IMPERIO BIZANTINO

Historia de Bizancio enfocada principalmente en el período de los Comnenos

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La batalla de Myriokefalon (1176). Parte III.

Posted by Guilhem en enero 26, 2011

La batalla de Myriokefalon o Miriocéfalo. ¿Golpe sicológico o derrota decisiva?

Extracto: ¿Combate decisivo o apenas una refriega fronteriza? La batalla de Myriokefalon o Miriocefalo tuvo lugar el 17 de septiembre de 1176 y, como una espina clavada en la sandalia de un peregrino, dejó su impronta en la conciencia de los bizantinos tal como sucediera cien años antes con Mantzikert (19 de agosto de 1071). Hacia finales del año 1175 el poderío de los turcos selyúcidas, bajo el acicate del sultán Kilij Arslan II (1156-1192), se había tornado tan amenazante que el basileo Manuel I Comneno Megas (1143-1180) decidió confrontarlo de manera definitiva. La idea del emperador era marchar directamente sobre la capital del sultanato de Rum, la ciudad de Qonya o Ikonium, a fin de someterla nuevamente al mandato imperial. Pero la empresa se malograría en los tortuosos pasos de Tzivritze, a raíz de una emboscada hábilmente dispuesta por el sultán. Al decir de algunos contemporáneos, el emperador bizantino ya no volvería a recuperar la sonrisa ni su característico humor jovial tras el desastre; no obstante, ¿tuvo Myriokefalon las mismas dimensiones de tragedia, los mismos efectos a largo plazo que Mantzikert? Es lo que trataremos de develar a continuación.

Parte III: el viaje hasta las estribaciones de Tzibritze.

Algunas consideraciones respecto a las causas inmediatas de Myriokefalon.

Apenas iniciado su libro VI, en la primera página, Nicetas Choniates nos da una pista acerca de los motivos que condujeron tanto a Manuel como a Kilij Arslan a desdecirse de los viejos tratados de paz y a prepararse para la guerra: “Los siguientes hechos fueron también realizados por el emperador Manuel I Comneno.  Dejemos pues que nuestra narración prosiga y registre cada evento acorde con el lugar y el tiempo en los que se produjeron. Desde que el sultán Kilij Arslan II no abrazara la paz por ser perjudicial para su enriquecimiento, mientras que era siempre más rentable tener a sus turcos pillando sobre los límites del Imperio, el emperador una vez más marchó contra él. El basileo no quería permitir que el gobernante turco durmiera y, como si pinchara a una bestia hambrienta enloqueciéndola, lo provocó a librar batalla, despertándolo de su guarida. Es más, ni los armisticios, las treguas, los pactos, los tratados, ni aun las negociaciones de los embajadores pudieron prevenir o evitar ataques mutuos, dado que ambas partes eran propensas a realizar actos osados y temerarios. Ansiosos por la guerra, ellos marchaban uno contra el otro al menor pretexto. Su trabajo principal consistía en probarse armaduras, ponerse al frente de tropas, marchar e intercambiar golpes. Ambos potentados diferían uno de otro en su manera de proceder; el sultán parecía ser siempre cauto y ejercitar la previsión, reflejando cuidado en sus acciones y cautela al momento de cerrar la maraña de una batalla a través de sus comandantes (nunca nadie le vio al frente de una falange o compartiendo la fatiga de sus soldados); el emperador, por su parte, era corajudo por naturaleza, temerario en la batalla, y audaz en todo cuanto estuviera al alcance de sus manos, al punto de que cuando llegaban reportes acerca de incursiones enemigas, causando estragos en su país, era el primero que saltaba sobre su caballo y valientemente marchaba con sus tropas”.

El historiador bizantino no señala claramente, no identifica un hecho fortuito ni concienzudo como principal detonante del conflicto en ciernes, que no sea el disgusto causado en la corte de Ikonium por los esfuerzos restauradores de Manuel en Dorileo[1]. Pero tales esfuerzos eran a su vez consecuencia de las continuas razzias procedentes de la meseta anatólica. Por lo que, a partir de lo visto hasta aquí y de algunas observaciones que desliza Choniates en los libros anteriores de su obra, pueden extraerse jugosas conclusiones. Por ejemplo, de su afirmación “desde que el sultán Kilij Arslan II no abrazara la paz por ser perjudicial para su enriquecimiento, mientras que era siempre más rentable tener a sus turcos pillando sobre los límites del Imperio”, se desprende fácilmente que:

1- El sultán incumplía sus compromisos adrede, puesto que, como ya se ha mencionado antes, mientras más violaba los tratados, mayores eran los obsequios pecuniarios que recibía para volver a renovarlos.

2- El soberano de Ikonium podía dar una solución rápida y fácil al problema que representaban las bandas de turcomanos dentro de su estado, desviándolas hacia los ducados griegos.

3- Dado que la autoridad de Kilij Arslan sobre dichas bandas era más nominal que otra cosa, bien el sultán podía argumentar en su defensa no ser el responsable por los desmanes y tropelías cometidos en territorio imperial. De hecho, tal como lo indica Choniates, él nunca se ponía al frente de tales razzias o algaradas: “el sultán parecía ser siempre cauto y ejercitar la previsión, reflejando cuidado en sus acciones y cautela al momento de cerrar la maraña de una batalla a través de sus comandantes (nunca nadie le vio al frente de una falange o compartiendo la fatiga de sus soldados)”.

Del mismo modo también puede inferirse que, mientras que en el caso de los turcos las violaciones a los pactos procedían de campañas ofensivas, provocadas o inducidas a través de terceros (léase turcomanos), en el caso de los bizantinos los incumplimientos eran meramente consecuencia de maniobras defensivas (remodelación de las fortalezas de Dorileo y Subleo, fortificación de Pérgamo, Cliara y Adramecio, entre otras)[2]. Por lo común, cuando una partida de algareros, selyúcidas o turcomanos, rebasaba la línea defensiva de los castillos griegos[3] para pillar los fértiles valles occidentales, era el mismo basileo quien solía salirles al encuentro o perseguirles hasta darles caza. Ello se desprende de las siguientes líneas: “el emperador, por su parte, era corajudo por naturaleza, temerario en la batalla, y audaz en todo cuanto estuviera al alcance de sus manos, al punto de que cuando llegaban reportes acerca de incursiones enemigas, causando estragos en su país, era el primero que saltaba sobre su caballo y valientemente marchaba con sus tropas”[4] . Tal conducta también es descripta por el cronista bizantino en los siguientes pasajes:

  • “En cierta ocasión, cuando el emperador se había vuelto a un lado para comer y estaba pelando un melocotón con su cuchillo, se anuncio un ataque turco contra aquellos que estaban recolectando alimentos. Entonces, arrojando el fruto a la vez que se ceñía la espada y se calzaba la cota de malla, brincó sobre su caballo y salió disparado a toda velocidad. Los bárbaros, en orden de batalla, rompieron filas al verle venir”[5].
  • “No mucho después (fines de ll79), la ciudad de Claudio César o Claudiópolis[6] fue asediada por los turcos, que primero bloquearon a la guarnición asignada a la defensa de la fortaleza y después tendieron el sitio. Aquellos dentro de la ciudad amenazaron con capitular y rendir la ciudad a menos que llegase ayuda del exterior, alegando que no podrían soportar la inanición por mucho tiempo y, lo que era más, debido a que no tenían los medios para repeler al enemigo. Manuel, reacio a esperar malas nuevas, se levantó al día siguiente y salió hacia Claudiópolis tan rápido como le fue posible, vía Nicomedia. No llevaba consigo nada relacionado con lujos imperiales, ni siquiera pabellón, cama o colchón, tan solo los arreos del caballo y la armadura tejida de cota de malla. Recorrió la distancia de días de marcha en su afán por alcanzar la plaza sitiada antes de que sufriera más daño”[7] .

Lo cierto es que, hacia 1175, ambos potentados tenían razones suficientes para desear la guerra. En el caso de Manuel, tantas promesas incumplidas y tratados rotos por parte de su rival[8], le habían tornado escéptico y desconfiado en cuanto a los beneficios de renovar el voto de confianza a Kilij Arslan. Además estaba el asunto de los turcomanos que, pese a que en algunas ocasiones redituaba merced al alquiler de campos de pastoreo, en otros escapaba a su control terminando en incursiones armadas de las que el sultán inmediatamente se desligaba. Al erigir las nuevas fortificaciones en Subleo y Dorileo, Manuel ya hacía rato que se había decantado por la guerra. Kilij Arslan, a su vez, estaba seriamente preocupado debido a la instalación del nuevo limes defensivo, la línea Claudiópolis-Dorileo-Subleo; y no era para menos. Con el camino cerrado hacia delante por fortalezas y guarniciones griegas, los turcomanos acabarían en algún momento sembrando el caos en sus propias tierras. Y había una cuestión más de la que el sultán se había percatado muy bien: Manuel ya no caía en la trampa de tratar de comprar la paz mediante obsequios y dinero. Sobre este tema Choniates escribe: “Poco tiempo después los adversarios reavivaron su resolución uno contra el otro, recurriendo a recriminaciones mutuas; el emperador acusó al sultán de ingratitud hacia su benefactor y de deslealtad hacia los actos previos de bondad por parte del emperador entre los que se contaban los esfuerzos por establecer al sultán como gobernante frente a su pueblo. Por su parte, el sultán culpó al emperador por su abrupta pérdida de confianza en él, por romper la amistad, por violar sorpresivamente los tratados de paz, y por tentarle con promesas de valiosos presentes que, estando inscriptos con tinta púrpura en documentos imperiales y, en consecuencia, garantizados, solo resultaron miseria”[9].

Los objetivos de la campaña de 1176.

A principios de 1176, tanto Manuel como el sultán sabían que la guerra estaba a la vuelta de la esquina. Y, como era de esperarse, durante los primeros meses de dicho año cada uno se aplicó a aceitar los engranajes de la maquinaria bélica que llevarían en campaña. En el caso de Manuel, los preparativos debían estar en consonancia con los objetivos de la expedición. ¿Pero cuáles eran éstos?

A primera vista parece descabellado suponer que Manuel se hubiese propuesto como meta la reconquista de la meseta central anatólica, un territorio que aún despertaba cierta remembranza y melancolía en algunas importantes familias bien acomodadas de Constantinopla. Sin ir más lejos, quién mejor que el clan de los Comneno para propiciar tal reconquista; su antigua tierra solariega en torno a Kastamuni[10], en Paflagonia, estaba en manos turcas hacía por lo menos una treintena de años. Y, del mismo modo que la familia del emperador, había otras tantas que, aún considerando todo el tiempo transcurrido desde la irrupción de los selyúcidas, no se resignaban a olvidar sus terruños ancestrales. La idea de devolverles tales extensiones y de restituir en ellas la soberanía imperial envolvía detalles trascendentales para el emperador en cuanto a cuestiones de prestigio internacional y de estrategia geopolítica. Sin embargo, se trataba de un proyecto impracticable y Manuel seguramente debió saberlo.

La meseta de Anatolia había cambiado desde sus mismas entrañas a partir de la conquista turca del siglo XI. Con la batalla de Mantzikert, en 1071, se había iniciado un complejo proceso de transformación que, hacia el reinado de Manuel, había alterado el componente económico, religioso y social de la región. Los cultivos tradicionales casi habían desaparecido producto de la nomadización gradual, que había traído aparejada la decadencia de los sistemas de riego. Una ingente masa de tribus, bandas y clanes llegados de Oriente había relegado la vida sedentaria a determinadas zonas muy focalizadas: Qonya, Cesarea, y poco más[11]. Y sería precisamente en estos lugares donde se desarrollaría el embrión político del sultanato de Rum, en la primera mitad del siglo XII. Entretanto, la comarca se había islamizado al mismo tiempo que los residentes griegos o bien emigraban hacia la costa[12], o bien acababan abjurando en pos de una vida más llevadera. Por lo que, de prosperar la campaña, los ejércitos imperiales no encontrarían la más mínima traza de las antiguas instituciones bizantinas: ni estratiotas a la vieja usanza, ni templos atiborrados de fieles ortodoxos, ni sacerdotes oficiando la misa, ni ricos aristócratas y poderosos terratenientes, ni redes de caminos y calzadas militares, ni centros de reclutamiento castrense, nada.

Está claro pues que la derrota del sultanato no implicaría su conquista y pronta asimilación “de un golpe”. Nada más alejado de la realidad. Lo que nos lleva a la segunda posibilidad: la incorporación gradual de los nuevos territorios haciendo coexistir ambas culturas en un mismo espacio geográfico. Con el tiempo, una política minuciosa de colonización, mediante la inserción de comunidades afines, podría minar la capacidad de resistencia de los turcomanos y selyúcidas. Ayudaría también la concesión de pronoias (aunque la meseta no era rica como los valles) y por qué no una probable ola de conversiones al cristianismo. El proceso de asimilación en este caso estaría conformado por distintas etapas, pudiendo comenzarse con la imposición de un protectorado y, desde allí, irse avanzando hasta completar la incorporación del sultanato. Entretanto, los territorios en cuestión podrían erigirse como un dique de contención frente a la llegada de nuevas oleadas de turcomanos y de otros invasores. Los selyúcidas, obligados por los términos de la conquista, terminarían sus días siendo funcionales a los propósitos del Imperio. No es preciso señalar que, para tener éxito, la presente opción requería de una alta dosis de perseverancia y coherencia por parte de quienes detentaran la diadema imperial, y, por tratarse de un trabajo de generaciones, la tarea parecía ciclópea. La brillante secuencia dinástica Alejo, Juan y Manuel, daba motivos para ser optimistas.

La alternativa más liviana, desde luego, no pasaba por la derrota y asimilación gradual del estado de Rum. Al contrario, se trataba de inducir su obediencia a través de la intimidación, es decir, algo parecido a lo que Manuel había ensayado con los estados francos de Ultramar durante la campaña de 1158 y 1159. De todas las opciones esta era, por lejos, la menos riesgosa en términos monetarios y militares aunque también la menos efectiva. El estado de Iconio, doblegado momentáneamente por el temor, no tardaría en recuperar su postura rebelde ni bien los ejércitos imperiales dieran media vuelta para regresar a casa. Además, esta estrategia ya había sido implementada en 1161, y la prueba de su fracaso era precisamente la nueva campaña que se estaba preparando, por lo que debemos rechazarla de plano.

Habiendo repasado el abanico de posibilidades, solo nos queda remitirnos a un párrafo de Nicetas Choniates para ir cerrando las puertas a la especulación: “el emperador por fin estuvo listo para iniciar la marcha, dispuesto a destruir el poderío de la nación turca y a tomar por asalto la ciudad de Iconio y sus defensas, y, por tanto, en mantener cautivo al sultán cuyo cuello pensaba emplear de taburete[13] cuando éste se postrara”[14]. Al hablar de destrucción, conquista y cautividad, el historiador bizantino parece suscribir a la primera de las posibilidades desarrolladas en el presente acápite. En todo caso, es su interpretación de los hechos. Mientras tanto, nosotros podemos extraer conclusiones leyendo entre líneas.

Existe finalmente una cuestión sobre la cual no hay margen para la incertidumbre: al salir de sus bases en Lopadio para tomar la ruta “del medio”, por citar una de las tres vías descriptas por Odón de Deuil, el emperador llevaba consigo vagones con maquinaria pesada para asediar Qonya (posiblemente partes que, ensambladas, darían la forma definitiva a los temibles trabucos y “helepolis”[15] griegos). El ejército debía abrirse paso con lentitud, avanzando poco a poco, debido a las bestias de carga que llevaban las máquinas de guerra y a los numerosos no combatientes que estaban a cargo de su cuidado”, afirma Nicetas Choniates en su libro VI, pág. 179. Y, a continuación, en la página siguiente, añade: “Según parece, Manuel no tomo precauciones en cuanto a su ejército, cuando se aventuró por ese camino. Ni aligeró el peso de la carga que transportaban las bestias, ni puso a un lado los vagones que portaban las maquinarias de sitio. […] Tras éstos marchaban las bestias de carga, los criados y no combatientes, y los vagones con las maquinarias de asedio y las vituallas. A continuación venía el emperador en persona con las tropas escogidas, seguido por Andrónico Contostéfano en la retaguardia”. Aún mejor, es el propio Manuel en una carta dirigida al rey de Inglaterra quien declama la presencia de la maquinaria aludida: Consecuentemente, nuestra oficina imperial se abocó a reunir los materiales y artefactos, mangoneles y pedreros, usualmente empleados para el bombardeo de ciudades. Pero, teniendo en cuenta los trastornos y las dilaciones que provoca el enorme peso de tal maquinaria, se tornó casi imposible actuar expeditivamente”[16].

En conclusión, la presencia de tales vagones[17] portando tan valiosa carga permite inferir que el basileo se había propuesto cuanto menos:

1º) Emprender el asedio de la capital selyúcida.

2º) Quebrantar el poderío del sultanato de Rum[18].

3º) Erigirse en el campeón de la Cristiandad en un momento en que las cosas no marchaban nada bien para los estados latinos de Ultramar (ascenso de Saladino).

4º) Ganar prestigio internacional ante los ojos del Papado, frente a su archienemigo Federico Barbarroja (el tiempo le daría la razón en este punto a Manuel, ya que en el verano de 1177, Federico y Alejandro III firmarían la paz en Venecia [19]).

La expedición se pone en marcha.

Manuel se embarcó en los muelles de Constantinopla en el verano de 1176. Hacía relativamente poco tiempo que había regresado de Asia Menor (enero de ese mismo año), luego de dirigir personalmente la reconstrucción de la fortaleza de Subleo, cerca de Homa. Pero habituado como estaba a las campañas militares, no le costó reemprender una nueva a sus casi sesenta años de edad (a la sazón llevaba 33 años en el trono)[20]. Junto con él fueron trasladados a la otra orilla del Bósforo un gran número de mercenarios producto de las levas realizadas entre los escitas del Norte (cumanos) y los países vasallos de la región danubiana (Servia y Hungría). También acudieron una parte sustancial de la guardia varega, unos pocos estratiotas, y soldados aportados por los pronoiarios establecidos en los ducados europeos. Bordeando el mar de Mármara, el ejército avanzó sin contratiempos desde Arcia y, juntando a todos los efectivos disponibles que iba encontrando a su paso por Pelecano, Nicomedia, Pylae, Nicea y Prusa, giró hacia los territorios de Opsikion. El punto de encuentro era el centro de adiestramiento militar de Lopadio, adonde había confluido el resto de las tropas procedentes de los ducados y themas asiáticos que iban a tomar parte de la campaña. Cuando por fin ambas fuerzas se hubieron reunido, el número definitivo de la hueste seguramente debió cubrir las expectativas del basileo: entre veinticinco y treinta mil reclutas habían acudido al llamado del emperador, contando combatientes y no combatientes (estos últimos constituían una mezcolanza de criados, sirvientes y advenedizos dedicados a tareas de soporte de la fuerza de choque: acarreadores, armadores, cocineros, mozos de cuadra, palafreneros, bruñidores, ingenieros, armeros y artilleros). Desde “aquél terrible día” (Mantzikert, 1071) el Imperio no juntaba un ejército de semejantes proporciones, otro indicio más de la importancia que se le había dado a esta campaña.

Acto seguido, correspondió a los estrategas y al propio emperador elegir la ruta que se habría de emplear para acceder al valle del Meram, donde se erguía la capital del sultán. Las alternativas no eran muchas, tan solo tres, y se condecían al pie de la letra con las enumeradas por Odón de Deuil, cronista y testigo ocular de la Segunda Cruzada: “… Desde Nicomedia tres rutas diferentes salen para Antioquía. El camino de la izquierda es el más corto y si no se presentan obstáculos durante la marcha en tres semanas se lo puede recorrer con facilidad. No obstante, a los doce días de travesía se alcanza Iconio, la capital del sultán, que es una ciudad fuerte y nobilísima. El territorio franco se halla a cinco jornadas de camino a partir de ese punto. Un ejército considerable, reforzado por la fe, podría tener éxito si no tuviera que vérselas con cadenas montañosas cubiertas de nieve en invierno. El camino de la derecha es más apacible y mucho mejor provisto que el de la izquierda. Sin embargo el fuerte viento procedente de la costa, sumado al inconveniente que presentan los ríos y torrentes invernales, demora al viajero hasta tres veces más de lo que lo hacen los turcos y las nevadas por la otra ruta. En el camino del medio las conveniencias y dificultades se atemperan. Es más largo pero más seguro que la ruta corta y más corto que la ruta larga, aunque mucho más pobre…”[21].

Las 3 rutas de Odon de Deuil por Asia Menor

Manuel no iba a exponer innecesariamente los vagones con el forraje y el agua ni las costosas maquinarias de asedio por un camino que, aunque resultase ser el más directo, estaba plagado de peligros y amenazas. Tal era la ruta que había empleado la Primera Cruzada desde Nicea hasta Qonya, y que yacía hacia el Este, retirada de la seguridad provista por la línea de fortalezas que él mismo se había ocupado de restablecer el año anterior. Tampoco el basileo se mostraba dispuesto a emplear la calzada del litoral egeo, mucho más segura pero considerablemente más larga que la anterior. En consecuencia, tanto la vía más corta como la más dilatada fueron desechadas de plano, la primera por lo insegura y la segunda por lo extensa. La ruta “del medio” según los términos empleados por Odón de Deuil fue finalmente la escogida.

Coni, la catedral del Arcángel Miguel, y Manuel.

Respecto a la segunda etapa del viaje, Nicetas Choniates nos dice: “…y pasando por Frigia y Laodicea, (el emperador) llegó a Coni, una próspera y gran villa, conocida antiguamente como Colosas[22] y que es la ciudad natal de este autor. Allí visitó la enorme iglesia del Arcángel Miguel, incomparable en belleza y una maravilla del arte, marchando luego hacia Lampe[23] y a la ciudad de Kelainai, donde se encuentran las fuentes del Meandro[24] y adónde también el río Marsyas descarga sus aguas. Se dice que en ese lugar Apolo despellejó a Marsyas quien, como si hubiese enloquecido por la picadura de un tábano, le había desafiado a una contienda musical”[25]. El ejército imperial, descendiendo pues en dirección a los ricos valles del Hermos y del Meandro, fue reponiendo provisiones para los trayectos venideros en cada parada que hacía: Achyraus, Calamus, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Hierápolis. Al llegar a Coni, y tal como lo relata Choniates, el emperador fue a postrarse piadosamente a la iglesia del Arcángel Miguel.

Hacia 1176 Coni, pese a estar bajo el acecho permanente de los turcos, era una ciudad muy próspera debido a que hacía las veces de nexo entre los centros comerciales del valle del Meandro y la capital del sultanato de Rum. La urbe estaba emplazada sobre un páramo rodeado de ríos y lagos, donde abundaba la pesca, y sus tierras además eran muy aptas para el cultivo de regaliz, cardamomo, mirto, higos, uvas, y granadas. En sus calles, por otra parte, se celebraban numerosas ferias en conmemoración del Arcángel Miguel, a quien los habitantes habían dedicado una hermosa iglesia provista de finos mosaicos[26]. Numerosos peregrinos procedentes de todos los puntos cardinales se daban cita en el templo, contribuyendo sin saberlo al progreso de la villa en términos económicos, urbanísticos y arquitectónicos.

El culto al Arcángel Miguel poseía tres grandes santuarios en la región de Frigia, además de otros tantos en Constantinopla[27] y en Tracia; ellos eran: Laodicea (cerca de la moderna Denizli), Chairotopa (Kayadibi) y la ciudad natal de Nicetas Choniates, Coni, siendo ésta el lugar de culto más importante. Acorde con el hagiógrafo bizantino Simón Metafraste[28], un ermitaño llamado Archippos había erigido el santuario de Coni, despertando la envidia de los pobladores de las zonas aledañas, quienes como represalia cavaron canales para encauzar dos ríos contra la pía construcción. El Arcángel Miguel respondió entonces a las oraciones de Archippos, fragmentando la roca (montaña) con un rayo para fundir los dos canales en una sola corriente, santificando de ese modo las aguas procedentes de la quebrada resultante[29]. Es por ello que a Miguel se le reconoce como santo patrono de las aguas curadoras (aguas termales). Así pues, sobre la base de lo anterior, los bizantinos sostenían que la visión de Miguel había tenido lugar durante el primer siglo de la era cristiana, pese a que la leyenda comenzó a circular en la segunda mitad del siglo V. Desde entonces el lugar se transformó en destino de un gran número de peregrinos que concurrían de sitios tan distantes como Paflagonia o Constantinopla, para acudir prestos ante el altar de la legendaria iglesia[30]. Gradualmente, Coni empezó a adquirir importancia a medida que Colosas iba perdiéndola, llegando a constituirse en arzobispado hacia el 860 y en metropolinato un siglo más tarde. Inclusive los mismos turcos de Qonya, atraídos por la multitud que se congregaba al otro lado de la frontera para visitar el santuario, se apresuraban a acudir para comerciar sus alfombras y tapices.

Icono con el milagro del ángel en Coni. 1175.

La llegada del emperador Manuel con su ejército tuvo que causar un gran revuelo en la ciudad. Los habitantes y viajeros, y hasta quizá algún espía turco, ciertamente debieron acudir presurosos a las calles para presenciar el desfile de tan nobilísimos visitantes, agolpándose en los umbrales de las casas y comercios para no obstaculizar el paso de la solemne caravana, que avanzaba en dirección a la Iglesia del Arcángel Miguel. A estas alturas, solo podemos imaginarnos los hechos que compusieron la secuencia cronológica de tan magno acontecimiento. Manuel y su cancillería, que incluía figuras de la talla de Andrónico Contostéfano, Teodoro Mavrozomes, Constantino Makroducas, Juan y Andrónico Ángel, Juan Cantacuzeno, Balduino de Antioquía y Ompud, condestable de Hungría, se darían cita en el altar mayor del templo para orar por sus almas y pedir por la victoria, como usualmente se acostumbraba hacer en estos casos de extremo peligro. Imbuidos por el silencio y a la vista de los inspiradores mosaicos, pondrían a continuación sus mentes en blanco para dejar fluir sus recientes pecados y confesarse en consecuencia, prestos a participar de la misa. Y, por fin, con los sentidos nublados por el olor a mirra e incienso, y tras la bendición del metropolitano, se incorporarían para volver al campamento de extramuros. Sería la última vez en toda la historia del Imperio que un emperador visitaría Coni.

La siguiente etapa del trayecto.

La ciudad de Nicetas Choniates fue la última parada relativamente segura del viaje. Hasta allí la caravana había marchado a través de páramos bien provistos de excedentes de granos, y dentro del perímetro defensivo que el emperador se había ocupado de establecer a lo largo del año anterior. No se habían producido contratiempos de ninguna especie, esencialmente por la ausencia de algareros turcos y por que el emperador había dedicado muchas horas a la logística y planificación de la campaña. El historiador oriundo de Coni señala en este sentido que “el emperador siempre tenía cuidado de planificar las paradas, formando campamentos atrincherados y emprendiendo cuidadosamente las salidas de acuerdo con tácticas militares”[31].

El tramo siguiente del itinerario, no obstante, iba a ser bien distinto. A partir de Coni, la antigua calzada se abría paso directamente hacia el Este, por una zona de transición que acababa en Homa, Ciboto (Apamea) y Sozópolis. Era un terreno áspero y geográficamente muy accidentado, en el cual las bondades del clima de los valles cedía al rigor del pre-desierto. Los turcomanos solían emplear estas solariegas extensiones para establecer sus campamentos de invierno, donde soportaban las inclementes amplitudes térmicas entre el día y la noche esperando a que regresara la primavera para bajar con sus rebaños a pillar los valles[32]. Con los nómades y sus rebaños yendo y viniendo, era de suponer, pues, que los estrategas del ejército bizantino extremaran las precauciones echando mano a la valiosa herramienta de los escuchas.

Los problemas comenzaron tan pronto como el ejército imperial traspuso las nacientes del Lycus, en las estribaciones septentrionales de los montes Cadmos. La carta de Manuel al rey Enrique de Inglaterra nos sugiere una primera pista en este sentido: “Para colmo de males, cuando el ejército estaba aún atravesando su propio país, y antes de que nuestros enemigos bárbaros nos hubieran involucrado en la guerra, la más perversa peste nos atacó desde el interior de las entrañas. Y desparramándose entre las tropas de nuestro imperio, hizo su camino entre ellas y, actuando como el más peligroso antagonista que cualquier guerrero pudiera ser, destruyó vastos números. Esta enfermedad debilitó nuestras fuerzas de una manera formidable”[33]. Choniates también advierte sobre este contratiempo: “No obstante, los turcos, que aparecían con intermitencia para enzarzarse en escaramuzas ligeras, iban delante del ejército, poniendo fuego a los pastizales para evitar que los romanos dieran de comer a sus animales, y envenenando las fuentes para impedir a sus enemigos abastecerse de agua pura. A poco, los romanos se vieron gravemente afectados por una enfermedad en los intestinos, que acabó por diezmarles”[34]. De todo lo cual se deducen dos cuestiones:

a- Que los turcos ya habían comenzado a hostigar la marcha del ejército imperial a la altura de Homa y Ciboto, y,

b- Que una peste de disentería se estaba extendiendo de manera incontrolable entre las filas bizantinas, quizá producto del cegamiento de pozos realizado por el enemigo.

Itinerario hasta Myriokefalon (1176)

Es muy probable que Kilij Arslan II haya estado al tanto de los pormenores de la expedición. Constantinopla era una ciudad cosmopolita y un espía bien podía pasar desapercibido entre la multitud de comerciantes, peregrinos y visitantes ocasionales que pululaban por sus calles. Y luego, en Coni, en medio de tanto revuelo, habría sucedido otro tanto, por lo que la quema de pastizales, el cegamiento de fuentes y los recurrentes ataques a la caravana griega se podrían explicar como una estrategia concienzudamente planificada. ¿Pero cuál era ésta?

La disentería, por caso, es una enfermedad infecciosa que depende de una serie de factures para transformarse en epidemia. En la Edad Media, especialmente en los barcos o en las grandes concentraciones de gente (una ciudad, un ejército en campaña, etc.), la variedad Shigella o Shigellosis encontraba el medio propicio para desarrollarse en la falta de higiene: los soldados y sus caballos generaban fluidos residuales[35] que, si no eran debidamente tratados, solían mezclarse con las fuentes de agua impolutas, contaminándolas. Inclusive cuando se tomaban todas las precauciones para que ello no sucediera, otro vector podía desencadenar la epidemia: las moscas que se posaban en aquéllos fluidos, llevaban luego las bacterias en sus patas, en su saliva o en sus heces, transfiriéndolas a los alimentos o a los pozos con agua limpia. Acto seguido, al producirse el contagio, los infectados padecían los inconfundibles síntomas: fiebre, profusa diarrea (que aceleraba el ciclo de contagio), dolores abdominales, nauseas y vómitos. El cegamiento de las fuentes por parte de los turcos, pudo haber contribuido directa o indirectamente al surgimiento y ulterior difusión de la disentería entre los soldados griegos. Sin embargo, en la estrategia original de Kilij Arslan, tal enfermedad era una posibilidad: si sucedía mejor; entretanto, al envenenar los pozos, lo que el sultán buscaba era conducir al ejército imperial no acorde con el plan original de Manuel sino por el camino que mejor se ajustaba a la estrategia defensiva de los turcos. Y, claro está, los súbitos y recurrentes ataques de sus jinetes arqueros también servían a tal fin.

Se puede convenir, pues, que tanto el eventual hostigamiento como el envenenamiento de fuentes y la ocasional aparición de la peste condicionaron a Manuel a la hora de elegir el camino a seguir a partir de Homa/Ciboto. Hasta aquí se han descrito los medios empleados por el sultán para influir en las decisiones del basileo; el fin último de obligar al ejército bizantino a desechar las mejores rutas lo veremos en breve.

El paso de Tzivritze o Cibrilcima. ¿Por qué?

“Como consecuencia de los eventos que estaban teniendo lugar, el sultán puso atención a la guerra, recurriendo a un número substancial de tropas aliadas de Mesopotamia y de los bárbaros procedentes de las razas del Norte. También despachó una embajada al emperador para solicitar un tratado de paz y para satisfacer todos los requerimientos del basileo cualquiera fuesen éstos”[36]. Mientras las tropas imperiales continuaban su avance haciendo caso omiso al brote de disentería que se estaba propagando, el sultán se mostró previsor en dos aspectos: por un lado, se apresuró a convocar a sus vasallos y aliados en procura de refuerzos, ya que el tamaño del ejército griego le preocupaba sobremanera[37]. Y, por el otro, se entregó al doble juego mediante la diplomacia. En consecuencia, si la delegación enviada donde el emperador fracasaba en sus súplicas por paz, él estaría preparado para la guerra. Mientras tanto, algunos regimientos de su caballería ligera seguían aguijoneando los flancos del ejército bizantino, sumando padecimientos a los que ya venía causando la enfermedad.

Al alcanzar Sozópolis, Manuel se dio cuenta que la bifurcación de caminos que tenía delante además representaba una encrucijada con tres posibles decisiones, en todos los casos trascendentales para la campaña. El hostigamiento de la caballería turca no le molestaba; en realidad se trataba de un recurso muy empleado en la época, especialmente por los jinetes selyúcidas, como una especie de guerra de guerrillas. Manuel ya había soportado tales ataques al regresar de las campañas de 1138-1139 (Siria) y de 1146 (sitio de Qonya), por lo que sabía perfectamente contra qué enemigo lidiaba. El caso de la epidemia era muy distinto y seguramente fue el factor que más influyó al momento de tomar una decisión. Había tres alternativas: la primera era la de girar ciento ochenta grados y emprender el regreso. No implicaría riesgo alguno dado que la línea fronteriza de fortalezas se encontraba a una o dos jornadas de marcha. No obstante, el costo de la empresa fallida sería enorme en términos de pérdida de prestigio, sin considerar que una empresa de tal envergadura no se montaba de un día para el otro. Habría que esperar meses sino años con tal de volver a congregar una fuerza semejante y Manuel, a dos de cumplir los sesenta años de edad, no estaba para ese tipo de dilaciones. La idea de regresar fue debatida, según parece, casi en consonancia con la propuesta de paz traída por la delegación de Kilij Arslan. “Todos aquellos oficiales de mayor edad que eran expertos en la guerra, especialmente en tácticas turcas, rogaron a Manuel recibir a la embajada con los brazos abiertos más que depositar todas las esperanzas en el trámite de una batalla incierta”, nos cuenta Nicetas Choniates sobre este punto, y prosigue: “Le pidieron encarecidamente que tuviera en cuenta cuán azarosa podía ser la jornada, con un terreno que no era fácilmente asequible y que para colmo de males, estaba plagado de emboscadas, que no pasara por alto el excelente estado de la caballería turca ni que ignorara la enfermedad que había diezmado a sus fuerzas”. No hubo caso: “Manuel no prestó atención a las palabras de sus experimentados oficiales…”[38]. La expedición seguiría adelante, mas ahora correspondía el turno de debatir por qué ruta.

No está clara la razón por la que Manuel desoyó los consejos de sus mejores generales y hasta parece extraño. Choniates, del mismo modo que Cinnamus, es una fuente de importancia fundamental para reconstruir el derrotero de la campaña de 1176, aunque la del segundo no arroje tantas precisiones. No obstante, el primero no era un cronista pro-Manuel como si lo era Cinnamus[39]. A lo largo de su obra, y específicamente en los capítulos relacionados con el reinado de Manuel, el historiador Nicetas introduce varios comentarios satíricos y moralistas tendientes a realzar las falencias y los errores de la política del tercer Comneno. Sus juicios de valor son emitidos como cosa juzgada, al cabo de casi treinta años de la muerte de Manuel, cuando Constantinopla ya había caído en manos de los latinos (1204) y el historiador se codeaba con los principales dignatarios lascáridas en Nicea, la nueva capital por adopción. Debido a la filiación pro-occidental de Manuel y, considerando que Choniates sufrió en carne propia el latrocinio de la Cuarta Cruzada, podría pensarse que nuestro historiador de cabecera bien pudo achacar a aquél la culpa por los errores cometidos a lo largo de la campaña de 1176. Como todo historiador, Choniates imprimió en su obra el indeleble sello de la subjetividad, lo que, sin embargo, no exime a Manuel de la responsabilidad por los desaciertos y las malas decisiones.

Tras rebasar la línea de Sozópolis Manuel rechazó de plano la sugerencia de sus consejeros más experimentados, tal cual lo relatado por Choniates. La campaña, en opinión del basileo, debía proseguir y hacia delante se abrían dos posibilidades: la ruta tradicional, originalmente concebida para la empresa, y una segunda opción, un peligroso sendero que solo demandaba una jornada de marcha hasta Ikonium y que Nicetas llama el paso de Tzivritze. Con la disentería acuciando a los soldados y la siguiente fuente de agua esperándoles en el valle del Meram, el ejército imperial enfiló rumbo al camino de los desfiladeros. Para Choniates, sin embargo, las razones fueron muy diferentes: “Manuel no prestó atención a las palabras de sus experimentados oficiales aunque sí a las de sus parientes de sangre, especialmente a las de aquéllos que jamás habían escuchado el sonido de las trompetas de guerra y que lucían cortes de cabello a la moda e iban con relucientes y joviales rostros, portando collares de oro, gemas y piedras preciosas. Por fin, los embajadores fueron enviados de regreso con las manos vacías”. Las palabras de Nicetas, por demás elocuentes, llevan insertas un juicio de valor, que puede ser correcto o no según el axioma considerado. Exponer a un ejército numeroso a través de un pasadizo estrecho, inexplorado y quizá repleto de trampas es un postulado que da la razón al historiador bizantino. Aunque afirmar que Manuel solo atendió a las palabras de sus jóvenes e inexpertos parientes, vestidos a la moda, es una afirmación cuanto menos dudosa: al basileo no le convencían para hacer tal o cual cosa; todo lo contrario, él usualmente inspiraba con su temeridad y valentía, como había sucedido ante los muros de Neocesarea en 1139[40]. Cierto es que el emperador también sentía una poderosa atracción por la astrología: establecer predicciones en función de la posición y el movimiento de las estrellas, pero no sabemos con exactitud si este factor pudo haber influido en sus decisiones. Pese al antecedente reciente de la campaña contra Hungría (1167), Choniates no menciona nada sobre el asunto.

El paso de Tzivritze o Cibrilcima. ¿Dónde?

Tzivritze era el fin último que justificaba el desesperado accionar del sultán por desviar a los bizantinos de su trayecto original: ataques sorpresivos, cegamiento de pozos, quema de pastizales y maniobras dilatorias. Sabemos que la batalla fue en ese lugar por que tanto Manuel como Choniates mencionan tal nombre. El primero, en su carta al rey Enrique de Inglaterra escribe: Tan pronto como hubimos entrado en territorio turco, se escuchó el sonido de los aceros, y las tropas de los turcos entraron en combate con los ejércitos de nuestro imperio por todos lados. Sin embargo, por la gracia de Dios, los bárbaros fueron completamente forzados a la retirada por nuestros hombres. Pero después de esto, cuando giramos cerca de un angosto paso, en un sitio adyacente al cual los persas denominan Cibrilcima, llegaron más enemigos para socorrer a sus compañeros, hordas de a pie y a caballo procedentes del interior de Persia, las cuales, encontrándose con nuestros hombres, casi los excedían en número”[41]. Nicetas, por su parte, señala: “Con todo, el sultán siguió insistiendo en arribar a un acuerdo pacífico. Una vez que se hubo dado cuenta de que sus esfuerzos eran estériles y que Manuel se empecinaba en responderle que le daría su opinión en Iconio, mandó sus falanges a desplegarse por el terreno accidentado de los desfiladeros de Tzivritze, a través del cual los romanos debían pasar una vez que dejaran Myriokefalon. Se trataba de un largo y estrecho barranco caracterizado por pasadizos montañosos que descienden con suavidad desde las estepas del norte hacia las colinas ubicadas mas abajo, abriéndose en numerosas hondonadas que confluían hacia una zona rocosa plagada de precipicios y acantilados, ubicada enfrente[42]. En definitiva, Tzivritze era el lugar ideal para tender una emboscada, y hacia allí marcharon los confiados bizantinos.

Una opción: Kufi Boğazı, Sandıklı

No se ha podido establecer con precisión el lugar exacto de la batalla, pese a las referencias aportadas, con lujo de detalles, por las fuentes de primera mano. El basileo alude a un angosto paso que el ejército imperial utilizó para girar hacia un sitio adyacente (Cibrilcima). Su siguiente observación arroja un poco más de luz, aunque no la que desearíamos, sobre el asunto: “Como consecuencia de las dificultades presentadas por el estrecho sendero, la armada de nuestro imperio había quedado alineada en una fila de diez millas de largo; de modo que los que marchaban delante, eran incapaces de dar apoyo a aquellos que venían detrás, al mismo tiempo que los que venían al final eran incapaces de asistir a aquellos que iban al frente”. Choniates, por su parte, permanentemente va añadiendo pistas a su relato, todas coincidentes con la noción de un estrecho y largo paso en cuyo recorrido confluían un sinnúmero de pasadizos montañosos procedentes de las estribaciones de los cerros contiguos. El historiador además se anima a precisar algunas etapas del recorrido de Manuel:

  1. Laodicea
  2. Coni.
  3. Lampe.
  4. Kelainai o Celaenae (a escasa distancia de Apamea o Ciboto).
  5. Homa.
  6. Myriokefalon o Miriocéfalo.
  7. Tzivritze o Cibrilcima.

La secuencia, no obstante, presenta algunas inconsistencias, ya que si nos atenemos a ella, implicaría dar por hecho que Manuel tuvo que regresar sobre sus pasos, por ejemplo, entre Kelainai y Homa, alejándose consecuentemente de Qonya. En todo caso, los dichos de Choniates, citando nombres específicos, no hacen más que sumar confusión, al punto de dudarse entre establecer las coordenadas del desfiladero en las cadenas montañosas del Karakus[43], en las de Sandikli (la más improbable de todas) o en las de Sultán Dagh[44].

Una tercera fuente, Miguel el Sirio, también conocido como Miguel el Grande, autor de una crónica medieval escrita en siríaco, manifiesta a su vez que el enfrentamiento tuvo lugar tan solo a un día de marcha de Qonya[45]. Es un dato interesante siempre que sea fidedigno, ya que, estimándose la media de marcha de un ejército medieval (portando tren de carga), podría establecerse una zona probable hacia el Oeste de Qonya a partir de la cual buscar el sitio. Y esa zona estaría comprendida aproximadamente entre la ciudad aludida, al Este, y el lago Sclerus o Beyşehir, al Oeste, y por lo tanto, inmersa en el sistema montañoso de Sultán Dagh. Guillermo de Tiro[46], otro cronista de la época, también se muestra en general dispuesto a avalar las evidencias que confirman en ubicar a Tzivritze “circa Iconium”.

El tema ha sido abordado de manera directa o indirecta por estudiosos más cercanos en el tiempo. Por ejemplo, William Mitchell Ramsay, en su “Geografía Histórica de Asia Menor”, sostiene que Myriokefalon era una antigua fortaleza de los tiempos de Justiniano, emplazada sobre la gran calzada militar romano-bizantina. La obra del arqueólogo escocés, experto conocedor de la región por su afinidad con los estudios bíblicos, ofrece interesantes pasajes relacionados con el tema que nos ocupa. Veamos algunos de ellos:

  • “Myriokefalon se encontraba al oeste de Stavros. Verinopolis, Stavros y Myriokefalon eran tres fortalezas, que en conjunto conformaban el Tourma Saniana. Pertenecían al tema de Bucelarios, pero alrededor del 890 fueron transferidas al de Carsiano” (Pág. 248).
  • “Justiniano construyó las fortalezas de Khoma (Homa) y Soublaion (Subleo o Siblia), además del camino que conducía a la costa egea. Nicetas Choniates distingue esas fortalezas de otra, en realidad sobre el paso, llamada Myriokefalon, que estaba en ruinas en tiempos de Manuel Comneno. Durante el periodo 1076-1119 el itinerario de la ruta comercial romana entre Laodicea y Apamea (Ciboto) estaba enteramente en manos turcas. En 1119 Juan Comneno, avanzando desde Filadelfia capturó Laodicea y al año siguiente conquistó Sozópolis, que permaneció en manos bizantinas hasta 1182. Con todo, aún después de 1120 el citado trayecto comercial a través de Apamea era un páramo desértico caído en desuso, dónde pululaban las bandas de turcomanos. En 1146 Manuel Comneno fue atacado y herido por una partida de turcos mientras acampaba cerca de Subleo, al salir de cacería sin tomar los debidos recaudos. El estudio de los reinados de los tres soberanos Comneno, Alejo, Juan y Manuel, permite deducir que, a lo largo de todo el periodo considerado (1081-1180), la ruta a través de Apamea no fue utilizada militarmente y la frase empleada tiempo después por Tagenon para describir la marcha de Barbarroja a través del lago salado Anava, <loca desertissima turcorum> (ver pág. 130), sugiere la razón” (Págs. 80-81).
  • “Kalamos es mencionada en la marcha de Federico en el año 1190, bajo la forma de Kalomon. Muralt erróneamente la identifica con Sardes.

- … Abril 27: Laodicea. Recepción hospitalaria por parte de los griegos.

- Mayo 1º: a través de loca desertissima[47], pasando el lago salado Anava.

- Mayo 2: Sozópolis.

- Mayo 3: Ginglarion (castillo Cingulaire). Atraviesa el paso donde Manuel había sido derrotado…” (Pág. 130).

Entre los investigadores de la actualidad es Michael F. Hendy quien mayores esfuerzos ha realizado para dar con el paradero geográfico del misterioso paso de Tzivritze. Con ese fin, el estudioso recurrió a la valiosísima experiencia de otro viajero, Federico Barbarroja, quien en su avance por Asia Menor en tiempos de la III Cruzada (1190), abordó un itinerario parecido al de Manuel para acceder a la llanura de Ikonium. Lo interesante de su trabajo, es la nueva ubicación propuesta por el autor, doscientos kilómetros hacia el sudeste del punto tradicionalmente convenido para situar el paso montañoso: “Miguel el Sirio está esencialmente en lo correcto al localizar el sitio del desastre a una jornada de camino de Ikonium; Cinnamus está en lo correcto al situar Tsibrelitzemani entre esa ciudad y el lago Sclerus; Guillermo de Tiro está en lo cierto al ubicarlo en las adyacencias de aquella urbe, y las fuentes de las cruzadas están en lo correcto al establecer el lugar de la derrota de Manuel a lo largo del brazo derecho del camino que sale a partir de la cabecera del lago Limnae. Tzivritze, Cibrilcima y Tsibrelitzemani denotan un mismo sitio y el paso, dónde yacía Myriokefalon, y donde el desastre tuvo lugar, es idéntico a Barzak Dere Bogazi: <el paso del Valle del Intestino[48]>”[49].

En suma, acorde con el estudio de las fuentes de primera mano, se podría concluir que, aún cuando no ha sido posible precisar con exactitud la ubicación del lugar de la batalla, tanto el dónde como el por qué de Tzivritze fueron cuestiones hábilmente dispuestas e inducidas por el sultán como medida extrema para equiparar la superioridad técnica del ejército que se le echaba encima.


[1] “El deseo de Manuel de reconstruir Dorileo acabó provocando a los bárbaros a dar batalla. El sultán respondió enviando una embajada para averiguar la causa de las dificultades y apelando al basileo para que se retirara”. Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 176.

[2] “El deseo de Manuel de reconstruir Dorileo acabó provocando a los bárbaros a dar batalla. El sultán respondió enviando una embajada para averiguar la causa de las dificultades y apelando al basileo para que se retirara. Con los labios apretados Manuel revisó el contenido de las cartas que traían los embajadores…”. El mal humor del emperador al que nos remite Choniates al decir textualmente “con los labios apretados Manuel revisó el contenido de las cartas…” es fácilmente comprensible desde que la reconstrucción de Dorileo era el remedio lógico y natural frente a las continuas razzias turcomanas y selyúcidas.

[3] Los tres primeros soberanos Comneno desarrollaron una vasta obra restauradora, refaccionando antiguas fortalezas o levantando nuevas: a Alejo I corresponden las obras sobre Sidera, Ciboto, Adramecio, Hieron, Lopadio, Corico y Seleucia; a Juan II, entretanto, las de Acryraus, Laodicea y Attalia, y a Manuel I, pertenecen Arcia, Pylae, Phitecas, Malagina, Dorileo, Adramecio, Pérgamo, Cliara, Subleo, y Attalia. La consolidación de la soberanía bizantina en los territorios asiáticos recuperados de manos turcas en gran parte es producto lo anterior.

[4] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 175.

[5] Ibid., pág. 177.

[6] Claudiópolis, la moderna Eski-Hisaar, era un metropolitanato en el norte de Bitinia. Véase Ferdinand Chalandon, “Juan II Comneno (1118-1143) y Manuel I Comneno (1143-1180). Los Comnenos, estudio sobre el Imperio Bizantino en los siglos XI y XII”, Vol. II, París, 1912, reimpreso Nueva York, 1960, pág. 515.

[7] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 197.

[8] Quizá la negativa sistemática por parte del sultán a restituir algunas importantes ciudades como Sebastea y Amasea haya sido uno de los mayores incentivos de Manuel para inclinarse por la guerra.

[9] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 177.

[10] Kastra Komnenon o fortaleza de los Comneno.

[11] Por ejemplo, al respecto de las características de la nueva población de la meseta central anatólica, Juan Cinnamus dice: “Ellos (los turcos), como aún no estaban versados en las materias inherentes a la agricultura, bebían leche y comían carne según la manera de los escitas (pechenegos), y, como acampaban dispersos en la planicie, estaban fácilmente asequibles para quienes desearan atacarles” Epitome I.4, Edn. Bonn, pág. 9.

[12] Ya hacia 1116, durante la campaña de Alejo I Comneno contra Filomelio y las comarcas aledañas, el emperador se había percatado de la lastimosa situación que vivían sus compatriotas en esas tierras. Muchos de ellos, para librarse del yugo turco, acabaron regresando con el ejército hacia el litoral egeo, al finalizar la expedición.

[13] Véase Salmo 109.1.

[14] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 178. También Juan Cinnamus identifica a Ikonium como el gran objetivo de la campaña de 1176.

[15] Durante sus campañas contra los danisméndidas, el emperador Juan II había empleado un gran número de helepolis para capturar las ciudades de Kastamuni y Gangra (1130-1135). También Manuel había empleado este tipo de maquinaria de asedio contra Sirmium en 1165.

[16] Manuel I Comneno. “Carta del emperador a Enrique, rey de Inglaterra”, extraída de las “Anales de Roger de Hoveden sobre la historia de Inglaterra y de otros países de Europa, desde 732 a 1201”.

[17] Se estima entre tres y cinco mil la cifra de vagones que portaban las vituallas, el bagaje y las maquinarias de asedio.

[18] Es muy probable que Manuel supiera que la conquista de Ikonium no implicaría la desaparición del sultanato, sobre todo teniendo como referencia lo acontecido en tiempos de la Primera Cruzada, con la conquista de Nicea, primera capital selyócida.

[19] Acorde con John Julius Norwich (“Historia de Venecia”, pág. 137) los términos del tratado eran bastante simples: “por el lado imperial (Sacro Imperio), reconocimiento de Alejandro, restitución de las posesiones de la Iglesia y la conclusión de la paz con Bizancio, Sicilia y la Liga Lombarda; por el lado papal, confirmación de la esposa de Federico como emperatriz, de su hijo Enrique como rey de los romanos y de diversos prelados influyentes en sedes originalmente destinadas a antipapas cismáticos”.

[20] Al igual que Alejo I, su abuelo, y Juan II, su padre, Manuel era ante todo un emperador-soldado; no le desagradaba estar en campaña y cuando había que dirigir una, usualmente se ponía al frente de las tropas que entrarían en batalla. Durante el asedio de Neocesarea (1139), bajo el reinado de Juan, su actitud temeraria frente a los muros de la ciudad le había valido las reprimendas de su padre.

[21] Pasaje extraído de los Documentos Relativos a la Historia de las Cruzadas, Vol. 3, París (Paul Guethner, 1949), 20-23, perteneciente al cronista Odón de Deuil (La Cruzada de Luis VII, rey de Francia).

[22] De acuerdo a W. M. Ramsay, autor de “Geografía histórica del Asia Menor” la ciudad de Coni se hallaba emplazada tres millas al sur de Colosas, sobre la pendiente de una ladera (véase pág. 135). Según sus palabras, Colosas era una ciudad abierta y en franca decadencia a causa de las continuas guerras (primero contra los árabes y luego contra los turcos), mientras que Coni funcionaba como una importante estación militar.

[23] Lampe, en Frigia, estaba ubicada al noreste de Coni.

[24] Véase Juan Cinnamus, “Hazañas de Juan y Manuel Comneno”. Traducción a cargo de Charles M. Brand Nueva Cork, 1976, págs. 223-224. La historia de Cinnamus finaliza aquí.

[25] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 178.

[26] La iglesia sería destruida en 1189 por los selyúcidas.

[27] En el distrito capitalino, Miguel tenía su santuario principal, el Michaelion, en Sosthenium, 80 kilómetros al sudoeste de Constantinopla, donde los fieles creían que aquél se le había aparecido al emperador Constantino I el Grande.

[28] Los detalles de la vida del afamado hagiógrafo son poco conocidos. Lo que es más, aún se debate acerca del siglo en el cual vivió Simón, pudiendo ser quizá el siglo X o XI.

[29] Alfred Max Bonnet, Narratio de miraculo a Michaele archangelo Chonis patrato. Adiecto Symeonis metaphrastae de eadem re libello (Paris, 1890).

[30] Los restantes lugares de Asia Menor que, como centros de peregrinaje, estaban a la altura de Coni eran Efeso, Euchaita, Nicea, Monte Olimpos, Myra, Euchaina y Cesarea (cuyo famoso santuario de San Basilio Magno, uno de los Padres de la Iglesia, había sido saqueado y destruido por los turcos durante las invasiones de 1063).

[31] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 179.

[32] La oportunidad de los tiempos de siembra y cosecha en Asia Menor, tenía mucho que ver con la región geográfica (esto es, llanura, planicie central y zona póntica), el clima y el tipo de cultivo considerado: cebada, trigo, Olivo, vid, etc. Al respecto es muy interesante el trabajo realizado por Michael F. Hendy, “Studies in the Byzantine Monetary Economy, c. 300 – 1400”, Appendix I, págs. 138-145.

[33] Extraída de las “Anales de Roger de Hoveden sobre la historia de Inglaterra y de otros países de Europa, desde 732 a 1201”.

[34] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 179.

[35] Las heces de los enfermos y de los portadores sanos contienen gran cantidad de bacterias.

[36] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 179.

[37] En los casi veinte años que llevaba al frente del sultanato, Kilij Arslan II nunca se había enfrentado a un ejército de semejantes dimensiones.

[38] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 179.

[39] Algo similar había acontecido con el abuelo de Manuel: Durante su reinado, su hija Ana había sido pro-Alejo, mientras Juan Zonaras se enrolaba en la facción contraria.

[40] Entonces, tal acto le había valido la reprobación de su padre, Juan II.

[41] Extraída de las “Anales de Roger de Hoveden sobre la historia de Inglaterra y de otros países de Europa, desde 732 a 1201”.

[42] Nicetas Choniates, “Oh Ciudad de Bizancio, Memorias de Nicetas Choniates”, Libro VI, pág. 179.

[43] Con el monte Barla Dagi (2.799 metros de altura) como techo de la cadena montañosa.

[44] El cerro Sultan Dagi con sus 2.519 metros le da el nombre al sistema orográfico.

[45] Miguel el Sirio, Crónica, XX.5., pág. 371, ed. Chabot.

[46] Guillermo de Tiro (1130-1185) fue arzobispo de Tiro e historiador de las Cruzadas y de la Edad Media.

[47] Atendiendo a la referencias de Ramsay, pág. 130, la “loca desertissima” se extendía al norte del lago Anava, entre Laodicea y Sozópolis.

[48] La palabra inglesa Gut puede traducirse indistintamente en tanto que sustantivo como paso, estrecho, tripa e intestino.

[49] Michael F. Hendy, “Estudios en la Economía Monetaria Bizantina, c.300-1450”, Apéndice II, pág. 154.

Autor: Guilhem W. Martín. ©

Todos los mapas son de propiedad de http://imperiobizantino.wordpress.com/

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8 comentarios to “La batalla de Myriokefalon (1176). Parte III.”

  1. Guilhem said

    Kilij Arslan II desplegó ante Federico una táctica similar a la que usó frente a Manuel I; hostigó a las fuerzas alemanas desde que éstas superaron la línea del lago Beysehir y casi en una latitud similar adonde sorprendiera al basileo, apostó en emboscada a unos 30 mil turcos (acorde con la anónima Historia de Expeditione Friderici Imperatoris). Obviamente la táctica seguida para destruir a los alemanes era casi idéntica a la empleada contra los bizantinos en 1176; pero falló debido a que un prisionero turco se avino a llevar a las tropas germánicas por otro camino, mucho más difícil pero seguro. Federico confió en su cautivo, llegó sano y salvo a Filomelio y luego, al acercarse a Iconio, debió derrotar al hijo del sultán, Qutb ad-Din, ya que Kilij Arslán II se había retirado con su corte (posiblemente como parte de la misma estrategia que habría seguido frente a Manuel, si la emboscada de Tzivrizte hubiese fallado). En mi opinión los turcos aún no estaban debilitados por la guerra civil que sí se manifestaría en su real dimensión al morir Kilij Arslan II en 1192.
    Por otra parte, que Saladino fuera aliado de Bizancio, a la sazón, no implicaba riesgo alguno para los selyúcidas. Y es que el atabeq se hallaba empantanado en las marismas de Acre, a la que todavía no conseguía tomar (y de hecho no lo lograría nunca). Por otra parte, el ayubí había debido separar sus fuerzas, enviando una parte sustancial hacia el Norte para intentar detener el avance de Federico. En estas circunstancias, Kilij Arslan II había podido organizar tranquilamente la defensa de su estado, tanto más por cuanto Bizancio enfrentaba un quebradero de cabezas en su frontera balcánica con Búlgaros y servios.

    • APV said

      Teniendo en cuenta que Federico sabía lo sucedido al basileo intentaría evitar repetir los errores.

      El problema con Saladino era sencillo; ya antes Kilij había rivalizado con sus antecesores y ahora el ayubida controlaba un imperio mayor. Desde su perspectiva si los estados latinos caían marcharía hacia el norte apoderándose de Cilicia y presionar Anatolia (contemporáneamente había extendido su influencia hacia Cirenaica e incluso hasta el norte de África contra los almohades).
      Así, le convenía que los cruzados lo evitasen; por eso prefería negociar.

      Respecto a la guerra civil no estalló hasta 1192, pero ya antes había dos factores: el sultán era anciano y ya había repartido el control de diversas partes de su reino. En esa situación empezaba a perder el control ante sus hijos y estos consolidaban sus posiciones de cara a la sucesión.

      • Guilhem said

        Esta claro que prefería negociar, más aún si consideramos que ambos potentados eran viejos aliados de los tiempos de Myriokefalon. Lo que hay que tener en cuenta, sin embargo, es que los sultanes de Ikonium no mandaban sobre las tribus de turcomanos que yacían apostadas en la perifería de la planicie anatolica. Y estas tribus siembre estaban dispuestas a obtener botín y esclavos de los ejércitos que atravesaban el territorio. Los primeros ataques al ejército alemán en 1190 como las primeras acometidas a las tropas bizantinas en 1176 provinieron precisamente de estos núcleos de nómades. La diferencia era que, a contramano de los griegos, los germanos no conocían tal diferencia: turcomanos y selyucidas para ellos eran lo mismo. Cuando los primeros ataques tuvieron lugar contra sus filas, Federico pensó que le atacaba el sultán. Otra cuestión: los sultanes de Rum conservaron durante largo tiempo las costumbres ancestrales del “nomadeo”. Por eso solían dejar la capital en momentos cruciales para retirarse a campo abierto (por que en realidad su capital era la tienda que llevaban consigo). Lo hicieron así Kilij Arslan I con Nicea en 1097 y Masud I con Ikonium en 1146. En parte ello explica por qué el sultanato, habiendo perdido su capital dos veces (1097 y 1190), no dejó de existir.

  2. APV said

    En realidad en 1190 el sultanato estaba más dividido, Kilij Arslan II era anciano y el gobierno de sus hijos dividía el país. Por otra parte la situación de alianzas era confusa: Saladino estaba aliado a Bizancio, los selyucidas temían al expansionismo de Saladino, Federico intentó negociar con los turcos, el hijo gobernante de Iconio era yerno de Saladino.
    En esas circunstancias la respuesta turca fue confusa.

    Por otro lado Federico, iba de pasó, tomó la ciudad y siguió, no hizo esfuerzo para destruir el sultanato. Es distinto a intentar mantener la ciudad lejos de las bases bizantinas.

  3. APV said

    Me sorprende que siguiera adelante con la epidemia de disentería, si había que asediar Iconio su ejército podría ser destruido por la enfermedad, ya que al estar en un mismo sitio (y con pocos recurso) hay mayor peligro.

    Por otro lado no es contradictorio que la ruta del medio era mejor cuando suponía cruzar esa zona que los turcos habían desertizado durante años. No sería más conveniente seguir hacia Seleucia y atacar Iconio desde el sur evitando así una zona que se sabía desabastecida.

    Además en base a la experiencia de la anterior guerra no hubiera sido lógico hacer ataques desde distintos frentes, al menos destacar a algún general de confianza (eso último importante para evitar deserción como en Manizkert) para realizar incursiones desde Dorileo barriendo de paso a los turcomanos.

    En todo caso en lugar de una acción tan directa no le hubiera convenido una actuación más progresiva atacando diversas plazas de la periferia (por ejemplo en zonas recién adquiridas por el sultán) para atraer a los turcos a su terreno.

    • Guilhem said

      Si, es cuanto menos extraño que siguiera camino en esas condiciones. Creo que el error de Manuel fue sobredimensionar la capacidad técnica de su ejército y basarse en un exceso de auto confianza.
      Que continuara la marcha se me ocurre que pudo haber sido por que las vegas del Meram, en las cercanías de Iconium, podrían haberle provisto de una fuente confiable de agua. Y por eso apretar el paso.
      Por otro lado, la ruta por Seleucia también implicaba atravesar amplias zonas desertizadas en torno a Cibyra, entre Mylasa y Attalia, donde la autoridad imperial no era del todo firme (por eso en los mapas está marcada en un tono amarillo-verdoso, es decir, ni turca ni bizantina).
      En cuanto a atacar por varios frentes, la idea existió y de hecho se puso en práctica. Uno de sus generales, Andrónico Vatatses marchó simultaneamente sobre Amasea, pero fue derrotado y muerto.
      Respecto al último punto, el de atraer al sultán a un terreno apto para sus propósitos, creo que Manuel no le vio sentido por que al salir de sus bases en Lopadio ya se sentía ganador. Lo dicho… el exceso de confianza.
      Muy buenas observaciones. Gracias.
      Saludos,
      Guilhem

      • APV said

        Creó que el basileo estaba demasiado influido por las anteriores campañas orientales donde su aparición con una fuerza avasalladora había intimidado a los enemigos.
        Probablemente su plan era marchar sobre Iconio, tomarla e imponerle una paz, y es que o el sultán presentaba batalla (confiando Manuel en vencer) o se refugiaba tras los muros (para eso era la maquinaria) o pedía la paz o eludía el combate (con el golpe moral que suponía).
        El problema sería si el sultán asumía el golpe y se mantenía fuera de la ciudad y como sucedería en Acre presionar al ejército sitiador o ocupante, lo cual dejaría a los imperiales en una situación complicada lejos de sus bases.

        Respecto a la ruta del sur hay problemas de ese terreno, pero está más lejos de la zona turca y menos devastado; y podía alternativamente usar una vía marítima. Lo destacado es que en la invasión del núcleo selyucida contaría con el río Goksu en paralelo a la ruta incluso como vía de comunicación.

        El ataque a Amasea es interesante, hubiera sido un frente atractivo: manteniéndose Manuel en Laodicea con un ejército como amenaza sobre Iconio mientras una importante fuerza invadía los territorios del Ponto aprovechando el río Iris (donde el control del sultán es menor al haberlos conquistado recientemente), mientras otra fuerza operase desde Dorileo limpiando el área e incluso arrastrar a los Ortoquidas, Divrig y demás para que aprovechen en el este la oportunidad.

        Es decir no jugarselo a una carta sino debilitar primero, durante un año por ejemplo, al sultán atacando su periferia, devastando los rebaños, tomando plazas, incluso reponiendo a su hermano en alguna zona,… De esa forma incluso sería mejor de cara a si se planeaba una verdadera conquista.

      • Guilhem said

        Muy interesantes las observaciones. Y sin embargo creo que la suerte de la campaña habría sido muy distinta si Manuel hubiera tomado la calzada de Filomelio… es decir, en lugar de seguir por el desvio hacia el sur para acceder a Iconum por la ruta mas directa, debió torcer a la izquierda tal como lo hizo Federico Barbarroja en 1190, durante la III Cruzada. El emperador alemán descendió directamente hacia la capital turca y la tomó casi sin despeinarse, cuando el sultán era el mismo que había vencido a Manuel: Kilij Arslan II, y el sultanato estaba mucho más consolidado.

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