanos se habían ganado el respeto y la fidelidad de la población paseando de aquí a allá sus poderosos ejércitos, los reyes germánicos prefirieron echar mano a la distribución de tierras fiscales con ese mismo propósito. De modo que, cuando sus stocks de tierras quedaron diezmados, debieron buscar la manera de mantenerse ya no como rex et sacerdos sino como primus inter pares. Salieron del apuro buscando la asistencia de la Iglesia en general y del obispo de Roma, en particular, quienes, a cambio del mecanismo de la unción, lograron una mejora ostensible de rango.

Hasta entonces las cinco sedes patriarcales existentes, Constantinopla, Roma, Antioquia, Alejandría y Jerusalén, se habían venido disputando la primacía sin resultados significativos. Tres habían quedado hacia el año 750 literalmente fuera de carrera debido a la irrupción del Islam en los territorios sobre los que ejercían su influencia: Antioquia, Jerusalén y Alejandría. En cambio, Constantinopla, como residencia del único emperador universal y romano, y Roma, como sede del vicario de Pedro en la Tierra, continuaron disputándose la prerrogativa de la universalidad sin conseguir más de lo que habían logrado hasta entonces. Hasta que la confabulación de dos hechos permitió a la sede romana tomar la delantera y desprenderse de la dominación del Vicariato de Dios detentado por los emperadores bizantinos: por un lado, la entrada en escena de Carlomagno, rey de los francos y, por el otro, la supuesta donación de Constantino que, hacia mediados del siglo VIII vino a convalidar las aspiraciones del obispo de Roma. Sin considerar un tercer elemento que había ido estableciendo con firmeza la presencia de la Iglesia como un factor determinante en el mundo occidental: la clericalización de la justicia y de las funciones administrativas en las ciudades luego de la desaparición de los viejos curiales romanos, cosa que en Oriente la solidez del Imperio Bizantino había bloqueado con singular eficacia.

La donación de Constantino:

No hay mucho para comentar sobre este documento, apócrifo primero, y, descaradamente falso después, cuando fue puesto en evidencia. El texto ha sido redactado en primera persona; casi se podría decir que es Constantino I el Grande quien lo escribe, luego de haberse convertido al cristianismo. Encontrándose enfermo de lepra, los sacerdotes paganos le sugieren bañarse en la sangre de niños para conjurar el mal y recuperar la salud. En la noche previa a la inmolación de los críos, le visitan en sueños dos personas misteriosas que Constantino no tardará en reconocer: los apóstoles Pedro y Pablo. Ambos le conminan a dirigirse al obispo de Roma para que le libre de la lepra. El papa Silvestre le bautiza y el resultado ya lo conocemos: Constantino se cura y abjura del paganismo. Los siguientes son los pasajes que considero más substanciales a los fines del tema que nos ocupa:

  • “Y ordenamos y decretamos que tenga la supremacía sobre las cuatro sedes eminentes de Alejandría, Antioquia, Jerusalén y Constantinopla y sobre todas las otras iglesias de Dios en la Tierra y que el Pontífice reinante sobre la misma y santísima Roma sea el más elevado en grado y primero de todos los sacerdotes de todo el mundo y decida todo lo que sea necesario al culto de Dios y a la firmeza de la fe cristiana”.
  • “Hemos decretado también que nuestro venerable Padre Silvestre, pontífice supremo, así como todos sus sucesores, han de llevar la diadema, es decir la corona de oro purísimo y de piedras preciosas que le hemos concedido, tomándola de nuestra cabeza”. A lo que Silvestre se excusa para tan solo aceptar el phrygium[4].
  • “…y, teniendo la brida de su caballo, le hemos rendido en homenaje al bienaventurado Pedro, el servicio de caballerizo (stratorius officium), prescribiendo que todos sus sucesores se servirán de ese mismo phrygium en las procesiones, a imitación de nuestro imperio”.
  • “También juzgamos oportuno transferir nuestro Imperio y nuestra pujanza soberana a las regiones orientales y construir en la provincia de Bizancio, en el mismo sitio, una ciudad que llevará nuestro nombre y será la capital del Imperio; allí, en efecto, donde el Imperio sacerdotal y la capital de la religión cristiana han sido instaladas por el Emperador de los cielos, no es justo que el emperador terrestre ejerza su poder”.

Así, pues, por medio de lo que después se sabría sería una descarada falsificación, el obispo de Roma exponía indirectamente las pretensiones temporales aprovechando principalmente dos cuestiones: una, que el poder de Bizancio estaba siendo ampliamente cuestionado en Italia por los lombardos y, la otra, que la dinastía carolingia necesitaba del apoyo de un poder espiritual para justificar la deposición de los merovingios, tal como antes lo habían requerido los reyes visigodos para lograr estabilizar el proceso sucesorio en España. Las necesidades de la Iglesia y de los aspirantes a la corona franca se acoplaron magníficamente y el producto resultante aparecería no mucho tiempo después bajo la forma un nuevo orden.

Desde los siglos oscuros hasta la reforma del monje Hildebrando:

Cuando se habla de los siglos oscuros de la Iglesia hay que distinguir a qué ámbito geográfico nos estamos refiriendo y, por tanto, a qué Iglesia estamos haciendo alusión. Una cosa es lo que sucedió entre el año los siglos V y IX en Bizancio y otra, bien distinta, lo que aconteció al otro lado del Mar Adriático. En el ámbito de influencias del Imperio Romano de Oriente, la iglesia oriental siguió fuertemente atada a la figura del emperador, si bien de vez en cuando afrontaba el cimbronazo de nuevas posturas dogmáticas que decantaban luego en herejías, como el monofisismo, el monotelismo y la iconoclasia. La figura del basileus seguía personificando aquí aquello mismo que en el pasado reivindicara Justiniano: la defensa de la fe, la integridad de la Iglesia y la persecución de sus enemigos. Era tal la intromisión del poder secular en la esfera espiritual que tanto el monotelismo como la iconoclasia fueron creaciones resueltas por los emperadores para zanjar las diferencias que habían surgido en el seno de la Iglesia oriental (caso del monotelismo) o plantear dramáticamente la influencia del Islam en el Cristianismo a través de la destrucción de las imágenes sagradas (iconoclasia). En última instancia los soberanos orientales no estaban haciendo otra cosa que ejercer el vicariato de Dios.

En Occidente, entretanto, la situación era radicalmente opuesta. El obispo de Roma, huérfano de un poder eminente desde la caída de Roma en 476, alternaba buenas y malas como un clérigo más entre varias sedes destacadas que habían empezado a disputarle el poder: Sevilla, Toledo y Córdoba, en España (siglo VII) y Lyon y Reims en Francia. Al principio, el paraguas de Bizancio, abierto tras la reconquista de Italia por Justiniano, había servido para llevar algún reconocimiento a los sucesores del trono de San Pedro. Fue una época difícil para los papas signada por el esfuerzo de los visigodos para crear una teocracia al mejor estilo bizantino, donde el rey disponía en la práctica del nombramiento de los obispos. Armado entre Recaredo e Leandro de Sevilla, el programa fue luego continuado, primero por Isidoro de Sevilla y los reyes Sisebuto (612-621) y Sisenando (631-636), segundo por Eugenio de Toledo y los monarcas Chindasvinto (642-653) y Recesvinto (649-672), y, por último, por el obispo Julián de Toledo y los reyes Wamba (672-680) y Ervigio (680-687). El proyecto podría haber conducido al establecimiento de una Iglesia nacional, independiente de Roma, pero la irrupción árabe lo dejó trunco. Tampoco la entrada en escena de los carolingios reportó grandes beneficios excepto poner los bienes y territorios de la Iglesia a buen resguardo frente a las pretensiones universalistas del emperador de Bizancio y a las apetencias de los lombardos: y sin embargo, la convalidación de la nueva dinastía marcaría un antes y un después. Desde entonces los papas pudieron arrogarse la capacidad de traspasar la dignidad real de una familia a otra. No tardarían mucho tiempo en reivindicar también la potestad de coronar emperadores, si bien en el 800 dio más la impresión que Carlomagno convertía en papa a León que éste último a Carlos en emperador. Una cuestión sí se hizo evidente: que con Carlomagno la ideología del nuevo imperio occidental no le iba en zaga al cesaropapismo del imperio oriental, al postular el establecimiento en asuntos eclesiásticos de un clero funcional a la política.

Luis el Piadoso, la regla benedictina y Cluny.

Pero Luis el Piadoso[5] (814-840), hijo de Carlomagno, se ganó su mote más que nada por dar un giro de 180 grados a la política eclesiástica de su padre. Con la asistencia de un polifuncional Benito de Aniane, lograron entre ambos la reforma general del orden monástico, promoviendo la regla benedictina. Dicho en otras palabras, el clero regular volvía a recuperar el papel eminente del culto y la plegaria. Como base de la reforma gregoriana, dónde más se notó el cambio impulsado por Luis fue en el asunto de la libre elección del abad, una cuestión que generó el rechazo de los grandes magnates.

Con Otón I el Grande (962-973)[6], en cambio, la investidura de obispos volvió a tornarse una herramienta política fundamental. El Kirchensystem aseguraba al emperador alemán una serie de beneficios al convertir a los obispos en agentes imperiales en las ciudades, y en condes-obispos en los condados. La ventaja principal en éste último caso era que al morir el obispo-conde, tanto el obispado como el condado revertían automáticamente en el rey. En otras palabras, mediante esta práctica, los emperadores alemanes podían evitar la pulverización de las tierras fiscales que había sido uno de los principales factores en llevar al Imperio carolingio a su desaparición. Por otra parte, los obispos-condes convenientemente manejados eran un factor crucial para influir en los grandes condados de Baviera, Suabia, Franconia y Sajonia e, indirectamente, jugar un papel fundamental en la elección del emperador.

No obstante, tal como antes sucediera con Luis el Piadoso, la Iglesia occidental fue salvada de tanto manipuleo y latrocinio gracias a los laicos fieles a la reforma inaugurada por aquél. Frente al clero secular propuesto y promovido por reyes y emperadores, se presentó la opción del clero regular originada en los monasterios donde la elección del abad aun seguía siendo libre. En Aquitania, el monasterio de Cluny, fundado en 909 por Guillermo el Piadoso, se puso a la cabeza del movimiento y empezó a marcar la tendencia que habría de conducir a la Iglesia directamente a la reforma del siglo XI. Apuntalado sobre una idea original, lo que construye Cluny es un imperio monástico a través de la regla benedictina, donde el abad controla filiales muy lejanas y recibe un caudal incesante de donaciones piadosas. Entretanto, centra todo sus esfuerzos en atacar tres cuestiones que afectaban seriamente a la Iglesia, suscribiendo los siguientes lineamientos:

a-      Tabú de la sangre: los hombres de Dios no podían verse involucrados en derramamientos de sangre, pues las únicas armas permitidas al clérigo solo eran las espirituales.

b-     Tabú del dinero: contra la simonía o compra-venta de cargos religiosos.

c-      Tabú de la carne: contra el nicolaísmo y a favor del celibato sacerdotal.

Los logros de Cluny pueden resumirse así:

  • Abandono de la antigua tradición del laico especialista en la plegaria.
  • Libre elección del abad.
  • Propiedad exclusiva de la tierra en beneficio de san pedro de Roma.
  • Eliminación de la injerencia laica.
  • Supresión de la jurisdicción del ordinario (obispo de Macon).
  • Construcción de un modelo jerárquico-corporativo trans-regional que luego sería copiado por la Iglesia católica.
  • Contribución a los fines de la Paz de Dios y de la Tregua de Dios, movimientos que pugnaban por el respeto de treguas en determinados días de la semana y espacios geográficos específicos.
  • Lucha contra la simonía o compra-venta de cargos religiosos propugnada directamente por el poder feudal e indirectamente por el real e imperial.
  • Condena del matrimonio o concubinato clerical que en el siglo XI se conocería por nicolaísmo.

La situación de la Iglesia en el siglo XI.

Hablar de una Iglesia occidental y otra oriental en las postrimerías del siglo X, no parece correcto desde el punto de vista académico, puesto que salvo por el asunto del patriarca Focio, no se habían aún suscitado cuestiones trascendentales que ameritaran una división en su seno. Y sin embargo, estructural e ideológicamente las iglesias de Roma y Constantinopla corrían por caminos diametralmente opuestos. Si bien es cierto que el cesaropapismo era una práctica común en ambas jurisdicciones ya que las dos estaban firmemente sometidas al poder secular de reyes y emperadores, en Oriente las cosas estaban un poco más claras en cuanto a la función eminente del basileo (emperador) como Vicario de Dios en la Tierra. La cuestión de la doctrina original de las dos espadas nunca llegó a prender con firmeza en los territorios del Imperio Bizantino simplemente por que Italia había sido rápidamente sustraída de su autoridad por los lombardos. Y sin embargo, cuando Roma estuvo bajo la férula de Constantinopla, el papa Gelasio[7] no escatimó modales para reprender a Anastasio, emperador bizantino entre 491 y 518, bajo los siguientes términos:

“Hay dos, augusto emperador, por quienes este mundo es gobernado principalmente: la autoridad sacra del clero y el poder real. De ellos el poder sacerdotal es tanto más importante desde que tiene que dar cuenta de los mismos reyes de los hombres ante el tribunal divino”.

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Europa y el Cercano Oriente en el siglo XI

En Occidente, en cambio, siempre había existido una tensión latente relacionada con la subordinación del clero y especialmente del papado a personas que, aunque rectas o dignas, no eran sacerdotes ordenados. Ya, muy temprano, San Ambrosio, el arzobispo de Milán, había puesto límites a un sorprendido Teodosio, con una certera frase que reflejaba la concepción ideológica de la sede de Roma: “los palacios pertenecen al emperador, las Iglesias, al clero”. Tiempo después, entre los francos, reyes y emperadores terminaron reconociendo la autoridad superior del papa y de los obispos en cuestiones de fe, pero ni ellos ni los monarcas de Inglaterra, España, Noruega, Dinamarca, Polonia, Bohemia, Alemania y Hungría dejaron de dar órdenes a los obispos hasta en cuestiones de doctrina religiosa, como usualmente lo hacían los emperadores bizantinos. Así, pues, con un rey en cada reino y tan solo un emperador frente a tantos obispos entre los que se contaba un primero entre iguales que era el papa, la espada secular y la espada espiritual parecían ser sostenidas por una misma mano, la secular. Para entonces la Iglesia occidental vivía una profunda descentralización que se hacía patente en la debilidad de la figura papal, esparcida en una estructura muy horizontal. Una debilidad que los emperadores alemanes supieron emplear desde Otón I el Grande para reafirmar su derecho imperial de ser los protectores de Roma, como en un tiempo lo habían sido Constantino y sus sucesores. Y fue precisamente la asistencia del poder imperial alemán y la idea prestada por Cluny, de una estructura eclesiástica completamente regular, transregional y verticalista, lo que finalmente rescató al papado de la larga noche medieval.

La reforma gregoriana y sus consecuencias:

El Dictatus Papae, corazón de la reforma gregoriana, fue un manifiesto escrito por el monje Hildebrando (Gregorio VII), que contenía 27 sucintas proposiciones entre las que destacaban:

1-   Que la Iglesia romana fue fundada solo por Dios.

2-   Que solo el pontífice romano puede con derecho ser llamado universal.

3-   Que solo él puede deponer y reponer obispos.

4-   Que en un concilio, sus legados, aún de grado menor, están por encima de todos los obispos y pueden promulgar sentencia de deposición contra ellos.

5-   Que el papa puede deponer a los ausentes.

6-   Que no debiéramos estar en una casa con los excomulgados por él (arma del Interdicto).

7-   Que solo a él le es lícito hacer nuevas leyes, para instituir nuevas congregaciones, instituir una abadía o canonía…

8-   Que solo el Papa puede usar la insignia imperial.

9-   Que solo al papa los príncipes besarán los pies.

10- Que solo su nombre se pronunciará en las Iglesias.

11- Que este es el único nombre en el mundo.

12- Que le estará permitido deponer emperadores.

13- Que le estará permitido transferir obispos si fuera necesario.

14- Que él tiene poder para ordenar un clérigo de cualquier iglesia que quiera.

15- Que quien sea ordenado por él pueda presidir sobre otra iglesia, pero no tendrá una posición subordinada…

16- Que ningún sínodo se llamará general sin su orden.

17- Que ningún capítulo ni libro será considerado canónico sin su autoridad.

18- Que una sentencia promulgada por él no pueda ser retractada por nadie, y que solo él puede derogarla.

19- Que él mismo no puede ser juzgado por nadie.

20- Que nadie se atreverá a condenar a quien apele a la silla apostólica.

21- Que a la silla apostólica se refieran los más importantes casos de la Iglesia.

22- Que la Iglesia romana no ha errado nunca; no errará jamás; las Escrituras así lo atestiguan.

23- Que el pontífice romano, si ha sido canónicamente ordenado, sin duda será santificado por los méritos de San Pedro…

24- Que por su consentimiento pueda ser lícito para los subordinados presentar acusaciones.

25- Que pueda deponer y reinstalar obispos sin reunir un sínodo.

26- Que quien no esté en paz con la iglesia romana no sea considerado católico.

27- Que pueda absolver a los súbditos de su fidelidad respecto de hombres malvados.

Las armas ideológicas expuestas por Gregorio VII tenían como principal objetivo arrebatar el vicariato de Dios en la Tierra al emperador alemán y a su par bizantino, convirtiéndose el papa en la cabeza de un estado teocrático cuyas leyes fueran acatadas y aplicadas universalmente por los poderes terrenales. En otras palabras, reunir bajo su figura el vicariato de Dios, por un lado, y el de Pedro, por el otro. Está claro que Gregorio VII también proclamaba la primacía de la Iglesia de Roma por sobre las demás sedes, exigiéndoles la debida sumisión y la correspondiente obediencia, todo como corolario del Cisma de Oriente (1054).

He de rescatar especialmente los puntos que hacen alusión a lo que se conoce como el vicariato de Pedro: 22 y 23. El estar santificado en la figura de San Pedro significa que el papa es Pedro en la Tierra. De esta manera Gregorio está separando la persona que ocupa el puesto, del cargo mismo. Por lo que la función papal se concibe objetivamente a través del cargo, y subjetivamente a través de la persona o individuo que lo detenta, lo cual explica porqué los actos legislativos de un Papa podían ser válidos aunque la persona que ocupara el trono pontificio fuese un villano.

Nubarrones también en Oriente. Miguel Cerulario.

Oriente, entretanto, no se había quedado atrás en la disputa por el Vicariato de Dios, ya que aquí también patriarca y emperador se disputaban la titularidad de dicho cargo. En la figura de Isaac I Comneno (1057-1059), el estado bizantino había encontrado a la persona indicada para llevar las riendas del Imperio luego de años de descontrol. Pero su irrupción en el poder se produjo irremediablemente justo cuando otra personalidad fuerte manejaba la vida espiritual desde el solio patriarcal: Miguel Cerulario. Aunque aliados al principio por necesidad contra Miguel VI Estratótico, pronto la calma se hizo añicos. El historiador bizantino Miguel Ataliates nos refiere el espeso clima que se vivía en Constantinopla en los primeros meses del reinado del Comneno: “Por aquel tiempo el patriarca, exaltado por el sentimiento de superioridad, creyéndose con más autoridad sobre todo tipo de asuntos de la que correspondía su cargo y confiado en la benevolencia del soberano, en innumerables ocasiones lo reprendía cuando una decisión imperial no le complacía, valiéndose unas veces de actitudes y consejos paternales y, otras, de órdenes insultantes y amenazadoras para oídos desacostumbrados por las alabanzas y las palabras agradables y lisonjeras, de modo que al poco tiempo se enemistó con el emperador, quien acabó por considerar insultante lo que hasta entonces tenía por consejos”.

En este punto cabría preguntarse si la reivindicación del poder temporal hecha por Miguel Cerulario era a título personal o en representación de la Iglesia Oriental en su conjunto. Acorde con las palabras de Ataliates, parece ser que el patriarca apoyaba firmemente la idea de su preeminencia por sobre la del basileo, lo que daría a pensar en una reivindicación del poder temporal al mejor estilo romano. La diferencia con Occidente, sin embargo, consistió en que en Constantinopla los emperadores supieron reducir al díscolo Cerulario y confinarle en el exilio. Mientras que en Roma Gregorio VII y sus sucesores se mantuvieron irreductibles frente a los emperadores alemanes, a quienes finalmente lograron torcer el brazo tras la Querella de las Investiduras.

Conclusión:

Lo paradójico del caso es que las luchas mantenidas a lo largo del tiempo por emperadores y papas, en Occidente, y basileos y patriarcas, en Oriente, terminaron favoreciendo a terceros al restar recursos esenciales a las partes directamente involucradas. Fueron los franceses con el asunto de Avignon los que acabaron cosechando los réditos de la Querella de las Investiduras, en Occidente, mientras que en Oriente los inescrupulosos jefes de la Cuarta Cruzada obligaban al patriarca bizantino a exiliarse en Nicea.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

Fuentes Documentales y bibliografía: 

  • Miguel Psellos, Vida de los Emperadores de Bizancio o Cronografía, Editorial Gredos S.A., 2005, ISBN 84-249-2754-0.
  • Steven Runciman, Historia de las Cruzadas, Vol. I, Alianza Universidad, versión española de Germán Bleiberg, 1980, ISBN 84-206-2059-9.
  • Franz Georg Maier, Bizancio, Siglo Veintiuno Editores, 6ta. Edición, 1983, ISBN (volumen trece) 988-23-0496-2.
  • E. Patlagean, A. Ducellier, C. Asdracha y R. Mantran, Historia de Bizancio, Crítica Barcelona, 2001, ISBN 84-8432-167-3.
  • Warren Treadgold, Breve Historia de Bizancio, Paidós, 2001, ISBN 84-493-1110-1.
  • Carlos Diehl, Grandeza y Servidumbre de Bizancio, Espasa-Calpe SA, Colección Austral, 1963.
  • John Julius Norwich, Breve Historia de Bizancio, Cátedra Historia Serie Mayor, 1997, ISBN 84-376-1819-3.
  • Claude Cahen, El Islam, desde los orígenes hasta los comienzos del Imperio Otomano, Editorial Siglo Veintiuno, 1975, ISBN 83-323-0020-9
  • Joseph M. Walker, Historia de Bizancio, Edimat Libros S.A., ISBN 84-9764-502-2.
  • Emilio Cabrera, Historia de Bizancio, Ariel Historia, 1998, ISBN 84-344-6599-X.
  • Georg Ostrogorsky, Historia del Estado Bizantino, Akal Editor, 1984.
  • Alexander A. Vasiliev, Historia del Imperio Bizantino, Libro dot.com, versión digital.
  • Norman H. Baynes, El Imperio Bizantino, Breviarios, Fondo de Cultura Económica, 1974.
  • Roberto Zapata Rodríguez, “Italia Bizantina, Historia de la Segunda Dominación Bizantina en Italia, 867-1071”, Asociación Cultura Hispano-Helénica, versión revisada por Eva Latorre Broto, 2007, ISBN 9788487724022.
  • Salvador Claramunt, Las Claves del Imperio Bizantino 395-1453, Universidad de Barcelona, 1992, ISBN 84-320-9227-4.
  • Santiago Montero, Gonzalo Bravo y Jorge Martinez-Pinna, El Imperio Romano, Visor Libros, ISBN 84-7522-497-0, España.
  • Adelina Rucquoi, Historia medieval de la Península Ibérica, México, Colegio de Michoacán, 2000, págs. 37-72, ISBN: 970-679-040-3.
  • Robert Fossier, La Edad Media, Editorial Crítica (Grupo editorial Grijalbo), Barcelona.

[1] Emperador bizantino entre 527 y 565.

[2] Hijo y sucesor de Leovigildo y rey de los visigodos entre 586 y 601, abjuró del arrianismo a favor del catolicismo hacia el año 589.

[3] Recopilación de las leyes visigodas en el ámbito de la península Ibérica y sur de Francia (territorios originales del reino visigodo).

[4] Especie de tiara.

[5] También conocido por el nombre de Ludovico Pío.

[6] Hijo del duque de Sajonia y rey de Francia oriental, Enrique I el Pajarero.

[7] Papa entre los años 492 y 496, Gelasio fue uno de los más firmes defensores de la primacía de Roma sobre las sedes patriarcales de Oriente.

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