IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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Armenia: transmutación y supervivencia. Final.

Posted by Guilhem en septiembre 19, 2011

Armenia: Un caso de transmutación y supervivencia.

Extracto: El presente trabajo describe el proceso a partir del cual una simple confederación de tribus llegó a construir una entidad política independiente conocida como reino de Armenia. El estado de Urartu, las migraciones cimerias, el advenimiento de los persas, el primer período de independencia, la amenaza de los partos, Tigranes II el Grande, Pompeyo, Marco Antonio, el predominio de los Sasánidas, mazdeísmo y cristianismo, la conversión al cristianismo, y Persarmenia son algunos de los temas tratados en “Historia de Armenia: un caso de transmutación y supervivencia”.

Tercera Parte (final).

Capítulo 11: El Imperio Romano y sus territorios orientales (siglo I d.C.).

Augusto y sus sucesores.

Tras la aventura de Tiberio en Armenia se hizo evidente que a Augusto le interesaba más conservar tal territorio como una estado cliente sometido a vasallaje, que convertirlo en provincia romana, con todo el cargo en materiales y recursos humanos que ello implicaba. Así, pues, la existencia del reino armenio transcurrió hasta el final de la dinastía de los artáxidas, con sobresaltos recurrentes en el orden interno, motivados por los continuos desplantes dinásticos que la mayoría de las veces tenían su origen en la intromisión de Partia[1].

En el año 14 d.C., Augusto fue sucedido por Tiberio[2], ya que sus dos nietos, Lucio y Cayo César, habían muerto en el 2 y 4 d.C. respectivamente. La ascensión del nuevo emperador se produjo poco después de un recambio dinástico en el reino parto, que tuvo lugar en el 11 d.C., cuando Artabán III destronó al hijo de Fraates IV, Vonon o Vonones. Amigo de Augusto y educado durante su juventud en Roma, éste último había sido un soberano que se había preocupado por mantener las buenas relaciones con el Imperio. Pero Artabán III no solo puso fin a la política de Vonones[3], sino que inclusive, alentado por la popularidad que gozaba entre algunos referentes de la nobleza armenia, se decidió a conquistar a sus vecinos del norte, objetivo que logró a medias en el 17 a.C.

La nueva alteración del orden subyacente desde que Tiberio y Augusto se apersonaran simultáneamente en el 22 a.C. en Oriente, alarmó a Tiberio y le obligó a replantearse el sistema de organización política de reinos clientes vasallos (aquélla vieja idea que pusiera en práctica Marco Antonio). Su primera movida fue adueñarse del reino de Capadocia y del pequeño estado semi-independiente que subsistía en la Commagene, lo que pudo llevar adelante con la ayuda de Germánico[4].

 En el año 18 d.C., Germánico se presentó en Armenia para restablecer la hegemonía romana en la región. Su candidato era Zenón (o Artashes III), hijo de Polemon, rey cliente del Ponto y de Pitidoris, a quién no tuvo problemas en colocar en el trono. Zenón (18-34 d.C.) había sido educado acorde con las tradiciones y costumbres orientales, y pronto se ganó el favor del pueblo. Su reinado de dieciséis años trajo de nuevo la paz a Armenia, hecho que no pasó desapercibido para sus súbditos. El que inmediatamente le llamaran Artashes III, en lugar de Zenón, viene a demostrar que su popularidad era tan grande que los armenios le habían adoptado como a uno de los suyos.

A la muerte de Artashes III, los partos, dirigidos por Artabán, volvieron a remontar el Eúfrates y colocaron en su lugar a Arshak I, lo que ocasionó una nueva intervención de los romanos. En 35 d.C., fue enviado a la región el legado de Siria, Vitelio, quién, a cambio del reconocimiento de Artabán III como rey de Partia, consiguió el desplazamiento de Arshak I en favor de Mitrídates (35-37 y 47-51). La vuelta de Armenia al redil de reinos clientes de Roma fue uno de los últimos éxitos de Tiberio, que murió poco tiempo después. Pero no fue afortunada para Armenia la exaltación de Mitrídates, cuya autoridad procedía del reino de Kartli o Iberia (Georgia) y, por obra de Vitelio, se insertaba en la capital armenia de Artaxata o Artashat. Las devastaciones que debieron sufrir los armenios a causa de la crueldad de este tirano, terminaron cuando su nieto, Radamizd o Hradamizd (51-53), merced a un complot, consiguió adueñarse del trono y coronarse en Artaxata.

Tras la muerte de Tiberio en el 37 d.C., la política que hasta entonces había imperado respecto a la organización y administración de los territorios orientales, sufrió un nuevo cambio. Con Calígula (37- 41) se impuso de nuevo la modalidad de colocar a príncipes orientales al frente de los reinos que aún subsistían como estados clientes de Roma, y, en algunos casos, se llegaron a crear nuevos para satisfacer la oferta de candidatos. Bajo esta directriz, Rhoemetalces III se hizo cargo de Tracia, Cotyz, de Armenia Menor, Antíoco IV de la Commagene y Polemo del Ponto, mientras que Mitrídates era confirmado en Armenia, aunque por un breve lapso[5].

En el 52 d.C. los partos aprovecharon el descontento ocasionado por la rapiña y los malos gobiernos de los reyes iberos Mitrídates y Radamizd para, por enésima vez, intentar reemplazar a Roma en el liderazgo sobre Armenia. Radamizd fue sustituido por un parto, llamado Trdat I (52-59 y 66-75), que era hermano del rey Vologeses o Valarses I de Partia. Una arremetida de Radamizd, que tuvo lugar al año siguiente, casi le hizo perder a Tirídates el trono, pero la ayuda oportuna de la extenuada población armenia hizo posible expulsar al ex monarca hacia el Norte.

La ascensión de los armenio-arsácidas.

Con Trdat I se inició en Armenia una nueva dinastía, de ascendencia irania, que estaba respaldada por la familia real parta de los Phalavid (50-90). Para ese entonces, el reino armenio de Artaxata era una especie de dique de contención frente a los intentos del Oriente parto por avanzar hacia los territorios romanos de Asia Menor. Cada vez que la corte de ese reino era zamarreada como un avispero en procura del apoyo necesario para entronizar un nuevo soberano, en Roma sonaba la alarma. Y en el 53 d.C., el timbre sonó realmente fuerte.

Los romanos (Nerón muy pocas veces mostró algún interés por la política exterior de su Imperio) comisionaron al legado Domicio Corbulón la ardua tarea de recuperar la iniciativa en los territorios de Artaxata. No iba a ser una empresa fácil, puesto que Trdat contaba con el apoyo irrestricto de su hermano Vologeses. Con todo, Corbulón, como la mayoría de los gobernadores imperiales de su tiempo, era una persona capaz y obstinada. Disponía de las tres legiones acantonadas en la provincia de Siria para acometer su misión. En el año 58, aprovechando que Vologeses estaba combatiendo en la frontera oriental de su reino, el legado romano invadió Armenia, expulsó a Trdat y convirtió al reino nuevamente en provincia romana. La incursión de castigo fue realmente brutal; durante su transcurso, el general romano prendió fuego a los suburbios de la capital armenia y toda la ciudad ardió hasta quedar en ruinas. Conquistada luego Tigranocerta, Cesennio Peto fue puesto al frente de la administración provincial, pero en el año 65, Vologeses le expulsó, restableciendo en el trono a su hermano.

Correspondió una vez más a Domicio Corbulón la tarea de regresar a Armenia con sus legiones a fin de salvar los laureles para Roma. Sin embargo, en esta ocasión, el asunto se resolvió diplomáticamente, cuando Trdat I accedió a deponer su corona y desplazarse a Italia para recibir la diadema en la propia Roma, de manos de Nerón. Regresó poco después a Armenia como rey cliente de Roma, llamándose ahora Tirídates[6]. Entretanto, mandaba a reconstruir a Artaxata, que en adelante se llamaría Neronia en honor del emperador. En lo que restaría de su reinado, Tirídates gobernaría en paz, asegurando con ello un período de calma entre las dos potencias vecinas, que se extendería a lo largo de los siguientes diez años (pese al suicidio de Nerón en el 68 d.C.). A excepción de una salvaje incursión de los alanos, en concurso con otras tribus del Cáucaso, ya nada perturbaría su reinado hasta el 75 d.C., fecha de su muerte.

Capítulo 12: Armenia en el siglo II d.C.

Campo de batalla entre Trajano y Cosroes II.

Cuando Trajano ascendió al trono en el 98 d.C., la administración del Imperio Romano recayó ante todo en las manos de un soldado. Bajo su reinado, fueron incorporados Dacia y el antiguo reino Nabateo, aunque, como de costumbre, la lucha más onerosa y extenuante tuvo lugar en Mesopotamia septentrional y Armenia. Siempre expectantes ante cualquier perspectiva de debilitamiento de los odiados romanos, los partos hallaron la ocasión de recuperar su protagonismo en Armenia, al término de las guerras dácicas de Trajano. Entonces, el desgaste provocado por las dos campañas del emperador contra Decébalo, aunque se había visto largamente compensado con ingentes botines y esclavos, había determinado un cierto relajamiento de la presencia latina en el Cercano Oriente. Cosroes II, el rey de Partia, aprovechó pues la ocasión para volver a alterar el devenir dinástico de Armenia, al colocar a uno de sus sobrinos al frente del reino. Sugestivamente, ni siquiera se detuvo a considerar todos los tratados firmados en tiempos de Tirídates, según los cuales, la región era reconocida por los partos como un estado cliente de Roma.

Lo que no tuvo en cuenta Cosroes al desconocer la autoridad de Roma sobre Armenia, era que Trajano estaba buscando una excusa para terminar de una vez por todas con el sistema de estados vasallos, que databa de los días de Marco Antonio. Ciertamente, dicho sistema había cumplido su función en los tiempos subsiguientes a su implementación, cuando Roma aún andaba a tientas en Macedonia, Egipto y el Asia Menor, como consecuencia de que sus mejores soldados habían sido reservados para la destrucción de Cartago, primero, y el sometimiento de la Galia, después. Hacia finales del siglo I, tal esquema se había vuelto obsoleto. Roma estaba ya en condiciones de vigilar sus conquistas por sí misma y Trajano se había percatado de ello. Así que, cuando los partos volvieron grupas hacia el Norte, el emperador encontró el pretexto ideal para liquidar el asunto de la vieja organización de los territorios orientales.

En el momento en que Trajano inició la campaña estaba claro que su objetivo era establecer la frontera sobre el límite natural fijado por el cauce del río Tigris. Para ello puso en movimiento a once legiones y comisionó a sus mejores generales para asegurarse el éxito de la empresa. Armenia fue invadida en el 114 y los partos no consiguieron evitar la destitución de Phatamasiris (113-114). Tampoco lograron impedir que los romanos se apoderaran sucesivamente de Asiria y Mesopotamia. Para el 115, Armenia había sido transformada en provincia romana y la línea divisoria entre el Imperio y el reino de Partia había sido establecida sobre una línea imaginaria que pasaba por las ciudades de Singara y Dura Europos.

Una contraofensiva parta en el 116, lanzada por Cosroes en persona, impidió la consolidación de la nueva frontera. Una vez más Trajano debió exigirse al máximo para evitar que sus conquistas en Mesopotamia y Armenia se perdieran ante los partos. La primera pudo ser conservada gracias a los esfuerzos de Lucio Quieto, mientras que la segunda se logró mantener con el concurso de Catilio Severo. Trajano, entretanto, obtenía una de sus últimas victorias, persiguiendo a los partos más allá del Kabur. Poco tiempo después, aquejado por problemas de salud, tomaba el camino de regreso hacia Occidente, para morir en Cilicia a los sesenta y dos años de edad.  Su sucesor, Adriano (117-138), sin las virtudes castrenses de Trajano, abandonaría poco tiempo después todas las anexiones realizadas entre 116 y 117, más allá del Eúfrates. Dejando sin efecto las disposiciones de su antecesor, el nuevo emperador volvió a permitir que los armenios eligieran a su propio rey, con lo que las fronteras se retrotrajeron hasta la Commagene y Capadocia, siguiendo el curso de agua de aquel río, desde Dura Europos hasta Satala y Teodosiópolis (Erzurum)[7].

Armenia y su entorno en tiempos de Marco Aurelio (161-180).

Antonino Pío (138-161), el sucesor de Adriano, logró en base a su prestigio, mantener el statu quo en las fronteras eufráticas hasta el final de su reinado. Inmediatamente después de su muerte, los partos se sintieron lo suficientemente fuertes como para enfrentar al Imperio Romano en dos frentes de manera simultánea. Uno de sus ejércitos, comandado por el propio rey, subió hasta Armenia y puso fin al reinado de Sohemus[8], reemplazándole por Pacoros, mientras que otra fuerza, vadeando el Eúfrates entre Hierápolis y Sura, invadía la provincia de Siria y derrotaba a su gobernador, Attidio Corneliano.

Correspondió, pues, a Marco Aurelio (Annio Vero) buscar una solución para la grave situación que se había planteado en Siria y Armenia. Preocupado por la invasión de los catos a Germania Superior, Marco Aurelio juzgó prudente no desplazarse personalmente a Oriente, sino encargar la tarea a sus mejores generales a fin de llevar adelante la campaña de castigo contra los partos. La misma fue dividida en dos etapas: en primera instancia debía recuperarse Armenia y restablecerse el orden en Siria. Una vez conseguido tal objetivo, se proponía una meta más audaz, que consistía en marchar contra el propio corazón del territorio parto, algo que ninguno de los emperadores anteriores se había atrevido a llevar a cabo.

En el 162, Julio Severo, Estacio Prisco, Avidio Cassio, Helvio Pertinax[9], Marcio Vero y Poncio Leliano, algunos de los mejores colaboradores de Marco Aurelio, fueron asignados bajo el mando de Lucio Vero, sobre quién recayó la pesada responsabilidad de dirigir la guerra contra Vologese III. A los ejércitos de Oriente se les añadieron algunas legiones procedentes de Mesia, Panonia y Germania Inferior. Aquel mismo año, el nuevo legado de Capadocia, Estacio Prisco, atacó a Pacoros en Armenia, y llegó hasta la capital, Artaxata, que fue saqueada y destruida. Sohemus, restablecido en el trono, gobernaría ininterrumpidamente el país durante los siguientes veinte años, en calidad de rey cliente.

La captura de la capital armenia fue la señal que esperaba Avidio Cassio para dar comienzo a la invasión del reino parto (163). Sus legiones dejaron la Commagene y, cruzando el Eúfrates, invadieron Osrogena, que rápidamente fue abandonada por los partos y convertida en un estado vasallo. A continuación, el hábil legado sorprendió en Dura Europos a una fuerza enemiga de socorro, a la que venció sin atenuantes. La victoria abrió a los romanos las puertas de Mesopotamia meridional y Media, adonde se hallaban las dos capitales partas: la vieja ciudad de Seleucia, a orillas del Tigris, y Ctesifonte. Avidio Cassio marchó contra ellas y no tuvo inconvenientes en someterlas, obligando a los partos a solicitar la paz, que fue finalmente firmada en 166. Como premio, Marco Aurelio concedió a su exitoso general el gobierno de todas las provincias orientales[10].

Las campañas de Marco Aurelio en Armenia y Mesopotamia devolvieron la paz a la región. Desde entonces, el emperador manejó los asuntos en Oriente, a través de una diplomacia mesurada, recibiendo las embajadas partas y apoyando la posición de Sohemus, en Armenia, cuya situación volvió a estar amenazada en el 172, aunque el legado de Capadocia, Marcio Vero, se ocupó de sostenerle en el poder. La segunda mitad del siglo II, aún a pesar de Cómodo (180-192) y de sus sucesores Pértinax (193) y Didio Juliano (193), asistiría a la afirmación del predominio romano en Armenia y el Cercano Oriente. Pero no sería la persistencia de los estandartes imperiales lo que en definitiva haría de los armenios el escudo oriental de Europa frente al siempre indócil Oriente maniqueo y posteriormente musulmán: el cristianismo había empezado a echar raíces en las viejas tierras de Urartu y por extraño que parezca, llegaría a convertirse en religión oficial en el siglo siguiente, no obstante el abandono de Roma y la ascensión de los persas sasánidas.

Capítulo 13: el predominio de los sasánidas.

Los últimos años del reino parto.

En muy raras ocasiones los enfrentamientos entre romanos y partos amagaron esquivar las montañas y valles de Armenia, sin finalmente llegar a producir alguna herida de consideración (léase conquista, vasallaje o imposición de un rey títere) en sus territorios. Tras Marco Aurelio y muy probablemente como secuela de sus campañas punitivas contra el corazón de los dominios partos, se sucedió una década de paz en la región que tuvo como principales consecuencias un intercambio comercial más fluido y una mayor dependencia del reino armenio respecto del Imperio Romano. No obstante, el recrudecimiento de la amenaza oriental sobre las provincias eufráticas romanas volvió a demostrar en tiempos de Septimio Severo (193-211) que los partos siempre aprovechaban los entuertos dinásticos, las usurpaciones y los asesinatos de emperadores para disputar la supremacía a Roma.  En el año 193, el imperio tuvo cinco emperadores, tres de los cuales llegaron a reinar simultáneamente[11]. Las guerras civiles que se sucedieron para liquidar el asunto de la sucesión llevaron al rey parto Artabán, a tomar partido por Pescenio Níger (193-194). Este, que originalmente había sido miembro del senado romano, se había hecho popular entre las legiones acuarteladas en Egipto, Palestina, Arabia, Capadocia y Siria, donde se desempeñaba como legado desde el 191. Tras su causa, además del monarca parto, se enfilaron numerosos reyezuelos clientes de Roma, entre los cuales se encontraban Cosroe o Khosrov I (190-216) de Armenia, y sus colegas de Osrogena y Adiabena.

La cruenta lucha que terminó con la derrota de Níger en Issos (abril de 194) y con el castigo de todos aquéllos que le habían apoyado, trajo un poco de calma a Oriente, mas no a Occidente, donde el césar Clodio Albino, había sido proclamado emperador por las legiones de Britania. Cuando por fin el Imperio, a fuerza de sangrientas batallas y feroces represalias, reconoció como único soberano a Septimio Severo (febrero de 197), el camino estaba despejado para una nueva ronda revanchista frente a los partos.

Como se ha mencionado, el lapso de tiempo que va desde el asesinato de Helvio Pertinax (28 de marzo de 193) al suicidio de Clodio Albino, fue aprovechado por los partos primero, para tomar partido por uno de los emperadores y, segundo, para reforzar su presencia al norte de Hatra y Singara. Durante sus campañas de castigo contra Vologese IV (Artabán), Septimio Severo pudo aplicar todo el peso de sus reformas castrenses, que incluían la ampliación del número de efectivos de las cohortes auxiliares y las alas de caballería. En primera instancia, el emperador obligó a los partos a levantar el asedio de Nisibe, tras lo cual los expulsó hasta una línea imaginaria que iba desde Singara hasta Dura Europos. Las legiones alcanzaron, durante el transcurso de la campaña las ciudades mesopotámicas de Seleucia y Babilonia y no se detuvieron hasta saquear la capital parta de Ctesifonte. En su camino de regreso, Septimio Severo reforzó la presencia romana en la zona, creando la provincia de Mesopotamia (199).

La suerte de Armenia, entretanto, había estado pendiente del desenlace de la lucha entre las dos grandes potencias. Khosrov I, que se había dado cuenta de antemano qué candidato contaba con las mejores posibilidades, salió presto a entrevistarse con Septimio Severo, a quién encontró sitiando la fortaleza de Hatra. Allí hizo acto de sumisión, al mismo tiempo que le ofrecía ayuda militar, auxiliares de caballería, para su próxima expedición contra Ctesifonte. Una actitud consecuente mantuvo con el hijo y sucesor de aquél, Caracalla[12] o Marco Aurelio Antonino (211-217), quien estableció su base de operaciones en Antioquia para una nueva campaña que tenía pensado realizar en Mesopotamia central. Hacia el 215, Caracalla se presentó en la ciudad de Edesa, capital del reino de Osrogena, y tomó prisionero a su rey, Abgar. Luego, mandó a llamar a Khosrov y a su hijo, que mantenían serias disputas a causa del trono armenio, utilizando como excusa su intención de ofrecerse como mediador de la reyerta. Pero cuando la familia real armenia se apersonó en su cuartel, Caracalla les tomó de rehenes, decidido a llevarles consigo en su regreso a Roma. Los súbditos de Khosrov reaccionaron sublevándose contra los romanos, por lo que Caracalla decidió liquidar el pleito mediante el envío de una numerosa fuerza, que puso bajo el mando de Teócrito. Pero la incursión acabó en desastre. Teócrito fue derrotado y tuvo que retroceder hasta Siria, adonde le esperaba Caracalla y toda su iracundia.

Al año siguiente, el emperador, que vivía deslumbrado por el recuerdo de Alejandro Magno, volvió a aparecer en Antioquia, desde donde despachó emisarios hacia Mesopotamia. Sus embajadores, que debían entrevistarse con el monarca parto, Artabán IV y solicitarle la mano de su hija, fueron todos desairados. Furioso, Caracalla invadió Partia y tomó Arbellas, saqueando todo lo que halló a su paso. Su asesinato, poco tiempo después (abril de 217), no pudo impedir, sin embargo, que el rey armenio muriera en prisión.

La ascensión de los Sasánidas.

Las victoriosas guerras contra los partos, dirigidas por Marco Aurelio, Septimio Severo y Caracalla llevaron el poder romano más allá del Tigris y permitieron a las legiones plantar sus estandartes en Ctesifonte al menos tres veces en menos de medio siglo. Considerando la fortaleza de Partia en los tiempos subsiguientes a Pompeyo, no era poca cosa. Sin embargo, la decidida superioridad de las armas romanas minó la cohesión de dicho reino y lo hirió de muerte. Cierto es que hacía largo tiempo que los romanos habían dejado de considerar al estado parto como una amenaza, especialmente tras las campañas de Trajano. Pero en ningún momento, los emperadores que sucedieron a éste llegaron a pensar seriamente en la anexión de sus satrapías, cuyo valor estratégico para los romanos era similar al que ostentaba Armenia frente al propio enemigo parto y caucásico: servir de estado tapón frente a la incógnita que representaban los pueblos y países del otro lado de la meseta irania. Tal incógnita no tardaría, sin embargo, en desvelarse.

Cuando Macrino (217-218) sucedió a Caracalla se produjo un cambio en la política oriental romana respecto a sus vecinos de Armenia y Partia, quizá motivado en una presunción cada vez más realista de lo que la debacle definitiva de éste último estado podía significar a mediano plazo. Se firmó la paz con los partos, a quienes se les impuso como condición el pago de una indemnización en monetario y, en relación con los armenios, se reconocieron los derechos al trono de Tradt II o Khosrov II el Grande (216-238)[13], lo que supuso una actitud más condescendiente de sus súbditos respecto de Roma. La llegada a territorio armenio de numerosas familias nobles procedentes de la región de Bactriana, algunos emparentados con la casa real de la zona, y otros con familias de notables guerreros[14], es un indicio de que hacia el 218, las satrapías partas ubicadas al Este del Tigris estaban en un proceso de franca efervescencia.

Las causas de la rebelión que se estaba incubando en aquéllas latitudes es aún hoy motivo de discusión. Según precisa una tradición, hacia la época en que Caracalla se aprestaba para marchar sobre Arbellas, un poderoso feudatario llamado Papak[15] se había rebelado contra el rey parto Artabán V, apoderándose del trono. En esta primera etapa de la revuelta, el movimiento no llegó a poner en entredicho la existencia de Partia. Y, cuando a la muerte de Papak, sus dos hijos, Shapur y Artajerjes (Ardashir), empezaron a disputarse la herencia, pareció que los partos iban a zafar del duro trance. Fue una mera ilusión. Muy pronto, Artajerjes consiguió prevalecer y, con el apoyo del rey de los medos, empezó a extender su autoridad hacia el Este, a costa de los territorios de sus antiguos señores.

Decidido a aplastar a los revoltosos, Artabán V realizó una desesperada leva[16] y, arañando hombres de aquí y allá, salió al encuentro de Artajerjes. La suerte no le fue propicia en los dos primeros enfrentamientos, pues fue batido fácilmente y obligado a entregar las principales ciudades. Luego, en una fecha entre el 224 y el 226, Artajerjes lo venció definitivamente, aunque la resistencia continuó bajo la égida de su hijo Atavasde, quien sería a la postre el último soberano parto. Hacia el 227, casi toda Mesopotamia había caído irremediablemente en manos de los persas y los últimos seguidores de Atavasde, refugiados en las montañas, eran casados como animales para impedir cualquier intento ulterior de reinstalar la estirpe de los arsácidas. Muy pocos sino un puñado, conseguirían llegar sanos y salvos a Armenia.

El establecimiento de la dinastía de los persas sasánidas[17] en los antiguos territorios de Partia no pasó desapercibido para los gobernadores romanos de la región ni para los reyes clientes que dependían del emperador. Para ese entonces, el Imperio Romano estaba siendo gobernado por Alejandro Severo (222-235), primo y sucesor de Heliogábalo (218-222), el vencedor de Macrino. Alejandro es reconocido por los cronistas de su época como una persona responsable, con alto sentido del deber y portador de un idealismo capaz de opacar al demostrado en su momento por Marco Aurelio. Pero desafortunadamente, Alejandro no poseía las dotes militares de éste último. De modo que cuando los sasánidas expulsaron de sus tierras a los arsácidas y remataron el asunto imponiendo un régimen fuertemente centralizado, a contramano de las tendencias vasalláticas preferidas por sus antecesores, la figura de un estado poderoso fue tomando forma. Artajerjes, invocando un supuesto parentesco con la familia de Ciro el Grande (aqueménidas), adoptó el título de “rey de reyes”. Los romanos captaron el mensaje instantáneamente: los persas reasumían sus derechos sobre las viejas provincias de Darío: Siria, Mesopotamia y el Asia Menor, lo que en la práctica significaba la guerra. Y como sucediera anteriormente con los partos, Armenia volvería a ser el campo de batalla propicio para el enfrentamiento de los colosos.

Capítulo 14: los Sasánidas como catalizadores de la conversión de Armenia al cristianismo.

Mazdeísmo en Oriente, Cristianismo en Occidente.

La formación de un nuevo estado iranio sobre las ruinas del anterior reino parto ocasionó numerosos cambios en el mapa político y religioso del Cercano y Medio Oriente. Los partos, aunque iranios, habían sido un pueblo cuya organización política había recogido numerosos elementos de los viejos imperios de la Antigüedad y, en ciertos aspectos, habían heredado más defectos que virtudes en ese proceso. Comparado con el estado aqueménida, por ejemplo, mostraba mayores imperfecciones en las relaciones de poder de su estructura piramidal. El rey muchas veces era elegido de entre una nutrida tropa de pretendientes al trono[18], emparentados directa o indirectamente con la dinastía de los arsácidas. Y una vez ungido, sus decisiones estaban condicionadas a la revisión de una comisión de notables. Por otra parte, el estado de los arsácidas había imitado el modelo romano en lugar del aqueménida, en relación con la administración burocrática de los estados vasallos.  Partia tenía reyes clientes en sus fronteras orientales (Media, Bactriana, Persia, etc.), tal como los romanos los tenían en sus limes eufráticos y sirios (Armenia, Osrogena, el Reino de los Nabateos, Iberia, Capadocia, Ponto, etc.). En esa estructura burocrática enmarcada en lazos de complacencia hacia los reyes clientes, se ocultaban dos realidades innegables:

  • La incapacidad militar para sojuzgar los territorios pertenecientes al estado vasallo y para retenerlos luego de manera permanente.
  • La necesidad de rodearse de franjas de tierra para disponerlas de manera concéntrica, con fines defensivos.

El advenimiento de los sasánidas vino a romper con el molde: la nueva dinastía impuso inmediatamente una rigurosa burocracia centralizada que, además de no admitir la existencia de reinos clientes, perseguía en última instancia evitar la disgregación de la autoridad real en manos de las fuerzas feudales que habían acometido al estado parto en sus últimos años de vida. Pero además, Artajerjes supo acompañar estos cambios administrativos con una política religiosa que perseguía la unificación de las tradiciones en torno a la compilación de las creencias dogmáticas, labor que se conoció como el Avesta. Adoptando al mazdeísmo como credo oficial, los persas sasánidas se anticipaban a los romanos de Constantino I el Grande (adopción del Cristianismo como religión oficial de Roma), en aproximadamente cien años. De una manera práctica, evitaron así el afloramiento de períodos de persecuciones religiosas con el consecuente ahorro en recursos humanos y materiales, problema que en cambio aquejaría al Imperio Romano a lo largo de la segunda mitad del siglo III y hasta bastante entrado el IV.

Las primeras reacciones que generó el poder expansivo de la “onda persa” en el bando romano fueron sorpresa y escozor: la creencia de un statu quo establecido a la medida de Roma, según la cual Oriente podía manejarse a través de la debilidad de los partos y la manipulación de los reyes clientes, se hizo añicos. Los romanos, con la boca abierta y sin poder reaccionar, contemplaron azorados cómo la ofensiva expansionista de los sasánidas se les echaba encima. Artajerjes, ahora “rey de reyes”, proclamando un supuesto parentesco con los aqueménidas, conquistó rápidamente Mesopotamia, lo que dejó a su vanguardia de cara a los puestos fronterizos romanos en Siria. Pero también colocó a los persas en el umbral de Armenia, principalmente porque hacia dicho país habían huido los últimos supervivientes arsácidas en busca del asilo de sus parientes lejanos de la nobleza armenia. Como había que eliminarles, el desafío que se les presentaba a los persas era conquistar dicho reino para poder pillar a los fugitivos, cosa que traía aparejado un riesgo enorme: el avance por las mesetas ubicadas entre los lagos Urmia, Van y Sevan podría ser considerado por Roma como una provocación para ir a la guerra.

La conversión de Armenia al cristianismo: entre la leyenda, el folklore y la tradición.

Si existen relatos apasionantes que la Historia ha adoptado para completar algunas lagunas en sus páginas, el de la conversión de Armenia es uno de ellos. Y es que la conversión del país al cristianismo se produjo en gran medida como consecuencia del advenimiento de los sasánidas, cuando lo lógico hubiera sido la exaltación de la religión que pregonaban los monjes persas. Si bien es cierto que, bajo Artajerjes y sus sucesores, el mazdeísmo (luego maniqueísmo[19]) extendió su órbita de influencias hasta el Cáucaso, no es menos cierto que para la misma época, la labor apostólica de algunos personajes como Tadeo (siglo II d.C.) y Bartolomé (siglo I)[20] ya había despertado las simpatías de numerosos habitantes armenios por la fe cristiana. La irrupción del mazdeísmo con una fuerza similar a la de las victoriosas armas persas causó en Armenia la destrucción de templos y sendas persecuciones, con la consecuente pérdida o distorsión de fuentes directas (testimonios) e indirectas (monumentos)[21].

Así, pues, moviéndonos entre la leyenda, el folklore y la tradición, amén de ciertas fuentes que amagan no llegar a coincidir nunca, parece ser que la irrupción sasánida en los viejos dominios de Partia ocasionó el desbande de los últimos arsácidas. Algunos, entre ellos uno llamado Anac, corrieron por su vida y buscaron refugio bien al Norte, en tierras armenias. Allí les acogió favorablemente Trdat II, que poco tiempo después, caería a causa de un complot dirigido por Anac. En su lecho de muerte, el moribundo rey aún tendría tiempo para sentenciar a todos los conspiradores, entre ellos a aquél y a toda su familia. Es en este punto a donde empiezan a discrepar las fuentes: algunas aseveran que un tal Gregorio, hijo de Anac, consiguió huir en dirección al Asia Menor. Otras, en cambio, identifican a Gregorio como un miembro de una familia noble de Bactriana que había emigrado a Capadocia. Y un tercer grupo aporta mayor confusión, sosteniendo que el monarca asesinado por Anac no era Trdat II sino su hermano Cosroe o Khosrov II el Grande[22].

Haciéndonos eco de la versión más popular, diremos pues que Gregorio se refugió en Cesarea, adonde se convirtió al cristianismo, tras casarse con la hija de un noble armenio. Habiéndose separado tiempo después, decidió adoptar un estilo de vida monástico, dedicándose al sacerdocio. Dejó Capadocia, sin embargo, para afincarse en Armenia, con la intención de pagar el crimen de su padre: la penitencia que escogió fue, precisamente, la evangelización de los armenios.

Entretanto, los persas habían aprovechado la muerte del rey Trdat II (o Cosroe el grande), para invadir el país (238). Previamente, los romanos habían intentado oponérseles en tiempos de Alejandro Severo, pero una combinación de derrotas y pestes habían echado por la borda todos sus intentos. Una nueva campaña persa en el 241, dirigida por Sapor I, volvió a complicar el frente oriental, obligando al emperador Gordiano III a comisionar a su mejor general, Timesiteo, para defender Siria y la Osrogena. Pero la muerte de éste último y el ulterior asesinato de Gordiano, obligaron a Filipo el Árabe (244-249), a pedir la paz, objetivo que se logró alcanzar luego de comprometer el pago de un tributo de 500.000 aúreos y de renunciar a los derechos sobre el estado cliente de Armenia.

En uno de los tantos intentos romanos por restablecer el anterior orden de cosas a cado lado del Eúfrates es que Trdat III, hijo de Trdat II (aquél que fuera asesinado por Anac), consiguió entrar en Armenia[23]. Tras él, y sin saberlo, también lo hizo Gregorio, el hijo del asesino de su padre. La rebelión de los armenios, alentada por Tradt III, tuvo sus frutos cuando los persas dieron por terminada la ocupación del país y se replegaron hacia Mesopotamia[24]. En el ínterin, mientras tanto, Gregorio, que había acompañado a Trdat III en la empresa de sublevar al país, fue encadenado y arrojado a prisión por negarse a hacer sacrificios en un santuario pagano de la aldea de Eriza (Erzincan). En esas circunstancias fue cuando su verdadera identidad llegó a oídos del rey, quien no dudó un instante en hacerle pagar por el crimen de su padre: el monje cristiano fue arrojado a una jaula de la capital, adonde los condenados a muerte esperaban la ejecución de la sentencia. Trece años permaneció allí hasta que, y aquí entra a jugar la parte novelesca de la historia, una virgen romana llamada Hripsimé fue mandada a asesinar por el rey armenio como consecuencia de su negativa a aceptar la propuesta de matrimonio hecha por el monarca. Los remordimientos que le generaron a Trdat III tal asesinato, lo hicieron sufrir de manera indecible (de licantropía dice la tradición). La salvación de su alma llegaría finalmente a raíz de una extraña circunstancia relacionada con la fe que en Occidente estaba siendo tenazmente perseguida por los emperadores romanos (en especial, por Diocleciano). La cristiana hermana del monarca armenio tuvo un sueño inspirado por Dios, según el cual un ángel se le presentó asegurándole que los tormentos de Trdat III acabarían cuando Gregorio fuera liberado de su prisión. Y, acorde con la tradición, el desenlace llegó tan increíble como milagroso. Trdat accedió a dejar en libertad al asesino de su padre y quedó curado, convirtiéndose poco después al cristianismo.

Gregorio, que había pagado en su conciencia las faltas de su padre, se trasladó de nuevo a Cesarea, en Capadocia, donde fue consagrado sacerdote. De regreso nuevamente en Armenia, y probablemente acompañado por uno de sus hijos (que tuviera antes de su separación), acompañó a Trdat III en su campaña contra los paganos, que tenía como objetivo la destrucción de todos los templos e ídolos de la capital pagana del país, Ashtishat. Poco tiempo después fue premiado por una asamblea de notables, que le eligió jefe supremo de la Iglesia armenia o catolicós, título que fue refrendado por el obispo de Cesarea. Corría el año 303 y Armenia adoptaba el cristianismo como religión oficial. Pero no todo sería miel y loas para los cristianos, en los años venideros: subsistía una tenaz oposición de la casta sacerdotal pagana que todavía había que reducir.

Capítulo 15:  alcances de la adopción del cristianismo.

Los primeros pasos del Cristianismo en Armenia.

No fue nada fácil la difusión del cristianismo y el crecimiento de las comunidades nazarenas en el reino de Armenia durante las primeras décadas del siglo IV. Cierto es que la conversión de Trdat III facilitó las cosas para los predicadores, pero la existencia de numerosos núcleos de resistencia pagana, entre los cuales Ashtishat era el más importante, dificultaba la tarea de los evangelizadores y ponía en serios aprietos su misión apostólica. La alta densidad de templos e ídolos que hacían de referentes de las antiguas religiones politeístas fue rápidamente sindicada por Gregorio como uno de los principales obstáculos para la propagación de la nueva Fe. Si los cristianos querían competir con éxito contra los arcanos ritos del paganismo, debían necesariamente dotarse de una organización eclesiástica y de edificios acordes con la batalla que debían librar en el campo de la propaganda. Para colmo de males, el maniqueísmo adoptado por los persas y difundido por sus magos, también había echado raíces en algunos sectores de la población, expandiéndose hasta los confines de Iberia y Albania[25]. El desafío era enorme, pero encontró en Gregorio a una persona con la fuerza espiritual y las cualidades requeridas para plantar cara al asunto.

Una vez que el bautizo de Trdat III hubo de alguna manera conferido mayor sustento legal a sus pretensiones apostólicas, Gregorio se dedicó a convertir a un gran número de armenios, para lo cual se valió de la ayuda de numerosos monjes de Capadocia y Siria. Pero pronto chocó con la resistencia de la jerarquía clerical pagana, poseedora de inmensas fortunas y fuertemente relacionada con algunas rancias familias de la nobleza local (los najarares). Por otra parte, la batería de edictos que en Occidente el emperador Diocleciano (284-305) estaba lanzando contra los cristianos tampoco ayudaba en la empresa, aunque seguramente no constituyó un factor determinante en esta primera etapa[26]. Fue principalmente el último de sus edictos, que se publicó en el año 304, el que obligaba a los nazarenos a la ofrenda de sacrificios según la vieja usanza pagana, bajo pena de muerte. Lejos de Roma, y en su condición de estado cliente, es muy probable que el reino de Armenia se haya convertido en un polo de atracción para los más fervientes defensores de la nueva fe[27].

La primera medida tomada contra el poderoso estrato adicto a las antiguas creencias fue, como ya se ha descrito, la destrucción del centro pagano de Ashtishat, empresa que contó con el apoyo de Trdat III y que seguramente se valió de las tropas reales para doblegar la resistencia de los sacerdotes idólatras. Pero la eliminación de Ashtishat no significó la desaparición del paganismo. Todo lo contrario, Gregorio hubo de aplicar mano dura para alcanzar ese objetivo. El empleo de la fuerza militar se hizo cada vez más sistemático y efectivo: los templos fueron destruidos, los ídolos convertidos en ruinas y la mayor parte de la vieja casta sacerdotal, reducida a la esclavitud. Con todo, no fue sino el sometimiento de algunos najarares díscolos y la erradicación del paganismo de la provincia de Taron lo que finalmente coadyuvó a consolidar la posición de los cristianos en el área.

La fecha de la proclamación de Gregorio como catolicós de Armenia aún hoy es discutida. ¿288?, ¿300?, ¿302? ¿305? La duda subsiste tanto más por cuanto los principales cronistas e historiadores no se ponen de acuerdo al momento de precisar si tal designación fue realizada para permitir a Gregorio actuar desde una posición más fuerte o simplemente en reconocimiento de su éxito. Si damos crédito a esta segunda corriente de opinión, la exaltación de Gregorio en tanto que catolicós, tuvo lugar alrededor del 305, casi al mismo tiempo que Diocleciano cedía el poder en Roma, abdicación de por medio. Sobre lo que no existe duda es que, inmediatamente después de su designación, Gregorio fue investido por el metropolitano de Cesarea, Leoncio, bajo cuya jurisdicción se encontraba la gran mayoría de las iglesias de Asia Menor.

Entre las obras que se erigieron para facilitar las conversiones y al mismo tiempo rivalizar contra los viejos centros de poder del paganismo, la construcción de Etchmiadzín, la capital religiosa de la nueva Fe, fue por lejos la más importante. Revelados a través de un sueño, los planos de la ciudad se centraron en los cimientos derruidos de la antigua Vagarshapat o Vagarchapar. De este modo, Etchmiadzín vino a llenar el espacio vacío que había dejado la destrucción de los antiguos lugares de culto paganos y de los ídolos que pululaban en ellos.

Los últimos años de Gregorio: las derivaciones de su legado.

Gregorio el Iluminador se consagró sin demoras a la tarea de levantar la nueva ciudad sagrada, para lo cual contó con el beneplácito de Trdat III, sin mencionar su ayuda monetaria. Su labor predicadora facilitó la instauración del cristianismo en lugares tales como Palovniq, donde la presencia pagana era muy fuerte. Finalmente, durante los últimos años de su vida, el catolicós accedió a llevar una vida ascética, retirándose a las montañas de la alta Armenia, luego de predicar en Iberia y Albania. Su muerte tuvo lugar en el 325, mientras vivía al resguardo de una ermita en el monte Sepuh.

El edicto de Milán, que proclamó la libertad de cultos en el Imperio Romano hacia el 313, la inauguración de Constantinopla en el 330 bajo el signo de la Cruz y el posterior bautizo del emperador Constantino I el Grande (306-337), sirvieron para afianzar el prestigio de aquellas sedes episcopales localizadas en las principales metrópolis del Imperio. Pero a poco, también desataron una crisis que tuvo a Roma, Antioquia y Constantinopla como las principales protagonistas. Las tres ciudades reclamaban para sí la primacía sobre la Iglesia armenia, fundamentando sus pretensiones a través de diferentes argumentos. Así, por ejemplo, el patriarca de Constantinopla apelaba en defensa de sus pretensiones al hecho de que tanto Gregorio Iluminador, como sus tres sucesores inmediatos[28] habían sido ordenados por el metropolitano de Cesarea, ciudad que, en tanto que capital de Capadocia, dependía de Constantinopla. Un argumento similar era utilizado por el patriarca de Antioquia, quien se subrogaba la primacía sobre todas las iglesias comprendidas entre el Mediterráneo oriental y la India. Roma, por su parte, basaba sus pretensiones aludiendo a una supuesta visita de Gregorio y Trdat III, efectuada a su sede en los tiempos de Silvestre I (314-335), durante cuyo transcurso las dos personalidades de Oriente habían hecho acto de sumisión. La Iglesia armenia, denominada gregoriana para diferenciarla de los católicos y protestantes armenios, es sin embargo apostólica, aunque está escindida de la romana en función a un cisma originado en torno a la naturaleza de Cristo, el misterio de la Encarnación. Cuestión que veremos oportunamente de manera más detallada.

Por último, en cuanto a la significación política de la instauración oficial del cristianismo en Armenia, es fácil advertir que la medida fue una hábil jugada de Trdat III para lograr un poco más de cohesión frente a las dos potencias que se disputaban la supremacía en Oriente. Frente al avance del mazdeísmo (maniqueísmo) de los persas y al siempre omnipresente paganismo de los romanos, el monarca armenio se inclinó por la nueva religión como una manera de afianzar la identidad de su pueblo. Si Armenia debía seguir siendo el campo de batalla entre Oriente y Occidente, se hacía urgente dotarla de un elemento crucial que le añadiera valor agregado a sus genes independentistas, cohesionando sus herencias y raíces a través de un ideal espiritual. En suma, si Gregorio Iluminador fue la mano que ejecutó el acto de la instauración del cristianismo, Trdat III fue la mente que ideó la estrategia. Ello no obsta que tiempo después fuera reconocido como mártir y en virtud de ello, incluido en el calendario de santos armenios.

Capítulo 16: Armenia tras Constantino I el Grande y Trdat III.

Después de Trdat III.

Las medidas adoptadas por Trdat III en consonancia con la política y los objetivos religiosos trazados desde el púlpito por Gregorio Iluminador no pasaron desapercibidos en la corte persa de Ctesifonte. Cuando Roma adoptó, a través de Constantino I, el cristianismo, evento que fue casi contemporáneo a la conversión de Trdat, en Persia al rey de reyes se le cambió el semblante. Estaba temeroso de la posibilidad de que una alianza entre las cortes de Artaxata y Constantinopla viniera a romper el equilibrio de poder imperante en la zona eufrática y mesopotámica desde los tiempos de Diocleciano. Guiado por este prejuicio, pronto empezó a buscar adeptos al otro lado del Eúfrates y del Tigris, con el fin de urdir una conspiración para derribar a Trdat III del trono y reinstaurar el paganismo y al mismo tiempo la influencia maniquea sobre Armenia. Tenía la convicción de que, con la desaparición del monarca armenio, las cosas volverían a su estado anterior, con las ventajas que ello implicaba para sus propias aspiraciones expansionistas[29].

Bajo estas circunstancias fue que Trdat III visitó la provincia de Akilisenia (Erzincan) sin sospechar absolutamente de nada ni de nadie. El complot había madurado a la sombra de la ambición de algunos notables, entre los que se hallaban unos cuantos allegados al rey, cortesanos incluidos. En una batida de caza hábilmente dispuesta por los complotados para atraer la atención del monarca, Trdat III fue asesinado ante el fingido estupor de su mayordomo de palacio, quien en realidad era uno de los principales instigadores del crimen.

Corría el año 330 cuando Khosrov III el Breve o el Corto (330-339) debió suceder precipitadamente a su padre ante los ojos expectantes de sus vecinos persas. Pero el apoyo incondicional del catolicós Vrthanes y de los Mamiconian, familia de ascendencia china que se había hecho famosa por su aporte de lugartenientes y generales, permitió al sucesor de Trdat III mantener el rumbo fijado por éste: una política dual y ambivalente, tendiente a preservar la autonomía armenia, al menos fronteras para adentro. Si los persas en este período no se atrevieron a más fue debido simplemente a que en Occidente, Constantino I había surgido como único emperador de la difunta Tetrarquía ideada por Diocleciano. La noción de un Imperio Romano unificado nuevamente bajo un solo augusto no era una perspectiva agorera para el caso de una guerra abierta.

Una nueva oportunidad se les presentó a los persas hacia el año 337. Entonces, la muerte de Constantino I había determinado una nueva división del Imperio entre sus tres hijos: Constantino II el Joven (337-340) se encargó de la administración de Occidente, desde Tréveris; Constancio II (337-361) de la de Oriente, desde Antioquia, y Constante (337-350) de Iliria[30]. Un cuarto césar, Dalmacio, había tomado para sí Constantinopla, aunque pronto sería eliminado por sus propios soldados. Fue un período donde pulularían los usurpadores: Magnencio (350-353), Vetranio (350), Nepociano (350), Silvano (355) y Juliano el Apóstata (361-363, césar desde 355). Sapor II, el rey de reyes, avanzó entonces sobre los dominios romanos de Mesopotamia y sus tropas llegaron inclusive hasta las fronteras de Armenia, adonde les salió al paso Vatcheh Mamiconian, el general de Khosrov III[31]. Constancio II debió trasladarse precipitadamente desde su residencia en Constantinopla para enfrentar al invasor, que en esas instancias se encontraba sitiando Nisibe (342-350) con la idea de controlar los bancos superiores del Tigris, que servían de acceso a su capital, Ctesifonte Hacia el 360 la situación del emperador era tan comprometida que mandó a pedir refuerzos a Occidente[32]. Pero sus órdenes fueron desestimadas por los soldados, quienes no deseando abandonar sus tierras, accedieron a elevar a Juliano, césar desde 355, a la condición de augusto. Nuevamente se vieron favorecidos los persas, ya que Constancio debió retirarse para enfrentar al usurpador, muriendo al poco tiempo mientras cruzaba las montañas de Cilicia. Con las manos libres y aprovechando las turbulencias que atravesaba su símil romano, Sapor II se volvió hacia el Norte con la intención de consolidar sus recientes conquistas, e inclusive ir más allá, hacia los confines de Iberia y Albania. No tenía idea de lo que le iba a costar su osadía.

En 362, Juliano abandonó Constantinopla para nunca más regresar. El nuevo emperador se había convertido en un eximio guerrero tras sus campañas militares en Colonia (356) y Estrasburgo (357). Y ahora deseaba revalidar sus pergaminos frente a Sapor II. Con esa intención, marchó directo hacia Antioquia, adónde pensaba encontrarse con el rey armenio, Arshak II (350-367), quien se había comprometido a asistirle en la campaña con tropas y vituallas. Iniciada la expedición, la temeridad de Juliano condujo a las legiones hasta el mismo corazón del territorio persa, e inclusive, hasta Ctesifonte. Pero de regreso, y en medio de una refriega, Juliano, que se había quitado la coraza a causa del sofocante calor, fue alcanzado por una flecha y murió en el campo de batalla.

Armenia en manos de Sapor II: el premio a la perseverancia.

La muerte de Juliano el Apóstata fue un rudo golpe para las aspiraciones romanas al Este del Eúfrates. A priori, la proclamación de Joviano (363-364) solucionó de momento la cuestión sucesoria, pero no supuso ninguna mejoría para el problema persa. Todo lo contrario, bajo su reinado, todas las conquistas que databan de los tiempos de la Tetrarquía se perdieron irremediablemente, quedando nuevamente expedito el camino hacia Armenia. En un vergonzoso tratado, el nuevo augusto cedió ante las exigencias de Sapor II y entregó a los persas el control de todas sus posesiones transtigrianas. La ciudad de Nisibe fue rendida, a la vez que los romanos aceptaban retirar su protectorado de Armenia, que quedó librada a su propia suerte.

Bajo Valente (364-378) las cosas tampoco fueron mejor para los armenios. Sendas embajadas enviadas por Arshak II retornaron a Artaxata con las manos vacías. Inquieto como siempre, Sapor II lanzó una nueva ofensiva que sometió a la Sofene y a Akilisenia a la voracidad de sus huestes. Mientras el general de Arshak se batía valerosamente defendiendo la región de Ararat, aquél se retiraba en procura de refugio, hacia Capadocia. Luego, entusiasmado por una propuesta de paz hecha por su enemigo, Arshak retornó confiado a su reino, para ser apresado y cargado de cadenas. Su ulterior suerte nos es desconocida: el rey armenio murió en 367, no se sabe si asesinado por Sapor o a través del suicidio. Su general, otro Mamiconian, seguiría sus pasos sin que los persas mostraran ningún remordimiento por su ardid: sería asesinado y su cuerpo, colgado de lo alto de las puertas de la prisión.

La resistencia armenia recayó entonces en la viuda del desafortunado monarca, Parantzem, antigua esposa de Gnel, un sobrino de Arshak a quién éste había mandado a matar, advertido de una posible conspiración[33]. Parantzem se refugió junto a su hijo, Pap, en la fortaleza de Artakers, donde Sapor II acudió presto a sitiarla. Antes de rendir el castillo, los armenios tuvieron tiempo aún de retirar al príncipe y conducirlo sano y salvo hacia territorio romano, posiblemente al bastión de Neocesarea, en el Ponto. Poco tiempo después toda Armenia, excepto algunos reductos en las montañas, se sometía a la autoridad del rey de reyes. Tal cual parecía, la pulseada entre romanos y persas se decidía a favor de éstos últimos.

Capítulo 17: preponderancia Sasánida.

Persarmenia: consideraciones previas y antecedentes

Pero los romanos no aceptaron dócilmente el hecho de ver menoscabada su supremacía en el Cercano Oriente. Sapor II, a través de una política agresiva y expansionista, había hecho tambalear todo el sistema de reinos vasallos que databa del siglo I a.C. y que los emperadores se habían esforzado por mantener desde Octavio y aún antes (aunque con algunas excepciones), sin solución de continuidad. La ocupación sasánida del reino de Armenia ponía ahora en contacto directo las provincias romanas de Anatolia con los territorios persas, y esto creaba una sensación de ansiedad, angustia e incertidumbre en la corte imperial de Roma que no registraba precedentes, ni aún en los tiempos más sombríos de la época parta. El breve reinado de Joviano (363-364) debilitó aún más la posición romana en la zona eufrática, como consecuencia de una serie de concesiones realizadas en papel por el emperador. Para colmo de males, la situación volvió a empeorar cuando Iberia fue también sometida por Sapor, lo que supuso un serio peligro para las posesiones romanas en el Ponto y en la zona de Armenia Menor. Pero la ascensión de Valente (364-378) en calidad de corregente de Valentiniano I (364-375), en la porción oriental del Imperio, trajo un poco de confianza a las desmoralizadas legiones apostadas en Siria y lo que restaba de Mesopotamia y la Osrogena.

 Hacia el año 370, la atmósfera se había enrarecido tanto que Valente se vio obligado a trasladarse a la gran metrópoli de Antioquia para estudiar con detenimiento la cuestión en esas latitudes. Mientras Valentiniano, a cargo de las diócesis pertenecientes a las dos prefecturas de Occidente (Galia e Italia), fijaba su residencia en Tréveris, deseoso de hallar una solución para su frontera renana, su hermano se consagraba a la tarea de reformar el ejército en procura de una respuesta efectiva al nuevo estado de cosas imperante en las comarcas transtigrianas. La principal medida de Valente en este sentido fue incrementar la indemnización que el estado pagaba a los propietarios de tierras por cada recluta facilitado por éstas o logrado en sus fundos, al mismo tiempo que se aumentaba la tasa del adaeratio, es decir, la carga por cada soldado no movilizado[34]. El objetivo era precisamente hacer más gravosa la existencia para aquéllos propietarios que, aún sin dejarse tentar por la jugosa indemnización por recluta, se negaban a facilitar recursos humanos al ejército. Entretanto, Valente pretendió ganar tiempo mediante negociaciones cuyo objetivo primordial era evitar la sangría de territorios que el Imperio venía padeciendo a manos de los persas. No debió, sin embargo, esperar mucho tiempo: el mejor indicio del fracaso de su política fue el mejoramiento de la situación financiera del tesoro. El aumento de los ingresos fiscales no hacía otra cosa que revelar la negativa de los propietarios a desprenderse de campesinos en beneficio del ejército romano. Valente, pues, no tuvo otra opción que apelar a los germanos para suplir la falta de interés de su propia gente.

 En el 371, Valente redobló la apuesta, al comisionar a su mejor general, el comes Trajano, y al alamano Vadomaro, para restablecer la influencia de Roma en los antiguos reinos clientes de Armenia e Iberia. Su intención era reducir la longitud de la frontera que tenía en común con el estado persa, circunscribiéndola a Siria y Mesopotamia, adonde había desplazado refuerzos aprovechando su larga estadía en Antioquia, que iba a esas alturas para el segundo año ininterrumpido. De esta manera, cualquier contraofensiva evitaría la dispersión en un terreno que se presentaba harto complicado: desiertos, cadenas montañosas, valles cortados a pico, etc., aunque la desventaja consistía en que ponía en evidencia el lugar donde se concentraría la reacción romana. Por otra parte, delataba los planes de Valente con respecto a Armenia e Iberia, reinos cuyo sometimiento al rango de estados vasallos era imprescindible para conseguir lo anterior.

En Armenia, las legiones bajo el mando de Trajano y Vadomaro, se acoplaron perfectamente con las tropas de Pap, el hijo de la reina Parantzem, quien había regresado a sus tierras luego de una breve escala en Neocesarea[35]. Un año más tarde, cuando los persas estaban en franca retirada, las fuerzas conjuntas romanas y armenias les salieron al paso en busca de una victoria decisiva. El encuentro tuvo lugar en Bagrevand; de un lado se habían formado las huestes de Sapor II, que incluían a varios regimientos de armenios renegados que propiciaban la vuelta a la antigua religión y estaban comandados por ricos najarares. Del otro, los romanos se codeaban con algunos nobles de la familia Mamiconian[36] y con los partidarios de la vieja dinastía arsácida, sin contar a los auxiliares germanos que Valente había traído de su frontera danubiana, godos en su gran mayoría. A la distancia, el monarca armenio contemplaba el desarrollo de la batalla, acompañado del catolicós y de su guardia personal.

 La gran victoria de Begravend fue un premio a la paciencia y, sobre todo, al pragmatismo de Valente. Pero lamentablemente fue el único que obtuvo en el Cercano Oriente. Hacia el 374, cuando la siguiente fase de su plan, que era ni más ni menos que conducir la guerra al propio territorio sasánida, estaba pronta a implementarse la presión de los visigodos en la frontera danubiana obligó al emperador a distraer recursos de sus cuarteles en Siria y Mesopotamia. La merma de elementos humanos se dejó sentir especialmente en territorio armenio y fue una invitación para los persas a probar nuevamente suerte más allá de Osrogena. La suerte cambiante de la guerra muy pronto despertó sospechas en Valente, quien no estaba del todo seguro acerca de la fidelidad de su aliado armenio. Sus dudas al respecto fueron disipadas mediante el asesinato de Pap[37] y su reemplazo por un sobrino de éste, Varazdat (374-378), cuya suerte no sería mejor que la de su antecesor. Cuatro años después, Varazdat sería expulsado del país por una revuelta de notables, encabezada por Manuel Mamiconian, el hijo del vencedor de Begravend, Mushegh Mamiconian.

La partición de Armenia: ¿decisión salomónica o negligencia romana?

Ya hacia el 375 Sapor II había manifestado a Valente sus planes de dividirse entre ambos y de común acuerdo el reino de Armenia. La guerra estaba causando estragos tanto en Persia como en el Imperio Romano, y los ecos de los cascos de los caballos hunos, resonando entre los mares Caspio y Negro, solo agregaban incertidumbre y angustia en las cortes rivales de Roma y Ctesifonte. No obstante, Valente había probado el sabor de la victoria y no estaba dispuesto a compartir nada de lo que Begravend le había reportado: prestigio y territorios. Con todo, el emperador demostró cierto tino en el manejo de los tiempos, al enviar un legado para estudiar la cuestión. En Ctesifonte, la responsabilidad de la misión le jugó una mala pasada al alto dignatario imperial y la autoridad conferida por el emperador se le subió a la cabeza. Lo cierto es que los persas volvieron a plantar sus estandartes en parte de Armenia, aunque no se sabe a ciencia cierta si a raíz de la insensatez del embajador romano o a causa de la muerte de Valente, acontecida en el campo sangriento de Adrianópolis (378)[38].

La batalla de Adrianópolis dejó en manos de los visigodos victoriosos las llaves de Tracia y la posesión de las principales calzadas que conducían hacia la propia Constantinopla. Y, como era de esperarse, la amenaza que constituían en el Este los persas, pasó irremediablemente a un segundo plano, aunque estos últimos no compartieran el punto de vista. El rey de reyes tenía en sus manos, como pocas veces había sucedido antes con sus antecesores partos, el poder de hacer y deshacer cuanto quisiese según su voluntad y la realidad indicaba que los romanos habían perdido la iniciativa en sus limes transtigrianos y eufráticos. Ante la disyuntiva de desentenderse del asunto y perderlo todo o sentarse a negociar y transigir en una hipótesis de máxima, el sucesor de Valente, Teodosio I el Grande (379-395), prefirió esto último.

Las consecuencias del acuerdo romano-persa del 384, en virtud del cual Sapor III y Teodosio I accedieron a repartirse Armenia, pueden compararse en muchos aspectos con aquellas producidas por la ocupación bizantina del mismo territorio, que se desarrolló hacia mediados del siglo XI (justo en vísperas de la batalla de Mantzikert, 1071). Aunque dicho análisis se verá con mayor detenimiento cuando nos refiramos a esta etapa de la historia armenia, conviene precisar en este punto que en uno y otro caso el objetivo era la incorporación de un estado que, de habérselo dejado intacto, habría servido para bloquear incursiones procedentes de los desiertos del sur (árabes) y de la meseta iraní (persas y turcos selyúcidas).

Lo cierto es que Sapor III y Teodosio I no dudaron en llegar a un arreglo. El primero se vio favorecido con la entrega de la mayor parte de los territorios armenios, que pasaron a integrar un reino cliente de Ctesifonte[39], mientras que el segundo debió conformarse con los mosaicos más pequeños del antiguo estado: Taron, la Sofene y partes de la Balabitene. A partir de ese momento, la influencia persa sobre los asuntos dinásticos y cortesanos del país comenzó a ser gravitante, como antes lo había sido el influjo romano. Desde Ctesifonte se empezaron a elevar y destronar monarcas con la misma velocidad con que el rey de reyes advertía supuestas tendencias romanófilas en los candidatos de turno. Khosrov IV (385-387 y 415 por segunda vez) fue en este sentido, el primer rey elegido desde la capital persa que debió padecer tales desavenencias. Así, pues, mientras Constantinopla lidiaba con los visigodos por su propia supervivencia, Armenia naufragaba entre los caprichos, las sospechas y los intereses políticos de los monarcas persas. Y en ese estado de postración la encontrarían los árabes hacia el 640.

Capítulo 18: el final de la dinastía arsácida.

Armenia hacia finales del siglo IV: contexto interno y externo.

En este punto se hace preciso desarrollar el contexto geopolítico en el cual los armenios pretendían mantener su independencia a partir de una dinastía, la arsácida, cuya rama parta había sido eliminada por los sasánidas en Persia. Como ya se ha visto, los vecinos inmediatos de Armenia, las dos superpotencias de la Antigüedad, Roma y Ctesifonte (partos primero y sasánidas después), acumulaban en este punto casi cuatro siglos de permanentes enfrentamientos por la supremacía en el Cercano Oriente. Enclavada en una situación estratégica, Armenia era la llave para acceder a numerosos territorios de crucial importancia, un pasadizo indispensable cuya posesión obsesionaba a emperadores y reyes por igual. Hacia el Norte, sus valles y senderos conducían directo a los puertos del litoral del Mar Negro, que incluían los emporios comerciales del reino griego de Panticapeion o Kerch (con las ciudades de Quersoneso, Tanais, Teodosia y Neápolis). En esa misma dirección se podía acceder a las posesiones de los iberios y de los albanos, en la zona del Cáucaso, y más allá, a los dominios de los alanos masagetes y de los hérulos orientales, en torno al mar de Azov. Hacia el Sur, el país servía de umbral para el ingreso a la media luna fértil comprendida entre los ríos Tigris y Eúfrates, con las importantes metrópolis de Ctesifonte, Babilonia y Seleucia, por dónde pasaban las rutas comerciales que conducían al Yemen e India. Junto con Siria y Mesopotamia, la posesión de Armenia había obsesionado a los romanos para lanzar con éxito sus expediciones punitivas sobre el corazón de Persia. Hacia el Este, entretanto, el país era la antesala de Media Atropatena, Bactriana y Sogdiana, tierras que servían de enlace con China y Asia Central, mientras que hacia el Oeste, conducía directamente a Siria y Capadocia, con el Mar Egeo como último nexo antes de ingresar por Tracia o Grecia en Europa.

Ubicada, pues, en el medio de esta singular encrucijada, Armenia estaba rodeada de vecinos ambiciosos y enemigos potenciales. Persas y romanos eran sin ninguna duda los más importantes pero no los únicos. A espaldas de las tierras sasánidas y acantonadas en las estepas del Chu, entre el Mar de Aral y el lago Baikal, las tribus de hunos se estaban preparando para iniciar un proceso migratorio que les conduciría a miles de kilómetros de su patria original. Todavía no se conoce con certeza el origen de dicho pueblo, aunque numerosos historiadores lo sindican con los Hsiung-nu, tribus siberianas inicialmente establecidas al norte de la gran muralla china, entre el reino de los Wei y el estado de los Hsien-Pei. Precisamente fue el movimiento de una rama de los Hsien-Pei, los t´opa, emigrando hacia China septentrional, lo que inició el desplazamiento de los Hsiung-nu hacia Occidente. Una de sus tribus, los Hong-un, alcanzó hacia el siglo I d.C. las riberas del mar de Aral, dando origen con el correr de los años a los hunos y los hunos heftalitas[40]. Hacia el siglo III, los territorios hunos tenían una larga frontera en común con el Imperio Sasánida, que se extendía desde Mary, al Norte, hasta el delta del Indo y la provincia gupta de Sind, al Sur. Hábiles jinetes de tradición nómada, este pueblo conformaba junto con los romanos, las piezas elementales del cascanueces que presionaba el reino de Ctesifonte. Sus incursiones, si bien esporádicas y limitadas, al principio, pronto pondrían en jaque a los monarcas sasánidas, con el consecuente debilitamiento de los lazos de vasallaje que algunos reinos, como Armenia y el estado de los lacmidas, mantenían con la corte sasánida. Y hasta cierto punto, los mismos persas sufrirían en carne propia y a manos de los heftalitas o hunos blancos (siglo V y primera mitad del VI), el régimen de soberanos títeres impuestos desde el exterior, como Armenia lo había padecido alternativamente bajo el poder ocasional romano o sasánida.

Por el Sur, y más allá de los territorios de sus vecinos inmediatos, se encontraban los estados tribales de los lacmidas y ghassanidas, con tendencias orientales y occidentales respectivamente. Pero ambos estaban contenidos, flanqueados, por las provincias romanas y las satrapías persas, de modo que Armenia no sabría de éstos pueblos hasta la llegada del Islam, cuando ambos diques sucumbirían ante la marejada árabe y muslmana.

Mucho más amenazadora era la presencia de sendos pueblos allende el Cáucaso, cuya efervescencia usualmente afectaba primero al estado de los íberos, a Lazistán (Egrisi) y a los territorios albaneses. Ellos eran los sármatas, los alanos masagetes, los alanos tanaítas, los acatziros y los saviros, amén de dos pueblos bárbaros de procedencia germánica, los hérulos y los rugios orientales. Todos sin excepción, hacia la segunda mitad del siglo IV, estaban más o menos contenidos sino sometidos a la voluntad de un pueblo germano mucho más fuerte y mejor organizado aún, los ostrogodos de Hermanarico. Pero los ostrogodos estaban en ese entonces más concentrados en extender sus dominios hacia el Báltico suroriental, adonde pululaban las tribus eslavas, en lugar de marchar en dirección al Volga y la cuenca del Kura. Como quiera que fuese, el verdadero poder se encontraba a espaldas de aquéllos: los hunos establecidos en las estepas del Chu y parientes de los heftalitas, de cuyo seno surgiría el clan de Mundzuk, antecesor de Atila.

Así, pues, en la segunda mitad del siglo IV el reino de Armenia, gobernado por los últimos representantes de la dinastía arsácida, era una avanzada cristiana que se proyectaba tímidamente hacia Oriente. El cristianismo, una novedad para muchos de los pueblos mencionados en los párrafos precedentes, excepto para romanos, persas e iberos, había sido adoptado como una alternativa ante la falta de elementos integradores, tan necesarios para el fortalecimiento de la identidad del pueblo armenio. Y sin embargo, pese a la fuerza cohesiva de la nueva religión, la argamasa del reino flaqueaba por la ausencia de otros componentes que no alcanzaban a dosificar debidamente los ingredientes de la mezcla, muchos de los cuales provenían de los tiempos de Urartu. Entre estos elementos el alfabeto era uno de los más importantes, y Armenia no tenía uno. Hacia finales del siglo V, todavía se empleaba el persa como lengua administrativa, mientras que el griego era utilizado con fines literarios y litúrgicos. Sin embargo, la orfandad de un idioma escrito no iba a durar mucho más. En 405 aproximadamente se produciría la invención del alfabeto armenio, muy probablemente determinada por la necesidad de la iglesia armenia de estrechar vínculos con los feligreses a través de un lenguaje no foráneo[41].

 Las tareas de investigación en procura de ese precioso y vital elemento de interacción correspondió a un armenio procedente del distrito de Taron, llamado Mesrop o Mesrob Mashtóts (360-440), quien antes de entrar al servicio de la Iglesia, había ocupado altos puestos en la administración del reino. Con la ayuda del catolicós Sahak Partev (387-428), y del rey Vramshapuh (387-414), Mesrop ensayó diferentes alternativas, apelando en primer lugar a la ayuda del obispo de Edesa, ciudad dónde habían sido guardados registros con antiguos caracteres armenios. Las tareas continuaron con la colaboración de otros discípulos de Mesrop, que se repartieron las pesquisas entre los centros de estudio ubicados en Samosata y Edesa, el primero bajo la tutela bizantina y el segundo, bajo la dominación persa. Finalmente, casi en vísperas del 406, el alfabeto armenio quedó casi listo[42], con la incorporación de doce letras, cinco consonantes y siete vocales y con el desarrollo de sendas reglas gramaticales para facilitar su rápida difusión. Fue precisamente a raíz de dicha invención y de su perfecto acoplamiento con el lenguaje vernáculo lo que permitió que la cultura armenia llegara a su punto más álgido durante el siglo V.

Así, pues, la existencia de un alfabeto, la labor apostólica de la iglesia, el apoyo del monarca y la misión educadora emprendida por Mesrop, viajando de una punta a la otra del país, propiciaron un florecimiento intelectual como nunca antes se había visto en el lugar. Los clanes familiares, los notables citadinos de larga raigambre, las tribus semi-bárbaras de las localidades montañosas del país y el clero en ascenso, todos, se vieron ahora ligados por un lenguaje en común que podía ser llevado a papel, de manera de transmitir en espacio y tiempo las cuestiones fundamentales concernientes al reino: credo, tradición e historia. Armenia dejaba de gatear entre los senderos de su oscuro pasado y su difícil presente para lanzarse a caminar directamente a los brazos de un futuro lleno de incógnitas e interrogantes, pero futuro al fin. La convalidación para tantas expectativas llegó desde Constantinopla, cuando el emperador Teodosio II (408-450), bajo la atenta mirada de su hermana Augusta Pulqueria, accedió a permitir a los armenios el uso de su reciente invención[43].

El ocaso de los arsácidas: Armenia bajo el control persa.

Pero no todas iban a ser buenas noticias para los armenios en los años postreros al 400. La situación del país, dividido en virtud del tratado firmado entre Teodosio I el Grande y Sapor III (383-388), con ventajas evidentes para éste último, no hacía otra cosa que reforzar las ansias de sus habitantes por lograr una identidad. Y los medios empleados para ello, la religión y el alfabeto, fueron reconocidos como una amenaza por los persas, especialmente el asunto de la fe. Sin embargo, tanto Sapor III como sus sucesores, Bahram IV (388-399) y Yazdegerd I (399-420) fueron soberanos que mostraron cierta condescendencia hacia los airados reclamos armenios de autonomía, actitud que reflejaba el buen momento por el que atravesaban las relaciones romano-sasánidas. Fue precisamente esta atmósfera de calma y tolerancia imperante en las comarcas del Cercano Oriente la que permitió hacia el 414 solucionar el problema de la sucesión dinástica planteada en Armenia, a raíz de la muerte de Vramshapuh.

Sin duda el reinado de Vramshapuh fue un periodo de bonanza intelectual y material para los armenios que, a cambio, habían debido aceptar la partición de su estado por las potencias de turno. La paz alcanzada entre romanos y persas tras el acuerdo de 387, extrajo al país de su estado de postración y aseguró un permanente flujo de caravanas comerciales hacia sus distritos, en lugar de legiones o ejércitos persas. Armenia había momentáneamente dejado de ser el campo de batalla de vecinos envidiosos e intolerantes, aunque las heridas de la guerra se notaban en terratenientes cada vez más ricos y campesinos pobres, cada vez más dependientes y sumidos en la miseria. Lentamente, el país se iba contagiando del “patrocinium” debido a su proximidad con el Imperio Romano. El fortalecimiento del cristianismo, pese a la resistencia inicial de los antiguos sacerdotes paganos, de sus aliados najarares y de los desconfiados zoroastristas infiltrados desde Persia, sirvió de contrapeso a las relaciones serviles que se estaban desarrollando. Y más tarde, la invención del alfabeto junto con el empeño puesto por Vramshapuh y Mesrop en enlazar a la población a través del mismo, engrandecieron el sentimiento de unidad del pueblo, poniendo compresas sobre las heridas causadas por las diferencias económicas existentes. Pero la muerte de Vramshapuh disparó la señal de alarma y la alta jerarquía clerical decidió rápidamente intervenir en el asunto. El catolicós Sahak Partev viajó a la corte del rey de reyes en 415 y obtuvo de éste el permiso de volver a Armenia llevándose consigo al antecesor de Vramshapuh, Khosrov IV, que vegetaba en las prisiones reales.

Mas la presencia de Khosrov IV al frente del estado fue tan efímera como irrelevante su reinado. El restablecido soberano fue pronto desposeído por el rey de reyes a raíz de una serie de sucesos que se desataron en el centro de los dominios persas. La tolerancia demostrada por Yazdegerd I y sus antecesores hacia los súbditos cristianos pronto llenó a éstos de valor para desafiar la autoridad de los sacerdotes mazdeistas y una inoportuna rapiña en el templo de Susa, dirigida por un obispo cristiano, acabó colmando la paciencia del rey de reyes. Yazdegerd se desdijo pues de su tolerante política religiosa y decretó la persecución de los cristianos. Y en su condición de estado cliente de Persia, Armenia debió avenirse a la voluntad del monarca iranio. Khosrov IV fue destituido, y en su lugar Yazdegerd colocó a uno de sus hijos, Sapor o Shapur, con el fin de llevar a esas tierras sus ansias revanchistas y, al mismo tiempo, favorecer la difusión del mazdeísmo.

Si la voluntad del rey de reyes al final no llegó a cumplirse no se debió a su falta de determinación ni a la supuesta ineptitud de su hijo, el nuevo rey de los armenios. Yazdegerd cayó víctima de un complot hacia el 420[44] y sus planes para Armenia desaparecieron con él. Pero Sapor, un sasánida, aún gobernaba el país y no estaba dispuesto a que el trono de Persia se le escapase de las manos. Por tanto, abandonó su capital para reclamar la herencia en Ctesifonte. Su partida (423) permitió el retorno de los arsácidas al trono armenio y Artashes o Artashir (423-428) le reemplazó ni bien su silueta traspuso la frontera en Mesopotamia. La ulterior caída de Sapor en manos de sus enemigos aclaró el panorama para el nuevo monarca armenio, aunque Bahram V (420-438), el nuevo rey de reyes, mantuvo la política anticristiana de su padre y, por ende, sus ambiciones sobre Armenia.

La ascensión de Bahram V provocó cierto escozor en la curtida pero siempre endeble piel del Cercano Oriente. Las persecuciones contra los cristianos, iniciadas para vengar la afrenta perpetrada por un obispo contra el principal templo mazdeista de Susa, en Elam, no cesaron sino todo lo contrario. Y este tipo de represalias tenían siempre la característica de traer aparejado confrontaciones con los romanos. Armenia volvió a conocer durante esta época un nuevo periodo de guerras, que dio comienzo cuando uno de los generales de Bahram, Mihr Nerseh, se internó en el país para reafirmar la autoridad del rey de reyes y el rango de estado cliente de los armenios. Pero tras dos años de campaña, los persas accedieron a firmar una nueva paz con Roma (422)[45], según la cual ambos bandos se comprometieron a garantizar la libertad de culto en sus respectivos dominios. Además, Bahram V reconoció los derechos al trono del hijo de Vramshapuh, Artashes, con lo que daba por terminado el breve interludio de dominación sasánida en beneficio de la longeva dinastía de los arsácidas.

No obstante, Artashes halló incontables dificultades para afirmarse en el poder. El nuevo rey, que apenas contaba con diecisiete años de edad y escasa experiencia en las cuestiones administrativas del reino, pronto empezó a ser desafiado por la nobleza. Los ricos najarares habían descubierto en la debilidad del poder central una oportunidad para reafirmar su otrora autonomía, que habían perdido en tiempos de Vramshapuh, como consecuencia de la enérgica personalidad de dicho monarca. Permanentemente intrigando contra Artashes, quien contaba con el apoyo del catolicós, decidieron finalmente acudir a Bahram para solicitarle la deposición del inexperto monarca. En otras palabras, la figura de patrono no aceptaba la injerencia de un poder central fuerte y activo en los asuntos de la tierra. Los najarares pecaron de necedad pese a las advertencias del catolicós: “más vale la docilidad de una oveja que la astucia de un lobo”. Artashes llevaba la sangre del gran Vramshapuh y el recuerdo del valeroso monarca pesó sobre los najarares más que la realidad del imberbe rey adolescente.

No está claro cuáles fueron las motivaciones políticas que llevaron a Bahram V a ponerse del lado de los najarares revoltosos. Lo cierto es que cuando Artashes y el catolicós Sahak Partev se trasladaron a la corte del rey de reyes para sostener su causa, los argumentos que emplearon para defenderla fueron desechados de plano. Artashes fue destronado y con su deposición la dinastía arsácida llegó a su término. En el 428 Armenia se convertía en una provincia sasánida, regida por un gobernador general o marzpan y durante los cuatro siglos siguientes viviría sometida a los caprichos de los poderes de turno: Persia, Bizancio y el Califato Omeya, en ese orden. Cuatro siglos de dominación extranjera, de oscuridad y de desencanto, donde la única luz de esperanza seguiría proviniendo de esa particular combinación de elementos culturales y religiosos, idioma, alfabeto y religión, que habían dotado al país de una identidad. Una mezcla tenaz que sonaría como toque de difuntos para la dinastía arsácida reinante y, al mismo tiempo, como argumento ineludible y necesario para los nuevos reclamos de independencia que no tardaría en sobrevenir.


[1] A Tigran III le sucedieron sus hijos, Tigran IV y Erato, quienes gobernarían únicamente tres años. Tigran IV, acusado de traición, sería luego desplazado por el emperador y reemplazado por su sobrino, Artavazd III (5-2 A.D.). Artavazd consiguió establecerse en el trono gracias a la ayuda de Tiberio, que había acudido al lugar para controlar que la voluntad de Augusto se cumpliera en todos sus puntos. Pero el descontento que la destitución generó entre la población, en gran medida causado por instigadores procedentes de la corte de Fraates, condujo a una guerra civil que volvió a restituir a Tigran IV y a su hermana en el trono. Sensiblemente molesto por tantos contratiempos, Augusto envió ahora a su nieto, Cayo César (hijo de Julia y Agripa), para prender al candidato del rey parto. Mas el asesinato de Tigran IV ahorró el trabajo a Cayo César, quien acabó finalmente con la revuelta, colocando en el trono a un medo, llamado Ariobarzan. Con ésto llegaba a su fin la dinastía de Artaxias, iniciándose un periodo de aproximadamente medio siglo, signado por una seguidilla de reyes extranjeros (medos, judíos, partos y georgianos).

[2] Tiberio Claudio Nerón César había nacido en el 52 a.C. Designado sucesor por el propio Augusto, decisión convalidada por el Senado, fue un soberano cuya reputación recibió permanentemente los ataques de Tácito y Suetonio.

[3] El destino de Vonon o Vonones no está del todo claro. Según parece, después de su deposición por Artabán III, el hijo de Fraates IV corrió hacia Armenia, donde con la connivencia romana ocupó el trono en perjuicio de la inacabable Erato. Pero Vonones no era una persona popular debido a sus maneras occidentales, que había adquirido en su estancia en Roma. Los armenios le veían como a un verdadero romano, de costumbres, ritos y rutinas completamente extrañas y ofensivas a sus ojos. Ello explica la simpatía de la nobleza armenia por Artabán III de Partia y la fácil deposición de Vonones a favor de éste último.

[4] Germánico era hijo de Nerón Claudio Druso y Antonia e hijo adoptivo de Tiberio, como éste último lo había sido de Augusto (4 d.C.).

[5] Mitrídates sería al poco tiempo removido de Armenia, quizá para la misma época en que Antíoco IV sufría la misma suerte en la Commagene. Más tarde, en el 41 d.C., Claudio le volvería a confirmar en el puesto.

[6] La coronación de Trdat II tuvo lugar primero, de manera simbólica, en Armenia, donde el rey de ascendencia parta debió arrodillarse frente a una imagen que representaba a Nerón. En esa posición procedió a quitarse su antigua corona y depositarla a los pies de la imagen, para luego volverla a colocar sobre su cabeza. A la distancia, Corbulón y sus legiones supervisaban la extraña ceremonia.

[7] Bajo el reinado de Antonino Pío, la situación se mantendría sin cambios en Armenia, donde un príncipe de origen sirio, Sohemus, ocuparía el trono durante veintidós años, hasta el 162, fecha en que una nueva invasión parta acabaría con su reinado.

[8] Las legiones romanas que le salieron al paso a Cosroes, comandadas por el legado de Capadocia, Sedatio Severiano, fueron derrotadas en Akilisene o Elegeia.

[9] Helvio Pertinax sería más tarde emperador, en 193.

[10] Avidio Cassio se volvería posteriormente contra el emperador, proclamándose Augusto, con el beneplácito de las legiones de Egipto y Siria (175). Sin embargo, cuando Marco Aurelio había abandonado la frontera danubiana para enfrentarle, la cabeza del rebelde le llegó embalada como presente. El vencedor de Partia había sido asesinado por sus propios soldados.

[11] Junio de 193: Didio Juliano (marzo a junio), Septimio Severo (193-211) y Pescenio Níger (193-194). Julio de 193: Septimio Severo, Pescenio Níger y Clodio Albino (193-197). Los cinco emperadores en cuestión, arriba mencionados, fueron: Helvio Pertinax, Septimio Severo, Pescenio Níger, Clodio Albino y Didio Juliano, de todos los cuales se impuso finalmente Septimio Severo.

[12] De una manera similar a como Calígula adquirió su mote de parte de las legiones de Germánico, a causa de las “botitas” militares que le calzaba su madre, Caracalla adquirió el suyo debido a un manto céltico con capuchón, que se obstinaba en vestir.

[13] Acerca de los hermanos Trdat II y Khosrov II el Grande, las fuentes no se ponen de acuerdo al momento de precisar a quién correspondió en definitiva la titularidad del reino y, por ende, los hechos que tuvieron lugar en el período que se supone gobernaron.

[14] Por ejemplo, los Mamikonian, que descendían de un soldado de fortuna chino, probablemente un príncipe llamado Man Kun. Según otros autores, Man Kun fue contemporáneo del emperador Aureliano (270-275) y se distinguió peleando al lado de los armenios, contra el yugo persa.

[15] Posiblemente un sátrapa persa, hijo de un gran sacerdote de Anahita.

[16] El estado parto llevaba en sus entrañas los gérmenes de su propia decadencia: en primer lugar, la costumbre no había legalizado una sucesión hereditaria regular al trono; en segundo término, los partos no contaban con un ejército permanente, que se pudiera en algún punto comparar al romano y finalmente, las decisiones y los actos de los soberanos partos estaban siempre sujetos a verificación o, mejor dicho, debían ser convalidados por un concejo de notables, lo que restaba practicidad a las resoluciones y tornaba engorrosa su ejecución.

[17] Los persas sasánidas, según la tradición, tomaron su nombre del padre de Papak, el gran sacerdote Sasán de Istakhar (alrededores de Persépolis).

[18] No se había establecido, como en el Imperio Romano, la sucesión dinástica por relación filial o “adopción”, en el caso de que no existieran hijos.

[19] El maniqueísmo era una doctrina donde se entremezclaban elementos tomados del zoroastrismo, del budismo y del cristianismo. La misma se difundió en Oriente, a partir de Sapor o Shapur I, el sucesor de Artajerjes.

[20] Si damos crédito a algunas fuentes que sindican a Bartolomé como uno de los apóstoles de Jesús, la prédica del cristianismo en Armenia tuvo lugar al regreso de aquél, procedente de Elam, Persia e India, adonde había pasado algún tiempo predicando el Evangelio. Bartolomé sería martirizado tiempo después en las proximidades de Van, la antigua Thupsa.

[21] El período correspondiente al reinado de Sapor I es, en este sentido, mucho más tolerante que el de su antecesor Artajerjes. Sapor tenía una estrategia más clara y coherente para disputar palmo a palmo la superioridad romana en el Cercano Oriente: una política más tolerante hacia aquéllas minorías religiosas que venían padeciendo lo indecible desde los días de Vespasiano: judíos y cristianos.

[22] Si hemos de reconocer un reinado de Trdat II, extendiéndose desde el 216 hasta su muerte a manos de Anac en el 238, se puede concluir que, hasta la caída de Armenia en poder de los sasánidas, en 251, el poder pasó a manos del hermano de aquél, Cosroe II o Khosrov II el Grande (muerto por Sapor I en 251).

[23] Trdat III tenía en ese entonces entre veinte y treinta años. Su niñez, había transcurrido en el Asia Menor y Roma, adonde había recibido la influencia de la literatura, las costumbres y la religión de los romanos, además de una rigurosa instrucción militar que sería clave para su futuro. La destreza que adquiriría en la lucha se complementaría perfectamente con su fuerza “ciclópea” y con los rasgos atléticos de su cuerpo.

[24] La retirada de los persas, que habían ocupado el reino tras el asesinato de Cosroe el Grande, fue determinada en gran parte por la necesidad de detener el avance de los romanos quienes, comandados por el emperador Aurelio Caro (282-283) y su hijo, Marco Aurelio Numerio Numeriano, habían conquistado Seleucia e imparables, marchaban contra Ctesifonte (283). El error de relacionar con Aureliano (270-275) tal acontecimiento, posiblemente devenga de la confusión generada por la similitud existente entre los nombres que rodean al suceso: Marco Aurelio Numerio Numeriano, Aureliano, Aurelio Caro y Aurelio Carino (el otro hijo de Aurelio Caro). Pero también es probable que la irrupción de Trdat III en Armenia haya tenido lugar en tiempos de Aureliano, para la época en que el emperador marchaba contra Zenobia, la reina de Palmira (273). En este último caso, y considerando además la edad de Trdat para la fecha de la campaña romana contra Zenobia, podríamos concluir que la guerra de liberación de Armenia se inició en los tiempos de Aureliano, para concluir hacia el 287 con la coronación Trdat III.

[25] La propagación del maniqueísmo en las provincias de Cilicia, Mesopotamia, Celesiria, Fenicia, Palestina, Augusta, Egipto, Tripolitania, Libia, Byzacena y Zeugitana se había transformado en una cuestión harto espinosa para el emperador romano, debido esencialmente a que la doctrina de Mani representaba la ideología de la elite persa, con cuyo estado Roma se hallaba en intermitente guerra. En el 303 aproximadamente, Diocleciano (284-305) lanzó un edicto que, aunque no era una persecución en regla, pretendía salvaguardar los principales puestos de la administración en beneficio de los paganos.

[26] Algunos autores sostienen la creencia de que las persecuciones decretadas por Diocleciano contra los cristianos, perseguían más que el derramamiento de sangre, asegurarse el reconocimiento por parte de éstos de la superioridad (supremacía) de las antiguas deidades.

[27] Uno de los personajes que abandonaron Roma como consecuencia de las persecuciones decretadas por Diocleciano fue Hrispsimé, aquélla virgen que, negándose a aceptar la propuesta matrimonial de Trdat III, sería asesinada por éste, crimen que acarrearía no pocos dolores de cabeza al monarca armenio y que en definitiva influiría en su ulterior conversión al Cristianismo.

[28] Aristakes, el segundo catolicós de Armenia, era hijo de Gregorio Iluminador.

[29] Ciertamente, el restablecimiento de las prácticas idólatras y de la influencia del maniqueísmo, de haber sucedido, habría terminado con el ascendiente que Roma tenía sobre la región desde los días de Marco Antonio.

Los persas, neutralizando las tendencias centrífugas que irradiaba el Cristianismo sobre la cultura y la civilización romana y armenia, contaban con grandes posibilidades de romper en su favor el equilibrio que prevalecía en Oriente. Con el asesinato de Trdat III pensaban que tal objetivo era fácilmente alcanzable: los najarares y los sacerdotes paganos recuperarían su anterior ascendiente, con lo que se montaría supuestamente una barrera infranqueable entre la conciencia cristiana que se estaba imponiendo en Occidente, y las tradiciones paganas que se procuraba restablecer. Pero el rey de reyes olvidaba que el pueblo armenio no estaba compuesto solo de najarares e idólatras.

[30] Hacia la primavera del 340, Constante derrotó y eliminó a su hermano mayor, Constantino II el Joven, en Aquileya, tras lo cual los ánimos se serenaron mediante un arreglo conveniente: Occidente pasó a manos de Constante, mientras que Oriente fue conservado por Constancio II.

[31] En el 339 Vatcheh Mamiconian fue derrotado y muerto por Sapor II.

[32] En ese momento, los armenios estaban sintiendo sobre sus espaldas todo el peso de la guerra entre romanos y persas. El rey Arshak II había tenido que huir junto con su familia hacia las montañas, mientras que gran parte de sus súbditos había imitado su ejemplo: aquéllos con tendencias pro-romanas y cristianas, habían emigrado a territorios romanos, mientras el resto permanecía en sus fundos, confiando en que sus simpatías por la causa persa les librarían de cualquier mal.

[33]Arshak se había casado con Parantzem, luego de mandar a matar a su sobrino y tras la muerte de su primer esposa, de sangre romana, llamada Olimpia.

[34] Nota del autor: Se puede observar aquí un antecedente del sistema de soldados campesinos o estratiotas implementado, desarrollado y perfeccionado desde los tiempos de Heraclio, por los emperadores bizantinos.

[35] La estancia de Pap en la ciudad de Neocesarea o Niksar, había resultado de la expulsión de la dinastía arsácida del país, como consecuencia de la irrupción de Sapor II. En vísperas de la caída de la fortaleza armenia de Artakers, la reina madre, Parantzem, había conseguido extraer sano y salvo a su hijo y enviarlo a territorio romano. Hacia el 368, una legión había acompañado de regreso a Pap y facilitado su coronación, aunque su suerte todavía estaba indecisa cuando finalmente las fuerzas de Trajano y Vadomaro arribaron en ayuda de los armenios.

[36] También se encontraban entre las fuerzas comandadas por Trajano y los Mamiconian, algunos Bagrátidas, armenios que, en tanto que nueva dinastía, llegarían a reinar en Armenia hacia finales del siglo IX.

[37] Pap, hasta último momento, se había esforzado en vano por suprimir la resistencia de algunos najarares que se obstinaban en negarle como rey. Además, en vísperas de su asesinato, sus relaciones con la alta jerarquía de la iglesia gregoriana, especialmente con el catolicós, se habían deteriorado de forma notoria.

[38] El desastre romano de Adrianópolis, adonde el propio emperador perdió la vida, es la vívida descripción en un campo de batalla del proceso de irreversible decadencia que estaba viviendo para ese entonces el Imperio Romano: un estado dividido, arrasado por bagaudas o revueltas campesinas, incapaz de generar los estímulos suficientes como para generar milicia autóctona, socavado internamente por usurpaciones y proclamaciones de candidatos, realizadas especialmente por las legiones, etc.

[39] Es muy probable que, con la conversión de gran parte de Armenia en un estado vasallo de Persia, la intención de Sapor haya sido anteponer una barrera a la amenaza que representaban los hunos bajando regularmente desde el Cáucaso, por Iberia. La misma política que en definitiva habían empleado hasta entonces y frente a ellos, los propios romanos.

[40] El origen de los hunos no está del todo claro para los investigadores. Existe una confusión muy grande al momento de identificar el pueblo antecesor: algunos historiadores sostienen que los hunos provienen de los Juan-Juan o averos, mientras que otros afirman que proceden de los Hsiung-nu o de una de sus ramas, los Hong-nu. Inclusive, el origen de los heftalitas, en tanto que hunos, es puesto también en duda. Procopio, al referirse a ellos, dice de los heftalitas que, pese a pertenecer al linaje huno, no se parecen a este pueblo, ya que son de tez blanca y de rasgos no tan feos.

[41] En vísperas de la invención del alfabeto armenio, el griego, el siríaco y el persa eran las lenguas escritas más empleadas, inclusive en la iglesia. La escritura cuneiforme y el jeroglífico, por su parte, antiguamente utilizados en templos paganos y en la corte, hacía largo tiempo habían sido desechados en beneficio de aquéllas.

[42] La culminación definitiva del alfabeto armenio tendría lugar hacia el siglo XII con el agregado de dos letras nuevas.

[43] El éxito del nuevo alfabeto se correspondió con su amplia difusión y fue coronado cuando, hacia el año 435, se produjo la versión de la primera Biblia armenia, traducida a partir del original griego.

[44] La causa de la muerte de Yazdegerd no está del todo aclarada. Algunos autores sostienen que el rey de reyes murió naturalmente. Lo cierto es que, conspiración o no, sus sucesores se disputaron el trono, imponiéndose Bahram V (420-438) frente a las pretensiones de su hermano Sapor, el rey de Armenia, quien pagó con su propia muerte el precio de su fracaso (428).

[45] Según lo estipulado entre los emisarios de Teodosio II y Bahram V, la paz entre persas y romanos debía durar cien años, aunque en realidad no resistió más dos décadas.

Fuentes documentales:

  • Jean Pierre Alem, Armenia, Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba), 1963.
  • Franz Georg Maier, Bizancio, Siglo Veintiuno Editores, 6ta. Edición, 1983, ISBN (volumen trece) 988-23-0496-2.
  • Georg Ostrogorsky, Historia del Estado Bizantino, Akal Editor, 1984.
  • Carlos Diehl, Grandeza y Servidumbre de Bizancio, Espasa-Calpe SA, Colección Austral, 1963.
  • Santiago Montero, Gonzalo Bravo y Jorge Martinez-Pinna, El Imperio Romano, Visor Libros, ISBN 84-7522-497-0, España.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

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