Comentario sobre “La Noche Oscura del Alma”.
Por Galo Garcés Ávalos.
La novela de Guilhem de Encausse, “La Noche Oscura del Alma”, es un vívido y auténtico relato sobre la Segunda Cruzada, aquella nefasta empresa que dejó menguado a perpetuidad el prestigio militar de los francos frente a los cada vez más hostiles y organizados musulmanes. A la caída de Edesa (1144) a manos del carismático y poderoso líder musulmán Zengi, la Cristiandad Occidental vio con terror cómo el primer estado latino fundado en Levante era aniquilado por los agresivos guerreros infieles del atabeg de Mosul.
Ante lo comprometido de la situación, ningún ejército franco de la Tierra Santa pudo ayudar concretamente a Edesa, debido a muchos factores. Jerusalén, capital del reino homónimo, estaba bajo la regencia de la reina viuda Melisenda, apoyada por su arrogante primo y condestable, Manasés de Hierges, los cuales minimizaban la figura del joven e impetuoso rey Balduino III, hijo de la soberana. En Trípoli, el heredero de Pons era Raimundo II, quién se había ganado el desprecio de su pueblo por sus abusos hacia lsus súbditos cristianos maronitas, a los cuales tachaba de traidores y colaboradores en la derrota y muerte de su padre. Por su parte, en Antioquía reinaba la joven princesa Constanza, última del linaje normando de los Altavilla de Ultramar, junto a su ambicioso esposo Raimundo de Poitiers, quién se hallaba enemistado con el conde de Edesa. Finalmente, en Edesa, el conde Joscelino II, del linaje franco de los Courtenay, había sido un heredero indigno de su noble y valiente padre, Joscelino de Turbessel, y había perdido su capital y sus principales castillos al retirarse con el grueso de sus tropas hacia regiones cercanas a Antioquía…
En ese momento, tras la embajada del obispo de Jabala a Roma, por encargo de la reina de Jerusalén, el Papa Eugenio III convocó la Segunda Cruzada en el año 1145. A su llamamiento respondieron muchos nobles y señores cristianos del Occidente Católico, en especial el rey de Francia, Luis VII, junto a su mujer Leonor de Aquitania, y el rey de Germania, Conrado III de Suabia. Es aquí donde aparece la figura del personaje principal de la obra, el multifacético y valiente Guillaume de Castelsarrasin, un vasallo de Alfonso Jordán, Conde de Tolosa y legítimo Conde de Trípoli. Guillaume sigue el ejemplo de su señor, y parte al Oriente, en donde traba amistad con el caballero Eudes, del ejército del Rey Luis, con Beltrán de Tolosa, bastardo del Conde Alfonso y pretendiente al trono de Trípoli, y con Demetrio Macrembolites, embajador del Emperador Manuel I Comneno de Bizancio, por cuyos territorios han de pasar los Cruzados, en camino a la Tierra Santa…
Manuel I, el más grande soberano de la Cristiandad, rige los designios de un Imperio estable, trabajoso legado de su padre, el sensato Juan II. Sin embargo, desconfía de los “celtas”, y de su manera de actuar una vez dentro del Imperio, aunque también comparte muchas aficiones con ellos, en especial las justas, los banquetes, el boato, y el sentido puramente occidental de la caballería, con sus códigos de honor e ideales. No obstante, dentro de los muros de Constantinopla, la Capital de los últimos romanos, y en sus fronteras, con turcos y normandos agazapados para un oportuno zarpazo, una amenaza se va tornando más clara, sobre todo tras el paso de la Segunda Cruzada…
La novela, excelentemente redactada y con una trama profundamente interesante, muestra el ideal cruzado de la época, con un asombroso dominio geográfico de los lugares por donde pasaron los caballeros de la Segunda Expedición de la Cristiandad al Oriente, en auxilio de sus hermanos francos en Siria y Palestina, así como los territorios de donde provenían los peregrinos, en especial las bellas tierras del Condado de Tolosa, hogar de nobles y píos soberanos, la Casa de Saint-Gilles…
Cabe señalar el excelente marco en el que se desarrolla la obra, las frases, la personalidad e incluso los monólogos interiores de muchos personajes, en especial Guillaume y el emperador Manuel, los cuales ven desde puntos de vista diferentes, el destino de los reinos francos de Ultramar, como la avanzada de la Cristiandad en tierras largo tiempo perdidas para la Fe, y en donde, tras ser recuperadas, los musulmanes se alzan en armas con mayor vigor, dispuestos a recuperar la Ciudad Santa de Jerusalén, en donde su profeta subió a los Cielos…
Los amores de Guillaume y Matilda, las intrigas en la Corte de Manuel I Comneno, la helenofobia del Duque Federico de Suabia, heredero al trono germano, la valentía y ambiciones del joven Beltrán, las canciones de Malaespina, las querellas matrimoniales entre Luis VII y su mujer Leonor, las disensiones entre los barones francos de Levante, y finalmente, la última y valerosa resistencia occitana en la Fortaleza de Araima, muestran con un toque maravilloso de realidad el animoso inicio y el triste final de la Cruzada que menguó el prestigio de los bravos y fieros guerreros francos, y que devolvió a los musulmanes el ánimo guerrero y la esperanza de recuperar un día la Ciudad Santa, y expulsar a los tiranos que vinieron de las tierras más allá del Mar…
Galo Garcés Ávalos.

