La “Muerte Negra”
Publicado por Guilhem en Abril 19, 2007
La “Gran Mortandad” (o “Muerte Negra”)
PARTE I: previos
Agente causante y agente transmisor:
Se conoce como Pasturella Pestis al bacilo causante de la enfermedad. El mismo se aloja en la sangre de la rata o en el estómago de la pulga. La transmisión al ser humano deviene de la picadura de la pulga o de la mordedura de la rata, en su versión rattus rattus, común en las malolientes bodegas de los barcos medievales o en los precarios sistemas cloacales de las ciudades de esa época. El contagio genera en el hombre la manifestación bubónica de la enfermedad o la infección de los pulmones, según cómo sea transmitida la enfermedad a partir del primer contagio (es decir, de la picadura del insecto o de la mordedura del roedor).
Variedades:
Una alternativa, el contagio mediante picadura o mordedura, generaba en la persona que contraía la enfermedad una infección en la corriente sanguínea que se manifestaba por medio de bubones y hemorragias internas. Esta variedad se propagaba mediante el contacto. La restante opción de contagio, de género neumónico, procedía de la misma respiración del infectado y era mucho más virulenta y aparentemente mortífera. En todos los casos, la velocidad de la enfermedad para ocasionar la muerte de la persona afectada era asombrosa. Un historiador florentino que la padeció, Giovanni Villani, describiendo los síntomas que lo aquejaban, dejó la frase inconclusa “en medio de esta pestilencia termino…”, cuando la muerte le sorprendió con la pluma en la mano. La eficacia de su dispersión aumentaba en los ambientes cerrados, tan comunes en la Edad Media (por ejemplo: monasterios, ermitas, conventos, hospicios, encomiendas, cuarteles militares, guarniciones, etc.).
Orígenes probables o centros de irradiación:
Los historiadores no se ponen de acuerdo en este aspecto. Mientras que algunos sitúan geográficamente los orígenes de la “Gran Mortandad” en China, hacia la tercera década del siglo XIV, otros lo identifican en cambio con India. No obstante, la mayoría sostiene que el centro a partir del cual comenzó a propagarse la enfermedad se ubicaba en algún lugar de Asia Central, desde dónde las caravanas se encargaban de distribuirla en todas las direcciones.
La ingenuidad del hombre medieval:
La ignorancia del hombre medieval respecto a las causas que dieron origen a la peste fue recogida en decenas de crónicas de los historiadores contemporáneos. Las versiones eran tan disímiles como inverosímiles. Veamos algunas de ellas:
- Terremotos que generaban emanaciones sulfúricas y, por ende, apestosas del centro de la Tierra.
- Nieblas densas y hediondas procedentes de aguas estancadas.
- Inmundas bocanadas de viento ocasionadas por incendios.
- Mirar gente enferma (noción lejana del contacto por respiración cuando la variedad de la infección era neumónica).
- Triple conjunción de las órbitas de Saturno, Júpiter y Marte en el cuadragésimo grado de Acuario, ocurrida el 20 de marzo de 1345 (informe de la facultad médica de la universidad de París, emitido a instancias de Felipe IV, en 1348).
- Ira divina (vox populi), ocasionada por los pecados humanos entre los que se sindicaba mayormente: el adulterio, la prostitución de los clérigos, los asesinatos, las guerras, la avaricia, la lujuria, la usura (atribuida a los judíos), etc.
- Lluvias y granizos.
- Alta mortandad de peces ocasionada por el ascenso y descenso de los mares.
- Atmósfera corrupta por la influencia planetaria (visión astrológica de la enfermedad).
- “Castigo del Cielo” (versión del emperador Juan Cantacuceno quien, habiendo perdido un hijo a causa de la peste, no veía una razón natural que pudiera explicar tantos horrores, agonías y sufrimientos). También era la versión aceptada por el Papa.
- Envenenamiento de pozos (que la chusma atribuyó a los judíos que poblaban toda Europa).
Semejante grado de ingenuidad al momento de identificar las causas de la “Muerte Negra” tuvo su correlato en los tratamientos médicos para curación o prevención que los galenos medievales prescribieron para sus desafortunados pacientes. Tales tratamientos se diferenciaban atendiendo a si la causa prescripta era de origen natural o celestial. Veamos cada uno.
1) Tratamientos preventivos que obedecían a una causa celestial (sugeridos por el clero y la creencia popular):
- Penitencia.
- Ejercitación de la caridad cristiana.
- Flagelación (origen del movimiento flagelante del siglo XIV).
2) Tratamientos correctivos que obedecían a una causa celestial (sugeridos por el clero y la creencia popular):
- Oración.
- Ayuno.
- Abstinencia.
3) Tratamientos preventivos que sindicaban una causa natural (médicos y barones inescrupulosos principalmente):
- Cuarentenas (por ejemplo, condenar a los residentes de las tres primeras casas donde se decretase la peste y cerrar los accesos de la ciudad).
- Enterramientos en fosas comunes ubicadas en las afueras de los poblados.
- Quema y destrucción completa de aldeas infectadas.
- Lavado de manos, boca y nariz.
- Rociar los suelos con vinagre y agua de rosas.
- Formulas de especias raras.
- Uso de plantas medicinales como la mandrágora y el opio o adormidera.
- Empleos de pomadas compuestas de mejunjes exóticos.
- Drenaje de aguas estancadas.
- Dietas suaves, acompañadas de abstinencia tanto a la excitación como al acto en sí mismo.
- Ubicarse en medio de fogatas prendidas especialmente (fue el tratamiento preventivo más eficaz, ya que inconcientemente quienes acudieron a él alejaron a los factores o medios de contagio -rata y parásito-).
- Etc.
4) Tratamientos correctivos (léase para curación de pacientes infectados):
- Jugo de cicuta.
- Jugo de opio.
- Sangrías.
- Cataplasmas calientes.
- Saja de los bubones.
- Dietas.
- Laxantes.
- Enemas.
- Píldoras de la más diversa composición.
- Etc.
PARTE II: Propagación
Siguiendo el derrotero de la peste: primeros pasos.
Asumiendo que la peste bubónica pudo haber tenido su origen en China o Asia Central, desde donde se esparció a través de los centros caravaneros hacia el Sur (India e Indonesia) y el Oeste (Persia y Europa), los primeros enfermos que registraron las crónicas occidentales procedían de los puertos genoveses del litoral del Mar Negro (Karadenis, para ese entonces). Tales emplazamientos eran los antiguos emporios comerciales bizantinos ubicados en la península de Crimea: Quersoneso (Quersona), Panticapea (Kerch) y Teodosia (Kaffa), y los establecimientos genoveses de Cembalo, Vosporo, Matrera, Copa, Calitra y Tana. Hacia mediados del siglo XIV, las rutas comerciales que conexionaban a Europa con Oriente Medio, China e india, habían experimentado los efectos de los dramáticos cambios políticos que habían afectado a esas latitudes: el derrumbamiento de los reinos cristianos de Ultramar creados y sostenidos trabajosamente por las Cruzadas, la atomización del poderío mongol, la decadencia del Reino Armenio de Cilicia, el aislamiento del Reino de Chipre, la decadencia del Imperio Bizantino, la conquista turca del Asia Menor y el encumbramiento de los mamelucos, herederos de la autoridad de los ayubíes. Dichos cambios habían obligado a los mercaderes genoveses a cambiar el itinerario de sus incursiones comerciales, que gradualmente se había ido desplazando hacia el Norte, rumbo a la península de Crimea y el río Don, para rodear los territorios que ahora estaban en manos de los intransigentes mamelucos (en este punto debe tenerse presente que la reconquista musulmana del litoral de Siria y Tierra Santa había determinado la ruina de los antiguos centros mercantiles de Acre, Trípoli, Antioquia, Tiro y Beirut). Entretanto, los venecianos habían concentrado sus esfuerzos más al Sur, en Egipto, y en algunos puntos de Palestina, donde no terminaban nunca de ponerse de acuerdo con los sucesores de los ayubíes.
Precisamente, en 1346, aparecieron los primeros marineros genoveses enfermos en los barcos que fondeaban en los puertos de Crimea. Tales embarcaciones, al zarpar rumbo a Italia, desparramaron la enfermedad en una primera etapa por el litoral de Europa oriental. La peste llegó al Imperio Bizantino probablemente hacia marzo o abril de 1347 y desde Pera, hincó sus garras en Constantinopla, donde los partidos de Juan VI Cantacuceno (1347-1354) y Juan V (1341-1391) se disputaban los guiñapos de los territorios imperiales, bajo la atenta mirada de los servios, búlgaros y turcos. Desde Constantinopla, la enfermedad dejó su estela de muerte por Tesalónica y las ciudades costeras de Tracia: Varna, Anquialoz, Mesembria, Agatópolis, Pyrgos y Sozópolis al Norte, y Redesto, Selimbria y Panido, al Sur. En la gran metrópoli del Bósforo, la mortandad causada por la peste fue de tal magnitud que contribuyó al despoblamiento de grandes sectores que, hasta la conquista otomana de 1453, ya no volverían a ser habitados. Franz Georg Maier, en Bizancio, pág. 355, dice al respecto: “No conservamos estadísticas fidedignas del número de víctimas. Los historiadores bizantinos, Cantacuceno entre ellos, se refieren a la epidemia simplemente como a una gran catástrofe, pero debió producir entre los bizantinos aún mayor desesperación y pesimismo”. Lo que puede presumirse es que el efecto devastador de la “Muerte Negra” fue en Constantinopla, similar al de otras grandes ciudades de Europa occidental, que la padecerían algunos meses más tarde.
Los mismos barcos genoveses recalaron en octubre de 1347 en Mesina, Sicilia, con remeros que mostraban signos inequívocos de contagio: inflamaciones e hinchazones de color negro en la zona de la ingle y en las axilas, producto de las hemorragias internas. A los síntomas más comunes pronto se agregaron otros, cuando la enfermedad comenzó también a difundirse a través del contagio por respiración: expectoración con sangre y fiebre altísima, en lugar de los tradicionales bubones del tamaño de un huevo de gallina.
La pestilencia invade Europa Occidental:
Desde Sicilia, la peste bubónica se abatió sobre toda la cuenca del Mediterráneo, invadiendo indiscriminadamente todas las latitudes sin distinguir religiones: hacia finales de 1347 los muertos ya se contaban por millares en Italia meridional, Túnez, Egipto y Siria. En enero de 1348 hizo su aparición en Francia desde Marsella, usando las vías fluviales para irrumpir tierra adentro: el río Ródano llevó la enfermedad a Avignon, Valence y Lyón, ciudades que a su vez se encargaron de propagarla hacia las comarcas circundantes de Borgoña, Auvernia y Provenza. A continuación, entre febrero y mayo, sucumbieron el Languedoc (Montpellier, Carcasona, Béziers, Narbona y Tolosa), España, Italia central (Roma incluida) y septentrional y Suiza. Hacia el verano, los infectados contagiaron a las poblaciones del centro de Francia (Anjou, Marche, Guyena y Poitou), Alemania e inclusive Hungría. Hacia finales de agosto, los barcos la conducían desde Normandía a las islas británicas, cruzando el canal de la Mancha. Escocia e Irlanda sucumbirían poco después, junto con Dinamarca, Escandinavia, Islandia e inclusive Prusia y Groenlandia. Luego, con el invierno, la enfermedad pareció aplacarse, aunque reapareció en la primavera de 1349, dejando por ejemplo en París alrededor de ochocientas defunciones diarias.
La rapidez en que sucumbían las personas infectadas, alrededor de cinco días luego de ser contagiadas, quedó reflejada en los cambios de hábitos que afectaron a los usos sepultureros de entonces. Las tumbas individuales y las ceremonias especialmente concebidas durante los primeros tiempos de la epidemia fueron rápidamente reemplazadas por fosas comunes con entierros que no dejaban resquicios para el derramamiento de una sola lágrima. Pero la cosa no quedaría allí. Los cadáveres pronto empezarían a acumularse en las puertas de las casas para ser devorados por los perros y demás alimañas; las fosas comunes se multiplicarían exponencialmente y al cabo ya no darían abasto para el acopio de tantos cuerpos. Los muertos serían arrojados a partir de entonces a los ríos o al mar, acelerando ello la velocidad de los contagios.
PARTE III: Final
El legado de la peste:
Aldeas arrasadas, ciudades despobladas, cosechas sin levantar, campos abandonados, haciendas sin dueño, padres sin hijos, hijos sin padres, oficios sin maestros, maestros sin aprendices, aprendices sin capataces, tiendas sin tenderos, reinos sin príncipes, abadías sin abades, castillos sin señores, carboneros o mayordomos, familias desmembradas, escasez de mano de obra, inflación, una curia más rica por donaciones que pretendían comprar la salvación, la “Gran Mortandad” no se compadeció ni siquiera de la caridad. Las crónicas de la época describieron con palabras que no hace falta matizar, la deshumanización del hombre durante aquellos terribles y dolorosos días: “los hijos dejaron de visitar a sus padres y los padres a sus hijos”, “los muertos fueron apilados a la vera del camino por temor al contagio, y allí quedaron abandonados a las alimañas”…
Sin conseguir entender el origen de tamaña tragedia y aprovechando que Jerusalén había quedado huérfana definitivamente de aspirantes a proyectos irrealizables de reinos cristianos (caída de Acre, 1297), el populacho, en su desesperación, se las agarró contra los judíos. Se les acusaba de envenenar o cegar los pozos. A no dudar entonces que lo que vino después fue una imagen embrionaria del Holocausto que tendría lugar seiscientos años más tarde. En Basilea, por ejemplo, setecientas personas que constituían la totalidad de la población judía de la localidad, fueron quemadas vivas en una casa de madera levantada especialmente con ese propósito. Y eso no fue todo. Las autoridades de la ciudad emitieron un decreto mediante el cual se prohibía a cualquier ser de tan “maldita” estirpe, a habitarla en los siguientes doscientos años. En numerosas urbes de Occidente, las piras de judíos ardieron iluminando las noches veraniegas: Carcasona, Narbona, Estrasburgo, Nimes, Amberes, Bruselas, Colonia, Worms, Francfort, Friburgo, Maguncia, etc. (véase el mapa incluído en la presente sección). La canción del trovador cortesano Guillaume de Machaut describe en una de sus estrofas la justificación empleada por la enfervorizada turba para explicar sus salvajes actos:
“…ríos y manantiales que estaban
Cristalinos y puros,
Envenenaron en muchos lugares…”
En Septiembre de 1348, el Papa Clemente, residente circunstancial de Avignon, intentó calmar los ánimos mediante una bula en la que trataba de poner en evidencia lo que sus feligreses se negaban sistemáticamente a ver: que la plaga infectaba a todos por igual, inclusive a los “descendientes de los asesinos del Cristo”. Pero en medio de tanto barullo y confusión su voz apenas fue escuchada. El movimiento flagelante que prendió como consecuencia de la peste pronto se opuso a las directrices que emanaban desde Avignon. Ante la ausencia de una causa que explicara naturalmente la aparición de la peste, la tendencia del populacho fue inmediatamente buscar en lo sobrenatural o divino la razón de tantos males. Y si la “Gran Mortandad” era una cuestión de ira celestial, entonces había que autoflagelarse a los latigazos para expiar los pecados de la humanidad (a través de la propia sangre), tal vez imitando a Jesús cuando los romanos lo habían flagelado en vísperas de la crucifixión. Ante semejante cuadro comparativo, ¿qué obispo o clérigo podía cumplir a pie juntillas el mandamiento dispuesto por el papa en su bula de 1348? El colmo llegó cuando los flagelantes se subrogaron el derecho de confesar, dar penitencias o absolver, aunque tal estado de cosas no se prolongaría más allá de 1349.
Pero… ¿dejó algo positivo la irrupción de la peste bubónica en 1348-1349? En un primer momento se puede pensar que, dado el hecho de que el vulgo la sindicaba con los decretos de Dios, la conducta humana tendió a recatarse frente al desenfreno, al adulterio, la usura, la avaricia, la lujuria, etc. Sin embargo, estos factores tocaban apenas de refilón a la gran masa de la población que habitaba los hacinados barrios de las ciudades europeas del siglo XIV, o que hacía las veces de labriego en las tierras de los hacendados. Es cierto, los rigurosos lazos que unían a los arrendatarios con los latifundistas se distendieron, aflojándose en beneficio de los primeros: los labriegos se vieron favorecidos con valores de arriendos menores a los existentes antes de la plaga, y en algunos casos, eximidos durante años. Pero poca cosa más, aunque el tema de cuerda para debates interminables.
En el lapso que va desde su aparición en Crimea en 1346 hasta finales del siglo XIV (recordemos que hubo nuevos brotes tras 1350), la “Muerte Negra” mató a un tercio de la población del continente (algunos historiadores arriesgan cifras que van hasta cincuenta por cien). En el caso que nos ocupa, Constantinopla no se vio librada de tan terrible suerte. Dentro del recinto amurallado aparecieron extensiones de tierra que bien podrían haber abastecido por años a la ciudad si algún enemigo externo le hubiese puesto sitio. Para ese entonces los bizantinos se habían acostumbrado a las tornas derrotistas impuestas por los enfrentamientos entre los Juanes que los gobernaban (Juan V Paleólogo y Juan VI Cantacuceno). De hecho, la impronta de la plaga se llevó a los hijos o esposos que la guerra civil aún perdonaba.
En este punto se nos presenta lo más substancioso del tema: recrear el pensamiento del hombre que despertó tras la larga pesadilla traída por bacilos, insectos y roedores. Y, como es obvio, me refiero al hombre que palpándose para asegurarse de que había quedado con vida se preguntó inmediatamente después: -¿qué cambió en mi condición de ser tras la peste? Si ésto era un castigo divino y continuo vivo -siguió preguntándose nuestro hombre medieval- sin haber cambiado ni mi condición social ni mi naturaleza humana (miserable y ladina acorde al estereotipo de la época), entonces ¿era éste en realidad un castigo divino?
Quizá si algo positivo salió de la “Gran Mortandad”, fue el hecho de que el hombre empezó a pensar por sí mismo, sin tantos condicionamientos impuestos por “instancias superiores”. A fin de cuentas, Humanismo y Renacimiento estaban a la vuelta de la esquina.

























Alberto escribió
hola Guillermo he seguido tus articulos que me parecen muy buenos la verdad tratas los temas bizantinos de manera sencilla, clara y profusamente, te envio una felicitacion y un abrazo y sigue adelante!!!
Saludos
Alberto Muñoz
Guilhem escribió
Hola Alberto:
Muy agradecido por tus gentiles palabras y en especial por la valoración que realizas de los artículos referidos a Bizancio.
Saludos muy cordiales,
Guilhem.
Alberto escribió
Estimado Guilhem lei el dia de ayer el extracto publicado de tu libro “La Noche Oscura del Alma” y en verdad me dejó con las ganas de leerla completa, la pregunta es ¿Donde puedo conseguir tu novela en México? Dado que yo vivo en el Distrito Federal (la capital), gracias por tu atencion.
Saludos cordiales
Alberto.
Pd. Voy a publicar un “link” en mi blog haciendo promoción a tu página, que como dices, es hora de que la gente sepa mas de Bizancio.
Guilhem escribió
Hola Alberto:
En primero lugar te quiero agradecer que hayas “linkeado” imperiobizantino a http://zafreth.blogspot.com/. He estado navegando un rato por vuestro blog y la verdad, se me puso la piel de gallina al revivir el recuerdo de grupos que hacía tiempo no escuchaba (ahora mismo estoy descargando cream). Parece extraño hallar allí a Imperio Bizantino junto con artistas fenomenales de la música. Pero la verdad es que Historia y Música forman una combinación ideal a la hora de soltar el aura y dejarla andar.
Respecto a “La Noche Oscura del Alma,II Cruzada”, la misma está en proceso de corrección (en el mismo extracto -Attalia- ya he podido advertir algunos deslices gramaticales). Luego consideraré su comercialización vía gráfica o digital. Ya lo veremos. En todo caso, veré la manera de haceros llegar un ejemplar.
Saludos y gracias,
Guilhem.
carolina escribió
muchas gracias por tanta informacion fuera de lo tardicional que se enseña en los colegios, datos de suma importancia has dado a conocer que para nosotros a los que nos gusta e interesa la historia nos dan otros atisvos de lo que casi diezmó a todo un continente…felicitaciones y gracias.